*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Un dolor liberado

Mariposa de pies descalzos

Ingrid Pelicori interpreta a Inés, una acomodadora del Teatro Colón que tiene pasión y devoción por la ópera. Ella no es una empleada cualquiera, es una soñadora que, cada estreno, lo siente como propio. Esta historia, que forma parte de un ciclo de tres obras dirigidas por Laura Yusem, se titula “Mariposa de pies descalzos” y ganó el concurso de dramaturgia de Nuestro Teatro 2014.

Inés, con su trabajo se inmiscuye en la música clásica, en los escenarios, entre las butacas -de las que conoce, perfectamente, su distribución-; añorando ser cantante lírica. Ella no lo dice con palabras exactas, pero en su monólogo se presiente, se deja relucir.

Inés no tuvo una vida fácil, sino un pasado muy doloroso que aún no pudo superar. A partir, entonces, de un conflicto ocurrido hace mucho tiempo, ella transita intentando sobrevivir.

Pasado y presente se fusionan y su profundo padecimiento la convierte en una mariposa. Una mariposa sin alas que pretende volar sin fronteras, alcanzando la libertad absoluta, no sin antes cumplir su ansiado objetivo.

Ingrid desempeña un personaje totalmente expresivo en el que se visualiza su talento y profesionalismo. Su interpretación es realmente conmovedora y no existe posibilidad de no emocionarse durante la media hora que dura esta dramaturgia. Una historia breve que no tiene necesidad de ocupar más tiempo, porque todo lo transita.

Mientras Inés recorre las dos escaleras de Patio de Actores y todo el escenario, se produce un sinfín de sensaciones. Las mujeres, por el tema a tratar, nos conectaremos más con su dolor que los hombres, y mi expresión no es feminista sino real.

Con una luz que abarca la totalidad de la sala y se convierte en su propio lugar, el recreado por su recuerdo e imaginación; otorgándole detalles que no vemos pero sí vibramos junto a ella.

Vestida de negro, de pies a cabeza, su rostro solamente esboza otro color, aunque su corazón está tan herido como la oscuridad. Su mente confusa, le da a veces tregua, para recordar los estrenos en el teatro donde pudo encontrar un lugarcito para no ser tan infeliz. Sabiendo a la perfección cada acto, escena, diálogo y voz; podría ser mínimamente una figurante de la ópera.

Sin embargo, su destino fue otro.

Se dice que quien muere, no muere del todo. Así es como ella deambula, certeramente, por cada espacio escogido, sin zapatos, con aires de grandeza, liberándose de su decisión adolescente que la traumó para siempre.

ficha Mariposa de pies descalzos

Mariela Verónica Gagliardi

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Taquito militar

Cámara lenta14

Aún veo esos pies descalzos, cansados de tanta lucha, de tanto golpe, de tanto dolor. Aún veo esos pies deformados por el deporte y las ganas de ese boxeador por llevarse a cualquier oponente puesto para frenar su ira. Aún siento que un boxeador es el excelente reflejo de un cuerpo que se desgasta paulatinamente, dejando vestigios imposibles de subsanar con el tiempo.

Corría el año 1979 y aún la democracia no estaba en los planes concretos de la Argentina. La dictadura militar -ese regimiento estructurado, que pretendía silenciar las opiniones y voces diversas-, estaba, y faltaría un tiempo más para que Alfonsín recuperara los escombros esparcidos en el suelo.

«Cámara lenta» (escrita por Eduardo Tato Pavlovsky) es un drama que simboliza a esos cuerpos agotados de tanto entrenamiento. En esta oportunidad, Dagomar (Jorge Lorenzo), es el boxeador que se enfrenta a los puñetazos de un rival, de la misma manera que quienes tenían una ideología diferente a la vigente eran callados con disparos o represión -en el mejor de los casos-.

Asustar, atemorizar, desvalorizar a quien siente que con su cuerpo no puede enfrentar todo el mal surgido. Golpear hasta el hartazgo, hasta que la sangre se convierta en un líquido difícil de distinguir. Hasta que su sequedad sea como la saliva que se evapora en este luchador empedernido.

Christian Forteza, el director de la presente dramaturgia, eligió narrar los hechos sin escenografía. Simplemente con una silla. Fiel al teatro clásico, todo el mérito se encuentra en el texto y en las interpretaciones que surgen desgarradoramente.

«Como si durante un tiempo nosotros hubiéramos ralentizado todo nuestro intelecto, nuestra capacidad de discernir, la interiorización de la violencia se hizo obvia, la represión no era afuera sino que ya se transformaba en adentro. Hemos tenido que disimular o crear personajes para sobrevivir, y después nos hemos convertido a veces en los personajes, como si un actor se convirtiera después en un personaje que representó en teatro. Pienso que esto nos ha ralentizado en algún nivel y todavía no sabemos bien cuáles han sido los efectos».

Esas palabras, extraídas del libreto original de Cámara lenta, sintetizan la idea principal de la obra. Una obra que puede tener múltiples lecturas, como suele ocurrir con los escritores que se abocan a temáticas socio-políticas.

Aún siento las pisadas firmes en el asfalto, a pesar de que no existieron durante la presente dramaturgia.

Sin mencionar el contexto histórico, mi mente se posó, repentinamente, en la descripta anteriormente. Imaginé los uniformes camuflados, la furia por no poder dominar con inteligencia los deseos de una sociedad que tenía otros sueños. Que, en verdad, tenía sueños y pretendía vivir según sus ideales.

Por otro lado, está presente la mirada autoritaria que se posa en Amílcar (Raúl Mereñuk), el entrenador de Dagomar. Si bien fue quien lo hizo famoso, quien le hizo ganar dinero y gracias a quien está “vivo”; aquel se benefició de todo. No existe bondad de uno sobre el otro sino total interés y, quizás, algo de pena por abandonarlo.

Las extremidades de este ex boxeador están entumecidas, no le permiten moverse por sus propios medios. Está exhausto, acabado. Aún respira, pero no logra que nada lo cautive. Él ha muerto como todos los idealistas de la época, una época que pintó de negro el cielo azul de la patria.

Esta obra, escrita durante los años que estuvo exiliado Pavlovsky en Madrid, goza de una riqueza extrema. Por un lado, de palabras que retrataban una realidad real. Y, por el otro lado, de la incertidumbre que se tenía aquella época.

«Cuando me vinieron a buscar y tuve que abandonar todo, el manuscrito de Cámara lenta fue una de las primeras cosas en las que pensé. (…) El tiempo que se perdía en Buenos Aires durante la dictadura era terrible: los llamados, el miedo, los acontecimientos que te dislocaban, las inseguridades de la incertidumbre futura, uno nunca sabía lo que podía pasar al día siguiente».

Los flashbacks permiten que los espectadores comprendan el pasado y presente de la pieza artística, así como la posibilidad de que los tres personajes destaquen unas temáticas por sobre otras.

Es ella, Rosa (Lorena Penón), quien con su suavidad y delicadeza le da una impronta sensible a la obra. Es ella la encargada de abrazar a estos hombres tan rígidos sin haberlo elegido siquiera.

La Rosa de antes, la amiga de ambos, la que acariciaba a uno, siendo observado por el otro. La mujer que no tendría que desnudarse sino solo mostrar sus pies, esas extremidades tan imprescindibles como para que un cuerpo esté en posición vertical, para que se sostenga, para que no dependa de nada ni de nadie. Ella, con pies perfectos como su aroma, como puede ser la fragancia de una de las flores más lindas, aquella que perfume tantas escenas sumergidas en olores nauseabundos.

Como la caída propia, vista y sentida lentamente. Como la muerte no repentina sino dolorosa, que se mimetiza con el exterior.

Como personajes y personas que pierden el sentido de la orientación. Que no encuentran su rumbo ni estabilidad. ¿Quiénes eran, quiénes son?

Si pudieran acelerar el paso del tiempo, seguramente, lo harían para solo seguir rememorando las peleas en el ring, los aplausos y cada billete que volaba por los aires recordando que nada es gratuito en la vida.

ficha Cámara lentaMariela Verónica Gagliardi