*** Octubre 2017 ***

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Escribir sobre determinadas temáticas que pueden no requerir investigar pero sí indagar en nuestro interior; es lo más difícil que puede existir. Porque vincularnos con un texto, con unos personajes adorables como los de Otoño (escrita y dirigida por Marcelo Ruiz, sobre un cuento de Julia Gambetti) y con una atmósfera cálida, angustiante y que, incluso, tiene un ritmo reiterativo -que no agobia ni cansa al espectador- requiere un mayor compromiso.

Así como durante el verano podemos disfrutar de los días infinitos de sol, en primavera continuarlos y en invierno descansar un poco de las altas temperaturas; es el otoño la estación más temida por sus lluvias, por sus paisajes secos y melancólicos en los que quizás lo que más se disfrute sea el pisar las hojas secas y escuchar el crujir sensacional. Fuera de eso, podríamos desear amanecer con rayos luminosos y no desesperarnos por las nubes incesantes.

Cuando el clima es fresco y dura largo tiempo, los problemas que se puedan tener se exacerban… por algo se habla de las fuentes de energía en las culturas incaicas.
Basándonos específicamente en el argumento de la presente dramaturgia es que vemos a una tía (Dora Sajevicas) que vive en un geriátrico y a su sobrina (Lorena Cammar) que la visita cada domingo. Nuevamente aquí, el autor precisó encontrar varias herramientas vinculadas con el estado de ánimo, con la depresión, con el miedo. Pero Otoño no es solo un conflicto o varios sino una historia muy tierna en la que se recurre a los vínculos humanos tantas veces olvidados.

Una tía que no representa a la tradicional ancianita sino a una mujer con un gran pasado, llena de anécdotas y vivencias amorosas con las que podría escribir varios libros y tener éxito. Quizás, el éxito que no tuvo en su vida real por no animarse a plantear lo que sentía.

Siempre pareciera salir a la superficie la famosa culpa, apuñalando de un solo golpe a aquel que se atreva a soñar sin piedad del qué dirán. Como si el valiente fuera tildado de todos los insultos habidos y por haber, dejando en escena solo a los “prudentes” y “leales”. Como si el traicionar a los demás fuera peor que traicionarse a sí mismo.

Existen bailes, cantos, sonrisas, llantos, más risas y un sinfín de sentimientos que harán viajar al público hasta un lugar que no es sencillo llegar -sobre todo cuando no se tienen cuestiones resueltas-. No pretendo asustar ni estigmatizar a la obra con estos comentarios, sino todo lo contrario. Podría definir a Otoño como una pieza artística totalmente noble, bien narrada, en la que sus dos actrices se lucen y en la que es posible plantearse muchísimas cosas de la vida misma. Solo hay que estar abierto y sensible porque la energía que se vive durante la función pone la piel de gallina, ¡haciéndonos sentir vivos!

Creo que todos, absolutamente todos, nos planteamos en algún momento quién se hará cargo de nosotros en la vejez, cómo accionaremos cuando nuestros padres alcancen una determinada edad o simplemente qué es lo que se debe hacer ante determinadas circunstancias en que un cuerpo no responde como en la juventud “eterna”. Los mal llamados gerontes, como si se los denominara similares a un trapo de piso, desprovistos de gracia y acomodados en el mueble que menos incomode. ¿Es mejor persona el que hace a su pesar o el que sigue el instinto de deseos, dejando atrás todo tipo de “obligaciones morales”?

Si no existiera la culpa, la sinceridad se apoderaría de cada rostro y la luminosidad haría olvidar a la estación más triste del año.

Una historia para reír y llorar, para conmoverse y para agradecer cada minuto de existencia en este mundo. Mientras el amor reine en nuestras vidas todo será posible y cada rinconcito olvidado podrá convertirse en suspiros de enamorados, en fragancias de flores y el más exquisito té de un domingo por la tarde.

Esta función se realizó en el Teatro El Errante (Av. Rosales 1345 – Palomar)

Mariela Verónica Gagliardi

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