*** Octubre 2017 ***

La gaviota13

“Yo siento atracción por este lugar, por este lago, como una gaviota…” (Nina Mijailovna Zariéchnaia).

Qué sería del amor sin los enamorados y de la pasión sin el deseo. Qué sería de las almas -que deambulan buscando algo que las haga sentir llenas y colmadas de esperanzas- sin el encanto de quienes miran, observan y pretenden poseer.

La libertad es la enemiga del egoísmo, ese sentimiento tan absurdo y dañino, que tantas veces se relaciona con el amor puro.

Esta versión de “La gaviota” (Ánton Chéjov), expone a una familia, con sus defectos más que virtudes, tomando las partes más relevantes de la historia al igual que de sus personajes. Los clásicos, a veces, suelen ser reiterativos, sin embargo, Pyr Zenergam consigue resaltar la esencia de cada relato haciendo de esta gaviota un ave dulce, tierna y fiel a sus pensamientos.

Ser la protagonista, desplegando las alas de ingenuidad a lo largo de diálogos existencialistas, no es sencillo. Demostrar ambición sin vanidad, tampoco lo es. Por eso, Paula Rivas, consigue emocionar con su sonrisa nerviosa, con sus pequeños movimientos y cada uno de sus interrogantes hacia el escritor Boris Alexeievich Trigorin -a quien considera ha alcanzado la fama gracias a sus libros-. “¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? He abandonado la universidad en el tercer curso por circunstancias, como suele decirse, ajenas a la redacción; soy un hombre sin talento y sin un centavo”.

Casi todos los personajes originales están presentes en esta adaptación tan bella. Los cuatros actos son separados por la atenuación de las luces y esa fusión con negro que logra descansar la vista unos instantes hasta retomar la dramaturgia.

En cuanto a la escenografía, los bancos de jardín tan tradicionales y una suerte de escenario donde se desarrolla el libreto de Konstantín Gavrilóvich Trepliov para que su bella dama interprete. Dicha interpretación producirá la ira de Irina Nikolaievna Arkádina, la madre de Trepliov, quien es actriz y no permite que otro sobresalga con su labor.

Los temas que se abordan en mayor medida son: el egoísmo y el poder. Ambos van de la mano ya que, causalmente, quien se muestra poco solidario es quien tiene lo segundo. Resulta extraordinaria la interacción entre los personajes y el manto de piedad resultante de ésta.

Sin precisar de una gran decoración, los pensamientos son esbozados en voz alta, los deseos y la oportunidad de mostrarse tan cual es, también. Mientras la violencia verbal llega a la cima, el desapego emocional pretende mostrarse como fuerza bruta y la traición traspasar fronteras inimaginables.

Ninguno es feliz con su pareja pero ninguno es capaz de dejar el agua correr para que la beba otro. El capricho se desarrolla como disfrazado de amor y éste no existe, verdaderamente, en las vidas de estas personas. No por conformismo continúan por el camino sino por cobardía y temor.

La gaviota, encerrada en su casa y custodiada por su padre y madrastra, intenta recobrar el aire del cielo para volar hacia donde su corazón se lo indique. Una frase que resume la vida de Nina es la dicha por Trepliov: “A ella le es tan difícil salir de su casa como salir de la cárcel”. Paradójicamente se siente lo que no es capaz de ser, por diversos motivos y factores. Por la vida que le tocó vivir y de la que aún no es capaz de alejarse.

Además de los temas existencialistas desarrollados durante la obra, el teatro ocupa un espacio importantísimo como canalizador de energías. Trepliov, intentando convertirse en un escritor, sin recibir el apoyo de alguien aunque sea, se atreve a afrontar teorías novedosas para la época. Él considera que al teatro le “hacen falta nuevas formas y si no se encuentran, mejor es nada”. Claro que lo que se refiere el joven es a algo revelador y que como todo proyecto nuevo, provoca oposición de parte de los conservadores. En este caso, de su madre. Pero, quien demuestra interés por el tema desarrollado es el Doctor Dorn al decir: “Es posible que me haya vuelto loco, pero la obra me ha gustado. Tiene un algo. Cuando esa muchacha hablaba de la soledad y luego, cuando han aparecido los ojos rojos del diablo, me temblaban las manos de emoción”. Tal vez, el hecho de la medicina como ciencia dura, haga que lo singular y sensible despierten su atención.

La desvalorización llega a su punto cúlmine y la degradación verbal de uno hacia otro, también. Así, Chéjov, demuestra cómo los lazos humanos son tan complejos como incoherentes. Cómo una madre es capaz de hacer primar sus ideales, destrozando el corazón de su hijo, anulándole sus sueños y poniéndoselo en contra cada vez más.

Arte y placer, en un momento, son comparados, asemejados y distinguidos por parte de Nina -quien le habla al escritor Trigorin-: “yo me figuro que para quien ha experimentado el placer de la creación artística, los demás placeres ya no cuentan”.

Así como los personajes no se sienten amados de verdad, tampoco se ven como los describen de afuera. Trigorin, por ser un escritor ruso, despierta la atención de los dos jóvenes en escena, aunque él, disfruta más de la pesca que de dedicarse a la literatura.

A la vez que las estructuras mentales son liberadas, lo real hace su aparición sin necesidad de escudos o máscaras. Quien convence de a poco a todos sobre cómo vivir es Piotr Nikolaievich Sorin, el hermano de Irina, quien interpreta sabiamente al bien, componiendo un personaje encantador.

Cada prenda y accesorio utilizado, permiten recrear este clásico y disfrutar de dos horas de reflexiones.

“Si alguna vez necesitas de mi vida, ven y tómala” (Nina).

Mariela Verónica Gagliardi

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