*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Entradas etiquetadas como ‘Guillermo Jáuregui’

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¿Selección natural? Pura acción en el country

Nadie quiere ser nadie1

(…) trata de hacer la prueba de parar las maquinitas, 
las maqinitas que llevas dentro de tí
y fijate qué es lo que pasa
cuando te agarra la soledad y te agarra el hastío (…) 

Mariela Asensio tiene la particularidad de escribir acerca de temáticas sociales que interesan muchísimo. En esta oportunidad su dramaturgia titulada como Nadie quiere ser nadie (Historias de la clase media) es un acierto para llevar al teatro y exponer, teniendo en cuenta el espacio del Celcit que resulta ideal para dicho montaje que cuenta con dos posibles ángulos para apreciar como espectadores.

Una familia acomodada se siente más que su empleada de limpieza a quien ni siquiera deja comer unas empanadas. Estos integrantes tendrán su momento, al igual que todos, de decir lo que sienten, lo que les pasa, lo que pretenden; dejando en evidencia quiénes son y que sus palabras los condenarán por completo.

La obra comienza con el dueño de casa (un hombre de clase media alta) hablando sobre política, sobre la motivación y el progresismo. Tanto él como su esposa no tratan de buena manera a Maricruz -la empleada doméstica que tienen de toda la vida-. Este particular hombre dirá frases un tanto crudas y sin filtro como la siguiente: “Sacale jugo al hipotálamo”.

Si bien la puesta en escena está llena de momentos entretenidos y que despiertan la risa en el público, lo cierto es que se trata de una clase baja oprimida por una alta, de los derechos invalidados por otros, de los sueños que unos deben postergar para no sentirse menos económicamente y del amor que es casi nulo en estos personajes.

Un venezolano que vino a Argentina para estudiar actuación y que sueña con poder ser reconocido pero que, mientras tanto, trabaja en un bar. Una hija que sufre por padecer a sus padres y las locuras de su progenitora. Otra soñadora que pretende también ser actriz. Una psicóloga que está saturada de tantos problemas ajenas y los suyos sin ser canalizados y resueltos. Un guardia de seguridad que se lleva uno de los trabajos más inmundos de revisar las pertenencias ajenas y desconfiar siempre.

Una balanza que pesa a la joven que adelgaza por orden de su madre y que se confiesa con su terapeuta diciéndole cuánto la odia.

Mientras tanto, el country -como lugar supuestamente seguro- es ocupado por quienes temen perder sus comodidades o ser estafados por la clase baja. La discriminación está presente en todo momento y Maricruz es una de las que más sufre, quien se lleva a veces unas empanadas en un tupper para su hijo (las empanadas que eran para ella misma) y es demorada por el personal de seguridad por llevarse dicho envase sin pedir permiso anteriormente. La misma empleada que es echada y tratada como delincuente por parte de estos detractores del poder.

Nadie quiere ser nadie2Dicho poder es esbozado por cada uno de los personajes, por los que tienen dinero y los que no.

Las uniones se van dando por afinidad y espontáneamente hasta que quien se creía superior menciona: “La empleada doméstica la pasa mejor que yo”. Este giro rotundo le demuestra que enriquecerse no siempre es sinónimo de soñar con los ojos abiertos.

También se marcan las distancias entre los trabajadores y los dueños de casa con la música. Así es como la cumbia aparecerá de fondo cuando Maricruz ingrese o salga del country y tenga alguna conversación o acercamiento al hombre de seguridad.

“Todos controlamos a todos”, menciona él y luego vendrá una canción a dúo interpretada por ambos empleados que estará relacionada con un mundo claramente no real pero que bien podría existir en su imaginación como mecanismo de supervivencia.

Realmente Nadie quiere ser nadie es una obra de teatro muy ágil, dinámica, entretenida y con mensajes muy claros a transmitir; con un elenco bien consolidado entre los que se destacan algunos más que otros. Tal es el caso de Salomé Boustani, de Natalia Olabe, de Guillermo Jáuregui y de Analía Gadda (quien además de actuar, canta y toca su guitarra). Como es costumbre en ella, le otorga ese plus mágico a su interpretación. Sus melodías invocan la canción de Moris De nada sirve, que calza perfecta para la presente historia: de nada sirve escaparse de uno mismo…

Tras las rejas también se habla de inseguridad, parece ser un monstruo temido, evocado, ocultado y hasta un resabio de sus propias fantasías conformadas por el odio a quien es diferente a sí mismo. Cuando la ironía está presente, la peor realidad es posible de digerir, al menos por un rato.

 

Mariela Verónica Gagliardi

 

 

 

 

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Patriotamente equivocado

Sueños americanos5

Es archi conocido el término sueño americano y, muy bien no se sabe el por qué, gran parte de la sociedad mundial quiere asemejarse a la cultura yanqui, copiando e imitando modelos impuestos a lo largo del tiempo.

Vestir como ellos, lucir como ellos, hablar como ellos, reír de cosas que no nos causan gracia porque es otra cultura y pretender ser lo que no somos.

Hace muchos años Michael Moore rompió con el esquema intocable norteamericano, realizando varios documentales sobre lo que significa reivindicar a dicha sociedad, sus costumbres, heroicidades y poder burlarse de lo que no le parece correcto -a pesar de haber nacido allí-.

Durante una hora, aproximadamente, Dennis Waisbrot -otro americano arrepentido- monta una obra no solo divertida sino profunda, que roza el grotesco, la comedia y el drama, llamada “American dreams and an elephant” (dirigida por Lía Briones).

Lo interesante de la obra es cómo está planteada y desarrollada: unos sketchs, totalmente diferentes unos de otros, llevan adelante la propuesta, utilizando al idioma inglés como lengua principal -subtitulando todas las conversaciones en una pantalla gigante- y, facilitándonos la comprensión.

Vale aclarar que el acento y fonética de ambos actores es perfecta y natural. Este punto les permite a los artistas, el poder interpretar y actuar de lleno sin otras preocupaciones.

Intercalando un sketch de otro, aparece ella: una cantante de jazz de los años 30, con su vestido de gala e imágenes de fondo que complementan sus cuadros musicales. Este es el sueño americano que dista mucho de la realidad, al menos de la realidad imperante en la actualidad mundial.

Para reír-nos, estas pequeñas historias permitirán que cada uno escoja la de su agrado ya que el único hilo conductor está basado en la ridiculización y no en el argumento central.

Sin dudas, la historia de un taxista argentino es la que más llega al público. Un trabajador que recurre a recursos clownescos para componer su personaje y burlarse del lugar donde vive. El país del norte, por donde desfilan una cantidad enorme de artistas -con mucho glamour- y estilo. Él ahí, conduciendo un auto, sin poder alcanzar la cima del “éxito”.

Y, haciendo foco en el título de la dramaturgia, un elefante es solo un accesorio para decorar el vacío superficial existente. Este hermoso peluche que ni siquiera es del color verdadero del animal con trompa, está apoyado en el piso, viaja en taxi y acompaña a quien lo toma. Como cualquier objeto.

“Agua, agua en todas partes y nada que beber” – fue uno de los mensajes más claros y concisos que resumen toda la idea del argumento. Una escenografía de cartulina que se derrumba con solo soplar, como un lobo feroz, que desgarra a los más débiles ilusionándolos sin sentido. Los fuertes no tienen necesidad de sumergirse en la nada para sentirse importantes o partícipes de algo artificial. Y se me viene a la cabeza The Truman Show, aquella película -protagonizada por Jim Carrey- que, lejos de ser simpática y divertida, toca un punto débil llamado identidad.

Si todos quieren ser iguales y lograr lo mismo, ¿dónde está la singularidad de cada uno?

Seguir la moda, vestirse iguales, hablar iguales, ser idénticos para sentirse parte de un todo irreal que con soplar se desvanece: como un castillo de arena.

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Cada cual atiende su juego

Casa adentro3

Cada familia es un mundo, se suele decir.

De las puertas para adentro, nunca se sabe lo que pasa.

Los códigos y estilos de vida, varían tanto como la tonalidad de un vestuario.

“Casa adentro” (de María Colaneri y dirigida por Paola Luttini), es una desafiante historia que intenta develar aquellos misterios tan íntimos como vulnerables.

Antes de que comenzara la obra, el mayordomo de la familia cantaba She (de Charles Aznavour), ese tema de amor tan trágico. Sorprendentemente, la trama no tenía absolutamente nada que ver con dichos versos, lo cual logró desconcertar. Mientras un guitarrista acompañaba, las luces disminuían su claridad para dar paso a la dramaturgia.

Es simple hacer foco en la historia, ya que se trata de un padre (Mariano Singer) que vive con sus hijos (Josefina Pittelli y Mathías Muñoz Percat) y un mayordomo (Guillermo Jáuregui). Hasta acá nada revelador, hasta que una “enfermera” (Romina Moretto) aparece en la morada. Punto y aparte.

Desde su llegada, la casa cobra vida, se plaga de colores e intenta romper barreras. Angustia, realmente, todo. Un chico autista, en silla de ruedas. Su hermana, un tanto retrasada, débil. Y un padre autoritario, violento y ausente como tal.

Las acciones que transcurren son reiterativas, estructuradas y marcadas por el reloj del mayordomo. No existen otras secuencias que llamen la atención, hasta que la enfermera pretende llenar de vitalidad las cuatro paredes asfixiantes.

Una familia que no ve la luz, que no conoce el exterior y que se recluta por miedo a sufrir y no ser parte de la sociedad. En un momento, el padre apela a la lástima, diciendo que el diferente se queda afuera. Él es distinto al estereotipo ya que su maldad lo absorbe, lo hace cometer actos de los que no se arrepiente, llegando a su punto más álgido, desesperándose e intentando mantener una cordura inexistente.

El señorito, con la mirada desorbitada, mirando a la nada misma, aplaudiendo, riendo, actuando e interpelando a la confianza del público. La señorita, deambulando y haciendo la rutina básica de comer, dormir y dejar pasar el tiempo. Ese tiempo marcado por un reloj de bolsillo. Una casa que se rige por los minutos y segundos, sin necesidad de hacerlo. Tres individuos, incapaces de ver la luz del sol, de hacer su propia vida y de ser buenas personas.

Como una sentencia, ellos están presos, no tienen sueños, deseos ni forma de hacer el bien. La manera que encuentran de transgredir, es siendo crueles y enfermos mentalmente. Asombra cómo ocurre el desenlace y son simplemente unos pocos momentos hacia el final los que ayudan a tener dos historias posibles. Los más melancólicos se quedarán analizando la primera y los amantes del suspenso y terror psicológico, la segunda.

Increíble el aroma a verduras recién cortadas para la cena o familiar, pudiendo ingresar en un universo de códigos diferentes donde el olfato ocupa un lugar importante.

Esto puede notarse en la cocina, en el pañal del niño, en la putrefacción del lugar que imaginamos gracias a los diálogos y la posibilidad de ser parte de una historia íntima, bien de cerca, teniendo a los artistas entre nosotros, sin el escenario que los mantiene alejados e imposibles de observar.

“Casa adentro” es un ejemplo de tantas otras casas, de tantas otras familias o clanes. Quizás sorprenda o impacte la crueldad, el morbo y la desesperanza. Pero, seguramente, conozcamos más de un caso similar o con algunos tintes de esta obra.

Durante una hora, un sinfín de situaciones similares se desarrollaron y no hubo modo de acallarlas. La realidad ficticia protagonizó una pieza teatral diferente, con buenas actuaciones, donde cada intérprete tiene la posibilidad de desarrollar su papel y el factor sorpresa como regalo.

Que un final cambie todo, no es fácil de conseguir. «Casa adentro», lo logra gracias a la buena complementación entre directora y dramaturga. Dicha unión no consigue más que lo que buscan todas las obras de teatro: dejar una huella diferente, un mensaje concreto, la posibilidad de hacer pensar al espectador y de convertirse en una historia con introducción, nudo y desenlace.

Detrás de las paredes existe un mundo diferente al que vemos afuera. La escenografía no pretende impresionarnos sino conformar los actos determinados, utilizando aquel objeto preciso que ya describa el contexto.

Mientras las bellas voces quedan flameando en al aire, las canciones se repiten, los individuos enloquecen y los actores llegan a su fin.

Casa adentro ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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