*** Agosto 2017 ***

Entradas etiquetadas como ‘Maruja Bustamante’

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Negar la realidad no la vuelve diferente

Tribus

Los argumentos sobre conflictos familiares suelen tener bastante protagonismo en las dramaturgias teatrales, así como la manera en que se resuelven dichos problemas en tono de comedia dramática.

En este caso, Tribus (escrita por Nina Raine y dirigida por Claudio Tolcachir) expone a una familia tradicional, pero con cuestiones pasadas que realmente no han quedado en el pasado. Como si hubieran pretendido olvidar las voces que pedían auxilio o las problemáticas de ciertos miembros de la familia o, aún más profundo, el poder de unos sobre otros, los mandatos que se repiten, se internalizan y continúan sin siquiera replantearse su eficacia.

Dentro de esta casa se pueden observar muchos libros y espacio para moverse, trasladarse y debatir acerca de quién es cada uno.

Tribus que admiran a oriente u occidente, que pretenden copiar culturas totalmente opuestas, y adaptar modelos a personas sin debatir acerca de su lugar en el mundo.

Lo que más llama la atención es la ceguera y sordera para asimilar lo que le ocurre al “otro”, la necesidad y simpleza con que la mayoría prosigue su rutina evadiendo el dolor ajeno.

Podrá hablarse mucho de integración, de discapacidades, de capacidades diferentes y de inclusión; olvidando que cada uno es diferente y cada uno tiene propósitos determinados, siendo en general el más frecuente: la felicidad.

Disimular un problema no lo hace disolver, sino que en algún momento se convierte en un fantasma demasiado poderoso como para combatirlo sin secuelas. Un joven que es sordo y que es tratado como si no lo fuera es la mayor evidencia de la problemática que sufre esta familia, de todo lo que pretenden esconder sin importar cuan sometida se pueda sentir la víctima.

La frase tan famosa que dice “hicimos lo mejor” se torna fundamental para el argumento de la obra, y el roce entre uno y otro resulta ser el modo que encuentran de que todo explote y pueda tomar el rumbo más adecuado y sano.

En verdad, existe un desgaste de hace tiempo al que se someten, incansablemente, sin siempre darse cuenta de ello. El factor que hace detonar la situación reinante es la aparición de un tercero que inculcara otra mirada respecto de la vida.

Tribus, clanes, estilos, formas, similitudes, modelos a seguir; terminan siendo sinónimos en algún punto.

El elenco es muy bueno y talentoso, consiguiendo interpretar personajes encantadores con los que podremos identificarnos como público. En cuanto al argumento, no resulta novedoso aunque si se vuelve atractivo el recurso del lenguaje sordomudo que va ganando territorio en la historia. Cuando esto ocurre, cada persona y situación se va acomodando sin tener que discutir demasiado -con en ciertas oportunidades- pero si buscando explicaciones y respuestas para saber que hicieron mal.

Respecto de la palabra, esta se vuelve obsoleta y demuestra que para comunicarse, simplemente, hay que tener ganas de abrirse, de conocer, de aceptar y no siempre contrariar egoístamente.

Como quien aprende de pequeño a hablar, a establecer vínculos, a perseguir sus sueños y a luchar por lo que se quiere; así es la pieza artística. Un espacio por el que desfilan resentimientos, encuentros y desencuentros, rencores, broncas, culpas no sanadas, rutinas escalofriantes y la oportunidad de cambiar cuando se tiene un rumbo.

Mientras se desarrolla la obra, el recuento de votos se está realizando entre los dos candidatos a Presidente de la Nación. Dos tribus se enfrentarán, dos ideologías completamente diferentes se harán sonar y cada segmento apoyara a quien más lo represente. Como una familia de millones de habitantes que nacen, mueren, renacen y se diluyen, como la ambición que no siempre triunfa. Porque ganar no siempre significa tener la razón y el triunfo quizás venga tanto en la dramaturgia como en el resultado electoral, de las convicciones, de la fuerza que tiene cada individuo y la perseverancia -desde el amor- para alcanzar objetivos que puedan hacer evolucionar y no aniquilar por “perder”.

Mariela Verónica Gagliardi

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Entrevista a Azul Lombardía

Doberman foto

Actriz de cine, teatro y televisión. Con una larga trayectoria que la convirtieron en una gran artista.

Ella es la autora y directora de la comedia dramática, Doberman, interpretada por Maruja Bustamante y Mónica Raiola. Esta pieza artística narra las vicisitudes, conflictos, problemas y demás asuntos íntimos, entre dos vecinas que parecen no conocerse demasiado.

Azul Lombardía, detalla cómo surgió la dramaturgia y cómo fue dándole forma hasta conseguir montarla en escena.

Al momento de escribir Doberman, ¿qué ideas se te venían a la cabeza?

Doberman fue escrita desde el diálogo. Se me venía el universo de estas dos mujeres y la charla entre ellas me fue llevando a la trama…

¿Pensaste primero en la historia y luego en elegir a las actrices indicados o al revés?

La obra la escribí en el 2009. Hice una lectura para un teatro una vez con unas actrices, después trabajé un tiempo con otras actrices pero muy entrecortado por temas de ellas y mío de otros trabajos y embarazos y etc…

Hasta que en el 2013 Matías Umpierrez que era el curador del ciclo de óperas Primas del Centro Cultural Rojas, y conocía la obra, me propone que la estrene en ese marco. Me entusiasmó mucho la idea porque el ciclo venía siendo muy bueno y con lo que cuesta montar en el teatro independiente, que te den un empujón y lo puedas enmarcar en fechas concretas es muy favorable. Así que, como las otras actrices estaban en otros proyectos, tuve que ponerme a buscar otras. Y de esa casualidad divina fue que encontré a las actrices actuales, con las que nunca había trabajado (ni ellas entre sí) y fue con ellas con las que terminó apareciendo la obra. Por suerte.

Tu puesta en escena tiene esa calidez de una cocina por la que entra el sol, y los diálogos de dos personas que existen en la vida real. ¿La identificación entre ellas y el público es uno de los factores que más buscaste aplicar?

No busqué la identificación. Son mujeres con discursos de un universo que me gusta indagar, mujeres que conozco, que tengo referencias de la vida real pero que son solo disparadores a un mundo que me abren. Quizás al tener signos tan particulares generan identificación.

Me encantan las puestas tradicionales en que no es necesario que los artistas se muevan constantemente. ¿Considerás que la dramaturgia se vuelve más efectiva gracias a esto?

Me gustaba la idea de recortar un pedazo de cocina de las afueras de una ciudad e incrustarla en un teatro. Ese dispositivo hiperrealista pero no tanto a la vez es el que me pareció mejor para contar la obra. No tiene grandes movimientos pero prepara un tuco y dobla una pila de ropa entera en lo que lleva la obra. La acción que trasforma de verdad es la que me gusta.

¿Tuvieron que observar y analizar las conductas de esta raza de perro para captar su esencia?

No, la verdad es que el laburo de Maruja en el final fue potenciar su propia “potencia” y hay algo animal que ya evocaba desde la actitud.

¿Por qué Doberman?

Es un nombre que se le ocurrió a mi marido y a mi me encantó. Creo que tiene fuerza y sintetiza mucho.

Si bien el timing del teatro y la tele son muy diferentes, sentí como si se tratara de una escena en la pantalla chica. ¿Considerás que este factor también ayuda a que los espectadores se metan en la historia desde el comienzo?

Y es un relato íntimo, sobre una situación íntima en un espacio reducido. Es espiar esa intimidad y todos somos un poco voyeur…

¿Perro que gruñe no muerde?

Nunca se sabe…

¿Cuántos secretos y charlas puede almacenar una cocina?

Todas y mil. Las cocinas tienen mucho poder. Por algo todos siempre terminamos pasando la mayoría de nuestro tiempo ahí…

¿Una comedia dramática para ver junto al marido o más bien entre mujeres?

Creo que es la mirada femenina de una charla de mujeres pero para nada excluye a los hombres. Es una historia, cuando está bien contada no importa que sea cercana. De hecho uno ve obras y películas y se conmueve con relatos que no tienen nada que ver con la vida de uno.  Es la humanidad y sus recortes lo que conmueve.

Mariela Verónica Gagliardi

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La existencia es agobiante

Un gesto común8

No existe persona en este mundo que sea totalmente diferente a las demás ni que pueda distinguirse en algo por sobre el resto, de manera objetiva. Salvo que tenga la oportunidad de expresar su conocimiento o sabiduría para dotar a los demás de algo único. Inclusive, quien habla con tanta tenacidad de algo es porque, indefectiblemente, se siente parte del tema.

“Un gesto común” (escrita por Santiago Loza y dirigida por Maruja Bustamante), se sitúa en un lugar desde el cual provoca incomodidad. ¿Quién podría estar tranquilo al tener enfrente a un criminal (Diego Martín Benedetto) que ni siquiera muestra arrepentimiento?

Si la noticia saliera por los medios de comunicación cada uno podría sentirse libre de juzgar, de señalar, de decir lo que hubiera hecho en el lugar de este joven desesperanzado y solitario…

Pero, Loza, sabe cómo implantar una temática de esta estirpe para conseguir un efecto en los espectadores. De hecho, durante la función, hice unos imperceptibles paneos con mi mirada y me sorprendí al notar las expresiones de cada uno. Estaban paralizados, sin llorar, sin sonreír. Inclusive, sentí una cierta pesadez por parte del público como si quisiera que terminara de una vez la historia.

Y es que no es sencillo escucharlo decir cómo llegó a asesinar, a sangre fría, a una señora que lo acosaba. Aunque, muy probablemente, este dato haya sido pasado por alto por la mayoría.

Estamos acostumbrados a oír casos sobre mujeres golpeadas, maltratadas y víctimas de todo tipo de violencia como para que un hombre pretenda llamar la atención. Este hombre me produjo escalofríos y no por haber matado sino por la desprotección que demostró haber tenido durante toda su vida. Incluso hasta su cuerpo parece ser peso para él. No sabe amar, abrazar, besar y lo que le pudiese dar algo de felicidad lo desprecia por no saber cómo manejarse.

Esta sensación no me abandonó hasta que la luz se apagó en la sala -del Abasto Social Club-, una sala recreada como lugar húmedo, desesperanzador, un sótano abandonado con lo necesario para subsistir. Una cama similar a la que vemos en una cárcel, una canilla y un caballete pequeño. En esos escasos metros, él respira sin poder sentir libertad y come aunque sus tripas no se lo permitan del todo.

La iluminación, también, es importante en esta pieza teatral en que los tubos de luces fluorescentes titilan, el foquito intenta encenderse y la penumbra está sujeta al hilo conductor de la historia.

Por otro lado se encuentran: su amigo (José Escobar) y su amiga (Iride Mockert). Ambos tienen en común a él. Ambos están enamorados de él y parece hasta ridículo que puedan sentir lo que sienten por alguien que tiene estar características tan frías y rígidas. Podría hasta afirmar que la distancia que pone, causa todo el rechazo posible.

Tres relatos que se van enfrentando, entrelazando y provocando algo en la otra persona. Como si se tratara de monólogos, éstos son dichos libremente hasta que se escuchan a sí mismos como voz reveladora. Podría decirse que es Dios, intentando iluminarlos o, simplemente, el interior de cada personaje que los sacude un poco para hacerlos reaccionar y vivir.

Durante un invierno, la palabra sangre los recorrerá en reiteradas ocasiones pero ninguno de los tres sentirá miedo o sorpresa. Ellos están en el lugar que están, son diferentes pero similares y no tienen intención de cambiar o abrirse.

Los cantos con acompañamiento de guitarra -por parte de Iride- representan la ironía y lo burdo que todo, inclusive hasta lo más escalofriante, puede resultar.

Un gesto común puede ser la debilidad que tienen por enfrentar aquello que los marcó tanto, en su pasado, como para convertirlos en seres desposeídos de bondad -que solo actúan de acuerdo al motor del egoísmo y de aquello que les hace bien- dejando de lado quién es la otra persona.

Los diálogos son cortados, fragmentados y solo se fusionan casi en el desenlace de la dramaturgia; uniéndolos artificialmente sin espontaneidad y desprovistos de alma.

Nuevamente Santiago Loza esboza en su guión lo reveladora que puede resultar la religión y cómo suele apoderarse de las personas que no tienen un camino por seguir, una meta por alcanzar y un deseo por el cual luchar.

Un gesto común fichaMariela Verónica Gagliardi

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El jardín de los cerezos

El jardin de los cerezos2

La nueva versión de “El jardín de los cerezos” (adaptada y dirigida por Helena Tritek), tiene una visión diferente sobre el clásico de Ánton Chéjov.

Es conocida ya la historia así que no me centraré en ella específicamente, sino que tomaré diferentes citas para analizar esta puesta en escena.

Existen varios hilos conductores que son: la lucha de clases, la sabiduría y la venganza.

En la primera notamos cómo Liuba y Gáiev se aferran a una mansión que nada les importa, que quedó en su pasado, pero su capricho de ver florecer los cerezos es más notable.

Por otro lado está el recorrido marcado por Trofímov, en el que justifica cada una de sus palabras, demostrando cuán banales son los otros.

Y, como último punto, se encuentra la venganza.

Me pareció sumamente interesante el personaje de Alejandro Viola interpretando al comerciante Lopajin.

Este hombre no odia, no se odia, no le teme a nada ni a nadie. Él solo desea realizar una estrategia que le permita honrar a sus padres.

Ellos ya no están para celebrar su logro pero el resto de la servidumbre sí.

Y continuando con el remate del jardín de los cerezos, la clase trabajadora y esclava de los ricos más poderosos, se pueden dividir en dos: los que desean rebelarse y obtener un cambio, y los que están acostumbrados a ese sometimiento sintiéndose parte, de alguna manera, de los hogares para los cuales trabajan.

Los esclavos no tienen identidad, ni nombres, pueden ser reemplazados u olvidados como el caso de Firzi.

Mientras la dramaturgia rusa se sucede, el amor circula, intenta surgir, pero las parejas no lo son del todo.

Sí se afirma el vínculo entre Vania y Trofímov, pero no se hace demasiado hincapié en éste.

Lo más importante de esta versión es la mirada social y la semejanza con cualquier sociedad capitalista contemporánea.

Los cerezos son las riquezas acumuladas, los sinsentidos, la pantomima alrededor de una sala de gala y la no inteligencia de ahorrar cuando ya no existe moneda para despilfarrar.

La justicia llega, los que más tienen pierden algo y los que no tenían saben conseguirlo.

¿Justicia divina?

No. Terrenal.

Las escenografías, estéticamente bellas, glamorosas y, en tonos marrones, decoran la obra.

¿Qué decir de los grandes talentosos actores que no se haya dicho?

Todos se lucen, desplazan, bailan, los músicos acompañan y cada escena se desarrolla deliciosamente.

Las dos horas de duración son muy amenas y podríamos continuar junto a ellos, conociéndolos más, sabiendo los por menores de sus vidas u opinando qué les conviene definir.

Como el comienzo de “El jardín de los cerezos”, los cuerpos se mezclan, unen, disocian y separan. El baile es la única actividad que los amalgama sin importar quiénes son, qué quieren o a dónde van.

El jardín de los cerezos ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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“Distinta tinta” / Encuentro con dramaturgos


Con 32 años, Maruja Bustamante es una de las figuras más inquietas y personales de la nueva generación del teatro alternativo porteño. Su modo de creación dibuja cierta teatralidad genuina en el contexto de producción donde inserta sus espectáculos.

Es dramaturga, actriz  y directora. Actualmente tiene en cartel “Adela está cazando patos”, que se viene representando desde hace algunos años; y “Trabajando para lobos” que acaba de estrenarse. También es la responsable de la música original de “Simpatía”, el último trabajo de Hernán Morán.

Polifacética, atrevida, ecléctica, se perfila como una de las dramaturgas más talentosas de su generación.

El Martes 13 de noviembre,
charlará con Luis Cano en “Distinta Tinta” 


A las 19.30, en Pacheco de Melo 1820
Entrada libre y gratuita

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