Una melodía que se extingue junto al amor

PH: Mariana Lozano
Podría hablarse de sus profesiones, de cada una de sus pasiones y trayectorias. Sin embargo, sorprende que se deje a un lado la magnífica carrera de Marguerite Duras (interpretada por Débora Longobardi) y se mencione su intimidad amorosa, al igual que la de su marido.
Es entonces cuando un desenlace se avecina en lo que fue una historia de amor. Por un lado, un piano de cola. Por otro, un sofá de estilo inglés. Nada más les hace falta a estos dos actores que tomaron la responsabilidad de encarnarse en esta deleitosa dramaturgia de Duras, una de las piezas artísticas más conocidas de la autora. Fue en el año 1964, que se estrena en el Studio des Champs Elysées (París) y al siguiente año, junto a Paul Seban, la convierte en séptimo arte.
Si bien no es mucho lo que se conoce en nuestro país de esta escritora, realmente cautivan sus textos, sus diálogos, la manera de plasmar su biografía en ficción y, de algún modo, vivir a través de las letras.
Recorriendo su material e historia me topé frente a citas textuales en las que mencionaba su desagrado hacia las autobiografías. Evidentemente, solo quería que su pluma describiera cada uno de sus sentimientos. No se la puede juzgar a raíz de esto sino agradecerle el recorrido que hizo desde temprana edad hasta sus últimos días.
¿Qué es lo que puede verse durante esta breve pero profunda historia?
Lo que calló durante tanto tiempo un matrimonio, la desnudez de cada uno de sus tabúes, aquellas verdades que no siempre conviene decir -pero que, en esta oportunidad, se decide gritarlas-, la crueldad, la necesidad de herir con las más finas y selectivas palabras. Entonces, una despedida es el inicio de una nueva etapa para este hombre y esta mujer que parecen ser tan vulnerables como cada uno de nosotros. Que están ahí parados, meditabundos, con un tiempo a contrarreloj, que jamás se detendrá para mostrar algún arrepentimiento que valga.
Por momentos quisiéramos que ingrese alguien más a escena para diluir tanto dolor, aunque sabemos que eso no ocurrirá. Un amante aguardará su turno para tener entre sus brazos a quien ahora “le pertenece”. Mientras tanto, el hombre que vemos dirá todo para convencer a su esposa y de rogarle por momentos con el rostro cuánto la necesita.
Resulta desgarrador presenciar esta cita interminable, notar las lágrimas que rozan las mejillas, conocer los detalles y motivos de lo que podría haber sido y ya no será.
Su marido en la vida real, Robert Antelme, parece reencarnarse en Ulises Puiggrós y atravesar cada una de sus venas y arterias hasta hacerlo evocar aquellos tiempos pasados que, hoy, son solo ruinas.
Realmente es un trabajo extraordinario el de este elenco, un trabajo en el que es posible emocionarse, angustiarse y tener la esperanza de encontrar al verdadero amor, o al menos a aquél que nos haga vibrar.
El espacio escénico es el indicado y, gracias a éste, podemos palpar más esta ficción-realidad sin hacer el más mínimo esfuerzo por ingresar en un código dramático. La verdad se presenta ante nosotros, se esparce, camina, suena con agradables melodías y se apaga por completo.
La música es de esas obras de teatro que dan gusto conocer bien de cerquita, para sentirnos parte, para ser testigos pasivos y no poder participar más que viendo el tiempo caer.
Como un reloj de arena que que no es eterno en su medición y que nos permite, sin embargo, reconciliarnos con lo triste y ameno de la vida.
Graciela Pereyra es quien tiene la agudeza de recrear esta historia vertiginosa que nos hace sentir tanto como quisiéramos. Es gracias a la intimidad que todo fluye apresuradamente, con firmeza, ya sin dubitaciones y con la claridad que se tiene cuando ya todo se dijo.
Funciones: viernes 21.15 hs.
Teatro La Comedia.


Existen obras de teatro que una tiene la intuición y cuasi certeza de que serán gigantes. “Las esposas” (escrita por Daniel Santos y dirigida por Jorge Vieytes) es una de ellas. Pretendiendo estar neutra, cautivé miles de sensaciones a lo largo de la función que tuvo lugar en el teatro Metropolitan.

«Le pedí a Dios que me dejara estrenar esta obra». Esas fueron las palabras que dijo al final de la función el creador del musical Lord: Pepe Cibrián Campoy.
Año 1976, la dictadura más sanguinaria, turbia, violenta, que se llevó a miles de jóvenes -a los que incluso se privó de un nombre y apellido-. Esta es la historia que con música de rock nacional nos trasladará a La noche de los lápices, uno de los sucesos más conocidos durante dicha etapa y en la cual simplemente se pretendía (pretendían) velar por los derechos de los estudiantes.
La imagen principal de la obra es una pareja de futuros esposos. Como la tradicional que solemos llamar “muñecos de torta”, por su perfección innata. Claro que al conocer los pormenores, sabremos detalles tan profundos como el amor y el desengaño.
Escuché hablar sobre esta obra a una señora mayor, muy entusiasmada. Me la recomendó. No me agrada demasiado decir «soy periodista», «soy crítica» ni mostrar una credencial; sino estar abierta a escuchar a la gente, al público, que es quien tiene la real certeza y convicción de que una obra sea o no exitosa.
Estoy convencida de que un título es el que produce acercamiento o alejamiento. También considero que esto es un arma de doble filo ya que entraría en juego el prejuzgar sin conocer de qué se trata la propuesta.
Con una escenografía que nos ambienta inmediatamente en los años 50´, es que comienza esta historia. Una historia que fue real, pero será narrada brutalmente cómica por momentos para que podamos digerirla sin oponernos. Como saboreando un helado de chocolate al que no podríamos jamás decir que no.
Escrito
en febrero 3, 2017