*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Archivo para 2015

Empaquetando dolores

Fábrica de chicas21

Esta nueva propuesta de Osvaldo Peluffo reivindica los derechos de las mujeres a ser felices y valoradas, dejando de lado al machismo -ese monstruo tras el que se oculta la violencia de género-.

«Fábrica de chicas» (protagonizada por Anabel Ferreyra y Verónica Ayanz Peluffo) nos sumerge en la intimidad de dos empleadas durante sus jornadas laborales en el sector de embalaje. Solamente ellas están en escena y, los hombres citados o con los cuales se dialogo por diferentes medios, no aparecen. Y este punto es sorprendente ya que contamos solamente con las versiones de Alma y Esther.

Cada una tiene una historia en la cual predomina el sufrimiento, el fracaso y la tortura -de algún tipo-.

Esther es la encargada de Alma y, las personalidades de ambas, son contrapuestas. La primera, de alguna manera, pretende aconsejar a la segunda creyendo que tiene las herramientas necesarias como para lograrlo. Sin embargo, no asume que su descreimiento hacia el amor no la ayuda demasiado ni a ella ni a su amiga.

Una es seria, la otra alegre. A su modo, cada una intentará ocultar lo que padece -hace tiempo- para que la angustia no desborde.

Teatro El Damero, con su sala íntima, nos permite vivenciar los momentos más importantes para que , estas amigas, reconstruyan sus identidades.

La rutina las mantiene viva, aunque sus charlas cotidianas hacen relucir los conflictos no abordados. Justamente, las desgracias en sus vidas no son evitadas o prevenidas sino que cuando llegan, se estrellan con éstas hasta que las lágrimas las contornean por completo, como si ese fuera el proceso a seguir.

Causalmente, en la década del 70´ (más exactamente 1975), comienza a hablarse de violencia contra la mujer. Esto se debe a la Conferencia Internacional sobre las Mujeres de la ONU, que se lleva a cabo ese año y, a partir de la cual, muchas comienzan a animarse a decir lo que sufren a diario.

Si bien existen normas, convenciones, leyes, agrupaciones y varios movimientos que defienden a las víctimas de violencia; aún queda un largo camino por recorrer ya que la misma está muy naturalizada e institucionalizada siendo tantas veces los politicos quienes no dan el ejemplo ni se conducen como hombres de verdad, con un trato de respeto hacia quienes les dieron la vida.

Las mujeres como objeto y como mercancía no solo pueden notarse en la prostitución y trata de blanca sino en los programas televisivos y radiales que fomentan -para obtener más audiencia y, por ende, rating- este estereotipo que nos denigra hasta lo más profundo del corazón.

Ser mujer es un conjunto de cosas que solo entre nosotras podemos comprender. Podrán inventar todo tipo de tecnología como para que prescindamos de ellos, pero jamás existirá a la inversa. Y no se trata de que hagamos apologia del feminismo pero, a ciencia cierta, somos más débiles corporalmente aunque no emocionalmente. Gracias a la historia podemos conocer datos específicos de mujeres que han construido este país y el mundo entero, el universe. Deberíamos, siempre, valorarnos, amarnos y cuidarnos entre todas para que, de esa manera, nadie pueda derrotarnos.

Esther y Alma, Alma y Esther; trabajan en una fábrica y, sin conocer el argumento, podríamos creer en un ambiente desagradable, con golpes, violencia física. Sin embargo, muy de a poco, sabemos y entendemos que las agresiones pueden existir de varias maneras y que jamás tenemos que permitirla.

Pueden vivir sin hombres, al menos sin hombres golpeadores que las denigren. Pueden y deben quererse, saber que nunca van a estar sola, porque estar sin un marido no significa llegar al borde del abismo. No queda un Adán en la Tierra, sino muchos que se conocerán en el momento preciso.

Mientras envuelven cajas con la mercadería correspondiente, los llamados se suceden, las historias van y vienen, la vida surge y se termina; hasta que lo necesario se vuelve prescindible.

Escondidas en un depósito -con unos pañuelos y uniformes bien sobrios, marcando la rigidez de su trabajo-, a la vez que la recepcionista es humillada por su cuerpo exuberante y los engaños amorosos, temidos y no justificados, por quienes ejecutan aquellos daños irreversibles.

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Mariela Verónica Gagliardi

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La dulzura del reconocimiento

Crol4

Fusión de ritmos e instrumentos (guitarras, batería, bajo, piano y voz), suenan en el Teatro Estepario, ingresando en nuestros oídos y atravesando todos los sentidos.

Se dice que es el deporte más completo, aquel que los médicos indican para curar todo tipo de contracturas y para los enfermos del corazón. Dicho esto último, es necesario decir que si reanima el músculo más importante del cuerpo, indefectiblemente, sane todo tipo de penas, angustias y provoque tanta adrenalina como sea posible para sentir que los imposibles no existen.

La Sirena (Teresa Plans) y el Tiburón (Pedro Candioti) son los más nadadores de aguas abiertas homenajeados, principalmente, en esta ocasión. Una ocasión para la cual, los artistas, utilizan poemas, información de la realidad, canciones inventadas para este fin y una puesta en escena que se vale de una historia construida sobre la base acuática en que estos héroes son destacados.

“Crol” (escrita y dirigida por Verónica Schnek) indaga sobre la invención y origen del término, sobre un estilo de vida, sobre los esfuerzos físicos y mentales para alcanzar la meta de llegada sin rendirse ni que lo rindan, sobre esas patadas en al agua que hay dar para continuar la marcha -permitiendo que el cuerpo acarice las aguas dulces como el romance más grande que pueda existir entre dos seres-.

Fue la década del 50’ aquella que marcaría un antes y después para Teresa. Con tan solo diecinueve años, logró un raid diferente al primero, que le costaría su obligado abandono del deporte. Ella recorrió el trayecto desde Paraná hasta Coronda y, lo más triste fue que estuvo un día perdida, con tormenta y fuertes vientos, hasta que consiguió llegar a la orilla. Cabe aclarar que quien la impulsó a este hermosa aventura del nado fue Pedro Candioti -el otro gran ícono de la natación-. Nadador, de nadadores, vencedor de vencedores, el tiburón del Quillá.

Justamente, fue él quien en 1939, permaneció cien horas en el río y consiguien su mejor marca a lo largo de su carrera. A él también tuvieron que sacarlo del agua, en este casos sus amigos, temerosos de perder a este gran deportista.

En cuanto al crol, tiene su origen en los aborígenes, quienes idearon un estilo similar al ya conocido por todos y, luego, los ingleses se lo apropiaron denominándolo crawl (reptar). Siendo uno de los estilos más conocidos y simples a la hora de avanzar, les permite a los deportistas conseguir equilibrar velocidad y resistencia. Nada como los indios que han decidido crol, esboza y resume, en un momento, el estribillo de una canción.

“Crol” es un conjunto de hazañas, anécdotas y recortes escogidos -muy selectivamente- para empapelar la obra de estos personajes. De ellos y del resto de los nadadores que no alcanzaron la fama pero que amaron y aman el río -arriesgando sus vidas por esta gran pasión-.

Una voz femenina como motor de búsqueda y coros masculinos, acompañan las diapositivas, en blanco y negro, buscan cuerpos para proyectarse, para imprimirse y allí quedarse quietos; para que las voces relaten con melodías.

Por momentos pareciera ser un recital con temática de nado y, por otros, una obra de teatro busca narrar desde otro lugar -construyendo con diferentes matices y herramientas la heroicidad de los más humildes personajes-.

Contando con objetos bien específicos como un locker gris, un megáfono, una pecera que se vale de contexto acuático, gorros y mallas de natación; la dramaturgia se desarrolla espontáneamente, con goce por parte de los protagonistas y variados géneros musicales que van in crescendo con la historia.

“Crol” es folklore de nuestra patria, una base del pasado para construcción del presente, un homenaje a la trayectoria y a todo aquel que se anime a sumergirse sin tener certeza de llegar, la valentía de unos pocos por demostrarse a sí mismos un sueño hecho realidad.

La tibieza y la desolación, tantos sentimientos contrapuestos que intentan confundir o hacer tropezar, para luego conservar a quien, de verdad, lo desea.

Una pieza de teatro musical con estilo propio que, seguramente, trascenderá como La Sirena y El Tiburón.

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Mariela Verónica Gagliardi

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El único miedo debería ser no desear

Demasiado cortas las piernas1

Aquí y allá, y en cualquier lugar del mundo será un tema que provoque escalofríos con tan solo mencionarse. Con intentar entender los motivos, las causas, las consecuencias, el dolor, los traumas, las secuelas, el llanto desgarrador, la desolación.

La vista gorda es el aspecto más recurrente cuando se trata de abuso. Quizás intentando subsanar con palabras aquellos momentos en que era preciso tomar una postura adulta, inmediata y de quiebre. Tal vez, haciendo primar el egoísmo, utilizando un despliegue enorme de fundamentos que ni siquiera la propia persona lograría creérselos en toda su vida.

“Demasiadas cortas las piernas” (escrita por la autora sueca Katja Brunner y dirigida por Diego Faturos) es un acercamiento a lo prohibido. Ya no se trata de un tabú tradicional sino de una postura mucho más provocativa como podría ser el goce, ese sentimiento salvaje que la protagonista -una niña de cinco años- esboza con palabras y movimientos a lo largo de la dramaturgia. Ella no es una actriz pequeña, motivo por el cual logra un efecto desgarrador ya que tiene la posibilidad de jugar con los tiempos y recorrer su pasado y presente según lo requiera su historia de vida.

Y de eso se trata: de su propia biografía que es cuestionada por un grupo de estudiantes de teatro podría decirse, que se encuentran con la víctima para desenmascarar cada momento específico y esencial. Es así como se plantean dos relatos: uno lineal y otro oscilante. Los actores se dan el lujo de cuestionarle a ella todo lo que quieran, a la vez que de exigirle que tenga en cuenta determinadas acciones, expresiones y palabras para interpretar a la pequeña.

Desde ya que madre e hija son rivales en esta historia ya que el padre no está presente, por lo tanto no tiene posibilidad de “defenderse” o replicar algo. El drama familiar encuentra su lugar en Timbre 4, teatro en que llegan propuestas como esta, de mucha calidad y envergadura social.

Una madre artificial y no por su aspecto sino por la postura que toma ante su familia y ante la vida. Si bien sabe lo que ocurre, prefiere mantener, de algún modo, a los integrantes unidos, que tirar la primera piedra y hacerse cargo de las consecuencias desatadas. Bajo este panorama el abuso sexual logra desarrollarse de forma que la manipulación paterna consigue erigirse como amor. No se trata de un padre perverso, degenerado, desequilibrado y tantas otras adjetivaciones que podrían decirse respecto a su accionar. Es un ser que tiene necesidades, ¿no? ¿Que ama, que desea?

¿Cómo puede cumplir sus deseos una niña tan chiquita -que juega con Barbies y peluches- cuando apenas consigue tener un registro de su propio cuerpo?

Y no precisamos citar siempre a Freud para determinar la división entre lo correcto e incorrecto, en quién decae la culpa ni en definir si lo sufrido durante la infancia tendrá repercusión más adelante.

Julieta Vallina se encarna en este complejo rol dentro del que nos hará pasar por tantas sensaciones posibles como se pueda en el teatro. Ese nudo en la garganta, la vista nublada de lagrimear y la continua bronca hacia algo o alguien, harán que tanto la protagonista como el resto del elenco cumplan con su investigación.

Dentro del enriedo al que la tuvo acostumbrada su papá desde el día de su nacimiento, ella lo recuerda como su amor, como aquella persona que la cuidó, que le hizo sentir tantas cosas lindas… Y, frente a estos postulados, ¿cómo condenar a este hombre?

Se trataba de una menor de edad, sí. ¿Y si hubiera sido mayor la situación habría cambiado, no habría sido juzgada?

Ni la medicina, ni los chequeos ginecológicos, ni la ceguera familiar conseguirán decir cuál es el mejor camino. Mientras no existan denuncias, ¿qué persona está en su derecho como para decidir que no pueden amarse un padre y su hija?

Los encubrimientos producen escalofríos sin lugar a dudas y la cama llena de muñecas nos sitúan en una infancia interrumpida, la misma que se encamina hacia el deseo. El mismo que un hombre no siente hacia su mujer pero sí hacia su hija.

Pareciera ser un modelo imposible de comprender, no para aceptar sino simplemente para entender y analizar.

Entre los videos en blanco y negro, las notas que suenan desde un piano en vivo y los continuos vaivenes de la pieza teatral; es posible que la mente se abra mientras el corazón llora.

Una vez juntada la escenografía, todo desenlace llega a su fin. Posiblemente el deseado masivamente aunque la palabra del ausente podría haber completado el relato tenaz de estas dos mujeres que creían vivir en mundos diferentes, en un castillo en que la princesa no encontraba a su amado príncipe sino a su Rey. La historia clásica se rompe para darle paso a lo contemporáneo, a nuevos cuestionamientos que estaban bien escondidos por temores.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Transgrediendo fronteras

Ley Lear11

En esta historia no se narra la tradicional obra del Rey Lear -de Shakespeare- sino que se utiliza, simplemente, la idea como disparador para traer la monarquía a la actualidad. A una actualidad en que se prescinde de ésta al igual que de ciertos códigos antiguos, los cuales son reemplazados por otros que están íntimamente relacionados con problemáticas sociales vigentes.

Nada de luchas ni batallas físicas ya que la palabra y el cuerpo hablan, hasta convencer de sus propósitos.

El teatro físico es la pieza fundamental y sobre la que camina esta versión titulada “Ley Lear” (escrita y dirigida por Santiago Alegría). No hace falta aclarar que Lear fue el rey de Bretaña aunque resulta imprescindible saber sobre su poder, la tortura que ejercía sobre sus tres hijas y el poco consentimiento que afloraba por sus venas.

Un padre rey, pero un padre al fin. Cruel, desequilibrado, egoísta e injusto; que pretendió hacer su camino y cada uno de sus caprichos sin tener en cuenta a quiénes heriría.

En esta adaptación solo aparecen en escena dos de sus hijas (Milagros Coll y Paz Imán) y,  Cordelia, es la única que mantiene un nombre original del texto de Shakespeare. De este modo, los sonidos y expresiones corporales se encarga de, salvajemente, transmitir lo que sufrieron durante diez años de sus vidas.

Por momentos las voces se fusionan o desaparecen, como efecto sonoro que pretende resaltar, constantemente, el movimiento.

Les decía que son tres hermanas aunque una de ellas tuvo un accidente y la dramaturgia tuvo que adaptarse, a último momento, para dos. Esto realmente fue y es un desafío tanto para las actrices como para su director.

Evidentemente se ha resuelto bien, a pesar de que existen momentos en que quedan huecos que no se llegan a comprender correctamente. Más allá de esas situaciones puntuales, el mensaje de Ley Lear logra su cometido: demostrar cómo dos cuerpos consiguen romper límites normales, transgredirlos, sentir cansancio, agotarse, sufrir y amar apasionadamente.

Son dos hermanas que se tienen la una a la otra y sueñan con conocer a su madre, la misma que las abandonó y jamás llegaron a ver. Parece haber llegado ese gran día en sus vidas y parece haber estallado un terremoto que las modificó para siempre.

Son ellas mismas pero crecidas, cambiadas, añorando regresar a esas épocas en que cuidaban el vivero de su padre y el barro recorría sus pieles hasta componer una coreografía especialmente para la ocasión.

La violencia de género existió y existe. Actualmente lleva nombre y, cada vez más, puede verse cómo se defiende a las víctimas.

Estas hermanas son carne y uña, y más que eso. Sus soledades se cruzan hasta unirse como dos almas abandonadas. Así parecen sentirse y verse. Las luces se atenúan durante casi toda la obra y esto nos permite empaparnos del dolor en que crecieron.

Salvajes, solas, en un pueblo del interior, sin visitas y sin demasiados motivos para vivir. Hasta que una de ellas logra cambiar su rumbo y la tragedia invade por completo la escena. Shakespeare debía hacer su aparición, algo conmovedor tenía que pasar. El desenlace no es el del libro sino uno totalmente diferente.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Shakespeare bajo el agua

Hamlet, la obra7

Surf o no surf, esa es la cuestión, y ese es el slogan que predomina en esta genial versión de Hamlet en que el balneario de Pinamar se convierte en escenario protagónico de la trágica historia shakesperiana para dejar atrás a la Dinamarca original.

Hamlet Rey ha muerto y su fantasma merodeando por la playa en busca de venganza a través de su hijo, quien se vestirá con traje de neopren y patas de rana, añorando esos veranos en que podían disfrutar de esquivar olas y conquistar chicas bonitas.

La puesta en escena no precisa más que de sillas para que, por orden de aparición, vayan representando la tragicomedia en que la risa invadirá El Tinglado, en el marco del V Festival Shakespeare Buenos Aires.

Y sin menospreciar determinadas obras, resulta interesante el impacto que se produce cuando se le da la posibilidad al público de ingresar gratis a un espectáculo. Por suerte ya no se asocia lo libre con lo bueno. Este es uno de esos casos, tanto el festival como la dramaturgia.

No es requisito saber de memoria Hamlet ya que la propuesta está destinada a un público heterogéneo que, sobre todo, quiera romper con los relatos clásicos y tradicionales.

También resultan interesantes y súper entretenidos los diálogos y conversaciones entre los personajes para conformar estrategias y bandos que le permitan a un héroe u otro alcanzar el poder.

La trama original se mantiene pero sufre muchas modificaciones que le permiten convertirse en una tragedia celebrada en que lo grotesco, lo absurdo e inclusive lo convencional tienen su momento y espacio para demostrar que los personajes de Hamlet no son solo personajes que aman y odian sino que, también, tienen deseos sexuales, que mantienen secretos para confabularse con quienes les convenga y que, por sobre todo, tienen salvajismo al igual que los animales más feroces.

Son sobresalientes las actuaciones y logran crear una voragine existencial gigante que quien no esté libre de prejuicios deberá abandonar la sala.

La dupla Gertrudis-Claudio se lleva todas las miradas de los espectadores por el modo en que transitan temas aún tabúes que demuestran cuán ridículo es mantenerlos en silencio. Pero Ofelia y su caprichoso deseo por estar junto a Hamlet príncipe la convierten en una despechada loca que se mueve por sus sentidos y no por la razón.

De hecho, son pocos los que piensan y planean algo. Una de ellas es la hija de Fortimbrás (Rey de Noruega), quien desea quedarse con el balneario de Hamlet a toda costa. Para ellos se une a la ex mujer de Claudio, quien por estar muy despechada consigue su propósito de vengarse.

El léxico desde ya que es modificado por uno vigente, de nuestros tiempos modernos y, seguramente, este sea uno de los puntos que más le atraigan a los jóvenes que observen esta pieza teatral.

Como si lo más importante fuera ocupar un trono en un castillo, aquí se demuestra que nadar y rescatar a quien está a punto de ahogarse, es lo que vale la pena. Nada de lucir trajes épicos sino cómoda y liviana ropa, mallas y bikinis para juntarse junto a un imaginario fogón.

Cuando las llamas surjan, todas las verdades serán develadas y las escenas llegará a su fin.

“Hamlet, la obra” (escrita por Leandro Orellano y Cumelén Sanz; dirigida por Matías Feldman y Santiago Gobernori) sorprende, divierte, tiene un fuerte contenido social y merece ser aplaudida de pie. “Chetos” frente a “viyeros”, lucha de lenguajes, territoriales y carnales. Estos son los problemas de nuestra sociedad y por esto, simplemente, tenemos que ser agradecidos de que un grupo de jóvenes talentosos se anime a versionar al gran autor.

A la vez que los personajes corren, se miran, se alían unos a otros y se combaten unos a otros; llega la gran batalla: una pelea de ojotas en que el veneno matará al más débil. Quizás nadie salga herido o tal vez no sea la idea que uno perezca para que otro salga victorioso.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Puedo sonreír y asesinar mientras sonrío

Sweet William4

Michael Pennington es un actor inglés que interpretó varios roles shakesperianos, decidiéndose a crear su propio unipersonal titulado “Sweet William”. En el marco del V Festival de Shakespeare Buenos Aires, el artista estuvo presente dando charlas sobre el escritor y, también, sobre su vida.

Es sumamente atrapante, sepas o no el idioma, cómo los relatos entre ambos se van entrelazando hasta que llega un momento en que tenés que preguntarte de quién se trata en ese entonces. Desde ya que sus pasados familiares no tienen semejanzas pero sí el amor por la literatura, el teatro y el deseo por narrar.

Cada cual con su lenguaje transmitió una atmósfera diferente y similar a la vez. En esta oportunidad, la Usina en el barrio de La Boca, abrió sus puertas para que disfrutemos de Pennington a través de su representación.

Solo, sin escenografía, simplemente con una silla logró conmover, anhelar, soñar despierto y atravesar esas fronteras que suponemos existen en la vida.

Una primera parte se basó en los primeros años de vida de Shakespeare donde contó que su infancia no fue del todo feliz, que dejó el colegio y desapareció hasta que se casó. Que no se sabe por qué contrajo matrimonio ya que su mujer había quedado embarazada, pero no existe información fehaciente que diga si estaba enamorado o no.

Desde ya que no es lo mismo escuchar hablar a un actor en castellano que en inglés porque para comprenderlo, en vivo, habría que tener un nivel excelente. Ese fue el único aspecto negativo en cuanto al unipersonal, sobre todo teniendo en cuenta la extensión de alrededor de dos horas, motivo por el cual tuvimos que escuchar la traducción a través de unos auriculares.

Claro que lo que importa, más allá de lo que dice es el cómo, las herramientas que utiliza y despliega para unir dos épocas completamente diferentes, para hacernos sentir que los reinados y monarquías siguen vigentes, y para que, realmente, deseemos con el corazón seguir consumiendo Shakespeare para siempre.

Al avanzar el relato, Michael hace una diferenciación entre tipos de actores estando de gira, con muchos tintes de humor y esa sonrisa de placer por poder representar no a uno sino a muchos de los personajes de sus libros.

En cuanto sigue mechando su historia de vida con la de Shakespeare, llega el momento de transitar por diferentes obras del autor, las que, posiblemente, pudieron ser concebidas gracias a lugar solitario en que vivía el autor. Macbeth, La comedia de las equivocaciones, Rey Lear, Ricardo III, Sueño de una noche de verano, Hamlet, entre algunas de las obras citadas por Pennington a lo largo del unipersonal. De ellas decide tomar ciertos fragmentos e interpretarlos en el espacio escénico.

¿Qué hubiera dicho Shakespeare si hubiera escrito en época de un mundial? – cuestiona el actor en un momento de la obra. Dejándonos perplejos y continuando con otra temática, es tarea para resolver en casa, pensando en tantos factores como sean posibles.

Uno de los momentos más cruciales se produce cuando menciona el lugar que tenían los teatros en la época de Shakespeare, a qué altura estaban y el menosprecio que sentían los poderosos por éstos: los teatros eran puestos al mismo nivel de un burdel, de hecho se trataba de los mismos dueños. También, nos explica que los autores eran peor pagos que los actores. Seguramente, habrá sido el único momento en que un actor ganó bien, agrega Pennington.

Respecto a los niños, dice que no suelen tener suerte en las historias de Shakespeare, aunque el resto de los personajes tienen la oportunidad, a través de monólogos, de esbozar sus pensamientos. Dice que el que recita el soliloquio, nunca miente en las obras de Shakespeare.

«El amor me abandonó desde el seno de mi madre , logra erigirse como una de las frases más emblemáticas de Shakespeare y habría que cuestionarle si ese abandono y esa soledad también existieron en su vida, si además de trasladar la política a sus libros, se atrevió a caracterizar personajes desolados y tristes que de cualquier manera pretendían sentir algo de amor, aunque sea por un instante.

 Mariela Verónica Gagliardi

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Smash hit al centro del corazón

La tercera posición3

Una cancha de tenis es el escenario en que se desarrollará una interesante obra de teatro, dentro de la que surgirán temas tan diferentes como suspicaces y tortuosos.

Lejos de ser un golpe o efecto de este encantador deporte, “La tercera posición” (escrita por Pablo García, Carla Maliandi) pretende ser para eruditos y amantes del arte, teniendo como principal público a adultos mayores por tratarse de los años cincuenta.

Puedo referirme a tercera posición política no por tratarse de funcionarios políticos necesariamente como es este caso. El arte acapara la dramaturgia y brota de cada poro de los protagonistas, quienes intentan reprimir sus sentimientos y callar ciertos secretos bien ocultos. Como todo lo que se tapa, en algún momento surge de la peor forma.

Pero, ingresando de lleno en el argumento de la obra, o en el argumento de la obra, un empresario (Eduardo Iácono) y su asistente (Anahí Pankonín), filosofan sobre el arte, artistas, argumentaciones idealistas y traumas pasados de sus vidas.

El ritmo lento de la historia permite que nos familiaricemos con ambos personajes que están muy bien interpretados y caracterizados estéticamente. A su vez, el polvo de ladrillo les sirve para relajarse en determinadas situaciones que sus nervios suelen explotar. No se trata de personas sencillas y complacientes sino todo lo contrario.

Ignacio, ama más al tenis que a su carrera. Irene, hace relucir sus saberes intelectuales para demostrarle a su jefe quién tiene realmente el poder.

Un hábil juego en que los rivales muestran cuán solo están y lo mucho que se necesitan para continuar viviendo. Dos fracasados por demostrar en vez de vivir como se les antoja, desfilan por un sinfín de palabras y textos interminables.

Ignacio tardó años en escribir su discurso, aquel que le permitiría triunfar en el ambiente elitista. Aunque, su secretaria le hará notar la fragilidad de sus argumentaciones y lo poco convincentes que resultan.

Palabras difíciles de pronunciar que solo sirven para rodearse de personas semejantes en vez de propagar mensajes puros y eficaces.

Es lo que el público quiere oír, de lo que se nutre. Esa cáscara que enmascara cada uno de los rostros presentes, aquellos que no vemos en vivo pero sí a través de proyecciones visuales, en blanco y negro. Mientras el piano se escucha, los nombres de músicos surgen y desaparecen, los favoritismos también, los gustos personales desde luego.

Irene es una joven mujer que sufre y se desgarra por dentro, a la vez que Ignacio disfruta de verla llorar y perder el aliento. Una simbiosis en que los dos demuestran el enfermizo círculo vicioso que crearon a lo largo del tiempo, el mismo que los mantiene a flote, embebidos en alcohol y con ropa aparentemente costosa.

Las artes plásticas son nombradas y llevadas a su máxima expresión en que, casualmente, no aparece ninguna figura. Solo un metalenguaje diabólico en que el tira y afloje es lo que predomina.

No se quieren ni estiman en lo más mínimo, solamente puede seguir siendo lo que son gracias a la existencia del otro. Ese otro, insospechado hasta que la dramaturgia demuestra lo contrario. Un conflicto nuevo aparece y, a partir de éste, lo que parecía tomar un rumbo se cambia por completo.

Los trajes, los vestidos de gala, la frente en alto y la falta de propósitos por decir -desde el corazón- monólogos sentidos con objetivos concretos. Telas suaves, una valija prolija, telas sin arrugas que pretenden significar un estilo de vida para pocos. Como si los pobres no tuvieran lugar en ese ambiente. Lamentablemente era así en esos años, los cuales no fueron hace tanto. Ahora podrá decirse en el siglo pasado.

Tomar para olvidar, jugar para entretenerse y hablar para eludir verdaderas responsabilidades. Esto es La tercera posición: la habilidad de argumentar sinsentido, solo para figurar. La tercera posición es la manera de salir fortalecido hasta del papelón más grande, incluso el de estar vivo sin saber para qué.

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Mariela Verónica Gagliardi

 

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Espiral de sentimientos

Dos almas que en el mundo1

La relación entre madre e hija es una de las más controversiales y conflictivas. Podrá tratarse de un estrato social-económico o de una comunidad determinada, pero lo cierto es que es tan simbiótica en algunos casos que jamás podrá ser entendida por el mundo masculino.

«Dos almas que en el mundo» (escrita por Vicente Battista y dirigida por Walter Velázquez) confirma la teoría, utilizando el melodrama como género principal para narrar la historia,valiéndose de la técnica clownesca.

De repente las luces se encienden y podemos verla a Emilia (Paula Kohan) -una mujer vestida de negro con unas gafas de sol, y muchos pañuelitos de papel en el apoyabrazos de un sillón que dan cuenta de su gran resfriado.

Pero una vez que avanza la historia se descubren varios aspectos de su personalidad como que es hipocondríaca, manipuladora y egoísta. Dichas cualidades no la dejan bien posicionada ante su hija Mercedes (Mariana Jaccazio).

Y acá es donde surgen los conflictos ya que ésta vive una vida totalmente humillante y desesperanzadora.

Vivir la vida de otra persona es una de las cosas más tristes que le puede tocar a un humano. Vivir bajo las reglas y normas de una madre acaparadora, aún más.

Son muchas las identificaciones que se pueden trazar entre esta dupla y otras tantas de la realidad. Quizás la exageración de la pieza teatral permita que las carcajadas se unifiquen en un grito voraz que suene tan prolíficamente que asuste. Madres judías, italianas y de otros clanes podrán dar cuenta de esto.

Una respiración que para continuar, debe escuchar una historia, dos historias, mil historias que son parte de un mismo origen: la llegada de un «extraño».

Ese personaje incógnito nunca llegará a la casa de esta familia, pero lo importante no es sólo este dato sino de quien se trata. Podría ser cualquier persona, sin embargo, se trata de Gabriel -el nuevo novio de Mercedes-. En vez de Emilia alegrarse por la felicidad de su hija, afloran de su ser los peores sentimientos y deseos, demostrando cuán frágil es y el poco sentido que tendrá cada uno de sus planteos.

La soledad interna, la necesidad de sentir poder cuando se perdió casi todo por malas decisiones y por miedo a elegir un camino diferente.

En cuanto al relato, se esboza cíclicamente como la vida de ellas, con extremismo tan esquizofrénico como necesario. Tan imprescindible como un nebulizador, como las pildoras y como cada inyección que se aplique. La locura pasional las unirá y separará constantemente. No existe una víctima ya que ambas están tan enfermas como para no darse cuenta de lo urgente que resulta separarse. Son de la misma sangre y este es el único factor por el que no logran volar hacia otro rumbo más saludable.

Todo es un ritual que empieza y termina, que las hace reír, llorar y echarse en cara todo tipo de resentimiento no sanado. Este ritual las hunde cada vez más y tal como si fuera un sube y baja, logra cada una tener su momento para expresarse tan brutalmente que consigue hacer sentir lo más oscuro en la otra.

¿De esto se trata el amor? ¿De qué se trata el amor?

¿Es, acaso, amor el depender de otra persona para salir a flote, para avanzar en un metro cuadrado, para sentir placer y satisfacción al hacer sufrir a la única persona con la gente se cuenta?

Este tipo de vínculo precisa de entendimiento y aceptación. De un Gabriel que rompa con lo transitado hasta acá que se pudre como cualquier alimento orgánico mal conservado.

Sin risas, todos los diálogos provocarían un dolor tan inmenso que sería imposible de soportar.

Paula cantará junto a su hija, quien tocará el piano. Así, las dos, pretenderán distraerse de la caótica vida, esa que les tocó, que no pudieron modificar y que, de algún modo, les sirvió hasta el momento.

Dos interpretaciones excelentes a cargo de dos jóvenes talentosas que se encargarán de tener un nivel de oratoria suspicaz y convincente. Cuando todo parece finalizar, ocurre algo que demostrará a quién le toca dirigir.

¿Quién es realmente Gabriel?

Mariela Verónica Gagliardi

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Dinamarca arde en llamas

Niño en estado adulto9

La quinta edición del Festival Shakespeare Buenos Aires tiene un abanico de propuestas interesantes pero no amplio en cuanto a las obras escogidas del autor. Esta selección, permite que veamos por ejemplo dos versiones totalmente diferente para luego analizar el género predominante.

“Niño en estado adulto, nieve que arde o lo que quedó de Hamlet” (escrita y dirigida por Amalia Tercelán) tuvo lugar en el Teatro Beckett y la repercusión, durante la función, demostró que la adrenalina del espacio escénico se trasladó a las butacas. El horario escogido fue la medianoche y, junto a ella, surgieron todos los placeres juntos para desarrollar la historia del príncipe Hamlet (Martín Gross) pero desde una arista no convencional.

Él es adulto y, sin embargo, se transforma en pequeño para expresar lo que sintió en aquel momento tan desgarrador en que su padre fue asesinado por su hermano (Franco Planel) quien se quedó con su cuñada (Vivian Luz Piemonte). Esta nueva pareja, ante los ojos del niño, fue un mal ejemplo, depravada y, sobre todo, mostrando a Claudio como un verdadero oportunista que -sin ningún tipo de pudor- se paseaba delante de su sobrino como si fuera un ejemplo de vida.

La lujuria es el elemento central de la obra, a partir del cual los personajes interactúan, se complementan y se diferencian. Los seis pecados capitales restantes son: pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia. Cada uno de éstos se ve representado específicamente sea a través de un personaje o de alguna de sus acciones.

Son detractores del catolicismo y solo tiene sed de amor, devoción incluso por sus propios cuerpos, un marcado favoritismo por hacerse notar pretendiendo ser escuchados de verdad.

En cuanto a la pereza es el menos ejemplificado durante la obra pero que cae de lleno en Laertes (Mariano Echeconea) -quien se mantiene absorto hasta casi el desenlace de la historia-.

Helados de diferentes gustos y bebidas alcohólicas desfilan por el castillo convertido en living hogareño, un living que brilla y sirve de confesionario para todo aquel que necesite desahogarse y no tenga con quién.

Estos placeres gustativos son acompañados por una pianista (Fernanda Zappulla) que deleita no solo con sus melodías sino con un gran despliegue vocal que incita a la risa constantemente.

Resulta imposible no pasar una velada agradable, junto a Shakespeare, quitando todo tipo de máscaras y dejando al desnudo a estos personajes tan controversiales como reales. Y, justamente, borrado todo vestigio del periodo renacentista originario logran, indiscutiblemente, interpretar una performance bien Argentina.

Uno de los puntos de inflexión acerca del relato se refiere a la relación entre madre e hijo, o sea, entre el príncipe Hamlet y Gertrudis. El complejo de edipo parece haberse quedado en el tiempo sin permitirle al niño crecer normalmente. Es así como lo vemos jugar con un caballito en el que salta de extremo a extremo, intentando conservar su personalidad sin enloquecer en el intento.

Con respecto a Hamlet Rey, ya muerto, no aparece en escena pero sí a través de unas proyecciones visuales, en blanco y negro, permitiendo que esté dando sus mensajes para que nadie lo olvide. Hacia un lado aparece Claudio y hacia el otro, su sobrino. Ambos tienen su turno para hablar aunque ya conocemos quién es quién y las atrocidades llevadas a cabo por el asesino del Rey.

Es Ofelia (Antonella Grosso) un personaje gracioso y grotesco, que permite dilucidar el lugar que ocupa una mujer, lo poco que le interesa el poder y su gran propósito por estar con quien quiera cuando quiera. Cuando sus sentidos le den la orden para ir hacia Hamlet o hacia quien seduzca con la mirada.

La nieve vendría a significar los paños fríos que necesitan los integrantes de la tragedia para seguir adelante sin morir de pasión desenfrenada. Y lo que quedó de Hamlet, trasluce los misterios humanos, los motivos por los cuales los más perversos consiguen “triunfar” a cualquier precio.

“Niño en estado adulto, nieve que arde o lo que quedó de Hamlet”, transmite esa adrenalina impregnada durante la adolescencia que perdura por el tiempo que se reavive. Esta obra de teatro es una excelente manera de unir el canto, la música y la actuación, de la mano del clásico autor dramático y consiguiendo un resultado fabuloso.

Puede presenciarse un gran trabajo entre todo el elenco gracias al cual, indefectiblemente, se obtiene a un príncipe sufrido que opta por enfrentar sin miedo y asumir lo que el destino le procure.

Niño en estado adulto ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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La escasez puede transformarse

Iván y los perros7

Con las manos cansadas, desgastadas y llenas de vergüenza, este niño de tan solo cuatro años deambula por las calles desoladas de Rusia durante el invierno. Durante dos inviernos. Buscando alimentos, amor, aceptación y, por sobre todo, amparo.

Durante los 90’ la pobreza invadía al país, impidiendo que las familias tengan lo necesario para subsistir. Varias de ellas empezar a hacer valer su instinto y se deshicieron de aquello que no les “aportaba”, sino todo lo contrario. Los perros fueron las primeras víctimas y, tras ellos, continuaron los pequeños.

“Iván y los perros” (escrita por Hattie Naylor, originalmente Ivan and the dogs, de Paul Dodson) es una conmovedora dramaturgia que está basada en la vida de Iván Mishukov. A lo largo de la historia ocurren diferentes puntos interesantes e impactantes, imposibles de ignorar.

Por un lado, se trata de un niño en busca de lo básico para no fallecer. Entre la nieve, la comida que va consiguiendo inconstantemente y los peligros de la calle; podemos trazar un paralelo con miles de menores que deben pasar por la misma situación a diario en Argentina y en otros países del mundo. Sucede que tenerlo enfrente provoca un sacudón, un tirón de orejas fuerte y un nivel de conciencia que no podrá rechazarse con la mirada.

Emiliano Dionisi interpretará a esta criatura, quien enternecerá a todo el público presente, produciéndole lágrimas difíciles de ocultar, y sollozos, durante la función. Esto se debe, sin lugar a dudas, a la veracidad del hecho y a la gran actuación desarrollada en escena. Con un pijama debajo de su ropa, se verá obligado a aprender los aspectos más miserables del universo.

Con respecto a la escenografía, ésta tiene un atractivo notable, además de cumplir con el propósito de hacer sentir en penumbras al pobre Iván. A medida que avanzan las proyecciones, el personaje se agobia, se estremece, intenta huir de la tristeza y superar -con su corta edad- todo el terror que pueda presentársele. Sin embargo, lo que menos se esboza en su rostro es desesperación. Chiquito, movedizo y ágil intenta solucionar cada problema en su momento. Son muchos, pero tiene la alegría de todo niño para sobreponerse.

Los perros llegan, comparten espacios públicos, se mueven en conjunto, atacan, se defienden entre ellos… viven.

Iván, solo y desamparado quiere estar a salvo. Quiere vivir. Es así como desarrolla al máximo su instinto de supervivencia uniéndose a ellos. Claro que los animales se reconocen entre ellos y saben quién es diferente. Iván aprende, a la perfección, los detalles de sus conductas, sonidos, maullidos, ladridos y movimientos como para mimetizarse y ser uno más.

Este es el aspecto más estremecedor para analizar: la humanidad. Una humanidad que no busca la solidaridad sino el exterminio, que indaga en los valores para después hacer primar el egoísmo.

Como si se tratara de especies antagónicas, hombres y perros garronean alimentos y pretenden adueñarse de un mundo que no es para unos u otros sino para ambos.

En cuanto a la dirección de la obra, Mariano Stolkiner y Gustavo García Mendy se desempeñan de un modo detallista y refinado, asistiendo sonora y visualmente a la pieza teatral. Así, las acciones del intérprete logran lucirse al máximo, demostrando cómo es posible aspirar a la unidad artística.

Corriendo, trepando, escondiéndose, deseando volver al hogar con su mamá, sin resentimientos, desprovisto de maldad. Solo y, a la vez, tan grato, continúa su andar como tantos otros niños del mundo. Este, en especial, tuvo la virtud de vivir aventuras inimaginables, sin odio, sin violencia. Un ejemplo para la humanidad que suele posicionar su mirada a un horizonte ficticio.

Iván y los perros es una verdad convertida en arte para que fluya, para repensar la historia del hombre desde sus orígenes, para despertar sin sobresaltos y valorar -en todo momento- el amor.

Iván y los perros ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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