*** Septiembre 2017 ***

La tercera posición3

Una cancha de tenis es el escenario en que se desarrollará una interesante obra de teatro, dentro de la que surgirán temas tan diferentes como suspicaces y tortuosos.

Lejos de ser un golpe o efecto de este encantador deporte, “La tercera posición” (escrita por Pablo García, Carla Maliandi) pretende ser para eruditos y amantes del arte, teniendo como principal público a adultos mayores por tratarse de los años cincuenta.

Puedo referirme a tercera posición política no por tratarse de funcionarios políticos necesariamente como es este caso. El arte acapara la dramaturgia y brota de cada poro de los protagonistas, quienes intentan reprimir sus sentimientos y callar ciertos secretos bien ocultos. Como todo lo que se tapa, en algún momento surge de la peor forma.

Pero, ingresando de lleno en el argumento de la obra, o en el argumento de la obra, un empresario (Eduardo Iácono) y su asistente (Anahí Pankonín), filosofan sobre el arte, artistas, argumentaciones idealistas y traumas pasados de sus vidas.

El ritmo lento de la historia permite que nos familiaricemos con ambos personajes que están muy bien interpretados y caracterizados estéticamente. A su vez, el polvo de ladrillo les sirve para relajarse en determinadas situaciones que sus nervios suelen explotar. No se trata de personas sencillas y complacientes sino todo lo contrario.

Ignacio, ama más al tenis que a su carrera. Irene, hace relucir sus saberes intelectuales para demostrarle a su jefe quién tiene realmente el poder.

Un hábil juego en que los rivales muestran cuán solo están y lo mucho que se necesitan para continuar viviendo. Dos fracasados por demostrar en vez de vivir como se les antoja, desfilan por un sinfín de palabras y textos interminables.

Ignacio tardó años en escribir su discurso, aquel que le permitiría triunfar en el ambiente elitista. Aunque, su secretaria le hará notar la fragilidad de sus argumentaciones y lo poco convincentes que resultan.

Palabras difíciles de pronunciar que solo sirven para rodearse de personas semejantes en vez de propagar mensajes puros y eficaces.

Es lo que el público quiere oír, de lo que se nutre. Esa cáscara que enmascara cada uno de los rostros presentes, aquellos que no vemos en vivo pero sí a través de proyecciones visuales, en blanco y negro. Mientras el piano se escucha, los nombres de músicos surgen y desaparecen, los favoritismos también, los gustos personales desde luego.

Irene es una joven mujer que sufre y se desgarra por dentro, a la vez que Ignacio disfruta de verla llorar y perder el aliento. Una simbiosis en que los dos demuestran el enfermizo círculo vicioso que crearon a lo largo del tiempo, el mismo que los mantiene a flote, embebidos en alcohol y con ropa aparentemente costosa.

Las artes plásticas son nombradas y llevadas a su máxima expresión en que, casualmente, no aparece ninguna figura. Solo un metalenguaje diabólico en que el tira y afloje es lo que predomina.

No se quieren ni estiman en lo más mínimo, solamente puede seguir siendo lo que son gracias a la existencia del otro. Ese otro, insospechado hasta que la dramaturgia demuestra lo contrario. Un conflicto nuevo aparece y, a partir de éste, lo que parecía tomar un rumbo se cambia por completo.

Los trajes, los vestidos de gala, la frente en alto y la falta de propósitos por decir -desde el corazón- monólogos sentidos con objetivos concretos. Telas suaves, una valija prolija, telas sin arrugas que pretenden significar un estilo de vida para pocos. Como si los pobres no tuvieran lugar en ese ambiente. Lamentablemente era así en esos años, los cuales no fueron hace tanto. Ahora podrá decirse en el siglo pasado.

Tomar para olvidar, jugar para entretenerse y hablar para eludir verdaderas responsabilidades. Esto es La tercera posición: la habilidad de argumentar sinsentido, solo para figurar. La tercera posición es la manera de salir fortalecido hasta del papelón más grande, incluso el de estar vivo sin saber para qué.

La tercera posición ficha

 

Mariela Verónica Gagliardi

 

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