*** Agosto 2017 ***

Los cuerpos4

Cuando la palabra deja de ser necesaria y pasa a ser un recurso obsoleto, surgen propuesta tan impactantes como esta, donde dos hombres se desdoblan hasta convertirse en caballos. Pero, estos animales, tampoco precisan de sonidos que los evidencie como tales.

“Los cuerpos” (interpretada y dirigida por Ramiro Cortez y Federico Fontán) es un llamado urgente a los tiempos fugaces en que vivimos. Esa soledad que se siente hasta en lo más profundo del corazón, a pesar de estar acompañado.

Ambos artistas-bailarines, se desplazan por todo el espacio escénico, permitiendo que disfrutemos de la danza contemporánea en todo su esplendor. Casi todos sus movimientos son a ras del piso y con tan solo miradas ya dicen todo lo que pretenden.

Existen las sutilezas así como la brutalidad, demostrando que un hombre-animal convive en ellos. Que son dos seres en un mismo cuerpo y que, inclusive, los dos participantes se amalgaman hasta complementarse como uno solo. Por momentos son caballos -con unas cabezas de animales perfectamente confeccionadas- hasta que se observan, detenidamente, y ya no tienen miedo de gritar,  sin gritos, quiénes son.

Pasé por todo tipo de sensaciones durante la función de Los cuerpos, teniendo una presión en el pecho al borde del nerviosismo, enamorándome luego, sintiendo pasión por tales movimientos tan complejos de reproducir e intentando decirles que paren, que ya es suficiente lo desarrollado en escena.

Sucede que sus vientres se contraen y expanden hasta conformarse ya no como humanos, sino como animales feroces, transpirando, uniéndose y generando varias emociones. No es sencillo que una dupla masculina pueda con tan poco dar tanto. Son solamente dos con sus máscaras, un suelo negro y nada más. Las luces se encargan de remarcar dónde hay que prestar atención y en penumbras, también, ocurriría lo mismo, aún sin ser conducidos.

Conocerse es el puntapié inicial para crear un baile que no lleva giros ni desplazamientos clásicos, sino puramente conceptuales y enérgicos. De repente, notamos cómo un talón es absorbido por la boca de su compañero y, de ahí en más, se mueven sin que exista separación entre ellos. Transcurren los segundos, los minutos y la desesperación me invade. No comprendo cómo pueden respirar y es que la racionalidad, en este punto, ya no ayuda a develar ni este misterio ni otro. Se convirtieron en esos caballos salvajes tan tiernos como pasionales. Se buscaron tanto hasta enamorarse y fundirse en un solo cuerpo.

Los torsos desnudos, diferentes pero complementarios, con distinta musculatura y agradables a la vista humana; se convirtieron en energía. Lograron desplegarse de la superficie terrestre y, permitirnos, volar, crear con la imaginación, sentir sin miedo, amar y odiar a la vez, atraer y rechazar, creer y descreer.

No vi jamás en mi vida un despliegue de esta índole, con pocos objetos y exprimiendo, al máximo, el potencial artístico. Ellos ponen todo en juego, se desnudan con el alma y solo quieren un reconocimiento, una aceptación. Esto está en sus caras de jóvenes soñadores que intentan para conseguir, que dan para lograr.

Mientras sus manos intentan unirse, la emoción del público se siente. Es imposible no alegrarse y sufrir con Los cuerpos.

Los cuerpos ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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