*** Noviembre 2017 ***

lapices
ficha-lapicesAño 1976, la dictadura más sanguinaria, turbia, violenta, que se llevó a miles de jóvenes -a los que incluso se privó de un nombre y apellido-. Esta es la historia que con música de rock nacional nos trasladará a La noche de los lápices, uno de los sucesos más conocidos durante dicha etapa y en la cual simplemente se pretendía (pretendían) velar por los derechos de los estudiantes.

Lápices, un musical con memoria es un proyecto llevado adelante por un grupo de talentosos, a raíz de su proyecto de graduación de la carrera de coregrafía de la UNA (Universidad Nacional de las Artes). El libro, dirección y coreografías están a cargo de: Sol Cardozo y Paula Grosse, quienes demuestran su perfeccionismo y sensibilidad en cada detalle.

No quisiera dejar de lado a la atmósfera de sensaciones recurrentes que se pudieron lograr desde el escenario y hacia la platea durante el musical. Es cierto que la temática contribuye a conseguirlo pero también es real que las canciones

Un Centro de Estudiantes que lucha, hasta el cansancio, por una sociedad más justa, igualitaria y en la cual los tengan en cuenta a los jóvenes. Al mismo tiempo que ciertos adultos, padres, intentan y pretenden acallar toda protesta estudiantil, con mucho temor por lo que podría ocurrir, por la cobardía de quienes jamás se involucran en algo o, simplemente, por considerar todo como tabú y revolucionario.

Muchas veces lo más valioso es ultrajado y despojado de toda razón y sentimiento. Esto pasó, pasa y, posiblemente (si no se modifican ciertas cuestiones fundamentales) seguirá ocurriendo por el tiempo de los tiempos. Como si todo lo conseguido se esfumara de un soplido y los rostros de los luchadores en yeso, en cristal, en algo que puede derrumbarse y ultrajarse por despecho, por inseguridad, por pretender controlar hasta la respiración de una embarazada y robarle a su criatura a momentos de nacer. Esto es lo que se respira, así como el amor que todo lo puede, por el que a fin de cuentas siempre se persiste en pie y vivo aún cuando el cuerpo indique lo contrario.

Entonces, con la danza de Sol Grassi puede vibrarse toda una sintonía en que los valores siguen latentes, buscando por diquier a su amado, sumiéndose en un mar de lágrimas pero jamás abandonando su propósito. Sumado a ella, la presencia de Ignacio Bernárdez (quien encarna al rol de su novio), con una cadencia de movimientos y voz que se proyectan hasta lo más profundo. Claramente que son ambos acompañados por un cuerpo artístico y técnico que permiten hacer de este musical un producto de altísima calidad.

Lápices que se caen de los pupitres, unos pupitres que -de a poco- quedan vacíos, sin explicaciones ni refugios, sin olvidos pero con un nudo en el pecho por el que resulta casi traumático respirar sin asfixiarse.

Este musical, sin lugar a dudas, que debe continuar desfilando por los teatros, mostrando su gran creatividad y resaltando por las coreografías en que los cuerpos esbozan todo lo que la voz no alcanza a sufrir.

Cabe resaltar que los protagonistas de esta historia están muy comprometidos con el argumento y esto se puede observar en cada canción y tema interpretado, fusionando su expresividad y no dejando que solo unas notas sueltas sean aplaudidas. No siempre la comedia musical puede cumplir con este aspecto y menos aún cuando es menester involucrar el sufrimiento en la voz, permitiéndole que se quiebre cuando corresponda y que renazca al instante en un siguiente acto.

Una puesta en escena, a pulmón, demuestra cómo se puede cuando se quiere, haciendo prevalecer el talento de este elenco y otorgándole una dirección increíble a cada momento, involucrándose y logrando que todo fluya.

A su vez, un gran repertorio del rock nacional, en el que puede escucharse temas de Fito Páez, Mercedes Sosa, Sui Géneris, entre otros; es el que le da el vuelo necesario a esta cruel y sanguinaria etapa de la historia argentina y que, todos los presentes, podamos unirnos como es necesario para que no se repita en ninguno de sus aspectos. Porque hay quienes siguen afirmando que la “mano dura” es necesaria, que “en la época de los militares se podía estar más seguro”, y si bien son una minoría, quizás esa minoría se encuentre en ascenso y por ello el presente que nos toca atravesar.

Seamos conscientes, respetemos pero no creamos cualquier discurso propagandístico, ni avalemos la tortura -en ninguna de sus formas-. Sobre todo para que la lucha y “rebelión” defendida y llevada adelante por los más valientes, no sea olvidada como los 30 mil desaparecidos.

Mariela Verónica Gagliardi

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