*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Entrevista a Juli y Juanchi de Playground

Playground entrevista

Tirando besos y saludando, así de cariñosos y fieles a su público se muestran y comportan. Sin máscaras ni personajes. Como dos artistas plenos.

Desde las vacaciones de invierno, el elenco de Playground (programa de cable emitido por Disney Junior Latinoamérica) pisó por primera vez el teatro. Pero, el 26 y 27 de septiembre realizarán dos funciones por la tarde (14:30 hs y 16:30 hs) en El Nacional, para seguir sorprendiendo, enseñando y divirtiendo a pequeños y adultos.

Juanchi (Juanchi Macedonio) y Juli (Julieta Nair) son los conductores de este éxito televisivo para niños de entre 2 a 7 años, que entre canciones y colores vuelcan información convertida en juegos.

A raíz de que se están agotando las dos primeras funciones, se agregaron cuatro más para el 10 y 11 de octubre.

Y en plena conferencia de prensa, adelantando lo que será el estreno de Playground en vivo en el Teatro El Nacional, Juli demuestra su emoción diciendo: estamos muy contentos de llegar, por fin, acá al Nacional. Con mucha ilusión, con mucha expectativa. Hace tres años que estamos haciendo el programa de televisión en Disney Junior y ahora llegar al teatro es algo totalmente diferente y conocer a los chicos ¡por fin! verlos a la cara porque ellos ya nos conocen pero nosotros no.

¿Qué sensaciones los van recorriendo por el cuerpo con todo este estreno en el Teatro El Nacional?

Juli: Yo creo que recorre mucha adrenalina. Ya antes de salir a escena escuchamos: ¡Juli, Juanchi! (te gritan, agrega Juanchi). Y eso ya es: hay que salir con todo porque están con una energía.

Te arrasan…

Juli: Te arrasan, hay que estar a la altura.

Juanchi: Y el corazón late y se sale por la garganta.

Juli: La verdad que para nosotros es hermoso hacerlo. Se pasa muy rápido. Nos divertimos mucho haciéndolo y eso tratamos de que se transmita, y si llega la gente también se divierte con nosotros.

¿Cómo fue la propuesta de realizar teatro, cómo fue la repercusión (que sabemos exitosa) en la gira por otros países y el interior del país, y cómo fue el empezar a volcarse al mundo del teatro que es bastante diferente al de la televisión?

Juanchi: la verdad que hace tres años que venimos haciendo Playground y no veíamos la hora de hacer teatro y a nosotros que venimos del teatro y nos encanta, es como la oportunidad de ver a los chicos a los ojos. Porque nosotros siempre preguntamos en la tele y los chicos responden, y ahora nos dan esa oportunidad de nosotros verlos. Y la verdad que el amor es enorme y, por suerte, le fue muy bien a Playground en Chile, en todas las provincias que fuimos (el Norte, el Sur).

Estarán por mi barrio también, en Palomar.

Juanchi: Y vas a venir a jugar con nosotros.

Voy a ir a jugar.

Juanchi: Perfecto (risas).

Cantan y bailan todo el tiempo. ¿Qué diferencias hay con respecto al programa que tan bello es?

Juli: La diferencia, básicamente, es la gente. O sea, que esté la gente ahí, que estén los chicos y los padres -casi te diría haciendo la obra con nosotros- (que es lo más importante, afirma Juanchi); es la diferencia. Y que no hay cortes. Es única toma, único plano secuencia. Al estar la gente cada función es diferente porque los chicos son muy espontáneos y gritan cosas y nos dicen cosas. A nosotros también nos hacen reír. (risas de los tres).

Y otras veces deben tener ganas de decir shhhh

A veces se ponen a gritar tan fuerte que no podemos seguir.

Realmente captás su atención para que sigan el hilo de la historia y, a veces, se enganchan con cosas también, como los hacemos participar tanto.

Después hay que manejarlos…

Juli: Hay que manejar ese barco (risas).

Juanchi: esa es la diferencia que tiene el vivo, que tiene una energía enorme desde que uno sale al escenario hasta que termina estamos todo el tiempo con una energía grande y ahí con los chicos presentes que también tienen una gran energía y nosotros tenemos que igualarla así que eso es lo lindo: lo público que hace Playground.

Tendremos la posibilidad de subir al escenario.

Juanchi: sí, sí.

Juli: por eso te digo que es un espectáculo muy interactivo porque bajamos al público, estamos jugando ahí con los chicos, durante unas canciones, después hacemos subir a un padre con su hijo al escenario y lo hacemos bailar una canción con nosotros así que eso está buenisimo.

El famoso feedback que a veces el teatro infantil lo corta y transforma al espectador en pasivo y cuando hay tantos niños…

Juanchi: por suerte Playground desde la tele ya tiene un feedback enorme con los chicos, porque nosotros cuando hacemos una pregunta les damos el espacio para que los chicos desde la casa respondan y acá en el vivo pasa lo mismo, y ahora la oportunidad de escucharlos.

Ser espontáneos.

Juli: escuchamos las respuestas, entonces eso para nosotros también es nuevo y muy lindo.

Juanchi: y mirarlos a los ojos que es lo que más deseábamos. A los grandes y los chicos porque también tenemos fans que son padres que vienen con la vincha.

Yo niños no tengo pero tendré que fabricarlos (risas).

Ambos: vos traé a tu niño interno (risas).

Juanchi: vas a bailar, vas a cantar. Es muy divertido.

En la sinopsis de la obra figura que es la fórmula de la diversión.

Juanchi: jugar.

Juli: lo que tratamos que siempre suceda es que los chicos aprendan algo de una manera divertida, entonces con la diversión de común denominador hacemos todo.

Qué mejor manera de aprender.

Juanchi: jugando.

Juli: qué mejor manera. Y te puedo asegurar que los chicos aprenden.

Mariela Verónica Gagliardi

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Se acabaron los cuentos de hadas

La Sirena

Unas melodías en el piano dan comienzo a esta historia del mar en que vive La Sirena (escrita y dirigida por Luis Cano), una mujer bella y sufrida que tiene que hacer cosas ingratas -para ella misma- para poder subsistir.

Sentada en un banquito bajo, sobre una escenografía que gira, esta Monina Bonelli interpretando a la joven que posee una herida en la pierna y en su corazón, con marcas imposibles de borrar. De hecho no deben ser borradas para que su pasado sirva de aprendizaje a una sociedad que aun continua un poco pasiva en cuanto a la violencia de genero y prostitución.

¿Este es el bar Jamaica? ¿El Chaplin, el Flash, el Taray? – se pregunta a sí misma.

De repente, una canción de Sara Lowlan (acompañada en el piano por Ana Foutel) afirma su sensación: Vine caminando con la garganta seca.

Así es la introducción a una noche mas en la vida de Nina, en la Nina de antes y en la adulta de ahora. Una ronda de tragos para olvidar y transitar unas horas mas relajadamente, aunque resulte imposible de concebir.

Claro que no tiene dinero para comprar alguna bebida alcohólica y la alternativa que le dan para que lo haga es que cuente historias. De esta manera ella deberá complacer a los hombres de la taberna, encontrando el tipo de narración que más les convenza.

Como si existiera una línea imaginaria que dividiera al público, se notará el tipo o clase de historia que narre, la escenografía que se utilice y la imagen visual que se vaya construyendo.

Si una mujer no fue tratada bien de pequeña, ¿qué resultado puede darse? ¿Qué carácter o confianza puede expandirse por el cuerpo de quien no tuvo protección y cuidado durante la infancia, a quien no se le enseñó a valorarse?

Su madre la trataba de borracha en vez de tratarla como hija, con dulzura, con cariño.

Con los tatuajes que pintan partes de su piel, ella va introduciendo a un nuevo relato hasta encontrar el de su propia vida -aquel que no podrá rectificarse ni desmentirse-. Es la verdad, aquella que le dejó heridas sangrantes para siempre. Aquella que nunca tuvo valor o valentía para contarla.

Un bigote de su abuelo, Un pez verde y La sirena comprenden los tres microrrelatos que envuelven a los espectadores en ultramar para traer a colación cuestiones político-sociales de nuestro país.

Monina consigue deleitar con sus dotes actorales, apoyándose en el texto que va cobrando un vuelo muy alto gracias al dramaturgo como a las técnicas clownescas de las cuales se vale para conseguir que su cuerpo pose y se detenga -como si se tratara de fotogramas-.

Y ella empezó a cantar diferente, y una burbuja le quitó la vida al marinero. Estos datos incluidos dentro de la historia convierten a la misma en poesía pura, en esos detalles tan románticos hasta para hablar de la muerte.

Así es este unipersonal que nos sumerge en lo imposible de cantarle a la vida hasta en momentos estremecedores. Nina es víctima de un sistema pero no se queda congelada en tal postura sino que arremete con ésta, la insinúa y consigue despojarse de su mayor mal.

Su lugar no es un bar sino su propio hogar, alguno que estará en algún sitio determinado. Aquel que le brinde una caricia y la posibilidad de ser feliz. Suele decirse que no está muerto quien pelea y ella es una luchadora que desconocía sus poderes. Vencido el enemigo, el futuro es todo suyo. Solo falta que lo asuma y se de una oportunidad -aquella que todas las mujeres maltratadas merecen-.

Nina es un ejemplo conmovedor y un granito de arena, una militancia activa en pos de los derechos humanos, en contra de la violencia y el maltrato en todas sus concepciones.

Ella le dedica una última canción a todos los que buscan un lugar en el cual sentirse bien. Quizás sea una proyección a sí misma y la fortaleza para que ningún hombre siga manteniendo su postura de cobarde que lo hace reaccionar con la peor arma de fuego: el golpe.

Dramaturgia: Luis Cano. Actriz: Monina Bonelli. Pianista: Ana Foutel. Dirección: Luis Cano. Funciones: lunes 20:30 hs. Teatro El Extranjero.

Mariela Verónica Gagliardi


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Coloreando mi Buenos Aires querido

Tanguito mío14

Tanguito mío, un musical bien guapito es un espectáculo infantil y para toda al familia,

que se ubica en una época de la historia argentina -más específicamente en un conventillo de La Boca- en que las culturas formaban un crisol de lenguas y costumbres muy diferentes.

De lo que se podrá hablar siempre, que no perderá vigencia, es del amor. Para enamorarse no hay barreras idiomáticas ni de colores que puedan impedirlo.

Así es la historia de Tanguito y Milonguita que se gustan y relacionan a través de cartas enviadas en avioncitos de papel, que vuelan de una ventana a otra.

Entre canciones y coreografías, estos personajes encantadores irán vistiendo una zona con varias identidades; ilustrando un verdadero sainete musical -lleno de magia, alegría y pasión-.

La escenografía es envolvente y muy funcional, permitiendo montar un momento diurno, nocturno, de tensión, de romanticismo, entre algunas de las situaciones surgidas durante la obra. Así, la puesta en escena logra un movimiento al igual que los deseos por porgresar y ser quien se quiera ser.

Con respecto a los tangos y milongas, Gastón Marioni escoge fragmentos muy específicos para que dichas canciones hablen por sí solas y pinten los diálogos junto a la palabra pronunciada por los actores. Melodías arrabaleras muy populares se encuentran en esta comedia musical -la cual ambienta cada escena hasta con el más mínimo detalle-.

Ella es mi lucecita

Él es para mí como una estrella

El estilo cursi se fusiona con el machismo del tango, consiguiendo un resultado óptimo que le agrada tanto a grandes como a niños y haciendo que las canciones realizadas especialmente para esta pieza artística vibren en el escenario junto a sus intérpretes.

Por el lado de la historia, existe una central y, alrededor de ésta, se van armando otras secundarias. Este grupo humano se empieza a conocer, a convivir, y es entonces cuando surge la envidia, los celos, la bronca y el despecho.

Puede visualizarse el desplazamiento de una luna hasta que se oculta, los destellos en el cielo provenientes de estrellitas, cada familia luciendo la misma gama de colores o atuendos, y una estética que brilla y hace lucir a sus artistas.

Una familia italiana, otra árabe y la última argentina -dentro de la que está el dueño del conventillo-. Este señor adorable le perdona ciertas cosas a sus inquilinos que lo posiciona como una persona noble, al igual que el cariño con el que cría a su hijo.

Como en la mayoría de las historias, existe al menos un conflicto; pero, por suerte, no representa más que un detalle que no impide opacar el romance principal -provocando, además, un efecto contagio-.

La dramaturgia y dirección son excelentes y eso demuestra y justifica que siga en cartel después de tantos años. Y, seguramente, seguirá yirando por las pistas milongueras, haciendo vibrar con estas notas tan terrestres, tan nuestras y tan compartidas con quienes gusten de ellas.

Cada uno con su negocio logra convivir en paz, demostrando cuán beneficioso resulta.

Esto es el presente musical y la energía que se va moviendo a lo largo de la función.

¡Cómo los chicos no podrían estar fascinados cuando los adultos estamos tan invadidos de felicidad!

Tanguito mío, tuyo y nuestro. De la gente y de quien quiera apropiárselo como una sonrisa infinita.

Y, como todo, llega a su fin después de sacarle viruta al piso, de moverse entre coreografías y de aprehender lo más lindo de la vida: a amar al prójimo.

Cada suspiro una esperanza, de volverte a encontrar.

Actúan: Juan Pablo Antonelli, Laura Giménez/Julieta Raimundo, Nazareno Iñiguez. Julieta Franzese, Gustavo Portela, Luciano Guglielmino, Juan Pablo Pereira, Yanina Zanier Quintas, Alejandro «Racu» Pérez. Libro y letras: Gastón Marioni. Música original y arreglos musicales: Tato Finocchi. Diseño de escenografía: Martina Urruty. Realización de escenografía: Lucas Borzi, Magalí Armas, Juan Ignacio Mosquera, Damián Carrillo, Cristian Marioni, Sebastián Grandi y Majo Blanco. Animaciones: Lucía Suárez y Fabricio Basilotta. Diseño de vestuario: Kitty di Bártolo. Realización de vestuario: Marianela Goicochea. Diseño de luces: Gastón Marioni. Coreografías: Gastón Marioni. Asistencia de dirección: Facundo Zerpa. Puesta en escena y dirección general: Gastón Marioni.  Funciones: domingos de septiembre 17 hs. Teatro El Cubo.

Mariela Verónica Gagliardi

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Construyendo a quien adorar

El becerro de oro1

El becerro de oro es el nombre de una performance de danza que tiene el don de fusionar religión, historia, baile y teatro; consiguiendo un resultado digno de ser destacado tanto por sus intérpretes como por la propuesta en sí.

Así se puede notar cómo Amparo González y Pablo Lugones construyen su propio becerro, partiendo del original de la Biblia, solo que con algunas diferencias que lo vuelven mucho más contemporáneo.

Mientras Moisés estaba en el monte hacía tiempo, el pueblo israelí precisaba un dios a quien seguir y venerar; fue así como le pidió a Aarón (hermano suyo) que les diera esa posibilidad. Aceptando la propuesta, cada uno tuvo que dar sus pertenencias de oro, las cuales al quemarse formaron este animal dorado. Pero, ni bien se enteró Moisés de ello, le pareció un pecado tanto el resultado como la fiesta armada alrededor del becerro. Entonces, decidió hacerlo polvo y obligar al pueblo que lo tome. No quedando satisfecho con esto, aplicó la fuerza física, haciendo que se desate una oleada de muertes.

En esta puesta en escena, los artistas se valen de diferentes luces, de joyas y diferentes simbolismos que cargan dentro de sus ropas. Al comenzar a saltar, oscilantemente, sus bolsillos se rompen dejando caer todas sus pertenencias -las cuales quedarán esparcidas por el suelo-.

Es momento de que sus cuerpos se fusionen, sientan y oscilen entre humanos y animales. Consiguiendo sonidos de sus propias respiraciones -éstas conformarán la atmósfera en que se desenvolverá la historia-, demostrando sus excelentes estados físicos y la inventiva para narrar un ritual milenario.

Un becerro femenino, decorado con joyas y demás accesorios que decoran la magia que encierra esta dramaturgia en que es posible admirar y sentir diversas sensaciones en el organismo.

Había quienes en el público reían, mientras otros, obnubilados, quedaban absortos. Durante media hora, estos bailarines consiguieron conectarse entre ellos con mucha sensualidad y sexualidad; posando de diversas maneras -como si se tratara de un juego establecido espontáneamente por ellos en el que son los únicos que conocen las reglas para continuar, romper toda estructura conseguida o volver al inicio sin dar explicaciones-.

Amparo y Pablo consiguieron meterse en la piel de un animal y convirtiendo toda ilusión en realidad… de eso se trata esta puesta en escena: de justificar con expresiones y sonidos todo lo que la razón precisa saber, al mismo tiempo que las interacciones desafían la noción de gravedad.

El becerro de oro tiene la particularidad de situar un mito cual pieza de museo, pero una pieza que en cuanto es observada cobra movimiento -todo el que necesite para hacer vibrar al espectador, llevándolo a diferentes universos artísticos-.

Función del 13 de septiembre dentro de la Bienal de Arte Joven 2015. Centro Cultural Kónex.

Mariela Verónica Gagliardi

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Solo en mí podés confiar

Los Monstruos3

Toda propuesta teatral que está en El Picadero, es garantía de calidad y de eso no cabe ninguna duda. Es relajante que eso ocurra y así poder ir con los ojos cerrados a disfrutar y dejar que nuestras emociones broten sin que medie la razón.

La Bienal de Arte Joven de este año tuvo una oferta muy amplia en cuanto a espectáculos y, sin dudas, Los Monstruos fue una de las más solicitadas. Desde el primer día que se podían hacer reservas, al mediodía ya no había más entradas. Luego de estar unas horas antes, todos los que no tenían la suya pudieron obtener alguna gracias a la tarde lluviosa y fría.

Los Monstruos (escrita y dirigida por Emiliano Dionisi) es una comedia musical dramática que tiene como protagonistas a Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo, los cuales interpretan a dos padres que tienen vidas bastante similares en cuanto a cuestiones primordiales de dichos roles.

Cabe resaltar su excelencia vocal, escénica y actoral que ya vienen demostrando desde otros musicales (Chiesa en Casi Normales y Cociuffo en Ghost), en los cuales tuvieron su impronta y huella para seguir luciéndose.

Con una estética moderna, minimalista y con todo lo necesario para que los actores se luzcan, tienen inclusive el acompañamiento de músicos en vivo que le otorgan un plus a la pieza artística.

Al comenzar la obra se puede observar el relato de uno y luego el del otro, sin que éstos se conecten entre sí. Como si se tratara de dos dramaturgias distintas, separadas por una línea imaginaria. Esto fue lo que más atrapó mi atención y no pude dejar, de ahí en más, en inmiscuirme en la historia. Mejor dicho, en ambas historias tan bien armadas, profundizadas y con detalles tan reales y a la vez “invisibles” en ciertos momentos de la realidad real.

Casualmente él es padre de un varón y ella de una nena. Casualmente sus hijos tienen ciertas dificultades para relacionarse con niños de su edad y, a la vez, no son integrados por sus correspondientes grupos. Esta temática, en la actualidad, es moneda corriente. Y, como tal, es desvalorizada, naturalizada y tirada a la basura; afirmándose qué tipo de tratamientos deben mantener los chicos -sin tomar en cuenta la postura e idiosincrasia de sus padres o responsables-.

Los padres también fueron niños y no siempre felices. Pero, ¿cómo se resguarda o protege ante diferentes adversidades?

Un nene macabro y travieso, una nena tímida y callada. Ambos infantes receptores de culpas no resueltas por parte de quienes solo deberían darles amor y alegría. De quienes solo deberían esperar buenos gestos y orientación.

Quiero sentirme viva con vos – menciona la madre, refiriéndose a su intimidad, una intimidad que no siente estar encauzando por la sobreprotección que le otorga a su hija y los cuidados excesivos a los que la somete sin dejarla respirar y decir lo que en verdad le sucede… cuál es su pena.

Una de las escenas más emotivas ocurre de la mano de la dupla que, unida, le canta a sus pequeños: Ya deberías saber, que solo en mí podés confiar. Yo no soy de esos papás, que dan la espalda cuando la necesitás. Todos tus secretos, conmigo, seguros están.

No existe motivo para que se desconfié de ellos. Me refiero a los padres, ni para que se ponga, evidentemente, en tela de juicio sus procederes. Pero, a medida que los monólogos avanzan y los diálogos entre ellos y sus hijos (ausentes físicamente pero recreados espiritualmente) se suceden; es posible entender los dos focos principales de Los Monstruos.

Uno de ellos es la fragilidad que tienen estos adultos -al igual que todos-, debilidades no asumidas y, de ese modo, ocultadas. Y, la otra, se refiere a la ambivalencia que tiene todo mortal al pretender debatirse entre obligaciones y culpas.

Sobre estas dos cuestiones irá oscilando la dramaturgia, la cual provoca risas en el público, hasta centrarse en uno de los relatos más angustiantes -el cual desperterá la conciencia de todos los presentes- que le otorgarán una mirada diferente al musical.

Es posible conmover con el canto, con la palabra y con el silencio mismo. Así como es probable que Emiliano Dionisi esté tocado por la varita mágica, la cual lo acompaña por todas sus decisiones artísticas que realmente son grandiosas y merecen éxito en todos sus sentidos.

¿Puede considerarse monstruo aquel humano que tenga sentimientos feos y oscuros?

¿Dónde está el límite entre la bronca y la violencia?

Los niños que no tienen verdadero espacio en esta obra, más que el que sus padres le dan, hablando por ellos y siendo ellos, entrometiéndose en sus pieles y deseos; hasta invalidarlos por completo.

Dramaturgia: Emiliano Dionisi. Elenco: Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo. Músicos: Gianluca Bonfati Mele, Matías Menarguez, Martín Tincho Rodríguez y Juan Pablo Schapira. Vestuario: Marisol Castañeda. Escenografía: Compañía Criolla. Diseño de luces: Claudio Del Bianco. Letras de canciones: Martín Tincho Rodríguez. Producción ejecutiva: Compañía Criolla, Sebastián Ezcurra. Asistentes de dirección: Juan José Barocelli, Julia Gárriz. Dirección: Emiliano Dionisi. Funciones: miércoles 20.30 hs. Teatro El Picadero.

Mariela Verónica Gagliardi

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Penumbras de amor

Giselle18

1848 fue y es un año recordado mundialmente y, sobre todo, por los franceses. Denominada por algunos como la Tercera Revolución, fue un enfrentamiento contra la Monarquía de Luis Felipe de Orleáns. Sumado a la crisis económica que se había desatado por culpa de malas cosechas; provocaron el descontento de la clase obrera -hundida en la miseria-. Después de varias luchas por derechos de igualdad y de abolir la monarquía, al año siguiente consiguen establecer una República, liderada por Luis Napoleón Bonaparte, la cual dejó una vez más a la vista la ideología del país.

El Teatro Coliseo volvió a hospedar a Danza por la inclusión, un programa impulsado y dirigido por Iñaki Urlezaga que, con el apoyo del Ministerio de Desarrollo Social, le permite a quienes no tienen la posibilidad de pagar una entrada, acudir a un espectáculo de ballet de alto nivel.

En esta oportunidad le tocó el turno a Giselle (con música de Adolphe Adam), interpretada por un elenco de bailarines muy prestigiosos en las primeras figuras y con presencia, nuevamente, de la Orquesta de la Provincia de San Juan (dirigida por el Maestro Gustavo Plis Steremberg).

Jean Lous Adam, padre de Adolphe Adam, tuvo un peso muy fuerte en el ámbito de la música. A partir de 1829 formó parte de la Legión de Honor (nombre con el que se distingue a una persona por algo extraordinario que haya realizado). Jean fue considerado el fundador y jefe de la escuela francesa de piano. Varios músicos de renombre egresaron de la misma: Kalkbrenner, Hérold, Ilhemaigne, Henri le Moine. También, publicó obras de piano: Las premieres leçons, Methode nouvelle pour le piano, y Méthode général lleva doigté.

El alumno más querido fue su propio hijo Jean Louis Adam, quien tuvo una carrera muy importante también y se dedicó a realizar varias óperas. A pesar de ello, Giselle es el ballet que lo hizo más conocido aunque no popular -el cual escribió junto a Théophile Gautier, con libreto de Saint-Georges- en el año 1840. Además de Giselle, escribió Faust (1832) y El Corsario (1848).

Recién en 1910, este ballet cobró más vigor e impacto gracias a Sergei Diaghilev que realizó una producción muy grande, con escenografía de Alexandre Benois y coreografía de Michel Fokine. A partir de aquí, desfilaron varias bailarinas rusas, deseando ser las protagonistas de este clásico.

Al morir su padre, Adam ocupó su lugar en el Conservatorio de París en 1848 y creó un teatro nacional, el cual tuvo que cerrarse -después de un tiempo- por cuestiones económicas.

La historia es de amor pero muy triste y melancólica. Giselle nos lleva a un universo interesante en el que se plantea una rivalidad entre lo que se desea y lo que se debe. Ella vive en una aldea que queda situada en el valle de Turingia y está enamorada de Loys -creyendo que es un campesino como el resto-. De ahí en más, su corazón se verá partido en dos ya que Hilarión se muestra atraído por Giselle y será un amor no correspondido. Este “triángulo” no amoroso será uno de los focos argumentales de la dramaturgia. Cuando ella descubre que Loys es el Duque Albrecht de Silesia y que está prometido a otra mujer (Bathilde), su tristeza aumenta hasta confluir con su enfermedad y aniquilarla por completo.

Una historia de la que se podría decir que se muere por amor y que la verdadera enfermedad es aquella que no permite unirse hacia su otra mitad complementaria.

Mientras las Willis (según la mitología eslava, son seres similares a las hadas que habitaban los bosques) se unen en un baile realmente majestuoso, los pesares son dejados a un lado para homenajear a la gran mujer que prefirió seguir sus convicciones y no el capricho de su entorno. Cabe destacar a la Reina de las Willis, interpretada por Ana Claudia Magagnin, quien logró trascender las fronteras entre el mundo de los muertos y los vivos, actuando y danzando a flor de piel un personaje maravilloso.

Con respecto al origen de esta narrativa, el autor es Heinrich Heine quien se basa en una leyenda alemana en la que aparecen dichas Willis, bailando durante la noche para atraer a jóvenes con danzas crueles -las cuales solo finalizaban al morir éstos-. El personaje de la reina de Willis fue tildado por Heine como femme fatale.

Giselle en esta función estuvo protagonizada por la bailarina Gabriela Alberti que con su técnica, sensualidad y sutileza impregnó el escenario de arte; junto a su amado Loys (Matías Iaconianni), quien deleitó con su danza de principio a fin. Una dupla realmente conmovedora, unida a un equipo de baile en que cada uno tuvo su momento para lucirse. Sumado a un vestuario confeccionado para la ocasión por emprendedores a quienes también se les dio la posibilidad de formar parte de esta suma de fuerzas para que un espectáculo no sea solo para la misma élite de siempre sino que abra puertas, corazones y el deseo arrasador de llegar a quienes más lo necesitan.

La dulzura de los niños figurantes es notable, al igual que las sonrisas, el fulgor y el talente de cada bailarín presente.

Resulta muy atractiva la puesta en escena, la gama de colores que se utilizan en ambos actos y el poder que cobra la expresividad de cada uno de los cuerpos que, deleitosa y perfectamente, se van desplazando y danzando sin necesidad de acudir a la palabra. Se comprende cada diálogo bailado en que el amor se funde en un beso o la batalla se desata en plena armonía.

Giselle se estrenó en 1841 en París, durante el Romanticismo; dejando en evidencia que la narrativa corporal puede prescindir de diálogos vocales e ir más allá de lo que cualquier amante sienta en su mente.

Existe un segundo conflicto en la presente historia que se corresponde con el papel que ocupaba la mujer en aquel entonces y el poder que le otorgaba un hombre al casarse con ella. Como si la soledad o la decisión de no contraer matrimonio hubiera sido un crimen, o la necesidad de amar a quien su corazón le indica, el peor de los pecados. Pero Giselle era una adelantada para aquel entonces y quiso pagar las consecuencias de no casarse con quien su madre le indicaba. Así fue su destino que la llevó a un sitio en que había otras como ella, con corazones aniquilados por el desamor. Este segundo acto, mucho más breve que el primero, nos sumerge en el cementerio -desde el que puede verse su tumba-. Pero el espíritu de Giselle vuelve a ser angelical como siempre, a danzar más que nunca y a acompañar a su verdadero hombre mientras la pena de ambos se unía en una comunión muy angustiante. Como si la bruma los hiciera menos visibles, ellos se mimetizan hasta que ella vuelve a reposar para siempre. 

Función del 8 de septiembre. Protagonistas: Giselle: Gabriela Alberti, Albrecht: Matías Iaconianni, Hilarión: Gonzalo Fernández, Wilfred: Brian Montes, Berthe: Alicia Sawinski, Duque de Curlandia: Ángel Gómez, Bathilde: Eugenia Berreta, Asistente del duque: Evaldo Melo, Myrtha, Reina de las Willis: Ana Claudia Magagnin, Moyna: Aylén Castro Ortíz, Zulma: Marilyn Panelo.

Mariela Verónica Gagliardi

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Desear una buena racha

Salir del pozo4

Una muestra de alumnos no siempre tiene por qué ser no profesional o de menor calidad que una obra de teatro en la que se supone que existen actores ya formados.

Hace muchos años fui a ver una obra en la que una artista interpretada a una mujer que nos hacía reír a carcajadas con su personaje grotesco. En ese entonces Luciana Sosa iba a un taller de teatro al igual que ahora y, sin ánimos de juzgar su deseo de estudiante eterna, es momento de que alguien la descubra y coloque en el lugar que se merece que, claro está, no es solo en una sala de El Túnel ni en proyectos en que se vincule solo con estudiantes.

Ella brilla, hace descostillar de la risa a todos los espectadores, tiene dominio y actitud escénica, sabe componer el personaje que quiera, tiene presencia, sabe proyectar su voz y no tiene un solo pelo de tímida.

Su larga cabellera de color negro la pueden convertir en una femme fatal o en una ama de casa que no se siente muy conforme con su presente -deseando hacerse millonaria con muy poco esfuerzo-.

La bata oscura, las chancletas y los pelos batidos, ayudan a esta humilde señora a mantener el estilo entre supersticiones y delirios totales que se debaten entre lo que debe ser y lo que es.

Con un marido bastante perezoso y una hija desorientada, irán recorriendo un camino de buena y mala suerte gracias a un nono que adivina los números ganadores. No será tampoco sencillo conseguir la información ya que le tendrán que dar al viejito todo lo que éste pida, haciéndose cargo de su cuidado, caprichos y deseos carnales. Cuando todo se satisfaga, él gritará uno tras otro, todo lo que se le pase por la mente, hasta que entre en cortocircuito y los números desfilen por su cabeza hasta enloquecerlo por completo.

Juan Carlos Vezzulla escribió esta dramaturgia hace una década y no pierde vigencia el tema de la timba, de las familias que desfilan por la vida sin demasiados propósitos y que le venden su cuerpo al diablo con tal de obtener unos billetes.

A su vez, la dirección de Carlos Evaristo, consigue ensalzar aún más el talento de Luciana Sosa y el del personaje del nono (Ernesto Pérez Re) que, juntos, convierten la puesta en escena en un propósito para pasarla realmente bien un sábado a la noche.

La gestualización representada por ellos dos le dan vuelo y magia a la historia, rozando lo más conmovedor con la frialdad -resultado óptimo para un buen absurdo-.

Escenas que no podrán ser borradas de nuestra mente como la de un bebé que deberá continuar con el legado de su padre, un hombre que es convertido en momia por tragarse clavos, una joven abandonada ya que no sirve para nada y un desfile de diálogos desopilantes para reír a carcajadas y dejando los prejuicios de lado.

Sin los detalles de humor podría ser, Salir del pozo, una dramaturgia trágica y con contenido de violencia de género, que angustie al espectador y provoque el llanto repentino. Si bien es cierto que en los últimos años se comenzó a hablar más de ello, también es verdad que el humor llevado al extremo no hace sentir ningún vestigio de violencia real sino ficticia.

Salir del pozo es una agradable pieza artística que se puede lograr con muy poca escenografía, como el verdadero teatro, entrelazando a varios personajes que se construyen desde la ironía de algunos seres que parecieran no ser reales y que, sin embargo, desgraciadamente existen.

Dramaturgia: Juan Carlos Vezzulla. Elenco: Luciana Sosa, Ernesto Pérez Re, José Palumbo, Cynthia de Souza, Alejandro Ríos. Dirección: Carlos Evaristo. Funciones: viernes 22.30 hs. Teatro El Túnel.

Mariela Verónica Gagliardi

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Vivito de antes y de ahora

Vivitos y coleando

Hace varios meses me acerqué a ver la obra Vidé, la muerte móvil en que actuaba Carlos March. Una puesta realmente fuerte, conmovedora, llena de humor e ironías por doquier. Pero, no es motivo de esta nota volver a mencionar dicha dramaturgia sobre la que ya escribí en su momento, sino el citar a este artista que hace un tiempo volvió a las andanzas con Vivitos y coleando, el musical que allá por 1986 estrenaba Hugo Midón junto a Carlos Gianni, con un elenco que es mitad nuevo y mitad el mismo de siempre.

De pequeña no tuvo la oportunidad de ir a una función de este clásico infantil así que unos cuantos años después me emocioné al poder hacerlo. Ser periodista no es una profesión fácil ni siempre placentera, así como tampoco es recurrente el ver espectáculos que motiven mi escritura.

Vivitos y coleando me puso la piel de gallina, en primera instancia por la cantidad enorme de adultos que sacaron su entrada sin venir con niños, sino para recordar aquellos tiempos en que las canciones se componían de una manera única y especial, en que las melodías eran pegadizas y en que los más chiquitos tenían la posibilidad de crecer rodeados de amor, ternura y enseñanzas de la mano de estos autores.

La obra transita todas las canciones del disco, los actores cantan en vivo y los espacios se van recreando de un modo especial como para dar pie al tema siguiente.

No son solo frases evocadas sino escenas conformados excelentemente, con intérpretes -idóneos a nivel artístico-, y la calidez de todo aquel que se para en el escenario para transmitir un conjunto de emociones a sus espectadores. Ese momento es y fue lo que permite y permitió que la función vuele más alto que un ave y recorra los corazones de bebés, infantes y adultos.

En cuanto a la escenografía, está conformado de tal manera que nada sobra, sino que es lo necesario para permitir una narración ubicada en tiempo y espacio. A su vez, la iluminación va invadiendo de colores los diferentes espacios y estos siete payasos nos invitan a viajar por una época importantísima, pos dictadura en que era preciso respirar de alegría y serenidad.

«Esto de pelearnos todo el día por llenar nuestra alcancía, no va más. Esto de agarrarnos de los pelos, por los celos, no va más. Habrá que hacer lo necesario para que estemos bien, sin hacernos daño» (No va más).

¿Qué diferencias artísticas existen entre esos años ochenta y la actualidad?

En principio hay que analizar el social-histórico que nos tocó a nosotros, a nuestra generación. En los 80´ había todo un desborde de deseo, de entusiasmo, de ganas y de toda una descarga de una época de oscuridad, de represión, de dolor, de muerte, de todo lo que ya sabemos que pasó… inevitablemente, fue como una explosión artística donde lo técnico y demás cosas que tienen que ver con lo profesional, con la búsqueda de estética y de perfecciones no era lo más importante. Ahí lo importante era la libertad de hacer lo que uno quería y descargar, como una efusividad (propia de cuando se destapa una olla a presión), entonces salió todo a borbotones.

Y cuando las aguas se fueron calmando (no sé si es bueno o malo), aparecieron otros objetivos, otras consecuencias y en el caso mío me pude dedicar más a eso, a la estética, a la búsqueda de lenguaje, a encontrar maneras de expresar que sean más representativas, seleccionar un poco más el material, con quién trabajar -lo que te da un poco la calma de todo eso, ¿no?-; poder separar la paja del trigo, disfrutar de lo que uno va haciendo y tratar de evolucionar, de mejorar.

Despues de casi tres décadas, ¿qué cosas cambiaron en Vivitos y Coleando?

De eso se encargó Manuel González Gil que, justamente, para eso y otras cosas, lo convocamos a él. 

Ser dirigido por Hugo Midón, durante tantos años, trabajando material de él, formando parte de un equipo que con los años se fue consolidando y fue generando un lenguaje que hoy todavía sigue vigente… era complicado quién nos iba a dirigir. Nosotros conocíamos el material, con Roberto (Catarineu) nos encargábamos un poco de lo estético y, de transmitir esa estética a los compañeros más jóvenes que estaban convocados. Pero decidimos desligarnos de eso y confiar en un director que supiera interpretar eso. Creíamos que Manuel era el más indicado, por una cuestión de generación también, por una cuestión de afinidad de él hacia el material -porque nos conocimos cuando ellos hicieron Los Mosqueteros-. Y, además, Manuel se entusiasmó muchísimo cuando le preguntamos. Más allá de que nosotros confiábamos en la mirada de él; a mí me sorprendió mucho su aporte y en cuanto a aggiornar el material, de la manera que lo hizo -con las luces y el sonido-.

Queda como un music hall para niños.

Queda una cosa raramente atractiva.

Por más que hizo adaptaciones a cuestiones contemporáneas, uno se siente en los 80´.

Ahí aparece el espíritu hoy.

No es como un túnel con telarañas.

Se sacudió el polvo y apareció hoy lo mejor: un aggiornamento y una mirada moderna, humanizada. Y, también, aportó muchísimo Jorge Ferrari y su escenografía que es muy puntual, muy chiquitita, muy sencilla -no hay trazos gruesos-. Además, es un amigo de muchos años, nos conocemos. Entonces, conociendo con quién trabajás, salen estas cosas. Bueno, Mónica Toschi (vestuarista) que siempre trabajó y lo de ella siempre es muy apropiado y atinado y de muy buen gusto; siempre dentro de lo austero (del espíritu de lo que es la obra de Midón).

Hay espectáculos que quedan marcados en una sociedad entera. Este es uno de ellos. ¿A qué creés que se deba el éxito?

Con los años de ir haciendo teatro he comprobado que el éxito es algo inexplicable…pero en el caso de Vivitos y Coleando, podría decir que no lo es. Haciendo un poco de historia, y partiendo de la dupla Midón-Gianni y de la continuidad de trabajo con ellos y con mis compañeros, Catarineu y Tenuta,se fue conformando una estética que se transformó en un movimiento teatral yo diría que de culto. Lo de ahora no es más que el resultado del ejercicio de la memoria de lo hecho mas la sumatoria de nuevas generaciones que crecieron como espectadores de aquél fenómeno y un público memorioso que respondió con nostalgia y entusiasmo a la propuesta de volver a encontrarnos.

¿Cómo manejaste esa gran dicotomía entre ser parte de Vidé, la muerte móvil y Vivitos?

Uno para eso se entró, estudió, se preparó y tiene una predisposición natural a abordar lo que uno elige para hacer. No fue fácil. Para nada fácil. Porque para eso se ensaya, se trabaja, se preparan las cosas. Pero una vez que estrenás, que el material sale a la luz, el público lo empieza a ver, lo empezás a compartir, a desarrollar y a transitar; después se transforma en una tarea -que no es cualquier cosa-.

Más fácil de digerir.

Y, porque es de alguna manera sanador. El teatro es sanador en general. Yo disfruto muchísimo de todo: de hacer Vivitos y de hacer Vidé, que es lo que me representa en toda su dimensión (desde los niños y hasta los adultos), y lo hago con la misma entrega.

Siempre con tap.

Me lo piden (risas de alegría y satisfacción). Estamos hablando de mis referentes en cuanto a teatro: uno, mi maestro Antonio Mónaco que es el que me inmaculó el virus del teatro cuando era joven y estudiaba (y que, justamente, era el que tenía El Picadero en la época que le prendieron fuego durante la dictadura con Teatro Abierto); Hugo Midón y Norman Briski. Norman fue el que me dijo: te vas a poner los zapatos de tap.

Es que le da un condimento, una sutileza.

Ese ruidito para caminar, para diferenciarlo del otro que son botas. Esa sutileza del tiqui tiqui tiqui que es la complicidad civil, que es una especie de Bufón del Rey -que lo acompaña, que lo adula, lo chucea-, convive con él, lo va preparando para la muerte.

Esas vueltas en bicicleta…

Y ese caminar, permanente, en círculo de los dos. Videla transitándolo rectamente, con el color rojo, y el amarillo sinuoso de Biondi.

Hay muchísimas escenas muy fuertes: la del ataúd…

Donde aparecen, además, Pepe Arias, Marrone, Sandrini…

La cruz, esa cruz imponente con la bandera.

Y muchos simbolismos.

Y el Falcon…

El Falcon, ni que hablar…

Y, al mismo tiempo, el lenguaje del grotesco. Como puso Norman en el programa: tenemos derecho a burlarnos. Porque este tema si ya no lo tratás de esa manera, mejor que ya no lo trates, porque ya está.

La propuesta de Vicente Muleiro venía siendo grotesca y patética pero que teatralmente…

Además, al ser el escenario a lo largo permite observar todo en todo momento.

El espacio que tiene Norman es muy seductor.

Con esa escalerita.

Y propone, teatralmente, jugar y utilizar todo lo que hay.

¿Qué opinás de lo que cree un sector de la población acerca de que actualmente no hay democracia?

Eso no merece ya ningún tipo de comentario.

¿La democracia de los 80 era más democrática que la vigente?

Lo de la democracia es así: hay bemoles, hay idas y vueltas, cosas buenas y cosas para mejorar; pero siempre es lo mejor que hay. No hay ningún sistema mejor hasta ahora. Si se hubiera inventado, estaría apoyándolo. Lo importante es cómo nos manejamos dentro de la democracia.

Si yo vivo en democracia pero soy un intolerante -si soy todo eso que se dice desde el odio, desde el resentimiento, de la crítica y nada más- … además somos una democracia joven (comparada con otras democracias a las que siempre nos queremos parecer), pero no nos estamos fijando nosotros lo que estamos haciendo mal para ver qué son. Entonces estamos navegando siempre entre esos recovecos complicados.

¿Si Hugo Midón estuviera presente qué diría?

No sé, tengo miedo (con tono contento). Porque era una persona tan exigente, tan cuidadosa de su material… no me animo a decir…

Yo creo que aplaudiría.

Sí, yo creo que sí. Creo que estaría contento. No sé cómo reaccionaría porque era muy hermético en su manera de expresar sus sentimientos. Me imagino que mal no estaría porque el espíritu existe, sigue estando. Al verlo a Gianni, cuando viene, está contento… ahí me doy cuenta que lo estaría (Midón).

Iría como en efecto dominó.

Hay mucha afinidad entre ellos y coincidían mucho estéticamente en sus gustos y demás.

¿Pensás que la gran cantidad de espectáculos que hay para ver en la Ciudad de Buenos Aires es para satisfacer los diferentes gustos del público o necesidad de los propios actores por hacer lo que les interesa?

Y, debe haber. Yo no he visto todo. Como todo, hay de todo. Yo supongo que lo más difícil es juntar esas dos cosas. Yo lo que hago lo hago para mí y en la medida que lo que yo haga para mí sea coherente, sea honesto, idóneo en cuanto a cómo comunicar y cómo contar y mostrar un trabajo; supongo que, del otro lado, tiene que suceder algo parecido. Creo que está bien que uno trabaje para uno. Ahora, lo que vos decís, si lo vemos con la mirada del ego (el ego es un arma de doble filo), si vos trabajás nada más que para vos… eso no quiere decir que hagas las cosas que la gente quiere escuchar.

Lo interesante del teatro es que cuando uno se mete en algo y quiere transmitir algo, se mete en un sin red que no sabe después qué va a pasar, y ahí está el riesgo. Sin riesgo tampoco hay satisfacción de buenos resultados.

El teatro es mágicamente inexplicable. Hay espectáculos que son muy buenos y el público no responde como debería y como uno cree que debería. Pero como todo es tan subjetivo, no tiene explicación.

¿Qué sensaciones vas teniendo a lo largo de la obra?

Estoy a 50 centímetros del piso siempre. Si querés una imagen: no me doy cuenta dónde está el piso. Es ese estado medio de levitación donde no aparece el pensamiento… es una eternidad que, en algún momento, me dice que paró, que terminó. Por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos.

Mariela Verónica Gagliardi

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Entrevista a Claudio Pansera

ClaudioPansera

Claudio Pansera es gestor cultural, promotor y productor de la narración oral en Argentina. En el 2002 creó el Festival Internacional Cuenta Cuentos “Te doy mi palabra” y, en el 2013 bajo el título “Palabras más, palabras menos”. Tiene editados varios libros: «Cuando el arte da respuestas» (2006), «El cuento como herramienta social» (2010), «Crónicas de la boca para adentro», «Crónicas de pájaros y amores»,

¿En qué fue variando el Festival Cuenta Cuentos a lo largo de los años?

La idea inicial fue hacer un festival de nuevas tendencias en el 2002, cuando me convocan del teatro de Morón. Y había elegido en ese momento uno que tenía que ver con trabajo corporal, mimo expresivo y danza contemporánea y, otro, que tenía que ver con la narración oral -una disciplina nueva que estaba empezando a hacerse más conocida-.

Y, si bien tiene muchas décadas de trabajo, siempre era como una herramienta de trabajo en el aula. A partir del Instituto Suma (uno de los primeros lugares en que se empezó a formar la gente con técnicas de narración oral) y, a partir de allí, empezaron a aparecer: Ana María Bovo, Ana Padovani, gente que venía del lado teatral. Entonces se estaba dando otra dimensión.

Entonces, en ese momento todo era muy incipiente, había muy pocos profesionales, había mucha gente que estaba haciendo un trabajo desde el deseo. Desde ese momento hasta entonces creció mucho la gente que está trabajando en narración oral.

Tenés un abanico muy amplio: desde la gente que hace un montón de giras internacionales por año, gente profesional que trabaja en el país, gente que está a medio camino entre profesional y no, docencia, otras labores afines (el teatro por ejemplo), tenemos un grupo de teatro que está trabajando de forma voluntaria agrupados en organizaciones que trabajan y promueven la narración oral y, también hay gente que está trabajando en forma individual. Y, de alguna forma, el Festival está intentando abarcar todas las modalidades.

¿Cómo se hace para, en esta sociedad, dejar de lado la palabra inclusión y empezar a hablar de pertenencia, de identidad?

Es una cuestión muy compleja porque hay que transformar una sociedad, concretamente, para que tenga otros parámetros en los que todos puedan estar incluidos. No es sencillo, es una transformación que lleva muchas décadas, muchos gobiernos, mucha participación de la sociedad, mucha formación de valores en la comunidad, porque es un tema muy amplio y profundo.

Por ahí uno puede trabajar, concretamente, en integrar a una persona que está en una casa muy encerrada o darle un estadio momentáneo de felicidad a una persona que está internada en un hospital desde la narración. Pero son todos hechos aislados y puntuales, que sirven a esa gente y está muy bien, pero son respuestas puntuales.

¿Sería como un sueño que en algún momento podría hacerse realidad?

Uno puede mirar transformaciones que se van dando a lo largo del tiempo -en reconocimiento de valores o de derechos y, es muy concreto que, las luchas van conquistando determinados rubros: desde no trabajar doce horas seguidas hasta tener derecho de recibir un subsidio para hacer teatro. Son todas conquistas que van logrando los colectivos sociales. Es concreto que se puede hacer. Hay que tener mucha persistencia porque hay luchas de intereses distintos, entonces eso implica que hay que estar, permanentemente, con la defensa de esos valores.

¿Cuál considerás que es la importancia de un cuento?

Principalmente que fomenta la creatividad, la imaginación. Es una herramienta de ficción que nos define, un poco, como personas, como seres sociables. Y, el hecho del cuento compartido -que es la narración- permite la interacción y el fomento de un narrador hacia un grupo de espectadores que son estimulados y vivencian ese hecho mágico que es la comunicación a través de un cuento.

¿Existirán culturas en las que niños no hayan podido escuchar ese famoso cuento antes de dormir?

No culturas. La nuestra.

Son hechos que ocurren cada vez más, lamentablemente.

Ayer escuchaba en una mesa redonda (en el Centro Cultural de España) sobre el cuento en espacios de encierro y, uno de los invitados (José Luis Gallego) que trabaja en cárceles (había dado un taller de narración oral), contaba que uno de los internos -se notaba- que nunca había escuchado un cuento y que, él a su vez, nunca había contado un cuento a su hijo.

Debe ser una tristeza enorme…

Y, es parte de la realidad.

Allí, al tomar noción de eso, él comenzó a ser narrador. Fue a un taller, aprendió y comenzó a desarrollar el arte.

¿Cuál crees que es el motivo por el cual se va acercando al Festival el nuevo público y el público de siempre? ¿Qué es lo que esperan encontrar o compartir de alguna manera?

Yo creo que el tema de público es todo un desafío. No se si está. Hay que generándolo, conquistándolo. Nosotros estamos haciendo una tarea muy importante de llevar el cuento a lugares donde todavía no llegó, o mostrarlo a gente que está acostumbrada a consumir experiencias culturales como el teatro, más afín. A grupos de teatro independiente, a público que asiste a salas de teatro independiente. En el Conurbano llevamos otro tipo de espectáculos. La idea es ir conquistando esos nuevos públicos para ir generando una masa de público mayor -específicamente interesado en la narración-.

El desafío es cómo hacer cualquier espectáculo de narración, como sucede con el teatro, pueda tener un público posible e interesado.

El viernes vamos a llevar escuelas a teatros. Necesitamos fomentar el hecho de que los chicos se empiecen a educar en esto de consumir, ver espectáculos, ir a una sala, pagar una entrada, reconocer el trabajo de un artista -de un profesional-, y en este caso de la narración. Entonces, tenemos muchas funciones programadas con ese sentido: ir formando público desde los colegios.

Mariela Verónica Gagliardi

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Un fogón de esperanzas

Mujeres quemando1

Una varieté encierra varios desafíos: el principal, bajo mi mirada, es el que exista un hilo conductor entre cada sketch representado. Hay para distintos gustos pero creo que la profundidad y compromiso del relato es lo que puede marcar la diferencia entre un teatro de variedad y otro.

En este caso, Mujeres quemando pisa fuertísimo, y utilizo este adjetivo superlativo ya que merece ser descripto de este modo. Un elenco de mujeres talentosas al que se suma un solo hombre que se viste como dama, conformando unanimidad femenina para no solo entretener y hacer reír sino, en primer lugar, para demostrar y justificar esta nueva pieza artística en un momento muy sensible de nuestra actualidad como sociedad.

Mujeres coyas que hablan de chinos, que divierten, mujer que canta al amor como una estrella, mujer que hace su propio stand up sobre el hippismo vigente -dotándolo de hipocresía, aunque sin determinarlo con esta palabra-.

Son muchos los números que se van presentando en escena y por más nota que pueda tomarse, uno no quiere perderse de contemplar el vivo.

La mujer hippie-chic que utiliza la ironía en su monólogo, haciéndonos transitar por los lugares y sensaciones más conocidas y trilladas de lo que -se supone- se debe hacer para convertirse en un ser de luz. Mudarse al Uritorco, abandonar la ropa cheta por otra más mundana y cómoda, dejar de usar muebles para conectarse más con la madre tierra y tener la propia casa de adobe con bosta de caballo. Realmente uno de los momentos más cómicos que transcurrieron a lo largo de la noche en que la sala estuvo colmada de espectadores.

¿Qué mejor que contratar a la tradicional llorona para un velatorio? Ella también está presente realizando una parodia sobre el sufrimiento, a la vez que describiendo y ejemplificando los distintos tipos de llantos.

Hasta aquí es pura risa, hasta que un video da a conocer la intencionalidad de Mujeres quemando: la lucha por nuestros derechos, la lucha contra la violencia de género y la dura batalla que se debe llevar a cabo diariamente -en el propio hogar, en la calle y en la vida en general-.

El video deja ver cómo hay ciertos mandamientos que, actualmente, se siguen respetando sin siquiera -muchas veces- replanteárselos: esperar a un marido con la cena lista, con la casa limpia, con la ropa planchada. El tiempo pareciera detenerse… ¿en qué año estamos? ¿Un esposo debe ser tratado como alguien diferente y superior?

Y la verdadera batalla sigue su curso, in crescendo, cuando otra ama de casa completamente diferente a la anterior, utiliza a los productos de limpieza para crearles personajes e informarles que se va de la casa: que se va a un congreso latinoamericano de mujeres.

Pero la apuesta sube hasta que ingresa Ana Seligra con una jaula en su cabeza, la cual la aprisiona, no la deja libre. Esa libertad que toda mujer ansía y no está siempre tras las rejas de una cárcel sino en sus propias ataduras, en las imposiciones tan fuertes que nos imponen desde niñas, en lo que se supone tenemos que hacer y todo lo que sea distinto sería considerado rebelión. Estamos en una era en que las que sentimos y accionamos somos consideradas locas y en contra del sistema. Nada de eso es real. La única verdad es que existe una unión más fuerte entre todas nosotras y que la palabra prostitución no es ya una mera palabra que suena a un adjetivo descalificativo.

Una bella canción le sirve de introducción a Ana, que se desliza por el espacio escénico muy sutilmente, muy desgarradoramente, creando una rutina de danza contemporánea que llega al corazón. Mientras una grabación dice que: ninguna mujer nace para la prostitución.

Me voy a los cerros, alto
A llorar a solas, lejos
A ver si se apuna el dolor

(Subo, subo – Mercedes Sosa).

Pero los matices de la varieté están muy bien acentuados y se manejan los climas de una manera muy buena ya que es posible aunar el dolor con la alegría, la felicidad con la tristeza. Todo es aprendizaje que no debe ser olvidado ni combatido en vano.

Hay quienes deberían ser hipnotizados con una de las rutinas surgidas, que tanta ovación tuvo.

La genia de Yanina Frenkel hace su aparición en varios momentos de la noche, tanto en los videos proyectados como en su oficio de presentadora pero, sin lugar a dudas, su momento para representar un sketch junto a su compañero, demuestran su arte clownesco. Ella puede transformar su cara en la máscara que quiera, ser divertida o temeraria. Provocar un asalto de risas o parodiar a los cantantes de folklore. Yanina es un ícono en el mundo clown y de la actuación, un ejemplo de vocación que gira por el mundo con su espectáculo, llevando su valija de ilusiones.

Mujeres quemando es una conjunción de talentos, euforia, militancia, amor y compromiso por una sociedad más pacífica y menos interesada en el daño ajeno.

Elenco: Ana Valeria González Seligra, Alejandra Caputo, Gisela Cilia Podestá (Fuji), Julia Maria Izaguirre, Mara Ferrari, Mariana Cabrol, Mercedes Di Nápoli, Gisela Gómez (Morena), Natalia Domínguez, Paola Pretelli, Rosalía Jiménez, Valeria Maldonado, Yanina Frankel.

Mariela Verónica Gagliardi