*** Agosto 2017 ***

Cuando la vida sorprende

La sala roja

Siempre se escucha acerca de las famosas reuniones de padres, en colegios y jardines de infantes. En ellas se suelen hablar de cómo se portan los niños, entre otras cosas. Lo que no se menciona es por qué los pequeños son como son o por qué hacen tal o cual cosa.

Cada vez más son los padres que se cuestionan si mandar o no a sus hijos al colegio. Y por más que continúan siendo minoría, es una minoría que va en aumento.

¿Puede haber docentes que, además de enseñar contenidos académicos, puedan contener a sus alumnos? ¿Por qué el sistema de enseñanza oficial trata a todos los niños por igual si no lo son? ¿Por qué asume el sistema que a todos les interesa aprender lo mismo y hacer lo mismo si no son iguales? No son iguales.

La sala roja (escrita y dirigida por Victoria Hladilo) es una obra de teatro que, en formato de comedia, logra mostrar la tradicional reunión de padres, dejando en evidencia que si ellos no son iguales, sus niños tampoco.

Existe la obligación de tener que ponerse de acuerdo en diferentes actividades, en diseñar un muñeco, en tratar diversos temas y en decidir por estos seres que -por más chiquitos que sean- tienen voz y voto. O, al menos deberían tenerlos.

Victoria Hladilo, además de escribir y dirigir esta magnífica historia, interpreta a una madre con muchísimo carácter, que va manipulando cada cosa y situación a su antojo. Ella es la mujer modelo o la modelo de mujer que ejecuta y dirige la batuta, que arma y desarma… la líder nata.

Dentro de cada personaje existe una elaboración exhausta del tema educación, de sus posibilidades, de las limitaciones de una institución y de una directora que se hace esperar.

Cada falencia se siente, cada voluntad se debate con la del otro y cada quien pretenderá imponer su punto de vista. Mientras tanto, una de las maestras oficiará de puente entre los llamados reiterativos de dicha directora y los ansiosos padres (Manuel Vignau, Verónica Mc Loughlin, Carolina Marcovsky, Victoria Marroquín, Axel Joswig y Victoria Hladilo); hasta que las cartas estén tiradas sobre la mesa. Hasta ese entonces todo será expuesto, cada uno quedará al desnudo con su pensamiento y no podrán simular demasiado su egoísmo.

¿Se puede ser culpable o juzgado por no querer ser parte del sistema capitalista, por no querer vacunar a un hijo o por pretender que éste coma de manera más sana?

Existe una fuerte comparación entre niños y adultos, entre hijos y padres, entre alumnos y superiores. Los padres, docentes y directivos son mostrados como superiores, como los que tienen la verdad y los únicos capaces de determinar lo que los “inferiores” merecen o les hace mejor. Los niños-objetos, no están presentes ni tienen lugar en esta dramaturgia. No se los ve ni conoce sino a través de la mirada adulta e infantil de sus señores padres, quienes ni siquiera tienen el deseo de acudir a dicha reunión y a formar parte del intercambio de ideas.

Como una organización de mando vertical, todo está delineado así y ni siquiera la inclusión de un nuevo miebro, podrá cambiar la situación.

El diferente es discriminado, torturado, castigado y excluido. Esto es mostrado tanto en el mundo adulto como en el de los niños. El más tímido es considerado como alguien despreciable e indigno de juntarse con los más populares.

Un sistema obsoleto que se descascara por completo entre gritos y pinturitas, entre bricolaje y pasiones desenfrenadas. Como el color rojo que enciende todo sin límite.

Esta salita que une a personas distintas y que imponen, a partir de juegos, sus ideologías.

Entre risas del público y una función verdaderamente hermosa (que tuvo incluso un pequeño corte de luz); se disfrutó de una historia bien narrada, interpretada y dirigida en escena.

La pieza artística tiene un nivel excelente, la historia nos mantiene en suspenso durante todo el tiempo, los diálogos son verdaderamente exquisitos y todas las bajadas de línea que puedan existir son suspicaces y sin caer en la redundancia.

Con todos los detalles para recrear al jardín, con guardas en las paredes, cartulinas, tijeritas, sillas pequeñas, mesas y masitas -sin harina ni azúcar-; que le otorgaron a La sala roja su momento de esplendor, su muestra de talento y la necesidad de trascender el aula con una temática tan importante como lo es la educación en nuestro país.

¿Es más responsable quien manda a su hijo al colegio?

Mariela Verónica Gagliardi

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