*** Octubre 2017 ***

Errante en la sombra37

Ser o querer ser como, es el tema central en esta obra de teatro que se ubica en los años 30´, en una época regida por los antagonismos de clases. Dentro de ese panorama, Federico Andahazi escribe “Errante en la sombra” -una novela que le da la oportunidad a aquellos artistas no reconocidos, de ser protagonistas-. En esta historia, el cantor Juan Molina es el homenajeado y traído a la fama de una manera original y atrapante.

Juan Molina (Carlos Ledrag) que conoció al morocho del Zorzal, al tan estimado Carlos Gardel (Gastón Biagioni). A un Gardel diferente, que es mostrado como enamoradizo, sensible y humilde en personalidad.

A lo largo de la obra musical (dirigida por Adrián Blanco), surgen muchísimos detalles que permiten que Errante en la sombra reluzca como es debido. El amor de Ivonne (María Lucía Gerpe), disputado por dos hombres que no se odian ni rivalizan entre sí, la violencia impartida por un padre que descarga toda su agresión en un niño, una madre sin la fortaleza suficiente como para defender a su hijo, el tango como motor que impulsa tantos sentimientos pasionales y contradictorios van delineando aquella sombra que le hace el número uno a Molina, sin siquiera saberlo.

Las canciones que ilustran y complementan la trama, son esbozadas por los protagonistas, con coros por parte del resto del elenco. A esto se suma un trío compuesto por tres músicos (Daniel Domino Iacovino, Pablo Germán Sensottera, Juan Schloeder y Leandro Ángeli) que, de principio a fin, van tiñendo con sus melodías cada escena de la dramaturgia.

Errante en la sombra es una historia popular, para que todos puedan disfrutarla por igual, conocer el momento más predominante de esta música y su respectiva danza, sentirse identificados y pertenecientes a una cultura rioplatense tan importante como necesaria. También, es bonita la forma en que se presentan los diálogos, ya que permite que no sea de manera cronológica sino que las escenas comiencen por el final, dándole una intriga mayor a la historia.

Una historia de amor es imprescindible para que el tango tenga éxito. Aquí ocurre, pero la desgracia también es necesaria como para que el amor sea más valorado por ellos y por todos los espectadores.

Sorprende visualizar a presidiarios, desde el inicio, como disparador de ideas y como escenario fundamental para que luego se entienda quién es y fue Juan Molina en esta ficción. Un hombre soñador, que pasaba sus días tocando la guitarra criolla y vocalizando sus propios temas, que intentó confiar en una propuesta de trabajo para salir de su casa -huyendo de tanto maltrato familiar-, pretendiendo ser aquel que siempre quiso, como sea y donde sea.

Cabe destacarse la voz de Gastón Biagioni -quien tiene un matiz diferente para detallar cada situación- al igual que su interpretación actoral, la cual que va pintando un cuadro de antaño y que logra retrotraernos a una época pasada, muy bien descripta en vestuarios, iluminación y códigos del ambiente-.

Una prisión en la que los propios condenados fueron sus oyentes y seguidores, retroalimentándose de una forma tan espiritual como conmovedora. Una actriz devenida en prostituta. Un Gardel que, al menos aquí, no es mostrado como el mejor sino como el segundo mejor. Un Juan Molina que comenzó cantando en coros religiosos y cayó en manos de cuanto chanta se le cruzó. Y, la figura del narrador presente (Pablo Goldberg) que se convierte en el sub-protagonista de Errante en la sombra ya que no solo da el pie a la siguiente escena sino que se compromete con su rol e interpreta tantas sensaciones y vivencias como pudieran transmitirse en un drama semejante.

Otra de las cuestiones a resaltar es la puesta en escena, dentro de la que se pueden visualizar cambios repentinos y ágiles, los cuales permiten que la composición de una situación se suceda de otra en tan solo segundos. Un preso lavando su ropa y fusionándose con el ritmo acontecido. Este preso que resulta ser el narrador y quien presenciará la intimidad de los tangueros que serán motivo de tristezas y melancolías, propias de los suburbios arrabaleros.

Las pretensiones son dejadas a un lado y reemplazadas por la realidad, una realidad que se debate entre la vida y la muerte.

Errar quedando en ese lado sombrío, propio de quien desea ser como, o de ser alguien diferente.

Juan Molina tenía la luz necesaria para brillar. No tuvo la mejor de las suertes pero lo intentó y eso lo convierte, ahora y siempre, en un ícono del tango. Al menos en estos escritos de Andahazi que lo erigen como tal.

Errante en la sombra ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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