*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Golpe a golpe, verso a verso

Las patas en las fuentes

El peronismo estaba proscripto. No podía mencionarse, siquiera pensarse. Corría el año 1965 y el poeta argentino, Leónidas Lamborghini, escribió un libro titulado El solicitante descolocado -en cuyas páginas se incluía Las patas en las fuentes-.

Una tarde muy calurosa de un 17 de octubre del año 45′, una manifestación espontánea se reunió en la Plaza de Mayo para pedir que Juan Domingo Perón sea presidente. Esto ni siquiera estaba en los planes del futuro líder carismático.

Haciendo alusión a los que aquella tarde se mojaron, desesperadamente, con agua de la fuente para refrescarse, es que Lamborghini realiza el poema que detalla la situación reinante en el país (Revolución Libertadora, 1955), el lugar que ocupaba el peronismo, entrelazando relatos relacionados con el fútbol, el tango, el trabajo y descripciones de situaciones cotidianas.

«Y yo estaba embarazada -dijo-, y me patearon el vientre y mi hijo, desde adentro, aparta furioso mis entrañas y los patea a ellos con furia».

Considero que el modo de escribir de este autor, al igual que su temática, no puede gustar o disgustar a medias. A su vez, el estilo en su escritura y su sinceridad, junto a la gran cuota de ironía, lo convirtieron en un referente del peronismo.

Es una verdadera delicia poder ver y escuchar a Osmar Nuñez (dirigido por Analía Fedra García) interpretando a El solicitante descolocado. Esta dupla es excelente, colmada de talento y amor por el teatro. Solo de esta forma es posible que nuestras lágrimas y congojas se expresen a lo largo de la función, seamos o no peronistas.

El solicitante era un hombre, que buscaba trabajo y no lo encontraba. Que cuando lo encontró no le agradaron las condiciones en que se trataba a los obreros, que encontró maneras muy ocurrentes para redactar pedidos de empleo o renuncias. Era común pero con cuestionamientos al sistema, a la sociedad y a cada persona que se cruzaba por su vida. Era como un filósofo sin serlo, pero pidiendo respuestas, constantemente. No entendía las injusticias y su mente recordaba cada una de ellas.

«Solicitud detállame, el que suscribe, práctico en desorganizar, está deseando ganarse un pan en tu establecimiento».

Quizás algunos poetas puedan refugiarse en sus palabras para decir con menos brutalidad lo que sienten y piensan, pero este no es el caso de Leónidas que no le temía a nada, que era un hombre con ideología y que no tenía grises en su mente.

Así y todo, logró encontrar la fórmula perfecta como para equilibrar tanto contenido político con vivencias propias y ajenas. Este unipersonal, basado en mayor medida en Las patas en las fuentes, halla su existencia en las calles, en lo popular, en lo más básico. Y conmueve, y lo hace sin pedir permiso. Escuchando conversaciones entre parejas que, luego, se vuelven discusiones. Observando a vendedores. Quejándose de partidos de fútbol, de sus jugadores o de sus jugadas por qué no. Citando a Tus noches, Atenas (vals interpretado por Carlos Gardel) para ilustrar la melancolía que siente por un amor que no pudo ser. Sin pedir permiso, entonces, traduce a texto todo lo que su ser se detiene a mirar y se adueña de esos diálogos que convierte en relatos ágiles y atrapantes.

Produce ruido, bronca y angustia que hayan utilizado el término de Revolución Libertadora para referirse a un grupo de militares asesinos que hacían lo que fuera para ocupar el puesto presidencial. ¿Liberarnos de qué? ¿De un mal? ¿De un presidente que había sido electo democráticamente?

El único libertador fue San Martín y si tuviera conocimiento alguno acera de esta época de la historia argentina, volvería a morir instantáneamente.

La función del 14 de junio formó parte del Festival de Poesía y Teatro en el C.C.C.

Mariela Verónica Gagliardi

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Corazones que no sienten

Ojos que no ven1

Una abuela ciega, literalmente hablando, es la encargada de unir a su familia en la tradicional cena de Noche Buena. Una noche en que sucederán varios encuentros y desencuentros, varias situaciones conflictivas en que el dolor será el ingrediente principal de la comida.

“Ojos que no ven” (basada en el cortometraje homónimo de Natalia Mateo), es una obra de teatro que pertenece al género dramático exclusivamente. Si bien existen varios momentos graciosos, éstos prevalecen sobre las desgracias que acontecen sobre cada uno de los personajes. No se salva ninguno de ellos, estando unidos -de algún modo- por los pasados y presentes no asumidos.

Toda familia encierra misterios para el afuera, secretos no develados a ciertas personas, aunque -en este caso- pretenden silenciar lo que ocurre para “cuidar” a sus seres queridos; sin darse cuenta que dichos cuidados no siempre terminan siendo saludables. Más bien, todo lo contrario.

Las escenas se suceden unas a otras, y podemos ver un living de los años setenta, decorado muy finamente, teniendo en cuenta todos los detalles como para situarnos en aquella época.

Si bien, este tipo de familias existieron siempre y existirán siempre.

La Abuela (Chela Cardalda) es, entonces, quien une para azotar, quien habla para lastimar, quien teme solo por ella misma al igual que casi todos los miembros.

Carmen (Eugenia Alonso) y Esther (Julia Gárriz), que interpretan a una madre e hija, respectivamente; llevan a cabo dos personajes verdaderamente impecables que las convierten en actrices dúctiles, espontáneas y que alcanzan esa libertad que solo consiguen las talentosas.

El resto del elenco, también, desarrolla sus roles de forma excelente, haciendo que esta dramaturgia reluzca en todo momento y que el público quede atónito en muchos momentos álgidos de la historia.

En cuanto al ritmo, puede notarse cómo en algunos instantes sucede rápidamente y, en otros, se apacigua para darle lugar a lo infantil de la mano de Mumu (Tamara Drumond) -quien interpreta a una niña adoptada, de raza negra y que, de verla su abuela, no la aceptaría.

Este es uno de los misterios más grandes e irrisorios de “Ojos que no ven”. El que une a una abuela con su nieta, desde el cariño inmediato, desde la música, desde una canción inesperada; conectándolas amorosamente. Si esta abuela tuviera vista, claro que no la querría, pero su velo le permite darle una oportunidad en silencio.

Por otro lado, se observa a Raúl (Mariano Mazzei) que no cumple con los parámetros sociales como para ser considerado un hombre responsable, sino un hippie que lucha por sus sueños musicales.

Los demás actores cumplen roles importantes pero los que más se destacan por cuestiones de textos son los mencionados específicamente.

Ausencias justificadas por quienes las practican, un abuelo enfermo desechado como basura y como un tumor difícil de extirpar; se conjugan para estallar en llantos.

Los que se hacen cargo están de un lado del camino y quienes no, del otro. Aquí, otra vez, entra en el segundo grupo la abuela, quien ha dejado que su marido vaya a un geriátrico por no poder soporar la realidad actual.

Son muchas las comparaciones que se pueden realizar y, seguramente, muchas las identificaciones que pueden hacer los espectadores con algunos personajes y/o situaciones reinantes.

Mumu, un perro enfermo, el abuelo padeciente y, otras crisis menores, integran la mesa de Noche Buena. El silencio solo surgirá cuando queden impresionados por alguna noticia inesperada o, también, esperada pero no deseada.

Emiliano Dionisi, quien ha sido premiado como actor y director, vuelve a sorprendernos con esta obra que oscila entre el drama y el melodrama.

Los comentarios del público se hacen notar al finalizar la historia, a la cual subrayan como excelente y no dejan de decir que es sencilla, como una familia cualquiera. Esto último es lo que produce el enaltecimiento de “Ojos que no ven”, el que se trate de algo conocido por todos.

¿Quién no ha tenido un familiar enfermo, quién no ha tenido que atravesar una separación y quién no ha tenido que simular para no hacer sufrir a quien ama?

Todas las respuestas dependerán de cada humano, de cada momento, de cada personalidad y, jamás se podrá negar que tal vez padeciendo ceguera la realidad no sea tan drástica como pudiendo observar con las pupilas cada movimiento.

Es ciega, no tarada – repite, una y otra vez, Esther.

Chela Cardalda interpreta a esta mujer discapacitada visualmente, pero capacitada para provocar dolor en todo lo que toca. No es malvada en su totalidad. Es humana, como todos.

ficha Ojos que no ven

Mariela Verónica Gagliardi

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La isla encantada

Un tren a Toay1

Y, de repente, las luces se encienden y los vemos a ellos. A seis amigos, que no sabemos que lo son hasta adentrada la historia. Unos personajes que utilizan la técnica de clown para narrar sus aventuras, vicisitudes, enamoramientos, alegrías y la magia de la vida desde el brote de una flor.

Utilizando metáforas simbólicas, vistiéndose con muchos colores y dándole la palabra a un narrador -que también interviene en la dramaturgia- es como está representada “Un tren a Toay” (del grupo Luna Roja).

Por momentos podemos tildar a esta obra de un disparate total, y es que ocurre en gran porcentaje y se apodera de cada uno de estos seres que son niños y adultos, que no quieren crecer para no perder esa sonrisa tan típica y feliz que se tiene, espontáneamente, de pequeño. Cuando todo es sencillo, cuando un viaje puede ser lo más maravilloso y fugaz, cuando un miedo no es un fantasma sino algo específico y cuando el más allá es el próximo juego.

Estos amigos van hacia una isla llamada La Cuarteada y, después de haber sido pisada por ellos, nunca volverá a ser la misma.

Como asociados por sus ideales, estos jóvenes planean una fuerte revolución y será a partir de una gran estrategia como invadiran este pedazo de tierra rodeado de agua, sin imaginar la cantidad de historias que tendrán para recordar.

Una isla que parece estar en un lugar muy lejano y, sin embargo, está situada en la provincia de La Pampa. Toay significa (en lengua ranquel) vuelta o rodeo y fue fundada en 1894. Al estar rodeada de abundante agua, se consideró un lugar propicio para que se desarrollen varios servicios, la comunicación, el comercio y el transporte de toda la región. Es interesante resaltar el origen de esta ciudad que pretendía ser la capital de la provincia y, por una ambiciosa jugada por parte de Tomas Mason (quien da origen a Santa Rosa, a 10 km de dicho lugar) es que, se dice, intercambió las aguas de ambos lugares (siendo que la mejor era la de Toay).

Un lugar muy bonito -según las descripciones e interpretaciones artísticas de sus personajes- que cuenta con poderes sobrenaturales, que convierte a los humanos en seres con más locura que la habitual y en el que el delirio los ayuda a crear sus días de la manera más divertida.

Unidos, separados, siendo ellos mismos, paseando de la mano, enamorándose, soñando con volver a verse algún día, haciendo que un navegante descubra la belleza de lo que, en definitiva, existe en el interior de cada uno: el amor.

Cosiendo capas de colores para vender, siendo asaltada por sus propios amigos, recreando el mundo convencional y real en un cuento donde la maldad es solo ficción y los gestos forjan un porvenir. Un futuro lleno de flores, plantas, fragancias. Un jardín con una pequeña cerca que puede ser traspasada por cualquiera que se agache y la abra, o por cualquiera que la salte ambiciosamente.

Ese tren que viaja hacia un sitio no conocido por el común de la gente, que provoca intriga, que deberá ser el escenario propicio para tramar el hechizo de tocar todo lo que se quiere convertir en algo más interesante.

Tranquilamente, puede entenderse la revolución planteada como justicia por lo que no pudo ser y debería haber sido. Un agua cristalina que fue absorbida por la capital de La Pampa, que merecía ser el ícono histórico de la región y no un territorio no invocado popularmente.

Quizás, para dar fe de esto, debamos recorrer aquel sendero que nos conduzca hacia este paraíso en que todo es posible.

ficha Un tren a Toay

Mariela Verónica Gagliardi

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Es posible ser un ninfómano creativo

Semen en los ojitos“Semen en los ojitos” (escrita y dirigida por Gonzalo Senestrari) es una obra de teatro dramática que muestra a dos realidades: la ficcionada y la real. En la primera podemos notar cómo Chester desarrolla su devoción por la escritura, narrando -en vivo- una historia intrincada, apasionante y en la que muchas personas podrán sentirse reflejadas. Y, en la segunda, nos sumergimos, directamente, en un grupo de autoayuda para adictos al sexo.

Una dramaturgia dentro de la otra. Una más conmovedora que la otra y con tantos detalles para destacar que sería imposible adjetivar en pocas páginas.

A pesar de las diferentes sensaciones que podemos llegar a tener los espectadores, puedo esbozar una inmensa alegría y tristeza a la vez. Una nostalgia innegable por la que se disfruta al recorrer el camino de cada uno de estos padecientes.

Sin tener conocimiento del argumento, se podría disfrutar de un grupo, dirigido por Waldo, que intenta volcar todo su pasado y camino recorrido en la dirección del mismo. Un cartel, a su vez, invita a conocerlo, teniendo toda la soltura posible como para reconocer sus trabas y manera de curar, en cierta manera, la desesperación por concebir un mundo solo con ojos sexuales.

Ningún extremismo, se suele decir, es sano; así como tampoco no elegir un camino a seguir.

“Semen en los ojitos”, es una síntesis por el universo de la libido en que un escritor detiene el tiempo para narrar y construir la atmósfera de cada escena a gusto y piacere.

Nicolás Albamonte, Demián Bello, Martín Crespo, Manuela Fernández Vivian y Claudio Garófalo; componen esta obra que oscila entre montaje y realidad. Cabe resaltar la música que no solo decora la pieza artística sino que se eleva como una historia sonora paralela en la que se puede sentir cada nota como una vibración diferente.

Y, qué oportuno e inteligente es dicho aspecto ya que suele tomarse -en el teatro- a la música como algo ornamental por más que sea compuesta especialmente para la ocasión o se trate del género comedia musical.

En la ronda, pueden mirarse a la cara, a los ojos y discutir el propio o antagónico parecer. En dicho círculo tenemos que, nosotros como espectadores, mover nuestro cuerpo para descubrir lo que hacen y esta manera de presentar la historia demuestra la convicción de Senestrari por mostrarle al mundo su óptica sin que la puesta en escena sea perfecta y ordenada.

El desorden en que se encuentra un escritor a la hora de crear en su cabeza segmentos, como piezas de rompecabezas que luego irá uniendo de alguna manera sorprendente. Sorprender para sorprenderse y sorprender para erigirse como un sello distinto a una narración anterior o a un autor del mismo género.

A la vez que se escucha el compás de la música, el intelectual con gafas, toca -con precisión- la máquina de escribir, conjugando su devoción por las letras y el arte de contar.

Más allá del proceso de dicho escritor, es notoria la profundidad del grupo sobre adicciones y la gran investigación que habrán tenido que llevar a cabo para la composición de sus personajes.

Manuela Fernández Vivian es quien, como siempre, se destaca ya que logra interpretar a una joven, dulce y sensible, que ameniza con breves relatos amorosos -los cuales nada tienen que ver con lo sexual-. De hecho, ella tapa sus oídos cada vez que escucha el nombre de un miembro vinculado con la temática. Y, podrán cuestionar, cómo está tan atemorizada si su adicción es la misma que el resto de sus compañeros.

Sinceramente, develar todos los interrogantes de esta dramaturgia le quitaría completamente la gracia desmedida a “Semen en los ojitos”.

En un país como Argentina, en que algunos hombres siguen sintiéndose más machos por el tamaño de su miembro o las groserías dichas a las mujeres; es difícil poder decir qué porcentaje es realmente adicto al sexo y cuál lo simula para no quedarse afuera de la comparativa.

“Semen en los ojitos”, es todo lo opuesto que se pueda deducir sobre su título. Es una obra en que el arte se destaca y la pluma sigue, espontáneamente, el recorrido del corazón e intelecto.

ficha Semen en los ojitos

Mariela Verónica Gagliardi

Los notables

Don Pasquale2

Una ópera picaresca, para toda la familia y con una historia que tiene su moraleja, no es algo fácil de hallar. Por suerte, Gaetano Donizetti escribió, tanto el libreto (junto a Giovanni Ruffini) como la música, de Don Pasquale. Esta pieza artísica y musical es una comedia cómica, como bien se denomina “bufa”, para hacer alusión a algo gracioso. Tiene el agrado de estar dirigida musicalmente por Juan Casasbellas, quien con suma perfección y talento convierte este clásico italiano en tres horas de pasionales sensaciones.

El eje central es un hombre anciano, avaro, rico y egoísta que pretende hacer cualquier cosa con tal de no dejarle su herencia a su sobrino Ernesto (Santiago Ballerini) ya que no está de acuerdo con que éste se case con su enamorada Norina.

Para darle una lección a Don Pasquale (Hernán Iturralde), sus afectos más cercanos planean una estrategia para que aprenda a respetar a los demás y de el brazo a torcer respecto a la decisión de su sobrino.

Es así como entre el doctor Malatesta (Homero Velho), Norina (Oriana Favaro) y un escribano (Enzo Romano) trucho le hacen creer que tienen para él a la mujer perfecta. Dicha mujer es nada más ni nada menos que Norina disfrazada de una señora de su casa que sería bien vista por el codicioso hombre.

Retrotrayéndonos en el tiempo, esta ópera bufa fue la última que se escribió en aquella época, siendo que había dejado de existir hacía rato el género. Donizetti y Ruffini, el 3 de enero de 1843 la estrenan en París. La historia está basada en el libreto de Angelo Anelli para la ópera Ser Marcantonio de Stefano Pavesi (la cual era una ópera bufa, se estrenó en 1810 y estaba compuesta por dos actos solamente).

Dicha ópera está compuesta por tres actos, los cuales son muy entretenidos, llenos de glamour y variados colores en sus escenas.

Durante el primer acto se puede ver a Don Pasquale esperando al médico -quien, supuestamente, le presentaría a su futura esposa para desheredar a Ernesto-. Será tarea súper sencilla el engañar al anciano por la suma confianza que se tienen el uno al otro. Es así como la mujer, Sofronia, sería hermana de Malatesta. Claro que uno de los conflictos de la historia presente es que Ernesto no está al tanto de que se trata de una emboscada a su tío y, durante todo el tiempo, cree que el doctor -quien, además es su propio amigo- lo está, de algún modo, traicionando.

En cuanto a los personajes encarnados por los actores, todos los protagonistas deslumbran al público, de comienzo a fin, con sus proyecciones vocales las cuales -en general- se pueden comprender sin necesidad de leer su traducción en pantalla.

La pareja que se ama, sorprendió el año pasado en Romeo y Julieta y ahora lo hace, nuevamente, en Don Pasquale, mirándose a los ojos y viéndose reflejados en sus corazones. Ambos tienen una magia sorprendente que los convierte en profesionales del arte.

El coro de Buenos Aires Lírica no tiene demasiadas intervenciones en escena, sino hasta el desenlace de la historia en que podemos disfrutarlo, como siempre; al igual que sucede con la Orquesta que suena deleitosamente.

Ingresar al Teatro Avenida es sumergirse en una aventura perfecta en que sonidos, actuaciones e instrumentos se fusionan de un modo y otro hasta combinar las melodías y llegar a ese climax en que ya no es posible utilizar palabras. Las sensaciones nos esbozan sonrisas, lágrimas y una satisfacción que abarca el infinito. Estaríamos en presencia del famoso trance, un trance divino y sin límite.

Uno de los momentos más entretenidos ocurre cuando Norina, junto a Malatesta, va creando a su nueva dama Sofrina. Durante esos minutos se produce un dúo entre ellos dos, realmente digno de destacar tanto vocal como actoralmente.

En referencia a la puesta en escena, la arquitectura con sus puntos de fuga, convierte un espacio en ciudad, con edificios pequeños, en que sus personajes deberán agacharse como si fueran diminutos. Y en cuanto al vestuario, reluce en variedad de tonalidades el que corresponde a los actores más importantes y en colores más apagados o claritos los que corresponden al coro y a cuatro figurantes que se desplazan e intervienen muy bien.

Luego, un segundo acto, nos permite disfrutar del escándalo que pretende armar Ernesto cuando ve que su amada está a punto de contraer matrimonio con su tío. Menos mal que llega a tiempo su amigo para detallarle el plan y que no eche a perder toda la simulación.

Y, al llegar el final, todo se resuelve favorablemente para Norina y Ernesto, quienes logran terminar juntos como tanto deseaban, sin amenazas ni desvalorizaciones por parte del tirano Don Pasquale.

Es imposible no sentir admiración por los artistas que, a medida que avanza la ópera, su talento va in crescendo, como si sus voces pudieran atravesar cualquier tipo de muro.

El dueto los une para tener la fortaleza de afrontar al viejo temido.

Malatesta ed Ernesto: La morale è molto bella, don Pasqual l’applicherà. Quella cara bricconcella lunga più di noi la sa. (La moraleja es muy buena, Don Pasquale la aprenderá. Y a la querida bribonzuela nunca más la olvidará).

Don Pasquale: La morale è molto bella applicarla a me si sta. sei pur fina, o bricconcella, m’hai servito come va. (La moraleja es muy buena y la aplicará a mí. Si por fina o bribonzuela, me ha servido como está).

Norina: La morale di tutto questo è assai facil trovar. Ve la dico presto presto se vi piace d’ascoltar. Ben è scemo di cervello chi s’ammoglia in vecchia età; va a cercar col campanello noie e doglie in quantità. (La moraleja de todo esto es muy fácil de encontrar. Se la digo en un momento si les place escucharla. Tiene muy poco juicio el que se casa de viejo, va a buscar a propósito, disgustos y fastidios en cantidad).

ficha Don Pasquale

 

Mariela Verónica Gagliardi

 

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La soledad es una convención social

Un día es un montón de cosas

Hay quien vive dejando para mañana lo que puede hacer en el momento y hay quien vive su vida en un solo momento.

Está aquél que da consejos y no toma ninguno para sí; y el otro que es recomendado y jamás piensa.

De la comodidad rutinaria un hombre ortodoxo judío, Elías (Alejandro Pérez), transita las horas como si la vida le quedara realmente holgada. Él acaba de ser abandonado por su mujer y, deberá cuidar de su hijo adolescente, Natán (Enzo Pedroni).

Así comienza la historia titulada “Un día es un montón de cosas” (escrita y dirigida por Jimena Aguilar), la cual pertenece al género de comedia dramática, y ocurrirán varias situaciones tanto intringantes, como humorísticas, que pretenderán romper con la estructura conservadora de los personajes.

Con una escenografía que cuida hasta el mínimo detalle, se puede visualizar una casa sin tener que recurrir a la imaginación. Dicha imaginación queda para cuestiones que así la ameritan.

Los cinco personajes, como en una película de Woody Allen, irán convergiendo de tal modo que se entrelazarán a medida que transcurra la dramaturgia. Y este es uno de los aspectos más interesantes de la obra: que no se conozcan de casualidad, sino que sus vidas estén relacionadas de antemano.

Entonces, un psicólogo, Adrián (Christian G. García), será sacado de sus casillas cuando pierda los hilos de su propio rumbo -el cual suponía certero-; a la vez que su esposa Ana (Marinha Villalobos) querrá innovar su matrimonio saliendo a la libertad y ayudando a otras personas que nota más débiles. Pero, como si fuera poco, su hija adolescente, Lea (Mora Arenillas), será la típica rebelde que no es tenida en cuenta y que molesta por sus pensamientos, actitudes y todo en lo que incurra. Ella, no estará tan sola cuando descubra a Natán, su alma gemela (notoriamente opuesta), con quien congenierá desde un primer momento.

Si bien el romanticismo surge de varios modos, los puntos más tensionantes y relevantes de la obra se refieren a: la pérdida y la soledad.

La pérdida como algo inevitable, en ciertos casos. Como ese vacío, por lo general, inexplicable, inentendible. Y es así como Elías pretenderá decodificar la última carta que le dejó su mujer y este proceso se convertirá en una especie de investigación. Es que todos los mortales solemos buscar respuestas para todo, como para quedar conformes o al menos en paz. Pero, como bien razona Lea, hay cosas que son porque sí. Y, si se presta atención a la actitud de quien menos es tenida como referente, puede entenderse lo inentendible.

Con respecto a la soledad, se la muestra como popularmente se la conoce y, además, como la falta de convicciones por forjar una propia vida sin necesidad de depender de otros. La falta de apoyo que uno suele buscar en los demás para emprender algo, es notoria en esta historia y en algunos de sus personajes como Elías.

La unión de dos familias totalmente diferentes pero con deseos similares como el de ser felices. Ese aroma a un guiso casero que llena el alma con sus condimentos, ese plato calentito que desean quienes se sienten desamparados y que un delivery no logra conformar.

Sucede algo sorprendente con esta puesta en escena y es la cercanía que consigue desde un primer momento. Con tal solo escuchar los primeros diálogos, estamos inmersos en esa casa, en ese living con el televisor encendido, con Natán frente a él observando, intentando distraerse del conflicto reinante. Pareciera no existir división entre el escenario y las butacas, sino una unión que nos incluye a todos. Como si la directora pretendiera hacernos formar parte -como público activo- de las vicisitudes de estos personajes tan bien interpretados por los actores. La naturalidad que tienen les permite mantener modismos, cadencias, estereotipos y expresiones sin necesidad de exagerar para provocar la risa del espectador -la cual surge durante muchísimos momentos de la obra- o las lágrimas nostálgicas cuando el clima es propicio para ellas.

“Un día es un montón de cosas”, indaga en el corazón de los que se sienten perdedores por no encabezar sus propias metas, sus propios deseos y sus propias búsquedas.

ficha Un día es un montón de cosas

Mariela Verónica Gagliardi

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No habrá otra igual

Eva Perón en la hoguera

Qué decir, qué sentir, qué pensar, cómo resignificar la historia del pueblo, de los trabajadores, de los pobres, de aquellos pobres que no eran vagos –como se los suele tildar actualmente- sino la masa de la sociedad que luchaba por obtener un salario digno para alimentar a su familia.

Cómo resignificar la historia cronológica, los significados y significantes, las metáforas, los simbolismos y todo tipo de ideales que están y permanecen intactos, latentes.

Cómo evaluar o juzgar la figura de Eva Duarte después de ver a la gran Cristina Banegas interpretarla, permaneciendo sentada, leyendo, con una luz que tenuemente la alumbra, con la bandera argentina que cae de su escritorio –dejando el sol radiante en el centro-.

Adoptando, sutil y lentamente, una corporalidad distinta. Reconociendo sus extremidades, su ser, su corazón y, latiendo desde lo más noble y profundo.

«Eva Perón en la hoguera» es una obra de teatro que surge del poema homónimo de Leónidas Lamborghini (1972) y que se estrena en 1994 (dirigida por Iris Scaccheri). Casi dos décadas después, vuelve al escenario este homenaje a Evita, encarnado por la misma actriz y dirigida por ella misma.

Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama «Evita» me siento con gusto «compañera» de todos los hombres” (extraído del libro «La razón de mi vida», escrito por Eva Perón en 1951).

Lamborghini tenía una forma de ver el mundo y la política, totalmente diferente al común de la gente. También, su estilo de escritura era distinto. Él decía que le gustaba el género gauchesco «porque es un arte bufonesco que se expresa en una lengua-disfraz cuya risa está entramada con los versos”. No se sentía un erudito ni tenía necesidad de sobresalir ya que su inteligencia le otorgaba distinción.

Pareciera que la vida de Evita se debió a su causa social, a su marido, a explicar lo que sentía desde lo más profundo de sus venas, que su vida no era suya sino del pueblo al que tanto amaba y amó.

Su enfermedad la devoró y quedó extasiada, extenuada. Como quien lo da todo sin dejarse una pequeña reserva, un mínimo hálito para seguir viviendo.

los ricos como árboles los pobres como pasto (…) y lo sentí:

todo esto cambiará.

o ruego

o maldición:

o las dos cosas.

En 1945, los militares habían confinado a Juan Domingo Perón a la Isla Martín García y Eva, tuvo que hacerse cargo de algunas cuestiones sobre los derechos de los trabajadores, que ya venía realizando hace tiempo.

el líder él. su palabra: encárgate

encárgate.

el líder él. el ausente. lo tuvieron. el prisionero. él:

aquellos días bajo el cielo.

la semana de.

octubre de. de fiebre. de dolor.

A todo le ponía pasión, como lo hace Banegas en el escenario, uniéndose y fusionándose una con la otra. Siendo una sola pieza intrincada. De hecho, creo que todos los que estuvimos presentes nos olvidamos por una hora de que estábamos en una función de teatro. La lucha continuaba: “Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón” (extraído del libro «Mi mensaje», escrito por Eva Perón y publicado recién en 1987).

para mí los organizados. los obreros: ¡ellos son!

los que sostienen ¡ellos son!

todos los que antes todos los que ahora todos los que mañana.

el amor de mí.

la esperanza de mí.

para mí el pueblo: ¡ellos son!

Vivió hasta la edad de Cristo. Habrá quienes la tilden de prostituta e interesada, o de Santa. Lo que nadie podrá negar es que hizo, e incluso más que la mayoría de los políticos que dan perfectos discursos en los que se trasluce su caprichosa y destructiva demagogia.

A la vez que el poema sobre el que se erige la obra continúa, se escuchan los llantos acongojados del público. Es también mi momento de liberar el nudo que tengo en la garganta cuando se sigue nombrando a los descamisados, a sus humildes casas, al barro, a la precariedad de unos y a la riqueza de los mismos de siempre.

No se trata solo de una brillante actuación, sino de una realidad real que se vivencia a diario, que los medios masivos de comunicación no quieren difundir y que los que luchan son tildados de locos. Si ser loco es pensar en darle lo básico a una persona, enloquezcamos juntos.

las cartas: la elocuencia tremenda.

todas: del que necesita. cuanto antes cuanto antes.

querida Evita.

Esta función fue el 5 de junio en La Cúpula del Centro Cultural Néstor Kirchner.

Mariela Verónica Gagliardi

Imperio de artistas

Imperio1

De la Dinastía Julio-Claudia, se conocen a tres de los emperadores más conocidos de Roma: Tiberio, Calígula y Nerón. Ellos son los principales hilos conductores de esta obra de teatro denominada como “Imperio”. A su vez, son tres las mujeres que se relacionan, principalmente, con ellos: Agripina, Drusila y Julia. Agripina es la madre de Nerón, Drusila es la hermana de Calígula y Julia la esposa de Tiberio. Son varias las uniones -no sanguíneas- que se producen en esta enorme familia. Principalmente, Augusto adopta al hijo de Livia, Tiberio, a quien se lo obliga a adoptar a Germánico, quien contrae matrimonio -por conveniencia- con Agripina, la nieta preferida de Augusto. Al producirse esta unión, según documentos históricos, Germánico es envenenado en uno de sus viajes militares y sacado del medio por parte de Tiberio. Pero, Agripina, quien tenía un fuerte caracter y convicción, se enfrenta a Tiberio para averiguar qué ocurrió con su marido recientemente fallecido.

Respecto de la historia adaptada para esta pieza artística, aparecen en escena, entonces, seis personajes importantísimos del Imperio Romano.

Calígula (hermano de Drusila y Nerón), llamado así por las sandalias militares que usaba de chico (caligae) sucedió en el poder a su tío-abuelo Tiberio, desde el 37 al 41 D.C. Hijo de Germánico y Agripina, sin lugar a dudas, fue quien tuvo más carisma.

Calígula, que de pequeño sufría ataques de epilepsia, que no podía conciliar el sueño y que utilizaba las noches para realizar estrategias sanguinarias; fue asesinado.

Nerón (gobernó del 54 al 68 D.C.) y se lo acusaba de homosexual. Fue quien intentó esclarecer varias cuestiones en el Senado y sin poder conseguirlo, se terminó suicidando.

Tres emperadores que utilizaron la fuerza, la avaricia, las riquezas, y sus puestos para conseguir objetivos de una manera demagógica, tirana y absolutista. Tiberio (14 al 37 D.C.), Calígula (37 al 41 D.C.) y Nerón (54 al 68 D.C.); son ejemplos de cómo gobernar desde la no consideración y el linaje. Uno más carismático como Calígula, pero no por eso menos temido por el pueblo y sus propios hermanos.

«Imperio», es el nuevo espectáculo de la Compañía Codanz, que plantea un varios conflictos de antes y de ahora. Escrito por Rolo Sosiuk y dirigido por Juan Cruz Argento; toma como puntapié inicial a los tres emperadores romanos más sanguinarios: Tiberio, Nerón y Calígula.

Como dos obras de teatro, una de danza y la otra de actuación, se fusionan en ciertos momentos para complementarse y demostrar cómo lo secundario cobra vuelo y protagonismo en la historia principal.

Con tres emperadores que interpretan muy bien sus roles: Tiberio (Gustavo De Filpo), Calígula (Rolo Sosiuk) y Nerón (Julio Chiorazo); cada discurso estará embestido de violencia de género, posesión, poder y ambición.

Mientras sus mujeres, que no necesariamente son esposas, representan la belleza, la calidez y templanza, se desenvuelve una continuidad de escenas en las que se puede visualizar que ellas no valen más que lo que ellos quieren y que puede prescindir de sus compañías en cuanto den la orden.

El incesto es una de las prioridades de esta obra, que deja en evidencia la necesidad de contacto físico con una mujer sin importar de quien se trate. La lucha de poderes entre unos y otros, demuestra la vanidad de los poderosos por sobre las femeninas que intentan, por todos los medios, de convencerlos sobre decisiones a tomar.

La obra entrelaza textos con coreografías en que se puede disfrutar de un gran despliegue artístico, a la vez que de diálogos presididos por las diferentes alegorías que se refieren al descontrolado poder por sí mismo, por el deseo enardecido de controlar todo y a todos.

Entre tantos discursos cargados de sangre y despotismo, se erige uno que hace referencia a la actualidad de nuestro país y al gobierno vigente: la inseguridad es una sensación, se esboza de boca de uno de estos emperadores y, el silencio, se apodera de la historia.

Agripina (Jess Rolle), Drusila (Vanina Bercovich) y Julia (Laura Pagés), firmes en escena, se hacen notar y logran desenvolverse como verdaderas mujeres que saben lo que quieren. Corren riesgos, como cualquier mortal y, sobre todo, como toda persona que tiene convicciones fuertes y precisas.

Se resaltan las interpretaciones de los actores principales y de la joven bailarina Martina Loyato -quien danza con su cuerpo y alma, quien vuela en busca de nuevas experiencias en aquella Dinastía sanguinaria-.

Antes de Cristo, en el Siglo presente y, siempre, los ideales existirán y -como suele decirse- la historia será cíclica, repitiéndose. Solo modificando a sus actores y, conservando, los ejes centrales que ilustran aquella necesidad de tener todo as dentro de la manga para demostrar determinadas acciones.
ficha ImperioMariela Verónica Gagliardi

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Cuando la mente desborda y el arte cura

Surmenage

El agotamiento físico y mental, las exigencias, la búsqueda del perfeccionismo, el caos de la ciudad, las presiones sociales y propias, entre algunos de los problemas más recurrentes; nos permiten saber que estamos en presencia de un “Surmenage” (escrita por Milagros Almeida y Fernando Tur, dirigida por éste último).

Habrá quienes nunca escucharon hablar sobre este término y es que, no es habitual de usar actualmente.

Proveniente del francés, hace referencia a un estado morboso producido por la fatiga repetirda, física e intelectual. Lo sorprendente es que, en los años cincuenta se hablaba más de surmenage que de stress en las enciclopedias.

De esta manera, la actriz Millie Almeida, interpreta a una mujer que está pasando por una crisis -en la que se incluyen todos estas estas problemáticas y- dentro de la que se pueden observar sus síntomas.

Ella, aparece en escena de una manera atípica, sin mostrarse hasta pasados unos minutos de la historia. De este modo, los accesorios y ambientación se encargan de hablar por ella, hasta que su voz se hace protagonista de su padecer, de su desorientación y de su sufrimiento actual.

Es fascinante verla trasladarse con unos tacos altos por toda la sala, escucharla cantar en francés y castellano, siendo acompañada por Les Manontropo -un grupo de músicos que, también, se mimetizarán con la obra de una manera asombrosa-.

Como si se produjera un desdoblamiento de su personalidad, ella sufre, sueña, grita, llora, ríe, ama, añora, corre, escapa, busca, descansa y vuelve a empezar.

Recorre el espacio escénico, una y otra vez, espera y retoma con toda su adrenalina esta aventura desbordante de energía.

Seguramente, quienes hayan pasado por un colapso nervioso o alguna sintomatología similar, podrán identificarse y apreciar muchísimo esta obra de teatro. Por momentos ella canta, se expresa y encuentra cómo canalizar su malestar; hasta que aparecen los músicos para demostrarle que no está sola. Estas escenas grupales podrían verse como parte de sus delirios mentales o, siendo más simplistas, como reuniones en que sucede lo que tiene que suceder.

Así, aparecen dos mundos paralelos: el ficticio y el real. En el primero, ella padece, está atosigada por ella misma, por el trabajo y todo lo que la abruma. Y, con respecto al segundo, se relaja para sentir -dejando a un lado lo intelectual y racional-.

Quizás, la música sea su cable a tierra y la manera que tenga de mirar el mundo sin cuestionarlo demasiado; dejando a un lado quién es y qué pretende.

Orgías incomprendidas, cuerdas sonando, maracas, una batería que se instala en el medio del espacio cobrando protagonismo, voces que forman cánones que vienen y van, sentimientos alborotados, soledades abandonadas.

Todo esto es “Surmenage”, una invitación a conocer qué es, a sentir la vida desde un lugar diferente, incómodo y vibrar en llamas cuando sea el momento.

Hombres y mujeres que se conocen, se cruzan, se desean, se olvidan, se aferran a instrumentos -a quienes les son fieles-, se fusionan, se agrupan y despiden.

El principio es el final y el final el principio, sin pretender tener una coherencia lógica sino de esbozar, performáticamente, los estados de ánimo de esta desesperanzada mujer.

Los diálogos no son fundamentales en Surmenage y es que las melodías y cantos se encargan de transmitir lo necesario, en conjunto con lo corporal. Sin embargo, existen breves momentos en que la palabra surge para demostrar lo innecesaria que puede resultar.

Un gran trabajo artístico que no solamente emociona sino que te deja con una sensación distinta, con una palpitación desbordante de alegría al descubrir que todo lo malo dura lo que nuestra mente ordene.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Rutinas que convierten un espectáculo en risódromo

Si mon dieu1

La cartelera teatral porteña abunda en propuesta de stand up e improvisación. Hay quienes desvalorizan estos géneros humorísticos y es que, existe -por lo general- una mala iniciativa por parte de los elencos artísticos en considerar, ellos mismos, que no tienen que saber demasiado al respecto, sino esbozar lo primero que se les viene a la cabeza -subestimando, de este modo, al público-.

Marcos Rauch, es el director de “Si mon dieu”, una obra de improvisación muy bien hecha en que existen lineamientos que le permiten a los actores crear y dejar volar sus imaginaciones. Esto es improvisar: tener de qué agarrarse, poder confiar en un director que los guía -en vivo-, que los orienta, que se sabe expresar, que convierte la propuesta en una especie de programa televisivo en que los juegos continúan, incansablemente.

A punto de terminar su cuarta temporada, esta propuesta es extenuantemente divertida, te llena de alegría el corazón y la sala de teatro se convierte en una fiesta inagotable. Los músculos de la cara, la panza y cada extremidad del cuerpo, consiguen esa armonía tan especial que da la risa.

Al mismo tiempo, reír, no tiene por qué ser cosas de ejercitar solamente músculos, sino explorar diferentes sensaciones que permitan crear piezas únicas, en el momento y con originalidad.

Como si se tratara de una clase de teatro abierta, con una gran cantidad de actividades para que realicen los actores, se va desarrollando una puesta en escena de alto nivel, la cual jamás abandona su ritmo sino que lo supera minuto a minuto.

Desde el Siglo XVI, en Italia, podía notarse cómo ya comenzaba a originarse este movimiento de improvisación que, más tarde, se haría popular -alcanzando a varios países del mundo-, despertando el interés de teóricos y autores de las artes escénicas.

Terminando el Siglo XIX, dos famosos como Konstantin Stanislavski y Jacques Copeau, empezaron a incluir ejercicios de improvisación en sus clases y audiciones.

Pero, en lo que respecta a nuestro país, los años noventa fueron un boom para este estilo de hacer teatro en el que no se requería de textos ni guiones ni de memorizar oraciones escritas por otros.

Integran este fenómeno espectáculo los actores: Paolo Sambrini, Loreta Lorenzón, Camilo Cuello Vitale, Ángelo Fornabaio; junto al acompañamiento musical del pianista Juan Ignacio López.

Esta función tuvo un plus, por tener como invitados a algunos de los artistas de Varieté brutal (que el mes próximo vuelve a la cartelera del Kairós).

Así es como las consignas proyectadas en pantalla, integran ejercicios individuales, de a pares, grupales y de todo tipo que pueda resultar estratégico para que “Si mon dieu» se luzca.

Con un perchero lleno de ropa de diferente estilo y color, con accesorios que le permitan sumar a cada escena algo distintivo, con actores excelentes que dan orgullo y con las palmas que sonarán por parte del público cada vez que las luces se atenúen.No existe una escena mejor que la otra. Todas, en conjunto, despiertan nuestro fanatismo, un fanatismo que no daña a nadie sino todo lo contrario.

El humor negro, el lenguaje sexual y la espontaneidad son claves para que el equipo de todo de sí, sin tapujos ni hipocresías.

Un verdadero y auténtico espectáculo que cambia, semana a semana, al igual que su público, al igual que sus invitados, al igual que la participación de los espectadores. Solo las consignas se repiten como enunciados, como conceptos que incitan a la búsqueda interna para decir, a lo largo de dos horas, todo lo que esté relacionado con ellas.

Risas, carcajadas, personajes infinitos -compuestos en el momento-, ideas provistas de talento y esa atmósfera que es indispensable para que un show como este tenga éxito: la apertura del público. Dudo que puedan ir personas tradicionales a Si mon dieu ya que, como una biblia, esboza todo lo contrario.

El diablo parece inmiscuirse en estas cabecitas tan creativas que a nada le temen.

Pasión por parte de todos los actores y de su impecable director. Solo así, podrá haber más temporadas a lo largo de los años.

ficha Si mon dieu

Mariela Verónica Gagliardi