*** Octubre 2017 ***

Domingo1Él tiene nombre de prócer, de niño prodigio, serio, contenido. Sus movimientos son repetitivos y sus rutinas, cotidianamente las mismas.

“Domingo” (Mauricio Minetti) es rengo pero, a pesar de eso, tiene que subir y bajar unas escaleras que le exigen llegar al sótano en el cual trabaja. Es portero, pero no solo abre la puerta, sino que sabe a ciencia cierta la historia de cada vecino, sus mundos interiores, sus secretos y sus pasos.

Él es obsesivo, detallista, meticuloso y maniático. Esta conjunción de características lo hacen un ser mal humorado pero con amor para dar. Su rostro permanece serio mientras relata sus quehaceres, sus labores y cada descripción de lo que ve.

Al cerrar los ojos podríamos ir sintiendo qué expresión toma, hacia dónde va, qué busca y que le produce irritación.

Pero, ¿quién es Domingo?

Es un hombre que busca enamorarse, romper con lo establecido, con las órdenes, con su propia vida.

De repente, una sonrisa surge en su cara y es por acordarse de la mujer que atiende el kiosco en que compra su comida. Ella es lo que necesita, ella o cualquier otra persona que le produzca un sentimiento real y placentero.

Este portero nos transmite tristeza, pena, desprotección. Él sabe cómo hacer su trabajo pero está absorbido por éste. No tiene un círculo social, no tiene afecto y sueña despierto con tenerlo.

En el sótano, donde apenas ingresan unos rayos de sol, donde el silencio predomina y las paredes lo agobian, Domingo, sobrevive.

Su único escenario es la pieza que vemos y lo concreto de la imagen es lo que nos permite mantener un lazo inmediato con el personaje y su historia. Los efectos sonoros, a su vez, lo acompañan en el momento justo, sin sobrecargar la narración.

Domingo tiene el nombre del día de la semana más nostálgico y esto no será un detalle menor.

Casi al comienzo de la obra, una vecina le recuerda que tiene que pintar una baranda de color verde. Un simple caño. Pero la simpleza de la tarea lo perturba a nuestro personaje, lo hiere, lo enloquece.

Él está en el lugar equivocado, en un sitio que seguramente lo eligió a él.

La excelencia de Minetti (al igual que el texto de Luis Cano, en conjunción con la dirección de Verónica Mc Loghlin) nos permite llenar los ojos de lágrimas, sentir que es nuestro portero a quien debemos ayudar. Angustia verlo así, tan simple y desnudo en escena.

El desenlace es el esperado pero no como una obviedad sino por el transcurso del guión. Nada falta, nada sobra. Está todo lo que necesitamos para sumergirnos en una historia sencilla, con un relato complejo y justo.

Mariela Verónica Gagliardi

Foto: Lina Etchesuri

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