*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Cuando la mente desborda y el arte cura

Surmenage

El agotamiento físico y mental, las exigencias, la búsqueda del perfeccionismo, el caos de la ciudad, las presiones sociales y propias, entre algunos de los problemas más recurrentes; nos permiten saber que estamos en presencia de un “Surmenage” (escrita por Milagros Almeida y Fernando Tur, dirigida por éste último).

Habrá quienes nunca escucharon hablar sobre este término y es que, no es habitual de usar actualmente.

Proveniente del francés, hace referencia a un estado morboso producido por la fatiga repetirda, física e intelectual. Lo sorprendente es que, en los años cincuenta se hablaba más de surmenage que de stress en las enciclopedias.

De esta manera, la actriz Millie Almeida, interpreta a una mujer que está pasando por una crisis -en la que se incluyen todos estas estas problemáticas y- dentro de la que se pueden observar sus síntomas.

Ella, aparece en escena de una manera atípica, sin mostrarse hasta pasados unos minutos de la historia. De este modo, los accesorios y ambientación se encargan de hablar por ella, hasta que su voz se hace protagonista de su padecer, de su desorientación y de su sufrimiento actual.

Es fascinante verla trasladarse con unos tacos altos por toda la sala, escucharla cantar en francés y castellano, siendo acompañada por Les Manontropo -un grupo de músicos que, también, se mimetizarán con la obra de una manera asombrosa-.

Como si se produjera un desdoblamiento de su personalidad, ella sufre, sueña, grita, llora, ríe, ama, añora, corre, escapa, busca, descansa y vuelve a empezar.

Recorre el espacio escénico, una y otra vez, espera y retoma con toda su adrenalina esta aventura desbordante de energía.

Seguramente, quienes hayan pasado por un colapso nervioso o alguna sintomatología similar, podrán identificarse y apreciar muchísimo esta obra de teatro. Por momentos ella canta, se expresa y encuentra cómo canalizar su malestar; hasta que aparecen los músicos para demostrarle que no está sola. Estas escenas grupales podrían verse como parte de sus delirios mentales o, siendo más simplistas, como reuniones en que sucede lo que tiene que suceder.

Así, aparecen dos mundos paralelos: el ficticio y el real. En el primero, ella padece, está atosigada por ella misma, por el trabajo y todo lo que la abruma. Y, con respecto al segundo, se relaja para sentir -dejando a un lado lo intelectual y racional-.

Quizás, la música sea su cable a tierra y la manera que tenga de mirar el mundo sin cuestionarlo demasiado; dejando a un lado quién es y qué pretende.

Orgías incomprendidas, cuerdas sonando, maracas, una batería que se instala en el medio del espacio cobrando protagonismo, voces que forman cánones que vienen y van, sentimientos alborotados, soledades abandonadas.

Todo esto es “Surmenage”, una invitación a conocer qué es, a sentir la vida desde un lugar diferente, incómodo y vibrar en llamas cuando sea el momento.

Hombres y mujeres que se conocen, se cruzan, se desean, se olvidan, se aferran a instrumentos -a quienes les son fieles-, se fusionan, se agrupan y despiden.

El principio es el final y el final el principio, sin pretender tener una coherencia lógica sino de esbozar, performáticamente, los estados de ánimo de esta desesperanzada mujer.

Los diálogos no son fundamentales en Surmenage y es que las melodías y cantos se encargan de transmitir lo necesario, en conjunto con lo corporal. Sin embargo, existen breves momentos en que la palabra surge para demostrar lo innecesaria que puede resultar.

Un gran trabajo artístico que no solamente emociona sino que te deja con una sensación distinta, con una palpitación desbordante de alegría al descubrir que todo lo malo dura lo que nuestra mente ordene.

ficha Surmenage

Mariela Verónica Gagliardi

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Rutinas que convierten un espectáculo en risódromo

Si mon dieu1

La cartelera teatral porteña abunda en propuesta de stand up e improvisación. Hay quienes desvalorizan estos géneros humorísticos y es que, existe -por lo general- una mala iniciativa por parte de los elencos artísticos en considerar, ellos mismos, que no tienen que saber demasiado al respecto, sino esbozar lo primero que se les viene a la cabeza -subestimando, de este modo, al público-.

Marcos Rauch, es el director de “Si mon dieu”, una obra de improvisación muy bien hecha en que existen lineamientos que le permiten a los actores crear y dejar volar sus imaginaciones. Esto es improvisar: tener de qué agarrarse, poder confiar en un director que los guía -en vivo-, que los orienta, que se sabe expresar, que convierte la propuesta en una especie de programa televisivo en que los juegos continúan, incansablemente.

A punto de terminar su cuarta temporada, esta propuesta es extenuantemente divertida, te llena de alegría el corazón y la sala de teatro se convierte en una fiesta inagotable. Los músculos de la cara, la panza y cada extremidad del cuerpo, consiguen esa armonía tan especial que da la risa.

Al mismo tiempo, reír, no tiene por qué ser cosas de ejercitar solamente músculos, sino explorar diferentes sensaciones que permitan crear piezas únicas, en el momento y con originalidad.

Como si se tratara de una clase de teatro abierta, con una gran cantidad de actividades para que realicen los actores, se va desarrollando una puesta en escena de alto nivel, la cual jamás abandona su ritmo sino que lo supera minuto a minuto.

Desde el Siglo XVI, en Italia, podía notarse cómo ya comenzaba a originarse este movimiento de improvisación que, más tarde, se haría popular -alcanzando a varios países del mundo-, despertando el interés de teóricos y autores de las artes escénicas.

Terminando el Siglo XIX, dos famosos como Konstantin Stanislavski y Jacques Copeau, empezaron a incluir ejercicios de improvisación en sus clases y audiciones.

Pero, en lo que respecta a nuestro país, los años noventa fueron un boom para este estilo de hacer teatro en el que no se requería de textos ni guiones ni de memorizar oraciones escritas por otros.

Integran este fenómeno espectáculo los actores: Paolo Sambrini, Loreta Lorenzón, Camilo Cuello Vitale, Ángelo Fornabaio; junto al acompañamiento musical del pianista Juan Ignacio López.

Esta función tuvo un plus, por tener como invitados a algunos de los artistas de Varieté brutal (que el mes próximo vuelve a la cartelera del Kairós).

Así es como las consignas proyectadas en pantalla, integran ejercicios individuales, de a pares, grupales y de todo tipo que pueda resultar estratégico para que “Si mon dieu» se luzca.

Con un perchero lleno de ropa de diferente estilo y color, con accesorios que le permitan sumar a cada escena algo distintivo, con actores excelentes que dan orgullo y con las palmas que sonarán por parte del público cada vez que las luces se atenúen.No existe una escena mejor que la otra. Todas, en conjunto, despiertan nuestro fanatismo, un fanatismo que no daña a nadie sino todo lo contrario.

El humor negro, el lenguaje sexual y la espontaneidad son claves para que el equipo de todo de sí, sin tapujos ni hipocresías.

Un verdadero y auténtico espectáculo que cambia, semana a semana, al igual que su público, al igual que sus invitados, al igual que la participación de los espectadores. Solo las consignas se repiten como enunciados, como conceptos que incitan a la búsqueda interna para decir, a lo largo de dos horas, todo lo que esté relacionado con ellas.

Risas, carcajadas, personajes infinitos -compuestos en el momento-, ideas provistas de talento y esa atmósfera que es indispensable para que un show como este tenga éxito: la apertura del público. Dudo que puedan ir personas tradicionales a Si mon dieu ya que, como una biblia, esboza todo lo contrario.

El diablo parece inmiscuirse en estas cabecitas tan creativas que a nada le temen.

Pasión por parte de todos los actores y de su impecable director. Solo así, podrá haber más temporadas a lo largo de los años.

ficha Si mon dieu

Mariela Verónica Gagliardi

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La patria se siente en el alma

Made in Lanús1

A tres años de la llegada de la democracia a nuestro país, se estrena la obra de teatro “Made in Lanús” (escrita por Nelly Fernández Tiscornia). Esta primera puesta en escena tuvo como protagonistas a cuatro grandes actores: Leonor Manso, Luis Brandoni, Marta Bianchi y Patricio Contreras.

Son muchas las versiones que se han hecho sobre esta pieza artística y, hace unas semanas, los directores Fernando Crisci Munz y María Eugenia Heyaca; le dieron su sello a una nueva adaptación.

La directora, asombrosamente, actúa y se destaca con el personaje, quizás, más repudiado por todos: el de Mabel. Ella interpreta a una mujer egoísta que tomó y toma, actualmente, decisiones por su marido y familia. Mabel es la tradicional esposa que se cree dueña de su pareja, que no tiene ningún pudor en expresar lo que piensa y se mueve de una manera firme y tajante.

En contraposición a ella, se encuentra la adorable Yoly (Belén Penesi), la ama de casa, la madre, la esposa, la trabajadora y, en verdad, laburante. La que rema contra viento y marea para sostener su lugar y posición en la vida.

Mientras tanto, los hombres de esta dramaturgia no tienen demasiado espacio como para plantarse y decir lo que quieren, a no ser que esto coincida con lo que anhelan sus esposas.

La historia, básicamente, se centra en una visita por parte de Mabel y Osvaldo (Ramiro Calero) a la Argentina, a su país natal. Ellos tuvieron que huír durante la última dictadura militar y, si bien podrían haber vuelto a mudarse hace rato, eligieron quedarse en Estados Unidos. Durante la visita, a casa de El Negro (Sergio Ubalde), quien es hermano de Mabel; saldrán a la luz una serie de verdades y realidades nunca dichas.

Dos mundos opuestos, dos miradas opuestas, dos realidades opuestas. Todo el universo yanqui versus el argentino, lo descartable en contraposición a lo reciclado, el dinero como símbolo de poder versus el amor de la familia. Estas cuestiones se ven plasmadas a lo largo de Made in lanus, una obra en la que se destaca tanto la palabra como la actuación.

Una humilde casa de barrio alojará a estos cuatro seres que pasaron muchos años juntos, los cuales recuerdan con cariño y pasión. Rescatando ese dejo de melancolía cuando se cuentan que tales personas aún siguen vivas, que el almacenero sigue siendo el mismo de siempre, que todo está como antes, sin evolución.

Una tierra que sufrió por la necedad de los poderosos, que contuvo cadáveres, que tuvo a un líder -orgulloso de su batalla- y, como si fuera poco; la contextualización proyectada en imágenes que se encargan de narrar lo tan difícil y angustiante de los años setenta en que tantos jóvenes creyeron ser libres.

Un dictador que disolvió sueños adolescentes, que los acribilló y privó de aquello que tanto perseguían. Un país nórdico que representa dictaduras lingüísticas, deseos americanos, progresos medidos en objetivos en lugar de en arte.

Mundos que crecieron y crecen paralelamente y que, jamás, se pertenecerán el uno al otro: como las vidas de estos dos matrimonios.

¿Cuántas personas siguen abandonando su país para trabajar de aquello que jamás harían en su lugar? ¿Cuántas personas creen que allí se pueden conseguir cosas diferentes y mejores? ¿Por qué la historia estadounidense sigue flameando su bandera como símbolo de heroicidad y grandeza, mientras la nuestra cuesta que se impregne en nuestros corazones?

El nacionalismo, ese amor por lo propio es lo que le falta a nuestra querida Argentina, un país que tiene tuvo y tiene todo. Del que muchos se seguirán yendo, por obligación o decisión propia.

Quienes se marchen demostrarán que sus ideales son otros, diferentes. Ni mejores ni peores.

La patria se lleva en el alma, no puede cambiarse ni bautizarse. Se nace y muere con los colores del mar y ese sol gigante.

La Yoly y El Negro así lo sintieron, así lo transmitieron y nadie los pudo convencer de ir al país snob.

Planchando aquello que cose con el mayor placer de los dioses, hecho por sus propias manos, cocinando sus alimentos, amando a sus hijos y no teniendo ninguna intención de ser lo que no es.

Lanús es un barrio, aún en estos tiempos, que tiene mucha pasión entre sus vecinos: por su historia, por su fútbol y por ese aroma que jamás podrá sentirse en una plástico perfecto.

Hecho en Lanús, por un equipo que, enérgicamente, está atento de todo detalle, de la ambientación ochentosa -la cual se ve plasmada en el mobiliario, vestuario y peinados- y esto es lo que produce una versión divina, punzante, precisa, llena de sentimientos diferentes, con cuatro actores que dan lo mejor de sí, que encarnan muy bien a sus personajes y que mantienen a la historia argentina bien en alto.

Las melodías, en vivo, encadenan escenas, situaciones y un sinfín de momentos espléndidos para disfrutar. Como toque final, una canción que logrará más despertares.

Si después de tanto sufrimiento, abandonáramos todos nuestra tierra; ¿qué nos quedaría como futuro?

ficha Made in Lanús

 Mariela Verónica Gagliardi

De paseo por el séptimo arte

Clac

«Clac!, una obra de película» (escrita por Martín Palladino, Virginia Kaufmann y Cecilia Miserere; dirigida por ésta última) es una propuesta infantil excelente que realiza un recorrido por los hitos más trascendentes del cine.

Apoyándose en el género absurdo y el mundo clown, esta dramaturgia tiene la particularidad de repetir una misma escena -a la cual se le van sumando situaciones y herramientas- a lo largo de la historia que compone deleitosamente.

Es así como se puede observar un rodaje, en vivo, durante el cual una pareja compuesta por Bette Davis (Anita Gutiérrez) y Fetiche (Giancarlo Scrocco) tiene su primera cita en una confitería parisina, a la vez que es apuntada por un dibujo de Animé (Martín Palladino) y dirigida por un singular hombre que responde al nombre de Oscar (Sebastián Códega). Éste se hace llamar óscar ya que suena más elitista, como el cine en sus inicios y como Europa desde antaño.

Lo interesante de esta pieza teatral es que en poco tiempo logra resumir aquellos acontecimientos más importantes del séptimo arte, demostrando cómo con ideales claras y concisas, se pueden ver grandiosos resultados.

Con una estética bien de época, con dos camarines decorados con lo necesario para que sus artistas estén cómodos, con un escenario móvil que se desplaza, fácilmente, a la vez que la ambientación que cambia de acuerdo a lo que acontece en el momento; se disfruta al máximo de una recreación cinematográfica.

Respecto del argumento, la cronología es la encargada de narrar los hechos que se desencadenan desde el cine mudo hasta el universo tridimensional -pasando por los doblajes, las escenas pintadas de colores y las canciones en vivo-.

Acompañan estos avances, los cambios de vestuarios y peinados que están íntimamente ligados a la dramaturgia, haciendo que ambas se fusionen como diálogos fortuitos.

Humorísticamente se puede notar la sorpresa de Fetiche al descubrir la tremenda voz de Bette Davis, a la que le gustaría taparle la boca, volviendo el tiempo atrás.

Clac es cine en el teatro, es una suma de talentos artísticos que, artesanalmente, crean esta maravilla para niños -y adultos que se suman en el público con pretextos de acompañar a los pequeños-, que no titubean en demostrar que el arte y la cultura son importantísimos para todos pero, sobre todo, para los infantes.

Sin lugar a dudas, lo que consumen los niños es por iniciativa de los adultos o por publicidades en todas sus formas. Jamás un niño podría tener la curiosidad por conocer algo que no sabe lo que es.

Este público que viene a ver Clac, es diferente. No viene a reírse o a llorar ni a comprar merchandising ni a ver a sus ídolos luego en la tele. Este público es un público en formación que absorbe contenidos y que, por suerte, tiene un entorno que le da el derecho a nutrirse de productos de calidad.

Coordinar doblajes nunca fue tan entretenido y repetir secuencias, en cámara lenta, tampoco.

Claquetista, sonidista, doblista y todo lo que surja para que pueda adquirir conocimientos.

Todos reímos con Animé, lo adoramos, lo apoyamos con todas sus iniciativas y, a través de él, soñamos y deseamos que consiga filmar su propia película en la que sea el protagonista. Mientras tanto tendrá que aprender, como un niño que, incansablemente, juega en el oficio de su vida.

ficha Clac

Mariela Verónica Gagliardi

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Las distancias no modifican

Viva Italia1

Mónica y Andrea protagonizan “¡Viva Italia!”, una obra de teatro creada colectivamente, ambientada en los años ochenta y dirigida por el talentoso Walter Jakob. Dentro de esta historia, estas amigas que no se ven hace muchísimo tiempo, comenzarán a viajar a partir de folletos de turismo del país de la bota.

Una ya estuvo en Italia, hace años, y, la otra, sueña con conocerla. De esta forma, podrán verse a lo largo de la historia, cómo Mónica y Andrea -aún siendo totalmente opuestas- intentan encontrar la felicidad, aunque sin resolver conflictos personales que le permitan salir más airosas de las situaciones, tomando decisiones más atinadas.

Los dos hombres que aparecerán en escena, no serán realmente trascendentes para la dramaturgia -a nivel profundo-, pero sí servirán sus interpretaciones para producir confusiones en los espectadores.

Al comenzar la historia, simplemente, se ve cómo un matrimonio vive su rutina diaria, hasta la llegada de una tercera persona. Así, lo que parecía ser normal y dentro de todo estable, termina haciendo chispas.

Lo mismo ocurre cuando aparece la cuarta persona para crear nuevamente un giro en la historia y hacernos creer que el hilo conductor es otro.

«¡Viva Italia!», conmueve con su simpleza, demostrando que no es necesario crear una obra de teatro compleja para impresionar. Italia, como tierra que aloja a enamorados, a una historia tradicionalmente bella, añorada por casi todas las personas que nunca la han visitado. Italia como sueño, como esperanza como reconstrucción de donde se desearía estar, de quien se desearía ser y, depositando, en el más allá las frustraciones que en el aquí y ahora no se logran desentrañar ni resolver.

Walter Jakob consigue delinear dos caminos posibles entonces: el presente y el futuro. En el primero se ubican las cosas no dichas, los silencios, las elucubraciones y los deseos. Mientras que en el segundo se sitúan los pretextos para no hacerse cargo de dicho hoy.

Así como existen estas dos argumentaciones, también varios géneros presentes como: el melodrama y la comedia. No existe demasiada tensión en el relato sino que éste se apoya, fundamentalmente, en lo más filosófico y espiritual. De esta manera, las constelaciones se vuelven importantísimas para comprender el modo de pensar de Andrea -quien puede ser vista como trastornada, de no tener en cuenta esto-.

En las clases de constelación ella logra descubrir quién es y qué quiere, aunque todas esas cuestiones se desvanecen como humo, dejando en evidencia que las decisiones apresuradas no siempre son las más atinadas.

Como único escenario posible y visible, el living de una casa, mezclado con cepillos, tijeras y demás accesorios de peluquería que vendrían a simbolizar que todas las modificaciones externas si no son acompañadas por cambios internos; no sirven para nada.

La bipolaridad se apodera de los cuatro personajes, dejando en evidencia que están perdidos y enredados con sus propias palabras, con sus propias rejas y sus propios mundos.

Esconderse en un baúl, desaparecer de la estratósfera, resurgir como ladrón y manipular todo lo necesario para que las cosas salgan como se quieren son algunas de las acciones que se vislumbran en esta pieza artística que dura una hora. Una hora en la que se resumen y representan características cotidianas, humanas y con las que, seguramente, muchos, podrán sentirse identificados.

ficha Viva Italia

Mariela Verónica Gagliardi

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Bohemios de todos los tiempos

La Bohème

Una ópera es un universo musical y actoral con un gran despliegue -tanto a nivel artístico como instrumental y vocal-. Cuando no se cuenta con esto, en su conjunto, es practicamente imposible de imaginar.

Sin embargo, el joven director musical, Patricio Màtteri; consigue montar “La Bohème” (de Giacomo Puccini) con las herramientas que tiene a su alcance. No hace una puesta en escena ostentosa ni pretensiosa, sino independiente, soñadora y contando solo con un piano vertical.

Así, se puede disfrutar de una historia, mejor dicho de la historia de Puccini mientras estudiaba en París en 1830 y, también, del romance entre Mimí y el poeta Rodolfo.

Puccini se basó en la novela “Scènes de la vie de bohème” (Escenas de la vida bohemia, de Henry Murger) para componer su famosa ópera. Los libretistas fueron: Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, con quienes ya había estado anteriormente en Manon Lescaut.

Como suele ocurrir cuando algo tiene éxito, el compositor Ruggero Leoncavallo pretendía hacerle competencia con I Pagliacci (ópera basada en el mismo argumento que Giacomo). Si bien hubieron asperezas entre ambos, La Bohème logró un status mucho mayor que la otra, además que consiguió estrenarse primero que la de Leoncavallo.

De esta manera, el drama se hace presente, en todo momento, y se disfruta de cuatro escenas muy bien logradas -en que los protagonistas demuestran los matices de sus voces, guiados por el director musical-.

Un detalle que debo mencionar (y que solo se ve muy de cerca) es la dependencia de miradas y aprobación que existen entre algunos artistas y Patricio. Esto, a lo lejos, pasa totalmente desapercibido.

El amor, el remordimiento, la culpa, el arte y la pasión; logran estallar en esta ópera fundamental del género lírico.

Los bohemios se juntan, toman alguna bebida alcohólica, se ríen y descubren el amor y la preocupación, de a poco.

Conforman el núcleo bohemio: la costurera Mimí (Victoria Roldán), el poeta Rodolfo (Cristian Carrero), el pintor Marcello (Esteban Miotto), la amante de Marcello, Musetta, (Constanza Díaz Falú), el filósofo Colline (Gustavo Vita) y el músico Schaunard (Miguel Ángel Pérez). Estos siete artistas, sin desmerecer a los personajes secundarios: se lucen, desfilan sus grandes vestuarios de época totalmente bellos, caminan y se desplazan con soltura, interpretan a sus seres y desenvuelven con mucha pasión en escena.

Se destaca, por sobre todos notablemente, Musetta. Engalana la historia, le da su toque femenino, distinguido y su voz de soprano cautiva, como sin pedir permiso.

Dos romances diferentes, cuatro vidas distintas y que, sin embargo, se unen para compartir.

Aunque el desenlace de esta historia no es el más feliz, el humor y comicidad se encargan de componer un excelente melodrama -permitiendo no desatar demasiados sollozos por parte del público-.

Este clásico, adaptado, permite que imaginemos estar en cualquier lugar del mundo, que sintamos un amor incondicional por el autor y que las melodías -de por sí solas- ambienten cada escena.

Por más entendimiento que se tenga de una lengua, no es muy común que se pueda comprender una pieza artística completa, sin leer en algún momento.

Sin proponérmelo, hice el ejercicio de escuchar y observar, sin intentar comprender. Fue increíble la cantidad de sensaciones que impregnaron mi ser y lo mucho que comprendí sin esfuerzo. Solo así tuve la certeza de cuan profesionales son estos artistas.

Para más adelante, leí, y la experiencia fue completamente diferente, ya que la mirada hacia arriba no permitía que siguiera el desarrollo en escena.

Perderse un texto, unas palabras y algún diálogo, permiten que el gozo sea distinto.

Habrá quien elija uno u otro mecanismo para disfrutar de la ópera.

Las melodías originadas por la percusión del piano, continúan, se despiden y la enfermedad hace desatar una verdadera tragedia en el corazón de Rodolfo -un hombre que había conocido el amor en Mimí, a quien cuidó y no pudo salvar-.

ficha La Bohème

Mariela Verónica Gagliardi

Artistas en plena guerra

Ay Carmela1

«Ay Carmela!» (escrita por José Sanchis Sinisterra) es una obra que se ubica en la Guerra Civil Española y puede tener una mirada u otra según la adaptación de cada director.

Más trágica o menos trágica, más o menos risueña; esta dramaturgia tiene la suspicacia de mostrar cómo se vive, artísticamente, durante una guerra, qué postura conviene tomar o cómo transitar la rivalidad interna entre lo que se quiere y lo que se debe.

Una pareja conformada por Carmela (Elena Roger) y Paulino (Diego Mariani), dirigida por José Luis Arellano, nos lleva de la mano por un mundo de sensaciones en el cual es posible reír a pesar de la desgracia.

Cabe resaltar el vestuario de los dos, con tonalidades verdes, grises y rojas; unas tonalidades que se notarán aún más con el manejo de la iluminación. Respecto de ésta, es notorio su rol, que resalta una escena como sello final -permitiendo que Carmen y Paulino posen hasta la siguiente secuencia-.

Dos personajes dotados de sentido del humor, de calidez humana, de pasión por el arte y de una ternura que nos invade por completo durante toda la historia.

El mundo de los muertos frente al mundo de los vivos, separados por una delgada línea, la misma que provoca intrigas y sinsabores constantemente.

De un lado, ella y, del otro, él. Dos apasionantes actores de varieté, que tienen que formar parte de determinadas presentaciones para ganar algo de dinero. Dos seres que se aman pero son totalmente opuestos, que no se entienden pero que se aprecian desesperadamente; hasta que la censura se hace presente para exterminar al que no “sirva”.

Toda la puesta se compone de escenas que oscilan entre el presente y el pasado, entre ensayos y conversaciones, entre reproches y placeres. Paulino, solo, desdichado y soñando con el regreso de una Carmela que jamás volverá a ser la misma. Porque ella era una mujer de convicciones firmes, aunque no tanto como la mano dura de Franco.

Al tiempo que Paulino se desespera por silenciar a su amada, ella no puede contener sus palabras que le salen una tras otra como bocanada, sin mediar las posibles consecuencias.

Lamentablemente, ya conocemos qué ocurre en el desenlace aunque lo más importante no es éste sino la mirada sobre la vida que puede tener una persona.

¿Es preferible actuar de acuerdo a la propia ideología o ser un cobarde que sobrevive por miedo a represalias?

Estilos de vida que se cruzan y separan -por diferentes circunstancias-, demostrando que el teatro es un escenario donde confluyen experiencias distintas.

La política marcando tendencias, importunando a quien pretende vivir sin sobresaltos. Una dictadura que impregna el aire con sangre, que lo vuelve contaminante y difícil de sobrellevar. La política que solo sirve para declarar la guerra de los armados en contra de un presidente elegido democráticamente por la mayoría. Así, estos amantes eternos irán desapareciendo para darle lugar a las incesantes torturas que ocurrirían durante décadas, produciendo un asco tan grande como difícil de disimular.

Dos actores argentinos que se sumergen en las venas españolas, para interpretar una realidad que jamás se olvidará ni en allí ni acá -por similitudes, por convicciones y por amor a la verdad-.

Un escándalo que es tomado como tal por aquellos oficiales del ejército que están inundados de maldad y locura, por un ejército que no da tregua y que utiliza a la sociedad sin piedad.

Mientras la dulzura de Carmela se hace presente, los chistes groseros de Paulino hacen reír a menudo. Separados pero unidos, unidos por el amor y por la comprensión que deberán tenerse el uno al otro para continuar viviendo.

En cuanto el espectáculo distraiga a los franquistas, las luces encandilarán a los artistas, hasta confeccionar sus destinos con un apagón.

ficha Ay Carmela

Mariela Verónica Gagliardi

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En lo imposible está la realidad

Luisa1

Existen temas más controversiales que otros, existen situaciones más dolorosas que otras y etapas en que la imaginación puede llegar a ser la única aliada.

«Luisa se estrella contra su casa» (escrita y dirigida por Ariel Farace) engloba estas cuestiones y profundiza en ellas, de tal modo que recrea lo más noble de un ser humano.

El título es asombroso, fuerte y con un significado que no podrá saberse hasta comenzada la obra.

Luisa (Luciana Mastromauro) es una madre que se quedó sola en una enorme casa, la cual considera como su mundo. Bueno, en realidad uno de sus mundos ya que el segundo es el supermercado al que acude en todo momento.

Su modo de ser y de conectarse con los demás es un tanto peculiar, permitiendo que conozcamos su vida, sus preocupaciones y ese dolor tan imposible de sanar.

Acaba de sufrir una pérdida y no le será fácil seguir adelante. De hecho, su mente está un poco confundida y el bloqueo que tiene no le permite vincularse del todo con otras personas. Un vecino, músico, (Guido Ronconi) tendrá el honor de ser silenciado cuando ella lo ordene, para más tarde seguir escuchando una misma melodía que acompañará a la dramaturgia hasta su desenlace.

Como escenas que también se reiteran, de un momento a otro, pretenden demostrar la rutina de esta pobre mujer que no sabe cómo hacer para llenar esos huecos de soledad, a diario.

Por un lado está tratando de atravesar un duelo, sin apoyo de alguien. No parece tener más que a sus productos. Sí, productos de limpieza que compra en las góndolas del mercado, a los cuales les deposita su cariño y dedicación total.

Mientras los recuerdos la invaden por completo, conocemos cómo era la Luisa de antes, la felicidad que le daba ser llevada en un carrito, elegir la comida y estar pendiente de su hijo.

Pero, aún sin vestirse de negro, su rostro refleja el dolor que siente. Ella recuerda, sueña, imagina que un Odex (Juan Manuel Wolcoff) es su amigo, que viven juntos. Y, en cierta manera, eso ocurre en escena. Al menos, tenemos oportunidad de presenciarlo, de notar cómo necesita comunicarse con alguien. En este caso se trata de un producto de limpieza que no le cuestiona ni reprocha nada, solo obedece sus órdenes, las cuales son impartidas en carácter de urgencia.

Una urgencia no puede olvidarse, como tampoco un accidente o imprudencia. Esa sensación de no haber podido estar allí, de no haber podido hacer algo -por más pequeño que sea-, angustia infinitamente.

Con respecto al argumento de la historia, existen varias cuestiones a resaltar: por un lado, la denotación del título de la dramaturgia que está íntimamente relacionado con el accidente que ocurre en cierto momento. Por otro lado, la necesidad de Luisa por estar en lugares cerrados como pueden ser su casa y el supermercado. También, la atmósfera que se crea ella misma en su cabeza, la cual se traslada a convertir su hogar en su mundo ideal. Y acá me detengo un instante.

Su casa, confeccionada ecológicamente por cajas de cartón de diferentes cosas, le permite a ella y los demás personajes de la obra; trasladarla o moverla de diferentes maneras para narrar un suceso externo o interno.

Ese hogar es un universo limitado y, sin embargo, su mente es quien no la abandona jamás.

Toda la historia es sumamente coherente, muy bien interpretada y con una intimidad realmente perfecta.

No existe posibilidad de no crear una conexión con su argumento ya que todos hemos perdido a alguien, todos hemos padecido la soledad y todos seremos nuestros principales motores que impulsarán nuestro querido cuerpo.

La inercia le permite empezar, continuar y repetir la misma situación. Como si nada hubiera ocurrido en el medio, a pesar de que su corazón le recuerda que ya nada será como antes.

En lo imposible está la realidad esboza Pedro (Matías Vértiz) a su madre en un momento de la dramaturgia, para demostrarnos cómo lo supuesto puede ser modificado al extremo. De ahí en más, varias situaciones no comunes desfilarán delante de nuestros ojos, enseñándonos que se puede volar sin tener alas y estrellarse aún sin andar en moto.

ficha Luisa

Mariela Verónica Gagliardi

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Danzando hasta morir

Azucena en partes1

Y como si el mundo pudiera acabarse por completo o darle una sorpresa, ella (Gimena Gutiérrez) baila.

Azucena es su nombre, como la flor tan bella que perfuma hasta un ambiente frío de hospital. Ella, tiene la peculiaridad de desdoblarse en dos personas: la que sufre y la que sueña. O en dos personajes: el que encarna y el que recuerda.

Los tiempos van y vienen. Pasado y presente se fusionan como una misma historia, su historia. La historia de una mujer que sufre, que está devastada por la soledad, por no tener un hombro sobre el cual llorar, desahogarse, refugiarse. Ni siquiera un par de brazos que la contengan ante tremenda noticia.

Sus días no está contados, y esto es sumamente importante resaltar.

Azucena, todo lo expresa con su cuerpo. Con su gran altura, consigue representar corporalmente sus andanzas, sus tristezas y pesares, como si midiera un metro cincuenta.

Increíblemente, podemos observar -durante unos cuantos minutos- cómo su cuerpo se mimetiza con cada uno de sus sentires sin haber pronunciado palabra alguna. Y esta es la magia del teatro físico: el poder representar sin hablar. Pero, cuando lo requiera, poder decir, verbalmente, sin mover sus extremidades del espacio escénico.

Un gran trabajo en equipo demuestra que tanto la iluminación, como el vestuario, la dramaturgia y dirección; se complementan para tener una “Azucena en partes” (escrita y dirigida por Ana González Seligra) realmente grandiosa.

El drama está presente de principio a fin, no pudiendo ignorar el tema argumental presente. Una enfermedad que parece ser la muerte, por la falta de información, por la infelicidad, por dolor no cicatrizado, por los sueños abandonados.

Un público atento, quieto, que no esboza más que un dolor aguantado, una angustia difícil de soportar. Un público que, al terminar la función, espera para felicitar a los artistas. Yo, como parte del público, con un nudo y una nebulosa en mis ojos como si lograra vislumbrar un hálito de paz.

Finamente escogidos, aquellos detalles ornamentales que forman e integran las escenas de la obra unipersonal. Objetos que no solo son preciosos sino que cumplen varias funciones. Un ramo de flores rojas, un perchero, varios estilos de ropa, de zapatos y otras herramientas fundamentales que le permiten a la artista componer sus personajes -tan difíciles pero excelentemente resueltos-.

Su corazón hecho pedazos, sus partecitas que no logran unirse, su sonrisa desdibujada como cuando se tira al piso -hundida en llanto-. Una etapa que quisiera borrarla de su mente, de su espacio, de su vida y que, sin embargo, debe atravesarla para estar sana y más fuerte.

La parte descriptiva del relato es la que permite que nos imaginemos -como espectadores- toda la desdicha de esta pobre mujer. Pero Azucena no es frágil. Está sensibilizada, apabullada, fuera de sí. Mientras tanto, deja que su cuerpo hable, que sus pechos consigan formas diferentes, que el sentido de su vida sea el que añore y que, jamás, se de por vencida.

Esta pieza artística debe formar parte de todo festival y movida cultural relacionada con el universo femenino, con la lucha contra el cáncer, contra la violencia de género y con todo enlace que permita que nosotras -las mujeres- nos sintamos identificadas, valoradas y resignificadas.

No hace falta pasar por la enfermedad para tener humanidad por las que sí.

Las mamas, que tanto amor deberían tener, que tantas caricias poseer… están enfermas. Solo el amor puede curarlas.

ficha Azucena en partesMariela Verónica Gagliardi

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Una fiera escondida

La piel de manzana

Como fruto prohibido, como fruta bella y embalsamada, allí está cada una de ellas. Con diferentes tamaños, sabores y formas no exactamente idénticas. Como fruta utilizada en cuentos como Blancanieves en que se mordía y envenenaba la princesa, como origen de muchas ideas no desarrolladas completamente y como, también participada en cuadros de naturaleza muerta.

Flora (Cecilia Cósero) y Bruno (Federico Marrale) son las protagonistas de una obra de teatro en que se puede vivenciar todo lo natural e inminente de la conducta humana: “La piel de manzana” (escrita y dirigida por Gustavo Lista).

Son muchas las escenas que se suceden a lo largo de esta historia y es que, a lo largo de la misma, se verá a una Flora totalmente voraz, salvaje y sin miedo a nada. Así como a un Bruno amenazante, temeroso e inmaduro.

Existen varias lecturas para realizar sobre la puesta en escena y narrativa. Por un lado, se ve a flor de piel el feminismo encarnado por Flora que, a cualquier precio, muestra y demuestra su condición de hembra y mujer en su casa y en la sociedad. Ella vendría a ser como una heroína de los derechos de todas, flameando una bandera imaginaria que estaría simbolizada por los cajones de manzanas.

Por más desconectado que pueda sonar esta comparación, son estas frutas las que significan cuerpos de mujeres, con una piel suave, fina, brillante y que, sin embargo; se puede raspar, herir y romper en cuestión de segundos.

Una tras otra, son tiradas por Bruno al piso, como descartándolas, como quitándoselas de encima y sacándose del pensamiento todo lo que a ella le pueda dar felicidad absoluta.

Por otro lado, está presente la obsesión -más por parte de él que de ella- por amenazar a su ser querido y, desde ese lugar, conformarse con la piedad o lástima. Las acciones desarrolladas por Bruno no son sanas para ninguno de los dos y, viéndolas desde otro ángulo, son violentas.

Hay varios simbolismos incluidos en la dramaturgia. Uno de ellos es la función que cumple un aparador de madera, que va acumulando a los hombres que no actuaron correctamente. Uno tras otro, se ponen allí y, ella, solo le da la posibilidad a Bruno de ser diferente al resto de una manera bastante singular. Quien salga victorioso de tal acuerdo, podrá elegir lo que más quiera.

Flora es una muestra de lucha eterna, exagerada también, que no baja jamás los brazos y que defiende sus ideales. A su vez, lo corporal cumple una función primordial en ella y en su compañero, quienes recorren el escenario hasta encontrar el lugar ideal para disparar su voz. Mientras se observan y analizan, el realismo mágico consigue apoderarse de sus monólogos, de sus diálogos y de sus preocupaciones.

Como realizando un recorrido por un mundo irreal, crean una especie de fábula dentro de la que también son los protagonistas y consiguen jugar como niños. Así y solo así, Bruno puede manipular del todo a esta loba que lo cuida y acompaña cuando todo parece acabarse.

La canción de Joan Manuel Serrat, titulada Piel de manzana (1975), sintetiza parte del argumento de la obra diciendo: a esa muchacha que fue Piel de manzana se le quebró el corazón de porcelana, se le bebieron de un trago la sonrisa. La primavera con ella tuvo prisa.

ficha La piel de manzana

Mariela Verónica Gagliardi