*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Archivo para la Categoría "Teatro"

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Imprevisiblemente poética

Constanza muere

Hay títulos que sintetizan el argumento, otros que sugieren ideas, algunos caprichosos y solo pocos que permiten hacernos volar antes de tiempo.

Constanza muere (escrita y dirigida por Ariel Farace) forma parte del último tipo y tiene la particularidad de atraer al público, función tras función.

Sabemos que Constanza (Analía Couceyro) muere y, sin embargo, somos conscientes de que el argumento es mucho más que un fallecimiento. Que el folleto dice: Es difícil dejarlo todo, y resulta angustiante imaginarlo.

Una puesta en escena excelente que compone la casa de esta mujer con tantas cosas por decir. Un recorrido por el que se pueden ver todo tipo de objetos, aparatos y accesorios acumulados a lo largo de los años. ¿Acumular para qué?

Constanza es visitada por la muerte (Matías Vértiz) y alguien más que bien podría ser ella de más joven (Florencia Sgandurra). Es entonces cuando los sonidos y acciones guturales se combinan para el desenlace final. Para una muerte convincente y lenta en la que se pueda observar cada detalle corporal.

Y una vez muerta -o habiendo al menos intentado morir- se reúne con ellos y surge un realismo mágico muy atractivo. Disfrutar de una merienda, de un té calentito, de unas macitas y del placer que encierra algo tan tradicional, del poder compartir recuerdos y volver a vivirlos.

Ella está en todo, como toda persona mayor que suele no descuidar el orden ni las plantas ni su memoria ancestral. Entonces cuenta anécdotas de pequeña como una de sus once años en que jugaba a morir.

¿Se pueden ensayar formas de muerte?

¿Se puede preparar una persona para ese momento sin saber cuándo le va a tocar?

Como escenas que se suceden unas a otras éstas son separadas por una luz sepia. No son muchos los colores que aparecen en las vestimentas ya que los diálogos y discursos poéticos ilustran demasiado.

Todo, todo, todo, todo repite la protagonista; y, tiempo después lo hace con nada, nada, nada, nada. Estas dos palabras opuestas -pero complementarias- evocan un universo paralelo en el que es posible la convivencia de antagonismos. Como parte de la contrariedad de la vida, de sus pasos, del olvido y el recuerdo.

Zapatillas de baile que solo darán un impulso y no serán jamás usadas, posturas copiadas de una parca un tanto particular, conversaciones sensatas, sentidas y conmovedoras.

Ver a quien fallece no resulta del todo ameno, pero en esta historia se puede disfrutar el desenlace gracias a la presencia del séptimo arte artesanalmente. No precisa de una pantalla audiovisual ni de aparatos electrónicos, sino que con detalles específicos Ariel Farace consigue fusionar cine con teatro. La guadaña pasa a reemplazar a una cámara filmadora y con las sombras y luces conseguir el efecto deseado.

A su vez, las melodías suenan a cargo de una intérprete-actriz que consigue ambientar las escenas sin pronunciar palabra alguna, pero formando parte de todos los rituales necesarios para que la nueva muerta se sienta a gusto.

Como quien está leyendo un libro habitualmente y, de repente, siento cambios en su cuerpo imposibles de evitar. Como quien pensara toda su vida en ese día oscuro o como quien pretendiera continuar haciendo lo mismo que cuando respiraba. Y, de alguna manera, ¿cómo saber que la muerte no es una continuación de la vida? ¿Cómo comprender lo que se puede sentir segundos antes del adiós definitivo?

Quizás, después de todo, no sea demasiado malo y la oscuridad exista más en vida que fuera de la misma.

Una anciana que habla con un tono de voz impostado y que, recién llegando al final, va entremezclando su propia voz -como si su juventud y adultez se enfrentaran al igual que la figura de la pianista a quien contempla de una manera muy especial-.

Constanza muere es una obra para sentir con el corazón abierto y los sentidos a flor de piel. En definitiva, las interpretaciones en los textos de Farace pueden ser infinitas, motivo por el cual es tan valiosa su escritura y modo de percibir la vida.

ficha Constanza muere

Mariela Verónica Gagliardi

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Idénticos III en Teatro x la Identidad

teatro x la identidad

Teatro x la identidad cumple 15 años y lo celebra con una nueva edición, como cada ciclo anual, con muchísimas propuestas y sedes que se suman (como el Centro Cultural Kirchner). Actores, autores y directores con el apoyo de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Desde el 16 de noviembre que el teatro comenzó a rodar para que, de manera gratuita, todos puedan disfrutar y apoyar a esta causa tan noble como es la búsqueda de los nietos desaparecidos.

La obra escogida de la programación fue Idénticos III, dentro de la que se pudieron ver doce monólogos escritos por doce autores y dirigidos también por doce directores.

Mariano Mazzei abrió la noche con F5 (autor: Lucas Lagré y dirección Emiliano Dionisi), un monólogo en el que un hombre acaba de separarse y sufre muchísimo. Aprovechando que le entró un virus a la computadora, se comunica con su ex y le pide asesoramiento. Si bien existen algunos gags humorísticos, predomina la angustia y profundidad de un relato excelentemente bien interpretado, como es característico en Mazzei.

El cabello por el suelo (autora: Andrea Garrote, director: Mariana Chaud), interpretado por Andrea Garrote, parte de un corte de pelo que la define y le configura una nueva identidad en su adolescencia. Hay cosas que no existen en el mundo de las palabras – menciona. Otro de los factores que la definen es un encuentro casual que tiene en un bar con un hombre, el cual le muestra una fotografía con una amiga de él muy parecida a ella. Esta situación le aclara cuestiones que nunca había podido entender y que por ello veía presencias en su cuarto a menudo.

Mi China (autor: Juan Carrasco, director: Becky Garello) fue una simpática puesta como intérprete a Marcelo Mellingo. Consiguiendo una inmediata identificación con el público, logró contar su relación utópica con una empleada de supermercado chino a quien confundió con japonesa. Él relata cómo se enamoró de Li mientras la veía cortar fiambres, hasta que un día fue con sus “tropas de élite”para conquistarla pero, por confundir su nacionalidad, no logró su cometido.

Despedida (autor: Mariano Saba, director: Ignacio Apolo) me atrevo a afirmar, fehacientemente, que fue el mejor monólogo de toda la velada, con un texto increíble, dinámico, entusiasta y una actriz como lo es María José Gabin impecable. Un verdadero equipo que supo elegir a la artista indicada para desarrollar a una directora de colegio muy bien personificada, con el estereotipo más común que se puede conocer en las escuelas.

Sus palabras como directora, en un acto de fin de año, súper tradicional pero en el que ocurren algunas vicisitudes como retos en público, apretones a los señores padres, resentimiento transformado en sonrisas irónicas. De repente, su discurso se mezcla con una introspección hacia su vida, hacia el camino tan distinto que tenía soñado para ella y que, bueno, le “tocó” otro. Los he parido – menciona. Y realiza un recorrido por los años, con su voz chillona, diciendo que las criaturas son delincuentes de un año y pico. La particularidad de esta escena fue que mágicamente parecían aparecer cada uno de los personajes citado por la dramaturgia. Un verdadero monólogo con todos los condimentos que debería tener cada pieza para brillar.

Continuó un monólogo de humor, interpretado por la actriz Alejandra Flechner, titulado El amor en tiempos de whatsapp (autora: Macarena Trigo, directora: Mónica Cabrera). Este discurso comienza con unas palabras tajantes sobre qué es estar enamorado. Así, le habla a un hombre al que le dice que no es muy enamoradizo sino que es un idiota. Con un sable muestra formas de artes marciales comparadas con las búsquedas de su vida.

Sin dudas que uno de los monólogos que más emocionó fue El hombre de mediana edad (autora: Jimena Aguilar, director: Claudio Martínez Bel) interpretado por Marcelo Mazzarello nos pasea por un interesante texto vinculado a lo que siente un hombre a lo largo de los días con su nombre, apellido y demás factores. Se podría cuestionar si es imprescindible llevar un nombre o saber quién se es en verdad. Entonces, como un juego impactante él cambia su nombre según el día, el apellido también y cada vez que despierta habla un idioma distinto. Astuguider es el apellido que más le gusta, aunque lo que más lo conmueve es el significado poético que le encontró a la vida, al modo en que recita versos sobre paisajes en los que logra identificarse por completo.

Cuando le tocó el turno al gran Osqui Guzmán con Tambor (autora: Lucía Laragione, directora: Leticia González de Lellis), el espacio escénico se transformó energéticamente. Y es que se trataba de los pueblos originarios, de los africanos que piden por la libertad. Mientras, Osqui, utiliza la percusión para decir que “Después retumbaron otros tambores”. Como si los pedidos de esta comunidad tuvieran el eco necesario para hacerse oír.

“Nosotros, los negros, estamos resonando” – dice en otro momento del discurso. También se encarga de mencionar a distintas personas desaparecidas que nunca serán buscadas. Un relato que utilizó muchas metáforas y sonidos de percusión para ejemplificar lo que sienten aquellos olvidados.

El piano seguía interpretando melodías clásicas de la mano de Martín Pavlovsky, quien homenajeó con su música a una etapa oscura que todos desearíamos borrar de la historia pero que, sin embargo, no es ni será posible ya que está de por medio la vida de miles de jóvenes reprimidos por los armados.

En cuanto llega El origen (autora: Carol Inturias, director: Mauricio Kartún) con la presencia de Lorena Vega, nuevamente los pueblos originarios son citados desde varias aristas. Lo cómico, lo irónico y lo vulgar se fusionan como varios mosaicos que pretenden formar un gran paisaje. Lorena le habla, sentada en un banco alto, a un pibe. No podría mencionarse como hombre ya que sus vocablos demuestran lo molesta que está con él. “Para saber a dónde vas, tenés que saber de dónde venís”. Y aquí ocurre otra cuestión: nuevamente los años más tenebrosos de la Argentina.

Ella se tilda de negra y justifica que existieron grandes personalidades a las que se mencionó con dicho apodo: Mercedes Sosa y Alberto Olmedo son algunos de los citados por su grandeza.

Continúa hablando y refiriéndose a ella misma como negra pero también resentida. Cuestiona el día de la raza al que se modificó con un título muchísimo más largo: Día de la diversidad…

Las resistentes (autor: Nelson Mallach, director: Raúl Mereñuk) trae a Marta Bianchi, una mujer pobre que vive junto a su gran amiga Elsa. Ambas le deben poner el pecho a la vida, cazar gatos para sobrevivir y hacer determinadas cosas que las herirán en lo más profundo.

Con un palo de amasar como arma de defensa, ella no perecerá nunca y cuidará a su amiga -quien cayó en manos de la prostitución y que, igualmente, dejará a un lado sus prejuicios para ayudarla-.

El debut (autor: Gabriel Graves, director: Mauricio Kartún) interpretado por Manuel Vicente, compara un ring de boxeo con la guerra.

Con un monólogo cargado de ironía, este hombre entrena a un boxeador a quien le da consejos, diciéndole, que es un artista, que cuando le pegan un golpe cae como artista.

“Hay que saber perder con arte” – le dice en un momento al joven, a quien compara con Firpo, y pretende transmitirle toda la confianza necesaria como para que no se rinda. Luego menciona que siempre hay que estar de un lado o del otro: del que gane o del que pierda, pero siempre tomar partido.

La violencia de género, los maltratos, las violaciones y todo el terror que sufrieron y sufren muchísimas mujeres es representado por María Fiorentino en Se los dejo pasar (autora: érica Carrasco, director: Manuel Vicente).

Una enfermera que cumple su turno como empleada, que hace lo que le ordenan y, sin embargo, no puede dejar de tener angustia por la sangre que ve derramarse. Como si se tratara de una indagatoria, ella deberá responder todo lo que se le pregunte. Ella no se siente parte del sistema para el cual colaboró, ya que menciona que la contrataron por su discreción.

Pero su calidad de mujer la hace involucrarse, emocionalmente, con el caso de una joven embarazada a punto de morir: “Tenía un sufrimiento que no le llegaba la voz”.

Y, llegando a su fin, el último monólogo llamado Vuelta (autor: Mariano Saba, director: Uriel Guastavino) estuvo a cargo de Osvaldo Santoro. Un hombre que recuerda a su abuelo, haciendo sonar una cajita de música.

Los relatos de su infancia cobran vida en su memoria, en su rostro, en su sonrisa. Rememora la primera vez que sacó la sortija andando en calesita y la personalidad vibrante de su abuelo cuando cantaba (…) “Viva la Internacional!”.

Músico: Martín Pavlovsky

Selección de textos: Mauricio Kartún

Dirección: Daniel Veronese

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Los vientos de la desgracia

juan moreira

Ya de por sí su nombre pisa fuerte, tiene vigor y un encanto específico. ¿A quién no le hubiera gustado conocerlo y charlar un rato con él? Saber de sus convicciones, de su lucha, de nunca bajar los brazos, del miedo que no formaba parte de su vida y de sus propósitos.

Juan Moreira (versión y dirección de Claudio Gallardou que se basa en la original de José Podestá) es un drama en un acto y nueve cuadros que ilustra una época muy trágica de la historia argentina: el enfrentamiento ente gauchos y soldados.

Al comenzar la obra, Juan Moreira (interpretado por Alberto Ajaka) dice quién es, por qué y su legado. Una vez terminado su relato, no tiene más tiempo que para escapar y escabullirse donde pueda. El Alcalde Don Francisco menciona que “Si los gauchos son gauchos salvajes, ¿qué será de nosotros por Dios?”

La escenografía bien campestre, va modificándose y detallando -cada lugar recorrido por Moreira y sus persecutores-, con diferentes estilos que permiten otorgarle también un tinte contemporáneo.

En cuanto a la música, surgen diferentes ritmos como: milonga y zamba, fusionándose con el drama y los momentos de comicidad en que –como espectadores- nos relajamos un poco la tensión imperante.

Los payadores interactúan con los personajes y le otorgan a la pieza artística un vuelo más alto, al igual que el pianista que va sentenciando los pasos hacia la mortalidad del gaucho.

Su amigo Julián (y padrino de su hija) intenta convencerlo de que cambie de opinión pero Moreira es un hombre cerrado, rudo y que irá por lo que juró. No hay que olvidarse que, como tantas tragedias, la presencia de su esposa Vicenta es por la que se desata la ira del famoso sargento Chirino. Una fiesta de cumpleaños no comunicada y llegada a oídos de este oficial que se toma demasiadas atribuciones.

Una pulpería será uno de los espacios en que se desarrollará la historia dramática, intercalándose con paisajes y otros lugares en que ocurrirá la acción.

Es digno de destacar no solo la parte actoral, de dramaturgia y dirección sino el sonido que nos permitirá ingresar en un universo desde los primeros minutos de la obra. Resulta más pasional y un plus -la música en vivo-, la percusión que va acentuando la tensión y las pausas marcando el suspenso de lo que estará por venir.

En cuanto al vestuario, está muy bien caracterizado tanto para los personajes femeninos como para los masculinos, se percibe cómodo y le permite a cada personaje desplazarse, correr y danzar perfectamente.

“El engaño quema las entrañas del hombre”, dice el Tata (abuelo de Vicenta). A lo que, más tarde, el héroe gaucho agrega: “Yo no nací Juan Moreira, yo no nací peleador, me han hecho pelear los hombres pa´ defender mi honor”.

Cuando Moreira mata a uno de los hombres y huye, rápidamente, el alcalde toma prisionera a su esposa y pretende denigrarla y violarla (hecho que por suerte no llega a consumar). Allí está él, batiéndolo a duelo, defendiendo a su mujer, a todo lo que considere que debe cuidar con uñas y dientes.

El malambo muestra la guapeza de los bailarines, sus dotes para la danza, esa esencia originaria que pisa en el lugar preciso. Algunos se lucen más que otros, al igual que las parejas que desfilan por el escenario, que se dicen versos recitados y se seducen con las miradas.

Esta pieza teatral realiza un gran despliegue escénico en que es posible disfrutar del teatro en vivo, deseando que gane Moreira, sabiendo que eso no ocurre, sufriendo con cada tropiezo y pidiéndole a la vida que las cosas pudieran ser diferentes.

“Como mi alma tiene alas, a mí me gusta volar”.

ficha Juan Moreira

Mariela Verónica Gagliardi

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La increíble manera de contar historias

Historias para no salir de casa1

No siempre es posible salir a la vida de una forma espontánea o, al menos, siendo valorado o apreciado por el entorno. Existe un cautiverio auto impuesto por miedos, temores o la falta de valor para afrontar situaciones.

De más está decir que no hay que ser un súperhéroe para moverse rutinariamente, aunque muchos puedan sentirse desplazados por no tener personalidades interesantes.

En lo personal, me atraen mucho las pequeñas historias al modo de microrrelatos. Como si una obra durara de una manera diferente al tiempo narrado por las agujas de un reloj o de ese tic tac insoportablemente tedioso.

La dramaturgia titulada como Historias para no salir de casa incluye tres historias simultaneas (dirigidas por tres artistas diferentes) que se vinculan con un personaje determinado -el cual está ausente pero vivo-.

Si bien el título podría interpretarse y relacionarse con relatos que impiden cruzar la puerta de calle, el sentido no es tal sino la oportunidad de crear desde el encierro. Un encierro que no tiene por qué ser tal pero que, de alguna forma, es lo más cómodo para algunos de los personajes.

Como si se tratara de un triángulo, cada vértice está ocupado por una familia distinta que tiene problemas puntuales, temas sin resolver y un gran desconcierto por la vida. Se puede ver a dos hermanas adolescentes desconsoladas por su madre ausente quien las desplaza sin ninguna culpa; una madre grande con su hijo sin más problema que el de no hacer nada, dejando que el tiempo transcurra sin remedio; y un matrimonio joven con intereses opuestos y sin demasiado futuro junto.

Al observar la puesta en escena, resalta la simultaneidad. Esto quiere decir que mientras las luces iluminan un sector, las demás historias no se oscurecen sino que continúan interpretándose corporalmente. Así, el espectador, tiene la posibilidad de construir su propia historia recorriendo aquellos momentos que más le impacten.

El encierro y las cuatro paredes les sirven de protección, claro que una protección o seguridad falsa pero convertida por los temores como la única posibilidad de no sufrir más de la cuenta.

Si la madre dejara de recibir las fabulas de su hizo, si las hermanas dejaran de enfrentarse por pensar diferente y si la pareja respetara lo que el otro quiere; las tres historias tomarían otros rumbos. El camino del afuera en que tendrían que cruzarse con el linyera que miran, en todo momento, por la ventana. Aquel hombre juzgado, representado en sus imaginaciones como un ser configurado fantasiosamente y como, en definitiva, el único que evidentemente vive como se le antoja.

Pero si la palabra se silenciara, la incertidumbre cubriría esos espacios -cubiertos con información irrelevante-. Nuestra cultura es tan opuesta a la oriental, tan apoyada en la dialéctica, en la filosofía, en buscar justificaciones como si todo tuviera que tener un por qué.

Cabría preguntarles a estos seis personajes por qué no pueden dejar de hablar y de comunicarse así, por qué no optan por otro tipo de lenguaje o método.

La madre necesita un mundo mágico para sentir que su vida vale, el esposo precisa vincularse con el linyera para construir su propio mundo interno y no evolucionar, y la hermana más chica necesita una sometida para aumentar su autoestima inexistente.

Y todo finaliza cuando el hombre en cuestión determina su importancia en la vida de estos seres tan particulares y poco conectados con sí mismos.

ficha Historias para no salir de casa

Mariela Verónica Gagliardi

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Siga el baile

Marathon1

Dos países que poco tienen en común y que, sin embargo, se unen bajo la pluma de Ricardo Monti para narrar las desgracias de los años 30 en que la humanidad pretendía sobrevivir ante diferentes tipos de conflictos. En lo que respecta a Estados Unidos, la crisis de Wall Street provoca la denominada Gran Depresión y, en lo que se refiere a nuestro país, el Golpe de Estado liderado por Félix Uriburu quien derroca al presidente, radical y democrático, Hipólito Yrigoyen.

Marathon (dirigida por Anahí Gadda), reúne a un grupo de estudiantes de escuelas públicas de Buenos Aires y convierte esta historia en una muestra en que los adolescentes pueden meterse en la piel de diferentes estilos de personajes –algunos más comprometidos que otros- y hacer relucir la oportunidad de actuar.

Cuán importante se vuelve para los chicos el tener la posibilidad de hacer arte. Y, en este caso, Gadda les vuelca su talento y profesionalismo para que el recorrido realizado por esta pieza teatral dramática siga retumbando en el inconsciente colectivo.

Con respecto a la escenografía, realmente, cuida hasta el más mínimo detalle, utilizando el reciclaje como recurso para la estética de lo que se luce. Así se puede por ejemplo ver un ventilador de techo inutilizado y puesto como adorno, banderines de colores que cuelgan desde lo alto, un tocadiscos, engranajes luciendo sin su función. Hacia ambos extremos pueden contemplarse estas ornamentaciones que guardan extrema relación con el argumento.

Si bien la obra fue escrita sobre 1930, se publicó en 1980 –año en que imperaba la dictadura militar-. Momentos de plena angustia, desolación y temor que son trasladados como un campo de concentración a una pista de baile cercada de la cual no pueden salir. Y no es que no puedan saltar y correr sino que las amenazas realizadas por el presentador del certamen (infinito) son tan firmes como la palabra de un hombre autoritario ya que produce miedo con el porte, con la percusión y cada paso de su irónica existencia.

Una maratón planteada como fortín, como espacio de expresión y resistencia, con ambivalencias tan grandes como toda contradicción del hombre. Un espacio en el que cada pareja podrá sabotear lo que más le duela o incomode. Tragedias que podrían evitarse con la unión y la valentía pero que aún no se sabe el cómo.

La cultura aparece, surge y renace en la voz de una mujer que interpreta bellísimas canciones con su guitarra criolla, acompañada por su pareja que recita poemas. Esta pareja es la única que representa una luz en el cambio, que se libera de los sentimientos hirientes y expresa con tiernas melodías de esperanza.

La flor más linda del barrio, a su paso iban brotando, requiebros, palabras hondas, que del pecho varonil, salieron aquel abril – canta la artista con su instrumento, acompañada por el poeta.

Mientras las discusiones y los trapitos al sol se desnudan a toda hora, los cuerpos están flagelados, devastados, ansiando descansar un rato, dormir lo que precisen. Pero son privados de su necesidad. Quien abandone el lugar no se irá flameante sino que podría suceder lo peor.

Ellos no habrán imaginado siquiera que un concurso de baile se convertiría en esta tortura. Ni las borracheras les harán sentir alivio, sino que delirarán cada vez más.

Una de las canciones más atractivas es una que menciona un ritual africano llamado Mamá Chola. Durante este mambo, cada uno de los actores aprovecha para presentarse por su nombre y danzar sin una coreografía impuesta sino dejando que sus cuerpos hablen y pidan. Es sumamente interesante esta representación y cada una de las festivas que oscila entre represión y tristeza. De esta manera se puede respirar y sentir ese aire rejuvenecedor.

De repente se escuchan las plegarias desesperadas: “¡Agua, por favor!”, “¡Corro por el campo descalza!”, “¡Me estoy secando!”. Se continúan una tras otra, como los movimientos corporales que corren en el mismo lugar intentando llegar a un lugar en el que sentirse a salvo. Las gotas de sudor los recorren por completo, algunos callan para siempre mientras otros se imponen con la palabra. Hasta que irrumpen dos hermanos a último momento y pagan para ser incluidos en el concurso. Un concurso  del que en ningún momento se menciona cuál será su premio, si existirá o si es una burla del que maneja la batuta para quedarse con el “premio mayor”.

Una música talentosa, una comediante que dará que hablar en el futuro y un presentador que tiene el papel más comprometido de la obra con un extenso libreto que consigue interpretar de forma óptima.

Marathon o Maratón, significa carrera. Pero, ¿a dónde ir cuando no existe un destino prometedor? Como corriendo en el lugar o rotando, así prosigue todo hasta que la luz se apaga.

ficha Marathon

Mariela Verónica Gagliardi

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La vida se va

Tiempos relativos

Como el agua que se escurre entre los dedos o aquello imposible de definir, de algún modo certero -que escape a la física o ponga de protagonista a quien se estime-.

¿Qué es el tiempo?

Cada quien podrá precisarlo como más cómodo o afín le quede, sin importar la definición prolija, enciclopédica, aquella escrita por eruditos o por quienes se desesperan en el correr de las horas sin que nada trascendental ocurra.

De una u otra manera, Ricky Pashkus es quien se encarga de recrear un ambiente en que los seres humanos y divinidades se vinculan de diferentes formas.

Tiempos relativos es el nombre de esta comedia musical, que tiene como protagonista a Pepe Cibrián y que utiliza la palabra como unión y como canal de comunicación para conseguir el bien.

En este ambiente romano, que tiene un sauna como escenografía, sumerge a distintos tipos de personas en el agua –purificando sus esencias e implantando la sabiduría para tal propósito-.

Darío Barassi es el hilo conductor en esta noble historia y cada una de sus intervenciones harán reír al público, permitiendo tener la esperanza de que existe un mañana.

El vestuario, tanto de los actores como de los tres músicos que integran la dramaturgia, es de color blanco -lo cual no condiciona sus personalidades-.

Pepe Cibrián, a su vez, es Dios. Una divinidad que no juzga, que hablar pausadamente, que instruye, enseña y tiene la paciencia necesaria para ser “superior”.

“El sonido de la música”, menciona en un momento, refiriéndose a las melodías y a los tiempos. Y continúa adentrándose en la temática: “Dura más la llovizna continua (…) Me hice débil para ser eterno”.

Cada uno de los personajes tiene su particularidad y brillantez, pero existen algunos que sobresalen más por el rol que les toca interpretar: la novia virgen, la académica y el bufón son quienes hacen descostillar de la risa y emoción con su carisma. Y allá, en el fondo, con un vestuario diferente al resto está él: Dennis Smith. Un artista que con solo pisar el escenario lo hace vibrar, que con su humildad transmite pasión por el teatro y que encarna su personaje deleitosamente -a  quien le cuestiona si tiene un sentido de ser-.

Estos artistas son los que más interactúan con Cibrián y, por ende, le otorgan a la puesta en escena una calidez y templanza inigualables.

Así es como el humor, el romanticismo y el erotismo consiguen inmiscuirse por todo rincón que deseen explorar.

Nos hizo falta tiempo, mucho tiempo por vivir, evocan en una frase correspondiente a la canción “Nos hizo falta tiempo” (Armando Manzanero). Y el aire en la sala del Picadilly se transforma, se repara, se pacifica por completo.

La introspección es el mecanismo que más utiliza Dios para evaluar si, luego, lo que plantea puede llegar o no a ser coherente.

“A lo mejor soy la eternidad misma”, dice. Y la canción “Cambia, todo cambia” (Mercedes Sosa) cautiva a todos los espectadores, sin por ello vincularla a ideologías políticas destructivas. Se trata de otra cosa.

Cabe aclarar y resaltar que todas las canciones escogidas narran por sí solas una historia paralela y que ésta y la convencional se retroalimentan en una misma. Dichos temas son casi todos en castellano y aquellos que no, tuvieron a Marcelo Kothlian para adaptarlos, deleitosamente. Sumado al equipo músical, el talentoso de Damián Mahler se encargó de hacer sonar cada partitura. De ese modo, el universo melódico creado es bien nuestro, próximo, cercano y suspicaz.

Luego, Cibrián prosigue con el significado de adulación. Lo explora, lo cuestiona y hace su propia adaptación: “El que no acepte que lo adulen, será eterno”. Como si se tratara de aquellas profundidades infinitas, cada palabra se encauza en otra, se une, se separa, se complementa… como la humanidad.

A la vez que la mujer académica cita a Nietzsche, afirmando que “El ignorante perecerá”; el grupo continúa fusionándose, descubriéndose y asumiendo las diferencias que distinguen a un individuo de otro.

Rock, folklore, boleros y ópera que se adaptan a nuestro país, a una patria interrogada, descreída, obsoleta y plástica.

El salvajismo de un bebé, el grotesco entremezclado con diversos estilos como la parodia, ilustran a este fenómeno del tiempo, a lo que no es y, sin embargo, podría ser.

La madre, aquella mujer sabia, menciona: “El reloj no se detiene ni un instante”.

¿Hay futuro?

Mientras existan voces cautivantes y profundas como las de Deborah Turza, Dennis Smith e Ignacio Mintz; sí.

Mientras la unión no destruya y la belleza no sea solo física, sí hay futuro. Un futuro colmado de placeres, no solo eróticos y promiscuos.

Mariela Verónica Gagliardi

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Buscando extinguirse del sistema

El patio de atrás1

La obra de teatro El patio de atrás (escrita por Carlos Gorostiza y dirigida por Natacha Delgado) explota comportamientos y situaciones ocurridas durante una época trascendental en nuestro país: el menemismo.

Tal como lo describe su título, la puesta en escena tiene lugar en un patio. Allí pasan sus días y noches pretendiendo que las cosas cambien sin hacer algo para que eso ocurra.

Sin tener casi conexión con la naturaleza, esta familia -integrada por hermanos adultos- gira en un círculo vicioso.

Pareciera ser que existe un secreto que les atormenta la existencia. Un hermano que se fue o que desapareció o que, por algún motivo, está ausente. Ellos pretenden saber de él, encontrarlo, que vuelva al hogar, que de señales de vida.

Mientras tanto, un pajarito (su única “mascota”) es dejada de lado, ya no llama la atención, muere sin ser percibido o, tal vez, los ruidos lo matan.

Así es como el egoísmo, las continuas quejas y reproches se apoderan de los corazones de estas personas que no encuentran una salida conveniente. El relato dinámico permite que nos metamos en la historia desde el comienzo y disfrutemos de Gorostiza sus universos tangibles. También la dialéctica construye diálogos rebuscados, provechosos, complejos, simples, como un laberinto sin fin.

“Siempre hay que tener una pila de repuesto”, dice Máximo (el hermano mayor). Pero esta frase no la evoca de un momento a otro sino que todo gira en torno a la necesidad que tiene por escuchar su radio y la dificultad que posee al estar postrado en una silla de ruedas sin que nadie le haga el favor. Luego, esto es reflejo de cuestiones más profundas como podría ser la perdurabilidad de las cosas, la cultura de aquel entonces de lo obsoleto y del no reciclaje.

A la vez que las dos hermanas (Nena y Clemen) suelen conversar sobre chismes y cosas banales, las horas pasan y a es practicamente a lo único que le prestan atención: cada media hora unas campanas de la Iglesia suenan y se combinan con los ruidos del videoclub que está en el local de al lado de su casa (un local que la familia le alquila).

La música está ausente, salvo cuando las luces verdes titilan y aturden con melodías techno que matan todo lo construido hasta el momento. Era la época de la cadena yanqui, Blockbuster, que se encargó de aniquilar a todo pequeño comerciante, de implantar el sistema capitalista más que nunca vendiendo la misma chatarra que el resto de las empresas que incluso hoy siguen de pie en territorios nuestros.

Clemen, mientras observa las plantas resecas, dice: “Un día de estos habría que regarlas”. Pero ya es tarde. Como todo lo que ocurre sin poder imponerse con palabras que permitan frenar semejante derrota intelectual.

Los sonidos de pájaritos intentan ser superiores a los ruidos, pero perecen…

Como una pelea generacional, los más jóvenes necesitan unirse para avanzar y no lamentar lo que no puede ser; al tiempo que los mayores siguen encerrados en ese patio de atrás, entre paredes descoloridas y una sensación de agobio.

Por más vigilancia que pretenda hacer uno sobre otro, lo que tenga que ocurrir ocurrirá y lo que no, no.

Y Pancho afirma que “El tiempo no solo pasa sino que desafina”. Como un instrumento que suena lastimosamente y sin motivo de existencia alguna.

La iluminación ambienta tenuemente cada escena, crea más intimidad y cercanía entre y para con ellos. Las tonalidad en sepia construyen una época lejano que, sin embargo, no es. Unos años que destruyeron y que pretenden volver.

Todo lo que se rompe o gasta queda a un lado, acumulando objetos que jamás serán reutilizados, dándole sentido de ser al liberalismo que poco tiene que ver con la libertad que se necesita a gritos.

ficha El patio de atrás

Mariela Verónica Gagliardi

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Un enfrentamiento de amor

Andrócles y el león

El último espectáculo cubierto por Sabor a teatro para el Festival Cervantino es uno de la Ciudad de Buenos Aires llamado: Andrócles y el león (Androcles and the lion). Esta mágica historia no solo es una fábula sino, además, una enseñanza con moraleja como toda narrativa de antaño, de esos libros infantiles que uno esperaba el final para saber lo más importante.

Títeres marionetas, títeres de máscaras, títeres de varilla y títeres bunraku; todos ejecutados de manera excelente, permitiendo que ingresemos en los códigos establecidos por este mundo que interpreta a humanos, a animales y a todo aquello que le quiera dar vida, movimiento y voz.

Allá por el año I, los romanos estaban en plena guerra y deseaban exterminar a todo aquel considerado enemigo. Andrócles, entonces, fue esclavizado y maltratado; pero su suerte cambió al conocer a un león. Este animal salvaje tan temido por tantos que despertó la alegría del hombre cuando asumió que no estaba en peligro. El león precisaba de la ayuda de alguien que le quitara una espina gigante que le estaba impidiendo pisar y lo mantenía dolorido.

Una escenografía que recrea los primeros comienzos después de Cristo, con un relator que guía los pasos de estos mortales en busca de diferentes intereses que los conducirán de escena en escena hasta el Coliseo Romano. También se suma a esta aventura una selección de canciones que otorgan mayor dinamismo a la obra y un modo de recordar más fácilmente aquellos sucesos que podrían olvidarse solo apoyados en diálogos.

Andrócles, este particular sastre que fue relegado por los humanos, tuvo la compasión de su nuevo amigo el león. Así, pasaron un tiempo sin volver a verse hasta que los romanos quisieron que él se enfrentara al animal -estando seguros del miedo que sentiría al exponerse y la desdicha que sentiría-.

Un tono burlesco e irónico permite transitar situaciones tragicómicas que despiertan el interés de todos los espectadores, convirtiendo una mañana primaveral en alegría plena.

Claro que la vida demuestra que siempre se cosecha lo que se siembra y al mirarse ambos seres vivos a la cara no hacen más que estallar de felicidad. Qué enfrentamiento de honestidad tuvieron y qué lección más armoniosa supieron darle a los sanguinarios romanos y al presente público de niños.

Así resulta ser una magnífica función en que colegios públicos y privados pudieron disfrutar, reír, aplaudir, intervenir y emocionarse junto a adultos del público que también aprovechamos para mimetizarnos con las criaturas. Es que la historia escrita por George Bernard Shaw, adaptada para títeres por Galo Ontivero y dirigida por Ariadna Bufano; demuestra la pasión del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín. Un semillero de talentosos artistas que, año tras año, crece y se expande.

“Les ordeno a todos que se marchen en paz” – dice César, el emperador.

ficha Andrócles y el león

Mariela Verónica Gagliardi

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Es posible convertir una ilusión en dramaturgia

Lo que no fue

¿Cómo describir una obra de teatro cuando es más lo que se ve y siente de lo que se podría describir con simples palabras?

Si existiera un infinito la presente crítica tendría sentido de ser y, quizás, exista. En algún lado, en otra dimensión aún no descubierta por el hombre o en el interior de cada soñador que anhele convertir un instante en ficción pura.

Lo que no fue surge como resultado de un seminario dirigido por la artista, en mayúsculas, Gabriela Izcovich -quien el año pasado sorprendió gratamente con una puesta en escena creada colectivamente-.

Ocurre que quienes a menudo asistimos al teatro, no encontramos en cada obra un mundo nuevo o algo que llevarnos en el corazón. Y si bien la presente historia fue concebida de forma grupal, Gabriela tiene un don inigualable para poner en escena a personas sin experiencia integrándolas con quienes tienen quizás más trayectoria. Así son sus seminarios: espacios de exploración, de conexión personal e íntima. Y me atrevo a hacer este tipo de afirmaciones sin jamás haber asistido a sus clases porque se percibe desde la butaca. Se notan esas caritas ilusionadas con pisar un escenario tal vez por primera vez, tal vez no. Esos rostros que se unen para innovar, para dar a conocer una partecita de sí mismos y compartirlo.

¿Qué podría ser más valioso que el trabajar en equipo?

Existen obras de teatro que pueden analizarse, explicarse, justificarse y compararse con otras. En esta oportunidad si lo hiciera, perdería completamente la magia que la caracteriza y el factor sorpresa que no es una nimiedad.

La fusión de material fílmico, del recurso de radioteatro y de las actuaciones en vivo fue una manera cautivante de decir cuál es el camino que siempre se debe tomar.

Desde noviembre del pasado año estuve esperando con ansias la llegada del 9° Festival Cervantino para saber qué harían. Porque los espectáculos conocidos y famosos dan alegría y placer, pero estas experiencias comunitarias imparten una emoción, tanto para los integrantes como para los que somos espectadores, que se traduce en lágrimas, en risas y en tantas sensaciones…

Al finalizar Lo que no fue, quedé enmudecida y perpleja. Mi corazón latía de felicidad pero una felicidad inagotable. Sentí cómo la perplejidad de varias historias podían ser una emoción restringida.

Llorando mientras escribo estas líneas considero que este festival debe y tiene que seguir existiendo por siempre, que no puede haber políticas en contra de estas acciones culturales y que cada quien tendrá que dar lo suyo para que este engranaje pueda seguir rodando como una bola de fuego que quema por su pasión.

La cultura de una ciudad es parte de su identidad y Azul tiene mucho de eso. Una ciudad pequeña (y lo digo desde el lado positivo) en que todos se conocen, se saludan y que quien no es de aquí no es observado como extraño.

Mientras los actores y su profesora-directora, eligen en qué año centrar la dramaturgia, si un siglo es mejor que otro, sin mencionar a un intendente de antaño o dispersarse por otros asuntos… la obra sigue. Como un tren con miles de vagones y dentro de cada uno una ventana a un mundo diferente (que se retroalimenta con los demás). Una maravilla que no debe ser esperada como tradición sino como un recorrido hacia distintos universos.

¿Qué ocurre cuando los actores interpretan desde la naturalidad, desde sus propias vivencias, desde un principio para un fin, desde cada punto que les interese inspeccionar y trabajar?

Una pieza artística de esta categoría es el resultado, una historia pequeña que sirve de disparador para otras tantas que se conjugan en tiempos y espacios iguales, sin necesidad de aprender libretos dificilísimos para demostrar de qué se trata, sino de buscar en lo que cada uno es mejor y brindarlo.

Como esos frasquitos de vidrio que incluyen paisajes norteños con tizas de colores: a eso me hizo acordar Lo que no fue. A una foto panorámica que no deja a nadie afuera, que incluye a todo aquel que desee sumarse y dar lo mejor de sí.

Autores y Actores: Natalia Schonaker, Agustina Guzman, Pablo Vilela, Ismael José Andrada, Mayra Grezch, Virginia Couat, Josefina Andres, Martín Canalicchio, Mingo Sarno, Marcos Galipo, Mirta Acosta, Beatriz Cerritelli, Claudia Rodriguez, Adriana Hernández, Hilda Esther Jaureguiberri, Mora García de la Vega, Vanina Félix,Majo Ferreyra,Mirta Alonso, Pedro Bigalli. Dirección: Gabriela Izcovich. Teatro Español.

Mariela Verónica Gagliardi

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Presentación de “Como tu vida, como la mía”

Previa a la noche que tanto esperaban los actores que participan del seminario brindado por Gabriela Izcovich, durante una tarde preciosa se presentó en el Salón Cultural (sito al lado del Teatro Español) el libro que recopila historias escritas por los propios artistas.

De esta manera, Como tu vida como la mía, pretende ser la unión de narraciones verídicas o ficticias que cada actor volcó en palabras para transformar una realidad en arte. Así, los alumnos principiantes tuvieron la posibilidad de interpretar, en vivo, lo escrito mientras los avanzados prefirieron guardar el secreto para la función de la noche.

Las propuestas brindadas por Gabriela durante sus clases fueron transmitidas al público como consignas y, notablemente, se pudo percibir cómo cada alumno ideó un personaje e historia distinta.

Entre poemas, relatos breves, otros más profundos y conmovedores, pude observar a una actriz que construía su personaje desde lo corporal hasta la palabra de una manera excelente. Sin desmerecer al resto de los participantes, ella consiguió transmitir no solamente una historia en la que fue posible conectarse con su mirada entristecida, su dolor de música y la enfermedad que no menguaba:

(…) “Te preguntarás por qué te escribo. Volver no fue fácil. Mi enfermedad ha avanzado y ya no quiero seguir con los tratamientos. Sólo tengo un gran deseo: poder volver a tocar con vos. Si mis manos me lo permiten, aunque sea por última vez, desearía interpretar juntas esa música del alma que dio luz y sentido a mi vida. Tu eterna alumna. Verona”.

Carolina Fittipaldi es la autora de esta carta que conmueve de principio a fin, que hace sentir cómo un corazón se desgarra a cada momento y la tristeza que puede sentir una pianista al no contar con su propio instrumento para ejecutar el otro.

Testimonios sobre violencia de género, violación, traumas de la niñez, deseos de superación personal y recuerdos que hilan aquellos recuerdos con el presente para que todo actor observe quién es y hacia dónde va.

Mariela Verónica Gagliardi