*** Septiembre 2017 ***

teatro x la identidad

Teatro x la identidad cumple 15 años y lo celebra con una nueva edición, como cada ciclo anual, con muchísimas propuestas y sedes que se suman (como el Centro Cultural Kirchner). Actores, autores y directores con el apoyo de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Desde el 16 de noviembre que el teatro comenzó a rodar para que, de manera gratuita, todos puedan disfrutar y apoyar a esta causa tan noble como es la búsqueda de los nietos desaparecidos.

La obra escogida de la programación fue Idénticos III, dentro de la que se pudieron ver doce monólogos escritos por doce autores y dirigidos también por doce directores.

Mariano Mazzei abrió la noche con F5 (autor: Lucas Lagré y dirección Emiliano Dionisi), un monólogo en el que un hombre acaba de separarse y sufre muchísimo. Aprovechando que le entró un virus a la computadora, se comunica con su ex y le pide asesoramiento. Si bien existen algunos gags humorísticos, predomina la angustia y profundidad de un relato excelentemente bien interpretado, como es característico en Mazzei.

El cabello por el suelo (autora: Andrea Garrote, director: Mariana Chaud), interpretado por Andrea Garrote, parte de un corte de pelo que la define y le configura una nueva identidad en su adolescencia. Hay cosas que no existen en el mundo de las palabras – menciona. Otro de los factores que la definen es un encuentro casual que tiene en un bar con un hombre, el cual le muestra una fotografía con una amiga de él muy parecida a ella. Esta situación le aclara cuestiones que nunca había podido entender y que por ello veía presencias en su cuarto a menudo.

Mi China (autor: Juan Carrasco, director: Becky Garello) fue una simpática puesta como intérprete a Marcelo Mellingo. Consiguiendo una inmediata identificación con el público, logró contar su relación utópica con una empleada de supermercado chino a quien confundió con japonesa. Él relata cómo se enamoró de Li mientras la veía cortar fiambres, hasta que un día fue con sus “tropas de élite”para conquistarla pero, por confundir su nacionalidad, no logró su cometido.

Despedida (autor: Mariano Saba, director: Ignacio Apolo) me atrevo a afirmar, fehacientemente, que fue el mejor monólogo de toda la velada, con un texto increíble, dinámico, entusiasta y una actriz como lo es María José Gabin impecable. Un verdadero equipo que supo elegir a la artista indicada para desarrollar a una directora de colegio muy bien personificada, con el estereotipo más común que se puede conocer en las escuelas.

Sus palabras como directora, en un acto de fin de año, súper tradicional pero en el que ocurren algunas vicisitudes como retos en público, apretones a los señores padres, resentimiento transformado en sonrisas irónicas. De repente, su discurso se mezcla con una introspección hacia su vida, hacia el camino tan distinto que tenía soñado para ella y que, bueno, le “tocó” otro. Los he parido – menciona. Y realiza un recorrido por los años, con su voz chillona, diciendo que las criaturas son delincuentes de un año y pico. La particularidad de esta escena fue que mágicamente parecían aparecer cada uno de los personajes citado por la dramaturgia. Un verdadero monólogo con todos los condimentos que debería tener cada pieza para brillar.

Continuó un monólogo de humor, interpretado por la actriz Alejandra Flechner, titulado El amor en tiempos de whatsapp (autora: Macarena Trigo, directora: Mónica Cabrera). Este discurso comienza con unas palabras tajantes sobre qué es estar enamorado. Así, le habla a un hombre al que le dice que no es muy enamoradizo sino que es un idiota. Con un sable muestra formas de artes marciales comparadas con las búsquedas de su vida.

Sin dudas que uno de los monólogos que más emocionó fue El hombre de mediana edad (autora: Jimena Aguilar, director: Claudio Martínez Bel) interpretado por Marcelo Mazzarello nos pasea por un interesante texto vinculado a lo que siente un hombre a lo largo de los días con su nombre, apellido y demás factores. Se podría cuestionar si es imprescindible llevar un nombre o saber quién se es en verdad. Entonces, como un juego impactante él cambia su nombre según el día, el apellido también y cada vez que despierta habla un idioma distinto. Astuguider es el apellido que más le gusta, aunque lo que más lo conmueve es el significado poético que le encontró a la vida, al modo en que recita versos sobre paisajes en los que logra identificarse por completo.

Cuando le tocó el turno al gran Osqui Guzmán con Tambor (autora: Lucía Laragione, directora: Leticia González de Lellis), el espacio escénico se transformó energéticamente. Y es que se trataba de los pueblos originarios, de los africanos que piden por la libertad. Mientras, Osqui, utiliza la percusión para decir que “Después retumbaron otros tambores”. Como si los pedidos de esta comunidad tuvieran el eco necesario para hacerse oír.

“Nosotros, los negros, estamos resonando” – dice en otro momento del discurso. También se encarga de mencionar a distintas personas desaparecidas que nunca serán buscadas. Un relato que utilizó muchas metáforas y sonidos de percusión para ejemplificar lo que sienten aquellos olvidados.

El piano seguía interpretando melodías clásicas de la mano de Martín Pavlovsky, quien homenajeó con su música a una etapa oscura que todos desearíamos borrar de la historia pero que, sin embargo, no es ni será posible ya que está de por medio la vida de miles de jóvenes reprimidos por los armados.

En cuanto llega El origen (autora: Carol Inturias, director: Mauricio Kartún) con la presencia de Lorena Vega, nuevamente los pueblos originarios son citados desde varias aristas. Lo cómico, lo irónico y lo vulgar se fusionan como varios mosaicos que pretenden formar un gran paisaje. Lorena le habla, sentada en un banco alto, a un pibe. No podría mencionarse como hombre ya que sus vocablos demuestran lo molesta que está con él. “Para saber a dónde vas, tenés que saber de dónde venís”. Y aquí ocurre otra cuestión: nuevamente los años más tenebrosos de la Argentina.

Ella se tilda de negra y justifica que existieron grandes personalidades a las que se mencionó con dicho apodo: Mercedes Sosa y Alberto Olmedo son algunos de los citados por su grandeza.

Continúa hablando y refiriéndose a ella misma como negra pero también resentida. Cuestiona el día de la raza al que se modificó con un título muchísimo más largo: Día de la diversidad…

Las resistentes (autor: Nelson Mallach, director: Raúl Mereñuk) trae a Marta Bianchi, una mujer pobre que vive junto a su gran amiga Elsa. Ambas le deben poner el pecho a la vida, cazar gatos para sobrevivir y hacer determinadas cosas que las herirán en lo más profundo.

Con un palo de amasar como arma de defensa, ella no perecerá nunca y cuidará a su amiga -quien cayó en manos de la prostitución y que, igualmente, dejará a un lado sus prejuicios para ayudarla-.

El debut (autor: Gabriel Graves, director: Mauricio Kartún) interpretado por Manuel Vicente, compara un ring de boxeo con la guerra.

Con un monólogo cargado de ironía, este hombre entrena a un boxeador a quien le da consejos, diciéndole, que es un artista, que cuando le pegan un golpe cae como artista.

“Hay que saber perder con arte” – le dice en un momento al joven, a quien compara con Firpo, y pretende transmitirle toda la confianza necesaria como para que no se rinda. Luego menciona que siempre hay que estar de un lado o del otro: del que gane o del que pierda, pero siempre tomar partido.

La violencia de género, los maltratos, las violaciones y todo el terror que sufrieron y sufren muchísimas mujeres es representado por María Fiorentino en Se los dejo pasar (autora: érica Carrasco, director: Manuel Vicente).

Una enfermera que cumple su turno como empleada, que hace lo que le ordenan y, sin embargo, no puede dejar de tener angustia por la sangre que ve derramarse. Como si se tratara de una indagatoria, ella deberá responder todo lo que se le pregunte. Ella no se siente parte del sistema para el cual colaboró, ya que menciona que la contrataron por su discreción.

Pero su calidad de mujer la hace involucrarse, emocionalmente, con el caso de una joven embarazada a punto de morir: “Tenía un sufrimiento que no le llegaba la voz”.

Y, llegando a su fin, el último monólogo llamado Vuelta (autor: Mariano Saba, director: Uriel Guastavino) estuvo a cargo de Osvaldo Santoro. Un hombre que recuerda a su abuelo, haciendo sonar una cajita de música.

Los relatos de su infancia cobran vida en su memoria, en su rostro, en su sonrisa. Rememora la primera vez que sacó la sortija andando en calesita y la personalidad vibrante de su abuelo cuando cantaba (…) “Viva la Internacional!”.

Músico: Martín Pavlovsky

Selección de textos: Mauricio Kartún

Dirección: Daniel Veronese

Mariela Verónica Gagliardi

 

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