*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Un fogón de esperanzas

Mujeres quemando1

Una varieté encierra varios desafíos: el principal, bajo mi mirada, es el que exista un hilo conductor entre cada sketch representado. Hay para distintos gustos pero creo que la profundidad y compromiso del relato es lo que puede marcar la diferencia entre un teatro de variedad y otro.

En este caso, Mujeres quemando pisa fuertísimo, y utilizo este adjetivo superlativo ya que merece ser descripto de este modo. Un elenco de mujeres talentosas al que se suma un solo hombre que se viste como dama, conformando unanimidad femenina para no solo entretener y hacer reír sino, en primer lugar, para demostrar y justificar esta nueva pieza artística en un momento muy sensible de nuestra actualidad como sociedad.

Mujeres coyas que hablan de chinos, que divierten, mujer que canta al amor como una estrella, mujer que hace su propio stand up sobre el hippismo vigente -dotándolo de hipocresía, aunque sin determinarlo con esta palabra-.

Son muchos los números que se van presentando en escena y por más nota que pueda tomarse, uno no quiere perderse de contemplar el vivo.

La mujer hippie-chic que utiliza la ironía en su monólogo, haciéndonos transitar por los lugares y sensaciones más conocidas y trilladas de lo que -se supone- se debe hacer para convertirse en un ser de luz. Mudarse al Uritorco, abandonar la ropa cheta por otra más mundana y cómoda, dejar de usar muebles para conectarse más con la madre tierra y tener la propia casa de adobe con bosta de caballo. Realmente uno de los momentos más cómicos que transcurrieron a lo largo de la noche en que la sala estuvo colmada de espectadores.

¿Qué mejor que contratar a la tradicional llorona para un velatorio? Ella también está presente realizando una parodia sobre el sufrimiento, a la vez que describiendo y ejemplificando los distintos tipos de llantos.

Hasta aquí es pura risa, hasta que un video da a conocer la intencionalidad de Mujeres quemando: la lucha por nuestros derechos, la lucha contra la violencia de género y la dura batalla que se debe llevar a cabo diariamente -en el propio hogar, en la calle y en la vida en general-.

El video deja ver cómo hay ciertos mandamientos que, actualmente, se siguen respetando sin siquiera -muchas veces- replanteárselos: esperar a un marido con la cena lista, con la casa limpia, con la ropa planchada. El tiempo pareciera detenerse… ¿en qué año estamos? ¿Un esposo debe ser tratado como alguien diferente y superior?

Y la verdadera batalla sigue su curso, in crescendo, cuando otra ama de casa completamente diferente a la anterior, utiliza a los productos de limpieza para crearles personajes e informarles que se va de la casa: que se va a un congreso latinoamericano de mujeres.

Pero la apuesta sube hasta que ingresa Ana Seligra con una jaula en su cabeza, la cual la aprisiona, no la deja libre. Esa libertad que toda mujer ansía y no está siempre tras las rejas de una cárcel sino en sus propias ataduras, en las imposiciones tan fuertes que nos imponen desde niñas, en lo que se supone tenemos que hacer y todo lo que sea distinto sería considerado rebelión. Estamos en una era en que las que sentimos y accionamos somos consideradas locas y en contra del sistema. Nada de eso es real. La única verdad es que existe una unión más fuerte entre todas nosotras y que la palabra prostitución no es ya una mera palabra que suena a un adjetivo descalificativo.

Una bella canción le sirve de introducción a Ana, que se desliza por el espacio escénico muy sutilmente, muy desgarradoramente, creando una rutina de danza contemporánea que llega al corazón. Mientras una grabación dice que: ninguna mujer nace para la prostitución.

Me voy a los cerros, alto
A llorar a solas, lejos
A ver si se apuna el dolor

(Subo, subo – Mercedes Sosa).

Pero los matices de la varieté están muy bien acentuados y se manejan los climas de una manera muy buena ya que es posible aunar el dolor con la alegría, la felicidad con la tristeza. Todo es aprendizaje que no debe ser olvidado ni combatido en vano.

Hay quienes deberían ser hipnotizados con una de las rutinas surgidas, que tanta ovación tuvo.

La genia de Yanina Frenkel hace su aparición en varios momentos de la noche, tanto en los videos proyectados como en su oficio de presentadora pero, sin lugar a dudas, su momento para representar un sketch junto a su compañero, demuestran su arte clownesco. Ella puede transformar su cara en la máscara que quiera, ser divertida o temeraria. Provocar un asalto de risas o parodiar a los cantantes de folklore. Yanina es un ícono en el mundo clown y de la actuación, un ejemplo de vocación que gira por el mundo con su espectáculo, llevando su valija de ilusiones.

Mujeres quemando es una conjunción de talentos, euforia, militancia, amor y compromiso por una sociedad más pacífica y menos interesada en el daño ajeno.

Elenco: Ana Valeria González Seligra, Alejandra Caputo, Gisela Cilia Podestá (Fuji), Julia Maria Izaguirre, Mara Ferrari, Mariana Cabrol, Mercedes Di Nápoli, Gisela Gómez (Morena), Natalia Domínguez, Paola Pretelli, Rosalía Jiménez, Valeria Maldonado, Yanina Frankel.

Mariela Verónica Gagliardi

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Poética universal

El Bululú1

Después de tantos años de éxitos no puede haber sorpresa en mis palabras ni descubrimiento alguno, sino una sencilla y perfecta admiración hacia El Bululú de Osqui Guzmán, quien no solo ganó muchísimos premios por su unipersonal sino que la humildad que lo caracteriza como persona hacen que uno lo aprecie aún más por el labor de su gran carrera como actor.

Son muchos los personajes que interpreta a lo largo de esta magnífica obra que llegó al Picadero por cuatro únicas funciones. Hoy, con la sala llena y en la que no cabe un alfiler, me emociono por él y cada retazo cosido por su máquina, profesión adquirida al igual que su madre, que le dio dinero hasta pelear por su sueño y dejar los hilos por ahí.

La máquina me estaba cosiendo a él – dice Osqui, refiriéndose a José María Vilches (autor de la obra original). Desde que conoció su Bululú lo memorizó, lo amó y lo integró en su vida. Jamás lo conoció a Vilches y sintió un gran dolor al enterarse de su muerte. Por suerte, el arte no se esfuma y sigue rodando por escenarios en que este actor argentino fusiona tres culturas: la española, la argentina y la boliviana. Un gran desafío en que se luce espléndidamente, en que construye diversos personajes -finamente caracterizados- y que explota su pasión por las tablas.

Risas, emociones, llantos, y un espiral de sensaciones que nos llevan como público a no reposar en el letargo. A meternos en una historia autóctona, sobre la vida de Osqui, la de Vilches y la de estas culturas que -gracias a este espectáculo- podrán ser preservadas y admiradas por siempre.

Chacareras bien tradicionales como la Choyana, dan fe de las ocurrencias musicales: La mujer que quiere a dos hombres no es tonta sino entendida, si una vela se le apaga la otra queda encendida (La choyana, René Ruiz y Alberto H. Acuña).

Sin lugar a dudas, desata carcajadas la descripción de la mujer fea, sus aspectos positivos y un sinfín de detalles como para que toda linda anhele no serlo.

Desde la escena en que intenta matar una cucaracha, realizando una performance de danza, hasta el respeto por los trajes bordados y los cambios de vestuarios -al instante- conforman un viaje infinito que no queremos que termine más.

Los seres humanos, en estos tiempos más aún, necesitamos conectarnos con la madre tierra, con nuestros orígenes, con la historia real, dejando un poco de lado la política y su suciedad. La hermandad, el deseo por ser actor, los días de caminatas por no tener dinero para un transporte, la dignidad de su vida y de la manera que encontró por aprovechar cada instante para formarse como artistas… todo es una integridad, un cúmulo de experiencias vividas por él y transmitidas a nosotros.

Osqui Guzmán luce su profesión, aquella que lo desnuda completamente de cuerpo y alma, permitiendo que El Bululú nunca sea exactamente igual aunque su dramaturgia sí lo sea.

Españoles, argentinos y bolivianos podrán sentirse honrados y homenajeados a través de los textos dichos a la perfección, sin un mísero olvido. Él es magnífico, es un actor completo que canta, que baila, que interpreta lo que sea como todo actor verdadero. Mientras su cuerpo gira como un compás, las agujas del reloj parecieran representarse a la vez que el tiempo avanza en este recorrido cultural.

El Bululú no es una excusa para que Osqui hable de sí mismo sino el narrador de la historia de Vilches que se entrecruza con la suya, que juntos consiguen pintar un paisaje en que América y Europa se unen sin resentimientos.

Generaciones que gracias a la pluma se fusionan y parecen aunarse en el viaje. Este unipersonal no debería ser titulado de esta forma ya que es multi. De ahí en más, todo es diferente.

La palabra del propio artista podrá aclarar, detallar y conocer más aún la profundidad de quién es y a dónde va.

El Bululú2

¿Cómo surge la necesidad de adaptar la versión de José María Vilches a una propia?

Cuando presentamos la propuesta de hacer El Bululú al teatro Cervantes les dijimos que queríamos hacer una versión. No sabíamos cómo era la de Vilches pero sí sabíamos qué nos pasaba a nosotros con este material. Nos elevaba hacia lo más rico de la poesía dramática hispana y nos sacudía el mito alrededor del Vilches que vino a Argentina y no volvió nunca más a España. Poco se sabía de él. Los más cercanos cuentan que un halo extraño de melancolía lo ensimismaba cuando alguien le preguntaba sobre su familia y no quería hablar del tema. Rastreando material de Vilches dimos con el museo del cine. Vilches había hecho una película. En el museo nos entregaron entrevistas que le habían realizado y estaban celosamente guardadas. En varias entrevistas Vilches decía que hizo El Bululú en homenaje a sus dos patrias la española a la que pertenecía y la argentina que había adoptado y que lo había adoptado a él. Entonces se abrió la idea de hacer este nuevo Bululú en homenaje a sus tres patrias: la española de Vilches, la argentina a la que pertenezco y la boliviana que heredo de mis padres. Este nuevo Bululú es un inmigrante del teatro.

¿Qué sentís al encarnar un personaje autóctono en un teatro como el Picadero?

Siento lo mismo que sienten los espectadores. El teatro somos nosotros, los artistas y el público. El Bululú tiene el encanto suficiente para transformar esa realidad agonizante donde se separan los circuitos off y comercial y los públicos de unos o de otros. Une a todos en su historia de caminante del tiempo y de la memoria. Este domingo pasado hice El Bululú en el Centro Cultural de la villa 21-24, y al dia siguiente en el Picadero. Se rieron en los mismos lugares, disfrutaron de la misma magia, y aplaudieron a rabiar en los dos lugares. Eso es El Bululú.

Pasaron ya muchos años desde el estreno de El Bululú. ¿Cómo fuiste evolucionando en su creación?

La evolución de El Bululú es una historia de adaptación. La obra es la misma pero yo no. Entiendo mejor otras cosas, respiro distinto, o más seguido o más lento. Descubro la genialidad de la obra pensada por Vilches en cada función. 

Más allá de los premios que recibiste y del reconocimiento público como artista, ¿que devolución tenes de la gente?

Única. Pasan cosas increíbles. Al final del espectáculo la gente aplaude como si quisiera dejar todas sus fuerzas en ello. Luego me espera alguno para decirme algo con su silencio y su abrazo. Muchas veces no quedan palabras y solo nos miramos y sonreímos. En el estreno de el Picadero, en el aplauso final una señora, levantando la voz por encima de los aplausos dijo: «Jose Maria Vilches, El Bululú, 1982″ y levantó en alto el programa de la obra. El público se estremeció conmigo. Se lo pedí y de mano en mano fue pasando hasta llegar a mí. Lo levanté y lo presenté: acá está, José María Vilches» y levanté el programa y el público se arrancó solo en un aplauso invencible. Un director de cine me dijo a la salida que le dio la sensación de vivir algo épico. Así fue siempre con El Bululú.

¿Cómo fue fusionar la cultura española con la boliviana y la argentina?

Yo no la veía. Fue Leticia Gonzales de Lellis, coautora de la versión, quien me empezó a conectar con el momento en que yo trabajaba en la máquina de coser mientras escuchaba a Vilches y me criaba en la cultura andina. Esa mezcla impensada fue creciendo en los ensayos y al narrar mi paso por el conservatorio me di cuenta que estaba hablando de mi cultura: la de un actor argentino entrenado en las raíces del teatro europeo con técnicas rusas y francesas. De América Latina nada. Entonces en una charla que tuvimos con Mauricio Kartún nos habló de la fusión que él veía en el material de este Bululú, al haber entrado por confusión al mundo del teatro y al hablar del siglo de oro español, claro, ¡el oro que se llevaron de Bolivia! Todo se encajaba como un cubo mágico y no teníamos más que narrar y dejar que los mundos se fusionen.

¿Este espectáculo es un modo de encauzar tu vida y darla a conocer mimetizándola con historia y cultura?

Yo diré más bien que este espectáculo es mi razón de ser, de existir, es mi destino. Nunca tuve con él ninguna intención educadora o moralizante. Seguí la huellas, los propósitos que encontré en su creador original y así se fue desentrañando sobre qué tenía que hablar. Qué era lo que tenía para decir.

¿Podrías decir que estás hecho de retazos?

Sí. Y podría decir que a medida que el tiempo pasa solo quedan retazos en la memoria que se unen como se puede. Eso hace de los recuerdos un material poético, en su incompleta linealidad con la realidad de los hechos. Son imborrables aquellos recuerdos que han sobrevivido como retazo.

Además, creativamente, los retazos, son desechos de costuras, sobrantes de tela cortada, un futuro traje de harapos, que me despiertan un solo pensamiento: yo uso lo que te sobre. Esa es la base de

mi trabajo.

¿Basándose en el humor es más sencillo decir la verdad y marcar los errores de una sociedad?

Siempre la comedia apunta a la inteligencia del espectador. El desprevenido se ríe porque piensa. El disparo de la comedia hace estallar los espejos donde los paradigmas sociales se maquillan, y ofrecen esa mirada deformada y fragmentada del espejo roto, obligando al espectador a reconstruirse de manera divertida. Se puede decir pero nunca enseñar. El humor o la comedia no juzga sino se auto proclama culpable.

¿Qué significa que El Bululú no sea la realidad pero sí la verdad de tu vida?

Significa que lo que cuenta la obra es verdad pero no real. La realidad, es una sucesión de hechos de los que consciente o inconscientemente somos responsables, en cambio la verdad es un sistema orgánico donde conviven certezas y errores de manera natural porque en la verdad esta dado que lo más importante es que la verdad sea comprobable. De ahí nace la ética, en cambio la realidad es un callejón sin salida. Un conflicto del que no hay retorno.

¿En qué momento sentiste que el teatro iba a formar tu persona?

Cuando empecé a actuar y vi la respuesta del público hacia mi trabajo. Comencé a sentir una íntima responsabilidad con la belleza y la poesía. Eso me encaminó hacia lugares nunca soñados por mí y me hizo reflexionar sobre mi trabajo al punto de comenzar a elegir qué trabajos hacer y qué trabajos no hacer. Esa capacidad de elección se desparramó sobre toda mi vida.

Autor: José María Vilches. Versión de Leticia González de Lellis y Osqui Guzmán. Actor: Osqui Guzmán. Diseño de movimiento: Pablo Rotemberg. Música original: Javier López del Carril. Vestuario: Gabriela Aurora Fernández. Iluminación: Adrián Cintioli. Diseño gráfico: Trineo. Fotografía: Hernán Succatti. Asistencia de dirección y producción: Leticia González de Lellis. Estrenado en 2010 con la dirección de Mauricio Dayub.

Mariela Verónica Gagliardi

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No nos maten la cultura: somos sudacas no ignorantes

Ubú1

Tengo debilidad por los clásicos de la literatura pero me encanta cuando un director se atreve a romper estructuras y adaptar una historia a un contexto más próximo. Considero que es una manera para que los artistas en escena se luzcan más e incorporen su personalidad a la trama.

Así ocurre con Ubú (versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry) de principio a fin; deleitándonos con humor político como para no perecer en el intento.

Dicha dramaturgia es realmente atrapante, veloz y con una suspicacia muy particular -en la que unos actores tienen más personajes que otros, mientras los títeres y sombras acercan o alejan realidades-.

¿Qué podría identificar a Francia del Siglo XIX con Argentina de finales del Siglo XX?

Es un desafío la puesta de Andrés Bazzalo que pretende resaltar lo actoral por sobre el vestuario o escenografía. Estos aspectos quedan relegados a un segundo plano, dando una verdadera clase durante la cual disfrutaremos de personajes ya conocidos pero ciertamente retocados para la adaptación.

Un Padre Ubú (Luis Campos) que se devora toda la obra de un mordisco, que flaquea cuando tiene que tomar el poder y que prefiere comer delicias antes que ser el culpable de una mala decisión. Para eso está Madre Ubú que quiere que su marido derroque a Venceslao (actual Rey de Polonia) y se coloque en su lugar. Para esto recibirá la ayuda del Capitán Bordura (Conde de Lituania) y su ejército que llevarán adelante una política escalofriante.

¿Quién te impide degollar a toda la familia y ponerte en su lugar? – dice enojada Madre Ubú a su esposo, dejando esbozada su tenebrosa y sanguinaria personalidad. Pero, éste, fiel a sus propósitos le contesta: ¡Oh, no! Yo, capitán de dragones, degollar al Rey de Polonia. ¡Antes morir!

Tuve dos fuertes sensaciones con respecto a la dramaturgia: una durante y otra pos función. Durante la obra sentí la calidez no solo de los artistas sino de los espectadores que, me incluyo, disfrutamos muchísimo. Y, la otra, que me dejó una sensación de la postura política adoptada por el director. Esto último me pesó mucho más para observar el argumento desde otro ángulo muchísimo más importante que el de clásico en si.

¿Será novedad alguna vez que nuestro país deje de tropezar siempre con la misma piedra?

Se puede disfrutar completamente de la interpretación de Luis Campos a quien considero uno de los mejores artistas del teatro argentino, con una composición compleja, sólida y comprometida.

La dinámica de Ubú resulta atrapante en los momentos en que se proyectan sombras en telones rojos e inclusive cuando unos bellos títeres continúan narrando la historia en pie.

Mientras el fantasma del Rey Hamlet se le aparece a su hijo para pedir venganza, la acción continúa con Ubú dando un discurso al pueblo y otorgándole oro; al tiempo que para ajustar presupuesto tiene que eliminar a todos los nobles. Así será como el impuesto a las ganancias hará su aparición en escena para recordar ciertas épocas pasadas de nuestra historia como país y ofreciéndose él mismo a cobrarlo con tal de que le cierren mejor los números.

A la vez que una cortina musical de Bajofondo suena, la rivalidad entre socialismo y capitalismo sigue su batalla olímpica y las necesidades son anuladas.

Guerras, batallas, muertes, sangre, víctimas y víctimarios, poder y aniquilación. Inocentes e ignorantes: Argentina, nuestro rico país que lucha para seguir siéndolo por más que a muchos les pese.

Los noventa olvidados por muchos, recordados por tantos, bolsillos vacíos y agujereados, hambre y miserias. Olvido como antaño.

Entre escenas que navegan, naufragan, se posan y eliminan están los más fuertes, los que supieron de algún modo pelear por caprichos, por tierras o por una real inquietud. Cansados como están, los sobrevivientes suben a un barco y al azhar, o no; escogen un destino donde exista cultura. Sudamérica es el mencionado al final del recorrido. ¿Quedan aún esperanzas?

Versión libre de Ubú Rey escrita por Alfred Harry. Dramaturgia: Andrés Bazzalo. Luis Campos, Adriana Dicaprio, Mariel Lewitan, Mariano Falcón, Francisco Ramírez. Dirección: Andrés Bazzalo. Funciones: domingos 20 hs. Teatro El Grito.

Mariela Verónica Gagliardi

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Contemplando el universo de una escritura

Franz y Albert2

Abril de 1911 – Praga (Austria).

Bajo las estrellas, en una velada única y emotiva, el genio de la física, Albert Einstein (Julián Marcove), y el abogado pero apasionado por la literatura, Franz Kafka (Miguel Sorrentino); se reúnen. Ellos conforman una dupla realmente inigualable, emotiva y apasionante en que podemos conocer detalles del pasado, anécdotas, amores y sus deseos menos conocidos. Así es como Daniel Marcove trae al escenario una joyita del teatro titulada Franz & Albert (con dramaturgia de Mario Diament), una historia con varios matices que se encargan de ilustrar una amistad en la cual conviven dos jóvenes con gustos y carreras completamente diferentes.

Así es como mientras Einstein habla del tiempo, mencionando que no existe objetivamente, refiriéndose como un sinsentido a la afirmación de que el tiempo fluye. Cuando escuchamos estas reflexiones, Fakfa se sorprende y su compañero le da ejemplos de absolutamente todo lo que evoca.

No necesito mucho para sentirme humillado, dice Franz. Siempre se supo sobre la personalidad tímida, depresiva y sin entusiasmo que daba a conocer y que, realmente, era cierta.

Al tiempo le sigue la noción acerca de el movimiento que es una ilusión ya que el movimiento por sí solo no existe. Pero, Kafka no pierde un instante para describir el abogio que siente por su trabajo en la empresa, desempeñándose en un puesto que, claramente, no es su ideal.

Existen muchísimos aspectos a resaltar tanto sobre las interpretaciones de ambos personajes como del texto y, por supuesto, la dirección. Es un conjunto inteligente que supo llevar adelante un careo entre dos emblemáticos famosos que dejaron sus huellas a través del tiempo y lo seguirán haciendo. En esta oportunidad, un balcón es el encargado de hospedar a los amigos que brindan, fuman, se dan el gusto de bailar el vals y de contagiarse del otro lo que les falta.

Realmente una experiencia enriquecedora de punta a punta que nos refresca datos relevantes de Franz y Albert3sus vidas y da a conocer para algunos, seguramente, detalles que no sabían. Así, la dramaturgia cumple el cometido de ser para todo público ya que dependerá el interés de cada persona el llevarse un fragmento determinado a su corazón o la plenitud de haber sido parte de las charlas entre dos genios.

Entre teorías, libros y conversaciones aparece la tan cuestionada Teoría de la Relatividad de Einstein en que menciona que el espacio es tridimensional y que la cuarta dimensión es el espacio-tiempo. Pero el espacio de Kafka parece ser absurdo, infinito y vertiginoso: yo soy un hombre atrapado en una realidad estática. Qué reprocharle a éste último cuando su palidez de por sí le deja relucir su desmotivación.

Los temas que más se mencionan a lo largo de esta puesta en escena están orientados a la culpa, el suicidio y el miedo. Esa baranda negra que les sirve de obstáculo, de asientos y de límite entre la vida y la muerte. La fiesta interna que nunca se ve y que no interesa tampoco descubrir ya que la acción es externa y nos tomamos de su mano para aventurarnos en la noche. Una noche en que evocarán sus temores para íntimos y sus secretos más ocultos.

Nuestra vida social es una máscara que portamos (Einstein) es la frase que afirma la transparencia de ambos respecto al entorno tanto cercano como lejano. Aunque no solo es la hipocresía su enemiga sino el significado del progreso. Lógicamente, a Albert le encanta y a Franz le produce temor la gente que lo impulsa.

Como espejos en que se desdibujan, se alejan y se acercan cada vez más; dicho de una u otra forma parecieran asemejarse más de lo imaginado o supuesto. Como dos almas que se conocieron para transmitir y no aparentar, para dar y no esperar recibir.

También la política surge como broche de oro para que expresen su descontento. Ambos judíos pero sin resentimientos sino con una luz que quedará encendida como merecimiento a todo lo que han hecho.

Autor: Mario Diament. Actúan: Miguel Sorrentino, Julián Marcove. Director: Daniel Marcove. Funciones: sábados 22:30 hs y domingos 20:15 hs. Teatro El Tinglado.

Mariela Verónica Gagliardi

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Te aplasto como insecto

El invernadero9

El escritor Harold Printer escribió hacia fines de los años cincuenta, El Invernadero, época en que se desató la Revolución Húngara (1956), un movimiento revolucionario que tuvo lugar contra el gobierno del país y de las políticas impuestas desde la URSS. Lo que estaba en juego era la retirada de las fuerzas soviéticas del territorio de Hungría y el gran poder que ejercía el Politburó contra la revolución.

Recién treinta años después se crea la Tercera República Húngara y cada 23 de octubre se conmemora por lo ocurrido en 1956.

Dentro de este contexto es que Pinter idea su dramaturgia The Hothouse (El Invernadero), una comedia policial con tintes de farsa y absurdo.

Resulta imposible no dejarse seducir por la propuesta dirigida por Agustín Alezzo e integrada por un elenco de actores maravillosos que mantienen, fielmente, la estética inglesa de aquél entonces.

El director de un centro de salud mental, protagonizado por Edgardo Moreira, es quien irá hilvanando su parecer intrincado e implantando la duda sobre cada certeza supuesta de los demás empleados del lugar. Es así como la historia se convertirá en un juego detectivesco en que los espectadores serán los encargados de encontrar el motivo de existencia de esta institución, por qué los internos llevan número en vez de nombre, a qué se debe tanta intriga y por qué los discursos se vuelven más importantes que las acciones.

Sin lugar a dudas que existen dos conflictos a partir de los cuales girarán las dudas: la muerte del paciente 6457 y el nacimiento de un bebé. Estos hechos estarán en boca de los que habitan este sitio tan frío y cobarde a la vez. Y, por qué utilizo esta última palabra. Justamente porque si no existiera dicha institución física, le sería imposible al hombre (y con hombre abarco a aquel que le toque tomar el poder en el momento indicado) imponerse ante los demás.

Si bien el organismo parece ser de salud mental por las charlas que se definen durante la obra, lo cierto es que no se dice de modo explícito (creo que no hace falta hacerlo tampoco ya que diversos mecanismos de tortura dan cuenta de ello).

El Invernadero podría bien ser el escenario revolucionario sito en Hungría y los directivos, aquellos rusos que reprimían física y psicológicamente a quienes luchaban por sus derechos y un país libre de toda invasión externa. Los sin nombre, serían los desprovistos de derechos que pretendían aunque sea permanecer vivos y salvos. Pero, cómo salir ilesos de un mecanismo represivo tan eficaz que dominaba con la acción más que con la palabra, aunque en la mano de Pinter, es la palabra, la encargada de desvalidar la acción -haciendo énfasis en lo absurdo que resulta aniquilar al otro sin tener argumentos racionales para hacerlo-.

Y cuando no se encuentra la manera de luchar de igual a igual, se mata o reprime de la peor manera, dejando a la víctima desprovista de defensa. Este abuso de autoridad se ve plasmado, íntegramente, a lo largo de toda la historia y resulta agobiante cómo la lingüística puede anular el pensamiento ajeno, así como también -si se lo desea- el acudir a la tortura física.

En cuanto la luz blanca se esfuma, la roja alumbra a un pobre interno a quien se lo intenta vaciar hasta matándole su propia alma. Convertido en un mero robot que dice y responde como los “otros” quieren, es que su corazón se duerme para siempre. Así transcurre esta puesta en escena al igual que la vida de cualquier mortal.

Si el poder pudiera distribuirse -como la riqueza que jamás se reparte-, en partes iguales, esta obra no tendría su motivo de existencia ni tendría la obligación de educar a través del diálogo y del humor.

Porque todo lo que duele no fortalece, a veces extermina como si los humanos fuesen insectos devenidos en plaga. Y como la plaga se denomina con tal nombre, deja de interesar.

El Invernadero jamás pasará desapercibido porque se ubica en un lugar intrincado, en que se puede debatir y a partir del cual ganará no el mejor sino el que se atreva a tener más sangre en sus manos, dejando de lado la culpa. Qué replanteo podría tener una persona que solo siente con la cabeza y con el interés insoslayable de poseer lo que otro tiene, sin importar las consecuencias.

El Invernadero no es una moda y por ello podría seguir en cartelera de por vida. Porque no tiene imperfecciones, porque todos los artistas tienen su momento de protagonismo y porque quien podría ser el culpable es solo para distraer la atención de aquellos dormidos por el sistema.

La corrupción, la seducción y el poder coercitivo; desfilan incesantemente hasta que ocurre la desgracia.

Elenco: Edgardo Moreira, Nicolás Dominici, Georgina Rey, Sebastián Baracco, Federico Tombetti, Bernardo Forteza y Jorge Noya. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Sonido y música original: Mirko Mescia. Asistencia de dirección: Martin Ventimiglia. Dirección: Agustin Alezzo. El Camarín de las musas. Funciones: viernes 21 hs, sábado 19 hs.

Mariela Verónica Gagliardi

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El espanto de estar vivo

Cumple zombi1

La Sala Casacuberta del Teatro San Martín en este caso no se ilumina sino que se oscurece para adentrarnos en una historia muy peculiar: la de un zombi que busca ser querido y aceptado por sus semejantes. Con una música que recrea la atmósfera pretendida, lo negro y colorido se unen y separan cuantas veces sea necesario para dar lugar al conflicto, al amor, al deseo, a la bronca y a todo tipo de sentimiento surgido.

Ivo Siffredi adapta el cuento Cumple zombi (de Alberto Pez y Roberto Cubillas) al mundo de los títeres en que todo es posible. Ese universo de hilos, de marionetas y de voces cambiantes que irán construyendo al pueblo de Jacumel -un espacio habitado por seres un tanto peculiares que, como todo lugar, tiene buenos y malos-. Con su impecable dirección y confección de marionetas y títeres, este espectáculo se torna maravilloso.

Como en la película de los ochenta, Beetlejuice que fusionaba el suspenso con humor negro y la comedia, Cumple zombi transita por un mundo con códigos como el de los vivos pero muchísimo más entretenido y no convencional.

Cuando las luces se atenúan, el humo invade y ellos aparecen, de a poco, uno tras otro para celebrar un nuevo aniversario en la vida de Benito. Si hasta suena tierno este nombre al igual que sus ojitos que pestañean cuando se enamoran, que teme no tener torta ni regalos y el olvido de sus amigos.

Más allá del festejo, ocurren algunas peripecias antes de llegar al mismo. Y es que una mujer, en este caso una zombi, se disputa el corazón de dos y uno de ellos jugará demasiado sucio pretendiendo envenenarlo.

Un primer beso que se hace esperar, que quizás nunca llegará. La tensión es sopesada gracias a los diferentes animalitos que se mueven espontáneamente dentro de la escena, recobrando su libertad. Los vivos no mucho más vivos que los muertos y éstos teniendo los mismos sueños de cualquier mortal que se enciende cuando ve luz y se entristece al apagarse.

Realmente es atrapante el modo en que se desarrolla la dramaturgia, la habilidad en que los titiriteros se desempeñan y la parte visual súper atractiva que cautiva en todo momento, consiguiendo sonrisas y sustos en las caras de sus pequeños y adultos espectadores.

Existen varias enseñanzas en esta historia referidas a los buenos valores, a la felicidad y a las pequeñas cosas que sirven para construir un mundo mucho mejor. Si la trampa no existiera, no habría corrupción. Claro que la magia de esta aventura no apunta a asuntos políticos pero sí puedo afirmar que la política está presente como mecanismo para llevar adelante un festejo con toda la ingenuidad que eso implica, la misma que tiene una mirada ante la presencia de un ser amado o las maripositas en la panza cuando se está acercando o hay incertidumbre.

Para que nadie del público se pierda en el relato, una pantalla gigante subtitula extractos de cada escena y, a su vez, el personaje de Bikor (interpretado por un humano que también es movido con hilos) se encarga de hilvanar cada uno de los diálogos, conceptos y escenas existentes para que ningún niño quede afuera de lo que acontece.

Una aventura en la oscuridad en que los colores fluorescentes nos dejan atónitos y permiten que disfrutemos durante una hora de un espectáculo excelente, bien realizado y con todo lo que tiene que tener una obra para ser de alta calidad.

Colores por todos lados, formas distintas, voces de diferentes tonalidades, personalidades que se unen o disienten, dos universos de lenguajes paralelos (escénico y visual), un cumpleaños quizás no como el ansiado pero cumpleaños al fin que logra vencer todo tipo de obstáculo para traer lo más lindo de la vida -o de la muerte- que es poder compartir a pesar de las diferencias.

Los hermanos Desgracia quisieron hacer valer su nombre pero entre tanta alegría su cometido llegará a exterminarse por completo.

Como en la película de los ochenta, Beetlejuice que fusionaba el suspenso con humor negro y la comedia, Cumple zombi transita por un mundo con códigos como el de los vivos pero muchísimo más entretenido y no convencional.

Elenco: Daniel Spinelli, Silvia Galván, Bruno Gianatelli, Florencia Svavrychevsky, Valeria Galíndez, Julia Ibarra, Victoriano Alonso, Pablo Del Valle, Celeste López, Leticia Yebra, Lorena Azconovieta, Cristóbal Varela, Ariadna Bufano, Esteban Quintana. Diseño de escenografía, títeres y animaciones de pantalla: Roberto Cubillas. Realización de títeres, diseño y mecanismo de marionetas: Victoriano Alonso, Pablo Del Valle, Cristóbal Varela, Katy Raggi, Florencia Svavrychevsky, Ivo Siffredi. Música incidental original y dirección musical: Santiago Chotsourian. Diseño y puesta de sonido: Mariano Fernández. Dirección: Ivo Siffredi. Funciones: sábados y domingos, 16 hs. Teatro San Martín.

Mariela Verónica Gagliardi

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En busca de la felicidad

Dos hombres sin destino18

Esta dramaturgia estrenada en España en el año 2004, tuvo un éxito rotundo y acá en Buenos Aires ya va por su segunda temporada.

El humor en tono absurdo es muy difícil de lograr en un escenario y en vivo, donde los tiempos tienen que ser precisos, justos –permitiendo dar lugar a los chistes que serán uno de los efectos deseados de la historia-.

Dos hombres sin destino son dos ejemplos de vidas que no logran encauzar sus metas, que ni siquiera se las plantean y que lo que hacen, a diario y por inercia, es mirar la televisión cual familia Simpsons.

Un sillón desgastado y cansado tanto como ellos, de sobrevivir sin incentivos.

Pero, un día, la suerte de Juan Ignacio cambia fortuitamente, consiguiendo la envidia de José Ángel -quien ya ni siquiera tiene un motivo para respirar-.

Juan Ignacio, tocado por la varita mágica, absurdamente puede conseguir hasta ponerse de novio con una actriz internacional, dar discursos ante un público masivo y ser solicitado como un referente a seguir.

Claro que el contraste que pretende acentuar el autor es el de dos personas que no hacen nada por sí mismas, esperando que algo los modifique en alguna dirección.

Entre risas, surgirán llantos por la propia indignación a no apostar nada (y no por miedo, sino por vagancia). Una casa que nos muestra un living, un escritorio y el decorado que quedó de antaño, congelando sus vidas como si se tratara de una simple fotografía sin movimiento ni respiración.

Qué fácil puede resultar burlarse de otro y qué tétrico puede ser asumir quien se es. La quietud, ese lugar cómodo que ya se torna incómodo en cuanto se puede ver el progreso ajeno, esa envidia venenosa que desea que al otro le vaya mal para no moverse del sitio en que se está.

Ordinarios, vulgares y conformistas; como tantos otros. Intentando sobrepasarse de desorden y consiguiéndolo a la perfección. Estrellándose contra un espejo de sí mismos y viéndose reflejados en el otro, constantemente.

Dos hombres sin destino es una mirada sobre aquellas personas que no aspiran a nada, simplemente que ven los días correr desde la ventana de su casa, sintiendo que la vida es eterna.

La simpleza de la historia permite hacer reír y reflexionar a un público heterogéneo. Una obra que es, indudablemente, para pasar un buen rato, encontrándose consigo mismo, quizás en algún momento de la dramaturgia.

El destino de ellos será incierto pero destino al final. Como el de cualquiera, como el de cada uno de nosotros. Como quien no tiene esperanzas sino la paciencia de no mejorar.

¿Cómo parodiar la propia desgracia?

Esta seguramente sea la clave de esta comedia que no tiene pudor ni vergüenza. Con dos actuaciones antagónicas, que se fusionan bien y en la que uno consigue lucirse como los personajes que le caen del cielo; mientras el otro viste y deambula siempre igual.

Dramaturgia: Pepón Montero y Juan Maidagán. Elenco: Iván Esquerré y Gonzalo Suárez. Dirección: Néstor Montalbano. Teatro CPM Multiescena. Funciones: viernes y sábados 21 hs. Domingos 20 hs.

Mariela Verónica Gagliardi

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Se murió mi esperanza

Mariana, mujer de Lorca2

Mariana, mujer de Lorca (escrita por Federico García Lorca, interpretada por Patricia Tiscornia y dirigida por Santiago De Los Reyes) es un unipersonal que nos translada a Granada para recrear la atmosfera de una época que, sin lugar a dudas, fue triste y conmovedora a la vez.

En primer lugar, una actriz que no es española, resulta difícil de imaginar en dicho contexto (más allá de la vestimenta y accesorios que utiliza la artista para lograr un mayor acercamiento con el público). Es que lograr el acento, la pronunciación y veracidad de las palabras, no es tarea sencilla. Como homenaje a esta luchadora, el objetivo se cumple, pero si de representar se trata, la versión de Susana Hornos y Zaida Rico, quienes recorren la vida de Mariana Pineda -comparándola con la de muchas mujeres, de diferentes épocas, que lucharon hasta el cansancio por sus convicciones e ideales político-sociales-humanos- es un ejemplo de excelencia y enaltecimiento, motivo por el cual es difícil de juzgar la presente dramaturgia.

Patricia Tiscornia, sin embargo, recita los poemas de amor de Lorca, acercando lo más importante de la historia. Ella canta, recita, cuenta su vida y le narra a su único amor Pedro. Quizás una buena forma de desarrollar la historia pueda ser no querer interpretar a una española sino al sentimiento que perpetúa con el correr del tiempo, a esa sensación en que una meta se desdibuja como nebulosa, apostándolo todo.

La interpretación oscila entre los versos del autor y su deseo inagotable.

El hombre es un cautivo y no puede liberarse – le dice Mariana a Pedrosa, a quien no considera valiente en absoluto.

La noche no quiere venir para que tú no vengas ni yo pueda ir.

Pero yo iré aunque un sol de alacranes me coma la sien. Pero tú vendrás con la lengua quemada por la lluvia de sal.

El día no quiere venir para que tú no vengas ni yo pueda ir.

Pero yo iré entregando a los sapos mi mordido clavel. Pero tú vendrás por las turbias cloacas de la oscuridad.

Ni la noche ni el día quieren venir para que por ti muera y tú mueras por mí.

(Federico García Lorca)

Ella no se agota por su lucha, por más utópica que se vuelva, por más peligro que corra o sin sentido se convierta. Mariana dice: Yo bordé la bandera con mis manos y su rostro se ilumina por completo. Un rostro cansado, padeciente pero lleno de vida viva.

¿Y si estoy presa? Estoy presa.

Ella se siente la libertad, y desde ese lugar recita sus días, para transmitir su militancia individual, sin anexarse a organismos políticos sino a cultivar su bondad, su compromiso y su deseo por un país más justo y equitativo donde no se condene al que piensa y acciona diferente al modelo vigente.

Ella dice que va a morir por lo que él no se anima, lo increpa a Pedrosa (alcalde que ordenó su pena de muerte por despecho), juzgándolo por su quietud ante la tormenta. ¿Un crimen pasional? Un cobarde que utilizó la violencia para terminar con el corazón de la mujer que amaba. Esa es la esencia de esta obra, además de la bandera bordada por Mariana en homenaje a la libertad.

Teatro Botica del Ángel. Función estreno: jueves 20 de agosto 2015.

Mariela Verónica Gagliardi

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Ni muerto, en paz

La tragedia de Ricardo III1

La tragedia de Ricardo III (The life and death of kink Richard III, escrita por William Shakespeare y dirigida por Jorge Eines) plantea ciertos conflictos de dos épocas diferentes y permite que consigamos aunarlas con nuestra actualidad mundial.

Porque Eines compara y asemeja a Hitler y su nazismo con Ricardo III y su despotismo. Claro que existió un verdadero Rey que viviía en la Torre de Londres donde se ejecutaron y encerraron a muchas personas. Este punto transcurre exactamente igual en la historia inglesa y en la dramaturgia.

La Segunda Guerra Mundial (Siglo XX) expone a Adolf Hitler con su plan macabro de crear muchos campos de concentración y eliminar a quienes no fueran como su capricho lo deseara. Dicho espacio físico aparece representado al fondo del escenario y resulta tanto conmovedor como interesante notar el desenvolvimiento de hombres y mujeres que continuaban con sus rutinas diarias de lavar, coser, remendar… hasta que la muerte les llegue.

Cerca de un millón de judíos fueron asesinados en Auschwitz -el campo de concentración más grande, monstruoso y el que reclutaba a más personas de la colectividad-. No solo fue una guerra contra los judíos sino contra todo no incluido dentro de la raza aria: 74.000 polacos, 21.000 romaníes (gitanos), 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y alrededor de 10.000 ciudadanos de otras nacionalidades fueron exterminados del mapa para siempre.

El Tercer Reich (en Inglaterra, la equivalencia se denominó Lager) fue orgullo de los nazis y padecimiento del resto de los mortales que temblaron ante el famoso brazo estirado, tan rectamente como su regimen descomunal.

Pero, en la presente puesta en escena, se produce un alivio al comprender que no solo se menciona la crueldad histórica de Hitler y Ricardo III sino que se trata de un montaje que tendrá que llevarse a cabo para no perecer en el intento. Sí, un grupo de actores irán interpretando a los personajes centrales de la obra shakesperiana para salvarse y sobrevivir.

¿Quién fue Ricardo III?

Duque de Gloster que tuvo mala fama, no solo por su forma de proceder sino por la cantidad de asesinatos que tiene en su historial. A pesar de ello, también se lo recuerda como un hombre (con esto no me refiero a humano, sino simplemente por su condición masculina) que se enamoró -sin juzgar si realmente fue amor o manipulación-.

De lo que no se podría estar de acuerdo es del destino de su cuerpo fallecido, el cual se enterró más de cinco siglos después y no en el año 1485 en que perdió la vida durante la batalla de Bosworth Field (Inglaterra).

Se lo recuerda, entre otras cosas, por su frase célebre: “Mi reino por un caballo”. Dicha frase no es más que una súplica que tiene su origen en cómo se preparó a su animal para la batalla. Resulta ser que un herrero estuvo encargado de hacerle las cuatro herraduras al caballo pero, al llegar a la última, la confeccionó sin demasiada perfección ya que se había quedado sin clavos; motivo por el cual durante la riña el pobre animal perdió el equilibro, cayendo y tirando sin querer a Ricardo III. Esa jornada fue definitiva y si el herrero se hubiera comprometido con su trabajo, probablemente el reino hubiera seguido en pie, victorioso.

La historia de Shakespeare es totalmente dramática y atrapante hasta el final.

Jorge de Clarence (hermano de Ricardo que lo precede como heredero al trono), tuvo cuatro hijos: Ana, Margarita, Eduardo y Ricardo. Ana es seducida por Ricardo III -quien le dice que mató a su marido -y su propio hermano- (Eduardo IV) por culpa de su belleza-. Cabe aclarar que también había asesinado a su suegro (Enrique VI). Esta relación enfermiza que pretende tener Ricardo con Ana, a quien humilla y trata bien cuando se le antoja, luego se consolida. La escupida de ella contra él, revela la repugnancia que le tiene pero la necesidad de poder que pretende.

Son muchísimos los personajes de esta tragedia pero lo sorprendente es que queda en el imaginario social esa sensación de súplica por la paz, más allá de frases o diálogos instaurados deleitosamente en los manuscritos ingleses. Un elenco de actores muy bien seleccionados, dentro de los que resaltan Natalia Villena y Alejandro Cop, logrando transitar por un sinfín de emociones, consiguiendo plasmar sus ademanes y diversas expresiones imprescindibles para las artes escénicas.

Autor: William Shakespeare. Elenco: Alejandro Cop, Annemarie Castillón, Denise Yañez, Ernesto Rowe, Florencia Limonoff, Hilario Quinteros, Juan Kiss, Natalia Villena. Director: Jorge Eines. Teatro El Tinglado. Funciones: domingos 17.30 hs.

Mariela Verónica Gagliardi

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Entrevista a Delfina Danelotti

perrota 6Actuó en Humahuaca 4080, Lúcido, La soledad y Otras mujeres. Actualmente, está protagonizando La Inapetencia de Rafael Spregelburd en el Teatro La Lunares del barrio del Abasto.

¿Cómo fue tu elaboración de este personaje tan particular?

Desde un primer momento, con la directora trabajamos el gesto sobreactuado de una sonrisa constante comunicando un estado carente de conflicto. Es decir que partimos de una forma corporal saturada para desembocar casi por desgaste físico en un estado de tensión escénica. Ese estado es lo que me sostiene actoralmente. Allí radica la emocionalidad del personaje. Un cuerpo habitado de rigidez que, escena tras escena, va adquiriendo diferentes calidades a causa de la erosión de la forma en el tiempo: la tensión deviene angustia, luego miedo, dolor, contradicción y asfixia, siempre detrás de un gesto que se proyecta hacia la perfección.

¿Tiene algo tuyo la Sra. Perrotta?

La presencia de la Sra. Perrota responde a un exceso de prolijidad que inhabilita una espontaneidad legítima. Por lo tanto, desde la forma construida no tengo nada en común. Pero desde el campo emotivo, el abordaje es tan complejo y a la vez tan reconocible como en cualquier otro personaje.

¿Considerás que aún en nuestra sociedad no hay una cultura de adopción?

Creo que hablar de sociedad y cultura para analizar la cuestión de la adopción es impulsar al pensamiento a utilizar términos generales que deberían responder a un conocimiento profundo del tema, del cual carezco. Considero que la decisión de ciertas parejas que se resignan a no ser padres o se someten a tratamientos invasivos en vez de acceder a una adopción, es una cuestión pura y exclusivamente de la intimidad de cada pareja. Y sinceramente, creo que siempre es mejor pensar desde el punto de vista de las excepciones y no desde las generalidades que suelen ser no puntos de vista.

¿Es posible conseguir un equilibrio entre deseo y amor?

Sí. En tanto que el deseo es producción, el impulso violento engloba dentro de él al amor y viceversa. Es una relación de tensión en perpetuo desplazamiento. El equilibrio es parte de esa potencia que intenta perseverar. No nos inclinamos por algo porque lo consideramos bueno, sino que, por el contrario, consideramos que es bueno porque nos inclinamos por ello.

Existe mucha bajada de línea en La inapetencia respecto a diferentes temáticas. ¿Crees que es indispensable un personaje como el que interpretás para decir las peores verdades?

Para nada. Cualquier personaje puede decir las peores verdades. Se conciben bajo distintas formas, pero son irreductiblemente impersonales. Están totalmente desfasadas de la idea de una psicología particular; sino que más bien brotan de un encuentro, de un vínculo, de una combinación.

En este caso Mambrú no se fue a la guerra pero tu hija sí. ¿Cómo construyeron ese vínculo?

Después de varios meses de ensayo, el vínculo se gestó de manera autónoma. La entrega al juego más el tiempo recorrido, hicieron por sí solos un trabajo orgánico. Los acontecimientos puntuales que la obra propone (una hija que decide ir a la guerra) fueron concebidos por la directora desde un modo etéreo, sin solemnidad ni juicio. Esa decisión hizo que tanto Dolores (la actriz que hace de mi hija) como yo, nos permitiéramos encontrar otro tipo de porosidad narrativa, no sólo la que se distingue objetivamente en el texto de Spregelburd.

¿Cómo es esa dicotomía que se produce entre comida y sexualidad?

La relación entre comida y sexualidad ha sido un tema central en buena parte de la literatura universal, ya en algún banquete de “El Satiricón” de Petronio aparecen referencias a este respecto. Asimismo, muchas metáforas sexuales que usamos habitualmente remiten a la praxis de la alimentación. En particular en la puesta de La Inapetencia, el exceso de discurso sexual y alimenticio no hace más que reponer su carencia. La relación de la Sra. Perrota y su marido está determinada por una no relación que se actualiza como un exterior simulado. Así la pluralidad de imágenes comestibles es puramente formal y responde a un solo acontecimiento que es la insatisfacción sexual. No se trata de una dicotomía, sino de una no relación, que no por eso deja de reconstruirse como vínculo.

¿Es mucho gasto de energía fingir ser alguien que no se es?

El gasto de energía forma parte de la exposición del cuerpo en escena. Se convive con ese desgate porque forma parte del trance lúdico que es la actuación. Uno es mirado, por lo tanto lo exterior afecta al interior. Pero así se construye la verdad en la ficción. No hay otra forma de hacerla vibrar: tanto el afuera como el adentro producen colectivamente el efecto inefable de la vitalidad en escena.

¿Como es el universo de La inapetencia?

La inapetencia es una comedia en código absurdo. El tinte onírico que la compone, expone situaciones que escapan de la lógica lineal a la que estamos acostumbrados, generando cierta molestia para el entendimiento. Sucede que la puesta es una metáfora de lo que la Sra. Perrota imagina y/o percibe de su realidad teñida de negación, insatisfacción y represión. Por lo tanto la apertura narrativa es infinita, dejando al espectador la posibilidad de contarse su propia versión de la obra.

¿Existe la fórmula perfecta para ser feliz?

Más que fórmula, existe una filosofía. Aquel que decide hacer lo que le gusta, lo que aumenta su potencia, su fuerza de existir, aquel quien ha conquistado la vida tan plenamente, la muerte siempre exterior y extensiva, no es cosa de interés. Se trata más bien de una conquista de beatitud intelectual. Elegir aquello que nos compone sólo depende de nosotros mismos.

Mariela Verónica Gagliardi