*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Hay cosas que no se pueden sepultar

Ciudad en fuga1

«Ciudad en fuga» (de Alicia Muñoz y dirigida por Pino Siano) es una historia de humor negro, dramática a la vez, que oscila entre escenas cómicas del mundo de los muertos, y las típicas situaciones económicas que se avecinan a raíz de un testamento. Como si fuera poco, el contexto general que acompaña es el de la fiebre amarilla -una epidemia que arrasó con gran parte de la población-.

Las luces, dan comienzo a la obra en que dos sepultureros, borrachos, se encuentran con un cadáver. Este cuerpo será motivo y objeto de risas, brindándoles -a los pobres hombres-, un espacio para que sus mentes divaguen y deliren al compás del alcohol.
A la vez que Melinda y Nicanor (su cafisho), mantienen una discusión y todos los trapitos al sol se dan a conocer, la deteriorada señora sufre por haberse quedado sin objetos materiales ni pertenencias ya que su “compañero” la dio por muerta y vendió todo, absolutamente todo, para salvarse.
Las escenas se suceden y parecen integrar una varieté, con la particularidad de mantener un hilo conductor a lo largo de la dramaturgia.
En cuanto a los conflictos familiares, también, se hacen presentes; invadiendo la casa de miserias, de secretos y de hipocresías difíciles de digerir.
Uno de los momentos más celebrados por el público se produce cuando dos primas-herederas discuten, hasta agarrarse de las mechas, rodando por el piso, sin poder quedarse siquiera con las joyas de su tía.
Esta obra, por una cuestión de duración, no se presentó de forma completa, pero, eso no impidió su genial desarrollo.

Plena epidemia sufrida en el año 1871, en Buenos Aires, debiendo abandonar sus hogares -por orden del gobierno- quienes habitaban en la ciudad, teniendo que migrar hacia el interior hasta que el brote de fiebre amarilla se erradicó. De esta forma, un escenario paralelo, el de la Chacarita; tuvo una fuerte convocatoria y voz propia.
Ricos y pobres terminaban allí, demostrando -una vez más- que el dinero no compra lo más importante. Luchas de intereses, chocan y explotan; haciendo notar que seres insesibles hubo y habrá siempre.
Los valores están presentes y, la falta de éstos, más los principios, también.
Pino Siano, conjuga la tragedia con la desolación, el oportunismo con la pasión y la obviedad con la sorpresa.
Mientras, el vestuario caracteriza al Siglo XIX, diferenciando a las dos clases sociales más enfrentadas en aquel entonces, haciendo prevalecer el orgullo antes que la razón, y la mentira antes que la debilidad.
Como disparador: un muerto, en torno al que surgirán variadas teorías, exposiciones y venganzas.
Una ciudad en fuga que, de a poco, se extingue. Solo sobreviven algunos que no, necesariamente, son los más aptos.

¿Qué hacer cuando todo parece estar perdido?
¿Existe la oportunidad de salvarse solo?
¿Qué decisión conviene tomar?

El rojo ambienta los discursos de los hombres de cementerio que, deambulan, en busca de algún aliciente, uniendo una escena con otra, hasta que el negro se apodera de todo y las peores canalladas sobresalen.
Un muerto que ya no puede defenderse ni pedir derecho a réplica. Un acto de cobardía por parte de quienes pretenden erigirse como protagonistas y héroes. Otra muerte, más fallecimientos inocentes, voraces monstruos que intentan acabar con una epidemia mayor que la de esta enfermedad: la del egoísmo.

Elenco: Flavia Alonso, Flavia Sosa, Noelia Bertola, Romina Magallanes Lisboa, Jorge Gómez,
Andrés Caamaño, Leonardo Leiderman, Héctor Safdie, Sebastián Wulff. Asistente: Alfredo Awad.
Dirección general: Pino Siano.
Comedia Municipal de Teatro de 3 de Febrero.

Mariela Verónica Gagliardi

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Matar o morir

Las hambrientas3

En una casa, como cualquier otra, habita una familia con hábitos no convencionales. Una cuchilla de carnicero que remite a la muerte, al deseo por comer, a saciar el vacío espiritual con cadáveres animales o humanos.

«Las hambrientas» (de y dirigida por Pablo Iglesias), cuenta la historia de dos hermanos y una prima que desarrollan rituales -incoherentes para el espectador- sin un sentido filosófico o ideológico puntual.

El hastío del interior, ese silencio, el vacío por no tener algo o alguien por qué o quién luchar; convierte a estas tres personas en animales feroces -capaces de todo a cambio de alimento-.

Toda la obra transcurre en un mismo espacio, repartido inteligentemente, y, utilizando hasta el mínimo recoveco para crear una habitación diferente.

Una mujer, con delantal blanco y manchado de sangre, trozará una enorme cantidad de carne. Al parecer para su perra preñada, aunque difícilmente pueda saberse su destino. Los ladridos se escuchan a lo lejos y es éste el que pretende llamar la atención de su ama, pidiéndole aunque sea un bocado.

Mientras, la violencia de su hermano, seguirá torturando a la prima -una delgada mujer, ignorante y sin fuerzas para defenderse-, convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una amenaza para las dos.

«Las hambrientas» refleja el cansancio que produce luchar sin un propósito claro y objetivo. Esta familia lucha porque sí, desgastan, pelean, discuten constantemente, hasta que por fin parece ponerse de acuerdo.

Siempre tendrá que aparecer una víctima, viva o muerta, que los sacie y de energía para elaborar otro plan.

Flagelarse el cuerpo o ser flagelado, agredir y ser agredido, perseguir lo inalcanzable y desear lo ridículo.

Pablo Iglesias construye un universo de diálogos que me recuerdan a la película Delicatessen (de Jean-Pierde Jeunet), donde los sonidos se superponen conformando una historia paralela, atrayente y difícil de olvidar. En este caso, la obra utiliza la palabra como recurso principal, otorgándole tal movimiento que pareciera escribir una canción de terror.

En cuanto a las actuaciones, ya nos tienen acostumbrados al teatro de nivel alto y es imposible no destacar a Palacios y Actis que encarnan unos personajes tan opuestos, complejos como bipolares a la vez.

Es difícil determinar a qué género pertenece la dramaturgia ya que nos pasea por situaciones de comedia, de drama, de ciencia ficción e inclusive de terror.

El suspenso nos mantiene el vilo, sin permitirnos un simple pestañeo durante la función. El tiempo transcurre velozmente y en cuanto nos queremos acordar, la obra terminó, dejándonos tantas sensaciones -difíciles de digerir- para procesar.

Cada escena tiene una fuerte carga emocional, con un contenido conciso que intenta incomodar lo más posible. No es habitual ver tantos cortes de carne cruda en el teatro, una cuchilla que -sin piedad- troza y divide, errores cometidos y llevados en bandeja a un lugar diferente y, la desnutrición, planteada desmesuradamente.

Se acostumbra mirar por encima a esta problemática social, no sabiendo cómo colaborar para erradicarla, separando al país por norte y sur -pretendiendo solucionar sin involucrarse.

Un nudo en la garganta se me formó al ver a la prima sufrir por hambre, comiendo unas pastillas de menta para olvidarse del dolor que siente. Pero, esa golosina, enseguida pude relacionarla con las migajas que da un gobierno, junto a diversas «campañas» para promocionarse, creyendo que hace algo al respecto. La carne, las proteínas que contiene, el hierro; no son más que mentiras. Los veganos no precisan matar para alimentarse. Ellos saben cómo ser sanos, derribando mitos y no quitándole la vida a otro ser.

¿Desde qué lugar puede hablar alguien que asesina?

La ineficacia de los discursos políticos colabora con los mensajes, erróneos, impartidos a una población que recibe, por lo general, un solo discurso.

Hambre de comida es lo primero que se percibe, aunque hambre de conocimiento es lo que abunda. Cómo alimentar a una sociedad tan heterogénea cuando, generalmente, la gente se queja y reclama sin aportar positivamente al respecto?

¿Comer y ser básico o alimentarse y compartir sabiduría?

Los ladridos dejan de oírse para darles lugar a los humanos, a sus equivocaciones, sus abusos y la falta de amor para aceptar que el camino escogido no es un simple juego o pasatiempo sino una locura en exceso.

Esta pieza artística es un llamado a la cordura, a la reflexión y a la superación de trabas emocionales.

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Mariela Verónica Gagliardi

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El placer de sonreír

Lucas6

“Lucas – Todos buscamos lo mismo”, es una obra de teatro donde su actor y protagonista, Julio César Noguera, logra lucirse con todo su esplendor.

Él se convierte en un joven solitario, no por convicción ni deseo sino porque es aislado y apartado hasta por su propia madre. A nadie le importa lo que siente, lo que piensa ni quién es.

Su ternura provoca tanta emoción como tristeza a la vez. Lucas es único y merece una oportunidad en esa cruda sociedad, tan idéntica a la nuestra de todos los días.

No crean que no hace hasta lo imposible para encajar, gustar y ser aceptado; pero su singularidad y transparencia no producen más que discriminación en su entorno más próximo como en el que surge y desaparece como por arte de magia.

Lucas es esa luz que brilla, esa bondad extrema y las ganas de amar sin creer en la maldad.

Dentro de la pieza teatral logra conformar escenas de baile que transforman la historia en una comedia musical. Por un lado, entonces, existe la historia central de este gran joven y, por otro lado, coreografías en las que se luce un grupo de tres bailarines junto a Noguera.

Como dos mundos paralelos, en el primero, Lucas está solo con su alma y, en el segundo, aceptado “a la fuerza” por los demás.

La risa surge como principal motor de su vida para que no se deprima ante tal realidad. Claro que la bebida también lo ayuda y acompaña, pero no logra sacarlo de tal universo.

Cada vaso de alcohol va quedando por ahí tirado al igual que sus sueños. ¿Quién no conoce o ha conocido un Lucas en la vida?

Seguramente algunos detestarán su personalidad, otros se burlarán de su ingenuidad y ciertas almas nobles se compadecerán de él.

Lucas escucha música con auriculares, intenta abstraerse del dolor y esas melodías -tan pegadizas- lo llevan al boliche en el cual conoce a alguien que no le dará ni la hora. Aunque, su verdadero idilio lo tiene con un técnico de internet a quien imagina,  inclusive, cuando está ausente.

Es difícil hacer reír y hacer llorar, pero Julio César convierte la noche (de la sala La Clac) en un espectáculo lleno de glamour, alegría, carcajadas y unos sketchs imperdibles.

El dolor de panza y mandíbula es el mejor regalo que uno se puede llevar del show. Recuerdo a Liliana Pécora con su taller de la risa y me viene una felicidad al cuerpo – tan inigualable con otro sentimiento-.

La risa sana, cura, da aliento, traspasa fronteras, miedos, dolor y obstáculos. Lo triste es que Lucas no se ríe de sí mismo sino que no asume quién es sino lo que provoca en los demás.

¡Qué personaje tan bien compuesto, interpretado y sentido!

Desde la voz hasta la gestualidad de cada músculo -muy al estilo clown-, convierte a este joven en un prototipo, en un cómico increíble.

Mientras las luces cambian sus tonalidades y los bailarines hacen unos u otras figuras, él desfila por el escenario que tanto soñó. No tiene a nadie que lo quiera, solo amigos imaginarios que logran pintarle una sonrisa cuando más lo necesita.

Esta comedia desarrolla varios conceptos reales que tantas veces se intentan guardar y ocultar para no hacerse cargo. ¿Cuántos niños y adultos son dejados de lado por no tener el mismo molde que los demás? ¿Cuántos seres humanos no se animan a mostrarse como son por miedo al desprecio o la burla?

Lucas se anima a todo pero quiere un lugar, aunque sea pequeño, para pertenecer, para ser alguien amado y por qué no adulado.

Sus ojos colmados de esperanzas le dan fuerzas para seguir adelante y no flaquear.

En cuanto al canto, solo está presente como playback ya que no es el punto fundamental de la obra, sino solo secundario y de acompañamiento a cada cuadro de monólogo y destreza.

La música disco continúa y en medio del barullo puede notarse el movimiento de Lucas, pretendiendo bailar con los demás, sin conseguirlo. Así es la vida, así es su vida y la de tantos.

Tener una identidad y no hacerse cargo de ésta sería como interpretar un personaje para siempre y fuera del escenario.

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Mariela Verónica Gagliardi

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El tesoro femenino

Mujeres tenian que ser8

La historia puede resultar aburrida, entretenida, interesante o apasionante. Quien esté en el colegio, quizás la considere una tortura, un enlace de fechas y acontecimientos, guerras, muertes y más fechas para recordar sin sentido alguno. Quien elija estudiarla, aprehenderla y darle un lugar en su vida, seguramente, halle un tesoro.

«Mujeres tenían que ser» (basada en el libro de Felipe Pigna, con dramaturgia y dirección de Érika Halvorsen), expone a cuatro actrices de renombre (Alicia Berdazagar, Julia Calvo, Fabiana García Lago y Julieta Cayetina), quienes se encargan de reconstruir más de dos siglos de la historia argentina, imponiéndose en el escenario y haciendo valer a las heroínas que en varias ocasiones, se intentaron olvidar por diversos motivos.

Contar con las anécdotas del escritor, finamente escogidas por Érika, conforman una pieza teatral muy interesante. Por un lado, las intérpretes leen su guión, nos miran, intentan convencernos. Cada una es una mujer diferente, que cambia al instante por otra. Batallas, guerras, anécdotas, romances, datos precisos y cronológicos, desfilan sin cesar durante la obra. A la vez que una artista visual (Luz Peuscovich), desenvuelve su talento, proyectando: recortes de diarios, titulares que resuman etapas importantes de la historia, detalles femeninos, fondos de colores, diferentes texturas y un universo que además de ambientar, le otorgan a la pieza teatral una impronta distinguida.

Durante las Invasiones Inglesas, surge un episodio referido a Manuela Pedraza (llamada La Tucumana), quien estaba casada con un cabo y mató a un inglés, quitándole su fusil e interviniendo en la lucha. De esa manera, esta mujer fue nombrada Subteniente de Infantería.

Julieta Lanteri, fue la primera en votar en el año 1911 y, también, se postuló como candidata a diputada recibiendo 1363 votos (una gran cantidad, teniendo en cuenta que solo los hombres tenían, hasta el momento, derecho de emitir sufragio). Años más tarde, la precursora tuvo un “accidente automovilístico” por el que perdió su vida.

Son muchas las fechas, los sucesos y las personalidades femeninas olvidadas, tapadas, ocultadas e inclusive ultrajadas. El paso del tiempo, en este caso, demuestra que las mujeres no ocupamos el lugar que los hombres débiles pretendían, sino el que soñamos, el que anhelamos y somos capaces de sentir pasión por cada paso que damos en pos de lograr un triunfo. Y el triunfo no siempre va de la mano de ser reconocidas con estatuillas, nombres de calles y estatuas en fuentes de agua; sino en conseguir que los años no sean acumulación de días sino la oportunidad de cambiar lo que no está bien, de embellecer lo que está feo y de pintar de colores un país que sufrió y, aún, sigue sufriendo.

La dramaturgia llega a varias conclusiones y el remate final concientiza, quedando en el imaginario social el rostro y nombre de quien hace treinta años sigue adelante, con el mismo propósito que el inicial: conseguir que quienes no tienen completa su identidad, puedan llenar ese vacío con información real y verdadera. Sin ser engañados una vez más. Tal vez no todos corran la misma suerte pero con inquietudes de este nivel, todo se vuelve más esperanzador.

Ninguna dictadura voraz podrá quitarnos la esperanza, por más oscuro que se vuelva el panorama.

¿Quién hubiera imaginado que la presidencia sería ocupada por una mujer?

Y no pretendo hablar de ideologías políticas sino de la posibilidad de demostrar que el género o sexo no tienen absolutamente nada que ver con la inteligencia y la valentía de llevar adelante diferentes proyectos.

Quizás sea la era en que todo lo escondido salga a la luz y con esa iluminación se vayan despertando los dormidos, aquellos que prefieren la mentira para no sufrir. Aquellos que prefieren no enfrentarse a la verdad para seguir siendo ignorantes y cobardes.

«Mujeres tenían que ser” es otra de las obras que Érika Halvorsen consigue lucir. Una vez más, con la sutileza que la caracteriza, narra con detalles una historia escrita y acontecida. Narra lo que prefiere que no quede solo en páginas sino transmitido, en vivo, a través de unas geniales actrices.

Mujeres tenian que ser ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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Patriotamente equivocado

Sueños americanos5

Es archi conocido el término sueño americano y, muy bien no se sabe el por qué, gran parte de la sociedad mundial quiere asemejarse a la cultura yanqui, copiando e imitando modelos impuestos a lo largo del tiempo.

Vestir como ellos, lucir como ellos, hablar como ellos, reír de cosas que no nos causan gracia porque es otra cultura y pretender ser lo que no somos.

Hace muchos años Michael Moore rompió con el esquema intocable norteamericano, realizando varios documentales sobre lo que significa reivindicar a dicha sociedad, sus costumbres, heroicidades y poder burlarse de lo que no le parece correcto -a pesar de haber nacido allí-.

Durante una hora, aproximadamente, Dennis Waisbrot -otro americano arrepentido- monta una obra no solo divertida sino profunda, que roza el grotesco, la comedia y el drama, llamada “American dreams and an elephant” (dirigida por Lía Briones).

Lo interesante de la obra es cómo está planteada y desarrollada: unos sketchs, totalmente diferentes unos de otros, llevan adelante la propuesta, utilizando al idioma inglés como lengua principal -subtitulando todas las conversaciones en una pantalla gigante- y, facilitándonos la comprensión.

Vale aclarar que el acento y fonética de ambos actores es perfecta y natural. Este punto les permite a los artistas, el poder interpretar y actuar de lleno sin otras preocupaciones.

Intercalando un sketch de otro, aparece ella: una cantante de jazz de los años 30, con su vestido de gala e imágenes de fondo que complementan sus cuadros musicales. Este es el sueño americano que dista mucho de la realidad, al menos de la realidad imperante en la actualidad mundial.

Para reír-nos, estas pequeñas historias permitirán que cada uno escoja la de su agrado ya que el único hilo conductor está basado en la ridiculización y no en el argumento central.

Sin dudas, la historia de un taxista argentino es la que más llega al público. Un trabajador que recurre a recursos clownescos para componer su personaje y burlarse del lugar donde vive. El país del norte, por donde desfilan una cantidad enorme de artistas -con mucho glamour- y estilo. Él ahí, conduciendo un auto, sin poder alcanzar la cima del “éxito”.

Y, haciendo foco en el título de la dramaturgia, un elefante es solo un accesorio para decorar el vacío superficial existente. Este hermoso peluche que ni siquiera es del color verdadero del animal con trompa, está apoyado en el piso, viaja en taxi y acompaña a quien lo toma. Como cualquier objeto.

“Agua, agua en todas partes y nada que beber” – fue uno de los mensajes más claros y concisos que resumen toda la idea del argumento. Una escenografía de cartulina que se derrumba con solo soplar, como un lobo feroz, que desgarra a los más débiles ilusionándolos sin sentido. Los fuertes no tienen necesidad de sumergirse en la nada para sentirse importantes o partícipes de algo artificial. Y se me viene a la cabeza The Truman Show, aquella película -protagonizada por Jim Carrey- que, lejos de ser simpática y divertida, toca un punto débil llamado identidad.

Si todos quieren ser iguales y lograr lo mismo, ¿dónde está la singularidad de cada uno?

Seguir la moda, vestirse iguales, hablar iguales, ser idénticos para sentirse parte de un todo irreal que con soplar se desvanece: como un castillo de arena.

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Vuelta a las maravillas

Vuelta Canela9

Se sabe que un buen espectáculo, necesariamente, convoca a mucho público. En este caso, un domingo con tormenta fue el contexto para que solo niños valientes -acompañados de sus padres- acudan a la Sala Siranush y disfruten de su grupo Vuelta Canela. Pocas veces se puede ver un fenómeno como el que se produjo, durante el cual los chicos corrían, caminaban y hasta se trepaban a centímetros del escenario para estar muy cerca de sus ídolos. Si bien no faltaba oportunidad de que unos se quejen por otros que les tapaban, fue una fiesta impresionante la presentación de la nueva discografía.

Todas las canciones que formaron parte del recital, pueden encontrarse en el nuevo disco Al vaivén, el cual hace un recorrido por lugares preciosos de la Argentina. Un nuevo material folklórico que atraviesa ritmos diversos como: chamamé, merengue, cumbia, rap, carnavalito y murga, entre algunos de los presentes.

Cucharadas abrió el espectáculo y, el universo culinario, se fue desplegando de a poco, hasta darnos ganas de poner en marcha alguna exquisita receta.

En un momento del show, Laura Asensio, cuenta que varios de los niños fueron creciendo con la música de ellos. Eso se puede observar haciendo un paneo visual de un extremo a otro. Así se pudo notar que las edades oscilaron entre los 2 y 10 años aproximadamente, sin contar a los adultos que nos inmiscuimos por algún rincón, o rodamos por el piso para transformarnos en diminutos.

Más allá de las melodías contagiosas y el gran abanico de ritmos, la actuación de Filomena (Nina Lenze), invadió de felicidad todo el recital. Con sus trenzas para arriba, su sonrisa inmutable y su delgado cuerpo, se trasladó por todo el escenario al mejor estilo clown, sin necesidad de recurrir a la palabra.

El listado de temas incluyó todo el disco: Cucharadas, Escurridizo, Al vaivén, Agua inquieta, Litoraleña, Reposera, Cuento del pez y la luna + Loussin yelav, Camino a Iruya, Pececita, Luna perlada, Bailarina, Lucecitas, Enrodados, Curva curva, Volá pajarito y, el bis infaltable de, Vuelta Canela.

Claro que cada niño y adulto tiene a su favorito canción y artista. Filomena parece ser la elegida por su actitud, carisma y despliegue en el escenario. Sus trenzas estáticas, le dan una gracia -junto a su calidez como persona-, difícil de pasar por alto.

Anacleta, anda en bicicleta, Serafín, anda en monopatín – es uno de los versos más cantados y recordados, como un sinfín de situaciones dentro de la misma canción; aunque, la más esperada por todos y celebrada con sonrisas es Lucecitas que andan por ahí, por acá por allá, por el otro lugar. Para esta canción, se sumaron artistas murgueros que le dieron un plus a la presentación del nuevo material. En otras interpretaciones, también, hubieron artistas invitados para convertir en fiesta Vuelta Canela.

Me gustaría preguntarles a los chicos de hoy, si tuvieron la oportunidad de conocer alguna luciérnaga y qué sensación les provocó. Desde pequeña que no me cruzo con alguna y da tristeza saber que solo en medio del campo o en la ruta podríamos cruzarnos con estos bichitos de luz tan simpáticos.

Mientras el acordeón, violín, guitarra, percusión, trombón, bajo, piano, clarinete, charango, ronroco, tuba, entre otros, sigan el compás del corazón, podrán existir: vaivenes, recetas de cocina, maneras graciosas de abrir una reposera, recorridos por el país inimaginables, memoria colectiva y amor para dar a los infantes.

Una vuelta por tantas sensaciones maravillosas, difíciles de transmitir con palabras. La tormenta de afuera no fue más que una limpieza y comienzo a cielo abierto, colorido, lleno de esperanzas.

Para apoyar a la cultura armenia, Loussin yelav (canción tradicional) fue el tema elegido para llevar adelante. Una letra preciosa que describe a la luna y dice: La luna se elevó sobre la cima de la colina. La cara de color rojo brillante ilumina la tierra (…) y tu rostro querido, redondo y de color rosa.

A no ser que se conozca este idioma, sería imposible conocer el significado de la canción, pero, sí, podemos tener la certeza de que menciona algo bello y romántico que todos tenemos la posibilidad de observar a la noche, estemos donde estemos.

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 Mariela Verónica Gagliardi

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«Silban las balas», de la compañía Bolsas en el viento

Silban las balas

Estreno viernes 03 de octubre

Una vibrante historia donde la música y el humor atraviesan la tragedia de la guerra. Un espectáculo en el que excéntricos personajes logran que la belleza, la risa y la emoción jueguen con las zonas más oscuras del ser humano.

Silban las balas es el primer espectáculo de la compañía Bolsas en el viento, en el que se imagina un pequeño país invadido por una fuerza extranjera. A través del lenguaje de las máscaras, el clown y con música en vivo, la obra muestra la manera en que los pacíficos habitantes de esa nación se organizan frente a la única opción que les queda: defenderse.

Ficha técnica:

Elenco: Lourdes Herrera, Mariana Mayoraz, Mauro González y Rodrigo Frascara.

Música original y dirección musical: Ian Shifres.

Música en vivo: Lucía Katz y Lucía Martínez.

Escenografía: Emilia Pérez Quinteros.

Coordinación y realización escenográfica: Lucía Garramuño.

Vestuario: Emilia Pérez Quinteros y Martina Cravea.

Diseño gráfico: Marcelo Sapoznik.

Fotografía: Fred Presmitta.

Colaboración coreográfica: Coti Cibils.

Diseño de iluminación: Alejandro Velázquez.

Máscaras: Iriarte.

Voz en off: Emilio Tanus.

Asistencia de dirección: Matías Katz y Fernando Vitale.

Producción ejecutiva: Lala Buceviciene.

Prensa: Hernán Salcedo.

Dirección: Marcos Arano.

Funciones: viernes, 23.30 hs.

Teatro Payró (San Martín 766 – C.A.B.A.)

Entrada: $100 (estudiantes y jubilados: $50)

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Cada cual atiende su juego

Casa adentro3

Cada familia es un mundo, se suele decir.

De las puertas para adentro, nunca se sabe lo que pasa.

Los códigos y estilos de vida, varían tanto como la tonalidad de un vestuario.

“Casa adentro” (de María Colaneri y dirigida por Paola Luttini), es una desafiante historia que intenta develar aquellos misterios tan íntimos como vulnerables.

Antes de que comenzara la obra, el mayordomo de la familia cantaba She (de Charles Aznavour), ese tema de amor tan trágico. Sorprendentemente, la trama no tenía absolutamente nada que ver con dichos versos, lo cual logró desconcertar. Mientras un guitarrista acompañaba, las luces disminuían su claridad para dar paso a la dramaturgia.

Es simple hacer foco en la historia, ya que se trata de un padre (Mariano Singer) que vive con sus hijos (Josefina Pittelli y Mathías Muñoz Percat) y un mayordomo (Guillermo Jáuregui). Hasta acá nada revelador, hasta que una “enfermera” (Romina Moretto) aparece en la morada. Punto y aparte.

Desde su llegada, la casa cobra vida, se plaga de colores e intenta romper barreras. Angustia, realmente, todo. Un chico autista, en silla de ruedas. Su hermana, un tanto retrasada, débil. Y un padre autoritario, violento y ausente como tal.

Las acciones que transcurren son reiterativas, estructuradas y marcadas por el reloj del mayordomo. No existen otras secuencias que llamen la atención, hasta que la enfermera pretende llenar de vitalidad las cuatro paredes asfixiantes.

Una familia que no ve la luz, que no conoce el exterior y que se recluta por miedo a sufrir y no ser parte de la sociedad. En un momento, el padre apela a la lástima, diciendo que el diferente se queda afuera. Él es distinto al estereotipo ya que su maldad lo absorbe, lo hace cometer actos de los que no se arrepiente, llegando a su punto más álgido, desesperándose e intentando mantener una cordura inexistente.

El señorito, con la mirada desorbitada, mirando a la nada misma, aplaudiendo, riendo, actuando e interpelando a la confianza del público. La señorita, deambulando y haciendo la rutina básica de comer, dormir y dejar pasar el tiempo. Ese tiempo marcado por un reloj de bolsillo. Una casa que se rige por los minutos y segundos, sin necesidad de hacerlo. Tres individuos, incapaces de ver la luz del sol, de hacer su propia vida y de ser buenas personas.

Como una sentencia, ellos están presos, no tienen sueños, deseos ni forma de hacer el bien. La manera que encuentran de transgredir, es siendo crueles y enfermos mentalmente. Asombra cómo ocurre el desenlace y son simplemente unos pocos momentos hacia el final los que ayudan a tener dos historias posibles. Los más melancólicos se quedarán analizando la primera y los amantes del suspenso y terror psicológico, la segunda.

Increíble el aroma a verduras recién cortadas para la cena o familiar, pudiendo ingresar en un universo de códigos diferentes donde el olfato ocupa un lugar importante.

Esto puede notarse en la cocina, en el pañal del niño, en la putrefacción del lugar que imaginamos gracias a los diálogos y la posibilidad de ser parte de una historia íntima, bien de cerca, teniendo a los artistas entre nosotros, sin el escenario que los mantiene alejados e imposibles de observar.

“Casa adentro” es un ejemplo de tantas otras casas, de tantas otras familias o clanes. Quizás sorprenda o impacte la crueldad, el morbo y la desesperanza. Pero, seguramente, conozcamos más de un caso similar o con algunos tintes de esta obra.

Durante una hora, un sinfín de situaciones similares se desarrollaron y no hubo modo de acallarlas. La realidad ficticia protagonizó una pieza teatral diferente, con buenas actuaciones, donde cada intérprete tiene la posibilidad de desarrollar su papel y el factor sorpresa como regalo.

Que un final cambie todo, no es fácil de conseguir. «Casa adentro», lo logra gracias a la buena complementación entre directora y dramaturga. Dicha unión no consigue más que lo que buscan todas las obras de teatro: dejar una huella diferente, un mensaje concreto, la posibilidad de hacer pensar al espectador y de convertirse en una historia con introducción, nudo y desenlace.

Detrás de las paredes existe un mundo diferente al que vemos afuera. La escenografía no pretende impresionarnos sino conformar los actos determinados, utilizando aquel objeto preciso que ya describa el contexto.

Mientras las bellas voces quedan flameando en al aire, las canciones se repiten, los individuos enloquecen y los actores llegan a su fin.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Luces que iluminan el alma

Idénticos II

Hace 14 años que existe el ciclo Teatro x la identidad, una propuesta que incluye al arte como motor de búsqueda. Milagrosamente, los nietos siguen apareciendo, de a poco, con mucha fuerza, trabajo por parte de las Abuelas de Plaza de Mayo y de diferentes organizaciones sin fines de lucro que desean, fervientemente, reconstruir la Argentina, sin vestigios de sangre y tortura.

Creo, realmente, que siempre que exista un Estado comprometido, todo resultará más noble y esperanzador. En esta oportunidad, desde el 17 y hasta el 28 del corriente mes se pudieron disfrutar de diversas obras de teatro, vinculadas de alguna manera con la desaparición, la tortura, el dolor y la nostalgia.

Hoy, a un día de finalizar TXI, la pieza teatral “Idénticos II”, demostró cómo trece voces diferentes, pueden esbozar preocupaciones, tristezas, alegrías y convicciones. Estas últimas son las principales para recorrer un camino. No importa cuál sea, pero sí que el deseo y compromiso existan como tales.

Algo idéntico se relaciona con lo parecido, con lo similar, con algo exactamente igual. Sin embargo, la identidad (a pesar de relacionarse con dicho término), no es la misma para una u otra persona. Varía, somos diferentes unos a otros pero, a la vez, semejantes.

A veces pienso qué podrá sentir un hijo adoptado, cómo logrará escribir su pasado e historia sin datos reales, concisos. Sin conocer, en muchas ocasiones, a sus progenitores. Qué necesario resulta saber de dónde venimos, para conocer nuestro destino. No siempre es posible pero se debe hacer… debemos hacer hasta lo imposible para acercarnos a la verdad y ayudar al resto a que lo hagan.

Un hijo profanado, utilizado, escondido, ganado, robado; no suele tener la oportunidad de saber quien es.

Idénticos II, hace un recorrido por la vida misma, permitiendo que cada voz sea un monólogo, acompañado de la música a cargo del pianista Martín Pavlovsky, quien denotará un aire melancólico durante cada melodía.

Realmente, los artistas mostraron un compromiso increíble, teniendo un espacio para hacer lo que aman y siendo, a la vez, solidarios con los olvidados.

Las exposiciones fueron muy diferentes en estilos y guiones, conformando un espectáculo bien amplio, tan amplio y diverso como las personalidades, los rasgos y temperamentos. Claro que, siempre, sentiremos afinidad o conexión con alguno en particular por una razón en especial.

La sala Martín Coronado del Teatro San Martín, se convirtió en el lugar para predicar por los que no tienen posibilidad de hacerlo, para pedir por favor unión a pesar de las diferencias.

Tener la oportunidad de ver, gratis, a actores de la talla de: Gonzalo Urtizberea, Manuel Vicente, Lidia Catalano, Virginia Innocenti, entre algunos de los presentes; no se da a diario y es importante valorarla.

Monólogos para reír como el de un hombre sosteniendo su propio hígado, incómodamente; situaciones como la del nadador intentando hacer lo que teme, una mujer de la alta sociedad sintiendo repugnancia por los de menor condición que ella; un joven dando un discurso reiterativo y eficaz; y todo tipo de verdad puesta en escena para que seamos partícipes activos.

La búsqueda del pasado continúa, se realza y el texto de Pablo Iglesias “Todos los ojos en el mar”, cobra vida, se somete a las miradas y calla. Lidia Catalano es su intérprete y, debo asumir, que fue la performance más relacionada con la temática del Festival. Una madre que busca, camina, recorre y se desespera, nos alumbra con su linterna, alumbra las aguas, el mar. Desespera el tan solo saber que estuvo sola, sin apoyo, con desgracias, penurias y todo el frío desolador que puede atravesar una persona al perder a su hijo.

En cierta ocasión, se pregunta y le pregunta a los responsables si ella sola se tiene que encargar de encontrarlo. No son demasiadas las reflexiones verbales que emite. Basta con su presencia, su rostro hundido en el dolor y esa luz blanca que pretende hallar una huella, algún dato de su hijo.

Catalano e Iglesias supieron aliarse para buscar, solos o acompañados, a los que ya no están. Tuvieron la valentía de ser claros y concisos, clavando una el interrogante de cómo continuar avanzando. Cada quien es cada cual y cada quien ocupa un lugar determinado.

Como monólogo totalmente opuesto en cuanto a la forma, estuvo el de Villanueva Cosse. Un científico que se replantea la constitución de la materia y los átomos, llegando a la conclusión de que el humano es una parte ínfima en el universo. Su clase de física logró plasmar términos intangibles con la propia desesperación del hombre.

Mientras Mauricio Kartún, Lucas Lagré, Pablo Iglesias, Mariano Saba, Patricio Abadi y el resto de los autores continúen escribiendo con su pluma estas obras, la realidad se volverá más palpable y visible. Ya las cataratas sanarán al igual que las heridas del olvido.

TXI ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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Los elegidos por su padre

Ciertas Petunias6

“Ciertas petunias” es un grupo musical, compuesto por cinco actrices que se atreven a decir todo lo que piensan -utilizando las canciones como trampolín-. En esta oportunidad, presentan “1, 2, 3 ¡Probando! ¿Qué?”, es un espectáculo que permite recorrer una historia bien construida y sostenida en la música; además de adelantarnos el material para el próximo año.

Son cinco colores bien diferenciados, que se ríen y conmueven con cada momento atravesado en sus vidas.

Así como existen diferentes clases de esta flor, cada una de las hermanas Petunias, muestra su personalidad y modo de ver el mundo, haciendo sus propios arreglos musicales y versionando un universo posible.

Al verlas, recordé a Les Luthiers, por la manera en que componen la música, la fusión que hacen con distintos ritmos y los coros que lucen matices de voces, las que a su vez interpretan y caracterizan escenas bien definidas.

La ironía está presente como una de las herramientas más destacadas de la dramaturgia, demostrando que es posible reír de una realidad ficcionada pero que existe en el mundo real. “Y termino cantando con ustedes”, es una de las frases que cantan al comienzo de su recital, haciendo alusión a que siendo tan grandes como son, les toca estar con un grupo “así”. El descarte es la meta no elegida para ellas, pero la única, al fin, posible.

En cuanto a los instrumentos, cada uno permite hacer sonar un ritmo y ejecutar una letra que burle a su contenido tradicional. Un bombo es el encargado de hacerle la entrada al folklore, sonando en el escenario. Luego unos picaflores hacen su aparición, deambulando en varios sentidos y siendo tema central de la melodía y uniendo a estas artistas que con pentagramas, invaden el espacio de una energía muy positiva y renovadora.

Pero, en cierto momento de la obra, una carta del padre, les pide cancelar el concierto, para darle lugar a su petición que será casarlas con hombres ya elegidos por él. Es a partir de entonces cuando la originalidad aparece para no fugarse en ningún momento.

Cada una de las chicas tendrá su propio cuadro musical, donde podrá contarnos en canción lo que siente frente  a la decisión de su progenitor y qué hará entonces.

Respecto a los ritmos que mencionaba anteriormente, se pueden escuchar boleros, tangos, reggaetón, melódico, entre otros. Aunque, lo encantador es que éstos se fusionan, consiguiendo sus propias versiones.

Uno de los sketchs más cómicos es uno referido al telemarketer del que se enamoró una de ellas, ambientando sonoramente, todos los detalles de un típico llamado telefónico y la exageración en cuanto a esto.

El nombre Adalberto ya nos remite a una telenovela de Centroamérica, aunque es su prometido y lo dejará cuantas veces sea necesario, para luego volver y abandonarlo.

Un tango que termina siendo bolero nos da la pauta de que es posible que construyan lo que quieran y precisen para apoyar su gran historia, con un hilo conductor y ventanas que se van abriendo para que conozcamos a sus personajes, los cuales se encargan de guiarnos por un sendero colmado de luz y colores.

“Metiste un tipo en mi casa, y me mentiste”, se escucha decir en uno de los monólogos, respecto a su marido. La evidencia acerca de la exageración y el absurdo están presentes, en todo momento, y son estas características, más el humor, las que le dan un alto vuelo a Ciertas petunias.

Sin lugar a dudas, el cuadro más aplaudido fue el del esposo chino, llamado Chow fan, donde pueden observarse la delicada coreografía -con paraguas orientales, haciendo juego con el vestuario de cada una- y la sincronización en cada movimiento; luciendo su esplendor. Un lenguaje construido e inventado, sostenido gracias al acento chino, produce tantas carcajadas como incomprensión al intentar descifrarlo.

La sala del teatro La Carpintería, se llenó y la gente decidió solidarizarse con la valijita que paseaba una de las actrices entre las butacas, para permitir que este gran show pueda continuar su recorrido por otros lugares.

Un espectáculo femenino sin caer en el feminismo, es novedoso hallarlo. Hoy en día se cree que por el solo hecho de ser mujer hay que combatir al hombre, demostrar que tenemos los mismos derechos y, después, pretender que nos traten como una raza aparte.

Estas actrices y cantantes se plantan en el escenario, construyen un mundo abstracto, plasmado en la realidad, contagian alegría y sueñan con un mundo mejor. No hace falta que lo digan, se aspira en el aire y en cada uno de sus compases.

Ciertas petunias elenco

Mariela Verónica Gagliardi