*** Agosto 2018 ***

“Un día de verano” es el título de la obra de Jon Fosse -dirigida por Alfredo Staffolani-, la cual desde una historia sencilla (pero bien contada), logra crearnos un espacio para varios cuestionamientos.

A dónde va un hombre cuando deja este mundo? Qué es lo que busca un humano cuando siente que su camino no es el que recorre a menudo?

Todo transcurre en una tarde fría y lluviosa. Los sonidos de mar y pájaros son los encargados de ambientarnos en esta curiosa narración.

Una pareja (María Duplaá y Fabián Carrasco) consigue la casa de sus sueños a orillas del mar. Una vez logrado esto, sus vidas parecen estancarse, abandonarse y las desgracias se avecinarán.

El marido no quiere estar en la casa con ella sino en el mar al lado de un fiordo, como cuando era pequeño. Su niñez se apodera de él, sus reacciones también. Él no está cómodo con su relación ni con su presente. No llegamos a saber si tiene otra mujer o si, simplemente, no la ama lo suficiente. Su matrimonio es una pantalla y ni siquiera les sirve actuar frente a los demás ya que éstos no existen.

Él se va siempre. Su ansiedad, su desapego con la casa y para con ella, avanzan a pasos agigantados. Hasta que un día decide irse. No sabemos a dónde, no sabemos cómo. Solo desaparece.

Ella (una vez que él se va) recibe a una amiga. La típica amiga envidiosa que disfruta con la angustia de su par, aprovechando todo lo malo que le pasa para aguantar -de cierto modo- la miserable vida que vive, ella también, junto a su esposo.

La envidia es uno de los factores más predominantes en la obra. A partir de ella, se forjan cada una de las apariencias de los personajes. Estos personajes que simulan tener un propósito, cuando en verdad están muertos en vida. Cuando de lo único que gozan es de la crítica hacia el otro y la bronca por no conseguir lo que dicho semejante consiguió.

La historia es un espejo a la realidad de todos los tiempos, a aquellos sentimientos que juntan polvo, encerrados en un baúl repleto de recuerdos. Pero no son esos recuerdos que ayudan, sino aquellos que estancan la evolución, la superación y el hallazgo interior.

Como toda persona que desaparece físicamente, se suele acudir a la justicia. Para ello, su mujer y amigos se encargan de hacer la denuncia en la policía, aunque no lo pueden encontrar. Quizás porque nunca estuvo. Tal vez porque jamás existió en esta tierra.

Mientras pasaban los minutos, se representó en mi menté la canción de Maná “El muelle de San Blas”. Me pareció casi un ritual la comparación y por más que intenté no hallar semejanzas entre ambos, se me hizo imposible.

Vi, como un espejismo, a aquella señora mayor (María Ibarreta), esperando a su amado. Siempre con el mismo atuendo como para que él la reconozca.

Ella entra en estado de shock y todos los días hace la misma rutina: habla de él, se queda parada frente a la ventana. Se pregunta por qué la dejó, que fue de él. No entiende su ausencia ni tampoco si siquiera está vivo.

Lo único que encuentran es su bote de madera -mar adentro-, pero el cuerpo no lo localizan.

Esta historia es contada a partir de los recuerdos de ella -ya de anciana-, y desde el presente. Como quien rememora lo que fue y ya no volverá.

Cada uno tiene su momento de monólogo y reflexión. De esta manera conocemos detalles contados desde su propio ser y cada situación importante e íntima.

“¿Es así como es la vida, es así como debemos vivir, es así como la vida es?”, menciona la mujer desde su sabiduría.

Así culmina la obra, con más interrogantes que certezas.

Como una puerta abierta, nos permite auto descubrirnos, auto evaluarnos y aceptar cada uno de los aciertos y errores que cometamos.

Somos humanos. Ellos también. Staffolani no pretende darnos una mesa llena de respuestas, ni una enseñanza o moraleja. Sólo exhibir una pieza artística que cuente con un escenario en tonos blancos (como símbolo de pureza), y un vestuario al tono, que convierten a la obra más relajada a nivel visual. Las actuaciones son muy buenas y es, a raíz de ellas, que logramos identificar en nuestros corazones cada momento trágico y saber que este extracto de una familia es la mirada de un universo que -muchas veces- no deja lugar a la espontaneidad, a lo que es, a lo que no se puede modificar porque ya pasó.

Mariela Verónica Gagliardi

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