*** Septiembre 2017 ***

Cámara lenta14

Aún veo esos pies descalzos, cansados de tanta lucha, de tanto golpe, de tanto dolor. Aún veo esos pies deformados por el deporte y las ganas de ese boxeador por llevarse a cualquier oponente puesto para frenar su ira. Aún siento que un boxeador es el excelente reflejo de un cuerpo que se desgasta paulatinamente, dejando vestigios imposibles de subsanar con el tiempo.

Corría el año 1979 y aún la democracia no estaba en los planes concretos de la Argentina. La dictadura militar -ese regimiento estructurado, que pretendía silenciar las opiniones y voces diversas-, estaba, y faltaría un tiempo más para que Alfonsín recuperara los escombros esparcidos en el suelo.

“Cámara lenta” (escrita por Eduardo Tato Pavlovsky) es un drama que simboliza a esos cuerpos agotados de tanto entrenamiento. En esta oportunidad, Dagomar (Jorge Lorenzo), es el boxeador que se enfrenta a los puñetazos de un rival, de la misma manera que quienes tenían una ideología diferente a la vigente eran callados con disparos o represión -en el mejor de los casos-.

Asustar, atemorizar, desvalorizar a quien siente que con su cuerpo no puede enfrentar todo el mal surgido. Golpear hasta el hartazgo, hasta que la sangre se convierta en un líquido difícil de distinguir. Hasta que su sequedad sea como la saliva que se evapora en este luchador empedernido.

Christian Forteza, el director de la presente dramaturgia, eligió narrar los hechos sin escenografía. Simplemente con una silla. Fiel al teatro clásico, todo el mérito se encuentra en el texto y en las interpretaciones que surgen desgarradoramente.

Como si durante un tiempo nosotros hubiéramos ralentizado todo nuestro intelecto, nuestra capacidad de discernir, la interiorización de la violencia se hizo obvia, la represión no era afuera sino que ya se transformaba en adentro. Hemos tenido que disimular o crear personajes para sobrevivir, y después nos hemos convertido a veces en los personajes, como si un actor se convirtiera después en un personaje que representó en teatro. Pienso que esto nos ha ralentizado en algún nivel y todavía no sabemos bien cuáles han sido los efectos”.

Esas palabras, extraídas del libreto original de Cámara lenta, sintetizan la idea principal de la obra. Una obra que puede tener múltiples lecturas, como suele ocurrir con los escritores que se abocan a temáticas socio-políticas.

Aún siento las pisadas firmes en el asfalto, a pesar de que no existieron durante la presente dramaturgia.

Sin mencionar el contexto histórico, mi mente se posó, repentinamente, en la descripta anteriormente. Imaginé los uniformes camuflados, la furia por no poder dominar con inteligencia los deseos de una sociedad que tenía otros sueños. Que, en verdad, tenía sueños y pretendía vivir según sus ideales.

Por otro lado, está presente la mirada autoritaria que se posa en Amílcar (Raúl Mereñuk), el entrenador de Dagomar. Si bien fue quien lo hizo famoso, quien le hizo ganar dinero y gracias a quien está “vivo”; aquel se benefició de todo. No existe bondad de uno sobre el otro sino total interés y, quizás, algo de pena por abandonarlo.

Las extremidades de este ex boxeador están entumecidas, no le permiten moverse por sus propios medios. Está exhausto, acabado. Aún respira, pero no logra que nada lo cautive. Él ha muerto como todos los idealistas de la época, una época que pintó de negro el cielo azul de la patria.

Esta obra, escrita durante los años que estuvo exiliado Pavlovsky en Madrid, goza de una riqueza extrema. Por un lado, de palabras que retrataban una realidad real. Y, por el otro lado, de la incertidumbre que se tenía aquella época.

Cuando me vinieron a buscar y tuve que abandonar todo, el manuscrito de Cámara lenta fue una de las primeras cosas en las que pensé. (…) El tiempo que se perdía en Buenos Aires durante la dictadura era terrible: los llamados, el miedo, los acontecimientos que te dislocaban, las inseguridades de la incertidumbre futura, uno nunca sabía lo que podía pasar al día siguiente”.

Los flashbacks permiten que los espectadores comprendan el pasado y presente de la pieza artística, así como la posibilidad de que los tres personajes destaquen unas temáticas por sobre otras.

Es ella, Rosa (Lorena Penón), quien con su suavidad y delicadeza le da una impronta sensible a la obra. Es ella la encargada de abrazar a estos hombres tan rígidos sin haberlo elegido siquiera.

La Rosa de antes, la amiga de ambos, la que acariciaba a uno, siendo observado por el otro. La mujer que no tendría que desnudarse sino solo mostrar sus pies, esas extremidades tan imprescindibles como para que un cuerpo esté en posición vertical, para que se sostenga, para que no dependa de nada ni de nadie. Ella, con pies perfectos como su aroma, como puede ser la fragancia de una de las flores más lindas, aquella que perfume tantas escenas sumergidas en olores nauseabundos.

Como la caída propia, vista y sentida lentamente. Como la muerte no repentina sino dolorosa, que se mimetiza con el exterior.

Como personajes y personas que pierden el sentido de la orientación. Que no encuentran su rumbo ni estabilidad. ¿Quiénes eran, quiénes son?

Si pudieran acelerar el paso del tiempo, seguramente, lo harían para solo seguir rememorando las peleas en el ring, los aplausos y cada billete que volaba por los aires recordando que nada es gratuito en la vida.

ficha Cámara lentaMariela Verónica Gagliardi

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