*** Junio 2017 ***

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“La casa canta”, de Isabelle Paez

La casa canta

Luego de presentarse en el marco del VI Festival Latinoamericano de poesía en el Centro, el domingo 21 de febrero se estrena “La casa canta”, de Isabelle Paez.

“Así estoy, // un poco de lo que como // un poco de lo que temo // soy mi ropa y una manera de entender. // Una opinión interrogante // una curiosidad afirmativa”, Fragmento del Poema “Momento Poético”, de Luis Luchi

La casa canta es una nueva propuesta multidisciplinaria, interpretada por un cuarteto plástico/musical, que atraviesa el concepto simbólico de ‘casa’ con fraseos oníricos y cuadros metafóricos. La casa del Ser, su intimidad corporal y poética alojada en un individuo interpelado por su afuera social, su vivencia anímica; su inclinación al amor y su insoluble destino hacia la muerte. La casa del Hombre, su materialidad espacial y estética, alojada en los objetos constitutivos de su entorno y en su apariencia formal. Un poema orgánico y vivo; un puente intenso entre diferentes lenguajes escénicos. La voz cruda de lo real encarnada en una partitura estrafalaria, a partir de la obra de tres poetas cotidianos y coetáneos. Tres escrituras que resuenan y  se develan en el cuerpo / discurso poético.

Ficha artístico-técnica:

Intérpretes: Jose Luis Calbiño (actuación), Isabelle Paez (danza y actuación).

Fernando Suárez (batería y actuación),  Alan Haksten  (acordeón y actuación), Dirección y Coreografía: Isabelle Paez; Asistente de Dirección: Fernando Suárez; Creación Musical: Fernando Suárez, Alan Haksten; Diseño de luces: Horacio Novelle; Vestuario: Mariana Del Valle Zeballa.

Centro Cultural de la Cooperación – Sala Raúl González Tuñón (Av. Corrientes 1543 – C.A.B.A.). Localidades: $ 150,00 .

 

 

 

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Es posible ser un ninfómano creativo

Semen en los ojitos“Semen en los ojitos” (escrita y dirigida por Gonzalo Senestrari) es una obra de teatro dramática que muestra a dos realidades: la ficcionada y la real. En la primera podemos notar cómo Chester desarrolla su devoción por la escritura, narrando -en vivo- una historia intrincada, apasionante y en la que muchas personas podrán sentirse reflejadas. Y, en la segunda, nos sumergimos, directamente, en un grupo de autoayuda para adictos al sexo.

Una dramaturgia dentro de la otra. Una más conmovedora que la otra y con tantos detalles para destacar que sería imposible adjetivar en pocas páginas.

A pesar de las diferentes sensaciones que podemos llegar a tener los espectadores, puedo esbozar una inmensa alegría y tristeza a la vez. Una nostalgia innegable por la que se disfruta al recorrer el camino de cada uno de estos padecientes.

Sin tener conocimiento del argumento, se podría disfrutar de un grupo, dirigido por Waldo, que intenta volcar todo su pasado y camino recorrido en la dirección del mismo. Un cartel, a su vez, invita a conocerlo, teniendo toda la soltura posible como para reconocer sus trabas y manera de curar, en cierta manera, la desesperación por concebir un mundo solo con ojos sexuales.

Ningún extremismo, se suele decir, es sano; así como tampoco no elegir un camino a seguir.

“Semen en los ojitos”, es una síntesis por el universo de la libido en que un escritor detiene el tiempo para narrar y construir la atmósfera de cada escena a gusto y piacere.

Nicolás Albamonte, Demián Bello, Martín Crespo, Manuela Fernández Vivian y Claudio Garófalo; componen esta obra que oscila entre montaje y realidad. Cabe resaltar la música que no solo decora la pieza artística sino que se eleva como una historia sonora paralela en la que se puede sentir cada nota como una vibración diferente.

Y, qué oportuno e inteligente es dicho aspecto ya que suele tomarse -en el teatro- a la música como algo ornamental por más que sea compuesta especialmente para la ocasión o se trate del género comedia musical.

En la ronda, pueden mirarse a la cara, a los ojos y discutir el propio o antagónico parecer. En dicho círculo tenemos que, nosotros como espectadores, mover nuestro cuerpo para descubrir lo que hacen y esta manera de presentar la historia demuestra la convicción de Senestrari por mostrarle al mundo su óptica sin que la puesta en escena sea perfecta y ordenada.

El desorden en que se encuentra un escritor a la hora de crear en su cabeza segmentos, como piezas de rompecabezas que luego irá uniendo de alguna manera sorprendente. Sorprender para sorprenderse y sorprender para erigirse como un sello distinto a una narración anterior o a un autor del mismo género.

A la vez que se escucha el compás de la música, el intelectual con gafas, toca -con precisión- la máquina de escribir, conjugando su devoción por las letras y el arte de contar.

Más allá del proceso de dicho escritor, es notoria la profundidad del grupo sobre adicciones y la gran investigación que habrán tenido que llevar a cabo para la composición de sus personajes.

Manuela Fernández Vivian es quien, como siempre, se destaca ya que logra interpretar a una joven, dulce y sensible, que ameniza con breves relatos amorosos -los cuales nada tienen que ver con lo sexual-. De hecho, ella tapa sus oídos cada vez que escucha el nombre de un miembro vinculado con la temática. Y, podrán cuestionar, cómo está tan atemorizada si su adicción es la misma que el resto de sus compañeros.

Sinceramente, develar todos los interrogantes de esta dramaturgia le quitaría completamente la gracia desmedida a “Semen en los ojitos”.

En un país como Argentina, en que algunos hombres siguen sintiéndose más machos por el tamaño de su miembro o las groserías dichas a las mujeres; es difícil poder decir qué porcentaje es realmente adicto al sexo y cuál lo simula para no quedarse afuera de la comparativa.

“Semen en los ojitos”, es todo lo opuesto que se pueda deducir sobre su título. Es una obra en que el arte se destaca y la pluma sigue, espontáneamente, el recorrido del corazón e intelecto.

ficha Semen en los ojitos

Mariela Verónica Gagliardi

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Taquito militar

Cámara lenta14

Aún veo esos pies descalzos, cansados de tanta lucha, de tanto golpe, de tanto dolor. Aún veo esos pies deformados por el deporte y las ganas de ese boxeador por llevarse a cualquier oponente puesto para frenar su ira. Aún siento que un boxeador es el excelente reflejo de un cuerpo que se desgasta paulatinamente, dejando vestigios imposibles de subsanar con el tiempo.

Corría el año 1979 y aún la democracia no estaba en los planes concretos de la Argentina. La dictadura militar -ese regimiento estructurado, que pretendía silenciar las opiniones y voces diversas-, estaba, y faltaría un tiempo más para que Alfonsín recuperara los escombros esparcidos en el suelo.

“Cámara lenta” (escrita por Eduardo Tato Pavlovsky) es un drama que simboliza a esos cuerpos agotados de tanto entrenamiento. En esta oportunidad, Dagomar (Jorge Lorenzo), es el boxeador que se enfrenta a los puñetazos de un rival, de la misma manera que quienes tenían una ideología diferente a la vigente eran callados con disparos o represión -en el mejor de los casos-.

Asustar, atemorizar, desvalorizar a quien siente que con su cuerpo no puede enfrentar todo el mal surgido. Golpear hasta el hartazgo, hasta que la sangre se convierta en un líquido difícil de distinguir. Hasta que su sequedad sea como la saliva que se evapora en este luchador empedernido.

Christian Forteza, el director de la presente dramaturgia, eligió narrar los hechos sin escenografía. Simplemente con una silla. Fiel al teatro clásico, todo el mérito se encuentra en el texto y en las interpretaciones que surgen desgarradoramente.

Como si durante un tiempo nosotros hubiéramos ralentizado todo nuestro intelecto, nuestra capacidad de discernir, la interiorización de la violencia se hizo obvia, la represión no era afuera sino que ya se transformaba en adentro. Hemos tenido que disimular o crear personajes para sobrevivir, y después nos hemos convertido a veces en los personajes, como si un actor se convirtiera después en un personaje que representó en teatro. Pienso que esto nos ha ralentizado en algún nivel y todavía no sabemos bien cuáles han sido los efectos”.

Esas palabras, extraídas del libreto original de Cámara lenta, sintetizan la idea principal de la obra. Una obra que puede tener múltiples lecturas, como suele ocurrir con los escritores que se abocan a temáticas socio-políticas.

Aún siento las pisadas firmes en el asfalto, a pesar de que no existieron durante la presente dramaturgia.

Sin mencionar el contexto histórico, mi mente se posó, repentinamente, en la descripta anteriormente. Imaginé los uniformes camuflados, la furia por no poder dominar con inteligencia los deseos de una sociedad que tenía otros sueños. Que, en verdad, tenía sueños y pretendía vivir según sus ideales.

Por otro lado, está presente la mirada autoritaria que se posa en Amílcar (Raúl Mereñuk), el entrenador de Dagomar. Si bien fue quien lo hizo famoso, quien le hizo ganar dinero y gracias a quien está “vivo”; aquel se benefició de todo. No existe bondad de uno sobre el otro sino total interés y, quizás, algo de pena por abandonarlo.

Las extremidades de este ex boxeador están entumecidas, no le permiten moverse por sus propios medios. Está exhausto, acabado. Aún respira, pero no logra que nada lo cautive. Él ha muerto como todos los idealistas de la época, una época que pintó de negro el cielo azul de la patria.

Esta obra, escrita durante los años que estuvo exiliado Pavlovsky en Madrid, goza de una riqueza extrema. Por un lado, de palabras que retrataban una realidad real. Y, por el otro lado, de la incertidumbre que se tenía aquella época.

Cuando me vinieron a buscar y tuve que abandonar todo, el manuscrito de Cámara lenta fue una de las primeras cosas en las que pensé. (…) El tiempo que se perdía en Buenos Aires durante la dictadura era terrible: los llamados, el miedo, los acontecimientos que te dislocaban, las inseguridades de la incertidumbre futura, uno nunca sabía lo que podía pasar al día siguiente”.

Los flashbacks permiten que los espectadores comprendan el pasado y presente de la pieza artística, así como la posibilidad de que los tres personajes destaquen unas temáticas por sobre otras.

Es ella, Rosa (Lorena Penón), quien con su suavidad y delicadeza le da una impronta sensible a la obra. Es ella la encargada de abrazar a estos hombres tan rígidos sin haberlo elegido siquiera.

La Rosa de antes, la amiga de ambos, la que acariciaba a uno, siendo observado por el otro. La mujer que no tendría que desnudarse sino solo mostrar sus pies, esas extremidades tan imprescindibles como para que un cuerpo esté en posición vertical, para que se sostenga, para que no dependa de nada ni de nadie. Ella, con pies perfectos como su aroma, como puede ser la fragancia de una de las flores más lindas, aquella que perfume tantas escenas sumergidas en olores nauseabundos.

Como la caída propia, vista y sentida lentamente. Como la muerte no repentina sino dolorosa, que se mimetiza con el exterior.

Como personajes y personas que pierden el sentido de la orientación. Que no encuentran su rumbo ni estabilidad. ¿Quiénes eran, quiénes son?

Si pudieran acelerar el paso del tiempo, seguramente, lo harían para solo seguir rememorando las peleas en el ring, los aplausos y cada billete que volaba por los aires recordando que nada es gratuito en la vida.

ficha Cámara lentaMariela Verónica Gagliardi

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Fortaleciéndose para morir

Vidé19Los textos de Vicente Muleiro van ventilando todo tipo de intimidad de este dictador -no para convertirlo en un héroe sino para demostrar que, a pesar de todo, era una persona, un ser humano-. Al decir esto no me estoy refiriendo a tomar una posición política determinada aunque jamás podría pronunciarme a favor de un líder-títere que destruyó masivamente a tantos inocentes que pretendían hacer valer sus propios discursos.

“Vidé, la muerte móvil” esboza lo que siente el dictador a momentos de morirse. Es tal el punto de inflexibilidad en su carácter que hasta decide cómo terminar en este mundo, qué le hace falta, qué decir, que callar. A simple vista se lo ve como un hombre con convicciones fuertes pero con una limitación para el amor.

Él (Marcelo D´Andrea) entrena a un soldado (Carlos March) que se aburre con tantos ejercicios y termina haciendo tap. A su vez, consiguen entablar un lazo en el que uno le enseña al otro diferentes cuestiones de la vida.

Cómo morir, eligiendo hacerlo cuando el cuerpo aún responde. Decidiendo fallecer con las mismas convicciones, sin arrepentimientos ni perdones.

Este es uno de los mensajes que más resaltan a lo largo de la dramaturgia que tiene el placer de ser dirigida por Norman Briski (y desplegada en su teatro Caliban), quien le otorga su don artístico junto a las palabras de Muleiro. El dúo convierte a Videla en otro soldado, a sus expresiones en verdades que quisieran implantarse en lo más profundo de la sociedad argentina pero que jamás lo conseguirá.

“Vidé, la muerte móvil” tiene el oportunismo de hacer reír, provocando diferentes reacciones en el público. Por un momento me detuvo a observar frente a mi lugar a una chica que fruncía el ceño, al lado a una pareja que reía a carcajadas y, así, tener la certeza de que la polémica será uno de los frutos más poderosos de la obra: durante y después de la función.

El código grotesco y de clown están presentes en cada diálogo y, la ironía, se encarga de impartir la enseñanza de poder, ahora, ser nosotros quienes tengamos el honor de sonreír frente al sufrimiento del gran represor del siglo pasado.

Si bien se entiende perfectamente esto, es un tema que sigue siendo sensible y lo seguirá siendo por siempre. Quien logre comprender que no es la intención de esta dramaturgia el enjuiciar una época o tipo de gobierno o política; ingresará en un universo en que se mezcla el canto, el baile y la actuación de tal manera que resulta imposible no disfrutar del espectáculo.

Una muerte móvil que lo espera para cuando esté preparado, que continúa impartiendo órdenes, delirando con sus discursos y ocurrencias, presentando un Falcon que marcó las desapariciones y fusilamientos de aquel entonces.

La escenografía no es estática y este factor permite que todo sea más ágil y artesanal, utilizando un placard no solo como tal sino como espacio, una cruz como lugar para confesar las peores miserias, para que su discípulo emita sus pensamientos, para que juntos delineen un esquema tan inverosímil con rebuscado.que

Ritmos musicales, bigotes estáticos, uniformes que marcan tendencias y estereotipan sin dar lugar a interpretaciones diferentes y el uso de la palabra como expresión principal de esta obra. Una palabra que se esboza y repite cada vez más fuerte hasta que ingrese, sin pedir permiso, en las mentes que deambulan por allí.

Cómo ahorrar, qué recursos utilizar, que ideología hacer predominar y no titubear jamás. Ese fue el plan de Videla, un hombre que no era respetado por su familia y que tomó revancha con quienes no lo merecían. Quien abusó de su poder para demostrar una hombría innecesaria.

Muchos personajes (necesarios por el argumento), interpretados por Carlos March, desfilan en esta estupenda historia que refleja un pensamiento, un modo de ver la vida y de cuestionar el pasado, enjuiciando en público a este hombre camuflado y dándole la única lección que se le puede dar en vida o muerte: que la unión hace la fuerza y no la fuerza física sino ideológica, sin resentimiento sino con sabiduría, conservando la memoria intacta y la sonrisa ante cualquier adversidad.

Vidé la muerte móvil ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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Empaquetando dolores

Fábrica de chicas21

Esta nueva propuesta de Osvaldo Peluffo reivindica los derechos de las mujeres a ser felices y valoradas, dejando de lado al machismo -ese monstruo tras el que se oculta la violencia de género-.

“Fábrica de chicas” (protagonizada por Anabel Ferreyra y Verónica Ayanz Peluffo) nos sumerge en la intimidad de dos empleadas durante sus jornadas laborales en el sector de embalaje. Solamente ellas están en escena y, los hombres citados o con los cuales se dialogo por diferentes medios, no aparecen. Y este punto es sorprendente ya que contamos solamente con las versiones de Alma y Esther.

Cada una tiene una historia en la cual predomina el sufrimiento, el fracaso y la tortura -de algún tipo-.

Esther es la encargada de Alma y, las personalidades de ambas, son contrapuestas. La primera, de alguna manera, pretende aconsejar a la segunda creyendo que tiene las herramientas necesarias como para lograrlo. Sin embargo, no asume que su descreimiento hacia el amor no la ayuda demasiado ni a ella ni a su amiga.

Una es seria, la otra alegre. A su modo, cada una intentará ocultar lo que padece -hace tiempo- para que la angustia no desborde.

Teatro El Damero, con su sala íntima, nos permite vivenciar los momentos más importantes para que , estas amigas, reconstruyan sus identidades.

La rutina las mantiene viva, aunque sus charlas cotidianas hacen relucir los conflictos no abordados. Justamente, las desgracias en sus vidas no son evitadas o prevenidas sino que cuando llegan, se estrellan con éstas hasta que las lágrimas las contornean por completo, como si ese fuera el proceso a seguir.

Causalmente, en la década del 70´ (más exactamente 1975), comienza a hablarse de violencia contra la mujer. Esto se debe a la Conferencia Internacional sobre las Mujeres de la ONU, que se lleva a cabo ese año y, a partir de la cual, muchas comienzan a animarse a decir lo que sufren a diario.

Si bien existen normas, convenciones, leyes, agrupaciones y varios movimientos que defienden a las víctimas de violencia; aún queda un largo camino por recorrer ya que la misma está muy naturalizada e institucionalizada siendo tantas veces los politicos quienes no dan el ejemplo ni se conducen como hombres de verdad, con un trato de respeto hacia quienes les dieron la vida.

Las mujeres como objeto y como mercancía no solo pueden notarse en la prostitución y trata de blanca sino en los programas televisivos y radiales que fomentan -para obtener más audiencia y, por ende, rating- este estereotipo que nos denigra hasta lo más profundo del corazón.

Ser mujer es un conjunto de cosas que solo entre nosotras podemos comprender. Podrán inventar todo tipo de tecnología como para que prescindamos de ellos, pero jamás existirá a la inversa. Y no se trata de que hagamos apologia del feminismo pero, a ciencia cierta, somos más débiles corporalmente aunque no emocionalmente. Gracias a la historia podemos conocer datos específicos de mujeres que han construido este país y el mundo entero, el universe. Deberíamos, siempre, valorarnos, amarnos y cuidarnos entre todas para que, de esa manera, nadie pueda derrotarnos.

Esther y Alma, Alma y Esther; trabajan en una fábrica y, sin conocer el argumento, podríamos creer en un ambiente desagradable, con golpes, violencia física. Sin embargo, muy de a poco, sabemos y entendemos que las agresiones pueden existir de varias maneras y que jamás tenemos que permitirla.

Pueden vivir sin hombres, al menos sin hombres golpeadores que las denigren. Pueden y deben quererse, saber que nunca van a estar sola, porque estar sin un marido no significa llegar al borde del abismo. No queda un Adán en la Tierra, sino muchos que se conocerán en el momento preciso.

Mientras envuelven cajas con la mercadería correspondiente, los llamados se suceden, las historias van y vienen, la vida surge y se termina; hasta que lo necesario se vuelve prescindible.

Escondidas en un depósito -con unos pañuelos y uniformes bien sobrios, marcando la rigidez de su trabajo-, a la vez que la recepcionista es humillada por su cuerpo exuberante y los engaños amorosos, temidos y no justificados, por quienes ejecutan aquellos daños irreversibles.

Fábrica de chicas ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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