*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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La corona menos deseada

La noche en que Fortimbrás se emborrachó1

Al ingresar al Teatro Sarmiento se puede notar cómo una arquitectura con profundidad de campo y perspectiva, nos permite viajar hacia varios siglos atrás. Una escenografía en tonos grises, con luces tenues que acompañan la fría noche en que transcurre la historia, una tragicomedia en que se conjugan el drama, la comicidad, el absurdo y todo el despliegue que corresponde a una verdadera puesta en escena antigua.

Agustín Alezzo es el responsable de la puesta en escena y dirección de esta obra y a él debemos agradecerle por todo lo que puede apreciarse durante la función, deleitándonos con las caracterizaciones de los personajes y riéndonos de un Rey que permanece en su trono aún muerto, despertando la intriga de su figura y de las escenas que lo incluirán como objeto que debe estar rigurosamente donde está.

Estaremos en presencia de dos textos similares y opuestos, en algunos puntos, entre sí. Como si se tratara de un ring de titanes, Shakespeare y Glowacki se disputan erigirse como mejores literatos. Un inglés y un polaco que no se conocieron por haber nacido en distintos momentos de la historia pero que, en el caso del segundo, tiene la ventaja de conocer todas las obras del primero como para hacer lo que quiera con ellas.

En esta ocasión, Glowacki, toma a la novela de Hamlet como puntapié para narrar una dramaturgia realmente diferente en que se mezclan distintos géneros y estilos artísticos.

Por un lado, Fortimbrás (sobrino del rey de Noruega e hijo del rey Fortimbrás, que murió durante una batalla contra el rey Hamlet) deberá hacerse conocer por el pueblo noruego sin que por ello sea asociado con su padre ni juzgado por acciones o pensamientos que no le corresponden. Las asociaciones o encasillamientos no tienen lugar en esta versión recreada por el polaco, donde priman las genialidades y el modo de juzgar el statu-quo y todas las herencias que giran en torno a la corona.

Justamente, la original dramaturgia titulada “La noche en que Fortimbrás se emborrachó” (originalmente “Fortinbras gets drunk”, escrita por Janusz Glowacki) enfrenta a Hamlet (Dinamarca) con Fortimbrás (Noruega), un enfrentamiento que no es casual sino que está fundamentado entre dos países limitados por una estrecha frontera.

En la historia de Hamlet, éste lucha contra Fortimbrás (ambos padres), disputándose los territorios y quedando en evidencia sus propósitos. Hamlet es quien gana y, luego, muere sin saberse el motivo de su deceso. Este misterio es el hilo conductor y lo que mueve a toda la historia épica por parte de un bando y del otro.

La ironía presente en los diálogos y las ejecuciones de aquel entonces confirman que las cabezas decapitadas están guardadas como muestras de poder, un poder sin inteligencia y del cual Fortimbrás (hijo) ni siquiera pretende formar parte. Él mismo se ríe de su vida, del descontrol y de las tradiciones monárquicas a las que no les encuentra sentido.

El fantasma del fallecido Rey Hamlet, se supone aparece y es tema de preocupación y delirios por parte de sus familiares y conocidos. De hecho, el espíritu le informa a su hijo quién y cómo lo han asesinado.

Con respecto a la versión de Fortinbras gets drunk, los noruegos envían a Dinamarca un fantasma del rey Hamlet que es en verdad un espía encubierto, es así como nadie sospecha de Fortimbrás por su gran adicción a las bebidas alcohólicas.

Si bien, es de temer una posible invasión por parte de Fortimbrás, este muchacho se sumerge en el alcohol y las mujeres, descontrolándose como un adolescente. Esto se puede observar en tan solo unos minutos en que se desploma en la cama sin fuerzas para luchar, absorbido por sus deseos involuntarios.

En esta oportunidad, la mirada es puesta del lado noruego y varias cuestiones del relato son modificadas por Glowacki. Una de ellas es la que se refiere al sucesor del trono en dicho país. En Hamlet (de Shakespeare) se puede ver casi llegando al final, que éste antes de morir pide que lo ocupe Fortimbrás; mientras que en la presente historia ocurre a la inversa.

Son muchos los interrogantes, la ausencia o falta de identidad y los propósitos personales que tanto Fortimbrás como Hamlet pretenden llevar a cabo. Esto puede relacionarse con la Noche de 400 años, que se basó en la unión, casi obligatoria, que tuvo que llevar adelante Noruega -por su debilidad como país- con Dinamarca desde fines del siglo XIV, motivo por el cual ni todas las bebidas del mundo podrían ahogar las penas sufridas por este reino, aunque no hayan tenido la figura de un Rey (al fallecer Hamlet) que tome las riendas, e intentando manejarse de manera absolutista para exterminar a cualquier costo a quienes sí se suponía eran hostiles y capaces de tener el mando.

La noche en que Fortimbrás se emborrachó fichaMariela Verónica Gagliardi

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¿Percepción o realidad?

El estadio de arena4

La muerte, más que el nacimiento, suele unir a las personas que estaban distanciadas. Este es un misterio que, al día de hoy, no logro entender del todo. Como si la melancolía fuese la encargada de juntar por un momento a seres que se odian pero que los recuerdos logran superar cualquier sentimiento negativo.

«El estadio de arena» (de Patricio Abadi) logra captar la esencia de una situación muy dolorosa como es la muerte de un padre y, en pocas horas, rememorar aquellos conflictos sin resolver.

Se trata de dos hermanos (Santiago Gobernori y Pablo Seijo) que, infantilmente, se han disputado el amor de una mujer. Pero, después de muchos años sin hablarse ni verse, ese tema no había salido realmente a la luz.

Ellos han encarado sus vidas de manera tan diferente que por más que intentaron diferenciarse el uno del otro, la El estadio de arena1vida se ha encargado de demostrarles que son dos caras de una misma moneda.

Además de esto, uno intenta mostrarse más frío y estructurado, mientras el otro hace renacer su costado más cursi y romántico.

Ninguno se ve demasiado realizado con el camino escogido, pero hay algo que los abrazará para trasladarlos a su infancia, una infancia en que su padre estaba vivo y les enseñaba fútbol.

La aparición de una pelota les permitirá jugar, brevemente, intentando que el poco tiempo que permanezcan en la playa sea inolvidable.

Una mirada al pasado será esta obra -cargada de emociones- y, al finalizar, era imposible que no nos conectemos con parte de nuestra historia.

Abadi logró lo que suele costar tanto: el famoso cuento con principio, nudo y desenlace; sumado al plus de explorar la intimidad más dolorosa al punto de desgarrarse.

La arena, una rambla y el rememorar momentos y lugares de Uruguay, nos sitúan exactamente donde el autor desea El estadio de arena6pararse. Debo asumir que disfruto y admiro el teatro autobiográfico, por más ficción que sea en una parte o en su totalidad. Me voy plagada del sabor a chivito, a mar, a niñez, a la sensación de los pies  cuando rozan la playa, a antes, a tiempos que podremos traer a la fuerza y que, sin embargo, no podremos obligar a anclarlos.

Un profundo dolor se siente y observa en esos rostros inclusive antes de que lloren y la presencia de Jazmín (Marina Glezer) podrá develar el sufrimiento que sienten estos hermanos. De a poco las gargantas se van cerrando hasta que escuchamos el comienzo del dolor. Ese dolor que, desde las entrañas, es imposible tapar u ocultar.

El potrerito, en este caso, es un espacio natural que evoca recuerdos, pases, balones y la simpleza de la niñez.

«El estadio de arena» vendría a ser un pasado revelador, muy similar al común de la gente y, justamente, este aspecto es el que logra empatizar con el público.

Escribir e interpretar roles complicados y retorcidos no siempre tiene sentido. Esta obra justifica lo simple sin desvalorizar el guión. Al contrario, realzando la vida cotidiana, los roces familiares, las palabras nunca dichas y los amores frustrados.

Un estadio, un corazón roto como una ola cuando está llegando a la orilla.

Mariela Verónica Gagliardi