*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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La sonrisa más macabra

La herencia de Eszter2

Ficha La herencia de EszterNo hace falta mencionar que los temas de bienes siempre crearán conflictos, de una parte o de otra. Más cuando se trata de una persona que ha fallecido y que no tiene voz presente para decir: ¡basta!, cuando todo esté a punto de descontrolarse por completo.

La herencia de Eszter (novela escrita por Sándor Márai, adaptada por María de las Mercedes Hernando, con la eximia dirección de Oscar Barney Finn) vuelve a confirmar cómo lo más inesperado puede apoderarse del más débil y cómo la ambición puede volverse más enfermiza que cualquier tipo de dolor real y verdadero. Una novela que se escribió en el año 1939 (comienzos de la Segunda Guerra Mundial) y con muchas luchas de clases, conflictos e intereses que harán convertir la quietud en un acto belicoso, hasta reposar en el más confortable «paraíso».

Un texto en el que será posible reposar en la más exquisita y apacible paz llevada adelante por el personaje de Eszter (Thelma Biral), quien le otorgará a la dramaturgia ese brillo especial que tiene una actriz de esta trayectoria y nivel como ella. Así será posible recorrer su casa y jardines de una manera relajada, pudiendo prestar atención a los extensos diálogos de Márai. Claro que una protagonista necesita de un elenco encantador como el que le tocó para hacer posible todo este éxito ya en su debut.

Pero, ¿por qué la presencia de Lajos (Víctor Laplace) hará sucumbir con su visita?

Pasaron dos décadas desde la última vez que se miraron a los ojos y jamás se comunicaron a lo largo de los años. Aunque parece que el tiempo podría ser tan relativo como un amor que no ha culminado o que jamás ha surgido como se merecía.

Aquí es entonces cuando surgen algunos interrogantes y conceptos. Por ejemplo: la valentía. ¿Podría haberse modificado el destino si Eszter recibía la supuesta carta que le envió Lajos? ¿Realmente esas palabras volcadas en un papel fueron robadas por su hermana para impedir el romance? ¿O Lajos pretende salirse con su cometido poniendo todas las cartas sobre la mesa sin tener algo de bondad en su accionar?

Este drama es realmente exquisito y si bien el ritmo de los relatos es bastante lento, dichas pausas permiten que el disfrute sea aún más profundo. En tiempos en que todo «debe» resolverse con un chasquido de dedos, es importante que existan piezas artísticas puestas en escena con estas características y que la ambientación signifique parte del argumento y la fusión con el mismo.

Quienes conozcan la novela sabrán que el hilo conductor está puesto sobre Eszter y Lajos, pero en el pasado. Es cierto que la historia se narra en presente pero es un presente gastado y con aroma a viejo, como huelen aquellas cosas no resueltas. Así, esta pobre mujer transcurre sus días en calma pero sin ningún sobresalto, junto a una amiga de siempre. Posiblemente, ninguna de las dos imaginó cómo terminarían ni por qué.

Aunque Eszter no es una persona que tenga en mente combatir a su ex amor ni mucho menos contradecirlo. Su nobleza la convierte en un ser apacible y con una sonrisa tan inmensa como el jardín que disfruta, contemplando cada una de sus flores y árboles. Por momentos pareciéramos estar en El jardín de los cerezos (Chéjov), en que la naturaleza y su gran casa entran en disputa familiar. Es cierto que resulta, a veces, hasta absurdo pensar por qué sus huéspedes debieran «abandonar» el lugar en el que viven porque otro así lo dictamina.

Colores verdes, la vegetación inundando las lágrimas de las soñadoras y encrudeciendo a los más astutos y mordaces. Con unas interpretaciones que completan la fascinante trama, puede vislumbrarse cómo los personajes secundarios no son más que eslabones fundamentales para ir armando, a medida que avanza la obra, un perfecto tapiz.

La perfección que puede notarse en el vocabulario, en los modismos, en el lenguaje protocolar, en el vestuario épico y conservador, en un escenario estático como el lento avance de la historia política en que fue escrita la novela de Sándor Márai. Un contexto que vale la pena conocer y explayarse. El dramaturgo también fue poeta y vivió en lo que actualmente se conoce como Eslovaquia (anteriormente, Hungría). Su vida no fue fácil y su manera combativa de defender sus ideales lo expuso de pies a cabeza. Así lo deseó y así lo llevó adelante. Pero eran tiempos del nazismo y su entereza para expresarse al líder de este movimiento lo hizo enfermar de tal manera hasta terminar con su propia vida. Huyendo de su país hacia 1948 (ya que el ejército soviético había invadido su tierra natal), estuvo viviendo en Italia y Estados Unidos (entre algunos de los lugares por los que transitó). Él se consideraba burgués, pero no como se lo suele entender vulgarmente, sino como un estilo de vida, como un modo de hacerle frente a la misma y de pelear por propósitos.

Lo irónico de todo esto fue que una vez fallecido, cayó el Muro de Berlín y, posiblemente, su historia hubiera sido muy distinta de haberlo podido vaticinar.

Entonces es como al ver la figura de Lajos, un hombre completamente carismático, también podemos ver a Hitler. Y no quiero decir con esto que se trate del movimiento nazi, sino de una actitud hacia la sociedad (que es, de algún modo, la propia familia o lo que queda de ésta). Un líder que es apoyado por una mayoría, una mayoría que ignora -quizás- cómo la confianza puede ser utilizada y convertida en la peor pesadilla.

Mariela Verónica Gagliardi

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No nos maten la cultura: somos sudacas no ignorantes

Ubú1

Tengo debilidad por los clásicos de la literatura pero me encanta cuando un director se atreve a romper estructuras y adaptar una historia a un contexto más próximo. Considero que es una manera para que los artistas en escena se luzcan más e incorporen su personalidad a la trama.

Así ocurre con Ubú (versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry) de principio a fin; deleitándonos con humor político como para no perecer en el intento.

Dicha dramaturgia es realmente atrapante, veloz y con una suspicacia muy particular -en la que unos actores tienen más personajes que otros, mientras los títeres y sombras acercan o alejan realidades-.

¿Qué podría identificar a Francia del Siglo XIX con Argentina de finales del Siglo XX?

Es un desafío la puesta de Andrés Bazzalo que pretende resaltar lo actoral por sobre el vestuario o escenografía. Estos aspectos quedan relegados a un segundo plano, dando una verdadera clase durante la cual disfrutaremos de personajes ya conocidos pero ciertamente retocados para la adaptación.

Un Padre Ubú (Luis Campos) que se devora toda la obra de un mordisco, que flaquea cuando tiene que tomar el poder y que prefiere comer delicias antes que ser el culpable de una mala decisión. Para eso está Madre Ubú que quiere que su marido derroque a Venceslao (actual Rey de Polonia) y se coloque en su lugar. Para esto recibirá la ayuda del Capitán Bordura (Conde de Lituania) y su ejército que llevarán adelante una política escalofriante.

¿Quién te impide degollar a toda la familia y ponerte en su lugar? – dice enojada Madre Ubú a su esposo, dejando esbozada su tenebrosa y sanguinaria personalidad. Pero, éste, fiel a sus propósitos le contesta: ¡Oh, no! Yo, capitán de dragones, degollar al Rey de Polonia. ¡Antes morir!

Tuve dos fuertes sensaciones con respecto a la dramaturgia: una durante y otra pos función. Durante la obra sentí la calidez no solo de los artistas sino de los espectadores que, me incluyo, disfrutamos muchísimo. Y, la otra, que me dejó una sensación de la postura política adoptada por el director. Esto último me pesó mucho más para observar el argumento desde otro ángulo muchísimo más importante que el de clásico en si.

¿Será novedad alguna vez que nuestro país deje de tropezar siempre con la misma piedra?

Se puede disfrutar completamente de la interpretación de Luis Campos a quien considero uno de los mejores artistas del teatro argentino, con una composición compleja, sólida y comprometida.

La dinámica de Ubú resulta atrapante en los momentos en que se proyectan sombras en telones rojos e inclusive cuando unos bellos títeres continúan narrando la historia en pie.

Mientras el fantasma del Rey Hamlet se le aparece a su hijo para pedir venganza, la acción continúa con Ubú dando un discurso al pueblo y otorgándole oro; al tiempo que para ajustar presupuesto tiene que eliminar a todos los nobles. Así será como el impuesto a las ganancias hará su aparición en escena para recordar ciertas épocas pasadas de nuestra historia como país y ofreciéndose él mismo a cobrarlo con tal de que le cierren mejor los números.

A la vez que una cortina musical de Bajofondo suena, la rivalidad entre socialismo y capitalismo sigue su batalla olímpica y las necesidades son anuladas.

Guerras, batallas, muertes, sangre, víctimas y víctimarios, poder y aniquilación. Inocentes e ignorantes: Argentina, nuestro rico país que lucha para seguir siéndolo por más que a muchos les pese.

Los noventa olvidados por muchos, recordados por tantos, bolsillos vacíos y agujereados, hambre y miserias. Olvido como antaño.

Entre escenas que navegan, naufragan, se posan y eliminan están los más fuertes, los que supieron de algún modo pelear por caprichos, por tierras o por una real inquietud. Cansados como están, los sobrevivientes suben a un barco y al azhar, o no; escogen un destino donde exista cultura. Sudamérica es el mencionado al final del recorrido. ¿Quedan aún esperanzas?

Versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry. Dramaturgia: Andrés Bazzalo. Luis Campos, Adriana Dicaprio, Mariel Lewitan, Mariano Falcón, Francisco Ramírez. Dirección: Andrés Bazzalo. Funciones: domingos 20 hs. Teatro El Grito.

Mariela Verónica Gagliardi

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Fragildad en estado de inmersión

El hombre lobo11

Con un disparo en la pierna es juzgado, aborrecido, temido y maldecido. Él, que solo pretende encontrar a su gato, es invitado a pasar y, de ahí en adelante, podrá conocerse la verdad del feroz hombre. Ese hombre que en las noches de luna llena logra burlarse del resto, mostrando colmillos y posturas grotescas, totalmente diferentes a las de un humano.

Esta historia, basada en la leyenda del lobison, seguramente, tiene la rigurosidad que muy pocos dramaturgos logran. Ese virtuosismo en las frases como para centrar al espectador en un tema y, luego, cambiar rotundamente, el desenlace.

Eduardo Rovner consigue que tres amigos se junten una noche en la casa de uno de ellos para explorar varios universos posibles e imposibles. Si bien la temática es la que hace referencia al título de la obra, en ésta se consiguen analizar otros subtemas mucho más profundos que la metamorfosis de un hombre mordido por la bestia.

Se cuestiona si un cazador puede no sentir culpa al matar y es que lo que se intenta es concientizar sobre un asesinato. Quien quita la vida para comer posiblemente no tenga cargo de conciencia, pero quien sienta placer al aniquilar un ser vivo, seguramente sí sienta que llevó a cabo un crimen.

Son sumamente interesantes los diálogos que giran en torno a esto y vale la pena ir más allá con el corazón y con la mente para iniciar un camino personal más coherente y real.

Y si no existiera la culpa, estos cazadores ni siquiera hablarían de dejar la caza. Posiblemente, siguieran con su rutina que tanto los fervoriza y llena de adrenalina. Por datos que nos van proporcionando, se trata de un conjunto de sensaciones diferentes que los impulsan a apretar ese gatillo disparando sin parar; no pensando en los latidos puestos en pausa para siempre.

El universo Rovner sí o sí entretiene, relaja y, más tarde, clava el anzuelo en el punto débil que tenemos como sociedad.

Entre anécdotas, historias y chistes de distinta índole; los amigos reciben a una mujer que los seduce con sus bailes como un ritual de luna llena. Y aquí surge otro punto importante que se refiere a ella. A simple vista solo es una mujer de la noche, aunque todo lo que compartirá con sus amantes será la puerta a lo que ellos intentan descubrir.

Aniquilar vidas ajenas por cobardía, por necedad o, peor aún, por temor a no revelar la propia identidad. El miedo a ser juzgado como poco valiente por otros hombres es lo que acobarda mayormente a estos mortales que frenan solo para apropiarse de dichas vidas ajenas.

Ladrones de verdades tapadas con cualquier manto encontrado, balas de plata que pretenden atravesar de un solo tiro, voces y pasos sospechados. Todo pasa esa noche y solo nosotros como público podremos conocer la verdad absoluta. Este es el principal hallazgo a lo largo de la dramaturgia: el conocimiento que se escatima a los demás personajes y que se comparte con los espectadores por no quedar otra alternativa posible.

Cada planta que va creciendo oculta más espacios vacíos en que podría esconderse el hombre lobo. Este “monstruo” que intentará vengarse de quien le disparó un mes atrás.

Este thriller considero que es más psicológico que convencional, permitiendo que la pieza teatral sea lleva adelante con un ritmo firme pero pausado, el cual da la oportunidad de que puedan elaborarse tantas teorías como se quieran hasta encontrar la preferida, aquella que encaje a la perfección con el desenlace de la historia.

Los simbolismos son imprescindibles en El hombre lobo -que necesita disfrazarse con un pelaje más grueso y, así, ocultar su fragilidad- utilizando diversos recursos para justificar el aniquilamiento.

Por último, la figura femenina es usada como objeto sexual, pretendiendo que su esencia sea dejada de lado en cada movimiento de su cuerpo. Ella es quien marca el recorrido del relato a pesar de hacerse énfasis en el género masculino.

Cada detalle visual y sonoro serán los protagonistas, más allá del texto que pretende llevarnos por un camino caprichoso e inteligente.

Cuántos hombres lobos andarán merodeando por ahí, pretendiendo ser confundidos con arbustos o animales voraces, intentando ser absorbidos por bosques inmensos para evitar asumir dolores impostergables.

El hombre lobo ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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«Amarillo», de Carlos Somigliana

Amarillo

El Complejo Teatral de  Buenos Aires y el Teatro del Pueblo presentan: AMARILLO,  de Carlos Somigliana, en versión de Andrés Bazzalo.

 

JUEVES, VIERNES Y SÁBADOS A LAS 20 HS Y DOMINGOS A LAS 18 HS.

Sergio Surraco interpreta la debilidad, la arrogancia, la contradicción de Cayo Graco, que es pura acción que arremete con urgencia a cumplir con su destino: favorecer a los desposeídos.

Una obra que posee cualidades poéticas, ideológicas y épicas que conmueven.

Elenco: Sergio Surraco (Cayo Graco),  Joaquín Berthold (Livio Druso),  Luis Campos (Fulvio), Adriana Dicaprio (Cornelia),  Heidi Fauth (Licinia),  Daniel Dibiase (Lucio Opimio), Rafael Bruza (Claudio Valerio), Miguel Terni (Marcio Pomponio), Daniel Zaballa (Septimuleio), Hernán Pérez (Marcus), Sergio Lobo (Decimus) y Guillermo Berthold (Gaius).

Funciones: jueves, viernes y sábados 20 hs. y domingo 18 hs. Duración: 75 minutos.

TEATRO DEL PUEBLO. Av. Roque Sáenz Peña 943, CABA, 4326-3606. Entradas: $ 100 (viernes, sábado y domingo) y $ 50 (jueves día popular).