*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Entradas etiquetadas como ‘Nicolás Dominici’

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Manipulación rebelde

Hablemos a calzón quitado16

La década del setenta, sin lugar a dudas, fue una de las más emblemáticas en Argentina. Ese aire brumoso por el que se cruzaban civiles y armados, disputándose unos ideologías y otros el poder; queriendo adueñarse de un país que no era de un bando u otro, sino de todos. Absolutamente todos.

En un clima convulsionado por los militares que golpeaban (en todo sentido) a todo aquel que pensara y actuara diferente a lo pretendido, en un clima hostil y que dañaba a todo idealista, en un clima que no fue soportado por todos y en el que perecieron o hicieron perecer a los más débiles (a esos soñadores empedernidos, tildados de golpistas) es que se ubica esta historia titulada Hablemos a calzón quitado (escrita por Guillermo Gentile y dirigida por Nicolás Dominici).

La presente obra es un tesoro realmente que une y reúne a tres seres completamente diferentes pero que, sin embargo, necesitan retroalimentarse de algún modo. Así es como un padre (Oscar Giménez) vive junto a su hijo (Ulises Pafundi), aunque es un error decir que viven, mejor dicho habitan bajo el mismo techo. Uno se sirve del otro, mientras este otro se apoya en el primero. Así es como la dupla pasa sus días con una rutina exactamente idéntica y que no sufre ningún tipo de transformación, hasta que un tercero cae como gota de lluvia para refrescar. La llegada de este extraño representará a la sabiduría, a la importancia del pensamiento, de saber argumentar y de lograr tener convicciones sin temer a los demás.

Claro que cuando existe un dominador, necesariamente tiene que haber un dominado; así como la existencia de oprimidores y oprimidos. Como un rayo que se posiciona sobre el más vulnerable, convenciéndolo de que su “vida” es la que le toca y sus días deben ser miserables.

La dificultad de uno deja en evidencia la del otro y todo lo que se suponga deba ser de una manera, podría convertirse en lo contrario e incluso opuesto.

Este tercer cuerpo que recibe el nombre de Martín (Emiliano Marino) que llega para importunar a la pequeña familia conservadora que está acostumbrada y arraigada a determinadas creencias. Pareciera ser que el tercero es “discordia” se cumple a raja tabla y es que no siembra justamente discordia sino dudas existencias y muy profundas. En verdad se trata de conocer el todo para elegir algo determinado. Si el Nene hubiera sabido y entendido quién es quién podría haber cambiado su suerte, podría haber desplegado sus alas en busca de la libertad y el placer que tanto anhelaba. Su Papi se encargó de mantenerlo guardado, oculto, reprimido como un paria que no tiene voz ni voto, que solo debe obedecer y callar.

Un silencio que se rompe y que es interrumpido es el puntapie inicial en esta dramaturgia que tiene tintes dramáticos y humorísticos, que permite hacer soportable la bruma espesa sin oxígeno. Que en medio de tanto odio plantea un escenario alternativo para desdramatizar la realidad.

Los libros serán los enemigos incansables del padre que luchará para volver atrás el tiempo, un tiempo que ya no tiene retorno.

Mientras tanto, la necesidad es la encargada de crear determinados lazos que irán surgiendo -momento a momento- hasta plasmar la bipolaridad que tiene cada uno de estos entrañables personajes, consiguiendo empatía con el público, haciéndose más o menos cercano según los rasgos que los caracterizan y permitiendo que la revolución tenga lugar en la vida de quien así desea que sea.

Desde ya que el personaje de Ulises Pafundi es el que más repercusión tiene no solo por su interpretación sino por quien es en escena. Sus compañeros de obra tienen un gran desempeño también y consiguen enriquecer la trama con la tensión necesaria para que solo podamos relajarnos en los momentos que la historia lo permite.

Hablemos a calzón quitado es la fórmula perfecta para quitarse la máscara y decir lo que se piensa, haciéndose cargo de las consecuencias.

Mariela Verónica Gagliardi

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Te aplasto como insecto

El invernadero9

El escritor Harold Printer escribió hacia fines de los años cincuenta, El Invernadero, época en que se desató la Revolución Húngara (1956), un movimiento revolucionario que tuvo lugar contra el gobierno del país y de las políticas impuestas desde la URSS. Lo que estaba en juego era la retirada de las fuerzas soviéticas del territorio de Hungría y el gran poder que ejercía el Politburó contra la revolución.

Recién treinta años después se crea la Tercera República Húngara y cada 23 de octubre se conmemora por lo ocurrido en 1956.

Dentro de este contexto es que Pinter idea su dramaturgia The Hothouse (El Invernadero), una comedia policial con tintes de farsa y absurdo.

Resulta imposible no dejarse seducir por la propuesta dirigida por Agustín Alezzo e integrada por un elenco de actores maravillosos que mantienen, fielmente, la estética inglesa de aquél entonces.

El director de un centro de salud mental, protagonizado por Edgardo Moreira, es quien irá hilvanando su parecer intrincado e implantando la duda sobre cada certeza supuesta de los demás empleados del lugar. Es así como la historia se convertirá en un juego detectivesco en que los espectadores serán los encargados de encontrar el motivo de existencia de esta institución, por qué los internos llevan número en vez de nombre, a qué se debe tanta intriga y por qué los discursos se vuelven más importantes que las acciones.

Sin lugar a dudas que existen dos conflictos a partir de los cuales girarán las dudas: la muerte del paciente 6457 y el nacimiento de un bebé. Estos hechos estarán en boca de los que habitan este sitio tan frío y cobarde a la vez. Y, por qué utilizo esta última palabra. Justamente porque si no existiera dicha institución física, le sería imposible al hombre (y con hombre abarco a aquel que le toque tomar el poder en el momento indicado) imponerse ante los demás.

Si bien el organismo parece ser de salud mental por las charlas que se definen durante la obra, lo cierto es que no se dice de modo explícito (creo que no hace falta hacerlo tampoco ya que diversos mecanismos de tortura dan cuenta de ello).

El Invernadero podría bien ser el escenario revolucionario sito en Hungría y los directivos, aquellos rusos que reprimían física y psicológicamente a quienes luchaban por sus derechos y un país libre de toda invasión externa. Los sin nombre, serían los desprovistos de derechos que pretendían aunque sea permanecer vivos y salvos. Pero, cómo salir ilesos de un mecanismo represivo tan eficaz que dominaba con la acción más que con la palabra, aunque en la mano de Pinter, es la palabra, la encargada de desvalidar la acción -haciendo énfasis en lo absurdo que resulta aniquilar al otro sin tener argumentos racionales para hacerlo-.

Y cuando no se encuentra la manera de luchar de igual a igual, se mata o reprime de la peor manera, dejando a la víctima desprovista de defensa. Este abuso de autoridad se ve plasmado, íntegramente, a lo largo de toda la historia y resulta agobiante cómo la lingüística puede anular el pensamiento ajeno, así como también -si se lo desea- el acudir a la tortura física.

En cuanto la luz blanca se esfuma, la roja alumbra a un pobre interno a quien se lo intenta vaciar hasta matándole su propia alma. Convertido en un mero robot que dice y responde como los “otros” quieren, es que su corazón se duerme para siempre. Así transcurre esta puesta en escena al igual que la vida de cualquier mortal.

Si el poder pudiera distribuirse -como la riqueza que jamás se reparte-, en partes iguales, esta obra no tendría su motivo de existencia ni tendría la obligación de educar a través del diálogo y del humor.

Porque todo lo que duele no fortalece, a veces extermina como si los humanos fuesen insectos devenidos en plaga. Y como la plaga se denomina con tal nombre, deja de interesar.

El Invernadero jamás pasará desapercibido porque se ubica en un lugar intrincado, en que se puede debatir y a partir del cual ganará no el mejor sino el que se atreva a tener más sangre en sus manos, dejando de lado la culpa. Qué replanteo podría tener una persona que solo siente con la cabeza y con el interés insoslayable de poseer lo que otro tiene, sin importar las consecuencias.

El Invernadero no es una moda y por ello podría seguir en cartelera de por vida. Porque no tiene imperfecciones, porque todos los artistas tienen su momento de protagonismo y porque quien podría ser el culpable es solo para distraer la atención de aquellos dormidos por el sistema.

La corrupción, la seducción y el poder coercitivo; desfilan incesantemente hasta que ocurre la desgracia.

Elenco: Edgardo Moreira, Nicolás Dominici, Georgina Rey, Sebastián Baracco, Federico Tombetti, Bernardo Forteza y Jorge Noya. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Sonido y música original: Mirko Mescia. Asistencia de dirección: Martin Ventimiglia. Dirección: Agustin Alezzo. El Camarín de las musas. Funciones: viernes 21 hs, sábado 19 hs.

Mariela Verónica Gagliardi