*** SEPTIEMBRE 2025 ***

El becerro de oro1

El becerro de oro es el nombre de una performance de danza que tiene el don de fusionar religión, historia, baile y teatro; consiguiendo un resultado digno de ser destacado tanto por sus intérpretes como por la propuesta en sí.

Así se puede notar cómo Amparo González y Pablo Lugones construyen su propio becerro, partiendo del original de la Biblia, solo que con algunas diferencias que lo vuelven mucho más contemporáneo.

Mientras Moisés estaba en el monte hacía tiempo, el pueblo israelí precisaba un dios a quien seguir y venerar; fue así como le pidió a Aarón (hermano suyo) que les diera esa posibilidad. Aceptando la propuesta, cada uno tuvo que dar sus pertenencias de oro, las cuales al quemarse formaron este animal dorado. Pero, ni bien se enteró Moisés de ello, le pareció un pecado tanto el resultado como la fiesta armada alrededor del becerro. Entonces, decidió hacerlo polvo y obligar al pueblo que lo tome. No quedando satisfecho con esto, aplicó la fuerza física, haciendo que se desate una oleada de muertes.

En esta puesta en escena, los artistas se valen de diferentes luces, de joyas y diferentes simbolismos que cargan dentro de sus ropas. Al comenzar a saltar, oscilantemente, sus bolsillos se rompen dejando caer todas sus pertenencias -las cuales quedarán esparcidas por el suelo-.

Es momento de que sus cuerpos se fusionen, sientan y oscilen entre humanos y animales. Consiguiendo sonidos de sus propias respiraciones -éstas conformarán la atmósfera en que se desenvolverá la historia-, demostrando sus excelentes estados físicos y la inventiva para narrar un ritual milenario.

Un becerro femenino, decorado con joyas y demás accesorios que decoran la magia que encierra esta dramaturgia en que es posible admirar y sentir diversas sensaciones en el organismo.

Había quienes en el público reían, mientras otros, obnubilados, quedaban absortos. Durante media hora, estos bailarines consiguieron conectarse entre ellos con mucha sensualidad y sexualidad; posando de diversas maneras -como si se tratara de un juego establecido espontáneamente por ellos en el que son los únicos que conocen las reglas para continuar, romper toda estructura conseguida o volver al inicio sin dar explicaciones-.

Amparo y Pablo consiguieron meterse en la piel de un animal y convirtiendo toda ilusión en realidad… de eso se trata esta puesta en escena: de justificar con expresiones y sonidos todo lo que la razón precisa saber, al mismo tiempo que las interacciones desafían la noción de gravedad.

El becerro de oro tiene la particularidad de situar un mito cual pieza de museo, pero una pieza que en cuanto es observada cobra movimiento -todo el que necesite para hacer vibrar al espectador, llevándolo a diferentes universos artísticos-.

Función del 13 de septiembre dentro de la Bienal de Arte Joven 2015. Centro Cultural Kónex.

Mariela Verónica Gagliardi

Los Monstruos3

Toda propuesta teatral que está en El Picadero, es garantía de calidad y de eso no cabe ninguna duda. Es relajante que eso ocurra y así poder ir con los ojos cerrados a disfrutar y dejar que nuestras emociones broten sin que medie la razón.

La Bienal de Arte Joven de este año tuvo una oferta muy amplia en cuanto a espectáculos y, sin dudas, Los Monstruos fue una de las más solicitadas. Desde el primer día que se podían hacer reservas, al mediodía ya no había más entradas. Luego de estar unas horas antes, todos los que no tenían la suya pudieron obtener alguna gracias a la tarde lluviosa y fría.

Los Monstruos (escrita y dirigida por Emiliano Dionisi) es una comedia musical dramática que tiene como protagonistas a Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo, los cuales interpretan a dos padres que tienen vidas bastante similares en cuanto a cuestiones primordiales de dichos roles.

Cabe resaltar su excelencia vocal, escénica y actoral que ya vienen demostrando desde otros musicales (Chiesa en Casi Normales y Cociuffo en Ghost), en los cuales tuvieron su impronta y huella para seguir luciéndose.

Con una estética moderna, minimalista y con todo lo necesario para que los actores se luzcan, tienen inclusive el acompañamiento de músicos en vivo que le otorgan un plus a la pieza artística.

Al comenzar la obra se puede observar el relato de uno y luego el del otro, sin que éstos se conecten entre sí. Como si se tratara de dos dramaturgias distintas, separadas por una línea imaginaria. Esto fue lo que más atrapó mi atención y no pude dejar, de ahí en más, en inmiscuirme en la historia. Mejor dicho, en ambas historias tan bien armadas, profundizadas y con detalles tan reales y a la vez “invisibles” en ciertos momentos de la realidad real.

Casualmente él es padre de un varón y ella de una nena. Casualmente sus hijos tienen ciertas dificultades para relacionarse con niños de su edad y, a la vez, no son integrados por sus correspondientes grupos. Esta temática, en la actualidad, es moneda corriente. Y, como tal, es desvalorizada, naturalizada y tirada a la basura; afirmándose qué tipo de tratamientos deben mantener los chicos -sin tomar en cuenta la postura e idiosincrasia de sus padres o responsables-.

Los padres también fueron niños y no siempre felices. Pero, ¿cómo se resguarda o protege ante diferentes adversidades?

Un nene macabro y travieso, una nena tímida y callada. Ambos infantes receptores de culpas no resueltas por parte de quienes solo deberían darles amor y alegría. De quienes solo deberían esperar buenos gestos y orientación.

Quiero sentirme viva con vos – menciona la madre, refiriéndose a su intimidad, una intimidad que no siente estar encauzando por la sobreprotección que le otorga a su hija y los cuidados excesivos a los que la somete sin dejarla respirar y decir lo que en verdad le sucede… cuál es su pena.

Una de las escenas más emotivas ocurre de la mano de la dupla que, unida, le canta a sus pequeños: Ya deberías saber, que solo en mí podés confiar. Yo no soy de esos papás, que dan la espalda cuando la necesitás. Todos tus secretos, conmigo, seguros están.

No existe motivo para que se desconfié de ellos. Me refiero a los padres, ni para que se ponga, evidentemente, en tela de juicio sus procederes. Pero, a medida que los monólogos avanzan y los diálogos entre ellos y sus hijos (ausentes físicamente pero recreados espiritualmente) se suceden; es posible entender los dos focos principales de Los Monstruos.

Uno de ellos es la fragilidad que tienen estos adultos -al igual que todos-, debilidades no asumidas y, de ese modo, ocultadas. Y, la otra, se refiere a la ambivalencia que tiene todo mortal al pretender debatirse entre obligaciones y culpas.

Sobre estas dos cuestiones irá oscilando la dramaturgia, la cual provoca risas en el público, hasta centrarse en uno de los relatos más angustiantes -el cual desperterá la conciencia de todos los presentes- que le otorgarán una mirada diferente al musical.

Es posible conmover con el canto, con la palabra y con el silencio mismo. Así como es probable que Emiliano Dionisi esté tocado por la varita mágica, la cual lo acompaña por todas sus decisiones artísticas que realmente son grandiosas y merecen éxito en todos sus sentidos.

¿Puede considerarse monstruo aquel humano que tenga sentimientos feos y oscuros?

¿Dónde está el límite entre la bronca y la violencia?

Los niños que no tienen verdadero espacio en esta obra, más que el que sus padres le dan, hablando por ellos y siendo ellos, entrometiéndose en sus pieles y deseos; hasta invalidarlos por completo.

Dramaturgia: Emiliano Dionisi. Elenco: Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo. Músicos: Gianluca Bonfati Mele, Matías Menarguez, Martín Tincho Rodríguez y Juan Pablo Schapira. Vestuario: Marisol Castañeda. Escenografía: Compañía Criolla. Diseño de luces: Claudio Del Bianco. Letras de canciones: Martín Tincho Rodríguez. Producción ejecutiva: Compañía Criolla, Sebastián Ezcurra. Asistentes de dirección: Juan José Barocelli, Julia Gárriz. Dirección: Emiliano Dionisi. Funciones: miércoles 20.30 hs. Teatro El Picadero.

Mariela Verónica Gagliardi

Giselle18

1848 fue y es un año recordado mundialmente y, sobre todo, por los franceses. Denominada por algunos como la Tercera Revolución, fue un enfrentamiento contra la Monarquía de Luis Felipe de Orleáns. Sumado a la crisis económica que se había desatado por culpa de malas cosechas; provocaron el descontento de la clase obrera -hundida en la miseria-. Después de varias luchas por derechos de igualdad y de abolir la monarquía, al año siguiente consiguen establecer una República, liderada por Luis Napoleón Bonaparte, la cual dejó una vez más a la vista la ideología del país.

El Teatro Coliseo volvió a hospedar a Danza por la inclusión, un programa impulsado y dirigido por Iñaki Urlezaga que, con el apoyo del Ministerio de Desarrollo Social, le permite a quienes no tienen la posibilidad de pagar una entrada, acudir a un espectáculo de ballet de alto nivel.

En esta oportunidad le tocó el turno a Giselle (con música de Adolphe Adam), interpretada por un elenco de bailarines muy prestigiosos en las primeras figuras y con presencia, nuevamente, de la Orquesta de la Provincia de San Juan (dirigida por el Maestro Gustavo Plis Steremberg).

Jean Lous Adam, padre de Adolphe Adam, tuvo un peso muy fuerte en el ámbito de la música. A partir de 1829 formó parte de la Legión de Honor (nombre con el que se distingue a una persona por algo extraordinario que haya realizado). Jean fue considerado el fundador y jefe de la escuela francesa de piano. Varios músicos de renombre egresaron de la misma: Kalkbrenner, Hérold, Ilhemaigne, Henri le Moine. También, publicó obras de piano: Las premieres leçons, Methode nouvelle pour le piano, y Méthode général lleva doigté.

El alumno más querido fue su propio hijo Jean Louis Adam, quien tuvo una carrera muy importante también y se dedicó a realizar varias óperas. A pesar de ello, Giselle es el ballet que lo hizo más conocido aunque no popular -el cual escribió junto a Théophile Gautier, con libreto de Saint-Georges- en el año 1840. Además de Giselle, escribió Faust (1832) y El Corsario (1848).

Recién en 1910, este ballet cobró más vigor e impacto gracias a Sergei Diaghilev que realizó una producción muy grande, con escenografía de Alexandre Benois y coreografía de Michel Fokine. A partir de aquí, desfilaron varias bailarinas rusas, deseando ser las protagonistas de este clásico.

Al morir su padre, Adam ocupó su lugar en el Conservatorio de París en 1848 y creó un teatro nacional, el cual tuvo que cerrarse -después de un tiempo- por cuestiones económicas.

La historia es de amor pero muy triste y melancólica. Giselle nos lleva a un universo interesante en el que se plantea una rivalidad entre lo que se desea y lo que se debe. Ella vive en una aldea que queda situada en el valle de Turingia y está enamorada de Loys -creyendo que es un campesino como el resto-. De ahí en más, su corazón se verá partido en dos ya que Hilarión se muestra atraído por Giselle y será un amor no correspondido. Este “triángulo” no amoroso será uno de los focos argumentales de la dramaturgia. Cuando ella descubre que Loys es el Duque Albrecht de Silesia y que está prometido a otra mujer (Bathilde), su tristeza aumenta hasta confluir con su enfermedad y aniquilarla por completo.

Una historia de la que se podría decir que se muere por amor y que la verdadera enfermedad es aquella que no permite unirse hacia su otra mitad complementaria.

Mientras las Willis (según la mitología eslava, son seres similares a las hadas que habitaban los bosques) se unen en un baile realmente majestuoso, los pesares son dejados a un lado para homenajear a la gran mujer que prefirió seguir sus convicciones y no el capricho de su entorno. Cabe destacar a la Reina de las Willis, interpretada por Ana Claudia Magagnin, quien logró trascender las fronteras entre el mundo de los muertos y los vivos, actuando y danzando a flor de piel un personaje maravilloso.

Con respecto al origen de esta narrativa, el autor es Heinrich Heine quien se basa en una leyenda alemana en la que aparecen dichas Willis, bailando durante la noche para atraer a jóvenes con danzas crueles -las cuales solo finalizaban al morir éstos-. El personaje de la reina de Willis fue tildado por Heine como femme fatale.

Giselle en esta función estuvo protagonizada por la bailarina Gabriela Alberti que con su técnica, sensualidad y sutileza impregnó el escenario de arte; junto a su amado Loys (Matías Iaconianni), quien deleitó con su danza de principio a fin. Una dupla realmente conmovedora, unida a un equipo de baile en que cada uno tuvo su momento para lucirse. Sumado a un vestuario confeccionado para la ocasión por emprendedores a quienes también se les dio la posibilidad de formar parte de esta suma de fuerzas para que un espectáculo no sea solo para la misma élite de siempre sino que abra puertas, corazones y el deseo arrasador de llegar a quienes más lo necesitan.

La dulzura de los niños figurantes es notable, al igual que las sonrisas, el fulgor y el talente de cada bailarín presente.

Resulta muy atractiva la puesta en escena, la gama de colores que se utilizan en ambos actos y el poder que cobra la expresividad de cada uno de los cuerpos que, deleitosa y perfectamente, se van desplazando y danzando sin necesidad de acudir a la palabra. Se comprende cada diálogo bailado en que el amor se funde en un beso o la batalla se desata en plena armonía.

Giselle se estrenó en 1841 en París, durante el Romanticismo; dejando en evidencia que la narrativa corporal puede prescindir de diálogos vocales e ir más allá de lo que cualquier amante sienta en su mente.

Existe un segundo conflicto en la presente historia que se corresponde con el papel que ocupaba la mujer en aquel entonces y el poder que le otorgaba un hombre al casarse con ella. Como si la soledad o la decisión de no contraer matrimonio hubiera sido un crimen, o la necesidad de amar a quien su corazón le indica, el peor de los pecados. Pero Giselle era una adelantada para aquel entonces y quiso pagar las consecuencias de no casarse con quien su madre le indicaba. Así fue su destino que la llevó a un sitio en que había otras como ella, con corazones aniquilados por el desamor. Este segundo acto, mucho más breve que el primero, nos sumerge en el cementerio -desde el que puede verse su tumba-. Pero el espíritu de Giselle vuelve a ser angelical como siempre, a danzar más que nunca y a acompañar a su verdadero hombre mientras la pena de ambos se unía en una comunión muy angustiante. Como si la bruma los hiciera menos visibles, ellos se mimetizan hasta que ella vuelve a reposar para siempre. 

Función del 8 de septiembre. Protagonistas: Giselle: Gabriela Alberti, Albrecht: Matías Iaconianni, Hilarión: Gonzalo Fernández, Wilfred: Brian Montes, Berthe: Alicia Sawinski, Duque de Curlandia: Ángel Gómez, Bathilde: Eugenia Berreta, Asistente del duque: Evaldo Melo, Myrtha, Reina de las Willis: Ana Claudia Magagnin, Moyna: Aylén Castro Ortíz, Zulma: Marilyn Panelo.

Mariela Verónica Gagliardi

Salir del pozo4

Una muestra de alumnos no siempre tiene por qué ser no profesional o de menor calidad que una obra de teatro en la que se supone que existen actores ya formados.

Hace muchos años fui a ver una obra en la que una artista interpretada a una mujer que nos hacía reír a carcajadas con su personaje grotesco. En ese entonces Luciana Sosa iba a un taller de teatro al igual que ahora y, sin ánimos de juzgar su deseo de estudiante eterna, es momento de que alguien la descubra y coloque en el lugar que se merece que, claro está, no es solo en una sala de El Túnel ni en proyectos en que se vincule solo con estudiantes.

Ella brilla, hace descostillar de la risa a todos los espectadores, tiene dominio y actitud escénica, sabe componer el personaje que quiera, tiene presencia, sabe proyectar su voz y no tiene un solo pelo de tímida.

Su larga cabellera de color negro la pueden convertir en una femme fatal o en una ama de casa que no se siente muy conforme con su presente -deseando hacerse millonaria con muy poco esfuerzo-.

La bata oscura, las chancletas y los pelos batidos, ayudan a esta humilde señora a mantener el estilo entre supersticiones y delirios totales que se debaten entre lo que debe ser y lo que es.

Con un marido bastante perezoso y una hija desorientada, irán recorriendo un camino de buena y mala suerte gracias a un nono que adivina los números ganadores. No será tampoco sencillo conseguir la información ya que le tendrán que dar al viejito todo lo que éste pida, haciéndose cargo de su cuidado, caprichos y deseos carnales. Cuando todo se satisfaga, él gritará uno tras otro, todo lo que se le pase por la mente, hasta que entre en cortocircuito y los números desfilen por su cabeza hasta enloquecerlo por completo.

Juan Carlos Vezzulla escribió esta dramaturgia hace una década y no pierde vigencia el tema de la timba, de las familias que desfilan por la vida sin demasiados propósitos y que le venden su cuerpo al diablo con tal de obtener unos billetes.

A su vez, la dirección de Carlos Evaristo, consigue ensalzar aún más el talento de Luciana Sosa y el del personaje del nono (Ernesto Pérez Re) que, juntos, convierten la puesta en escena en un propósito para pasarla realmente bien un sábado a la noche.

La gestualización representada por ellos dos le dan vuelo y magia a la historia, rozando lo más conmovedor con la frialdad -resultado óptimo para un buen absurdo-.

Escenas que no podrán ser borradas de nuestra mente como la de un bebé que deberá continuar con el legado de su padre, un hombre que es convertido en momia por tragarse clavos, una joven abandonada ya que no sirve para nada y un desfile de diálogos desopilantes para reír a carcajadas y dejando los prejuicios de lado.

Sin los detalles de humor podría ser, Salir del pozo, una dramaturgia trágica y con contenido de violencia de género, que angustie al espectador y provoque el llanto repentino. Si bien es cierto que en los últimos años se comenzó a hablar más de ello, también es verdad que el humor llevado al extremo no hace sentir ningún vestigio de violencia real sino ficticia.

Salir del pozo es una agradable pieza artística que se puede lograr con muy poca escenografía, como el verdadero teatro, entrelazando a varios personajes que se construyen desde la ironía de algunos seres que parecieran no ser reales y que, sin embargo, desgraciadamente existen.

Dramaturgia: Juan Carlos Vezzulla. Elenco: Luciana Sosa, Ernesto Pérez Re, José Palumbo, Cynthia de Souza, Alejandro Ríos. Dirección: Carlos Evaristo. Funciones: viernes 22.30 hs. Teatro El Túnel.

Mariela Verónica Gagliardi

Vivitos y coleando

Hace varios meses me acerqué a ver la obra Vidé, la muerte móvil en que actuaba Carlos March. Una puesta realmente fuerte, conmovedora, llena de humor e ironías por doquier. Pero, no es motivo de esta nota volver a mencionar dicha dramaturgia sobre la que ya escribí en su momento, sino el citar a este artista que hace un tiempo volvió a las andanzas con Vivitos y coleando, el musical que allá por 1986 estrenaba Hugo Midón junto a Carlos Gianni, con un elenco que es mitad nuevo y mitad el mismo de siempre.

De pequeña no tuvo la oportunidad de ir a una función de este clásico infantil así que unos cuantos años después me emocioné al poder hacerlo. Ser periodista no es una profesión fácil ni siempre placentera, así como tampoco es recurrente el ver espectáculos que motiven mi escritura.

Vivitos y coleando me puso la piel de gallina, en primera instancia por la cantidad enorme de adultos que sacaron su entrada sin venir con niños, sino para recordar aquellos tiempos en que las canciones se componían de una manera única y especial, en que las melodías eran pegadizas y en que los más chiquitos tenían la posibilidad de crecer rodeados de amor, ternura y enseñanzas de la mano de estos autores.

La obra transita todas las canciones del disco, los actores cantan en vivo y los espacios se van recreando de un modo especial como para dar pie al tema siguiente.

No son solo frases evocadas sino escenas conformados excelentemente, con intérpretes -idóneos a nivel artístico-, y la calidez de todo aquel que se para en el escenario para transmitir un conjunto de emociones a sus espectadores. Ese momento es y fue lo que permite y permitió que la función vuele más alto que un ave y recorra los corazones de bebés, infantes y adultos.

En cuanto a la escenografía, está conformado de tal manera que nada sobra, sino que es lo necesario para permitir una narración ubicada en tiempo y espacio. A su vez, la iluminación va invadiendo de colores los diferentes espacios y estos siete payasos nos invitan a viajar por una época importantísima, pos dictadura en que era preciso respirar de alegría y serenidad.

«Esto de pelearnos todo el día por llenar nuestra alcancía, no va más. Esto de agarrarnos de los pelos, por los celos, no va más. Habrá que hacer lo necesario para que estemos bien, sin hacernos daño» (No va más).

¿Qué diferencias artísticas existen entre esos años ochenta y la actualidad?

En principio hay que analizar el social-histórico que nos tocó a nosotros, a nuestra generación. En los 80´ había todo un desborde de deseo, de entusiasmo, de ganas y de toda una descarga de una época de oscuridad, de represión, de dolor, de muerte, de todo lo que ya sabemos que pasó… inevitablemente, fue como una explosión artística donde lo técnico y demás cosas que tienen que ver con lo profesional, con la búsqueda de estética y de perfecciones no era lo más importante. Ahí lo importante era la libertad de hacer lo que uno quería y descargar, como una efusividad (propia de cuando se destapa una olla a presión), entonces salió todo a borbotones.

Y cuando las aguas se fueron calmando (no sé si es bueno o malo), aparecieron otros objetivos, otras consecuencias y en el caso mío me pude dedicar más a eso, a la estética, a la búsqueda de lenguaje, a encontrar maneras de expresar que sean más representativas, seleccionar un poco más el material, con quién trabajar -lo que te da un poco la calma de todo eso, ¿no?-; poder separar la paja del trigo, disfrutar de lo que uno va haciendo y tratar de evolucionar, de mejorar.

Despues de casi tres décadas, ¿qué cosas cambiaron en Vivitos y Coleando?

De eso se encargó Manuel González Gil que, justamente, para eso y otras cosas, lo convocamos a él. 

Ser dirigido por Hugo Midón, durante tantos años, trabajando material de él, formando parte de un equipo que con los años se fue consolidando y fue generando un lenguaje que hoy todavía sigue vigente… era complicado quién nos iba a dirigir. Nosotros conocíamos el material, con Roberto (Catarineu) nos encargábamos un poco de lo estético y, de transmitir esa estética a los compañeros más jóvenes que estaban convocados. Pero decidimos desligarnos de eso y confiar en un director que supiera interpretar eso. Creíamos que Manuel era el más indicado, por una cuestión de generación también, por una cuestión de afinidad de él hacia el material -porque nos conocimos cuando ellos hicieron Los Mosqueteros-. Y, además, Manuel se entusiasmó muchísimo cuando le preguntamos. Más allá de que nosotros confiábamos en la mirada de él; a mí me sorprendió mucho su aporte y en cuanto a aggiornar el material, de la manera que lo hizo -con las luces y el sonido-.

Queda como un music hall para niños.

Queda una cosa raramente atractiva.

Por más que hizo adaptaciones a cuestiones contemporáneas, uno se siente en los 80´.

Ahí aparece el espíritu hoy.

No es como un túnel con telarañas.

Se sacudió el polvo y apareció hoy lo mejor: un aggiornamento y una mirada moderna, humanizada. Y, también, aportó muchísimo Jorge Ferrari y su escenografía que es muy puntual, muy chiquitita, muy sencilla -no hay trazos gruesos-. Además, es un amigo de muchos años, nos conocemos. Entonces, conociendo con quién trabajás, salen estas cosas. Bueno, Mónica Toschi (vestuarista) que siempre trabajó y lo de ella siempre es muy apropiado y atinado y de muy buen gusto; siempre dentro de lo austero (del espíritu de lo que es la obra de Midón).

Hay espectáculos que quedan marcados en una sociedad entera. Este es uno de ellos. ¿A qué creés que se deba el éxito?

Con los años de ir haciendo teatro he comprobado que el éxito es algo inexplicable…pero en el caso de Vivitos y Coleando, podría decir que no lo es. Haciendo un poco de historia, y partiendo de la dupla Midón-Gianni y de la continuidad de trabajo con ellos y con mis compañeros, Catarineu y Tenuta,se fue conformando una estética que se transformó en un movimiento teatral yo diría que de culto. Lo de ahora no es más que el resultado del ejercicio de la memoria de lo hecho mas la sumatoria de nuevas generaciones que crecieron como espectadores de aquél fenómeno y un público memorioso que respondió con nostalgia y entusiasmo a la propuesta de volver a encontrarnos.

¿Cómo manejaste esa gran dicotomía entre ser parte de Vidé, la muerte móvil y Vivitos?

Uno para eso se entró, estudió, se preparó y tiene una predisposición natural a abordar lo que uno elige para hacer. No fue fácil. Para nada fácil. Porque para eso se ensaya, se trabaja, se preparan las cosas. Pero una vez que estrenás, que el material sale a la luz, el público lo empieza a ver, lo empezás a compartir, a desarrollar y a transitar; después se transforma en una tarea -que no es cualquier cosa-.

Más fácil de digerir.

Y, porque es de alguna manera sanador. El teatro es sanador en general. Yo disfruto muchísimo de todo: de hacer Vivitos y de hacer Vidé, que es lo que me representa en toda su dimensión (desde los niños y hasta los adultos), y lo hago con la misma entrega.

Siempre con tap.

Me lo piden (risas de alegría y satisfacción). Estamos hablando de mis referentes en cuanto a teatro: uno, mi maestro Antonio Mónaco que es el que me inmaculó el virus del teatro cuando era joven y estudiaba (y que, justamente, era el que tenía El Picadero en la época que le prendieron fuego durante la dictadura con Teatro Abierto); Hugo Midón y Norman Briski. Norman fue el que me dijo: te vas a poner los zapatos de tap.

Es que le da un condimento, una sutileza.

Ese ruidito para caminar, para diferenciarlo del otro que son botas. Esa sutileza del tiqui tiqui tiqui que es la complicidad civil, que es una especie de Bufón del Rey -que lo acompaña, que lo adula, lo chucea-, convive con él, lo va preparando para la muerte.

Esas vueltas en bicicleta…

Y ese caminar, permanente, en círculo de los dos. Videla transitándolo rectamente, con el color rojo, y el amarillo sinuoso de Biondi.

Hay muchísimas escenas muy fuertes: la del ataúd…

Donde aparecen, además, Pepe Arias, Marrone, Sandrini…

La cruz, esa cruz imponente con la bandera.

Y muchos simbolismos.

Y el Falcon…

El Falcon, ni que hablar…

Y, al mismo tiempo, el lenguaje del grotesco. Como puso Norman en el programa: tenemos derecho a burlarnos. Porque este tema si ya no lo tratás de esa manera, mejor que ya no lo trates, porque ya está.

La propuesta de Vicente Muleiro venía siendo grotesca y patética pero que teatralmente…

Además, al ser el escenario a lo largo permite observar todo en todo momento.

El espacio que tiene Norman es muy seductor.

Con esa escalerita.

Y propone, teatralmente, jugar y utilizar todo lo que hay.

¿Qué opinás de lo que cree un sector de la población acerca de que actualmente no hay democracia?

Eso no merece ya ningún tipo de comentario.

¿La democracia de los 80 era más democrática que la vigente?

Lo de la democracia es así: hay bemoles, hay idas y vueltas, cosas buenas y cosas para mejorar; pero siempre es lo mejor que hay. No hay ningún sistema mejor hasta ahora. Si se hubiera inventado, estaría apoyándolo. Lo importante es cómo nos manejamos dentro de la democracia.

Si yo vivo en democracia pero soy un intolerante -si soy todo eso que se dice desde el odio, desde el resentimiento, de la crítica y nada más- … además somos una democracia joven (comparada con otras democracias a las que siempre nos queremos parecer), pero no nos estamos fijando nosotros lo que estamos haciendo mal para ver qué son. Entonces estamos navegando siempre entre esos recovecos complicados.

¿Si Hugo Midón estuviera presente qué diría?

No sé, tengo miedo (con tono contento). Porque era una persona tan exigente, tan cuidadosa de su material… no me animo a decir…

Yo creo que aplaudiría.

Sí, yo creo que sí. Creo que estaría contento. No sé cómo reaccionaría porque era muy hermético en su manera de expresar sus sentimientos. Me imagino que mal no estaría porque el espíritu existe, sigue estando. Al verlo a Gianni, cuando viene, está contento… ahí me doy cuenta que lo estaría (Midón).

Iría como en efecto dominó.

Hay mucha afinidad entre ellos y coincidían mucho estéticamente en sus gustos y demás.

¿Pensás que la gran cantidad de espectáculos que hay para ver en la Ciudad de Buenos Aires es para satisfacer los diferentes gustos del público o necesidad de los propios actores por hacer lo que les interesa?

Y, debe haber. Yo no he visto todo. Como todo, hay de todo. Yo supongo que lo más difícil es juntar esas dos cosas. Yo lo que hago lo hago para mí y en la medida que lo que yo haga para mí sea coherente, sea honesto, idóneo en cuanto a cómo comunicar y cómo contar y mostrar un trabajo; supongo que, del otro lado, tiene que suceder algo parecido. Creo que está bien que uno trabaje para uno. Ahora, lo que vos decís, si lo vemos con la mirada del ego (el ego es un arma de doble filo), si vos trabajás nada más que para vos… eso no quiere decir que hagas las cosas que la gente quiere escuchar.

Lo interesante del teatro es que cuando uno se mete en algo y quiere transmitir algo, se mete en un sin red que no sabe después qué va a pasar, y ahí está el riesgo. Sin riesgo tampoco hay satisfacción de buenos resultados.

El teatro es mágicamente inexplicable. Hay espectáculos que son muy buenos y el público no responde como debería y como uno cree que debería. Pero como todo es tan subjetivo, no tiene explicación.

¿Qué sensaciones vas teniendo a lo largo de la obra?

Estoy a 50 centímetros del piso siempre. Si querés una imagen: no me doy cuenta dónde está el piso. Es ese estado medio de levitación donde no aparece el pensamiento… es una eternidad que, en algún momento, me dice que paró, que terminó. Por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos.

Mariela Verónica Gagliardi

ClaudioPansera

Claudio Pansera es gestor cultural, promotor y productor de la narración oral en Argentina. En el 2002 creó el Festival Internacional Cuenta Cuentos “Te doy mi palabra” y, en el 2013 bajo el título “Palabras más, palabras menos”. Tiene editados varios libros: «Cuando el arte da respuestas» (2006), «El cuento como herramienta social» (2010), «Crónicas de la boca para adentro», «Crónicas de pájaros y amores»,

¿En qué fue variando el Festival Cuenta Cuentos a lo largo de los años?

La idea inicial fue hacer un festival de nuevas tendencias en el 2002, cuando me convocan del teatro de Morón. Y había elegido en ese momento uno que tenía que ver con trabajo corporal, mimo expresivo y danza contemporánea y, otro, que tenía que ver con la narración oral -una disciplina nueva que estaba empezando a hacerse más conocida-.

Y, si bien tiene muchas décadas de trabajo, siempre era como una herramienta de trabajo en el aula. A partir del Instituto Suma (uno de los primeros lugares en que se empezó a formar la gente con técnicas de narración oral) y, a partir de allí, empezaron a aparecer: Ana María Bovo, Ana Padovani, gente que venía del lado teatral. Entonces se estaba dando otra dimensión.

Entonces, en ese momento todo era muy incipiente, había muy pocos profesionales, había mucha gente que estaba haciendo un trabajo desde el deseo. Desde ese momento hasta entonces creció mucho la gente que está trabajando en narración oral.

Tenés un abanico muy amplio: desde la gente que hace un montón de giras internacionales por año, gente profesional que trabaja en el país, gente que está a medio camino entre profesional y no, docencia, otras labores afines (el teatro por ejemplo), tenemos un grupo de teatro que está trabajando de forma voluntaria agrupados en organizaciones que trabajan y promueven la narración oral y, también hay gente que está trabajando en forma individual. Y, de alguna forma, el Festival está intentando abarcar todas las modalidades.

¿Cómo se hace para, en esta sociedad, dejar de lado la palabra inclusión y empezar a hablar de pertenencia, de identidad?

Es una cuestión muy compleja porque hay que transformar una sociedad, concretamente, para que tenga otros parámetros en los que todos puedan estar incluidos. No es sencillo, es una transformación que lleva muchas décadas, muchos gobiernos, mucha participación de la sociedad, mucha formación de valores en la comunidad, porque es un tema muy amplio y profundo.

Por ahí uno puede trabajar, concretamente, en integrar a una persona que está en una casa muy encerrada o darle un estadio momentáneo de felicidad a una persona que está internada en un hospital desde la narración. Pero son todos hechos aislados y puntuales, que sirven a esa gente y está muy bien, pero son respuestas puntuales.

¿Sería como un sueño que en algún momento podría hacerse realidad?

Uno puede mirar transformaciones que se van dando a lo largo del tiempo -en reconocimiento de valores o de derechos y, es muy concreto que, las luchas van conquistando determinados rubros: desde no trabajar doce horas seguidas hasta tener derecho de recibir un subsidio para hacer teatro. Son todas conquistas que van logrando los colectivos sociales. Es concreto que se puede hacer. Hay que tener mucha persistencia porque hay luchas de intereses distintos, entonces eso implica que hay que estar, permanentemente, con la defensa de esos valores.

¿Cuál considerás que es la importancia de un cuento?

Principalmente que fomenta la creatividad, la imaginación. Es una herramienta de ficción que nos define, un poco, como personas, como seres sociables. Y, el hecho del cuento compartido -que es la narración- permite la interacción y el fomento de un narrador hacia un grupo de espectadores que son estimulados y vivencian ese hecho mágico que es la comunicación a través de un cuento.

¿Existirán culturas en las que niños no hayan podido escuchar ese famoso cuento antes de dormir?

No culturas. La nuestra.

Son hechos que ocurren cada vez más, lamentablemente.

Ayer escuchaba en una mesa redonda (en el Centro Cultural de España) sobre el cuento en espacios de encierro y, uno de los invitados (José Luis Gallego) que trabaja en cárceles (había dado un taller de narración oral), contaba que uno de los internos -se notaba- que nunca había escuchado un cuento y que, él a su vez, nunca había contado un cuento a su hijo.

Debe ser una tristeza enorme…

Y, es parte de la realidad.

Allí, al tomar noción de eso, él comenzó a ser narrador. Fue a un taller, aprendió y comenzó a desarrollar el arte.

¿Cuál crees que es el motivo por el cual se va acercando al Festival el nuevo público y el público de siempre? ¿Qué es lo que esperan encontrar o compartir de alguna manera?

Yo creo que el tema de público es todo un desafío. No se si está. Hay que generándolo, conquistándolo. Nosotros estamos haciendo una tarea muy importante de llevar el cuento a lugares donde todavía no llegó, o mostrarlo a gente que está acostumbrada a consumir experiencias culturales como el teatro, más afín. A grupos de teatro independiente, a público que asiste a salas de teatro independiente. En el Conurbano llevamos otro tipo de espectáculos. La idea es ir conquistando esos nuevos públicos para ir generando una masa de público mayor -específicamente interesado en la narración-.

El desafío es cómo hacer cualquier espectáculo de narración, como sucede con el teatro, pueda tener un público posible e interesado.

El viernes vamos a llevar escuelas a teatros. Necesitamos fomentar el hecho de que los chicos se empiecen a educar en esto de consumir, ver espectáculos, ir a una sala, pagar una entrada, reconocer el trabajo de un artista -de un profesional-, y en este caso de la narración. Entonces, tenemos muchas funciones programadas con ese sentido: ir formando público desde los colegios.

Mariela Verónica Gagliardi

Mujeres quemando1

Una varieté encierra varios desafíos: el principal, bajo mi mirada, es el que exista un hilo conductor entre cada sketch representado. Hay para distintos gustos pero creo que la profundidad y compromiso del relato es lo que puede marcar la diferencia entre un teatro de variedad y otro.

En este caso, Mujeres quemando pisa fuertísimo, y utilizo este adjetivo superlativo ya que merece ser descripto de este modo. Un elenco de mujeres talentosas al que se suma un solo hombre que se viste como dama, conformando unanimidad femenina para no solo entretener y hacer reír sino, en primer lugar, para demostrar y justificar esta nueva pieza artística en un momento muy sensible de nuestra actualidad como sociedad.

Mujeres coyas que hablan de chinos, que divierten, mujer que canta al amor como una estrella, mujer que hace su propio stand up sobre el hippismo vigente -dotándolo de hipocresía, aunque sin determinarlo con esta palabra-.

Son muchos los números que se van presentando en escena y por más nota que pueda tomarse, uno no quiere perderse de contemplar el vivo.

La mujer hippie-chic que utiliza la ironía en su monólogo, haciéndonos transitar por los lugares y sensaciones más conocidas y trilladas de lo que -se supone- se debe hacer para convertirse en un ser de luz. Mudarse al Uritorco, abandonar la ropa cheta por otra más mundana y cómoda, dejar de usar muebles para conectarse más con la madre tierra y tener la propia casa de adobe con bosta de caballo. Realmente uno de los momentos más cómicos que transcurrieron a lo largo de la noche en que la sala estuvo colmada de espectadores.

¿Qué mejor que contratar a la tradicional llorona para un velatorio? Ella también está presente realizando una parodia sobre el sufrimiento, a la vez que describiendo y ejemplificando los distintos tipos de llantos.

Hasta aquí es pura risa, hasta que un video da a conocer la intencionalidad de Mujeres quemando: la lucha por nuestros derechos, la lucha contra la violencia de género y la dura batalla que se debe llevar a cabo diariamente -en el propio hogar, en la calle y en la vida en general-.

El video deja ver cómo hay ciertos mandamientos que, actualmente, se siguen respetando sin siquiera -muchas veces- replanteárselos: esperar a un marido con la cena lista, con la casa limpia, con la ropa planchada. El tiempo pareciera detenerse… ¿en qué año estamos? ¿Un esposo debe ser tratado como alguien diferente y superior?

Y la verdadera batalla sigue su curso, in crescendo, cuando otra ama de casa completamente diferente a la anterior, utiliza a los productos de limpieza para crearles personajes e informarles que se va de la casa: que se va a un congreso latinoamericano de mujeres.

Pero la apuesta sube hasta que ingresa Ana Seligra con una jaula en su cabeza, la cual la aprisiona, no la deja libre. Esa libertad que toda mujer ansía y no está siempre tras las rejas de una cárcel sino en sus propias ataduras, en las imposiciones tan fuertes que nos imponen desde niñas, en lo que se supone tenemos que hacer y todo lo que sea distinto sería considerado rebelión. Estamos en una era en que las que sentimos y accionamos somos consideradas locas y en contra del sistema. Nada de eso es real. La única verdad es que existe una unión más fuerte entre todas nosotras y que la palabra prostitución no es ya una mera palabra que suena a un adjetivo descalificativo.

Una bella canción le sirve de introducción a Ana, que se desliza por el espacio escénico muy sutilmente, muy desgarradoramente, creando una rutina de danza contemporánea que llega al corazón. Mientras una grabación dice que: ninguna mujer nace para la prostitución.

Me voy a los cerros, alto
A llorar a solas, lejos
A ver si se apuna el dolor

(Subo, subo – Mercedes Sosa).

Pero los matices de la varieté están muy bien acentuados y se manejan los climas de una manera muy buena ya que es posible aunar el dolor con la alegría, la felicidad con la tristeza. Todo es aprendizaje que no debe ser olvidado ni combatido en vano.

Hay quienes deberían ser hipnotizados con una de las rutinas surgidas, que tanta ovación tuvo.

La genia de Yanina Frenkel hace su aparición en varios momentos de la noche, tanto en los videos proyectados como en su oficio de presentadora pero, sin lugar a dudas, su momento para representar un sketch junto a su compañero, demuestran su arte clownesco. Ella puede transformar su cara en la máscara que quiera, ser divertida o temeraria. Provocar un asalto de risas o parodiar a los cantantes de folklore. Yanina es un ícono en el mundo clown y de la actuación, un ejemplo de vocación que gira por el mundo con su espectáculo, llevando su valija de ilusiones.

Mujeres quemando es una conjunción de talentos, euforia, militancia, amor y compromiso por una sociedad más pacífica y menos interesada en el daño ajeno.

Elenco: Ana Valeria González Seligra, Alejandra Caputo, Gisela Cilia Podestá (Fuji), Julia Maria Izaguirre, Mara Ferrari, Mariana Cabrol, Mercedes Di Nápoli, Gisela Gómez (Morena), Natalia Domínguez, Paola Pretelli, Rosalía Jiménez, Valeria Maldonado, Yanina Frankel.

Mariela Verónica Gagliardi

el asesino del sueño

A principios del Siglo XVII, William Shakespeare escribió una historia realmente dramática que consta de cinco actos (en verso y prosa) llamada Macbeth. Se supone que el prestigioso escritor se basó en las Crónicas de Raphael Hollinshed (1587) que giraban en torno a Escocia, Inglaterra e Irlanda.

La presente puesta en escena conserva los principios fundamentales de esta tragedia barroca. Así es como El asesino del sueño (dirigida por Facundo Ramírez) enfrenta a estos personajes -tan emblemáticos y conocidos en el mundo literario- para retocar aquellos aspectos a su gusto.

De este modo, las brujas cobran un protagonismo muy fuerte y es uno de los puntos a resaltar durante la obra. Desde su vestimenta hasta sus interpretaciones, encarnan a mujeres-brujas que, con vigor, logran enfrentar cualquier tipo de adversidad: «Lo hermoso es feo y lo feo es hermoso». Las tres, vestidas con tutú, súper delicadas pero con muchísima sangre que se derrama por sus cuerpos. Están oscilando entre la vida y la muerte al igual que los protagonistas de la tragedia shakesperiana.

Haciendo referencia puntualmente al argumento, éste se centra en la vida de Macbeth quien pretende ocupar el trono del Rey Duncan. Para llevar a cabo su deseo, es Lady Macbeth -su esposa- quien determinará vuestro destino asesinándolo a sangre fría y sintiendo que estará sucia por siempre. Tanto Macbeth como Banquo trabajan como generales del Rey de Escocia y escuchan las palabras de las brujas que están en plenas predicciones. De ahí en más los cuerpos expuestos en la escenografía (cubiertos con telas blancas y atadas con sogas) comienzan a caer uno tras otro como algo inevitable.

Cuando Macbeth (interpretado por el excelente actor Facundo Ramírez) es nombrado Barón de Cawdor menciona: «Sean sólo varones lo que traigas al mundo, porque tu metal duro debería servir para la forja solamente de machos. ¿Cómo no creerán si marcamos con sangre a los que duermen junto a él, en su cámara, y usamos sus puñales, que ellos hicieron?»

Mientras que el Rey Duncan aconseja que «Nuestros rostros se muestren risueños ante los ojos del mundo». El simular o pretender engañar es uno de los recursos que más se utilizan a lo largo de esta trama que ante una mirada de reposo y quietud, sumerge todo tipo de maldad y perversidad.

Shakespeare se inspiró, como solía hacerlo, en personas reales y en la política de determinado momento de la historia. Así fue como el personaje de Macbeth, inspirado en Mac Bethad Mac Findláich (1005-1057), quien fue asesinado por Malcolm III durante la batalla de Lumphanam (Aberdeenshire). Respecto del personaje Lady Macbeth, era una princesa de la dinastía Mac Alpin llamada Grouch, que había contraído matrimonio con Macbeth; y otro aspecto que se vuelve distinto en la escritura de William Shakespeare es la muerte de Duncan: la misma fue ejecutada por el propio Macbeth y no por su mujer como en la obra literaria. Son más las diferencias entre ficción y realidad pero éstas las más relevantes.

Puesta en escena y dirección: Facundo Ramírez. Elenco: Biby Aflalo, Patricia Becker, Mateo Chiarino, Antonia De Michelis, Zuleika Esnal, Alejandro Falchini, Pablo Finamore, Ágatha Fresco, Matías Garnica, Roman Ghilotti, Diego Grueiro, Luciano Linardi, Mario Mahler, Joaquín Mesías, Jorge Noguera, Facundo Ramírez, Facundo Vidal, ManuelVignau. Funciones: martes 20:30 hs.Teatro del Abasto.

El Bululú1

Después de tantos años de éxitos no puede haber sorpresa en mis palabras ni descubrimiento alguno, sino una sencilla y perfecta admiración hacia El Bululú de Osqui Guzmán, quien no solo ganó muchísimos premios por su unipersonal sino que la humildad que lo caracteriza como persona hacen que uno lo aprecie aún más por el labor de su gran carrera como actor.

Son muchos los personajes que interpreta a lo largo de esta magnífica obra que llegó al Picadero por cuatro únicas funciones. Hoy, con la sala llena y en la que no cabe un alfiler, me emociono por él y cada retazo cosido por su máquina, profesión adquirida al igual que su madre, que le dio dinero hasta pelear por su sueño y dejar los hilos por ahí.

La máquina me estaba cosiendo a él – dice Osqui, refiriéndose a José María Vilches (autor de la obra original). Desde que conoció su Bululú lo memorizó, lo amó y lo integró en su vida. Jamás lo conoció a Vilches y sintió un gran dolor al enterarse de su muerte. Por suerte, el arte no se esfuma y sigue rodando por escenarios en que este actor argentino fusiona tres culturas: la española, la argentina y la boliviana. Un gran desafío en que se luce espléndidamente, en que construye diversos personajes -finamente caracterizados- y que explota su pasión por las tablas.

Risas, emociones, llantos, y un espiral de sensaciones que nos llevan como público a no reposar en el letargo. A meternos en una historia autóctona, sobre la vida de Osqui, la de Vilches y la de estas culturas que -gracias a este espectáculo- podrán ser preservadas y admiradas por siempre.

Chacareras bien tradicionales como la Choyana, dan fe de las ocurrencias musicales: La mujer que quiere a dos hombres no es tonta sino entendida, si una vela se le apaga la otra queda encendida (La choyana, René Ruiz y Alberto H. Acuña).

Sin lugar a dudas, desata carcajadas la descripción de la mujer fea, sus aspectos positivos y un sinfín de detalles como para que toda linda anhele no serlo.

Desde la escena en que intenta matar una cucaracha, realizando una performance de danza, hasta el respeto por los trajes bordados y los cambios de vestuarios -al instante- conforman un viaje infinito que no queremos que termine más.

Los seres humanos, en estos tiempos más aún, necesitamos conectarnos con la madre tierra, con nuestros orígenes, con la historia real, dejando un poco de lado la política y su suciedad. La hermandad, el deseo por ser actor, los días de caminatas por no tener dinero para un transporte, la dignidad de su vida y de la manera que encontró por aprovechar cada instante para formarse como artistas… todo es una integridad, un cúmulo de experiencias vividas por él y transmitidas a nosotros.

Osqui Guzmán luce su profesión, aquella que lo desnuda completamente de cuerpo y alma, permitiendo que El Bululú nunca sea exactamente igual aunque su dramaturgia sí lo sea.

Españoles, argentinos y bolivianos podrán sentirse honrados y homenajeados a través de los textos dichos a la perfección, sin un mísero olvido. Él es magnífico, es un actor completo que canta, que baila, que interpreta lo que sea como todo actor verdadero. Mientras su cuerpo gira como un compás, las agujas del reloj parecieran representarse a la vez que el tiempo avanza en este recorrido cultural.

El Bululú no es una excusa para que Osqui hable de sí mismo sino el narrador de la historia de Vilches que se entrecruza con la suya, que juntos consiguen pintar un paisaje en que América y Europa se unen sin resentimientos.

Generaciones que gracias a la pluma se fusionan y parecen aunarse en el viaje. Este unipersonal no debería ser titulado de esta forma ya que es multi. De ahí en más, todo es diferente.

La palabra del propio artista podrá aclarar, detallar y conocer más aún la profundidad de quién es y a dónde va.

El Bululú2

¿Cómo surge la necesidad de adaptar la versión de José María Vilches a una propia?

Cuando presentamos la propuesta de hacer El Bululú al teatro Cervantes les dijimos que queríamos hacer una versión. No sabíamos cómo era la de Vilches pero sí sabíamos qué nos pasaba a nosotros con este material. Nos elevaba hacia lo más rico de la poesía dramática hispana y nos sacudía el mito alrededor del Vilches que vino a Argentina y no volvió nunca más a España. Poco se sabía de él. Los más cercanos cuentan que un halo extraño de melancolía lo ensimismaba cuando alguien le preguntaba sobre su familia y no quería hablar del tema. Rastreando material de Vilches dimos con el museo del cine. Vilches había hecho una película. En el museo nos entregaron entrevistas que le habían realizado y estaban celosamente guardadas. En varias entrevistas Vilches decía que hizo El Bululú en homenaje a sus dos patrias la española a la que pertenecía y la argentina que había adoptado y que lo había adoptado a él. Entonces se abrió la idea de hacer este nuevo Bululú en homenaje a sus tres patrias: la española de Vilches, la argentina a la que pertenezco y la boliviana que heredo de mis padres. Este nuevo Bululú es un inmigrante del teatro.

¿Qué sentís al encarnar un personaje autóctono en un teatro como el Picadero?

Siento lo mismo que sienten los espectadores. El teatro somos nosotros, los artistas y el público. El Bululú tiene el encanto suficiente para transformar esa realidad agonizante donde se separan los circuitos off y comercial y los públicos de unos o de otros. Une a todos en su historia de caminante del tiempo y de la memoria. Este domingo pasado hice El Bululú en el Centro Cultural de la villa 21-24, y al dia siguiente en el Picadero. Se rieron en los mismos lugares, disfrutaron de la misma magia, y aplaudieron a rabiar en los dos lugares. Eso es El Bululú.

Pasaron ya muchos años desde el estreno de El Bululú. ¿Cómo fuiste evolucionando en su creación?

La evolución de El Bululú es una historia de adaptación. La obra es la misma pero yo no. Entiendo mejor otras cosas, respiro distinto, o más seguido o más lento. Descubro la genialidad de la obra pensada por Vilches en cada función. 

Más allá de los premios que recibiste y del reconocimiento público como artista, ¿que devolución tenes de la gente?

Única. Pasan cosas increíbles. Al final del espectáculo la gente aplaude como si quisiera dejar todas sus fuerzas en ello. Luego me espera alguno para decirme algo con su silencio y su abrazo. Muchas veces no quedan palabras y solo nos miramos y sonreímos. En el estreno de el Picadero, en el aplauso final una señora, levantando la voz por encima de los aplausos dijo: «Jose Maria Vilches, El Bululú, 1982″ y levantó en alto el programa de la obra. El público se estremeció conmigo. Se lo pedí y de mano en mano fue pasando hasta llegar a mí. Lo levanté y lo presenté: acá está, José María Vilches» y levanté el programa y el público se arrancó solo en un aplauso invencible. Un director de cine me dijo a la salida que le dio la sensación de vivir algo épico. Así fue siempre con El Bululú.

¿Cómo fue fusionar la cultura española con la boliviana y la argentina?

Yo no la veía. Fue Leticia Gonzales de Lellis, coautora de la versión, quien me empezó a conectar con el momento en que yo trabajaba en la máquina de coser mientras escuchaba a Vilches y me criaba en la cultura andina. Esa mezcla impensada fue creciendo en los ensayos y al narrar mi paso por el conservatorio me di cuenta que estaba hablando de mi cultura: la de un actor argentino entrenado en las raíces del teatro europeo con técnicas rusas y francesas. De América Latina nada. Entonces en una charla que tuvimos con Mauricio Kartún nos habló de la fusión que él veía en el material de este Bululú, al haber entrado por confusión al mundo del teatro y al hablar del siglo de oro español, claro, ¡el oro que se llevaron de Bolivia! Todo se encajaba como un cubo mágico y no teníamos más que narrar y dejar que los mundos se fusionen.

¿Este espectáculo es un modo de encauzar tu vida y darla a conocer mimetizándola con historia y cultura?

Yo diré más bien que este espectáculo es mi razón de ser, de existir, es mi destino. Nunca tuve con él ninguna intención educadora o moralizante. Seguí la huellas, los propósitos que encontré en su creador original y así se fue desentrañando sobre qué tenía que hablar. Qué era lo que tenía para decir.

¿Podrías decir que estás hecho de retazos?

Sí. Y podría decir que a medida que el tiempo pasa solo quedan retazos en la memoria que se unen como se puede. Eso hace de los recuerdos un material poético, en su incompleta linealidad con la realidad de los hechos. Son imborrables aquellos recuerdos que han sobrevivido como retazo.

Además, creativamente, los retazos, son desechos de costuras, sobrantes de tela cortada, un futuro traje de harapos, que me despiertan un solo pensamiento: yo uso lo que te sobre. Esa es la base de

mi trabajo.

¿Basándose en el humor es más sencillo decir la verdad y marcar los errores de una sociedad?

Siempre la comedia apunta a la inteligencia del espectador. El desprevenido se ríe porque piensa. El disparo de la comedia hace estallar los espejos donde los paradigmas sociales se maquillan, y ofrecen esa mirada deformada y fragmentada del espejo roto, obligando al espectador a reconstruirse de manera divertida. Se puede decir pero nunca enseñar. El humor o la comedia no juzga sino se auto proclama culpable.

¿Qué significa que El Bululú no sea la realidad pero sí la verdad de tu vida?

Significa que lo que cuenta la obra es verdad pero no real. La realidad, es una sucesión de hechos de los que consciente o inconscientemente somos responsables, en cambio la verdad es un sistema orgánico donde conviven certezas y errores de manera natural porque en la verdad esta dado que lo más importante es que la verdad sea comprobable. De ahí nace la ética, en cambio la realidad es un callejón sin salida. Un conflicto del que no hay retorno.

¿En qué momento sentiste que el teatro iba a formar tu persona?

Cuando empecé a actuar y vi la respuesta del público hacia mi trabajo. Comencé a sentir una íntima responsabilidad con la belleza y la poesía. Eso me encaminó hacia lugares nunca soñados por mí y me hizo reflexionar sobre mi trabajo al punto de comenzar a elegir qué trabajos hacer y qué trabajos no hacer. Esa capacidad de elección se desparramó sobre toda mi vida.

Autor: José María Vilches. Versión de Leticia González de Lellis y Osqui Guzmán. Actor: Osqui Guzmán. Diseño de movimiento: Pablo Rotemberg. Música original: Javier López del Carril. Vestuario: Gabriela Aurora Fernández. Iluminación: Adrián Cintioli. Diseño gráfico: Trineo. Fotografía: Hernán Succatti. Asistencia de dirección y producción: Leticia González de Lellis. Estrenado en 2010 con la dirección de Mauricio Dayub.

Mariela Verónica Gagliardi

Ubú1

Tengo debilidad por los clásicos de la literatura pero me encanta cuando un director se atreve a romper estructuras y adaptar una historia a un contexto más próximo. Considero que es una manera para que los artistas en escena se luzcan más e incorporen su personalidad a la trama.

Así ocurre con Ubú (versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry) de principio a fin; deleitándonos con humor político como para no perecer en el intento.

Dicha dramaturgia es realmente atrapante, veloz y con una suspicacia muy particular -en la que unos actores tienen más personajes que otros, mientras los títeres y sombras acercan o alejan realidades-.

¿Qué podría identificar a Francia del Siglo XIX con Argentina de finales del Siglo XX?

Es un desafío la puesta de Andrés Bazzalo que pretende resaltar lo actoral por sobre el vestuario o escenografía. Estos aspectos quedan relegados a un segundo plano, dando una verdadera clase durante la cual disfrutaremos de personajes ya conocidos pero ciertamente retocados para la adaptación.

Un Padre Ubú (Luis Campos) que se devora toda la obra de un mordisco, que flaquea cuando tiene que tomar el poder y que prefiere comer delicias antes que ser el culpable de una mala decisión. Para eso está Madre Ubú que quiere que su marido derroque a Venceslao (actual Rey de Polonia) y se coloque en su lugar. Para esto recibirá la ayuda del Capitán Bordura (Conde de Lituania) y su ejército que llevarán adelante una política escalofriante.

¿Quién te impide degollar a toda la familia y ponerte en su lugar? – dice enojada Madre Ubú a su esposo, dejando esbozada su tenebrosa y sanguinaria personalidad. Pero, éste, fiel a sus propósitos le contesta: ¡Oh, no! Yo, capitán de dragones, degollar al Rey de Polonia. ¡Antes morir!

Tuve dos fuertes sensaciones con respecto a la dramaturgia: una durante y otra pos función. Durante la obra sentí la calidez no solo de los artistas sino de los espectadores que, me incluyo, disfrutamos muchísimo. Y, la otra, que me dejó una sensación de la postura política adoptada por el director. Esto último me pesó mucho más para observar el argumento desde otro ángulo muchísimo más importante que el de clásico en si.

¿Será novedad alguna vez que nuestro país deje de tropezar siempre con la misma piedra?

Se puede disfrutar completamente de la interpretación de Luis Campos a quien considero uno de los mejores artistas del teatro argentino, con una composición compleja, sólida y comprometida.

La dinámica de Ubú resulta atrapante en los momentos en que se proyectan sombras en telones rojos e inclusive cuando unos bellos títeres continúan narrando la historia en pie.

Mientras el fantasma del Rey Hamlet se le aparece a su hijo para pedir venganza, la acción continúa con Ubú dando un discurso al pueblo y otorgándole oro; al tiempo que para ajustar presupuesto tiene que eliminar a todos los nobles. Así será como el impuesto a las ganancias hará su aparición en escena para recordar ciertas épocas pasadas de nuestra historia como país y ofreciéndose él mismo a cobrarlo con tal de que le cierren mejor los números.

A la vez que una cortina musical de Bajofondo suena, la rivalidad entre socialismo y capitalismo sigue su batalla olímpica y las necesidades son anuladas.

Guerras, batallas, muertes, sangre, víctimas y víctimarios, poder y aniquilación. Inocentes e ignorantes: Argentina, nuestro rico país que lucha para seguir siéndolo por más que a muchos les pese.

Los noventa olvidados por muchos, recordados por tantos, bolsillos vacíos y agujereados, hambre y miserias. Olvido como antaño.

Entre escenas que navegan, naufragan, se posan y eliminan están los más fuertes, los que supieron de algún modo pelear por caprichos, por tierras o por una real inquietud. Cansados como están, los sobrevivientes suben a un barco y al azhar, o no; escogen un destino donde exista cultura. Sudamérica es el mencionado al final del recorrido. ¿Quedan aún esperanzas?

Versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry. Dramaturgia: Andrés Bazzalo. Luis Campos, Adriana Dicaprio, Mariel Lewitan, Mariano Falcón, Francisco Ramírez. Dirección: Andrés Bazzalo. Funciones: domingos 20 hs. Teatro El Grito.

Mariela Verónica Gagliardi