*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Archivo para 2015

Por la memoria de mamá

Mamá decía1

La autora de esta obra no es solamente dramaturga sino música, guionista y letrista. Trabajó tanto en teatro como en televisión, tiene una trayectoria impresionante y su primera historia se titula “Ciudad en fuga” (centrada en el Siglo XIX durante la epidemia de fiebre amarilla), así como sus logros más recordados de la pantalla chica son: Todo empezó con Don Pedro, Flavia corazón de tiza y Alta comedia. Su forma de escribir y de expresar -desde acontecimientos históricos hasta comedias- la convierten en una experta artista que consigue resultados asombrosos con cada uno de sus trabajos artísticos.

Diego Pérez (Mauri) y Alejandro Müller (Chiqui) protagonizan a dos hermanos que acaban de perder a su madre hace poquito.

De este hecho preciso se parte para, luego, recorrer las vidas de estos dos hombres que vivieron casi siempre separados, que tienen diferentes experiencias y visiones sobre el mundo y accionar humano.

Así es como Chiqui -quien creció en el campo junto a su madre- y, Diego Pérez -en la ciudad junto a su padre- se dan cuenta de varias cosas al producirse esa unión por el luto en la casa del segundo.

Mamá decía” (escrita por Alicia Muñoz y dirigida por Guillermo Ghio) es una comedia en la que el drama está presente aunque de una manera relajada y con muchísimos momentos de risa. Esta conjunción es la que permite que todos los consejos de aquella madre que no tenemos el honor de conocer, se transporten a su hijo gauchesco, para demostrarle a su hermano cuál es la esencia de la vida, qué es lo más importante, a qué se le debe prestar atención como para no desesperar ante un mal negocio.

Y, justamente, Mauri, es quien recibió por parte de su padre -al parecer- solo malos consejos sobre cómo fracasar ante un proyecto económico.

Pero no se trata de que uno de ellos tenga razón sobre el otro, sino de la vida que ha tenido cada uno, de lo mucho que han sabido exprimirla -para bien o para mal- y de intentar no arrepentirse ante lo que escogieron.

Ante toda acotación de Mauri, Chiqui citará alguna frase de su mamá o algún aprendizaje, a su entender, sabio.

En el campo, las vacas, la leche, las miserias en cuanto a dinero, la pobreza; en contraposición a una ciudad que está llena de oportunidades y no siempre se saben aprovechar.

Quien es considerado más básico o bruto es el encargado de contener, de dar alivio ante un momento trágico, de sentirse en el momento oportuno para enamorarse y de soñar con su futuro ideal.

Quien, en cambio, tiene su vida más estructurada y sofisticada no encuentra un camino a seguir ni un hombro sobre el cual llorar.

No solo “Mamá decía” es una pieza artística entretenida sino llena de agradables escenas que dan cuenta de una realidad por la que todos los mortales debemos pasar: la muerte de un ser querido.

¿Padecer o seguir adelante? ¿Victimizarse o asumir que la vida continúa? ¿Criticar o hacer?

Como si se despertara de un sueño que duró décadas en consumarse, ellos de adultos se dan cuenta de todo lo que se perdieron por no haber estado juntos, de sus opuestas personalidades, de la belleza de cada uno de sus padres y del deseo por recuperar aquel tiempo perdido.

Entre llamadas cruzadas, chistes y desencuentros, ambos conviven antagónicamente como si tal convivencia fuera en verdad la de sus padres. Ellos ven a través de sus ojos, accionan de acuerdo a sus enseñanzas y son de acuerdo a lo asimilado.

Con una estética moderna, una dramaturgia que mantiene su ritmo -en todo momento-, una iluminación que marca los puntos álgidos de la obra y se oscurece al cambio de escena; la historia se enaltece para dar cuenta del carisma de estos grandes actores que brillan e interpretan muy carnalmente a estos hombres que sienten todo a flor de piel, quizás como aquellos niños que no permanecieron juntos.

ficha Mamá decía

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Esclavas blancas

La Varsovia1

A fines de 1930, la capital de Polonia se constituía como la ciudad más grande del país. Su grandeza abarcaba a 350.000 judíos que se caracterizaban por su despliegue cultural e inteligencia. Después de Nueva York, venía Varsovia, ocupando el segundo puesto en cuanto a demografía de dicha religión. Lamentablemente, tres años después la población se redujo a un tercio.

Llegando a la siguiente década, los nazis comenzarían una de las masacres más tenebrosas de la historia mundial: el ghetto. Cuando las tropas alemanas ingresaron a Varsovia, no solo terminó la cultura sino gran parte de esta sociedad judía que el único pecado que cometió fue ser judía según los ojos nazis.

Esta es una historia, de género dramático, que une a dos mujeres muy diferentes entre sí, que están viajando de Varsovia (Polonia) a Buenos Aires (Argentina). Durante el viaje surgirán demasiados conflictos que la serenidad de las aguas no podrán menguar.

La Varsovia” (escrita por Patricia Suárez y dirigida por Liliana Adi) une dos épocas tan distintas como similares.

Ambientada en los años 30’, todo lo que sucede no pierde vigencia.

Como tema más a flor de piel y polémico, se ubica el de la prostitución. Pero, en un comienzo parece tratarse de una simple rivalidad femenina, en que un hombre es el centro de disputa. Aunque en cuanto la obra sigue su curso y la música decora las escenas, Mignón (Silvana Rosón) y Hanna (Lena Simón) se cuentan las costillas. Una adulta y, la otra, muy joven, hablan de dicho hombre que no es ni más ni menos que un cliente.

¿Puede existir amor en una relación en que el cuerpo es tomado como objeto y por el cual se paga para obtener placer?

Esta es la historia que, de manera bidimensional, muestra a una Mignón rígida, fría y dura; que, simplemente, traslada a Hanna hacia los brazos de ese hombre.

Todos, desde el público, maldecimos las conductas y dichos de la primera que se regodea de la fragilidad de la segunda.

Y, por qué hablo de bidimensionalidad. Justamente, porque la dramaturgia no transcurre solo en la proa del barco sino que vivenciamos –gracias a la iluminación y melodías- momentos en que las damas bailan, en que se conocen con otras personas y en que las figuras se fusionan con sus sombras para justificar que, ambas, son seres tan oscuros y tenebrosos como manipulables.

Una excelente escenografía, súper artesanal –constituida por maderas superpuestas-, un vestuario blanco y delicado, un texto deleitoso y atrapante, al que se le une la dirección precisa y fina de su directora; permiten que “La Varsovia” sea una propuesta justiciera y artística de alto vuelo.

Varsovia, la ciudad más grande de Polonia, que comenzó con la trata de blanca (denominadas en Europa como esclavas blancas) incluso antes del Siglo XX y, antes de recibir esta denominación moderna. Es durante la primera oleada inmigratoria de Europa a Argentina que se encontrarían los primeros movimientos que involucrarían a tantas víctimas engañadas y cegadas, llevadas a América para un mejor porvenir.

Mignón, del mismo modo, seduce con palabras a Hanna –creyendo en su ingenuidad-; hasta que el discurso de Hanna deja en evidencia el poder con que se hilvanaban las peores desventuras.

Raquel Liberman, fue una valiente mujer que tuvo las agallas para denunciar en 1926 a la Sociedad de Socorros Mutuos (bajo la que se escondía la organización Zwi Migdal), insistiendo varias veces con información precisa como la que se refiere a dicha agrupación con el nombre de Varsovia.

Nuestra querida Ciudad Porteña, 5 de enero de 1875, sanciona la primera ley referida al ejercicio legal de la prostitución, bajo la que solo se controlaría médicamente la salud de estas mujeres.

Recién adentrada la década del 30´, década en que se desarrolla la presente obra, se decreta la ley 12.331, gracias a la cual se cerrarían los prostíbulos existentes en capital federal y prohibiría la actividad en todo el país.

Casi un siglo después, no se consigue, realmente terminar con este negocio tan macabro que día tras día sigue cobrándose las vidas de mujeres que, en su mayoría, son engañadas con palabras prometedoras. Estas mujeres de antes y de ahora, son mujeres y merecen ser consideradas como tales.

ficha La Varsovia

Mariela Verónica Gagliardi

Hoy: «El diario de Adán y Eva», de Mark Twain

El diario de Adán y Eva

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Golpe a golpe, verso a verso

Las patas en las fuentes

El peronismo estaba proscripto. No podía mencionarse, siquiera pensarse. Corría el año 1965 y el poeta argentino, Leónidas Lamborghini, escribió un libro titulado El solicitante descolocado -en cuyas páginas se incluía Las patas en las fuentes-.

Una tarde muy calurosa de un 17 de octubre del año 45′, una manifestación espontánea se reunió en la Plaza de Mayo para pedir que Juan Domingo Perón sea presidente. Esto ni siquiera estaba en los planes del futuro líder carismático.

Haciendo alusión a los que aquella tarde se mojaron, desesperadamente, con agua de la fuente para refrescarse, es que Lamborghini realiza el poema que detalla la situación reinante en el país (Revolución Libertadora, 1955), el lugar que ocupaba el peronismo, entrelazando relatos relacionados con el fútbol, el tango, el trabajo y descripciones de situaciones cotidianas.

«Y yo estaba embarazada -dijo-, y me patearon el vientre y mi hijo, desde adentro, aparta furioso mis entrañas y los patea a ellos con furia».

Considero que el modo de escribir de este autor, al igual que su temática, no puede gustar o disgustar a medias. A su vez, el estilo en su escritura y su sinceridad, junto a la gran cuota de ironía, lo convirtieron en un referente del peronismo.

Es una verdadera delicia poder ver y escuchar a Osmar Nuñez (dirigido por Analía Fedra García) interpretando a El solicitante descolocado. Esta dupla es excelente, colmada de talento y amor por el teatro. Solo de esta forma es posible que nuestras lágrimas y congojas se expresen a lo largo de la función, seamos o no peronistas.

El solicitante era un hombre, que buscaba trabajo y no lo encontraba. Que cuando lo encontró no le agradaron las condiciones en que se trataba a los obreros, que encontró maneras muy ocurrentes para redactar pedidos de empleo o renuncias. Era común pero con cuestionamientos al sistema, a la sociedad y a cada persona que se cruzaba por su vida. Era como un filósofo sin serlo, pero pidiendo respuestas, constantemente. No entendía las injusticias y su mente recordaba cada una de ellas.

«Solicitud detállame, el que suscribe, práctico en desorganizar, está deseando ganarse un pan en tu establecimiento».

Quizás algunos poetas puedan refugiarse en sus palabras para decir con menos brutalidad lo que sienten y piensan, pero este no es el caso de Leónidas que no le temía a nada, que era un hombre con ideología y que no tenía grises en su mente.

Así y todo, logró encontrar la fórmula perfecta como para equilibrar tanto contenido político con vivencias propias y ajenas. Este unipersonal, basado en mayor medida en Las patas en las fuentes, halla su existencia en las calles, en lo popular, en lo más básico. Y conmueve, y lo hace sin pedir permiso. Escuchando conversaciones entre parejas que, luego, se vuelven discusiones. Observando a vendedores. Quejándose de partidos de fútbol, de sus jugadores o de sus jugadas por qué no. Citando a Tus noches, Atenas (vals interpretado por Carlos Gardel) para ilustrar la melancolía que siente por un amor que no pudo ser. Sin pedir permiso, entonces, traduce a texto todo lo que su ser se detiene a mirar y se adueña de esos diálogos que convierte en relatos ágiles y atrapantes.

Produce ruido, bronca y angustia que hayan utilizado el término de Revolución Libertadora para referirse a un grupo de militares asesinos que hacían lo que fuera para ocupar el puesto presidencial. ¿Liberarnos de qué? ¿De un mal? ¿De un presidente que había sido electo democráticamente?

El único libertador fue San Martín y si tuviera conocimiento alguno acera de esta época de la historia argentina, volvería a morir instantáneamente.

La función del 14 de junio formó parte del Festival de Poesía y Teatro en el C.C.C.

Mariela Verónica Gagliardi

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Corazones que no sienten

Ojos que no ven1

Una abuela ciega, literalmente hablando, es la encargada de unir a su familia en la tradicional cena de Noche Buena. Una noche en que sucederán varios encuentros y desencuentros, varias situaciones conflictivas en que el dolor será el ingrediente principal de la comida.

“Ojos que no ven” (basada en el cortometraje homónimo de Natalia Mateo), es una obra de teatro que pertenece al género dramático exclusivamente. Si bien existen varios momentos graciosos, éstos prevalecen sobre las desgracias que acontecen sobre cada uno de los personajes. No se salva ninguno de ellos, estando unidos -de algún modo- por los pasados y presentes no asumidos.

Toda familia encierra misterios para el afuera, secretos no develados a ciertas personas, aunque -en este caso- pretenden silenciar lo que ocurre para “cuidar” a sus seres queridos; sin darse cuenta que dichos cuidados no siempre terminan siendo saludables. Más bien, todo lo contrario.

Las escenas se suceden unas a otras, y podemos ver un living de los años setenta, decorado muy finamente, teniendo en cuenta todos los detalles como para situarnos en aquella época.

Si bien, este tipo de familias existieron siempre y existirán siempre.

La Abuela (Chela Cardalda) es, entonces, quien une para azotar, quien habla para lastimar, quien teme solo por ella misma al igual que casi todos los miembros.

Carmen (Eugenia Alonso) y Esther (Julia Gárriz), que interpretan a una madre e hija, respectivamente; llevan a cabo dos personajes verdaderamente impecables que las convierten en actrices dúctiles, espontáneas y que alcanzan esa libertad que solo consiguen las talentosas.

El resto del elenco, también, desarrolla sus roles de forma excelente, haciendo que esta dramaturgia reluzca en todo momento y que el público quede atónito en muchos momentos álgidos de la historia.

En cuanto al ritmo, puede notarse cómo en algunos instantes sucede rápidamente y, en otros, se apacigua para darle lugar a lo infantil de la mano de Mumu (Tamara Drumond) -quien interpreta a una niña adoptada, de raza negra y que, de verla su abuela, no la aceptaría.

Este es uno de los misterios más grandes e irrisorios de “Ojos que no ven”. El que une a una abuela con su nieta, desde el cariño inmediato, desde la música, desde una canción inesperada; conectándolas amorosamente. Si esta abuela tuviera vista, claro que no la querría, pero su velo le permite darle una oportunidad en silencio.

Por otro lado, se observa a Raúl (Mariano Mazzei) que no cumple con los parámetros sociales como para ser considerado un hombre responsable, sino un hippie que lucha por sus sueños musicales.

Los demás actores cumplen roles importantes pero los que más se destacan por cuestiones de textos son los mencionados específicamente.

Ausencias justificadas por quienes las practican, un abuelo enfermo desechado como basura y como un tumor difícil de extirpar; se conjugan para estallar en llantos.

Los que se hacen cargo están de un lado del camino y quienes no, del otro. Aquí, otra vez, entra en el segundo grupo la abuela, quien ha dejado que su marido vaya a un geriátrico por no poder soporar la realidad actual.

Son muchas las comparaciones que se pueden realizar y, seguramente, muchas las identificaciones que pueden hacer los espectadores con algunos personajes y/o situaciones reinantes.

Mumu, un perro enfermo, el abuelo padeciente y, otras crisis menores, integran la mesa de Noche Buena. El silencio solo surgirá cuando queden impresionados por alguna noticia inesperada o, también, esperada pero no deseada.

Emiliano Dionisi, quien ha sido premiado como actor y director, vuelve a sorprendernos con esta obra que oscila entre el drama y el melodrama.

Los comentarios del público se hacen notar al finalizar la historia, a la cual subrayan como excelente y no dejan de decir que es sencilla, como una familia cualquiera. Esto último es lo que produce el enaltecimiento de “Ojos que no ven”, el que se trate de algo conocido por todos.

¿Quién no ha tenido un familiar enfermo, quién no ha tenido que atravesar una separación y quién no ha tenido que simular para no hacer sufrir a quien ama?

Todas las respuestas dependerán de cada humano, de cada momento, de cada personalidad y, jamás se podrá negar que tal vez padeciendo ceguera la realidad no sea tan drástica como pudiendo observar con las pupilas cada movimiento.

Es ciega, no tarada – repite, una y otra vez, Esther.

Chela Cardalda interpreta a esta mujer discapacitada visualmente, pero capacitada para provocar dolor en todo lo que toca. No es malvada en su totalidad. Es humana, como todos.

ficha Ojos que no ven

Mariela Verónica Gagliardi

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La isla encantada

Un tren a Toay1

Y, de repente, las luces se encienden y los vemos a ellos. A seis amigos, que no sabemos que lo son hasta adentrada la historia. Unos personajes que utilizan la técnica de clown para narrar sus aventuras, vicisitudes, enamoramientos, alegrías y la magia de la vida desde el brote de una flor.

Utilizando metáforas simbólicas, vistiéndose con muchos colores y dándole la palabra a un narrador -que también interviene en la dramaturgia- es como está representada “Un tren a Toay” (del grupo Luna Roja).

Por momentos podemos tildar a esta obra de un disparate total, y es que ocurre en gran porcentaje y se apodera de cada uno de estos seres que son niños y adultos, que no quieren crecer para no perder esa sonrisa tan típica y feliz que se tiene, espontáneamente, de pequeño. Cuando todo es sencillo, cuando un viaje puede ser lo más maravilloso y fugaz, cuando un miedo no es un fantasma sino algo específico y cuando el más allá es el próximo juego.

Estos amigos van hacia una isla llamada La Cuarteada y, después de haber sido pisada por ellos, nunca volverá a ser la misma.

Como asociados por sus ideales, estos jóvenes planean una fuerte revolución y será a partir de una gran estrategia como invadiran este pedazo de tierra rodeado de agua, sin imaginar la cantidad de historias que tendrán para recordar.

Una isla que parece estar en un lugar muy lejano y, sin embargo, está situada en la provincia de La Pampa. Toay significa (en lengua ranquel) vuelta o rodeo y fue fundada en 1894. Al estar rodeada de abundante agua, se consideró un lugar propicio para que se desarrollen varios servicios, la comunicación, el comercio y el transporte de toda la región. Es interesante resaltar el origen de esta ciudad que pretendía ser la capital de la provincia y, por una ambiciosa jugada por parte de Tomas Mason (quien da origen a Santa Rosa, a 10 km de dicho lugar) es que, se dice, intercambió las aguas de ambos lugares (siendo que la mejor era la de Toay).

Un lugar muy bonito -según las descripciones e interpretaciones artísticas de sus personajes- que cuenta con poderes sobrenaturales, que convierte a los humanos en seres con más locura que la habitual y en el que el delirio los ayuda a crear sus días de la manera más divertida.

Unidos, separados, siendo ellos mismos, paseando de la mano, enamorándose, soñando con volver a verse algún día, haciendo que un navegante descubra la belleza de lo que, en definitiva, existe en el interior de cada uno: el amor.

Cosiendo capas de colores para vender, siendo asaltada por sus propios amigos, recreando el mundo convencional y real en un cuento donde la maldad es solo ficción y los gestos forjan un porvenir. Un futuro lleno de flores, plantas, fragancias. Un jardín con una pequeña cerca que puede ser traspasada por cualquiera que se agache y la abra, o por cualquiera que la salte ambiciosamente.

Ese tren que viaja hacia un sitio no conocido por el común de la gente, que provoca intriga, que deberá ser el escenario propicio para tramar el hechizo de tocar todo lo que se quiere convertir en algo más interesante.

Tranquilamente, puede entenderse la revolución planteada como justicia por lo que no pudo ser y debería haber sido. Un agua cristalina que fue absorbida por la capital de La Pampa, que merecía ser el ícono histórico de la región y no un territorio no invocado popularmente.

Quizás, para dar fe de esto, debamos recorrer aquel sendero que nos conduzca hacia este paraíso en que todo es posible.

ficha Un tren a Toay

Mariela Verónica Gagliardi

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Es posible ser un ninfómano creativo

Semen en los ojitos“Semen en los ojitos” (escrita y dirigida por Gonzalo Senestrari) es una obra de teatro dramática que muestra a dos realidades: la ficcionada y la real. En la primera podemos notar cómo Chester desarrolla su devoción por la escritura, narrando -en vivo- una historia intrincada, apasionante y en la que muchas personas podrán sentirse reflejadas. Y, en la segunda, nos sumergimos, directamente, en un grupo de autoayuda para adictos al sexo.

Una dramaturgia dentro de la otra. Una más conmovedora que la otra y con tantos detalles para destacar que sería imposible adjetivar en pocas páginas.

A pesar de las diferentes sensaciones que podemos llegar a tener los espectadores, puedo esbozar una inmensa alegría y tristeza a la vez. Una nostalgia innegable por la que se disfruta al recorrer el camino de cada uno de estos padecientes.

Sin tener conocimiento del argumento, se podría disfrutar de un grupo, dirigido por Waldo, que intenta volcar todo su pasado y camino recorrido en la dirección del mismo. Un cartel, a su vez, invita a conocerlo, teniendo toda la soltura posible como para reconocer sus trabas y manera de curar, en cierta manera, la desesperación por concebir un mundo solo con ojos sexuales.

Ningún extremismo, se suele decir, es sano; así como tampoco no elegir un camino a seguir.

“Semen en los ojitos”, es una síntesis por el universo de la libido en que un escritor detiene el tiempo para narrar y construir la atmósfera de cada escena a gusto y piacere.

Nicolás Albamonte, Demián Bello, Martín Crespo, Manuela Fernández Vivian y Claudio Garófalo; componen esta obra que oscila entre montaje y realidad. Cabe resaltar la música que no solo decora la pieza artística sino que se eleva como una historia sonora paralela en la que se puede sentir cada nota como una vibración diferente.

Y, qué oportuno e inteligente es dicho aspecto ya que suele tomarse -en el teatro- a la música como algo ornamental por más que sea compuesta especialmente para la ocasión o se trate del género comedia musical.

En la ronda, pueden mirarse a la cara, a los ojos y discutir el propio o antagónico parecer. En dicho círculo tenemos que, nosotros como espectadores, mover nuestro cuerpo para descubrir lo que hacen y esta manera de presentar la historia demuestra la convicción de Senestrari por mostrarle al mundo su óptica sin que la puesta en escena sea perfecta y ordenada.

El desorden en que se encuentra un escritor a la hora de crear en su cabeza segmentos, como piezas de rompecabezas que luego irá uniendo de alguna manera sorprendente. Sorprender para sorprenderse y sorprender para erigirse como un sello distinto a una narración anterior o a un autor del mismo género.

A la vez que se escucha el compás de la música, el intelectual con gafas, toca -con precisión- la máquina de escribir, conjugando su devoción por las letras y el arte de contar.

Más allá del proceso de dicho escritor, es notoria la profundidad del grupo sobre adicciones y la gran investigación que habrán tenido que llevar a cabo para la composición de sus personajes.

Manuela Fernández Vivian es quien, como siempre, se destaca ya que logra interpretar a una joven, dulce y sensible, que ameniza con breves relatos amorosos -los cuales nada tienen que ver con lo sexual-. De hecho, ella tapa sus oídos cada vez que escucha el nombre de un miembro vinculado con la temática. Y, podrán cuestionar, cómo está tan atemorizada si su adicción es la misma que el resto de sus compañeros.

Sinceramente, develar todos los interrogantes de esta dramaturgia le quitaría completamente la gracia desmedida a “Semen en los ojitos”.

En un país como Argentina, en que algunos hombres siguen sintiéndose más machos por el tamaño de su miembro o las groserías dichas a las mujeres; es difícil poder decir qué porcentaje es realmente adicto al sexo y cuál lo simula para no quedarse afuera de la comparativa.

“Semen en los ojitos”, es todo lo opuesto que se pueda deducir sobre su título. Es una obra en que el arte se destaca y la pluma sigue, espontáneamente, el recorrido del corazón e intelecto.

ficha Semen en los ojitos

Mariela Verónica Gagliardi

Los notables

Don Pasquale2

Una ópera picaresca, para toda la familia y con una historia que tiene su moraleja, no es algo fácil de hallar. Por suerte, Gaetano Donizetti escribió, tanto el libreto (junto a Giovanni Ruffini) como la música, de Don Pasquale. Esta pieza artísica y musical es una comedia cómica, como bien se denomina “bufa”, para hacer alusión a algo gracioso. Tiene el agrado de estar dirigida musicalmente por Juan Casasbellas, quien con suma perfección y talento convierte este clásico italiano en tres horas de pasionales sensaciones.

El eje central es un hombre anciano, avaro, rico y egoísta que pretende hacer cualquier cosa con tal de no dejarle su herencia a su sobrino Ernesto (Santiago Ballerini) ya que no está de acuerdo con que éste se case con su enamorada Norina.

Para darle una lección a Don Pasquale (Hernán Iturralde), sus afectos más cercanos planean una estrategia para que aprenda a respetar a los demás y de el brazo a torcer respecto a la decisión de su sobrino.

Es así como entre el doctor Malatesta (Homero Velho), Norina (Oriana Favaro) y un escribano (Enzo Romano) trucho le hacen creer que tienen para él a la mujer perfecta. Dicha mujer es nada más ni nada menos que Norina disfrazada de una señora de su casa que sería bien vista por el codicioso hombre.

Retrotrayéndonos en el tiempo, esta ópera bufa fue la última que se escribió en aquella época, siendo que había dejado de existir hacía rato el género. Donizetti y Ruffini, el 3 de enero de 1843 la estrenan en París. La historia está basada en el libreto de Angelo Anelli para la ópera Ser Marcantonio de Stefano Pavesi (la cual era una ópera bufa, se estrenó en 1810 y estaba compuesta por dos actos solamente).

Dicha ópera está compuesta por tres actos, los cuales son muy entretenidos, llenos de glamour y variados colores en sus escenas.

Durante el primer acto se puede ver a Don Pasquale esperando al médico -quien, supuestamente, le presentaría a su futura esposa para desheredar a Ernesto-. Será tarea súper sencilla el engañar al anciano por la suma confianza que se tienen el uno al otro. Es así como la mujer, Sofronia, sería hermana de Malatesta. Claro que uno de los conflictos de la historia presente es que Ernesto no está al tanto de que se trata de una emboscada a su tío y, durante todo el tiempo, cree que el doctor -quien, además es su propio amigo- lo está, de algún modo, traicionando.

En cuanto a los personajes encarnados por los actores, todos los protagonistas deslumbran al público, de comienzo a fin, con sus proyecciones vocales las cuales -en general- se pueden comprender sin necesidad de leer su traducción en pantalla.

La pareja que se ama, sorprendió el año pasado en Romeo y Julieta y ahora lo hace, nuevamente, en Don Pasquale, mirándose a los ojos y viéndose reflejados en sus corazones. Ambos tienen una magia sorprendente que los convierte en profesionales del arte.

El coro de Buenos Aires Lírica no tiene demasiadas intervenciones en escena, sino hasta el desenlace de la historia en que podemos disfrutarlo, como siempre; al igual que sucede con la Orquesta que suena deleitosamente.

Ingresar al Teatro Avenida es sumergirse en una aventura perfecta en que sonidos, actuaciones e instrumentos se fusionan de un modo y otro hasta combinar las melodías y llegar a ese climax en que ya no es posible utilizar palabras. Las sensaciones nos esbozan sonrisas, lágrimas y una satisfacción que abarca el infinito. Estaríamos en presencia del famoso trance, un trance divino y sin límite.

Uno de los momentos más entretenidos ocurre cuando Norina, junto a Malatesta, va creando a su nueva dama Sofrina. Durante esos minutos se produce un dúo entre ellos dos, realmente digno de destacar tanto vocal como actoralmente.

En referencia a la puesta en escena, la arquitectura con sus puntos de fuga, convierte un espacio en ciudad, con edificios pequeños, en que sus personajes deberán agacharse como si fueran diminutos. Y en cuanto al vestuario, reluce en variedad de tonalidades el que corresponde a los actores más importantes y en colores más apagados o claritos los que corresponden al coro y a cuatro figurantes que se desplazan e intervienen muy bien.

Luego, un segundo acto, nos permite disfrutar del escándalo que pretende armar Ernesto cuando ve que su amada está a punto de contraer matrimonio con su tío. Menos mal que llega a tiempo su amigo para detallarle el plan y que no eche a perder toda la simulación.

Y, al llegar el final, todo se resuelve favorablemente para Norina y Ernesto, quienes logran terminar juntos como tanto deseaban, sin amenazas ni desvalorizaciones por parte del tirano Don Pasquale.

Es imposible no sentir admiración por los artistas que, a medida que avanza la ópera, su talento va in crescendo, como si sus voces pudieran atravesar cualquier tipo de muro.

El dueto los une para tener la fortaleza de afrontar al viejo temido.

Malatesta ed Ernesto: La morale è molto bella, don Pasqual l’applicherà. Quella cara bricconcella lunga più di noi la sa. (La moraleja es muy buena, Don Pasquale la aprenderá. Y a la querida bribonzuela nunca más la olvidará).

Don Pasquale: La morale è molto bella applicarla a me si sta. sei pur fina, o bricconcella, m’hai servito come va. (La moraleja es muy buena y la aplicará a mí. Si por fina o bribonzuela, me ha servido como está).

Norina: La morale di tutto questo è assai facil trovar. Ve la dico presto presto se vi piace d’ascoltar. Ben è scemo di cervello chi s’ammoglia in vecchia età; va a cercar col campanello noie e doglie in quantità. (La moraleja de todo esto es muy fácil de encontrar. Se la digo en un momento si les place escucharla. Tiene muy poco juicio el que se casa de viejo, va a buscar a propósito, disgustos y fastidios en cantidad).

ficha Don Pasquale

 

Mariela Verónica Gagliardi

 

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La soledad es una convención social

Un día es un montón de cosas

Hay quien vive dejando para mañana lo que puede hacer en el momento y hay quien vive su vida en un solo momento.

Está aquél que da consejos y no toma ninguno para sí; y el otro que es recomendado y jamás piensa.

De la comodidad rutinaria un hombre ortodoxo judío, Elías (Alejandro Pérez), transita las horas como si la vida le quedara realmente holgada. Él acaba de ser abandonado por su mujer y, deberá cuidar de su hijo adolescente, Natán (Enzo Pedroni).

Así comienza la historia titulada “Un día es un montón de cosas” (escrita y dirigida por Jimena Aguilar), la cual pertenece al género de comedia dramática, y ocurrirán varias situaciones tanto intringantes, como humorísticas, que pretenderán romper con la estructura conservadora de los personajes.

Con una escenografía que cuida hasta el mínimo detalle, se puede visualizar una casa sin tener que recurrir a la imaginación. Dicha imaginación queda para cuestiones que así la ameritan.

Los cinco personajes, como en una película de Woody Allen, irán convergiendo de tal modo que se entrelazarán a medida que transcurra la dramaturgia. Y este es uno de los aspectos más interesantes de la obra: que no se conozcan de casualidad, sino que sus vidas estén relacionadas de antemano.

Entonces, un psicólogo, Adrián (Christian G. García), será sacado de sus casillas cuando pierda los hilos de su propio rumbo -el cual suponía certero-; a la vez que su esposa Ana (Marinha Villalobos) querrá innovar su matrimonio saliendo a la libertad y ayudando a otras personas que nota más débiles. Pero, como si fuera poco, su hija adolescente, Lea (Mora Arenillas), será la típica rebelde que no es tenida en cuenta y que molesta por sus pensamientos, actitudes y todo en lo que incurra. Ella, no estará tan sola cuando descubra a Natán, su alma gemela (notoriamente opuesta), con quien congenierá desde un primer momento.

Si bien el romanticismo surge de varios modos, los puntos más tensionantes y relevantes de la obra se refieren a: la pérdida y la soledad.

La pérdida como algo inevitable, en ciertos casos. Como ese vacío, por lo general, inexplicable, inentendible. Y es así como Elías pretenderá decodificar la última carta que le dejó su mujer y este proceso se convertirá en una especie de investigación. Es que todos los mortales solemos buscar respuestas para todo, como para quedar conformes o al menos en paz. Pero, como bien razona Lea, hay cosas que son porque sí. Y, si se presta atención a la actitud de quien menos es tenida como referente, puede entenderse lo inentendible.

Con respecto a la soledad, se la muestra como popularmente se la conoce y, además, como la falta de convicciones por forjar una propia vida sin necesidad de depender de otros. La falta de apoyo que uno suele buscar en los demás para emprender algo, es notoria en esta historia y en algunos de sus personajes como Elías.

La unión de dos familias totalmente diferentes pero con deseos similares como el de ser felices. Ese aroma a un guiso casero que llena el alma con sus condimentos, ese plato calentito que desean quienes se sienten desamparados y que un delivery no logra conformar.

Sucede algo sorprendente con esta puesta en escena y es la cercanía que consigue desde un primer momento. Con tal solo escuchar los primeros diálogos, estamos inmersos en esa casa, en ese living con el televisor encendido, con Natán frente a él observando, intentando distraerse del conflicto reinante. Pareciera no existir división entre el escenario y las butacas, sino una unión que nos incluye a todos. Como si la directora pretendiera hacernos formar parte -como público activo- de las vicisitudes de estos personajes tan bien interpretados por los actores. La naturalidad que tienen les permite mantener modismos, cadencias, estereotipos y expresiones sin necesidad de exagerar para provocar la risa del espectador -la cual surge durante muchísimos momentos de la obra- o las lágrimas nostálgicas cuando el clima es propicio para ellas.

“Un día es un montón de cosas”, indaga en el corazón de los que se sienten perdedores por no encabezar sus propias metas, sus propios deseos y sus propias búsquedas.

ficha Un día es un montón de cosas

Mariela Verónica Gagliardi

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No habrá otra igual

Eva Perón en la hoguera

Qué decir, qué sentir, qué pensar, cómo resignificar la historia del pueblo, de los trabajadores, de los pobres, de aquellos pobres que no eran vagos –como se los suele tildar actualmente- sino la masa de la sociedad que luchaba por obtener un salario digno para alimentar a su familia.

Cómo resignificar la historia cronológica, los significados y significantes, las metáforas, los simbolismos y todo tipo de ideales que están y permanecen intactos, latentes.

Cómo evaluar o juzgar la figura de Eva Duarte después de ver a la gran Cristina Banegas interpretarla, permaneciendo sentada, leyendo, con una luz que tenuemente la alumbra, con la bandera argentina que cae de su escritorio –dejando el sol radiante en el centro-.

Adoptando, sutil y lentamente, una corporalidad distinta. Reconociendo sus extremidades, su ser, su corazón y, latiendo desde lo más noble y profundo.

«Eva Perón en la hoguera» es una obra de teatro que surge del poema homónimo de Leónidas Lamborghini (1972) y que se estrena en 1994 (dirigida por Iris Scaccheri). Casi dos décadas después, vuelve al escenario este homenaje a Evita, encarnado por la misma actriz y dirigida por ella misma.

Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama «Evita» me siento con gusto «compañera» de todos los hombres” (extraído del libro «La razón de mi vida», escrito por Eva Perón en 1951).

Lamborghini tenía una forma de ver el mundo y la política, totalmente diferente al común de la gente. También, su estilo de escritura era distinto. Él decía que le gustaba el género gauchesco «porque es un arte bufonesco que se expresa en una lengua-disfraz cuya risa está entramada con los versos”. No se sentía un erudito ni tenía necesidad de sobresalir ya que su inteligencia le otorgaba distinción.

Pareciera que la vida de Evita se debió a su causa social, a su marido, a explicar lo que sentía desde lo más profundo de sus venas, que su vida no era suya sino del pueblo al que tanto amaba y amó.

Su enfermedad la devoró y quedó extasiada, extenuada. Como quien lo da todo sin dejarse una pequeña reserva, un mínimo hálito para seguir viviendo.

los ricos como árboles los pobres como pasto (…) y lo sentí:

todo esto cambiará.

o ruego

o maldición:

o las dos cosas.

En 1945, los militares habían confinado a Juan Domingo Perón a la Isla Martín García y Eva, tuvo que hacerse cargo de algunas cuestiones sobre los derechos de los trabajadores, que ya venía realizando hace tiempo.

el líder él. su palabra: encárgate

encárgate.

el líder él. el ausente. lo tuvieron. el prisionero. él:

aquellos días bajo el cielo.

la semana de.

octubre de. de fiebre. de dolor.

A todo le ponía pasión, como lo hace Banegas en el escenario, uniéndose y fusionándose una con la otra. Siendo una sola pieza intrincada. De hecho, creo que todos los que estuvimos presentes nos olvidamos por una hora de que estábamos en una función de teatro. La lucha continuaba: “Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón” (extraído del libro «Mi mensaje», escrito por Eva Perón y publicado recién en 1987).

para mí los organizados. los obreros: ¡ellos son!

los que sostienen ¡ellos son!

todos los que antes todos los que ahora todos los que mañana.

el amor de mí.

la esperanza de mí.

para mí el pueblo: ¡ellos son!

Vivió hasta la edad de Cristo. Habrá quienes la tilden de prostituta e interesada, o de Santa. Lo que nadie podrá negar es que hizo, e incluso más que la mayoría de los políticos que dan perfectos discursos en los que se trasluce su caprichosa y destructiva demagogia.

A la vez que el poema sobre el que se erige la obra continúa, se escuchan los llantos acongojados del público. Es también mi momento de liberar el nudo que tengo en la garganta cuando se sigue nombrando a los descamisados, a sus humildes casas, al barro, a la precariedad de unos y a la riqueza de los mismos de siempre.

No se trata solo de una brillante actuación, sino de una realidad real que se vivencia a diario, que los medios masivos de comunicación no quieren difundir y que los que luchan son tildados de locos. Si ser loco es pensar en darle lo básico a una persona, enloquezcamos juntos.

las cartas: la elocuencia tremenda.

todas: del que necesita. cuanto antes cuanto antes.

querida Evita.

Esta función fue el 5 de junio en La Cúpula del Centro Cultural Néstor Kirchner.

Mariela Verónica Gagliardi