*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Smash hit al centro del corazón

La tercera posición3

Una cancha de tenis es el escenario en que se desarrollará una interesante obra de teatro, dentro de la que surgirán temas tan diferentes como suspicaces y tortuosos.

Lejos de ser un golpe o efecto de este encantador deporte, “La tercera posición” (escrita por Pablo García, Carla Maliandi) pretende ser para eruditos y amantes del arte, teniendo como principal público a adultos mayores por tratarse de los años cincuenta.

Puedo referirme a tercera posición política no por tratarse de funcionarios políticos necesariamente como es este caso. El arte acapara la dramaturgia y brota de cada poro de los protagonistas, quienes intentan reprimir sus sentimientos y callar ciertos secretos bien ocultos. Como todo lo que se tapa, en algún momento surge de la peor forma.

Pero, ingresando de lleno en el argumento de la obra, o en el argumento de la obra, un empresario (Eduardo Iácono) y su asistente (Anahí Pankonín), filosofan sobre el arte, artistas, argumentaciones idealistas y traumas pasados de sus vidas.

El ritmo lento de la historia permite que nos familiaricemos con ambos personajes que están muy bien interpretados y caracterizados estéticamente. A su vez, el polvo de ladrillo les sirve para relajarse en determinadas situaciones que sus nervios suelen explotar. No se trata de personas sencillas y complacientes sino todo lo contrario.

Ignacio, ama más al tenis que a su carrera. Irene, hace relucir sus saberes intelectuales para demostrarle a su jefe quién tiene realmente el poder.

Un hábil juego en que los rivales muestran cuán solo están y lo mucho que se necesitan para continuar viviendo. Dos fracasados por demostrar en vez de vivir como se les antoja, desfilan por un sinfín de palabras y textos interminables.

Ignacio tardó años en escribir su discurso, aquel que le permitiría triunfar en el ambiente elitista. Aunque, su secretaria le hará notar la fragilidad de sus argumentaciones y lo poco convincentes que resultan.

Palabras difíciles de pronunciar que solo sirven para rodearse de personas semejantes en vez de propagar mensajes puros y eficaces.

Es lo que el público quiere oír, de lo que se nutre. Esa cáscara que enmascara cada uno de los rostros presentes, aquellos que no vemos en vivo pero sí a través de proyecciones visuales, en blanco y negro. Mientras el piano se escucha, los nombres de músicos surgen y desaparecen, los favoritismos también, los gustos personales desde luego.

Irene es una joven mujer que sufre y se desgarra por dentro, a la vez que Ignacio disfruta de verla llorar y perder el aliento. Una simbiosis en que los dos demuestran el enfermizo círculo vicioso que crearon a lo largo del tiempo, el mismo que los mantiene a flote, embebidos en alcohol y con ropa aparentemente costosa.

Las artes plásticas son nombradas y llevadas a su máxima expresión en que, casualmente, no aparece ninguna figura. Solo un metalenguaje diabólico en que el tira y afloje es lo que predomina.

No se quieren ni estiman en lo más mínimo, solamente puede seguir siendo lo que son gracias a la existencia del otro. Ese otro, insospechado hasta que la dramaturgia demuestra lo contrario. Un conflicto nuevo aparece y, a partir de éste, lo que parecía tomar un rumbo se cambia por completo.

Los trajes, los vestidos de gala, la frente en alto y la falta de propósitos por decir -desde el corazón- monólogos sentidos con objetivos concretos. Telas suaves, una valija prolija, telas sin arrugas que pretenden significar un estilo de vida para pocos. Como si los pobres no tuvieran lugar en ese ambiente. Lamentablemente era así en esos años, los cuales no fueron hace tanto. Ahora podrá decirse en el siglo pasado.

Tomar para olvidar, jugar para entretenerse y hablar para eludir verdaderas responsabilidades. Esto es La tercera posición: la habilidad de argumentar sinsentido, solo para figurar. La tercera posición es la manera de salir fortalecido hasta del papelón más grande, incluso el de estar vivo sin saber para qué.

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Mariela Verónica Gagliardi

 

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Espiral de sentimientos

Dos almas que en el mundo1

La relación entre madre e hija es una de las más controversiales y conflictivas. Podrá tratarse de un estrato social-económico o de una comunidad determinada, pero lo cierto es que es tan simbiótica en algunos casos que jamás podrá ser entendida por el mundo masculino.

«Dos almas que en el mundo» (escrita por Vicente Battista y dirigida por Walter Velázquez) confirma la teoría, utilizando el melodrama como género principal para narrar la historia,valiéndose de la técnica clownesca.

De repente las luces se encienden y podemos verla a Emilia (Paula Kohan) -una mujer vestida de negro con unas gafas de sol, y muchos pañuelitos de papel en el apoyabrazos de un sillón que dan cuenta de su gran resfriado.

Pero una vez que avanza la historia se descubren varios aspectos de su personalidad como que es hipocondríaca, manipuladora y egoísta. Dichas cualidades no la dejan bien posicionada ante su hija Mercedes (Mariana Jaccazio).

Y acá es donde surgen los conflictos ya que ésta vive una vida totalmente humillante y desesperanzadora.

Vivir la vida de otra persona es una de las cosas más tristes que le puede tocar a un humano. Vivir bajo las reglas y normas de una madre acaparadora, aún más.

Son muchas las identificaciones que se pueden trazar entre esta dupla y otras tantas de la realidad. Quizás la exageración de la pieza teatral permita que las carcajadas se unifiquen en un grito voraz que suene tan prolíficamente que asuste. Madres judías, italianas y de otros clanes podrán dar cuenta de esto.

Una respiración que para continuar, debe escuchar una historia, dos historias, mil historias que son parte de un mismo origen: la llegada de un «extraño».

Ese personaje incógnito nunca llegará a la casa de esta familia, pero lo importante no es sólo este dato sino de quien se trata. Podría ser cualquier persona, sin embargo, se trata de Gabriel -el nuevo novio de Mercedes-. En vez de Emilia alegrarse por la felicidad de su hija, afloran de su ser los peores sentimientos y deseos, demostrando cuán frágil es y el poco sentido que tendrá cada uno de sus planteos.

La soledad interna, la necesidad de sentir poder cuando se perdió casi todo por malas decisiones y por miedo a elegir un camino diferente.

En cuanto al relato, se esboza cíclicamente como la vida de ellas, con extremismo tan esquizofrénico como necesario. Tan imprescindible como un nebulizador, como las pildoras y como cada inyección que se aplique. La locura pasional las unirá y separará constantemente. No existe una víctima ya que ambas están tan enfermas como para no darse cuenta de lo urgente que resulta separarse. Son de la misma sangre y este es el único factor por el que no logran volar hacia otro rumbo más saludable.

Todo es un ritual que empieza y termina, que las hace reír, llorar y echarse en cara todo tipo de resentimiento no sanado. Este ritual las hunde cada vez más y tal como si fuera un sube y baja, logra cada una tener su momento para expresarse tan brutalmente que consigue hacer sentir lo más oscuro en la otra.

¿De esto se trata el amor? ¿De qué se trata el amor?

¿Es, acaso, amor el depender de otra persona para salir a flote, para avanzar en un metro cuadrado, para sentir placer y satisfacción al hacer sufrir a la única persona con la gente se cuenta?

Este tipo de vínculo precisa de entendimiento y aceptación. De un Gabriel que rompa con lo transitado hasta acá que se pudre como cualquier alimento orgánico mal conservado.

Sin risas, todos los diálogos provocarían un dolor tan inmenso que sería imposible de soportar.

Paula cantará junto a su hija, quien tocará el piano. Así, las dos, pretenderán distraerse de la caótica vida, esa que les tocó, que no pudieron modificar y que, de algún modo, les sirvió hasta el momento.

Dos interpretaciones excelentes a cargo de dos jóvenes talentosas que se encargarán de tener un nivel de oratoria suspicaz y convincente. Cuando todo parece finalizar, ocurre algo que demostrará a quién le toca dirigir.

¿Quién es realmente Gabriel?

Mariela Verónica Gagliardi

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Dinamarca arde en llamas

Niño en estado adulto9

La quinta edición del Festival Shakespeare Buenos Aires tiene un abanico de propuestas interesantes pero no amplio en cuanto a las obras escogidas del autor. Esta selección, permite que veamos por ejemplo dos versiones totalmente diferente para luego analizar el género predominante.

“Niño en estado adulto, nieve que arde o lo que quedó de Hamlet” (escrita y dirigida por Amalia Tercelán) tuvo lugar en el Teatro Beckett y la repercusión, durante la función, demostró que la adrenalina del espacio escénico se trasladó a las butacas. El horario escogido fue la medianoche y, junto a ella, surgieron todos los placeres juntos para desarrollar la historia del príncipe Hamlet (Martín Gross) pero desde una arista no convencional.

Él es adulto y, sin embargo, se transforma en pequeño para expresar lo que sintió en aquel momento tan desgarrador en que su padre fue asesinado por su hermano (Franco Planel) quien se quedó con su cuñada (Vivian Luz Piemonte). Esta nueva pareja, ante los ojos del niño, fue un mal ejemplo, depravada y, sobre todo, mostrando a Claudio como un verdadero oportunista que -sin ningún tipo de pudor- se paseaba delante de su sobrino como si fuera un ejemplo de vida.

La lujuria es el elemento central de la obra, a partir del cual los personajes interactúan, se complementan y se diferencian. Los seis pecados capitales restantes son: pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia. Cada uno de éstos se ve representado específicamente sea a través de un personaje o de alguna de sus acciones.

Son detractores del catolicismo y solo tiene sed de amor, devoción incluso por sus propios cuerpos, un marcado favoritismo por hacerse notar pretendiendo ser escuchados de verdad.

En cuanto a la pereza es el menos ejemplificado durante la obra pero que cae de lleno en Laertes (Mariano Echeconea) -quien se mantiene absorto hasta casi el desenlace de la historia-.

Helados de diferentes gustos y bebidas alcohólicas desfilan por el castillo convertido en living hogareño, un living que brilla y sirve de confesionario para todo aquel que necesite desahogarse y no tenga con quién.

Estos placeres gustativos son acompañados por una pianista (Fernanda Zappulla) que deleita no solo con sus melodías sino con un gran despliegue vocal que incita a la risa constantemente.

Resulta imposible no pasar una velada agradable, junto a Shakespeare, quitando todo tipo de máscaras y dejando al desnudo a estos personajes tan controversiales como reales. Y, justamente, borrado todo vestigio del periodo renacentista originario logran, indiscutiblemente, interpretar una performance bien Argentina.

Uno de los puntos de inflexión acerca del relato se refiere a la relación entre madre e hijo, o sea, entre el príncipe Hamlet y Gertrudis. El complejo de edipo parece haberse quedado en el tiempo sin permitirle al niño crecer normalmente. Es así como lo vemos jugar con un caballito en el que salta de extremo a extremo, intentando conservar su personalidad sin enloquecer en el intento.

Con respecto a Hamlet Rey, ya muerto, no aparece en escena pero sí a través de unas proyecciones visuales, en blanco y negro, permitiendo que esté dando sus mensajes para que nadie lo olvide. Hacia un lado aparece Claudio y hacia el otro, su sobrino. Ambos tienen su turno para hablar aunque ya conocemos quién es quién y las atrocidades llevadas a cabo por el asesino del Rey.

Es Ofelia (Antonella Grosso) un personaje gracioso y grotesco, que permite dilucidar el lugar que ocupa una mujer, lo poco que le interesa el poder y su gran propósito por estar con quien quiera cuando quiera. Cuando sus sentidos le den la orden para ir hacia Hamlet o hacia quien seduzca con la mirada.

La nieve vendría a significar los paños fríos que necesitan los integrantes de la tragedia para seguir adelante sin morir de pasión desenfrenada. Y lo que quedó de Hamlet, trasluce los misterios humanos, los motivos por los cuales los más perversos consiguen “triunfar” a cualquier precio.

“Niño en estado adulto, nieve que arde o lo que quedó de Hamlet”, transmite esa adrenalina impregnada durante la adolescencia que perdura por el tiempo que se reavive. Esta obra de teatro es una excelente manera de unir el canto, la música y la actuación, de la mano del clásico autor dramático y consiguiendo un resultado fabuloso.

Puede presenciarse un gran trabajo entre todo el elenco gracias al cual, indefectiblemente, se obtiene a un príncipe sufrido que opta por enfrentar sin miedo y asumir lo que el destino le procure.

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Mariela Verónica Gagliardi

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La escasez puede transformarse

Iván y los perros7

Con las manos cansadas, desgastadas y llenas de vergüenza, este niño de tan solo cuatro años deambula por las calles desoladas de Rusia durante el invierno. Durante dos inviernos. Buscando alimentos, amor, aceptación y, por sobre todo, amparo.

Durante los 90’ la pobreza invadía al país, impidiendo que las familias tengan lo necesario para subsistir. Varias de ellas empezar a hacer valer su instinto y se deshicieron de aquello que no les “aportaba”, sino todo lo contrario. Los perros fueron las primeras víctimas y, tras ellos, continuaron los pequeños.

“Iván y los perros” (escrita por Hattie Naylor, originalmente Ivan and the dogs, de Paul Dodson) es una conmovedora dramaturgia que está basada en la vida de Iván Mishukov. A lo largo de la historia ocurren diferentes puntos interesantes e impactantes, imposibles de ignorar.

Por un lado, se trata de un niño en busca de lo básico para no fallecer. Entre la nieve, la comida que va consiguiendo inconstantemente y los peligros de la calle; podemos trazar un paralelo con miles de menores que deben pasar por la misma situación a diario en Argentina y en otros países del mundo. Sucede que tenerlo enfrente provoca un sacudón, un tirón de orejas fuerte y un nivel de conciencia que no podrá rechazarse con la mirada.

Emiliano Dionisi interpretará a esta criatura, quien enternecerá a todo el público presente, produciéndole lágrimas difíciles de ocultar, y sollozos, durante la función. Esto se debe, sin lugar a dudas, a la veracidad del hecho y a la gran actuación desarrollada en escena. Con un pijama debajo de su ropa, se verá obligado a aprender los aspectos más miserables del universo.

Con respecto a la escenografía, ésta tiene un atractivo notable, además de cumplir con el propósito de hacer sentir en penumbras al pobre Iván. A medida que avanzan las proyecciones, el personaje se agobia, se estremece, intenta huir de la tristeza y superar -con su corta edad- todo el terror que pueda presentársele. Sin embargo, lo que menos se esboza en su rostro es desesperación. Chiquito, movedizo y ágil intenta solucionar cada problema en su momento. Son muchos, pero tiene la alegría de todo niño para sobreponerse.

Los perros llegan, comparten espacios públicos, se mueven en conjunto, atacan, se defienden entre ellos… viven.

Iván, solo y desamparado quiere estar a salvo. Quiere vivir. Es así como desarrolla al máximo su instinto de supervivencia uniéndose a ellos. Claro que los animales se reconocen entre ellos y saben quién es diferente. Iván aprende, a la perfección, los detalles de sus conductas, sonidos, maullidos, ladridos y movimientos como para mimetizarse y ser uno más.

Este es el aspecto más estremecedor para analizar: la humanidad. Una humanidad que no busca la solidaridad sino el exterminio, que indaga en los valores para después hacer primar el egoísmo.

Como si se tratara de especies antagónicas, hombres y perros garronean alimentos y pretenden adueñarse de un mundo que no es para unos u otros sino para ambos.

En cuanto a la dirección de la obra, Mariano Stolkiner y Gustavo García Mendy se desempeñan de un modo detallista y refinado, asistiendo sonora y visualmente a la pieza teatral. Así, las acciones del intérprete logran lucirse al máximo, demostrando cómo es posible aspirar a la unidad artística.

Corriendo, trepando, escondiéndose, deseando volver al hogar con su mamá, sin resentimientos, desprovisto de maldad. Solo y, a la vez, tan grato, continúa su andar como tantos otros niños del mundo. Este, en especial, tuvo la virtud de vivir aventuras inimaginables, sin odio, sin violencia. Un ejemplo para la humanidad que suele posicionar su mirada a un horizonte ficticio.

Iván y los perros es una verdad convertida en arte para que fluya, para repensar la historia del hombre desde sus orígenes, para despertar sin sobresaltos y valorar -en todo momento- el amor.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Escalera a la fama

Romeo y Julieta, una obra en construcción11

Dos actores son convocados para protagonizar la obra Romeo y Julieta. Pero sucede que el resto del elenco no podrá llegar a tiempo para la grabación y solo ellos tendrán que remontar el inconveniente.

De esta manera, los dos actores, representarán, formidablemente, las escenas más emblemáticas de la historia, utilizando los pocos objetos que a su alcance.

En medio de la gran desesperación e incertidumbre, Romeo y Julieta atravesará momentos trágicos, otros cómicos y otros tristes; predominando siempre la magia de la risa. Al sentir que están haciendo el ridículo y que todo está perdido; conseguirán una nueva versión del clásico de Shakespeare muy dinámico y entretenido.

Basándose en la frase de «el show debe continuar», ellos sienten que es un desastre lo que están llevando adelante a la vez que el director les da aliento diciéndoles cuán extraordinario está saliendo todo.

Utilizando la imaginación e invitando a los niños a jugar con ella, podremos descubrir que ciertos objetos impensados sirven para situarnos en tiempo y espacio sin precisar grandes lujos.

El famoso balcón ahora será representado por dos escaleras y, los amados, se mirarán a los ojos prometiéndose lo más profundo. Se respetarán los lineamentos principales de la historia que masivamente se conoce y la palabra veneno deambulará por la sala como si se tratara de una poción difícil de ignorar.

Un gran desenvolvimiento corporal y destrezas físicas se ven en escena, intentando ocultar la vergüenza ajena tras desplazamientos rítmicos.

Pata de ganso, un lugar muy familiar, llenó su sala y, entre todos, logramos darle aliento a esta versión de Romeo y Julieta. Prescindir de un escenario al igual que de objetos tradicionales para montar una obra épica es la solución para, muchas veces, crear productos artísticos diferentes y romper con los clásicos que se repiten sin, en general, cambiar o adaptar relatos a estos tiempos modernos en que es preciso facilitar el lenguaje y códigos para que un público más heterogéneo logre comprender las tragedias románticas de fines del 1500.

Sábanas, escobas, escaleras, telas pintadas e inclusive el sol y la luna que giraban para marcar el paso de las horas. Una función plagada de risas con tanta espontaneidad como empatía con los espectadores, consiguió marcar una huella entre grandes y chicos.

De este modo, el Festival Shakespeare le dio un lugarcito a Mónica Spada y Pablo Di Felice, quien dice no haber triunfado en Clave de sol, pero asume que en algún momento lo hará.

Quizás sea ahora, en vivo, junto a los niños, a su voz cautivante y a la de su compañera. Pasos firmes, luz, cámara y acción para que hagan magia con lo poco que encontraron detrás de bambalinas.

 Mariela Verónica Gagliardi

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Fragildad en estado de inmersión

El hombre lobo11

Con un disparo en la pierna es juzgado, aborrecido, temido y maldecido. Él, que solo pretende encontrar a su gato, es invitado a pasar y, de ahí en adelante, podrá conocerse la verdad del feroz hombre. Ese hombre que en las noches de luna llena logra burlarse del resto, mostrando colmillos y posturas grotescas, totalmente diferentes a las de un humano.

Esta historia, basada en la leyenda del lobison, seguramente, tiene la rigurosidad que muy pocos dramaturgos logran. Ese virtuosismo en las frases como para centrar al espectador en un tema y, luego, cambiar rotundamente, el desenlace.

Eduardo Rovner consigue que tres amigos se junten una noche en la casa de uno de ellos para explorar varios universos posibles e imposibles. Si bien la temática es la que hace referencia al título de la obra, en ésta se consiguen analizar otros subtemas mucho más profundos que la metamorfosis de un hombre mordido por la bestia.

Se cuestiona si un cazador puede no sentir culpa al matar y es que lo que se intenta es concientizar sobre un asesinato. Quien quita la vida para comer posiblemente no tenga cargo de conciencia, pero quien sienta placer al aniquilar un ser vivo, seguramente sí sienta que llevó a cabo un crimen.

Son sumamente interesantes los diálogos que giran en torno a esto y vale la pena ir más allá con el corazón y con la mente para iniciar un camino personal más coherente y real.

Y si no existiera la culpa, estos cazadores ni siquiera hablarían de dejar la caza. Posiblemente, siguieran con su rutina que tanto los fervoriza y llena de adrenalina. Por datos que nos van proporcionando, se trata de un conjunto de sensaciones diferentes que los impulsan a apretar ese gatillo disparando sin parar; no pensando en los latidos puestos en pausa para siempre.

El universo Rovner sí o sí entretiene, relaja y, más tarde, clava el anzuelo en el punto débil que tenemos como sociedad.

Entre anécdotas, historias y chistes de distinta índole; los amigos reciben a una mujer que los seduce con sus bailes como un ritual de luna llena. Y aquí surge otro punto importante que se refiere a ella. A simple vista solo es una mujer de la noche, aunque todo lo que compartirá con sus amantes será la puerta a lo que ellos intentan descubrir.

Aniquilar vidas ajenas por cobardía, por necedad o, peor aún, por temor a no revelar la propia identidad. El miedo a ser juzgado como poco valiente por otros hombres es lo que acobarda mayormente a estos mortales que frenan solo para apropiarse de dichas vidas ajenas.

Ladrones de verdades tapadas con cualquier manto encontrado, balas de plata que pretenden atravesar de un solo tiro, voces y pasos sospechados. Todo pasa esa noche y solo nosotros como público podremos conocer la verdad absoluta. Este es el principal hallazgo a lo largo de la dramaturgia: el conocimiento que se escatima a los demás personajes y que se comparte con los espectadores por no quedar otra alternativa posible.

Cada planta que va creciendo oculta más espacios vacíos en que podría esconderse el hombre lobo. Este “monstruo” que intentará vengarse de quien le disparó un mes atrás.

Este thriller considero que es más psicológico que convencional, permitiendo que la pieza teatral sea lleva adelante con un ritmo firme pero pausado, el cual da la oportunidad de que puedan elaborarse tantas teorías como se quieran hasta encontrar la preferida, aquella que encaje a la perfección con el desenlace de la historia.

Los simbolismos son imprescindibles en El hombre lobo -que necesita disfrazarse con un pelaje más grueso y, así, ocultar su fragilidad- utilizando diversos recursos para justificar el aniquilamiento.

Por último, la figura femenina es usada como objeto sexual, pretendiendo que su esencia sea dejada de lado en cada movimiento de su cuerpo. Ella es quien marca el recorrido del relato a pesar de hacerse énfasis en el género masculino.

Cada detalle visual y sonoro serán los protagonistas, más allá del texto que pretende llevarnos por un camino caprichoso e inteligente.

Cuántos hombres lobos andarán merodeando por ahí, pretendiendo ser confundidos con arbustos o animales voraces, intentando ser absorbidos por bosques inmensos para evitar asumir dolores impostergables.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Objeto de caprichos ajenos

Casandra iluminada4

Los mitos y leyendas son apasionantes y permiten que quien no conocía sobre una historia, pueda inmiscuirse de a poquito. Escuchando o leyendo, vamos recreando ese mágico universo sobre un hito real o ficticio.

En esta oportunidad, Casandra es la elegida para narrar sus propias vicisitudes, karmas, fatalidades y desilusiones, desde su propia voz, intentando desahogarse de algún modo.

Noemí Frenkel, escribe y protagoniza este unipersonal con un tema emblemático y vigente como lo es la violencia de género.

Es que aún la sociedad no logra entender qué es la violencia, siquiera, como para asumir que las mujeres somos más maltratadas que los hombres y que, además, existen diferentes tipos de agresiones para llevar adelante.

Esta versión de Casandra (titulada Casandra iluminada), además de contar a grandes rasgos el contexto de su vida y entorno, se centra en lo que siente. Desde su humilde posición, habiendo sido manipulada por varios hombres que pretendían diferentes cosas de ella; decide romper el silencio. Decide hablar para que no se repitan sus calamidades, para que la violencia se erradique -ya que de nada sirve-.

Vestida de blanco, como símbolo de pureza, con una muñequita igual a ella, se mueve, se desplaza. De repente, cae, exterioriza su sentir, se toma el tiempo que precise para -desde ahí- continuar su relato.

Los sonidos y la iluminación cambian, constantemente, para que la artista pueda focalizar en un tema u otro. Así es como se vuelven imprescindibles y, juntos, transitan momentos tristes y desesperanzadores.

Apolo es quien tortura a Casandra, maldiciéndola de tal manera que le quita poder a su don. Sin que nadie crea en sus predicciones, ella se sumerge en un mar de lágrimas -el mismo que la acompaña en una de las últimas escenas de la obra-. Esas aguas calmas y turbias, celestes como el cielo y frías como el desarraigo.

Casandra, abusada por su padre (el Rey Príamo) cuando, seguramente, ni se sabía el significado real de la palabra. Casandra que por no amar a quien la amaba fue maldecida. Casandra que fue entregada por su propio padre como trofeo a Agamenón. Casandra que, hoy, tiene la oportunidad de decir qué sintió antes de perder la vida o de quitársela.

No solo la dramaturgia es excelente sino el desenvolvimiento de su cuerpo en escena, teniendo un dominio total de cada extremidad y de su respiración. Podríamos no mirarla con los ojos para comprobar que en ningún momento exige a su respiración algo de aire para continuar. Sus posturas son perfectas y el entrenamiento que hace función tras función la dotará de avidez y militancia. Esta lucha que día tras día se lleva a tantas mujeres inocentes incapaces, a veces, de defenderse.

Esta combatiente, encerrada en un espacio que podrá ser abierto o cerrado según el momento a narrar; le permite a Frenkel doblegarse a su criterio. Parece no tener inconvenientes para tomar la forma que quiera, posicionar la mirada en un punto fijo, ser niña y adulta a la vez. Tomar conciencia de que su fin está por llegar y que ni siquiera haber predicho el sentido del viento o la misma Guerra de Troya, la eximieron de tanto dolor.

Sumisión, obediencia y maltrato fueron los sentimientos que invadieron a lo largo de su existencia a la desdichada princesa, quien con su hermosura despertó la ira de más de un hombre, despojándolos de sus pasiones y extirpándole verdades anticipadas.

Desprovista de esa fortaleza y suspicacia como para escudarse ante cualquier agravio, siente que ni siquiera sirve para cortarse tan bien la lengua y, así, quitarse el habla: (…) creí que iba a hacerlo tan bien tan bien que iba a estar liberada de hablar por el resto de mi asquerosa vida… qué fea palabra ¿no? ¿Asquerosa vida? (…).

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Mariela Verónica Gagliardi

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Ni San Cayetano se salva

El pan de la locura12

Es uno de los rubros que más se ve en un barrio, en un pueblo y en una ciudad. De diversos estilos y categorías, permitiendo que los clientes disfruten de ese aroma tan característico. Pero, ¿qué pasa cuando el negocio no está en condiciones, bajo ningún punto de vista y da lo mismo satisfacer que perjudicar?

La obra de teatro El pan de la locura (escrita por Carlos Gorostiza en 1958), muestra muy al estilo del autor cómo se puede atravesar una crisis. En principio parece ser algo cotidiano, la rutina que pesa, que abruma, que aburre; aunque luego se conocerá el real motivo de esta panadería, la ambición y ceguera de su dueño, el dolor por ocultar los sentimientos y una enorme cantidad de ejemplos que pueden notarse gracias a las caracterizaciones de sus personajes.

Mientras el pan es amasado por un inmigrante italiano que entretiene con sus agradables anécdotas, sus compañeros intentan jugar como niños -olvidándose del lugar en que trabajan-.

Justamente, la abstracción, es lo que los mantiene a salvo, permitiéndoles sonreír aunque solo sea por unos instantes.

La actuación de Matías Montaldo se disfruta desde que aparece en escena hasta que todo concluye. Emociona tanto su rol como profesionalismo, realizando uno de los personajes más difíciles de lograr e interpretándolo en todo momento sin perder rasgos durante el desarrollo.

Del resto del elenco también pueden destacarse unos más que otros (como ocurre con Soledad Andrián, Marcelo Ferreyra y José Manuel Mancera pero, tal vez, se trate de un gusto personal según los estereotipos creados.

En cuanto al eje central de la historia, se trata de una noticia que provoca la ira del más poderoso y la libertad del resto. Es gracias a un nuevo empleado que se conoce sobre una enfermedad que está alcanzando cada vez a más personas pero que se ignora su origen, entre otras cosas.

La locura es temida, desplazada, tapada e inclusive ultrajada por los más conflictivos. Una harina contaminada que no producirá malestar sino demencia, dolor físico y la muerte.

Son varios los pretextos que van surgiendo a lo largo de la dramaturgia y es muy interesante la complicidad que se produce entre una y otra persona.

Idefectiblemente, no pude dejar de acordarme de El puente y unir conceptos fundamentales entre ambas historias. Es increíble y estremecedor cómo la quietud puede ser corrompida por la voz externa. Cómo se le da entidad a cualquiera, cómo es necesario creer en algo o en alguien para sentir seguridad de algún modo.

Es esto lo que ocurre en El pan de la locura: la rutina los mantiene como rebaños sin que puedan cuestionar al sistema. Sin embargo, el padecimiento ajeno va creando conciencia en ellos y despiertan, de a poco, de esa quietud inmensa en que permanecían.

Ellos, son tildados como sujetos no pensantes, ignorando que en verdad tienen demasiado para decir y que cuando eso ocurra podrá ser demasiado tarde para quien los subestimó.

Con respecto a la escenografía y puesta en escena, realmente, logran recrear el espacio físico como una panadería de verdad. Utilizan mercadería real, utensilios y determinados objetos que están relacionados con el rubro. Sin lugar a dudas, la harina, es el elemento que nos permite sumergirnos en esta comedia dramática en la cual es imposible sentirse ajeno. Por el lado del vestuario, es el tradicional blanco del rubro, utilizando, además, ropa de calle normal en ciertos momentos de la historia.

La luz, tenue, más bien sepia, logra trasladarnos a esos años en que la Argentina intentaba conseguir una estabilidad política y económica, sin conseguirlo demasiado.

Todos tenemos cosas para replantearnos día tras día, pero ellos tiene al menos una oportunidad para cambiar sus rumbos, para desvincularse de un engranaje que en nada los beneficiaba y para poder ser parte de un nuevo modelo impulsado por ellos mismos.

Fueron muchos los cuerpos que cayeron tras el envenenamiento en Francia. Quizás por su lejanía costaba creer que en este barrio porteño ocurriera algo semejante. Ni la corrupción ni el egoísmo ni la burocracia pudieron salirse con la suya.

Tras los enmascarados estaba oculta la miseria, tan perversa como cierta y tan real como inesperada.

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Mariela Verónica Gagliardi

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¿Cuán creativo puede ser un niño?

Locas canciones7

María Elena Walsh, fue y será la autora para niños más importante. Desde el contenido de sus canciones hasta su intentiva, la posicionaron en el lugar que se merecía. Habiendo tenido que exiliarse del país, durante una de las dictaduras militares, su originalidad y valentía le dieron el don de propagar su voz por todo el mundo; depositando su ideología una y otra vez.

Muchas de sus canciones se continúan escuchando en diferentes espacios -públicos y privados-, analizando cada letra y apropiándose el argumento.

María Elena es nuestra y basta con oír un verso para recordar el título de la poesía o poema, para desear que continúe por siempre la melodía.

«Locas canciones» es un musical (escrito y dirigido por Hector Presa) que transita por algunos de los trabajos más interesantes de la autora argentina, otorgándole el plus de cuestionar varios de los aspectos concernientes a éstos.

Una reunión con María Elena les permite a tres niños descubrir un nuevo mundo en el que predomina la creatividad personal, sin fronteras ni lineamientos que determinen lo que está bien o mal. Mientras exista una aproximación a la rima, pueden inventar lo primero que se les cruce por la cabeza.

(…) Contemos un cuento, uno, dos, y tres, que acabe al principio y empiece después (…). Este verso que pertenece a Canción de títeres fue difundida, al igual que Manuelita, en el año 1962. Durante plena dictadura militar, Walsh supo, cautelosamente, escribir mensajes entre líneas para que la voz del pueblo jamás sea silenciada. Títeres los muñecos que transmiten palabras de otros, gobiernos de facto que pretendían, con la fuerza, desfigurar al país. Buscando y deseando que todo termine de una vez para reescribir la historia soñada por la mayoría.

(…) Me dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres (…).

Sin duda que Canción de tomar el té es una de las más celebradas y aplaudidas por los pequeños ya que dentro de la misma ellos, también, pueden recrear ese contexto y jugar con sus amigos. Además, son varias las películas infantiles que tienen personajes a vajilla de la cocina entre sus predilectos, lo cual permite que la identificación y el simbolismo trasciendan espontáneamente.

Haciendo una lectura más adulta, las costumbres inglesas podrían estar siendo juzgadas por María Elena, al igual que ciertas ridiculeces que son tildadas así con ejemplos durante la canción. Lo que está bien y lo que está mal. La ironía como primer recurso para demostrar qué innecesario resulta copiar a otras culturas en lugar de evolucionar con la propia.

Entre coreografías entretenidas, un vestuario muy colorido al igual que vistoso y nuevas versiones -sobre los clásicos de la autora- surge una pieza teatral magnífica que permite a los espectadores disfrutar del aire fresco del jardín en el Teatro Larreta. La mirada de un niño se cruza con la de un grande para imaginar universos similares, opuestos o paralelos. De lo único que podemos estar seguros todos los admiradores de María Elena Walsh es que su gran capacidad para crear le dieron la oportunidad de vivir en un mundo diferente, por momentos, al real que se debatía entre uniformados e insensatos, entre perseguidores de un sillón y provocadores. Gracias a ella todos pudimos ser más felices y transmitir, siempre, un lindo mensaje.

Estos personajes de la obra musical intentan no preguntar demasiado, sin conformarse por ello, e inventar respuestas propias.

¿Quién dijo que acaso un adulto tenga la razón?

La verdad está en cada corazón que late y resuena en busca de certezas, las cuales -se evidencia- no existen; son inventos para los más dubitativos que no pueden seguir respirando si se les quita el manual de rigidez social.

Locas canciones merece un aplauso tras otro. No sólo por la temática central sino por enseñar sin limitar, sin condicionar e invitando al auto-aprendizaje.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Que dure lo que tenga que durar

Los últimos cinco años1

Existe una afirmación que gira en torno a que el amor dura para siempre, pero dicha frase es una de las utopías más grandes del universo. Así se trate de semanas, meses o años; nadie podría asegurar cuándo dos corazones dejarán de latir al unísono.

James Robert Brown utilizó su propio divorcio para crear un musical romántico, y dramático a la vez, llamado «The last new years». Esta puesta en escena muy sencilla, tiene su gran apoyo en una orquesta en vivo (dirigida por Hernán Matorra), mientras dos cantantes se lucen en la historia. Tanto en teatros como próximamente en el cine, el desenlace amoroso es uno de los temas más recurrentes a la hora de escribir dramaturgias.

Como si se tratara de una sola gran canción, «Los últimos cinco años» (dirigida por Juan Álvarez Prado) integra anécdotas, momentos lindos, otros tristes y todo aquello por lo que atraviesa un matrimonio a lo largo de una relación.

El Teatro Metropolitan oficia de loft para que Jamie Wellerstein (Germán Tripel), un novelista en ascenso, y Cathy Hiatt (Luna Pérez Lenning), se deshaoguen como mejor les parezca.

Formamos parte de una cultura que consume muchísimos productos norteamericanos y, si bien, tiene varios puntos a favor; las traducciones, el estilo y la fidelidad en cuanto a todo el argumento no les permite a los actores relajarse del todo para componer a estos personajes con un tinte más argentino. Y al referirme a esto no estoy haciendo hincapié en que sea un error respetar fielmente un guión, sino de utilizar ciertas palabras que lograrían un mayor acercamiento entre elenco y público.

Habiendo leído o no sobre el musical, se puede observar a Cathy y Jamie en extremos opuestos del escenario. Dicho espacio es su propia casa y, por otros momentos, se convierte en lugar de trabajo, living, oficina, carretera, entre algunos de los originados.

Si dejáramos de lado, por un instante, la trama del musical, estaríamos en presencia de dos historias paralelas que no se cruzan sino hasta avanzada la dramaturgia. Se puede comprender este romance gracias a determinada información, bien específica, sin la cual no se entendería.

Pero, más adentrado el relato puede justificarse por qué tal desconexión es así: ella narra momentos de su carrera como actriz, las frustraciones que no le permitían triunfar y, puede vislumbrarse, que dicha mala suerte por llamarla de algún modo fue uno los motivos por los cuales su relación no prosperó.

Por el lado de él, la sonrisa y felicidad lo impulsaron a la fama y a encontrar el amor en otras cosas y personas.

No es de sorprender que ante desequilibrios o problemas personales, se afecte a la persona que está a nuestro lado. Esta es mi teoría y lo que mis sentidos pudieron observar.

Las canciones van y vienen, mezclando pasado y presente constantemente. Juntos o separados, ellos resumen sus momentos más importantes (positivos y negativos), intentando continuar de la mejor manera posible.

No quieren relegar su deseo de sentir esa sensación en el organismo que solo puede producirla el hecho de que alguien les guste. Estar enamorado se vuelve el tema más trascendente de «Los últimos cinco años» y las consecuencias de no estarlo produce lo que algunos podrían interpretar como lo más relevante: la ruptura.

Reminiscencias de algo que duró lo que tuvo que durar y una mirada profunda sobre lo que significa ser feliz sin sentirse fracasado.

Los últimos cinco años ficha

Mariela Verónica Gagliardi

Los últimos cinco años