*** Junio 2017 ***

El invernadero9

El escritor Harold Printer escribió hacia fines de los años cincuenta, El Invernadero, época en que se desató la Revolución Húngara (1956), un movimiento revolucionario que tuvo lugar contra el gobierno del país y de las políticas impuestas desde la URSS. Lo que estaba en juego era la retirada de las fuerzas soviéticas del territorio de Hungría y el gran poder que ejercía el Politburó contra la revolución.

Recién treinta años después se crea la Tercera República Húngara y cada 23 de octubre se conmemora por lo ocurrido en 1956.

Dentro de este contexto es que Pinter idea su dramaturgia The Hothouse (El Invernadero), una comedia policial con tintes de farsa y absurdo.

Resulta imposible no dejarse seducir por la propuesta dirigida por Agustín Alezzo e integrada por un elenco de actores maravillosos que mantienen, fielmente, la estética inglesa de aquél entonces.

El director de un centro de salud mental, protagonizado por Edgardo Moreira, es quien irá hilvanando su parecer intrincado e implantando la duda sobre cada certeza supuesta de los demás empleados del lugar. Es así como la historia se convertirá en un juego detectivesco en que los espectadores serán los encargados de encontrar el motivo de existencia de esta institución, por qué los internos llevan número en vez de nombre, a qué se debe tanta intriga y por qué los discursos se vuelven más importantes que las acciones.

Sin lugar a dudas que existen dos conflictos a partir de los cuales girarán las dudas: la muerte del paciente 6457 y el nacimiento de un bebé. Estos hechos estarán en boca de los que habitan este sitio tan frío y cobarde a la vez. Y, por qué utilizo esta última palabra. Justamente porque si no existiera dicha institución física, le sería imposible al hombre (y con hombre abarco a aquel que le toque tomar el poder en el momento indicado) imponerse ante los demás.

Si bien el organismo parece ser de salud mental por las charlas que se definen durante la obra, lo cierto es que no se dice de modo explícito (creo que no hace falta hacerlo tampoco ya que diversos mecanismos de tortura dan cuenta de ello).

El Invernadero podría bien ser el escenario revolucionario sito en Hungría y los directivos, aquellos rusos que reprimían física y psicológicamente a quienes luchaban por sus derechos y un país libre de toda invasión externa. Los sin nombre, serían los desprovistos de derechos que pretendían aunque sea permanecer vivos y salvos. Pero, cómo salir ilesos de un mecanismo represivo tan eficaz que dominaba con la acción más que con la palabra, aunque en la mano de Pinter, es la palabra, la encargada de desvalidar la acción -haciendo énfasis en lo absurdo que resulta aniquilar al otro sin tener argumentos racionales para hacerlo-.

Y cuando no se encuentra la manera de luchar de igual a igual, se mata o reprime de la peor manera, dejando a la víctima desprovista de defensa. Este abuso de autoridad se ve plasmado, íntegramente, a lo largo de toda la historia y resulta agobiante cómo la lingüística puede anular el pensamiento ajeno, así como también -si se lo desea- el acudir a la tortura física.

En cuanto la luz blanca se esfuma, la roja alumbra a un pobre interno a quien se lo intenta vaciar hasta matándole su propia alma. Convertido en un mero robot que dice y responde como los “otros” quieren, es que su corazón se duerme para siempre. Así transcurre esta puesta en escena al igual que la vida de cualquier mortal.

Si el poder pudiera distribuirse -como la riqueza que jamás se reparte-, en partes iguales, esta obra no tendría su motivo de existencia ni tendría la obligación de educar a través del diálogo y del humor.

Porque todo lo que duele no fortalece, a veces extermina como si los humanos fuesen insectos devenidos en plaga. Y como la plaga se denomina con tal nombre, deja de interesar.

El Invernadero jamás pasará desapercibido porque se ubica en un lugar intrincado, en que se puede debatir y a partir del cual ganará no el mejor sino el que se atreva a tener más sangre en sus manos, dejando de lado la culpa. Qué replanteo podría tener una persona que solo siente con la cabeza y con el interés insoslayable de poseer lo que otro tiene, sin importar las consecuencias.

El Invernadero no es una moda y por ello podría seguir en cartelera de por vida. Porque no tiene imperfecciones, porque todos los artistas tienen su momento de protagonismo y porque quien podría ser el culpable es solo para distraer la atención de aquellos dormidos por el sistema.

La corrupción, la seducción y el poder coercitivo; desfilan incesantemente hasta que ocurre la desgracia.

Elenco: Edgardo Moreira, Nicolás Dominici, Georgina Rey, Sebastián Baracco, Federico Tombetti, Bernardo Forteza y Jorge Noya. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Sonido y música original: Mirko Mescia. Asistencia de dirección: Martin Ventimiglia. Dirección: Agustin Alezzo. El Camarín de las musas. Funciones: viernes 21 hs, sábado 19 hs.

Mariela Verónica Gagliardi

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