*** Junio 2017 ***

Barbro Lindgren es la autora de esta bella y conmovedora historia -adaptada a obra de teatro-, llamada “Historia de un pequeño hombrecito” (Sagan om den lilla farbrorn) que ya está llegando al final de sus funciones en esta nueva temporada de invierno.

Llegamos, descendimos las escaleras y ahí estaba él, tan ansioso como adulto, tan alegre como idílico, tan pequeño como enorme.

Fernando Álvarez es el portador de un esbelto cuerpo que nos abraza y traslada a la niñez -presentando situaciones totalmente reales por las que todos hemos pasado-. Aquel nene que solo, sufre por no tener con quien pasar las tardes, con quien jugar, con quien reír.

Pero, este niño no es malvado ni perverso, sino que no ha tenido la oportunidad de conocer a otros y darles todo el amor que lleva en su corazón. Su humildad y ternura atraerán a un perro, con quien muy pronto se entenderá. Aunque, necesitará a alguien de su especie para comunicarse completamente. Para ello, aparecerá una niña que en un primer momento acaparará la atención del animal, sin darse cuenta de esto.

La particularidad del hombrecito es que duerme sobre un baúl, al parecer en la calle, sufriendo frío -además de tristeza y desamparo-. Es un alma abandonada que, por suerte, encuentra y conserva fielmente como un perro, el cariño que se le va presentando.

Él es capaz de cubrir con su amor todas las necedades del mundo y de dar sin esperar algo a cambio.

Los días, las noches, transcurrirán velozmente y el pequeño entenderá que para conseguir algo que desea, debe pedírselo a la vida, al cielo, al universo. Pero para eso tiene un pizarrón y cada anhelo será escrito allí, para reforzar su convicción.

Su simpatía lo mostrará trasladándose de un lugar a otro -nadando con diferentes estilos- como quien juega sin cesar, respirando como si se tratara de la última partículas de aire.

Esto es lo que se entiende de Historia de un pequeño hombrecito, la valoración del tiempo y, por ende, de la vida.

Claro que el niño no puede descubrir determinadas cuestiones profundas porque su corta edad aún no le ha enseñado. Pero se trata de un pequeño hombrecito que se luce alto y grande. Un pequeño en busca de compañía de cualquier índole. Solo le falta dialogar con las plantas como para que se sienta el vacío que lo invade.

Un hombre no siempre tiene el valor de transmitir lo que siente… un chico sí. La sinceridad entre uno y otro es abismal. Lo que el mundo de los adultos suele resaltar es la transparencia que caracteriza a los infantes, aunque -contradictoriamente- no estén preparados para recibir crudas verdades.

El compañerismo, la solidaridad y el amor son mostrados como nobles; otorgándole a la historia aquellos valores de antaño. Y, a decir verdad, Lindgren escribe este cuento en 1979, año en que ocurre un hito histórico: Suecia deja de considerar una enfermedad a la homosexualidad.

En dicha obra no existe vínculo con la homofobia o inclinaciones sexuales pero, sí, con lo liviana que se siente una persona al mostrarse como es -sin tener que ocultar sus miedos o vergüenzas, detrás de una careta-.

Cada melodía pinta una escena diferente y que conlleva a lo mismo: la amistad y unión entre dispares, de los que se puede aprender, copiar, imitar y enseñar.

Enseñar sin restringir. Aprender sin juzgar. Imitar sin burlar. Copiar, admirando.

Mariela Verónica Gagliardi

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