*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Hay cosas que no se pueden sepultar

Ciudad en fuga1

«Ciudad en fuga» (de Alicia Muñoz y dirigida por Pino Siano) es una historia de humor negro, dramática a la vez, que oscila entre escenas cómicas del mundo de los muertos, y las típicas situaciones económicas que se avecinan a raíz de un testamento. Como si fuera poco, el contexto general que acompaña es el de la fiebre amarilla -una epidemia que arrasó con gran parte de la población-.

Las luces, dan comienzo a la obra en que dos sepultureros, borrachos, se encuentran con un cadáver. Este cuerpo será motivo y objeto de risas, brindándoles -a los pobres hombres-, un espacio para que sus mentes divaguen y deliren al compás del alcohol.
A la vez que Melinda y Nicanor (su cafisho), mantienen una discusión y todos los trapitos al sol se dan a conocer, la deteriorada señora sufre por haberse quedado sin objetos materiales ni pertenencias ya que su “compañero” la dio por muerta y vendió todo, absolutamente todo, para salvarse.
Las escenas se suceden y parecen integrar una varieté, con la particularidad de mantener un hilo conductor a lo largo de la dramaturgia.
En cuanto a los conflictos familiares, también, se hacen presentes; invadiendo la casa de miserias, de secretos y de hipocresías difíciles de digerir.
Uno de los momentos más celebrados por el público se produce cuando dos primas-herederas discuten, hasta agarrarse de las mechas, rodando por el piso, sin poder quedarse siquiera con las joyas de su tía.
Esta obra, por una cuestión de duración, no se presentó de forma completa, pero, eso no impidió su genial desarrollo.

Plena epidemia sufrida en el año 1871, en Buenos Aires, debiendo abandonar sus hogares -por orden del gobierno- quienes habitaban en la ciudad, teniendo que migrar hacia el interior hasta que el brote de fiebre amarilla se erradicó. De esta forma, un escenario paralelo, el de la Chacarita; tuvo una fuerte convocatoria y voz propia.
Ricos y pobres terminaban allí, demostrando -una vez más- que el dinero no compra lo más importante. Luchas de intereses, chocan y explotan; haciendo notar que seres insesibles hubo y habrá siempre.
Los valores están presentes y, la falta de éstos, más los principios, también.
Pino Siano, conjuga la tragedia con la desolación, el oportunismo con la pasión y la obviedad con la sorpresa.
Mientras, el vestuario caracteriza al Siglo XIX, diferenciando a las dos clases sociales más enfrentadas en aquel entonces, haciendo prevalecer el orgullo antes que la razón, y la mentira antes que la debilidad.
Como disparador: un muerto, en torno al que surgirán variadas teorías, exposiciones y venganzas.
Una ciudad en fuga que, de a poco, se extingue. Solo sobreviven algunos que no, necesariamente, son los más aptos.

¿Qué hacer cuando todo parece estar perdido?
¿Existe la oportunidad de salvarse solo?
¿Qué decisión conviene tomar?

El rojo ambienta los discursos de los hombres de cementerio que, deambulan, en busca de algún aliciente, uniendo una escena con otra, hasta que el negro se apodera de todo y las peores canalladas sobresalen.
Un muerto que ya no puede defenderse ni pedir derecho a réplica. Un acto de cobardía por parte de quienes pretenden erigirse como protagonistas y héroes. Otra muerte, más fallecimientos inocentes, voraces monstruos que intentan acabar con una epidemia mayor que la de esta enfermedad: la del egoísmo.

Elenco: Flavia Alonso, Flavia Sosa, Noelia Bertola, Romina Magallanes Lisboa, Jorge Gómez,
Andrés Caamaño, Leonardo Leiderman, Héctor Safdie, Sebastián Wulff. Asistente: Alfredo Awad.
Dirección general: Pino Siano.
Comedia Municipal de Teatro de 3 de Febrero.

Mariela Verónica Gagliardi

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Matar o morir

Las hambrientas3

En una casa, como cualquier otra, habita una familia con hábitos no convencionales. Una cuchilla de carnicero que remite a la muerte, al deseo por comer, a saciar el vacío espiritual con cadáveres animales o humanos.

«Las hambrientas» (de y dirigida por Pablo Iglesias), cuenta la historia de dos hermanos y una prima que desarrollan rituales -incoherentes para el espectador- sin un sentido filosófico o ideológico puntual.

El hastío del interior, ese silencio, el vacío por no tener algo o alguien por qué o quién luchar; convierte a estas tres personas en animales feroces -capaces de todo a cambio de alimento-.

Toda la obra transcurre en un mismo espacio, repartido inteligentemente, y, utilizando hasta el mínimo recoveco para crear una habitación diferente.

Una mujer, con delantal blanco y manchado de sangre, trozará una enorme cantidad de carne. Al parecer para su perra preñada, aunque difícilmente pueda saberse su destino. Los ladridos se escuchan a lo lejos y es éste el que pretende llamar la atención de su ama, pidiéndole aunque sea un bocado.

Mientras, la violencia de su hermano, seguirá torturando a la prima -una delgada mujer, ignorante y sin fuerzas para defenderse-, convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una amenaza para las dos.

«Las hambrientas» refleja el cansancio que produce luchar sin un propósito claro y objetivo. Esta familia lucha porque sí, desgastan, pelean, discuten constantemente, hasta que por fin parece ponerse de acuerdo.

Siempre tendrá que aparecer una víctima, viva o muerta, que los sacie y de energía para elaborar otro plan.

Flagelarse el cuerpo o ser flagelado, agredir y ser agredido, perseguir lo inalcanzable y desear lo ridículo.

Pablo Iglesias construye un universo de diálogos que me recuerdan a la película Delicatessen (de Jean-Pierde Jeunet), donde los sonidos se superponen conformando una historia paralela, atrayente y difícil de olvidar. En este caso, la obra utiliza la palabra como recurso principal, otorgándole tal movimiento que pareciera escribir una canción de terror.

En cuanto a las actuaciones, ya nos tienen acostumbrados al teatro de nivel alto y es imposible no destacar a Palacios y Actis que encarnan unos personajes tan opuestos, complejos como bipolares a la vez.

Es difícil determinar a qué género pertenece la dramaturgia ya que nos pasea por situaciones de comedia, de drama, de ciencia ficción e inclusive de terror.

El suspenso nos mantiene el vilo, sin permitirnos un simple pestañeo durante la función. El tiempo transcurre velozmente y en cuanto nos queremos acordar, la obra terminó, dejándonos tantas sensaciones -difíciles de digerir- para procesar.

Cada escena tiene una fuerte carga emocional, con un contenido conciso que intenta incomodar lo más posible. No es habitual ver tantos cortes de carne cruda en el teatro, una cuchilla que -sin piedad- troza y divide, errores cometidos y llevados en bandeja a un lugar diferente y, la desnutrición, planteada desmesuradamente.

Se acostumbra mirar por encima a esta problemática social, no sabiendo cómo colaborar para erradicarla, separando al país por norte y sur -pretendiendo solucionar sin involucrarse.

Un nudo en la garganta se me formó al ver a la prima sufrir por hambre, comiendo unas pastillas de menta para olvidarse del dolor que siente. Pero, esa golosina, enseguida pude relacionarla con las migajas que da un gobierno, junto a diversas «campañas» para promocionarse, creyendo que hace algo al respecto. La carne, las proteínas que contiene, el hierro; no son más que mentiras. Los veganos no precisan matar para alimentarse. Ellos saben cómo ser sanos, derribando mitos y no quitándole la vida a otro ser.

¿Desde qué lugar puede hablar alguien que asesina?

La ineficacia de los discursos políticos colabora con los mensajes, erróneos, impartidos a una población que recibe, por lo general, un solo discurso.

Hambre de comida es lo primero que se percibe, aunque hambre de conocimiento es lo que abunda. Cómo alimentar a una sociedad tan heterogénea cuando, generalmente, la gente se queja y reclama sin aportar positivamente al respecto?

¿Comer y ser básico o alimentarse y compartir sabiduría?

Los ladridos dejan de oírse para darles lugar a los humanos, a sus equivocaciones, sus abusos y la falta de amor para aceptar que el camino escogido no es un simple juego o pasatiempo sino una locura en exceso.

Esta pieza artística es un llamado a la cordura, a la reflexión y a la superación de trabas emocionales.

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Mariela Verónica Gagliardi

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El placer de sonreír

Lucas6

“Lucas – Todos buscamos lo mismo”, es una obra de teatro donde su actor y protagonista, Julio César Noguera, logra lucirse con todo su esplendor.

Él se convierte en un joven solitario, no por convicción ni deseo sino porque es aislado y apartado hasta por su propia madre. A nadie le importa lo que siente, lo que piensa ni quién es.

Su ternura provoca tanta emoción como tristeza a la vez. Lucas es único y merece una oportunidad en esa cruda sociedad, tan idéntica a la nuestra de todos los días.

No crean que no hace hasta lo imposible para encajar, gustar y ser aceptado; pero su singularidad y transparencia no producen más que discriminación en su entorno más próximo como en el que surge y desaparece como por arte de magia.

Lucas es esa luz que brilla, esa bondad extrema y las ganas de amar sin creer en la maldad.

Dentro de la pieza teatral logra conformar escenas de baile que transforman la historia en una comedia musical. Por un lado, entonces, existe la historia central de este gran joven y, por otro lado, coreografías en las que se luce un grupo de tres bailarines junto a Noguera.

Como dos mundos paralelos, en el primero, Lucas está solo con su alma y, en el segundo, aceptado “a la fuerza” por los demás.

La risa surge como principal motor de su vida para que no se deprima ante tal realidad. Claro que la bebida también lo ayuda y acompaña, pero no logra sacarlo de tal universo.

Cada vaso de alcohol va quedando por ahí tirado al igual que sus sueños. ¿Quién no conoce o ha conocido un Lucas en la vida?

Seguramente algunos detestarán su personalidad, otros se burlarán de su ingenuidad y ciertas almas nobles se compadecerán de él.

Lucas escucha música con auriculares, intenta abstraerse del dolor y esas melodías -tan pegadizas- lo llevan al boliche en el cual conoce a alguien que no le dará ni la hora. Aunque, su verdadero idilio lo tiene con un técnico de internet a quien imagina,  inclusive, cuando está ausente.

Es difícil hacer reír y hacer llorar, pero Julio César convierte la noche (de la sala La Clac) en un espectáculo lleno de glamour, alegría, carcajadas y unos sketchs imperdibles.

El dolor de panza y mandíbula es el mejor regalo que uno se puede llevar del show. Recuerdo a Liliana Pécora con su taller de la risa y me viene una felicidad al cuerpo – tan inigualable con otro sentimiento-.

La risa sana, cura, da aliento, traspasa fronteras, miedos, dolor y obstáculos. Lo triste es que Lucas no se ríe de sí mismo sino que no asume quién es sino lo que provoca en los demás.

¡Qué personaje tan bien compuesto, interpretado y sentido!

Desde la voz hasta la gestualidad de cada músculo -muy al estilo clown-, convierte a este joven en un prototipo, en un cómico increíble.

Mientras las luces cambian sus tonalidades y los bailarines hacen unos u otras figuras, él desfila por el escenario que tanto soñó. No tiene a nadie que lo quiera, solo amigos imaginarios que logran pintarle una sonrisa cuando más lo necesita.

Esta comedia desarrolla varios conceptos reales que tantas veces se intentan guardar y ocultar para no hacerse cargo. ¿Cuántos niños y adultos son dejados de lado por no tener el mismo molde que los demás? ¿Cuántos seres humanos no se animan a mostrarse como son por miedo al desprecio o la burla?

Lucas se anima a todo pero quiere un lugar, aunque sea pequeño, para pertenecer, para ser alguien amado y por qué no adulado.

Sus ojos colmados de esperanzas le dan fuerzas para seguir adelante y no flaquear.

En cuanto al canto, solo está presente como playback ya que no es el punto fundamental de la obra, sino solo secundario y de acompañamiento a cada cuadro de monólogo y destreza.

La música disco continúa y en medio del barullo puede notarse el movimiento de Lucas, pretendiendo bailar con los demás, sin conseguirlo. Así es la vida, así es su vida y la de tantos.

Tener una identidad y no hacerse cargo de ésta sería como interpretar un personaje para siempre y fuera del escenario.

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Mariela Verónica Gagliardi

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El tesoro femenino

Mujeres tenian que ser8

La historia puede resultar aburrida, entretenida, interesante o apasionante. Quien esté en el colegio, quizás la considere una tortura, un enlace de fechas y acontecimientos, guerras, muertes y más fechas para recordar sin sentido alguno. Quien elija estudiarla, aprehenderla y darle un lugar en su vida, seguramente, halle un tesoro.

«Mujeres tenían que ser» (basada en el libro de Felipe Pigna, con dramaturgia y dirección de Érika Halvorsen), expone a cuatro actrices de renombre (Alicia Berdazagar, Julia Calvo, Fabiana García Lago y Julieta Cayetina), quienes se encargan de reconstruir más de dos siglos de la historia argentina, imponiéndose en el escenario y haciendo valer a las heroínas que en varias ocasiones, se intentaron olvidar por diversos motivos.

Contar con las anécdotas del escritor, finamente escogidas por Érika, conforman una pieza teatral muy interesante. Por un lado, las intérpretes leen su guión, nos miran, intentan convencernos. Cada una es una mujer diferente, que cambia al instante por otra. Batallas, guerras, anécdotas, romances, datos precisos y cronológicos, desfilan sin cesar durante la obra. A la vez que una artista visual (Luz Peuscovich), desenvuelve su talento, proyectando: recortes de diarios, titulares que resuman etapas importantes de la historia, detalles femeninos, fondos de colores, diferentes texturas y un universo que además de ambientar, le otorgan a la pieza teatral una impronta distinguida.

Durante las Invasiones Inglesas, surge un episodio referido a Manuela Pedraza (llamada La Tucumana), quien estaba casada con un cabo y mató a un inglés, quitándole su fusil e interviniendo en la lucha. De esa manera, esta mujer fue nombrada Subteniente de Infantería.

Julieta Lanteri, fue la primera en votar en el año 1911 y, también, se postuló como candidata a diputada recibiendo 1363 votos (una gran cantidad, teniendo en cuenta que solo los hombres tenían, hasta el momento, derecho de emitir sufragio). Años más tarde, la precursora tuvo un “accidente automovilístico” por el que perdió su vida.

Son muchas las fechas, los sucesos y las personalidades femeninas olvidadas, tapadas, ocultadas e inclusive ultrajadas. El paso del tiempo, en este caso, demuestra que las mujeres no ocupamos el lugar que los hombres débiles pretendían, sino el que soñamos, el que anhelamos y somos capaces de sentir pasión por cada paso que damos en pos de lograr un triunfo. Y el triunfo no siempre va de la mano de ser reconocidas con estatuillas, nombres de calles y estatuas en fuentes de agua; sino en conseguir que los años no sean acumulación de días sino la oportunidad de cambiar lo que no está bien, de embellecer lo que está feo y de pintar de colores un país que sufrió y, aún, sigue sufriendo.

La dramaturgia llega a varias conclusiones y el remate final concientiza, quedando en el imaginario social el rostro y nombre de quien hace treinta años sigue adelante, con el mismo propósito que el inicial: conseguir que quienes no tienen completa su identidad, puedan llenar ese vacío con información real y verdadera. Sin ser engañados una vez más. Tal vez no todos corran la misma suerte pero con inquietudes de este nivel, todo se vuelve más esperanzador.

Ninguna dictadura voraz podrá quitarnos la esperanza, por más oscuro que se vuelva el panorama.

¿Quién hubiera imaginado que la presidencia sería ocupada por una mujer?

Y no pretendo hablar de ideologías políticas sino de la posibilidad de demostrar que el género o sexo no tienen absolutamente nada que ver con la inteligencia y la valentía de llevar adelante diferentes proyectos.

Quizás sea la era en que todo lo escondido salga a la luz y con esa iluminación se vayan despertando los dormidos, aquellos que prefieren la mentira para no sufrir. Aquellos que prefieren no enfrentarse a la verdad para seguir siendo ignorantes y cobardes.

«Mujeres tenían que ser” es otra de las obras que Érika Halvorsen consigue lucir. Una vez más, con la sutileza que la caracteriza, narra con detalles una historia escrita y acontecida. Narra lo que prefiere que no quede solo en páginas sino transmitido, en vivo, a través de unas geniales actrices.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Patriotamente equivocado

Sueños americanos5

Es archi conocido el término sueño americano y, muy bien no se sabe el por qué, gran parte de la sociedad mundial quiere asemejarse a la cultura yanqui, copiando e imitando modelos impuestos a lo largo del tiempo.

Vestir como ellos, lucir como ellos, hablar como ellos, reír de cosas que no nos causan gracia porque es otra cultura y pretender ser lo que no somos.

Hace muchos años Michael Moore rompió con el esquema intocable norteamericano, realizando varios documentales sobre lo que significa reivindicar a dicha sociedad, sus costumbres, heroicidades y poder burlarse de lo que no le parece correcto -a pesar de haber nacido allí-.

Durante una hora, aproximadamente, Dennis Waisbrot -otro americano arrepentido- monta una obra no solo divertida sino profunda, que roza el grotesco, la comedia y el drama, llamada “American dreams and an elephant” (dirigida por Lía Briones).

Lo interesante de la obra es cómo está planteada y desarrollada: unos sketchs, totalmente diferentes unos de otros, llevan adelante la propuesta, utilizando al idioma inglés como lengua principal -subtitulando todas las conversaciones en una pantalla gigante- y, facilitándonos la comprensión.

Vale aclarar que el acento y fonética de ambos actores es perfecta y natural. Este punto les permite a los artistas, el poder interpretar y actuar de lleno sin otras preocupaciones.

Intercalando un sketch de otro, aparece ella: una cantante de jazz de los años 30, con su vestido de gala e imágenes de fondo que complementan sus cuadros musicales. Este es el sueño americano que dista mucho de la realidad, al menos de la realidad imperante en la actualidad mundial.

Para reír-nos, estas pequeñas historias permitirán que cada uno escoja la de su agrado ya que el único hilo conductor está basado en la ridiculización y no en el argumento central.

Sin dudas, la historia de un taxista argentino es la que más llega al público. Un trabajador que recurre a recursos clownescos para componer su personaje y burlarse del lugar donde vive. El país del norte, por donde desfilan una cantidad enorme de artistas -con mucho glamour- y estilo. Él ahí, conduciendo un auto, sin poder alcanzar la cima del “éxito”.

Y, haciendo foco en el título de la dramaturgia, un elefante es solo un accesorio para decorar el vacío superficial existente. Este hermoso peluche que ni siquiera es del color verdadero del animal con trompa, está apoyado en el piso, viaja en taxi y acompaña a quien lo toma. Como cualquier objeto.

“Agua, agua en todas partes y nada que beber” – fue uno de los mensajes más claros y concisos que resumen toda la idea del argumento. Una escenografía de cartulina que se derrumba con solo soplar, como un lobo feroz, que desgarra a los más débiles ilusionándolos sin sentido. Los fuertes no tienen necesidad de sumergirse en la nada para sentirse importantes o partícipes de algo artificial. Y se me viene a la cabeza The Truman Show, aquella película -protagonizada por Jim Carrey- que, lejos de ser simpática y divertida, toca un punto débil llamado identidad.

Si todos quieren ser iguales y lograr lo mismo, ¿dónde está la singularidad de cada uno?

Seguir la moda, vestirse iguales, hablar iguales, ser idénticos para sentirse parte de un todo irreal que con soplar se desvanece: como un castillo de arena.

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Una justificación a la culpa

Te voy a matar mama2

Después de idear varias maneras para terminar con ella, de pensar qué decirle y expresar todo su odio; piensa con el corazón.

«Te voy a matar mamá» (escrita por Eduardo Rovner y dirigida por Herminia Jensezian), se erige como una pieza teatral tragicómica, donde la mayoría del monólogo produce risas hasta conseguir un remate totalmente diferente y sorpresivo.

Quizás las teorías psicológicas puedan afirmar el deseo ferviente que tiene una hija por exterminar a su progenitora  pero, lo cierto, es que todas las mujeres no tenemos el mismo sueño.

La talentosa actriz María Viau, consigue transitar diferentes emociones utilizando varios recursos cliché como basarse en revistas de Feng Shui, disponiendo los muebles y objetos en determinado lugar y haciendo de su casa un espacio adecuado para ella, con equilibrio.

De hecho, lo más cómico es su rostro padeciendo a su madre, recordándola, quejándose de ésta y hablándole sin tenerla presente.

Como todo relato de Rovner, su tinte original e inteligente están presentes y, cada fragmento, aborda un acontecimiento importante en su vida. Esa vida trabada emocionalmente por culpa de su madre.

Qué irrisorio resulta ser que la felicidad de una persona tenga que ver, inexorablemente, con la desaparición de otra. El progreso emocional no debería vincularse a un obstáculo humano sino al hacerse cargo de la mirada que se tiene sobre la vida en general.

La sencillez suele radicar en culpar a otro para no sufrir, pero, todo, absolutamente todo, decanta en algún momento. Para ese entonces, el presente se puede encargar de secar las lágrimas y de reconciliar los malos pensamientos con el padecimiento.

No existe judío en este mundo que no sea culposo. Es uno de los principales requisitos, quizás porque otras religiones utilicen procedimientos que sirvan para liberar la maldad ejecutada.

La verdad al desnudo, pidiendo piedad, odiando al punto del estremecimiento, considerando oportuno el momento para vengarse.

Es su madre, pero eso no parece importarle demasiado. Desde que su padre murió, la vida de ella, también. No logra flaquear, hasta llegado el final en que confiesa su dolor por la pérdida. Está sola, encerrada en cuatro paredes y el rememorar la hará mantenerse en pie.

Rovner dice al final unas palabras con la sensibilidad que lo caracteriza. De hecho, no sería posible que escriba de la forma que lo hace sin el latir de su corazón. Dichas palabras se remiten a la deleitosa interpretación de Viau: “Pocas veces, uno puede decir que lo que ve es más lindo que lo que imaginó. Esta es una de ellas”

Esta es una puesta en escena que permite observar la historia desde tres ángulos diferentes. Mientras ella comunica su vida, su intimidad y torturas; los minutos pasan lentamente para la joven y, rápidamente, para los espectadores. Fugazmente, podremos conmovernos y angustiarnos con la debilidad de esta joven. Su mirada se posará sobre un punto imaginario, para nosotros, y objetivo para ella. Será quien la engendró, lo más detestado y digno para quitar del camino.

Sobre una mesa, acostada en un fiaca, caminando, tramando el momento clave para acabar con ella y parándose en un lugar clave para retomar el hilo de la obra, recordando lo más vertiginoso de su pasado y pidiendo a gritos clemencia.

¿Justicia por mano propia?

Un guión excelente, junto a un elenco perfecto, hacen de esta pieza teatral una historia que no recae en ningún momento, que mantiene la tensión de forma constante, valiéndose de una dirección impecable.

A todo esto, ¿cuál sería el enfoque de su maldita madre? ¿Qué le diría, qué le respondería y cómo se sentiría si se atreviera a tocar a la puerta?

Una segunda parte podría existir entonces, dando lugar a la otra campana, a la otra versión para así, por fin, recrear una historia completa. Mientras tanto, deberemos asumir que la verdad o su verdad es la dicha. En definitiva, el dolor es dolor, la angustia es angustia y la felicidad es felicidad. Acertada o equivocadamente, los sentimientos surgen desde adentro.

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Mariela Verónica Gagliardi

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Vuelta a las maravillas

Vuelta Canela9

Se sabe que un buen espectáculo, necesariamente, convoca a mucho público. En este caso, un domingo con tormenta fue el contexto para que solo niños valientes -acompañados de sus padres- acudan a la Sala Siranush y disfruten de su grupo Vuelta Canela. Pocas veces se puede ver un fenómeno como el que se produjo, durante el cual los chicos corrían, caminaban y hasta se trepaban a centímetros del escenario para estar muy cerca de sus ídolos. Si bien no faltaba oportunidad de que unos se quejen por otros que les tapaban, fue una fiesta impresionante la presentación de la nueva discografía.

Todas las canciones que formaron parte del recital, pueden encontrarse en el nuevo disco Al vaivén, el cual hace un recorrido por lugares preciosos de la Argentina. Un nuevo material folklórico que atraviesa ritmos diversos como: chamamé, merengue, cumbia, rap, carnavalito y murga, entre algunos de los presentes.

Cucharadas abrió el espectáculo y, el universo culinario, se fue desplegando de a poco, hasta darnos ganas de poner en marcha alguna exquisita receta.

En un momento del show, Laura Asensio, cuenta que varios de los niños fueron creciendo con la música de ellos. Eso se puede observar haciendo un paneo visual de un extremo a otro. Así se pudo notar que las edades oscilaron entre los 2 y 10 años aproximadamente, sin contar a los adultos que nos inmiscuimos por algún rincón, o rodamos por el piso para transformarnos en diminutos.

Más allá de las melodías contagiosas y el gran abanico de ritmos, la actuación de Filomena (Nina Lenze), invadió de felicidad todo el recital. Con sus trenzas para arriba, su sonrisa inmutable y su delgado cuerpo, se trasladó por todo el escenario al mejor estilo clown, sin necesidad de recurrir a la palabra.

El listado de temas incluyó todo el disco: Cucharadas, Escurridizo, Al vaivén, Agua inquieta, Litoraleña, Reposera, Cuento del pez y la luna + Loussin yelav, Camino a Iruya, Pececita, Luna perlada, Bailarina, Lucecitas, Enrodados, Curva curva, Volá pajarito y, el bis infaltable de, Vuelta Canela.

Claro que cada niño y adulto tiene a su favorito canción y artista. Filomena parece ser la elegida por su actitud, carisma y despliegue en el escenario. Sus trenzas estáticas, le dan una gracia -junto a su calidez como persona-, difícil de pasar por alto.

Anacleta, anda en bicicleta, Serafín, anda en monopatín – es uno de los versos más cantados y recordados, como un sinfín de situaciones dentro de la misma canción; aunque, la más esperada por todos y celebrada con sonrisas es Lucecitas que andan por ahí, por acá por allá, por el otro lugar. Para esta canción, se sumaron artistas murgueros que le dieron un plus a la presentación del nuevo material. En otras interpretaciones, también, hubieron artistas invitados para convertir en fiesta Vuelta Canela.

Me gustaría preguntarles a los chicos de hoy, si tuvieron la oportunidad de conocer alguna luciérnaga y qué sensación les provocó. Desde pequeña que no me cruzo con alguna y da tristeza saber que solo en medio del campo o en la ruta podríamos cruzarnos con estos bichitos de luz tan simpáticos.

Mientras el acordeón, violín, guitarra, percusión, trombón, bajo, piano, clarinete, charango, ronroco, tuba, entre otros, sigan el compás del corazón, podrán existir: vaivenes, recetas de cocina, maneras graciosas de abrir una reposera, recorridos por el país inimaginables, memoria colectiva y amor para dar a los infantes.

Una vuelta por tantas sensaciones maravillosas, difíciles de transmitir con palabras. La tormenta de afuera no fue más que una limpieza y comienzo a cielo abierto, colorido, lleno de esperanzas.

Para apoyar a la cultura armenia, Loussin yelav (canción tradicional) fue el tema elegido para llevar adelante. Una letra preciosa que describe a la luna y dice: La luna se elevó sobre la cima de la colina. La cara de color rojo brillante ilumina la tierra (…) y tu rostro querido, redondo y de color rosa.

A no ser que se conozca este idioma, sería imposible conocer el significado de la canción, pero, sí, podemos tener la certeza de que menciona algo bello y romántico que todos tenemos la posibilidad de observar a la noche, estemos donde estemos.

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 Mariela Verónica Gagliardi

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Despreciable vida

La gaviota13

“Yo siento atracción por este lugar, por este lago, como una gaviota…” (Nina Mijailovna Zariéchnaia).

Qué sería del amor sin los enamorados y de la pasión sin el deseo. Qué sería de las almas -que deambulan buscando algo que las haga sentir llenas y colmadas de esperanzas- sin el encanto de quienes miran, observan y pretenden poseer.

La libertad es la enemiga del egoísmo, ese sentimiento tan absurdo y dañino, que tantas veces se relaciona con el amor puro.

Esta versión de “La gaviota” (Ánton Chéjov), expone a una familia, con sus defectos más que virtudes, tomando las partes más relevantes de la historia al igual que de sus personajes. Los clásicos, a veces, suelen ser reiterativos, sin embargo, Pyr Zenergam consigue resaltar la esencia de cada relato haciendo de esta gaviota un ave dulce, tierna y fiel a sus pensamientos.

Ser la protagonista, desplegando las alas de ingenuidad a lo largo de diálogos existencialistas, no es sencillo. Demostrar ambición sin vanidad, tampoco lo es. Por eso, Paula Rivas, consigue emocionar con su sonrisa nerviosa, con sus pequeños movimientos y cada uno de sus interrogantes hacia el escritor Boris Alexeievich Trigorin -a quien considera ha alcanzado la fama gracias a sus libros-. “¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? He abandonado la universidad en el tercer curso por circunstancias, como suele decirse, ajenas a la redacción; soy un hombre sin talento y sin un centavo”.

Casi todos los personajes originales están presentes en esta adaptación tan bella. Los cuatros actos son separados por la atenuación de las luces y esa fusión con negro que logra descansar la vista unos instantes hasta retomar la dramaturgia.

En cuanto a la escenografía, los bancos de jardín tan tradicionales y una suerte de escenario donde se desarrolla el libreto de Konstantín Gavrilóvich Trepliov para que su bella dama interprete. Dicha interpretación producirá la ira de Irina Nikolaievna Arkádina, la madre de Trepliov, quien es actriz y no permite que otro sobresalga con su labor.

Los temas que se abordan en mayor medida son: el egoísmo y el poder. Ambos van de la mano ya que, causalmente, quien se muestra poco solidario es quien tiene lo segundo. Resulta extraordinaria la interacción entre los personajes y el manto de piedad resultante de ésta.

Sin precisar de una gran decoración, los pensamientos son esbozados en voz alta, los deseos y la oportunidad de mostrarse tan cual es, también. Mientras la violencia verbal llega a la cima, el desapego emocional pretende mostrarse como fuerza bruta y la traición traspasar fronteras inimaginables.

Ninguno es feliz con su pareja pero ninguno es capaz de dejar el agua correr para que la beba otro. El capricho se desarrolla como disfrazado de amor y éste no existe, verdaderamente, en las vidas de estas personas. No por conformismo continúan por el camino sino por cobardía y temor.

La gaviota, encerrada en su casa y custodiada por su padre y madrastra, intenta recobrar el aire del cielo para volar hacia donde su corazón se lo indique. Una frase que resume la vida de Nina es la dicha por Trepliov: “A ella le es tan difícil salir de su casa como salir de la cárcel”. Paradójicamente se siente lo que no es capaz de ser, por diversos motivos y factores. Por la vida que le tocó vivir y de la que aún no es capaz de alejarse.

Además de los temas existencialistas desarrollados durante la obra, el teatro ocupa un espacio importantísimo como canalizador de energías. Trepliov, intentando convertirse en un escritor, sin recibir el apoyo de alguien aunque sea, se atreve a afrontar teorías novedosas para la época. Él considera que al teatro le “hacen falta nuevas formas y si no se encuentran, mejor es nada”. Claro que lo que se refiere el joven es a algo revelador y que como todo proyecto nuevo, provoca oposición de parte de los conservadores. En este caso, de su madre. Pero, quien demuestra interés por el tema desarrollado es el Doctor Dorn al decir: “Es posible que me haya vuelto loco, pero la obra me ha gustado. Tiene un algo. Cuando esa muchacha hablaba de la soledad y luego, cuando han aparecido los ojos rojos del diablo, me temblaban las manos de emoción”. Tal vez, el hecho de la medicina como ciencia dura, haga que lo singular y sensible despierten su atención.

La desvalorización llega a su punto cúlmine y la degradación verbal de uno hacia otro, también. Así, Chéjov, demuestra cómo los lazos humanos son tan complejos como incoherentes. Cómo una madre es capaz de hacer primar sus ideales, destrozando el corazón de su hijo, anulándole sus sueños y poniéndoselo en contra cada vez más.

Arte y placer, en un momento, son comparados, asemejados y distinguidos por parte de Nina -quien le habla al escritor Trigorin-: “yo me figuro que para quien ha experimentado el placer de la creación artística, los demás placeres ya no cuentan”.

Así como los personajes no se sienten amados de verdad, tampoco se ven como los describen de afuera. Trigorin, por ser un escritor ruso, despierta la atención de los dos jóvenes en escena, aunque él, disfruta más de la pesca que de dedicarse a la literatura.

A la vez que las estructuras mentales son liberadas, lo real hace su aparición sin necesidad de escudos o máscaras. Quien convence de a poco a todos sobre cómo vivir es Piotr Nikolaievich Sorin, el hermano de Irina, quien interpreta sabiamente al bien, componiendo un personaje encantador.

Cada prenda y accesorio utilizado, permiten recrear este clásico y disfrutar de dos horas de reflexiones.

“Si alguna vez necesitas de mi vida, ven y tómala” (Nina).

Mariela Verónica Gagliardi

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«Silban las balas», de la compañía Bolsas en el viento

Silban las balas

Estreno viernes 03 de octubre

Una vibrante historia donde la música y el humor atraviesan la tragedia de la guerra. Un espectáculo en el que excéntricos personajes logran que la belleza, la risa y la emoción jueguen con las zonas más oscuras del ser humano.

Silban las balas es el primer espectáculo de la compañía Bolsas en el viento, en el que se imagina un pequeño país invadido por una fuerza extranjera. A través del lenguaje de las máscaras, el clown y con música en vivo, la obra muestra la manera en que los pacíficos habitantes de esa nación se organizan frente a la única opción que les queda: defenderse.

Ficha técnica:

Elenco: Lourdes Herrera, Mariana Mayoraz, Mauro González y Rodrigo Frascara.

Música original y dirección musical: Ian Shifres.

Música en vivo: Lucía Katz y Lucía Martínez.

Escenografía: Emilia Pérez Quinteros.

Coordinación y realización escenográfica: Lucía Garramuño.

Vestuario: Emilia Pérez Quinteros y Martina Cravea.

Diseño gráfico: Marcelo Sapoznik.

Fotografía: Fred Presmitta.

Colaboración coreográfica: Coti Cibils.

Diseño de iluminación: Alejandro Velázquez.

Máscaras: Iriarte.

Voz en off: Emilio Tanus.

Asistencia de dirección: Matías Katz y Fernando Vitale.

Producción ejecutiva: Lala Buceviciene.

Prensa: Hernán Salcedo.

Dirección: Marcos Arano.

Funciones: viernes, 23.30 hs.

Teatro Payró (San Martín 766 – C.A.B.A.)

Entrada: $100 (estudiantes y jubilados: $50)

Minientrada

Cada cual atiende su juego

Casa adentro3

Cada familia es un mundo, se suele decir.

De las puertas para adentro, nunca se sabe lo que pasa.

Los códigos y estilos de vida, varían tanto como la tonalidad de un vestuario.

“Casa adentro” (de María Colaneri y dirigida por Paola Luttini), es una desafiante historia que intenta develar aquellos misterios tan íntimos como vulnerables.

Antes de que comenzara la obra, el mayordomo de la familia cantaba She (de Charles Aznavour), ese tema de amor tan trágico. Sorprendentemente, la trama no tenía absolutamente nada que ver con dichos versos, lo cual logró desconcertar. Mientras un guitarrista acompañaba, las luces disminuían su claridad para dar paso a la dramaturgia.

Es simple hacer foco en la historia, ya que se trata de un padre (Mariano Singer) que vive con sus hijos (Josefina Pittelli y Mathías Muñoz Percat) y un mayordomo (Guillermo Jáuregui). Hasta acá nada revelador, hasta que una “enfermera” (Romina Moretto) aparece en la morada. Punto y aparte.

Desde su llegada, la casa cobra vida, se plaga de colores e intenta romper barreras. Angustia, realmente, todo. Un chico autista, en silla de ruedas. Su hermana, un tanto retrasada, débil. Y un padre autoritario, violento y ausente como tal.

Las acciones que transcurren son reiterativas, estructuradas y marcadas por el reloj del mayordomo. No existen otras secuencias que llamen la atención, hasta que la enfermera pretende llenar de vitalidad las cuatro paredes asfixiantes.

Una familia que no ve la luz, que no conoce el exterior y que se recluta por miedo a sufrir y no ser parte de la sociedad. En un momento, el padre apela a la lástima, diciendo que el diferente se queda afuera. Él es distinto al estereotipo ya que su maldad lo absorbe, lo hace cometer actos de los que no se arrepiente, llegando a su punto más álgido, desesperándose e intentando mantener una cordura inexistente.

El señorito, con la mirada desorbitada, mirando a la nada misma, aplaudiendo, riendo, actuando e interpelando a la confianza del público. La señorita, deambulando y haciendo la rutina básica de comer, dormir y dejar pasar el tiempo. Ese tiempo marcado por un reloj de bolsillo. Una casa que se rige por los minutos y segundos, sin necesidad de hacerlo. Tres individuos, incapaces de ver la luz del sol, de hacer su propia vida y de ser buenas personas.

Como una sentencia, ellos están presos, no tienen sueños, deseos ni forma de hacer el bien. La manera que encuentran de transgredir, es siendo crueles y enfermos mentalmente. Asombra cómo ocurre el desenlace y son simplemente unos pocos momentos hacia el final los que ayudan a tener dos historias posibles. Los más melancólicos se quedarán analizando la primera y los amantes del suspenso y terror psicológico, la segunda.

Increíble el aroma a verduras recién cortadas para la cena o familiar, pudiendo ingresar en un universo de códigos diferentes donde el olfato ocupa un lugar importante.

Esto puede notarse en la cocina, en el pañal del niño, en la putrefacción del lugar que imaginamos gracias a los diálogos y la posibilidad de ser parte de una historia íntima, bien de cerca, teniendo a los artistas entre nosotros, sin el escenario que los mantiene alejados e imposibles de observar.

“Casa adentro” es un ejemplo de tantas otras casas, de tantas otras familias o clanes. Quizás sorprenda o impacte la crueldad, el morbo y la desesperanza. Pero, seguramente, conozcamos más de un caso similar o con algunos tintes de esta obra.

Durante una hora, un sinfín de situaciones similares se desarrollaron y no hubo modo de acallarlas. La realidad ficticia protagonizó una pieza teatral diferente, con buenas actuaciones, donde cada intérprete tiene la posibilidad de desarrollar su papel y el factor sorpresa como regalo.

Que un final cambie todo, no es fácil de conseguir. «Casa adentro», lo logra gracias a la buena complementación entre directora y dramaturga. Dicha unión no consigue más que lo que buscan todas las obras de teatro: dejar una huella diferente, un mensaje concreto, la posibilidad de hacer pensar al espectador y de convertirse en una historia con introducción, nudo y desenlace.

Detrás de las paredes existe un mundo diferente al que vemos afuera. La escenografía no pretende impresionarnos sino conformar los actos determinados, utilizando aquel objeto preciso que ya describa el contexto.

Mientras las bellas voces quedan flameando en al aire, las canciones se repiten, los individuos enloquecen y los actores llegan a su fin.

Casa adentro ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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