*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Archivo para mayo, 2015

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En lo imposible está la realidad

Luisa1

Existen temas más controversiales que otros, existen situaciones más dolorosas que otras y etapas en que la imaginación puede llegar a ser la única aliada.

«Luisa se estrella contra su casa» (escrita y dirigida por Ariel Farace) engloba estas cuestiones y profundiza en ellas, de tal modo que recrea lo más noble de un ser humano.

El título es asombroso, fuerte y con un significado que no podrá saberse hasta comenzada la obra.

Luisa (Luciana Mastromauro) es una madre que se quedó sola en una enorme casa, la cual considera como su mundo. Bueno, en realidad uno de sus mundos ya que el segundo es el supermercado al que acude en todo momento.

Su modo de ser y de conectarse con los demás es un tanto peculiar, permitiendo que conozcamos su vida, sus preocupaciones y ese dolor tan imposible de sanar.

Acaba de sufrir una pérdida y no le será fácil seguir adelante. De hecho, su mente está un poco confundida y el bloqueo que tiene no le permite vincularse del todo con otras personas. Un vecino, músico, (Guido Ronconi) tendrá el honor de ser silenciado cuando ella lo ordene, para más tarde seguir escuchando una misma melodía que acompañará a la dramaturgia hasta su desenlace.

Como escenas que también se reiteran, de un momento a otro, pretenden demostrar la rutina de esta pobre mujer que no sabe cómo hacer para llenar esos huecos de soledad, a diario.

Por un lado está tratando de atravesar un duelo, sin apoyo de alguien. No parece tener más que a sus productos. Sí, productos de limpieza que compra en las góndolas del mercado, a los cuales les deposita su cariño y dedicación total.

Mientras los recuerdos la invaden por completo, conocemos cómo era la Luisa de antes, la felicidad que le daba ser llevada en un carrito, elegir la comida y estar pendiente de su hijo.

Pero, aún sin vestirse de negro, su rostro refleja el dolor que siente. Ella recuerda, sueña, imagina que un Odex (Juan Manuel Wolcoff) es su amigo, que viven juntos. Y, en cierta manera, eso ocurre en escena. Al menos, tenemos oportunidad de presenciarlo, de notar cómo necesita comunicarse con alguien. En este caso se trata de un producto de limpieza que no le cuestiona ni reprocha nada, solo obedece sus órdenes, las cuales son impartidas en carácter de urgencia.

Una urgencia no puede olvidarse, como tampoco un accidente o imprudencia. Esa sensación de no haber podido estar allí, de no haber podido hacer algo -por más pequeño que sea-, angustia infinitamente.

Con respecto al argumento de la historia, existen varias cuestiones a resaltar: por un lado, la denotación del título de la dramaturgia que está íntimamente relacionado con el accidente que ocurre en cierto momento. Por otro lado, la necesidad de Luisa por estar en lugares cerrados como pueden ser su casa y el supermercado. También, la atmósfera que se crea ella misma en su cabeza, la cual se traslada a convertir su hogar en su mundo ideal. Y acá me detengo un instante.

Su casa, confeccionada ecológicamente por cajas de cartón de diferentes cosas, le permite a ella y los demás personajes de la obra; trasladarla o moverla de diferentes maneras para narrar un suceso externo o interno.

Ese hogar es un universo limitado y, sin embargo, su mente es quien no la abandona jamás.

Toda la historia es sumamente coherente, muy bien interpretada y con una intimidad realmente perfecta.

No existe posibilidad de no crear una conexión con su argumento ya que todos hemos perdido a alguien, todos hemos padecido la soledad y todos seremos nuestros principales motores que impulsarán nuestro querido cuerpo.

La inercia le permite empezar, continuar y repetir la misma situación. Como si nada hubiera ocurrido en el medio, a pesar de que su corazón le recuerda que ya nada será como antes.

En lo imposible está la realidad esboza Pedro (Matías Vértiz) a su madre en un momento de la dramaturgia, para demostrarnos cómo lo supuesto puede ser modificado al extremo. De ahí en más, varias situaciones no comunes desfilarán delante de nuestros ojos, enseñándonos que se puede volar sin tener alas y estrellarse aún sin andar en moto.

ficha Luisa

Mariela Verónica Gagliardi

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Danzando hasta morir

Azucena en partes1

Y como si el mundo pudiera acabarse por completo o darle una sorpresa, ella (Gimena Gutiérrez) baila.

Azucena es su nombre, como la flor tan bella que perfuma hasta un ambiente frío de hospital. Ella, tiene la peculiaridad de desdoblarse en dos personas: la que sufre y la que sueña. O en dos personajes: el que encarna y el que recuerda.

Los tiempos van y vienen. Pasado y presente se fusionan como una misma historia, su historia. La historia de una mujer que sufre, que está devastada por la soledad, por no tener un hombro sobre el cual llorar, desahogarse, refugiarse. Ni siquiera un par de brazos que la contengan ante tremenda noticia.

Sus días no está contados, y esto es sumamente importante resaltar.

Azucena, todo lo expresa con su cuerpo. Con su gran altura, consigue representar corporalmente sus andanzas, sus tristezas y pesares, como si midiera un metro cincuenta.

Increíblemente, podemos observar -durante unos cuantos minutos- cómo su cuerpo se mimetiza con cada uno de sus sentires sin haber pronunciado palabra alguna. Y esta es la magia del teatro físico: el poder representar sin hablar. Pero, cuando lo requiera, poder decir, verbalmente, sin mover sus extremidades del espacio escénico.

Un gran trabajo en equipo demuestra que tanto la iluminación, como el vestuario, la dramaturgia y dirección; se complementan para tener una “Azucena en partes” (escrita y dirigida por Ana González Seligra) realmente grandiosa.

El drama está presente de principio a fin, no pudiendo ignorar el tema argumental presente. Una enfermedad que parece ser la muerte, por la falta de información, por la infelicidad, por dolor no cicatrizado, por los sueños abandonados.

Un público atento, quieto, que no esboza más que un dolor aguantado, una angustia difícil de soportar. Un público que, al terminar la función, espera para felicitar a los artistas. Yo, como parte del público, con un nudo y una nebulosa en mis ojos como si lograra vislumbrar un hálito de paz.

Finamente escogidos, aquellos detalles ornamentales que forman e integran las escenas de la obra unipersonal. Objetos que no solo son preciosos sino que cumplen varias funciones. Un ramo de flores rojas, un perchero, varios estilos de ropa, de zapatos y otras herramientas fundamentales que le permiten a la artista componer sus personajes -tan difíciles pero excelentemente resueltos-.

Su corazón hecho pedazos, sus partecitas que no logran unirse, su sonrisa desdibujada como cuando se tira al piso -hundida en llanto-. Una etapa que quisiera borrarla de su mente, de su espacio, de su vida y que, sin embargo, debe atravesarla para estar sana y más fuerte.

La parte descriptiva del relato es la que permite que nos imaginemos -como espectadores- toda la desdicha de esta pobre mujer. Pero Azucena no es frágil. Está sensibilizada, apabullada, fuera de sí. Mientras tanto, deja que su cuerpo hable, que sus pechos consigan formas diferentes, que el sentido de su vida sea el que añore y que, jamás, se de por vencida.

Esta pieza artística debe formar parte de todo festival y movida cultural relacionada con el universo femenino, con la lucha contra el cáncer, contra la violencia de género y con todo enlace que permita que nosotras -las mujeres- nos sintamos identificadas, valoradas y resignificadas.

No hace falta pasar por la enfermedad para tener humanidad por las que sí.

Las mamas, que tanto amor deberían tener, que tantas caricias poseer… están enfermas. Solo el amor puede curarlas.

ficha Azucena en partesMariela Verónica Gagliardi

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Una fiera escondida

La piel de manzana

Como fruto prohibido, como fruta bella y embalsamada, allí está cada una de ellas. Con diferentes tamaños, sabores y formas no exactamente idénticas. Como fruta utilizada en cuentos como Blancanieves en que se mordía y envenenaba la princesa, como origen de muchas ideas no desarrolladas completamente y como, también participada en cuadros de naturaleza muerta.

Flora (Cecilia Cósero) y Bruno (Federico Marrale) son las protagonistas de una obra de teatro en que se puede vivenciar todo lo natural e inminente de la conducta humana: “La piel de manzana” (escrita y dirigida por Gustavo Lista).

Son muchas las escenas que se suceden a lo largo de esta historia y es que, a lo largo de la misma, se verá a una Flora totalmente voraz, salvaje y sin miedo a nada. Así como a un Bruno amenazante, temeroso e inmaduro.

Existen varias lecturas para realizar sobre la puesta en escena y narrativa. Por un lado, se ve a flor de piel el feminismo encarnado por Flora que, a cualquier precio, muestra y demuestra su condición de hembra y mujer en su casa y en la sociedad. Ella vendría a ser como una heroína de los derechos de todas, flameando una bandera imaginaria que estaría simbolizada por los cajones de manzanas.

Por más desconectado que pueda sonar esta comparación, son estas frutas las que significan cuerpos de mujeres, con una piel suave, fina, brillante y que, sin embargo; se puede raspar, herir y romper en cuestión de segundos.

Una tras otra, son tiradas por Bruno al piso, como descartándolas, como quitándoselas de encima y sacándose del pensamiento todo lo que a ella le pueda dar felicidad absoluta.

Por otro lado, está presente la obsesión -más por parte de él que de ella- por amenazar a su ser querido y, desde ese lugar, conformarse con la piedad o lástima. Las acciones desarrolladas por Bruno no son sanas para ninguno de los dos y, viéndolas desde otro ángulo, son violentas.

Hay varios simbolismos incluidos en la dramaturgia. Uno de ellos es la función que cumple un aparador de madera, que va acumulando a los hombres que no actuaron correctamente. Uno tras otro, se ponen allí y, ella, solo le da la posibilidad a Bruno de ser diferente al resto de una manera bastante singular. Quien salga victorioso de tal acuerdo, podrá elegir lo que más quiera.

Flora es una muestra de lucha eterna, exagerada también, que no baja jamás los brazos y que defiende sus ideales. A su vez, lo corporal cumple una función primordial en ella y en su compañero, quienes recorren el escenario hasta encontrar el lugar ideal para disparar su voz. Mientras se observan y analizan, el realismo mágico consigue apoderarse de sus monólogos, de sus diálogos y de sus preocupaciones.

Como realizando un recorrido por un mundo irreal, crean una especie de fábula dentro de la que también son los protagonistas y consiguen jugar como niños. Así y solo así, Bruno puede manipular del todo a esta loba que lo cuida y acompaña cuando todo parece acabarse.

La canción de Joan Manuel Serrat, titulada Piel de manzana (1975), sintetiza parte del argumento de la obra diciendo: a esa muchacha que fue Piel de manzana se le quebró el corazón de porcelana, se le bebieron de un trago la sonrisa. La primavera con ella tuvo prisa.

ficha La piel de manzana

Mariela Verónica Gagliardi

Por el poder de los Dioses

Horus10

El teatro musical tiene un encanto muy especial, se trate de un clásico o producción propia. Esas melodías, esos cantos que se entrelazan con diálogos -como en la vida misma, como en la realidad, como si fuera más fácil de expresarse, vocalmente, que solo hablando-.

«Horus» (escrita por Cesáreo Alfonso García y Pablo Flores Torres, dirigida por éste último) demuestra que la mitología egipcia se puede transmitir y dar a conocer de una forma fenomenal, entretenida y muy suspicaz.

Teniendo como protagonistas a Marisa Provenzano (Isis) y a Horacio Vay (Thot), es imposible que los espectadores no disfruten.

Un elenco enorme convierte a Horus en una puesta en escena bien de oriente, con detalles finamente escogidos, interpretados, actuados y revelados durante la historia.

Una encantadora dramaturgia se puede presenciar a lo largo de casi dos horas de duración y, es increíble, cómo el resumen logra comprender a los principales dioses egipcios.

Están presentes Horus, Isis, Seth, Anubis y Thot, entre algunos de los más importantes aparecidos en escena.

Desgarradoramente, un niño debe separarse de su madre para que sus vidas no corran peligro. Este es el ícono más importante y trascendente del musical y, a partir del cual, este pequeño se irá convirtiendo en un excelente guerrero.

Horus era el Dios más antiguo con forma de halcón. Éste, tuvo el honor, la destreza y la valentía de luchar contra Seth -el gran enemigo de su padre (Osiris) y hermano de éste-, para recuperar su trono.

Mostrando las sanguinarias y macabras luchas de aquel entonces, quitándose los ojos y órganos del cuerpo; en esta historia se puede observar que no hacen falta armas de fuego para defender el propio pellejo ni el ajeno, que el saber artes marciales es condición sine qua non.

Una misma dinastía, que rivaliza por poder, por ocupar un trono, por quedarse con algo que no le pertenece. A cambio, la energía desmedida de uno sobre la humildad del otro. El deseo de acabar con su misma familia con tal de hacer prevalecer sus caprichos.

Horus protegía al Alto Egipto mientras Seth lo hacía con el Bajo Egipto. Pero, además de guerras, destierros y dolor; los romances no podían estar ausentes para traer un poco de amor y nostalgia a la pieza teatral.

Horus niño y Horus adulto, tienen dos interpretaciones reveladoras. Por un lado, la presencia de Kevin La Bella quien se luce como pequeño guerrero, muy firme en escena y logrando cautivar al público. Y, con respecto al adulto, Emilio Yapor, continúa con la excelencia anterior, dotando a su cuerpo de destreza física y vocal. Ambos, se encuentran en una escena que se presta para la reflexión, durante la cual el niño le recuerda quién es y cómo debe seguir su camino. Esos recuerdos, tan presentes, seguro permanecerán por siempre en quienes vean esta obra.

En el libro sagrado figura quién debe contraer matrimonio con quién, haciendo que quienes deseamos que estén juntos -por cuestión del destino- no lo estén; dándole paso a otros seres que no imaginamos terminarían juntos.

El ex mosquetero Pablo Torres, ideó un musical que merece ser conocido por todos los amantes de la mitología y, también, por todo seguidor de este género artístico. Su firmeza en las tablas le otorgan la varita mágica, aunque en este caso se trate de una espada.

La oscuridad llegó para quedarse y las velitas -que pueden verse en manos de las musas-, no podrán ser apagadas. El deseo de tener al sol no será tarea sencilla, aunque no imposible.

Thot será el encargado de plagar con sabiduría a Egipto, a sus dioses y a todo guerrero que pretenda adquirir estos conocimientos. Mujeres y hombres combatirán hasta el cansancio, enseñándose, unos a otros, todo lo indispensable como para no ser vencidos.

Decorará este gran despliegue una gran combinación de luces, que titilarán cuando la acción estalle o se posarán con el color indicado para enaltecer a quien tenga la palabra. Hathor (Eluney Zalazar) danzará, demostrando cuán bien lo hace y logrará encontrar el amor en el dios que ansíe como esposo.

Neftis (Penélope Bahl), diosa de la oscuridad intentará, por todos los medios, crear confusión entre los hombres para que no vean quién es en verdad, quién es su hijo Anubis (Facundo Miranda), quién es el padre de éste y a quién pretende exterminar.

Mientras tanto, hermanos, primos y ex parejas desatarán una batalla campal, contextualizados por faraones, mar y pirámides… Todos los personajes interactuarán entre sí, hasta que ocurra lo que el destino marque.

Horus

Mariela Verónica Gagliardi

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No te irrite el espejo si es el jarro el que está torcido

El inspector1

El ucraniano, Nikolái Gógol, por el año 1834 escribe “El inspector del gobierno” -una obra que le daría la fama y por la que debería alejarse de su país-.

La corrupción es el tema principal que se trata en la dramaturgia y, a partir del cual, se puede notar en que se utiliza el dinero de un Estado. Antes y ahora, y en cualquier país del mundo; siempre va a existir corrupción. En esta ocasión,

Daniel Suárez Marzal adapta la historia original (dirigida por Roberto Aguirre y Omar Saravia) y la convierte en una pieza artística muy entretenida, con unas actuaciones asombrosas y muchas escenas de adrenalina.

Tomando parte del título original, este Inspector demuestra que quien se crea más vivo será sorprendido por alguien más sagaz.

El argumento gira en torno a la llegada de dicho inspector, el cual será anunciado por el correo. Sin constatar dato alguno, él (Alejandro Rattoni) y su asistente (Gabriel Dopchiz) llegarán a la mansión del Alcalde (Alejandro Zanga) y su familia. Allí, comerá como los dioses, descansará y, como si fuera poco, ganará varios billetes -aquellos que pretenderán comprar su silencio-. Este hábil mentiroso y fabulador, logrará llegar al corazón de la alcaldesa y su hija, diciéndoles tantas palabras bonitas como sean posibles.

Los diálogos justificarán ese universo femenino que tantas veces pretende oír frases dichas, compromisos supuestos y desenlaces evitados.

Por el gran sillón de época desfilarán las diferentes figuras del Gobierno, quienes estará ansiosas de conocer a este hombre que no será quienes supongan.

Mientras tanto, la música los hará bailar, haciendo primar el deseo de disfrutar cada momento -olvidándose de qué cargos ocupan y qué trabajo hacen-. Lo único que se verá es derroche de dinero y alegría, combinado con ganas de hacer lo indebido. Ocultándose de una figura que podría quitarles todo, se unirán para crear un plan.

Recién en 1835, Gógol logra estrenar su obra (después de haber sido censurado). Fue el zar Nicolás I quien autorizó su representación, la cual tuvo lugar en el Teatro Imperial de Moscú el 19 de abril de 1836.

En el epílogo de su libro escribe lo siguiente: no te irrite el espejo si es el jarro el que está torcido, dando evidencia de los pretextos que se buscan para tranquilidad propia.

Pero, ¿quién es el impostor? Iván Alejandrovic, un jugador que se quedó sin dinero y que, de casualidad, va a parar a la casa del Alcalde. De allí en más las situaciones disparatadas se apoderarán de la puesta en escena, convirtiendo la rigidez de las palabras en parafernalias humorísticas.

La ministra de salud, de educación, el juez y tantos otros ministros combinarán sus conocimientos con delirios para estafar a quien pretende fiscalizarlos.

Así como el autor de la obra no quedó satisfecho con la primera función que consideró muy sobreactuada, seguramente, estos hábiles cazadores tampoco terminarán felices con el desenlace.

Desde ya que merecen destacarse las actuaciones del Alcalde, su esposa (Celina Tellería) e hija Mashenka (Yili Di Lauro); quienes consiguen desenvolverse de forma extraordinaria entremezclando el género clown con el grotesco. También, existen otras interpretaciones muy bien logradas que hacen de la historia una entretenida denuncia.

El Alcalde bien podría ser Nicolás I, quien estuvo en su cargo durante treinta años. Parece algo inadmisible para nuestro países, aunque muchos, posiblemente, lo desearían.

Otros estilos de vida, otras épocas pero una misma historia que se impregna a lo largo de una dinastía.

La ambición y derroche pueden más que la nobleza y solidaridad. Una hija que pretende pasar por idiota cuando es más viva que su madre y un marido quizás engañado que solo quiere guardar las apariencias y nadar entre billetes.

¿Sobornar?

Eso y mucho más, pero que siga la fiesta…

ficha El inspector

Mariela Verónica Gagliardi

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Un ritual inesperado

Corazón de wasabi1

Hace dos años fui a ver “En otro vida fui Marlon Brando”, una obra que destacaba a personajes de William Shakespeare y en la que ocurrían otras acciones no esperadas por el espectador. Después de dicha pieza artística, Jorge Tomas doblega la apuesta y vuelve a escribir, protagonizar -esta vez- y dirigir una novedosa dramaturgia en la que, también, pasarán muchas cosas al mismo tiempo y la conclusión deberá ser sacada por cada persona -convirtiendo de este modo al espectador en activo-.

«Corazón de wasabi» es la historia de tres amigos que crecieron juntos, compartiendo charlas, noches sin dormir, música copada y varias cosas más. Esta propuesta, muy diferente a la citada anteriormente, muestra a Jorge Tomas muchísimo más consolidado como actor y escritor. Su mente cobró un vuelo tremendo en el que no parecen existir barreras ni límites.

Narrada y ambientada en aquellos años 90 en que la banda liderada por Axl Rose, se había instalado entre los adolescentes para fomentar una cultura pasional y llena de rock and roll. Con una escenografía muy estética, moderna y cuidada, se disfrutará de una conmovedora noche que podría ser como cualquier otra y que, por un motivo, no lo es.

En esta historia, los tres amigos en verdad son dos ya que uno de ellos ha muerto hace veinte años, motivo por el cual, religiosamente, se juntan una vez por año para homenajearlo, para sentirlo entre ellos, como uno más.

Como si se tratara de un ritual, “Corazón de wasabi” refleja aquella melancolía que se siente cuando se pierde a un gran amigo. Esa sensibilidad a flor de piel que jamás podrá sanarse. Quizás, esta obra sea una visión diferente a cómo sobrellevar tanto dolor. A asumir que las pérdidas no tienen por qué llorarse, sino que existe otro modo de recordar a quien ya no está con vida.

Son varias las situaciones, conformadas como escenas, que van transcurriendo; las cuales permiten que Humberto y Miguel vayan trazando un paralelo entre pasado y presente.

Podría tratarse de fuerzas sobrenaturales, de deseos insatisfechos, de las ganas por volver a esos años en que no existían las responsabilidades, o, quizás; de un gran delirio y nada más.

Como tradición, puede verse una planta en tonalidades verdes. Salvo que alguien conozca sobre esta especie, podría asociarse al título de la obra. Pero, buscando términos que asocien al wasabi con algo determinado o deseado, no pude hallarlo. Solo sus acepciones vinculadas a propiedades curativas, desinflamatorias y antiparasitarias. Luego de empaparme sobre el tema y ver diferentes fotografías asumo que el autor quiso vincular el delirio, la ironía y varios aspectos del género clownesco de la obra con alguna droga proveniente de dicha hierba.

Durante la celebración ocurrirán tantas cosas que el espectador podrá posar su mirada en una situación u otra, a modo de paneo. Ni siquiera faltará la presencia de una tarotista que jugará con los destinos de estos amigos al igual que con todas las personas que vayan apareciendo en la casa. Como si las puertas se encontraran abiertas para cualquier desconocido, un repartidor de pizza se convertirá -por arte de magia- en un protagonista fundamental para que la velada cumpla con un ritual asombroso.

No solo estará presente la comedia como sitcome sino que las ocurrencias de Jorge Tomas dotarán a los diálogos de tantos oportunismos como sean posibles.

Unas bolsas de dormir los retrotraerán al pasado, las mujeres los invitarán a reflexionar y todo error cometido podrá ser olvidado con tal de enaltecer a quien ya no está.

Como una mirada, a los lejos y que -de a poco- se acerca, ambos disfrutarán de uno de los placeres más grandes de la vida llamado amistad.

Corazón de wasabi es un corazón tan noble que ni la vestimenta podrá modificar.

En cuanto el final se acerque desearemos que todo vuelva a empezar. Como antes, como ahora, como algún día en sus vidas que quieran compartir con nosotros.

ficha Corazón de wasabi

Mariela Verónica Gagliardi

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Si Mon Dieu

Si Mon Dieu

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Su voz, su vida

Oye1

Francisco Pesqueira es uno de los poetas contemporáneos que logra encauzar sus conocimientos, homenajeando a grandes escritores como Federico García Lorca, a quien admira notablemente. Su nuevo espectáculo «Oye (los poetas… mi voz» lo coloca en un lugar diferente y distinguido.

En «Oye», Francisco no solo cita a Lorca sino a otros grandes como Antonio Gala, Marcos Ana, Mario Benedetti y Alfonisa Storni, entre algunos de los aparecidos en escena.

Con sus ojitos claros, recordando la infancia, aromas, impresiones y anécdotas; consigue transmitir no solo conocimientos teóricos sino poemas en forma de canciones, en su formato clásico y, se da el lujo de leer cartas escritas para algunos de sus escritores favoritos. Les responde a modo de cuestionamiento, los felicita, los enaltece.

«El cielo, en flor azul y niño, se admiraba. De un vuelo tan en flor que no se oía» (Volé contigo, Antonio Gala) fue la primera melodía que sonó al iniciarse la velada, una velada que tuvo más espectadoras que espectadores, las cuales formaron fila luego de terminada la función para obtener una fotografía junto a su artista favorito.

Nanas de la cebolla (Miguel Hernández) parece ser el pretexto de describir sentimientos, a partir del universo culinario, como si se tratara de una novela: “Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea”.

Otro de los momentos más lindos y conmovedores de la noche fue cuando apareció la cita de Alfonsina Storni, su historia, sus padecimientos y el modo que tiene Pesqueira de respetarla: “Y una noche triste, cuando no me quieras, secaré los ojos y me iré a bogar por los mares negros que tiene la muerte, para nunca más”.

El recorrido poético continúa, con un repertorio escogido e ideado por el mismo autor, quien humildemente pareciera ser un embajador de textos evocados por otros, a los cuales les suma, ahora, su vocación.

Mi casa y mi corazón (Marcos Ana), Intentalo encontrar (Mayte Martín), Memento (García Lorca), De tiempos y océanos (Mario Benedetti), En paz (Amado Nervo) y Para cuando me vaya (Amaury Pérez); completan la línea argumental de este cálido show, el cual se conjuga con el lugar, un lugar como La botica del ángel que presenta a diferentes íconos del mundo artístico.

Como si se tratara de un climax creado a drede, que seguramente lo sea, la melancolía aumenta y por más que intentemos dibujar una sonrisa en nuestros rostros, las lágrimas no tardarán en caer del mismo.

Observé a mi alrededor y pude ver reflejado esto: sonidos de congoja, mezclas de emociones, recuerdos y una manera de enlazar nuestras vidas con estos versos tan bien escogidos.

Quien no sienta un nudo en la garganta y una presión en el pecho, al leer o escuchar esta frase, posiblemente no esté vivo: “Para cuando me vaya no habrá amanecido ni para el amor, ni para el olvido. Para cuando me vaya la vida nos premia, poniendo los sueños de penitencia”.

Pero, para los que sufrimos como parte de la vida, a lo largo de esta profunda presentación, Pesqueira tuvo preparado un broche de oro súper divertido y con el que tuvimos la oportunidad de cantar los estribillos.

Al ritmo de esa canción, que no tendría sentido que revele para que no pierda sentido, la noche cerró sus puertas para abrir otras más: las de aquellas reflexiones que tenemos que tener en la intimidad, sobre el amor, el dolor, la tristeza y las buenas elecciones.

El arrepentimiento no tiene lugar en esta puesta en escena, ¿acaso qué sentido tendría?

Oye fichaMariela Verónica Gagliardi

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Taquito militar

Cámara lenta14

Aún veo esos pies descalzos, cansados de tanta lucha, de tanto golpe, de tanto dolor. Aún veo esos pies deformados por el deporte y las ganas de ese boxeador por llevarse a cualquier oponente puesto para frenar su ira. Aún siento que un boxeador es el excelente reflejo de un cuerpo que se desgasta paulatinamente, dejando vestigios imposibles de subsanar con el tiempo.

Corría el año 1979 y aún la democracia no estaba en los planes concretos de la Argentina. La dictadura militar -ese regimiento estructurado, que pretendía silenciar las opiniones y voces diversas-, estaba, y faltaría un tiempo más para que Alfonsín recuperara los escombros esparcidos en el suelo.

«Cámara lenta» (escrita por Eduardo Tato Pavlovsky) es un drama que simboliza a esos cuerpos agotados de tanto entrenamiento. En esta oportunidad, Dagomar (Jorge Lorenzo), es el boxeador que se enfrenta a los puñetazos de un rival, de la misma manera que quienes tenían una ideología diferente a la vigente eran callados con disparos o represión -en el mejor de los casos-.

Asustar, atemorizar, desvalorizar a quien siente que con su cuerpo no puede enfrentar todo el mal surgido. Golpear hasta el hartazgo, hasta que la sangre se convierta en un líquido difícil de distinguir. Hasta que su sequedad sea como la saliva que se evapora en este luchador empedernido.

Christian Forteza, el director de la presente dramaturgia, eligió narrar los hechos sin escenografía. Simplemente con una silla. Fiel al teatro clásico, todo el mérito se encuentra en el texto y en las interpretaciones que surgen desgarradoramente.

«Como si durante un tiempo nosotros hubiéramos ralentizado todo nuestro intelecto, nuestra capacidad de discernir, la interiorización de la violencia se hizo obvia, la represión no era afuera sino que ya se transformaba en adentro. Hemos tenido que disimular o crear personajes para sobrevivir, y después nos hemos convertido a veces en los personajes, como si un actor se convirtiera después en un personaje que representó en teatro. Pienso que esto nos ha ralentizado en algún nivel y todavía no sabemos bien cuáles han sido los efectos».

Esas palabras, extraídas del libreto original de Cámara lenta, sintetizan la idea principal de la obra. Una obra que puede tener múltiples lecturas, como suele ocurrir con los escritores que se abocan a temáticas socio-políticas.

Aún siento las pisadas firmes en el asfalto, a pesar de que no existieron durante la presente dramaturgia.

Sin mencionar el contexto histórico, mi mente se posó, repentinamente, en la descripta anteriormente. Imaginé los uniformes camuflados, la furia por no poder dominar con inteligencia los deseos de una sociedad que tenía otros sueños. Que, en verdad, tenía sueños y pretendía vivir según sus ideales.

Por otro lado, está presente la mirada autoritaria que se posa en Amílcar (Raúl Mereñuk), el entrenador de Dagomar. Si bien fue quien lo hizo famoso, quien le hizo ganar dinero y gracias a quien está “vivo”; aquel se benefició de todo. No existe bondad de uno sobre el otro sino total interés y, quizás, algo de pena por abandonarlo.

Las extremidades de este ex boxeador están entumecidas, no le permiten moverse por sus propios medios. Está exhausto, acabado. Aún respira, pero no logra que nada lo cautive. Él ha muerto como todos los idealistas de la época, una época que pintó de negro el cielo azul de la patria.

Esta obra, escrita durante los años que estuvo exiliado Pavlovsky en Madrid, goza de una riqueza extrema. Por un lado, de palabras que retrataban una realidad real. Y, por el otro lado, de la incertidumbre que se tenía aquella época.

«Cuando me vinieron a buscar y tuve que abandonar todo, el manuscrito de Cámara lenta fue una de las primeras cosas en las que pensé. (…) El tiempo que se perdía en Buenos Aires durante la dictadura era terrible: los llamados, el miedo, los acontecimientos que te dislocaban, las inseguridades de la incertidumbre futura, uno nunca sabía lo que podía pasar al día siguiente».

Los flashbacks permiten que los espectadores comprendan el pasado y presente de la pieza artística, así como la posibilidad de que los tres personajes destaquen unas temáticas por sobre otras.

Es ella, Rosa (Lorena Penón), quien con su suavidad y delicadeza le da una impronta sensible a la obra. Es ella la encargada de abrazar a estos hombres tan rígidos sin haberlo elegido siquiera.

La Rosa de antes, la amiga de ambos, la que acariciaba a uno, siendo observado por el otro. La mujer que no tendría que desnudarse sino solo mostrar sus pies, esas extremidades tan imprescindibles como para que un cuerpo esté en posición vertical, para que se sostenga, para que no dependa de nada ni de nadie. Ella, con pies perfectos como su aroma, como puede ser la fragancia de una de las flores más lindas, aquella que perfume tantas escenas sumergidas en olores nauseabundos.

Como la caída propia, vista y sentida lentamente. Como la muerte no repentina sino dolorosa, que se mimetiza con el exterior.

Como personajes y personas que pierden el sentido de la orientación. Que no encuentran su rumbo ni estabilidad. ¿Quiénes eran, quiénes son?

Si pudieran acelerar el paso del tiempo, seguramente, lo harían para solo seguir rememorando las peleas en el ring, los aplausos y cada billete que volaba por los aires recordando que nada es gratuito en la vida.

ficha Cámara lentaMariela Verónica Gagliardi

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Entrevista a Lucas Palacios

¿Por qué una dramaturgia que gire en torno al perdón?

No creo que la dramaturgia esté supeditada al perdón; pero sí pienso que es una característica del personaje de Pedro. Tiene que ver con sus ganas de ser aceptado constantemente. Siempre pide permiso, no quiere dañar porque piensa que si se enojan con él, ya no tiene posibilidad. Por eso pide perdón.

Una sala de espera en un hospital, en el sector más temido por todos. ¿A qué se debe esta elección?

La sala de espera surgió de la investigación con los actores. En un primer momento todo sucedía en un velorio, después mutó a la sala de espera. Creo que la proximidad de la muerte nos hizo pensar en la vida. Ante una vida que se termina, uno se pregunta, indefectiblemente, qué va a hacer con la suya propia.

¿Considerás que vivimos en una sociedad que habla demasiado?¿Del dicho al hecho hay un largo trecho?

No es algo que hayamos conversado o pensado, aunque entiendo que Pedro pueda representar para algunos un personaje más común, mas reconocible, ese hombre «común» que repite frases hechas o que se siente intimidado por el silencio. Es el típico momento en el ascensor en el que un vecino habla del clima. Pero detrás de esa cáscara se esconde algo mucho más profundo.

¿El humor es fundamental en la vida?

A veces el humor es la posibilidad de ir hacia lugares desconocidos o poco transitados. Es ese niño que dice lo que los adultos piensan, pero no se atreven a decir.

¿Callarse a tiempo tiene sentido?

Calculo que callarse a tiempo tiene sentido; en nuestro caso, y calculo que lo preguntás por Pedro. Callarse a tiempo hubiera sido que nunca sucediera nada.

¿El ser humano se cree muy omnipotente? ¿A qué crees que se deba?

Me gustaría entender a qué se debe esta pregunta. No sé si es así, pero me hace pensar, simplemente, en que vivimos muchas veces como si no existiera la muerte.

¿Crees que imaginar es el primer paso para concretar?

Imaginar es hermoso pero no hay nada mejor que hacer. Mejor una idea, simple, sobre la mesa, que cien geniales en la cabeza.

¿La soledad es uno de los temores más grandes de las sociedades occidentes?

Yo disfruto mucho de la soledad, pero creo que las mejores cosas se hacen con otros.

¿En quiénes se basaron para darle vida a estos dos personajes?

Estos personajes son fruto de la investigación y de la energía creativa que surgió en la compañía. Se basan en nosotros mismos. O en aspectos de los personajes que nos habitan.

¿Pedir perdón a tiempo puede ser un alivio para el alma?

En la obra, Pedro pide mucho perdón por cosas que en verdad no le hacen mal a nadie. ¡En la vida, seguramente, sí pedir perdón puede ser muy sanador!

Mariela Verónica Gagliardi