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Su voz, su vida
Francisco Pesqueira es uno de los poetas contemporáneos que logra encauzar sus conocimientos, homenajeando a grandes escritores como Federico García Lorca, a quien admira notablemente. Su nuevo espectáculo «Oye (los poetas… mi voz» lo coloca en un lugar diferente y distinguido.
En «Oye», Francisco no solo cita a Lorca sino a otros grandes como Antonio Gala, Marcos Ana, Mario Benedetti y Alfonisa Storni, entre algunos de los aparecidos en escena.
Con sus ojitos claros, recordando la infancia, aromas, impresiones y anécdotas; consigue transmitir no solo conocimientos teóricos sino poemas en forma de canciones, en su formato clásico y, se da el lujo de leer cartas escritas para algunos de sus escritores favoritos. Les responde a modo de cuestionamiento, los felicita, los enaltece.
«El cielo, en flor azul y niño, se admiraba. De un vuelo tan en flor que no se oía» (Volé contigo, Antonio Gala) fue la primera melodía que sonó al iniciarse la velada, una velada que tuvo más espectadoras que espectadores, las cuales formaron fila luego de terminada la función para obtener una fotografía junto a su artista favorito.
Nanas de la cebolla (Miguel Hernández) parece ser el pretexto de describir sentimientos, a partir del universo culinario, como si se tratara de una novela: “Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea”.
Otro de los momentos más lindos y conmovedores de la noche fue cuando apareció la cita de Alfonsina Storni, su historia, sus padecimientos y el modo que tiene Pesqueira de respetarla: “Y una noche triste, cuando no me quieras, secaré los ojos y me iré a bogar por los mares negros que tiene la muerte, para nunca más”.
El recorrido poético continúa, con un repertorio escogido e ideado por el mismo autor, quien humildemente pareciera ser un embajador de textos evocados por otros, a los cuales les suma, ahora, su vocación.
Mi casa y mi corazón (Marcos Ana), Intentalo encontrar (Mayte Martín), Memento (García Lorca), De tiempos y océanos (Mario Benedetti), En paz (Amado Nervo) y Para cuando me vaya (Amaury Pérez); completan la línea argumental de este cálido show, el cual se conjuga con el lugar, un lugar como La botica del ángel que presenta a diferentes íconos del mundo artístico.
Como si se tratara de un climax creado a drede, que seguramente lo sea, la melancolía aumenta y por más que intentemos dibujar una sonrisa en nuestros rostros, las lágrimas no tardarán en caer del mismo.
Observé a mi alrededor y pude ver reflejado esto: sonidos de congoja, mezclas de emociones, recuerdos y una manera de enlazar nuestras vidas con estos versos tan bien escogidos.
Quien no sienta un nudo en la garganta y una presión en el pecho, al leer o escuchar esta frase, posiblemente no esté vivo: “Para cuando me vaya no habrá amanecido ni para el amor, ni para el olvido. Para cuando me vaya la vida nos premia, poniendo los sueños de penitencia”.
Pero, para los que sufrimos como parte de la vida, a lo largo de esta profunda presentación, Pesqueira tuvo preparado un broche de oro súper divertido y con el que tuvimos la oportunidad de cantar los estribillos.
Al ritmo de esa canción, que no tendría sentido que revele para que no pierda sentido, la noche cerró sus puertas para abrir otras más: las de aquellas reflexiones que tenemos que tener en la intimidad, sobre el amor, el dolor, la tristeza y las buenas elecciones.
El arrepentimiento no tiene lugar en esta puesta en escena, ¿acaso qué sentido tendría?
Taquito militar
Aún veo esos pies descalzos, cansados de tanta lucha, de tanto golpe, de tanto dolor. Aún veo esos pies deformados por el deporte y las ganas de ese boxeador por llevarse a cualquier oponente puesto para frenar su ira. Aún siento que un boxeador es el excelente reflejo de un cuerpo que se desgasta paulatinamente, dejando vestigios imposibles de subsanar con el tiempo.
Corría el año 1979 y aún la democracia no estaba en los planes concretos de la Argentina. La dictadura militar -ese regimiento estructurado, que pretendía silenciar las opiniones y voces diversas-, estaba, y faltaría un tiempo más para que Alfonsín recuperara los escombros esparcidos en el suelo.
«Cámara lenta» (escrita por Eduardo Tato Pavlovsky) es un drama que simboliza a esos cuerpos agotados de tanto entrenamiento. En esta oportunidad, Dagomar (Jorge Lorenzo), es el boxeador que se enfrenta a los puñetazos de un rival, de la misma manera que quienes tenían una ideología diferente a la vigente eran callados con disparos o represión -en el mejor de los casos-.
Asustar, atemorizar, desvalorizar a quien siente que con su cuerpo no puede enfrentar todo el mal surgido. Golpear hasta el hartazgo, hasta que la sangre se convierta en un líquido difícil de distinguir. Hasta que su sequedad sea como la saliva que se evapora en este luchador empedernido.
Christian Forteza, el director de la presente dramaturgia, eligió narrar los hechos sin escenografía. Simplemente con una silla. Fiel al teatro clásico, todo el mérito se encuentra en el texto y en las interpretaciones que surgen desgarradoramente.
«Como si durante un tiempo nosotros hubiéramos ralentizado todo nuestro intelecto, nuestra capacidad de discernir, la interiorización de la violencia se hizo obvia, la represión no era afuera sino que ya se transformaba en adentro. Hemos tenido que disimular o crear personajes para sobrevivir, y después nos hemos convertido a veces en los personajes, como si un actor se convirtiera después en un personaje que representó en teatro. Pienso que esto nos ha ralentizado en algún nivel y todavía no sabemos bien cuáles han sido los efectos».
Esas palabras, extraídas del libreto original de Cámara lenta, sintetizan la idea principal de la obra. Una obra que puede tener múltiples lecturas, como suele ocurrir con los escritores que se abocan a temáticas socio-políticas.
Aún siento las pisadas firmes en el asfalto, a pesar de que no existieron durante la presente dramaturgia.
Sin mencionar el contexto histórico, mi mente se posó, repentinamente, en la descripta anteriormente. Imaginé los uniformes camuflados, la furia por no poder dominar con inteligencia los deseos de una sociedad que tenía otros sueños. Que, en verdad, tenía sueños y pretendía vivir según sus ideales.
Por otro lado, está presente la mirada autoritaria que se posa en Amílcar (Raúl Mereñuk), el entrenador de Dagomar. Si bien fue quien lo hizo famoso, quien le hizo ganar dinero y gracias a quien está “vivo”; aquel se benefició de todo. No existe bondad de uno sobre el otro sino total interés y, quizás, algo de pena por abandonarlo.
Las extremidades de este ex boxeador están entumecidas, no le permiten moverse por sus propios medios. Está exhausto, acabado. Aún respira, pero no logra que nada lo cautive. Él ha muerto como todos los idealistas de la época, una época que pintó de negro el cielo azul de la patria.
Esta obra, escrita durante los años que estuvo exiliado Pavlovsky en Madrid, goza de una riqueza extrema. Por un lado, de palabras que retrataban una realidad real. Y, por el otro lado, de la incertidumbre que se tenía aquella época.
«Cuando me vinieron a buscar y tuve que abandonar todo, el manuscrito de Cámara lenta fue una de las primeras cosas en las que pensé. (…) El tiempo que se perdía en Buenos Aires durante la dictadura era terrible: los llamados, el miedo, los acontecimientos que te dislocaban, las inseguridades de la incertidumbre futura, uno nunca sabía lo que podía pasar al día siguiente».
Los flashbacks permiten que los espectadores comprendan el pasado y presente de la pieza artística, así como la posibilidad de que los tres personajes destaquen unas temáticas por sobre otras.
Es ella, Rosa (Lorena Penón), quien con su suavidad y delicadeza le da una impronta sensible a la obra. Es ella la encargada de abrazar a estos hombres tan rígidos sin haberlo elegido siquiera.
La Rosa de antes, la amiga de ambos, la que acariciaba a uno, siendo observado por el otro. La mujer que no tendría que desnudarse sino solo mostrar sus pies, esas extremidades tan imprescindibles como para que un cuerpo esté en posición vertical, para que se sostenga, para que no dependa de nada ni de nadie. Ella, con pies perfectos como su aroma, como puede ser la fragancia de una de las flores más lindas, aquella que perfume tantas escenas sumergidas en olores nauseabundos.
Como la caída propia, vista y sentida lentamente. Como la muerte no repentina sino dolorosa, que se mimetiza con el exterior.
Como personajes y personas que pierden el sentido de la orientación. Que no encuentran su rumbo ni estabilidad. ¿Quiénes eran, quiénes son?
Si pudieran acelerar el paso del tiempo, seguramente, lo harían para solo seguir rememorando las peleas en el ring, los aplausos y cada billete que volaba por los aires recordando que nada es gratuito en la vida.
Entrevista a Lucas Palacios
¿Por qué una dramaturgia que gire en torno al perdón?
No creo que la dramaturgia esté supeditada al perdón; pero sí pienso que es una característica del personaje de Pedro. Tiene que ver con sus ganas de ser aceptado constantemente. Siempre pide permiso, no quiere dañar porque piensa que si se enojan con él, ya no tiene posibilidad. Por eso pide perdón.
Una sala de espera en un hospital, en el sector más temido por todos. ¿A qué se debe esta elección?
La sala de espera surgió de la investigación con los actores. En un primer momento todo sucedía en un velorio, después mutó a la sala de espera. Creo que la proximidad de la muerte nos hizo pensar en la vida. Ante una vida que se termina, uno se pregunta, indefectiblemente, qué va a hacer con la suya propia.
¿Considerás que vivimos en una sociedad que habla demasiado?¿Del dicho al hecho hay un largo trecho?
No es algo que hayamos conversado o pensado, aunque entiendo que Pedro pueda representar para algunos un personaje más común, mas reconocible, ese hombre «común» que repite frases hechas o que se siente intimidado por el silencio. Es el típico momento en el ascensor en el que un vecino habla del clima. Pero detrás de esa cáscara se esconde algo mucho más profundo.
¿El humor es fundamental en la vida?
A veces el humor es la posibilidad de ir hacia lugares desconocidos o poco transitados. Es ese niño que dice lo que los adultos piensan, pero no se atreven a decir.
¿Callarse a tiempo tiene sentido?
Calculo que callarse a tiempo tiene sentido; en nuestro caso, y calculo que lo preguntás por Pedro. Callarse a tiempo hubiera sido que nunca sucediera nada.
¿El ser humano se cree muy omnipotente? ¿A qué crees que se deba?
Me gustaría entender a qué se debe esta pregunta. No sé si es así, pero me hace pensar, simplemente, en que vivimos muchas veces como si no existiera la muerte.
¿Crees que imaginar es el primer paso para concretar?
Imaginar es hermoso pero no hay nada mejor que hacer. Mejor una idea, simple, sobre la mesa, que cien geniales en la cabeza.
¿La soledad es uno de los temores más grandes de las sociedades occidentes?
Yo disfruto mucho de la soledad, pero creo que las mejores cosas se hacen con otros.
¿En quiénes se basaron para darle vida a estos dos personajes?
Estos personajes son fruto de la investigación y de la energía creativa que surgió en la compañía. Se basan en nosotros mismos. O en aspectos de los personajes que nos habitan.
¿Pedir perdón a tiempo puede ser un alivio para el alma?
En la obra, Pedro pide mucho perdón por cosas que en verdad no le hacen mal a nadie. ¡En la vida, seguramente, sí pedir perdón puede ser muy sanador!
Hacer para ser
La soledad y el miedo son dos sensaciones tan peligrosas como la manipulación. Hay quienes consideran que saben amar aunque nunca estuvieron consigo mismos como para afirmarlo.
En esta puesta en escena, tiempo y espacio cobran un valor fundamental en que no se precisa más que de objetos ornamentales y diferentes melodías para contextualizar.
La agilidad , ese tiempo que corre velozmente sin siquiera darnos tiempo para pensar, para sacar alguna idea propia, para canalizar, para concluir, para asimilar lo que vemos y oímos… esa rapidez y fugacidad, están ausentes en esta nueva obra de la Compañía Vísperas (dirigida por Lucas Palacios) llamada “Perdoname por ayer”.
Gracias a dicha ausencia, esta pieza teatral puede sentirse momento a momento e indefectiblemente provocarnos angustia y alegría. Dos sentimientos que podrían llegar a ser antagónicos pero, sin embargo, son tan reales como cualquier dicotomía humana.
Existe un solo espacio escénico que no es el ideal para el desarrollo de una historia de amor, aunque tampoco se trata exclusivamente de un romance casual, sino del amor por alguien. Entonces, una sala de espera, del sector tan escalofriante de terapia intensiva, es el lugar en que Emilia (Mariana Mayoraz) y Pedro (Luis Lusardi) se conocerán. De ese encuentro, se irán produciendo diferentes situaciones y charlas que los convertirán en personas diferentes a las que eran en un comienzo.
El padre de Emilia internado hace tiempo y sin mejorías notables. Pedro, viniendo a una ciudad que no conoce y pretendiendo entablar conversación con todo aquel que se le cruce en el camino. La incomodidad de preguntar lo que no es “correcto” y “oportuno”, la certeza de que la hipocresía del silencio es la mejor herramienta para velar a un enfermo en vida.
Hablar, incansablemente, pretender ser sin dejar ser, es lo que acontece durante casi toda la obra. Pedro desea contar su vida, saber sobre la vida de ella, entrometerse, opinar, para luego pedir perdón.
Así es como el tiempo transcurre y, a diario, Emilia debe aguantar la intromisión de un ser extraño que pretende no serlo.
Dos almas distintas que no están unidas por el deseo sino por el pretexto de un espacio en común y la necesidad de develar ciertos momentos del pasado.
Cuántas solitarios habrá en el mundo, anhelando formar parte de la vida de otros -aunque sea forzándolo-. Cuántas personas se resistirán a la pérdida de seres queridos que se encuentran a merced de un equipo de médicos que los mantienen respirando artificialmente.
Esta dramaturgia explora por sensaciones frías y cálidas, al mismo tiempo, dándole esperanza a quien la precisa en esas situaciones de agonía y tristeza.
Permanecer a la espera, aguardando un mensaje deseado, envejecer siendo joven, dejar que los minutos se conviertan en años y que nada más importe que la espera; hasta que la llegada de un “otro” convierte lo estático en movimiento.
La llegada de la navidad trae esa magia que logra convertir al hospital en un cuento de hadas en que la imaginación se apodera de la palabra y de los actos.
En cuanto a la palabra más utilizada, notablemente, es: perdoname. Si bien, todos sabemos su significado más convencional, existe una acepción que hace referencia a interrumpir el discurso de otra persona y tomar la palabra. Esto es lo más recurrente y lo que exaspera a la dama, quien no encuentra discurso para hacerle notar su ira.
Lo protocolar y el deber ser, consiguen impregnarse en esta dramaturgia que oscila entre una comedia dramática y el humor negro.
Hablar sin respirar, sin darle espacio a otro que opine, ese egoísmo por comunicar sin un fin determinado, ese deseo por acaparar porque sí; son algunas de las cuestiones a analizar en los monólogos de Pedro -un hombre como tantos otros, con sentimientos puros y nobles-.
Una vez que lograron recrear su escena ideal, el hechizo se evapora y el perdón se extingue sin conseguir un propósito.
Volando con D´Arienzo
El gran escritor, actor y director, Carlos Gorostiza; tiene una cantidad de obras en su historial. Una de ellas, que data de 1990 se titula “Aeroplanos” y, en esta oportunidad, Damián Canduci ha hecho una adaptación que rescata la esencia de la original pero que se denomina “El aeroplano”.
La dramaturgia pertenece al género de comedia y pretende revalorizar aquello que se suele dejar de lado. Habitualmente, la aparición de una enfermedad es lo que hace activar una atmósfera de alegría -la que tantas veces permanece debajo de una alfombra-.
Dos ancianos: Cristo (Luis Canduci) y Paco (Raúl Toriggia) que se debaten entre la vida y la muerte, deciden emprender un viaje (mental) a través de la música -en este caso del vals El Aeroplano, de Juan D´Arienzo-.
Con una propuesta íntima, cálida y de una duración ideal; podemos deleitarnos con diálogos convencionales y, muchas veces, olvidados.
Teniendo conocimiento de ambas obras (la original y esta adaptación), puedo esbozar algunas ideas fundamentales que hacen a la creación original de cada una. En principio, El Aeroplano se apoya, estrictamente, en la melancolía, en el pasado que supuestamente fue mejor, en vivenciar lo más solido y confidencial que aún estos amigos no se han dicho. La obra se compone de una sola escena que muestra un día completo entre ambos, una jornada realmente extenuante, colmada de entusiasmo, de palabras duras y otras bonitas, de bromas, de chistes y de una realidad que pretenden cambiar estando unidos para siempre.
Cada tanto sonará el teléfono, aquel que les recordará que existe un mundo exterior integrado por responsabilidades y duros problemas por resolver.
Damián, consiguió hacer un recorte conmovedor de esta historia en que el café es tomado como bebida social, los caramelitos como endulzantes y un tocadiscos como principal instrumento musical de la casa. Una casa que sirve de hospedaje, de consuelo, portador de tantos recuerdos, trofeos, cuadros y aromas de antes.
Cristo y Paco fueron futbolistas, uno mejor que el otro, uno con diferentes intereses que el otro. Sin embargo, aquello que los unió y une fue el amor por la música, esa nostalgia que transmite el tango, esa melancolía, esa lágrima a punto de explotar en la mejilla.
En cuanto a la pieza artística original, tiene la particularidad de contener más humor gracias a las charlas telefónicas que entablan los personajes y los chistes que surgen a colación de éstas. Dichas menciones no están presentes en El aeroplano, aunque sí existen algunas conversaciones que sirven para comprender mejor la vida de estos hombres solitarios y unidos.
Otra diferencia notoria entre ambas puestas en escena es la que se refiere a la ambientación: originalmente, como Paco vive con Fito (su nieto) que es una estrella del rock, los instrumentos de él se contraponen a la estética del abuelo, consiguiendo que ambas generaciones se fusionen a la perfección. Pero, en esta versión, todas las pertenencias de Fito están ausentes. Esta decisión estética produce sensaciones diversas. Por un lado, tenemos esta relacion tan estrecha entre abuelo y nieto, además de la añoranza de su juventud. Y, por el otro lado, contamos solo con la esencia humana, con ese egoísmo que pretende dejar de serlo para darle lugar a lo verdaderamente importante.
Cristo, paradójicamente, nunca pisó un aeropuerto y todos sus viajes fueron a través de la imaginación. Aquella que pudo lograr gracias a las diminutas estampillas de todo el mundo. Paco, un hombre viajado, sí ha conocido lugares físicamente. Dos modos de trascender, de conocer, de aunarse como una sola persona. De elegir por sobre lo que sus familias pretenden. Dos ancianos que quieren vivir por sus propios medios, sin ser vigilados ni hostigados.
El aeroplano emociona hasta lo más profunda, produciendo una ternura suave, como una caricia al alma que se consigue con las melodías de Vayone, una artista que canta sobre el amor, sutilmente, y que deja espacio protagónico a estos viajeros emotivos.
Diferentes miradas sobre una realidad difícil de concebir
No todo es lo que parece y todo parece lo que es. No todo lo que brilla es oro ni lo que se supone es de una manera termina siéndolo.
Una música circense nos adentra en “Trunco” (escrita y dirigida por Maxi Sarramone) es una obra de teatro que pertenece al género absurdo y no tiene ningún problema de llevar al máximo esta expresión. Tal es así que, a lo largo de la dramaturgia, se pueden conocer tres estilos de vida completamente diferentes y sacar conclusiones apresuradas si se quiere.
Como un juego tremendo de personalidades, estarán aquellos que disfrutarán de analizar lingüísticamente cada concepto y quienes pierdan los estribos frente a esto.
La escena transcurre en la ruta 135, una ruta en que tres pequeños grupos -compuesto por dos personas cada uno- intercambiarán pareceres de la vida, deseos, necesidades y acciones reveladoras.
Carpa de colores no hay pero se pueden entender la métafora del dueño del circo (Esteban Fiocca), la cual no se menciona con palabras pero sí con la actitud del empleador, quien parece ignorar que existen personas con ganas de trabajar y con alguna posibilidad de hacer algo.
Lele (Leticia Torres) y Mimí (María Viau), son dos mujeres que precisan lo más básico como comida y que son felices a su modo; un matrimonio no tradicional -compuesto por Poco (Nicolás Silbert) y Lucy (David Páez)- y con resentimientos de antaño; y una relación entre padre-hija (Esteban Fiocca y Rocío Orlandino) que necesita un cambio urgente.
Este es el panorama y desarrollo de esta pieza teatral tan bien concebida, excelentemente interpretada por sus artistas y con un aroma a libertad tan grande como un campo en medio de la nada misma.
Con respecto al vestuario, cada clase social exhibe su atuendo característico y el que más resalta es de estas trabajadoras que lucen tela de arpillera, bolsas de residuos y esponjas de virulana.
Masticar una banana puede ser un postre o la comida del día para estas mujeres buscavidas que harán todo hasta llegar a su cometido. El tema es que quizás no sepan cuál es dicho objetivo y se enreden en palabras y expresiones sonoramente correctas. Ellas vendrían a ejemplificar a ese sector más humilde que la precariedad, más humilde que un ruido de estómago a punto del desmayo, más pobre que la necedad y la falta de oportunidad para trabajar. Claro que quien sí tiene la posibilidad de darles una mano, no tiene la intención de hacerlo. Él está para juzgar y encasillar, de eso se trata su paso por la vida. Muy bien vestido pero tan egoístamente parado, se creerá el ombligo del mundo y aquel faro que debe ser observado antes que nada.
Por último, el matrimonio integrado por dos hombres, demuestra lo poco que pueden conocerse dos personas, hasta el punto de ignorar su sexualidad o ambición.
Algo trunco se refiere a aquello incompleto y eso es lo que se simboliza con cada dúo: lo mutilado que queda un ser ante la falta del otro. Cabe aclarar que esta sobreexageración dramática es tomada como tal en la obra pero, existe, en la realidad de nuestra sociedad. ¿Quién no ha sentido la muerte llegar ante la falta de un ser amado? ¿Quién no ha amenazado con sentirse desorientado ante el abandono de éste?
Trunca la vida, el mundo e inclusive el universo por negarle a ciertas personas la claridad para descubrir de que se trata ser y transitar. Aferrarse hasta el punto de convertirse en alguien diferente y, por ello, creerse enamorado. Todas las exposiciones verbalizadas son y existen realmente. Para nuestra risa o asombro, estas seis personas son reflejo de otras. Eso provoca carcajadas o la necesidad de explorarse a uno mismo.
Podría tratarse de un piquete revolucionario, aunque la historia demuestra que es una causalidad que seres tan distintos se crucen y puedan dialogar. Parece ser una acción muy pretendida o poco conceptualizada en estos tiempos. Mientras tanto, las decisiones tirantes se llevan a cabo (como la venta que hace Poco de todo), las amenazas parecen estar al acecho y las respuestas encontrar su espacio para asumir verdades no aclararadas en su momento. Los antagonismos se acercan, se fusionan y se afianzan tan inverosímil como ilógicamente.
Somos seres incompletos y, por más cambio que hagamos, siempre lo seremos.
Mirar la vida con otros ojos y tratar de ver con los de otros, sería la clave para que el mundo se vuelve un poquito menos miserable.
3er Festival Nacional de Teatro Luján 2015
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las obras que estuvieron
la que ganó
y entrevista a la productora general
El 18 de abril comenzó la tercera edición del Festival Nacional de Teatro en Luján (Buenos Aires). Durante una semana se pudieron palpitar, vicenciar y conocer diferentes estilos de dramaturgias. Tanto niños como adultos caminaron hasta el Teatro Municipal y fueron sacando sus entradas para no quedarse sin butaca.
Un sábado fue ideal para darle largada a esta convocatoria en que los vecinos se acercaron y reunieron, en que surgieron esas típicas charlas de barrio, en que la tercera edad fue la más participativa y que demostró que haga frio o calor, no hay excusas para apreciar las artes escénicas.
La noche empezó con un discurso a cargo de Leandro Suárez (Coordinador general del festival) quien dijo unas palabras sobre el mismo: «es organizado por organización civil Interactuando Compañía Teatral y la Asociación de Amigos del Teatro Municipal Trinidad Guevara.
En el mes de enero se lanzó la convocatoria para participar del certamen, la cual cerró con un total de 106 inscriptos de todo el país. Para nuestra sorpresa llegaron postulaciones desde Chile, Colombia, España, Siberia y la Federación Rusa.
Luego de un arduo proceso de curación fueron trece las obras seleccionadas, provenientes de: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Morón, La Matanza, Pilar, Carlos Casares, San Nicolás de los Arroyos, Córdoba y Misiones».
Tanto El petiso orejudo como Yuna Riglos Artista, ganadores de la primera y segunda edición respectivamente; participaron del Festival pero sin ingresar en la competencia. Ya, durante minutos previos a que empiece este acto de apertura, los espectadores comentaban entre ellos, y a mí también, que iban a acudir a ambas obras. Mencionaban su excelencia y que no se las perderían.
Roberto Castro (Presidente), Marcia Lo Feudo (actriz, escritora y dramaturga), Darío Alice (actor y docente), Pablo Saez (titiritero, actor, autor y docente) y Darío Scarnatto (actor, director y dramaturgo).
El Festival de Luján es autogestionado y, también, recibe el apoyo de diferentes empresas que año a año confían y se suman a la propuesta artística.
Uno de los momentos más emotivos fue el homenaje que se le rindió a la actriz Norma Nápoli, quien falleció hace unos meses pero que todos los presentes parecieron abrazarla eternamente. Sus dos hijas subieron al escenario para decir unas palabras, las cuales decoraron la belleza del video en que pudimos verla actuar a ella, a la gran Norma con sus diferentes personajes.
Santiago Rosso (Director del Teatro) mencionó: me parecía que sea el festival el primer evento de esta temporada donde abrimos las puertas después de una intensa refacción. Y, además, me parece que este homenaje a la querida Norma agranda todo el trabajo, un trabajo realizado por todos. Creo que, este festival, cuales decoraron la belleza del video en que pudimos verla actuar a ella, a la gran Norma con sus diferentes personajes.
Santiago Rosso (Director del Teatro) mencionó: «me parecía que sea el festival el primer evento de esta temporada donde abrimos las puertas después de una intensa refacción. Y, además, me parece que este homenaje a la querida Norma agranda todo el trabajo, un trabajo realizado por todos. Creo que, este festival, tiene que continuar por mucho tiempo, porque nos hace muy bien a los lujanenses y, al mismo tiempo, abrimos las puertas a posibilidades artísticas de gente de todo el país».
Rosana y Laura, hijas de Norma, dijeron unas palabras conmovedoras: «El teatro es poesía que se levanta del hilo y se hace humano (Federico García Lorca)».
«Como hijas de una mujer que amó actuar, que fue inmensamente feliz sobre este escenario, que sentía este teatro su casa. Y, de su mano, recorrimos cuando éramos niñas de diez años. Pasó tiempo». Las obras que estuvieron a lo largo de la semana fueron: «Yuna Riglos Artista”, “La última alegria”, “Rotos de amor”, “La planta de Bartolo”, “Diario de una orientadora de sala”, “Arritmia”,
“Todo hecho”, “Torómbolo, desventuras deportivas”, “Con la tinta entre los dientes”, “El diablo pellizca”, “La maldición del cura”, “Las Garibaldi 2”, “Oavatoc Thánatos”, “Jettatore”, “Supongamos” y “El petiso orejudo”.
El premio mayor se lo llevó “Oavatoc Thánatos”, considerada como la mejor obra del Festival. También, «El diablo pellizca» y «Todo hecho» tuvieron sus menciones distinguidas en cuanto a actuaciones.
La historia tiene dos líneas argumentales: una tiene que ver con el crecimiento de tres personajes desde que empiezan a estudiar actuación hasta que se convierten en artistas profesionales. Y, la otra, tiene que ver con el discurso de cada uno de ellos.
Este trabajo fue producto de la tesis de estudio de estos actores en Córdoba.
El absurdo tiene su protagonismo durante la dramaturgia, convirtiendo la pieza artística en una tragicomedia.
Sufrir es una de las acciones que encarnan estos personajes-humanos, intentando vencer la frustración para lograr sus objetivos.
Un baño de juventud
La música como herramienta fundamental para alegrar corazones y demostrar cuán necesaria resulta en la vida. La música como disparadora de ideas renovadoras, como trampolín para montar la obra, en vida, más sensacional.
«Forever Young» (escrita por Eric Gedeon y dirigida por Daniel Casablanca) es una obra de teatro musical que representa a un grupo de ancianos, muy particulares, los cuales viven en un geriátrico que se debate entre lo que debe ser y lo que es. Paco Mir, Joan García, Carles Sans, Pablo Kompel, Sebastián Blutrach y Daniel Casablanca; son los responsables de esta adaptación que permite sentirla más local que la original. Una enfermera, a diario, intenta poner orden a estos viejitos -tan simpáticos- que pretenden rejuvenecer, constantemente, a partir de las melodías interpretadas por el pianista Gaby Goldman.
Las jornadas transcurren de un modo lineal y reiterativo, en que los ancianos toman sus medicinas, hacen ejercicios para estirar las articulaciones y coordinar movimientos. Pero, en cuanto la puerta se cierra, comienzan la fiesta cotidiana en que unos bailan, otros posan, otros demuestras quiénes son y, los demás, acompañan con sonrisas. Cada uno tiene su momento de lucidez, en que recuerda el pasado de la mejor manera, cuando las canciones de los setenta -en adelante- surgen en el aire, para mimetizarse con sus estados de ánimo, sus costumbres, sus raíces y sus identidades. Se puede disfrutar de Belén Pasqualini y Mariela Passeri, quienes lookeadas de una manera tan excéntrica, consiguen las carcajadas del público desenfrenadamente. De un Walter Canella, envejecido y travieso. De un rockero como Germán Tripel que demuestra cómo aún crecidito puede seguir siendo ordinario. De un marido correcto como Christian Giménez y de una enfermera piadosa como Andrea Lovera. Todos, absolutamente todos, conforman un dream team fenomenal, consiguiendo personajes distintos e interpretaciones bien logradas. Esto es un éxito y no solo por la sala que aplaude sino por la unidad entre ellos, por la pasión dejada en el escenario y la mascarilla de oxígeno olvidada de usar. Imposibles anotar todos los nombres de tantas canciones que suenan a lo largo del musical, evocadas naturalmente por estos personajes que se compran nuestros corazones y de quienes deseamos aprender ciertas cosas para disfrutar llegado el momento. Pero, algunos de los más conocidos y que resuenan en el ambiente son: I love rock & roll, Roxanne, Sweet dreams, Get up stand up, Smells like teen spirit, Bridge over troubled water, Barbie girl, I will survive y Forever young.
Canciones del género pop y rock, enteras, fragmentadas, amadas antes y ahora. Necesarias para que los dolores físicos no los traumen, copitas de vino para calentar esos músculos entumecidos y castigos oportunos para que sientan el rigor en algún plano de sus vidas. Un rigor que, desde ya, es solo a modo de aprendizaje.
Cabe resaltar uno de los mejores momentos de la historia que ocurre cuando montan una obra, espontáneamente, con diálogos y todas aquellas acciones que quieren darse el gusto de llevar a cabo. Una torre humana que se desvanece como sus pieles suaves, como la fragilidad de sus huesos al caer, como el tirano paso del tiempo que les avisa sobre su vejez -una vejez innecesaria-.
El pasado no podrán recuperarlo, pero sí todo aquello que los enorgullecía y que les permitía seguir adelante.
Una muestra de cómo exprimir la vida al máximo, a pesar de cualquier enfermedad que se pueda tener, valorizando cada minuto y haciéndole sentir al corazón que son por siempre jóvenes, por siempre bellos y por siempre vivos.
Entre el idioma inglés y el castellano, se va dibujando un mural de colores en que estos artistas se convierten en los protagonistas de sus propias vidas. Como deberíamos serlo todos. Quizás, por haber vivido demasiado, ya no le teman al ridículo, al papelón ni al qué dirán.
Del orden, al desorden, de la rigidez al desdoblamiento, de la seriedad a la risa eterna y de la vejez a la juventud.
Ellos son más jóvenes que cualquiera porque han aprehendido y ahora están de vuelta. El geriátrico es lo que menos les importa. Ese lugar es su casa, como podría serlo cualquier otro espacio. Lo relevante es que supieron absorber las fragancias y melodías para nunca sentirse solos.



















Escrito
en mayo 7, 2015