*** Julio 2017 ***

Pescando en la bañera1

Ficha Pescando en la bañeraMe gustó el título, la dramaturgia, las interpretaciones, la dirección, la originalidad. Me gustó absolutamente todo y quizás por eso no sepa bien por dónde comenzar. Porque de eso se trata esta propuesta que cautiva por completo, ya desde que ingresás a la sala del Kafka y te sentás a aguardar que empiece la historia.

Pescando en la bañera (escrita y dirigida por Leonel Dolara) me recordó a muchísimas cosas, a series, a películas, a otros directores, a la particularidad por narrar de un modo diferente y ser original -por no proponérselo, sino por lograrlo-.

No hubo cañas de pescar, ni agua. No hubo marineros ni pescadores -propiamente dicho-.

Sin embargo, había personas que fueron elegidas por y para algo.

Porque, de repente, los vemos sentados frente a nosotros. Observando durante unos minutos. Unos minutos que parecen eternos y que nos permiten ver sus personalidades, conocerlos sin que sepamos sus nombres, sentir junto a su silencio vocal, querer saber por dónde van sus travesías y por qué permanecen casi imperceptibles para los demás transeúntes.

Imaginé esas historias en que se selecciona a un grupo de personas para un experimento determinado y creí que lo que acontecería nos llevaría a un recorrido de ese estilo. Pero no. La delicadeza para innovar nos dejó boquiabiertos a todos los presentes. Bastaba solo con mirar al público para notar su sorpresa.

Considero que las maneras de narrar, además del contenido, son las que permiten que nos alejemos o acerquemos a una obra de teatro. Entonces, unos microrrelatos se fueron desarrollando en un cuarto de baño y diez actores se encargaron de transmitir lo que todo humano en algún momento de su existencia palpita. Así, utilizando por momentos un espacio u otro del sanitario, es posible sentir lo que los personajes sienten, capturar la esencia de sus diálogos, imaginar lo que no esté en la escenografía y respirar una identificación absoluta o parcial con algunos de los momentos recreados.

No hay un eje romántico que nos conduzca a un mismo puerto sino varias vertientes y un conflicto inicial que producen un desencadenante determinado. Historias con violencia de género, vínculos de pareja desgastados, nuevas oportunidades de amar, secretos muy bien escondidos, choque de clases sociales, futuros inciertos y rumbos nuevos por conocer.

Me deslumbró la puesta en escena, me fascinó el formato de la obra y su dirección. Por instantes recordé cuántas veces uno desea pescar sueños o momentos para verlos bien de cerca y decidir sin convienen o no. Entonces fue cuando vislumbré a este grupo de actores persiguiendo algo que en un principio ni siquiera sabían, sino que lo sentían y no se daban el lugar para aceptarlo.

Hay quien narra con la danza, con la palabra, con el canto o con un golpe. Golpes que marcan en lo más profundo y no tanto en la superficie -esa superficie que parece traer una marejada y, sin embargo, solo refleja la realidad-.

El sabor, el sudor, las lágrimas, el frío, el calor, la desnudez, el agobio, la precipitación, el olvido, el dolor y muchísimas sensaciones más pueden capturarse de cada una de las escenas que transitan con el correr del tiempo; ese tiempo que vuela y que, quizás por eso se busque en el lugar menos pensado. Porque un baño puede representar el sitio en que se desechan cosas pero también aquel sitio que nos relaja, que nos desconecta del resto de los ambientes de una casa, un lugar en que podemos respirar una atmósfera distinta e inventar situaciones para tener un cable a tierra en los instantes de desesperanza. Así funciona Pescando en la bañera y estos cuentos que representan a tantos y tantas, que permiten crear lazos, puentes, uniones impensadas y ocurridas. Porque lo mágico de despertar es no saber cómo ni dónde lo haremos, quiénes serán nuestros amigos ni enemigos y entender que la vida va más allá de una relación, de un pasado tortuoso, de un daño ignorante o de cualquier otro factor que nos altere la armonía.

Ellos están allí, aguardando que algo pase hasta que recuerdan sus últimas horas.

Entonces se quitarán las máscaras y podrán caminar como lo que son y no como lo que se pretende.

Mariela Verónica Gagliardi

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