*** Noviembre 2017 ***

Un gesto común8

No existe persona en este mundo que sea totalmente diferente a las demás ni que pueda distinguirse en algo por sobre el resto, de manera objetiva. Salvo que tenga la oportunidad de expresar su conocimiento o sabiduría para dotar a los demás de algo único. Inclusive, quien habla con tanta tenacidad de algo es porque, indefectiblemente, se siente parte del tema.

“Un gesto común” (escrita por Santiago Loza y dirigida por Maruja Bustamante), se sitúa en un lugar desde el cual provoca incomodidad. ¿Quién podría estar tranquilo al tener enfrente a un criminal (Diego Martín Benedetto) que ni siquiera muestra arrepentimiento?

Si la noticia saliera por los medios de comunicación cada uno podría sentirse libre de juzgar, de señalar, de decir lo que hubiera hecho en el lugar de este joven desesperanzado y solitario…

Pero, Loza, sabe cómo implantar una temática de esta estirpe para conseguir un efecto en los espectadores. De hecho, durante la función, hice unos imperceptibles paneos con mi mirada y me sorprendí al notar las expresiones de cada uno. Estaban paralizados, sin llorar, sin sonreír. Inclusive, sentí una cierta pesadez por parte del público como si quisiera que terminara de una vez la historia.

Y es que no es sencillo escucharlo decir cómo llegó a asesinar, a sangre fría, a una señora que lo acosaba. Aunque, muy probablemente, este dato haya sido pasado por alto por la mayoría.

Estamos acostumbrados a oír casos sobre mujeres golpeadas, maltratadas y víctimas de todo tipo de violencia como para que un hombre pretenda llamar la atención. Este hombre me produjo escalofríos y no por haber matado sino por la desprotección que demostró haber tenido durante toda su vida. Incluso hasta su cuerpo parece ser peso para él. No sabe amar, abrazar, besar y lo que le pudiese dar algo de felicidad lo desprecia por no saber cómo manejarse.

Esta sensación no me abandonó hasta que la luz se apagó en la sala -del Abasto Social Club-, una sala recreada como lugar húmedo, desesperanzador, un sótano abandonado con lo necesario para subsistir. Una cama similar a la que vemos en una cárcel, una canilla y un caballete pequeño. En esos escasos metros, él respira sin poder sentir libertad y come aunque sus tripas no se lo permitan del todo.

La iluminación, también, es importante en esta pieza teatral en que los tubos de luces fluorescentes titilan, el foquito intenta encenderse y la penumbra está sujeta al hilo conductor de la historia.

Por otro lado se encuentran: su amigo (José Escobar) y su amiga (Iride Mockert). Ambos tienen en común a él. Ambos están enamorados de él y parece hasta ridículo que puedan sentir lo que sienten por alguien que tiene estar características tan frías y rígidas. Podría hasta afirmar que la distancia que pone, causa todo el rechazo posible.

Tres relatos que se van enfrentando, entrelazando y provocando algo en la otra persona. Como si se tratara de monólogos, éstos son dichos libremente hasta que se escuchan a sí mismos como voz reveladora. Podría decirse que es Dios, intentando iluminarlos o, simplemente, el interior de cada personaje que los sacude un poco para hacerlos reaccionar y vivir.

Durante un invierno, la palabra sangre los recorrerá en reiteradas ocasiones pero ninguno de los tres sentirá miedo o sorpresa. Ellos están en el lugar que están, son diferentes pero similares y no tienen intención de cambiar o abrirse.

Los cantos con acompañamiento de guitarra -por parte de Iride- representan la ironía y lo burdo que todo, inclusive hasta lo más escalofriante, puede resultar.

Un gesto común puede ser la debilidad que tienen por enfrentar aquello que los marcó tanto, en su pasado, como para convertirlos en seres desposeídos de bondad -que solo actúan de acuerdo al motor del egoísmo y de aquello que les hace bien- dejando de lado quién es la otra persona.

Los diálogos son cortados, fragmentados y solo se fusionan casi en el desenlace de la dramaturgia; uniéndolos artificialmente sin espontaneidad y desprovistos de alma.

Nuevamente Santiago Loza esboza en su guión lo reveladora que puede resultar la religión y cómo suele apoderarse de las personas que no tienen un camino por seguir, una meta por alcanzar y un deseo por el cual luchar.

Un gesto común fichaMariela Verónica Gagliardi

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