*** Octubre 2017 ***

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La osadía femenina

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Ser mujer no es fácil. Sin embargo, resulta maravilloso el desafío diario, la pasión y el amor que debemos dar, las luchas a veces sinsentido pero que, a la larga, son maravillosa. Porque pareciera ser que por haber nacido mujer se esperan de nosotras miles de cosas, dadas por supuestas (claro está) y, de esa forma, se nos quita la libertad que precisamos para movernos y ser como realmente deseamos. Al igual que un hombre…

Mujeres perfectas es la nueva comedia musical de Manuel González Gil y Alberto Alejandro (dirigida por el primero), que destaca a cinco actrices exitosas y las hace lucir como quieren. Con Julia Zenko como fiel exponente por su larga trayectoria y el resto del elenco (Natalia Cociuffo, Lucila Gandolfo, Victoria Onetto y Candela Vetrano) que deleitarán en todo momento, con chistes, bromas, despertando la risa y carcajadas a cada instante. Sí, porque ellas demostrarán, en escena, que es posible reír aún cuando surja el engaño y que la unión hace la fuerza. Al ver esta historia recordé La vagina enlutada, solo que los rumbos son algo diferentes pero la idea semejante. En esta oportunidad no están de luto estas amigas sino que no tienen una pasión que se apodere de ellas. Una más estructurada que otra, otra más suelta, otra más rebelde. Las personalidades y sus carismas, chocan y se acarician al mismo tiempo durante una fiesta un tanto atípica. Celebrar un divorcio nunca ha sido tan novedoso ni entretenido, sobre todo porque juntas descubrirán que tienen más en común de lo que sospechaban.

Lo más curioso es que el champagne les deshinibirá hasta que el “culpable” sea descubierto de la peor manera. El alcohol, en esta ocasión, no las hará más borrachas sino más fuertes y valientes; demostrándoles que tendrán una nueva misión para ganar dinero y ser felices. Si es que las carmelitas descalzas no existen en el grupo y quien pretenda tener algunas de sus características perecerá.

Mujeres perfectas es un musical para disfrutar durante un poco más de una hora y media, con una puesta en escena espectacular, pudiendo contemplar tonalidades azules y de otras gamas que harán contraste con el vestuario en blanco y negro. Sí, porque ellas se desplazarán por la fiesta con estos “colores” que son de por sí neutros, como si estuvieran hace tiempo esperando el color para lucir, aquél que les surja desde el corazón con una sonrisa eterna.

Diálogos que van y vienen, algunos banales, otros profundos y frases que quedarán resonando en el aire hasta que le encuentren el sentido. El sentido que les devuelva la esperanza de vivir de verdad, sin considerarse entes que cumple y tienen obligaciones pero no placeres.

Con un recorrido por canciones de diversos ritmos (todas traducidas al castellano y adaptadas al argumento de la dramaturgia) es que las actrices traspasan las tablas, se comunican con los espectadores y brillan cada vez que les toca el momento de entonar las más preciosas melodías: Bailando en las veredas (Raúl Porchetto), La marcha de la bronca (Pedro y Pablo), Crimen (Gustavo Cerati), Una canción diferente (Celeste Carballo), Las cosas tienen movimiento (Luis Alberto Spinetta), Soy lo que soy (Sandra Mihanovich), Somebody to love (Queen), Avanti morocha (Caballeros de la Quema); son algunas de las canciones que desfilarán y nos permitirán cantar junto a ellas (al menos con nuestro interior).

Imposible no aplaudir de pie esta propuesta, este gran acierto para llevar al Teatro Apolo y los detalles que se tienen en cuenta por doquier.

Se dice que las mujeres nos criticamos y envidiamos siempre. Bueno, hombres, esta es la prueba de que eso no es así como dicen. Ellas se unen, se compadecen, se alientan y claro que antes se sacan el cuero como es debido. Porque son muy sinceras, demasiado. Y eso es realmente bueno para que, después, construyan su aventura que nos dejará boquiabiertos.

Mucho rock, mucho entusiasmo, mucho power y una velada más que increíble. Si creíste haber visto todo sobre el universo femenino, ¡Mujeres perfectas te demuestra que aún hay más!

Mariela Verónica Gagliardi

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El arte en el mundo de hoy

En el aire

Ficha En el aireEn el aire (unipersonal protagonizado por Facundo Arana, con dramaturgia y dirección de Manuel González Gil) es una obra de teatro que transita por una infinidad de clímax increíbles.

Combinando pasado y presente es como Marcos (locutor de un programa de radio) se convierte en el portavoz de una historia profunda, que conmueve de punta a punta, haciendo vibrar al público de un modo notable.

Y es que esta emisión se está llevando a cabo desde el Teatro Ana Müller que, por lo diversas noticias, se sabe será derrumbado para la construcción de una playa de estacionamiento que dará muchos ingresos a empresarios.

Todo parece ir sobre rieles en esta consternada transmisión radial que parece haber un secreto no develado. No tendría sentido, realmente, contarlo en esta nota ya que el unipersonal perdería esa magia que se percibe en el éter de principio a fin. Pero, lo que sí puede mencionarse es la creatividad para poner en escena a Facundo Arana, componiendo diversos personajes que harán unir la narración como si se tratara de pequeños retazos que fueron pensados artesanalmente. Así es como el pueblo de Las Rocas (situado en el Interior de Buenos Aires) le irá devolviendo a sus habitantes la valentía para luchar por lo propio, por lo autóctono, lo que es de ellos y del pueblo.

En un recorrido, notablemente emotivo, la figura del actor será puesta de protagonista para transmitir el rol que tiene, el que se merece y dónde está parado actualmente. También, el monólogo oficiará de “cómplice” para con otros artistas presentes y, de este modo, hacerlos partícipes de la problemática por la que atraviesa el arte y la cultura hace tiempo en el país.

¿El actor es una mercancía que se compra y se vende, o es un cuerpo que se pone en la piel de quien pretende para formar una realidad determinada?

Un gran debate se focaliza en estas cuestiones artísticas, fusionándose con llamados de oyentes, consignas y música. Hasta que la estructura con punto y coma -a la que está acostumbrado el locutor- se pierde y se ve arrasada por la cruda realidad.

La claridad de los ojos de Arana nos traslada a un universo confuso en el que irá desentramando toda tela araña que opacaba la belleza del pasado, la sutileza de una mirada, el amor verdadero, la angustia de no tener certezas en todo sentido, la desesperación por no poder recrear el mágico mundo en el que vivieron sus abuelos, la construcción de un espacio dentro del que florecería el arte en todo su esplendor, la figura de Baigorria quien era un bombero voluntario olvidado, pero homenajeado por Marcos -quien parece ser tenaz y firme en pensamiento pero muy sensible en su corazón-.

Como si se tratara de una obra integrada por varios actores, Facundo Arana conmueve por sus interpretaciones, por sus voces, su soltura y simpleza. El es el cuerpo de quienes forjaron el teatro desde el que transmite, la voz de quienes ya no hablan, el aire de quien no se atreven y el espacio de quienes no se creen capaces.

Verdaderos dueños o los que figuraban como tales. Todo parece ser una batalla, una lucha por ganar no por el mero hecho del reconocimiento sino del olvido que se envuelve en escombros.

En diferentes espacios del escenario Arana compone a sus personajes, que son acompañados por la iluminación precisa para que todo brille aún más, para que el futuro no sea algo incierto sino el reflejo de quien se enviste en una ideología y camina con el agotamiento que eso conlleva.

Y, cuando todo está dicho, la emisión llega a su fin. No sin antes dejarnos varias enseñanzas que podrán guardarse en lo más íntimo del ser.

Una llamada será uno de los hilos conductores elementales que nos conducirán hacia el objetivo planteado en el desenlace.

La vida y la muerte, ese espacio que intriga y da miedo, la nada misma, el todo convertido en palabras y en espíritus que desean escribir una nueva historia.

Mariela Verónica Gagliardi

 

 

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Vivito de antes y de ahora

Vivitos y coleando

Hace varios meses me acerqué a ver la obra Vidé, la muerte móvil en que actuaba Carlos March. Una puesta realmente fuerte, conmovedora, llena de humor e ironías por doquier. Pero, no es motivo de esta nota volver a mencionar dicha dramaturgia sobre la que ya escribí en su momento, sino el citar a este artista que hace un tiempo volvió a las andanzas con Vivitos y coleando, el musical que allá por 1986 estrenaba Hugo Midón junto a Carlos Gianni, con un elenco que es mitad nuevo y mitad el mismo de siempre.

De pequeña no tuvo la oportunidad de ir a una función de este clásico infantil así que unos cuantos años después me emocioné al poder hacerlo. Ser periodista no es una profesión fácil ni siempre placentera, así como tampoco es recurrente el ver espectáculos que motiven mi escritura.

Vivitos y coleando me puso la piel de gallina, en primera instancia por la cantidad enorme de adultos que sacaron su entrada sin venir con niños, sino para recordar aquellos tiempos en que las canciones se componían de una manera única y especial, en que las melodías eran pegadizas y en que los más chiquitos tenían la posibilidad de crecer rodeados de amor, ternura y enseñanzas de la mano de estos autores.

La obra transita todas las canciones del disco, los actores cantan en vivo y los espacios se van recreando de un modo especial como para dar pie al tema siguiente.

No son solo frases evocadas sino escenas conformados excelentemente, con intérpretes -idóneos a nivel artístico-, y la calidez de todo aquel que se para en el escenario para transmitir un conjunto de emociones a sus espectadores. Ese momento es y fue lo que permite y permitió que la función vuele más alto que un ave y recorra los corazones de bebés, infantes y adultos.

En cuanto a la escenografía, está conformado de tal manera que nada sobra, sino que es lo necesario para permitir una narración ubicada en tiempo y espacio. A su vez, la iluminación va invadiendo de colores los diferentes espacios y estos siete payasos nos invitan a viajar por una época importantísima, pos dictadura en que era preciso respirar de alegría y serenidad.

“Esto de pelearnos todo el día por llenar nuestra alcancía, no va más. Esto de agarrarnos de los pelos, por los celos, no va más. Habrá que hacer lo necesario para que estemos bien, sin hacernos daño” (No va más).

¿Qué diferencias artísticas existen entre esos años ochenta y la actualidad?

En principio hay que analizar el social-histórico que nos tocó a nosotros, a nuestra generación. En los 80´ había todo un desborde de deseo, de entusiasmo, de ganas y de toda una descarga de una época de oscuridad, de represión, de dolor, de muerte, de todo lo que ya sabemos que pasó… inevitablemente, fue como una explosión artística donde lo técnico y demás cosas que tienen que ver con lo profesional, con la búsqueda de estética y de perfecciones no era lo más importante. Ahí lo importante era la libertad de hacer lo que uno quería y descargar, como una efusividad (propia de cuando se destapa una olla a presión), entonces salió todo a borbotones.

Y cuando las aguas se fueron calmando (no sé si es bueno o malo), aparecieron otros objetivos, otras consecuencias y en el caso mío me pude dedicar más a eso, a la estética, a la búsqueda de lenguaje, a encontrar maneras de expresar que sean más representativas, seleccionar un poco más el material, con quién trabajar -lo que te da un poco la calma de todo eso, ¿no?-; poder separar la paja del trigo, disfrutar de lo que uno va haciendo y tratar de evolucionar, de mejorar.

Despues de casi tres décadas, ¿qué cosas cambiaron en Vivitos y Coleando?

De eso se encargó Manuel González Gil que, justamente, para eso y otras cosas, lo convocamos a él. 

Ser dirigido por Hugo Midón, durante tantos años, trabajando material de él, formando parte de un equipo que con los años se fue consolidando y fue generando un lenguaje que hoy todavía sigue vigente… era complicado quién nos iba a dirigir. Nosotros conocíamos el material, con Roberto (Catarineu) nos encargábamos un poco de lo estético y, de transmitir esa estética a los compañeros más jóvenes que estaban convocados. Pero decidimos desligarnos de eso y confiar en un director que supiera interpretar eso. Creíamos que Manuel era el más indicado, por una cuestión de generación también, por una cuestión de afinidad de él hacia el material -porque nos conocimos cuando ellos hicieron Los Mosqueteros-. Y, además, Manuel se entusiasmó muchísimo cuando le preguntamos. Más allá de que nosotros confiábamos en la mirada de él; a mí me sorprendió mucho su aporte y en cuanto a aggiornar el material, de la manera que lo hizo -con las luces y el sonido-.

Queda como un music hall para niños.

Queda una cosa raramente atractiva.

Por más que hizo adaptaciones a cuestiones contemporáneas, uno se siente en los 80´.

Ahí aparece el espíritu hoy.

No es como un túnel con telarañas.

Se sacudió el polvo y apareció hoy lo mejor: un aggiornamento y una mirada moderna, humanizada. Y, también, aportó muchísimo Jorge Ferrari y su escenografía que es muy puntual, muy chiquitita, muy sencilla -no hay trazos gruesos-. Además, es un amigo de muchos años, nos conocemos. Entonces, conociendo con quién trabajás, salen estas cosas. Bueno, Mónica Toschi (vestuarista) que siempre trabajó y lo de ella siempre es muy apropiado y atinado y de muy buen gusto; siempre dentro de lo austero (del espíritu de lo que es la obra de Midón).

Hay espectáculos que quedan marcados en una sociedad entera. Este es uno de ellos. ¿A qué creés que se deba el éxito?

Con los años de ir haciendo teatro he comprobado que el éxito es algo inexplicable…pero en el caso de Vivitos y Coleando, podría decir que no lo es. Haciendo un poco de historia, y partiendo de la dupla Midón-Gianni y de la continuidad de trabajo con ellos y con mis compañeros, Catarineu y Tenuta,se fue conformando una estética que se transformó en un movimiento teatral yo diría que de culto. Lo de ahora no es más que el resultado del ejercicio de la memoria de lo hecho mas la sumatoria de nuevas generaciones que crecieron como espectadores de aquél fenómeno y un público memorioso que respondió con nostalgia y entusiasmo a la propuesta de volver a encontrarnos.

¿Cómo manejaste esa gran dicotomía entre ser parte de Vidé, la muerte móvil y Vivitos?

Uno para eso se entró, estudió, se preparó y tiene una predisposición natural a abordar lo que uno elige para hacer. No fue fácil. Para nada fácil. Porque para eso se ensaya, se trabaja, se preparan las cosas. Pero una vez que estrenás, que el material sale a la luz, el público lo empieza a ver, lo empezás a compartir, a desarrollar y a transitar; después se transforma en una tarea -que no es cualquier cosa-.

Más fácil de digerir.

Y, porque es de alguna manera sanador. El teatro es sanador en general. Yo disfruto muchísimo de todo: de hacer Vivitos y de hacer Vidé, que es lo que me representa en toda su dimensión (desde los niños y hasta los adultos), y lo hago con la misma entrega.

Siempre con tap.

Me lo piden (risas de alegría y satisfacción). Estamos hablando de mis referentes en cuanto a teatro: uno, mi maestro Antonio Mónaco que es el que me inmaculó el virus del teatro cuando era joven y estudiaba (y que, justamente, era el que tenía El Picadero en la época que le prendieron fuego durante la dictadura con Teatro Abierto); Hugo Midón y Norman Briski. Norman fue el que me dijo: te vas a poner los zapatos de tap.

Es que le da un condimento, una sutileza.

Ese ruidito para caminar, para diferenciarlo del otro que son botas. Esa sutileza del tiqui tiqui tiqui que es la complicidad civil, que es una especie de Bufón del Rey -que lo acompaña, que lo adula, lo chucea-, convive con él, lo va preparando para la muerte.

Esas vueltas en bicicleta…

Y ese caminar, permanente, en círculo de los dos. Videla transitándolo rectamente, con el color rojo, y el amarillo sinuoso de Biondi.

Hay muchísimas escenas muy fuertes: la del ataúd…

Donde aparecen, además, Pepe Arias, Marrone, Sandrini…

La cruz, esa cruz imponente con la bandera.

Y muchos simbolismos.

Y el Falcon…

El Falcon, ni que hablar…

Y, al mismo tiempo, el lenguaje del grotesco. Como puso Norman en el programa: tenemos derecho a burlarnos. Porque este tema si ya no lo tratás de esa manera, mejor que ya no lo trates, porque ya está.

La propuesta de Vicente Muleiro venía siendo grotesca y patética pero que teatralmente…

Además, al ser el escenario a lo largo permite observar todo en todo momento.

El espacio que tiene Norman es muy seductor.

Con esa escalerita.

Y propone, teatralmente, jugar y utilizar todo lo que hay.

¿Qué opinás de lo que cree un sector de la población acerca de que actualmente no hay democracia?

Eso no merece ya ningún tipo de comentario.

¿La democracia de los 80 era más democrática que la vigente?

Lo de la democracia es así: hay bemoles, hay idas y vueltas, cosas buenas y cosas para mejorar; pero siempre es lo mejor que hay. No hay ningún sistema mejor hasta ahora. Si se hubiera inventado, estaría apoyándolo. Lo importante es cómo nos manejamos dentro de la democracia.

Si yo vivo en democracia pero soy un intolerante -si soy todo eso que se dice desde el odio, desde el resentimiento, de la crítica y nada más- … además somos una democracia joven (comparada con otras democracias a las que siempre nos queremos parecer), pero no nos estamos fijando nosotros lo que estamos haciendo mal para ver qué son. Entonces estamos navegando siempre entre esos recovecos complicados.

¿Si Hugo Midón estuviera presente qué diría?

No sé, tengo miedo (con tono contento). Porque era una persona tan exigente, tan cuidadosa de su material… no me animo a decir…

Yo creo que aplaudiría.

Sí, yo creo que sí. Creo que estaría contento. No sé cómo reaccionaría porque era muy hermético en su manera de expresar sus sentimientos. Me imagino que mal no estaría porque el espíritu existe, sigue estando. Al verlo a Gianni, cuando viene, está contento… ahí me doy cuenta que lo estaría (Midón).

Iría como en efecto dominó.

Hay mucha afinidad entre ellos y coincidían mucho estéticamente en sus gustos y demás.

¿Pensás que la gran cantidad de espectáculos que hay para ver en la Ciudad de Buenos Aires es para satisfacer los diferentes gustos del público o necesidad de los propios actores por hacer lo que les interesa?

Y, debe haber. Yo no he visto todo. Como todo, hay de todo. Yo supongo que lo más difícil es juntar esas dos cosas. Yo lo que hago lo hago para mí y en la medida que lo que yo haga para mí sea coherente, sea honesto, idóneo en cuanto a cómo comunicar y cómo contar y mostrar un trabajo; supongo que, del otro lado, tiene que suceder algo parecido. Creo que está bien que uno trabaje para uno. Ahora, lo que vos decís, si lo vemos con la mirada del ego (el ego es un arma de doble filo), si vos trabajás nada más que para vos… eso no quiere decir que hagas las cosas que la gente quiere escuchar.

Lo interesante del teatro es que cuando uno se mete en algo y quiere transmitir algo, se mete en un sin red que no sabe después qué va a pasar, y ahí está el riesgo. Sin riesgo tampoco hay satisfacción de buenos resultados.

El teatro es mágicamente inexplicable. Hay espectáculos que son muy buenos y el público no responde como debería y como uno cree que debería. Pero como todo es tan subjetivo, no tiene explicación.

¿Qué sensaciones vas teniendo a lo largo de la obra?

Estoy a 50 centímetros del piso siempre. Si querés una imagen: no me doy cuenta dónde está el piso. Es ese estado medio de levitación donde no aparece el pensamiento… es una eternidad que, en algún momento, me dice que paró, que terminó. Por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos.

Mariela Verónica Gagliardi

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Escribir la vida desde el Paraíso

Hoy El diario de Adán y Eva1

El cometa Halley, pasó cerca del Planeta Tierra el 30 de noviembre de 1835, día en que Samuel Langhorne Clemens nacía.

Más conocido como Mark Twain, es uno de mis autores favoritos desde pequeña, ya que logra acercar sus vivencias personales a las aventuras más sorprendentes y divertidas, en las que es posible ser feliz durante cada una de sus páginas.

Sin lugar a dudas, este genio creó uno de los libros más importantes de la literatura humana: El diario de Adán y Eva. Durante este breve relato, estos personajes bíblicos van autodescubriéndose y conociendo el mundo, sus palabras, sus significados y, asombrándose, con las diferencias entre ambos sexos.

Como un homenaje, en cierta forma, a su esposa Olivia -quien murió un año antes de la escritura del libro-, él entremezcla ficción y realidad, haciendo primar las diferencias y el humor por sobre todas las cosas.

Justamente, esta mujer y este hombre reflejan a tantos otros de su especie. Tanto animal como humana, claro que solo la humana podrá comprender el lenguaje que se utiliza durante la dramaturgia, a pesar de que Miguel Ángel Solá representa muy bien a las diferentes especies anteriores al hombre. Tal es así que Eva tarda en entender la evolución y darse cuenta que es un semejante.

Lo mismo ocurre cuando engendran vidas -la de Caín en primera instancia-, las cuales no logran asimilar como suyas, ni entender de qué razas son -confundiéndolas, incluso, con reptiles-.

Todo el lenguaje poético que se utiliza en esta obra, denominada “Hoy: El diario de Adán y Eva” (escrita por Solá, Oteyza y González Gil; dirigida por Manuel González Gil), goza de una suspicacia y sensibilidad enormes.

Miguel Ángel Sola y Paula Cancio, consiguen retratar a dichos personajes emblemáticos de la religión católica, enaltecerlos y ridiculizar sus conductas a partir de diálogos entretenidos, graciosos y llenos de romanticismo.

La música, a cargo de Martín Bianchedi, ameniza las escenas que transcurren entre pasado y presente. Un pasado en que una emisión radial desarrollaba un radioteateatro sobre este clásico de Twain, un clásico representado por Dalmacio y Eloísa (Adán y Eva). A partir de estas intervenciones en el micrófono, dentro de las que logran desarrollar dotes artísticos, se enamoran. Como era esperado.

Entonces, la pieza artística tiene varios aspectos a destacar: los orígenes de la especie humana a través del libro de este escritor y periodista del Siglo XIX, una historia de amor deleitosamente interpretada en la radio, en la vida ficcionada y la certeza de que todo ocurre, seguramente, en su vida privada.

Una historia, dentro de otra y ésta, dentro de otra… como quien abre una Mamushka y se encuentra con otra y sonríe por saber que existe una aún más pequeña e idéntica.

Así, como la reproducción humana, como las generaciones y como los días recorridos por el Diario que nos esboza otra sonrisa. No existe descubrimiento para nosotros, sin embargo, rememorar los orígenes, sin importar el credo, es una caricia al alma. Imaginar que dos seres, únicos, están solos y no les queda más alternativa que congraciar o ignorarse.

Como Adán cuando ya no soporta escuchar a Eva hablar sin parar, mientras Eva no entiende lo frío que se muestra su compañero.

Los fragmentos escogidos para representar están muy bien tomados y esta elección les permite intercalar lo fiel del teatro leído con la memoria que los caracteriza.

Y, con respecto al presente -que aparece, una y otra vez-, un programa radial, con mobiliario moderno, lo entrevista a Dalmacio. Un Dalmacio ya anciano, con problemas de salud que intenta disimular y con una ternura y terquedad como toda persona mayor. La entrevistadora (Adriana) es la pieza fundamental de toda la obra y quien irá conduciendo el programa para llevar a este personaje por diferentes momentos de su historia. Será de vital importancia el objetivo que ella persigue y el cual éste niega rotundamente con evasivas.

Mientras, los actores se cambian en visibles camarines -que se encuentran en ambos extremos del escenario-, la música no solo nos y los acompaña en esos breves instantes, sino que no dejan de narrar y esbozar sus identidades. Todo el vestuario es asombrosamente práctico y bello, lo que les permite a los intérpretes hacer los cambios en escena y que, desde el público, se pueda observar.

Casualmente, aunque no creo demasiado en las casualidades, el gran Mark Twain fallece el 21 de abril de 1910 -un día antes de que el cometa Halley volviera a pasar por la Tierra-.

ficha Hoy El diario de Adán y Eva

Mariela Verónica Gagliardi

Hoy: “El diario de Adán y Eva”, de Mark Twain

El diario de Adán y Eva

Late por vos

Milagros del corazón1

Ella y él: ambos. Una relación entre dos personas diferentes, provenientes de distintos lugares y que, sin embargo, pretenden lo mismo: ser felices.

Como se suele decir “nunca es tarde para amar”. Y nunca es tarde para darse una oportunidad, aquella que le dará a la persona esa sonrisa eterna, colmada de sensaciones extraordinarias.

Este es el reflejo y la esencia de “Milagros del corazón” (escrita por Alexei Arbuzovz y dirigida por Manuel González Gil), una comedia romántica que tiene como protagonistas a dos talentosos artistas: Virginia Lago y Héctor Gióvine.

Realmente, es una virtud que un matrimonio de la vida real, logre plasmar y transmitir su amor durante cada escena. Minuciosamente, cada relato se convierte en páginas de un romance que conmueve hasta las lágrimas. La historia gira en torno de un médico, y, una mujer que está en una clínica llevando a cabo un tratamiento. Esta simpleza, por parte del autor, para hallar diálogos entre los dos, es lo que convierte a la dramaturgia en una pieza teatral emocionante.

Si se tratara de dos jóvenes, lógicamente, no se conseguiría dicho efecto, motivo por el cual es sumamente valioso elegir, en este caso, las edades de los actores, su lazo afectivo, sus falencias personales, su vinculo desde la soledad, esa soledad que abruma hasta la asfixia.

Muy al estilo de Chéjov, las palabras encuentran su espacio, su momento de esplendor -no para llenar vacios sino para ayudar a comprender la existencia de estos dos tiernos personajes que, sin buscarlo, se encuentran-.

Ella, una dama que exterioriza sus pasiones, su modo de lucir arrasadoramente, con ese gusto por la vestimenta tan especial y lujurioso. Él, un hombre serio, tímido, reservado y formal. Dos seres mágicos que no quieren compromisos, pero, el destino los ayuda a enfrentarse y mirarse a los ojos de verdad.

“Milagros del corazón” es una obra de teatro tradicional y bella, en que los detalles se vuelven importantes y cada silencio una oportunidad.

Se puede disfrutar a un personaje, encarnado por Lago, sumamente delicado, elocuente, suspicaz y lleno de gracia en cada movimiento. Sumada la interpretación de Gióvine que se convierte en un galán que, con ademanes, seduce a esta dama tan carismática.

Algo tan simple como lucir un vestido, se vuelve interesante y fundamental para la mirada de este profesional que esta mas involucrado en la cura de enfermedades que en su propio corazón -el cual le avisa que debe darle importancia y alegría, no solo tensiones-.

Las puertas cerradas, de a poco, se abren a la víspera de ricas cenas, de bailes infinitos, de valijas desechas y de viajes cancelados.

Abrir el corazón, es como encontrar la llave de ese baúl que no se quiere ver por miedo a que el pasado atormente escalofriantemente. De una y otra forma, lo que tenga que pasar pasara.

Como seres voraces, sueñan con ese brillo eterno que resplandecerá a lo largo de sus vidas, de cada despertar y anochecer.

A lo largo de la historia se pueden disfrutar de unas proyecciones que recorren los momentos más importantes de Virginia y Héctor, dos personas que estuvieron y están juntas; al igual que sus representaciones en el escenario.

Dicha combinación entre realidad y ficción es, también, un acierto al momento de transmitir emociones. Puede notarse cómo los adoquines se tornan románticos, un paraguas necesario y la lluvia un efecto deseado para los amantes.

La tragedia no tarda en avecinarse, aunque no se apodera del drama ni deja sinsabores. Lo primordial es no cerrar la puerta antes de tiempo, asumir que nadie merece sufrir y que el amor es el antídoto más importante para consumir y vivir feliz.

Milagros del corazón ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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2×1 para “Me duele una mujer”

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