*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Archivo para julio, 2014

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Exceso de amor

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Como si se tratara de la filmación de una película, Tomás Romero (Diego Beares), recrea la supuesta historia de su vida de una manera muy interesante. Nosotros, como público, estamos ahí presentes, viendo desde la selección de los actores en un castigo hasta el desarrollo del film.

Los días más importantes de esta figura son narrados y puestos en conocimiento de los espectadores para disfrutar de una historia llena de momentos graciosos y, también, conmovedores. Las representaciones corporales se hacen presentes para poner en ridículo a diferentes canciones que han liderado rankings musicales y, exprimen, al máximo, sus potenciales. De esta forma logran montar una obra dentro de otra.

Las escenas logran su esplendor gracias a una narradora que podemos ver si tan sólo miramos para el primer piso. Su voz y gracia dotan a Ego de una magia increíble.

Aquellos aspectos más cómicos son justamente los relacionados con el mundo gay. En este caso, burlarse de las situaciones más estereotipadas por la gente son tomadas y apropiadas para «Ego, mi verdadera historia». Y el ego como egocentrismo, como forma de vida y de ser; ingresa en varios de los intérpretes para quedarse.

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Imposible pasar por alto la participación de Jimena Piccolo quien ha estado durante varias temporadas en Chiquititas y desde el principio de la tira de Telefé. Igualmente, no tiene un rol protagónico sino meramente secundario aunque relevante a nivel argumental.

Un actor principal -quien además oficia de propio director- en su película autobiográfica y en la pieza teatral, es cuestión de ego. Quien no puede o sabe dividir responsabilidades es egocéntrico. En eso se centra Ego y en torno a eso giran los diálogos: personajes perdidos y en busca de identidad, una identidad que Beares se encarga de tallar a su propio antojo y placer. Es la segunda temporada de esta obra y, la sala llena, demuestra sus aciertos.

Ego5Me sentí como en un set de filmación de Hollywood observando y aprendiendo sobre la elaboración de una película importante que marcaría un antes y un después. Otro aspecto fundamental que afirmo como el éxito de la historia es la exageración en cada personaje que llega a concebirse como grotesco sino natural a lo largo de la dramaturgia.

Un adulto simulando ser un niño caprichoso es uno de los que más llamaron mi atención. Vestido con jardinero y sin poder despegarse de su oso de peluche, ganará con ternura su lugar. También sobresaldrán, pero de otro modo, los cuerpos tallados y tanto los ojos femeninos como los masculinos no podrán despegarse de éstos. Y no es un detalle menor la producción del público masculino.

A menudo somos las mujeres quienes intentamos destacados por la ropa, maquillaje y peinados. Olvidense, porque la platea gay nos supera ampliamente. Es una de mis debilidades estar entre ellos. Son más afectuosos, demostrativos y sensibles. Sin lugar a dudas, los elijo. Su pasión se pone en juego desde el comienzo y si existe alguna equivocación u olvido, pasa desapercibido.

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Me interesa mucho la puesta en escena ya que son solo unas sillas las encargadas de adornar el espacio y alojar a Beares, quien da la espalda a su platea hasta el final de la historia. Así como suele escucharse que un actor jamás debe dar su espalda al público, creo que habría que hacer una corrección: el elige hacerlo, no se confunde con la teoría.

Sus palabras y oratoria no necesitan mostrar el rostro para convencernos. Pero, cuando llega el desenlace de Ego, lo contemplamos y sus ojos justifican todo. En un ambiente hostil como el de un prostíbulo es posible sufrir con un asunto muy delicado como lo es la maternidad y Clara (Denise Bellatti) refleja a cada joven irresponsable o ignorante que asume su error dando a luz. Ella es la contracara del narcisismo y de la posibilidad de amar a otro.

Entre las risas se oculta el llanto pero cada rol se encarga de personificarlo desde su lugar y a su manera.

ficha artístico-técnica Ego

Mariela Verónica Gagliardi

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No existe manera de silenciar un cuerpo

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Y todavía sigo repitiendo en mi mente aquella secuencia que duró alrededor de diez minutos. Una y otra vez se repetía. Sin palabras, sin olvidos, sin sentido al parecer. Todavía recuerdo esas piernas cansadas de moverse, esos pies callosos y cada traslado, al parecer, inútil.

Pero, una breve interrupción en la sala provocó un giro inesperado en “Permiso… ¿puedo hablar?” (de Lucho Cejas). Una de las actrices, haciéndose pasar por público, nos dejó boquiabiertos al expresarse como quiso: pidiendo la devolución del dinero de su entrada. Esta ocurrencia nos relajó un poco ya que, vale aclarar, se estaba volviendo un tanto monótona la danza.

Está bien pedir la palabra, levantar la mano… lo que no está bien es ser silenciado, reprimido, callado, matado en vida. ¿Qué es la libertad de expresión?

El ritmo, el cansancio, la inercia y las ganas -antes que nada- de ser. De ser libre como un ave, de desplegar los brazos Permiso12como si fueran alas, de sentir cada partícula de aire y respirar y oxigenarse. Pero nada de eso es posible, porque hay seres más fuertes que tienen intereses, que no viven ni dejan vivir, que odian y detestan al que ama.

La danza contemporánea es bella de por sí, porque cada cuerpo puede elegir su movimiento y por más que realicen una secuencia o canon, jamás será igual al de otro. Es maravilloso que cada uno pueda moverse a su modo, hablar según su conciencia y sonreír según sus ganas.

Durante toda la obra de teatro-danza puede notarse esto justamente. Mientras unos se expresan otros intentarán frenarlos, atarlos y exterminarlos cual bichos.

¿Estamos en presencia de una dictadura lingüística o corporal?

¿Por qué molesta tanto que otro sea como es, que diga lo que siente y que quiera ser libre?

¿Cómo se puede vivir sin tener una ideología, sea cual fuere ésta?

¿Son, acaso, tan débiles los que digitan el poder que tienen miedo de ser relegados a un costado, a no ser tenidos en cuenta?

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Sufrí, me emocioné y quise gritar. A todos nos pasó algo similar y la angustia nos invadió por completo al verlos de más cerca, al notar que los artistas son personas que interpretan sentimientos y que, a su vez, sienten como ellos mismos, que hagan el rol que hagan no dejarán de expresar con cada una de sus partes un sentir grupal.

Es muy difícil comunicar una performance tan deliciosa y amarga a la vez, con tintes de miedo, tensión, alegría y, finalmente, paz.

En cuanto notaron que sus posturas y su caminar no era lo que más querían, optaron por destrezas más grandes como trepar paredes, hacer determinadas figuras de a pares o en conjunto, buscando -una y otra vez- la manera de decir con los sentidos, sin la palabra. Silenciando las letras, el abecedario y dándole protagonismo a los ojos, al rostro, a las Permiso2manos, a las piernas, glúteos, pies, pelo, frente…

Desvanecieron de golpe, se trasladaron de a poco, continuaron como empezaron, intentaron ejemplificar sus dolores y los entendimos.

“Permiso… ¿puedo hablar?”

Quién dijo que se habla solo con vocablos, con las cuerdas vocales, con sonidos?

La música habla, los genitales hablan, el corazón habla, las lágrimas hablan, los pasos hablan, la represión habla, el miedo se transmite, invade, recorre lentamente hasta apoderarse.

“Permiso… ¿puedo hablar?”, iba de a poco escribiéndose en la pizarra que conformaba la escenografía.

El Teatro El Cubo, con la sala llenísima, escuchó a cada artista. Los abrazamos con el alma. Entendimos su padecimiento y aplaudimos estar en democracia.

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ficha artístico-técnica Permiso...puedo hablar

Mariela Verónica Gagliardi

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Dolores pasados, verdades reveladas

Un bebé en camino, una suegra malvada y un marido ausente son la combinación perfecta para que una mujer embarazada sienta fervientes deseos de desaparecer del mundo.

Es sabido que la dulce espera no tiene demasiada dulzura, sino todo lo contrario. La fealdad se apodera por completo del ser y la pobre femeneidad se oculta detrás de un hombro, asomando solo en sueños.

El cuerpo cambia y el hombre que acompaña deja de hacerlo. Éste siente que su esposa es futura madre y no ya mujer.

Marcelo Iglesias (Director de la pieza teatral) supo escoger a los actores precisos para que la trama pueda desenvolverse de la manera más real y absurda posible.

Zoe (Rosana Boneto) tendrá que soportar hasta las peores humillaciones por parte de su suegra (Graciela Levaggi), sin contar con el apoyo de su compañero de vida Sasha (Ignacio D’ Olivo). Pero, a no desesperar que se trata de un melodrama, con muchos códigos de humor negro y estallaremos de risa hasta al ver caer la panza redonda en la cama sommier.

Hay que aceptar, digerir y disfrutar una buena comedia. Apartar por unos minutos esas rígidas estructuras que nos dicen qué está bien y qué está mal.

Teniendo en cuenta estas condiciones, quien no ría será por falta de comprensión. Nada de decir uy pobre! Sobre tal personaje porque estaremos saliéndonos de la pista humorística.

No existe una gran elaboración en los diálogos y es que la obra «De mi madre» no apunta a eso, sino a las sensaciones surgidas en una familia durante un embarazo y a la crueldad desencadenada por ese periodo.

Todo es producto de la naturaleza pero lo cierto es que Zoe estará viviendo en un cuento de terror hasta que sea dormida para siempre. Blancanieves, La bella durmiente y tantas otras princesas casi pasan por eso.

Pero, el detonante de la pieza teatral, es la aparición de una mujer negra (Claudia Schanzenbach) dentro de una caja. Ella será una especie de cantante que amenizará las situaciones conflictivas de la casa haciendo estallar en ira a la pobre mujer.

Lo más ocurrente será la cantidad de justificaciones que dirá su ama y tanto tortura física como psicológica que parecerá sin desearlo en absoluto.

El final será como la gota que rebalsó el vaso y no hay que buscar similitudes con hechos reales porque cambiaría totalmente la carátula de la historia.

En cuanto a los temas que se abordan no son todos en torno a un bebé y embarazo sino a la miseria humano y su egoísmo. El humor negro es una buena herramienta para evocar y transmitir sin herir, pudiendo elegir una narración como pretexto para, luego, argumentar sobre la vida, la venta ilegal de niños, la desvalorización del otro, la infidelidad, el desamor, el statu-quo y la cobardía que lleva a una persona a decidir por otras -ocultando verdades demasiado desgarradoras-.

De mi madre, de su madre, de cada una de las madres que eligen parir sin saber para qué ni por qué.

De mi madre, puesta en boca de su hijo quien tiene más interrogantes que respuestas y que cualquier.situación le será útil para escapar de la responsabilidad que le corresponde.

Y, de la madre de la negrita privada de su libertad, ocultada en cuatro maderas que no pueden ni saben hablar pero sí recordar el triste pasado.

Mientras el tiempo pasa, el monoambiente albergará risueños momentos y descabellantes situaciones que nos harán reír relajadamente. Hasta que nuestra mente tenga que analizar y para ese entonces la función habrá terminado.

Mariela Verónica Gagliardi

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¿Percepción o realidad?

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La muerte, más que el nacimiento, suele unir a las personas que estaban distanciadas. Este es un misterio que, al día de hoy, no logro entender del todo. Como si la melancolía fuese la encargada de juntar por un momento a seres que se odian pero que los recuerdos logran superar cualquier sentimiento negativo.

«El estadio de arena» (de Patricio Abadi) logra captar la esencia de una situación muy dolorosa como es la muerte de un padre y, en pocas horas, rememorar aquellos conflictos sin resolver.

Se trata de dos hermanos (Santiago Gobernori y Pablo Seijo) que, infantilmente, se han disputado el amor de una mujer. Pero, después de muchos años sin hablarse ni verse, ese tema no había salido realmente a la luz.

Ellos han encarado sus vidas de manera tan diferente que por más que intentaron diferenciarse el uno del otro, la El estadio de arena1vida se ha encargado de demostrarles que son dos caras de una misma moneda.

Además de esto, uno intenta mostrarse más frío y estructurado, mientras el otro hace renacer su costado más cursi y romántico.

Ninguno se ve demasiado realizado con el camino escogido, pero hay algo que los abrazará para trasladarlos a su infancia, una infancia en que su padre estaba vivo y les enseñaba fútbol.

La aparición de una pelota les permitirá jugar, brevemente, intentando que el poco tiempo que permanezcan en la playa sea inolvidable.

Una mirada al pasado será esta obra -cargada de emociones- y, al finalizar, era imposible que no nos conectemos con parte de nuestra historia.

Abadi logró lo que suele costar tanto: el famoso cuento con principio, nudo y desenlace; sumado al plus de explorar la intimidad más dolorosa al punto de desgarrarse.

La arena, una rambla y el rememorar momentos y lugares de Uruguay, nos sitúan exactamente donde el autor desea El estadio de arena6pararse. Debo asumir que disfruto y admiro el teatro autobiográfico, por más ficción que sea en una parte o en su totalidad. Me voy plagada del sabor a chivito, a mar, a niñez, a la sensación de los pies  cuando rozan la playa, a antes, a tiempos que podremos traer a la fuerza y que, sin embargo, no podremos obligar a anclarlos.

Un profundo dolor se siente y observa en esos rostros inclusive antes de que lloren y la presencia de Jazmín (Marina Glezer) podrá develar el sufrimiento que sienten estos hermanos. De a poco las gargantas se van cerrando hasta que escuchamos el comienzo del dolor. Ese dolor que, desde las entrañas, es imposible tapar u ocultar.

El potrerito, en este caso, es un espacio natural que evoca recuerdos, pases, balones y la simpleza de la niñez.

«El estadio de arena» vendría a ser un pasado revelador, muy similar al común de la gente y, justamente, este aspecto es el que logra empatizar con el público.

Escribir e interpretar roles complicados y retorcidos no siempre tiene sentido. Esta obra justifica lo simple sin desvalorizar el guión. Al contrario, realzando la vida cotidiana, los roces familiares, las palabras nunca dichas y los amores frustrados.

Un estadio, un corazón roto como una ola cuando está llegando a la orilla.

Mariela Verónica Gagliardi

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Ácidamente real

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La guerra y el amor nunca triunfan, dice uno de los actores en cierto momento de Agridulce (escrita por Laura Jozami y dirigida por Sebastián Pajoni).

Esta dramaturgia se erige como comedia dramática, utilizando muchos recursos televisivos. La frescura de Isabel (Silvia De Luca) va marcando la línea de la historia, sin ser el personaje principal. Dicha elección me parece muy interesante ya que el público no debe estar solo pendiente del hilo conductor de la pequeña Teresa (Nicole Grinberg) sino que puede elegir a una segunda narradora.

Los diálogos, a su vez, utilizan lenguaje cotidiano, simple y con gran carga emocional.

Cuántas veces hemos escuchado el dicho agria como el vinagre.

Pero Teresa es una joven sufrida, que no encuentra un hombro siquiera para consolarse. No tiene maldad ni rencor, sino la verdad de cada miembro de la familia y ésta no está preparada para asumirla.

Ser la más joven en un hogar suele relacionarse con la inexperiencia, la falta de madurez, «poca calle» como suele denominarse.

Ella tiene en claro a qué quiere dedicarse, quién es quién, dónde están las flaquezas y debilidades de sus parientes, entre otras cosas.

A medida que avanza la historia se van descubriendo secretos. Unos más tristes y reveladores que otros.

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Pero, lo interesante, es que nosotros como espectadores conocemos toda la información, mientras que ellos no. Algunos tendrán ciertos datos que los otros no y, el desenlace, de Agridulce no es el esperado ni ansiado.

Si bien no somos norteamericanos fuimos creciendo en una sociedad de consumo bastante yanqui, por lo cual los finales felices son los que más anhelamos.

El tema es que para esta historia no se sabría qué desenlace sería el mejor o más alegre.

Los personajes conviven en un mismo hogar pero, todos, son demasiado diferentes y opuestos entre sí.

Solamente el breve regreso de uno de ellos desde la ciudad será el detonador de todos los conflictos que eran aceptados como moneda corriente.

Una familia compuesta de modo no tradicional demuestra que alberga los mismos problemas que una común.

Agridulce3Por otro lado, cada objeto, decoración y detalle de la casa; demostrarán que las penumbras presentes no podrán ser realzadas con velas ni luz artificial. Los problemas llegaron para quedarse y desentrañarlos causará dolor pasado, al igual que una profunda angustia presente.

Un limón es comparado con lo agridulce, ocultando que esta fruta no tiene nada de dulce.

Así es la vida de cada uno de ellos: una total hipocresía, en un pueblo del interior.

Mariela Verónica Gagliardi

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