*** Diciembre 2018 ***

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La oscuridad no es tiniebla

 

Ver y no ver5

Empezando por el principio cabe resaltar que Oliver Sacks fue el neurofisiólogo que creó la verdadera historia, por tratarse de la suya en verdad. Sus problemas de salud lo hicieron estudiar incansablemente. No solo para salvarse sino para sanar a cuanta persona pasara por diversos problemas de salud.

Cuando pienso en el mundo de los ciegos me angustio de inmediato. Mi corazón late, precipitadamente, deseando nunca perder la vista. Ni siquiera por unos segundos. Ni siquiera para vivir una experiencia nueva. Nunca, jamás.

Creo que este miedo lo comparto con miles o millones de personas en el universo, pero es un miedo -como casi todos- infundado.

La vista a través de los ojos ve cosas que quienes están “privados” de la misma, no pueden.

Suena tan inverosímil este juego de palabras que cuando releo lo que escribo dejo de comprender absolutamente todo. Este papel debería estar escrito con palabras sin tinta, solo con imaginación.

De aquí en adelante solo analizaré lo que vi con el alma, con el corazón y con cada uno de mis sentidos. La vista la dejo para lo último porque no es indispensable para este magnífica obra de teatro que consigue trasladarnos a un campo colmado de incertidumbres, aquellas que al humano -por lo general- no le agradan.

“Ver y no ver” (cuyo título original es “Molly Sweeny”, escrita por Brian Friel y dirigida por Hugo Urquijo) es una invitación hacia lo desconocido por la mayoría de los mortales.

Si pudiéramos quitarnos los ojos, lo más probable es que no sabríamos qué hacer con nuestras vidas.

Sin embargo, Any Sweeny (Graciela Dufau) se desplaza por el escenario viviendo. Sintiendo. Aprehendiendo. Oliendo fragancias a flores exquisitas. Sabiendo qué hacer a cada instante, menos cuando su entorno está tan ansioso por una operación que podría devolverle lo que en un principio tuvo.

Ella no parece necesitar cirugías, ni cambios drásticos. Tiene lo que quiere. Lo que necesita. Lo que su corazón palpita.

Es encantador escuchar las diversas melodías que acompañan los relatos de los tres actores, que tienen su momento para expresarse en solitario, de manera privada, sin ser cuestionados o juzgados; a la vez que se fusionan espléndidamente. ¿Hace falta verlos con los ojos? Realmente no. Con la vista podemos aprecer ciertos detalles escénicos como la puesta minimalista con proyecciones cálidas y un mobiliario simple. Sin la vista se pueden sentir aquellas cuestiones inexplicables, sinceramente, con palabras. Con esto quiero decir que lo que pueda comentarles en esta nota es un mínimo porcentaje de lo que puede apreciarse a lo largo de toda la función que nos mantiene en vilo a los espectadores.

Emoción, escalofríos, llanto y cuántas cosas más logran cautivar a nuestros cuerpos. ¿Humor? Claro que sí, porque si bien es drama, el director consigue matizar y descontracturar llevándonos al inicio de la historia de amor de esta pareja encantadora: la de Any con su marido Martin (Arturo Bonín). Un dato particular y llamativo es que él la conoció al igual que en la actualidad, pero ahora, por algún motivo anhela que ella pueda verlo, quizás. Quienes vemos con los ojos estamos convencidos que quienes no se están perdiendo de mucho. ¡Qué egoístas y caprichosos que somos!

Sumergirse en la vida de esta gran mujer es sacarse muchos prejuicios, la venda llena de polvo y, realmente, empezar a vivir como seres vivos.

Tenemos un cuerpo que, tantas veces, no usamos por completo. Caminamos sin plantearnos que lo conseguimos gracias a las piernas. Besamos, sin pensar en que podemos gracias a nuestros labios. Y, así, podría enumerar muchos ejemplos que no harían más que aburrirlos.

“Ver y no ver” es una lógica racional versus una sentimental.

Queremos que la minoría sea como la mayoría sin evaluar, por un momento, que tal vez, que los más pueden ser menos.

Nelson Rueda, encarnando al Dr. Wasserman, el médico que experimentaría la “cura” de la “ceguera” de quien no parece tener demasiado entusiasmo en abandonar su universo paralelo.

A veces se puede elegir, y otras no.

Cuando sus ojos descubran, quizás sea demasiado tarde o, tal vez, la experiencia de su vida la haga entender qué le conviene.

Un devenir de situaciones harán que esta dramaturgia nos engalane desde el comienzo y no sufra ningún altibajo. Impecable, excepcional, perfecta e interpretada por tres grandes actores argentinos que no hacen más que convencernos de sus posturas.

Y vos, si tuvieras la oportunidad de escoger ¿qué harías?

Mariela Verónica Gagliardi

Elenco: Graciela Dufau, Arturo Bonín, Nelson Rueda.

Dramaturgia: Brian Friel.

Dirección: Hugo Urquijo.

Funciones: Miércoles 21 hs, Sábados y domingos 18 hs.

Teatro La Comedia.

 

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El amor y la soledad como problemáticas sociales

noches-blancas1

ficha-noches-blancasPodría introducir a la presente pieza artística mencionando que si te dicen que no debes hacer tal o cual cosa, lo más probable es que intentes todos los medios para rebelarte. Por lo tanto, si un hombre le dice a otro que no se enamore de él: dicho desenlace puede imaginarse de inmediato. La histeria entre humanos es tan añeja como podría suponerse y nadie estará en condiciones de arrojar la primera piedra.

Considero que las dramaturgias de Ariel Gurevich son un caso aislado, en el buen sentido de la palabra. Hay quienes nos fanatizamos y enamoramos de escritores que reflejan realidades añoradas, pretendidas y dentro de las que podríamos ser aún más felices que en las reinantes, deslizándonos en una cierta fantasía tan recreada como propia.

Noches blancas es su nueva obra y realmente brilla por donde se la mire, por donde se la sienta. Fiódor Dostoievski es su original autor y Ariel su nuevo discípulo argentino. Para quienes conocen el texto ruso podrán notar bastantes cambios pero, también, coincidirán en que la esencia se mantiene intacta. En que el personaje principal continúa tan solitario y encerrado en ambas versiones, soñando despierto con una realidad que no se anima a construir, observando como cual viejo a la gente, sus conductas y vidas, sin armarse una propia. Porque, lo que suele pasar es que resulta más sencillo decir sobre los otros que sobre uno mismo.

En la adaptación vigente, Gurevich decide colocar como escenario protagónico la casa del personaje principal, provocando aún más agobio y encierro que si se tratara de las calles de Petersburgo y aledaños -donde, al menos, podría respirarse un poco de aire fresco-. Al suceder todo entre cuatro paredes, la asfixia se potencia y la angustia crece de inmediato. A la vez que el mobiliario minimalista y blanco, ayudan a completar la ambientación precisa para ubicarnos en tiempo y espacio en que se irán desarrollando las acciones poéticas durante algunas extensas e inolvidables noches.

A la excelencia de Gurevich se suman los tres actores que se desenvuelven memorablemente, que atraen en todo momento y permiten que, en silencio, contemplemos tan bello trabajo artístico.

Dostoievski había centrado su historia en la vida de un hombre de 26 años que se comportaba como alguien muchísimo más grande, sin experiencia en el mundo y sin haber tenido algún tipo de roce con mujeres. Esto es un aspecto que lo hace relucir como un hombre ideal, un hombre que nunca cometerá excesos ni errores. Claro que, como se podrá notar, nada de eso pasará, ya que se enamorará de Nastenka, una adolescente que vive con su abuela ciega (atada, literalmente, a ella) y sin posibilidad aparente de tener vínculo con el afuera. Esta relación que surge espontáneamente en un muelle, no será exactamente igual a la que se origina en el relato teatral ya que son dos hombres (Nelson Rueda y Esteban Masturini) los que se sienten identificados y pasan sus veladas.

El rol de la mucama Matryona lo encarna Silvana Tomé, al igual que la caracterización de otros personajes femeninos con los que los espectadores podremos deleitarnos una y otra vez. Realmente, el ritmo del mambo, la salsa (y algunas otras melodías pegadizas) le otorgan un aire renovador, fresco y con una atmósfera en la que es posible relajar el cuerpo, moverlo hacia ambos lados y disfrutar el amor que en algún sitio podrá hallarse.

Una ficción, integrada por ficción, a la que se suman dos relatos atemporales. Un narrador que dice y desdice sus logros y fracasos, que se delinea de un modo a veces completamente distinto al que se puede ver.

Silvana Tomé con su gran excelencia vocal nos trae canciones que complementan las escenas y les da una bocanada de aire fresco, recordando que la pesadez no siempre tiene que ser semejante.

Como dice en un momento del libro, acerca del soñador: es “una criatura de género neutro”. Entonces, la decisión de colocar a dos hombres que interpreten a la pareja (originalmente heterosexual) no modifica en absoluto la esencia, sino que los sigue conservando como utópicos.

“Era como si se hubieran olvidado de mí, como si fuera un extraño para todos”. Y con este frase ya es posible sumergirse en la melancólica lectura en que los mortales se irán dando cuenta que la soledad es, tantas veces, una elección, mientras que existen varias modalidades de cambiar y no permitir que la soledad nos escoja.

Los objetos simbólicos (como una gorra, la estatuilla de un perro, una cadenita, un alfiler de gancho, entre otros) se encargan de ir delineando todo aquello que tendrá notoriedad en Noches blancas de Gurevich. Y, lo más interesante de todo es que la soledad es combatida con soledad, el amor con romanticismo y la elección justa cuando se pretenda. En cuanto al autor ruso, su rostro es proyectado, sus días en prisión (por contradecir a un zar) recordados y la angustia de aquella soledad tan desahuciada, sentida como si jamás se hubiera podido compensar.

En lo que se refiere al aspecto romántico y amoroso, a lo largo de toda la historia se pueden ver presentes. Un abrazo, una palabra, una frase alentadora y el deambular de aquellas almas solitarias que se creen perdidas y absortas pero que, aún, encontrarán la forma de encontrarse y encontrar -así y solo así- la esperanza de vivir más libremente, sin depender de un otro para ser feliz y conectándose con el mundo como se pretenda.

La fantasía es espejo de la sombra, se escucha decir en cierto momento de la obra y esta frase, al igual que tantas otras, quedarán flotando en el éter para que nos las apropiemos y podamos ponerlas en juego en el momento exacto.

En cuanto al ritmo del relato, existen momentos en que se verbalizan las acciones opuestas a las llevadas a cabo, y, por otros, el silencio se apodera de ellos, cautivándolos. Es la poesía que engalana e hila los conceptos de la historia en que el humano es desposeído de todo lo material para mirarse por dentro. La filosofía también se suma al relato y al lugar que ocupa cada ser en el mundo.

De repente el texto de Dostoievski se siente bien cercano, muy cercano, con nombres de acá, con sensaciones de acá y cuestionamientos de todas partes que casi siempre seguirán siendo los mismos. La soledad no es un problema, el problema es como se lleve.

Mariela Verónica Gagliardi

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No se puede aniquilar la fe

La bestia rubia12

 

 

 

 

 

 

En 1974, el Padre Mugica, fue fusilado. Existen distintas versiones respecto al origen del asesino. Algunos se inclinan porque habría sido un miembro de la Triple A. Mugica estaba brindando una misa en la Iglesia San Francisco Solano (Villa Luro) y, al cabo de un instante, su cuerpo baleado se derrumbó en el piso.

“La bestia rubia” (escrita por Andrés Gallina y dirigida por Tatiana Santana) toma el asesinato y vida del Padre para, a partir de la danza, recrear el antes y después de la sociedad, una sociedad de clase baja -representada por este humilde hombre- que se nutría del peronismo para darle su amor a los más necesitados.

Por esos años, este partido político estaba vedado. Pero los religiosos, de alguna manera, también. Lo espiritual es opuesto a la dictadura. El amor, también.

Mugica, además, era un hombre que se enamoraba, que sentía pasión por el fútbol y el automovilismo. Él, rezaba para que Fangio y Racing salieran campeones. Hasta que optó por dejar de lado sus pedidos y orar por los pobres, iluminándolos.

Rodolfo Eduardo Almirón, supuesto autor material del hecho, barrió a uno de los curas más bondadosos de la historia, por envidia. Que no sea lea como imbécil este comentario. Quien precise derramar sangre para sentir que sus ideas triunfaron y que tiene poder, está en vías de lograr exactamente lo contrario. Cómo puede ser que un embajador de Dios, que le dio tanto a la población religiosa y atea, no pueda estar presente para continuar con su mandato terrestre.

Estratégicamente hablando, un Cura tiene la posibilidad de llegar con sus palabras y oraciones a una gran cantidad de gente que confía en él. En cambio, un uniformado de la AAA, intenta predicar política sin ser político y utilizar la fuerza para exterminar a quien no se pliegue a su movimiento. Tristemente, esa fue la realidad.

La obra de teatro no precisa demasiados diálogos ya que las canciones se encargan de hilvanar una escena con la siguiente, además de utilizar al baile como herramienta total de expresión. La danza contemporánea es la encargada de demostrar lo que pudo sentir este seguidor fiel de la fe al morir, teniendo tanto por hacer en el mundo, abandonando un estilo de vida par ir a otro mundo diferente, para el que aún no estaba preparado.

“Un hombre fue ajusticiado hace 1900 años, en el Monte Calvario, en el Monte Calvario…”

Este verso, suena y resuena en mi cabeza durante la obra y después de la función. Se apodera de mí por la fuerza que tiene cada una de sus palabras, por el acento que se hace en el catolicismo, en los héroes y en la forma que tienen de ver a un hombre común como depositario de su alma, siendo de origen judío.

Jesus de Nazaret, Carlos Mugica. Ninguno de los dos eligió morir de tal manera. Uno crucificado por un pueblo religioso que lo consideraba traidor y el otro por un movimiento político que lo consideraba también traidor.

¿Por qué se lo consideró a Mugica de ese modo? ¿Quién se creyó su asesino para aniquilarlo, considerándose dueño de la verdad?

La palabra del padre no dañaba, enaltecía, mientras sus ojos claros como el mar, brillaban. Es increíble el parecido entre el Padre y el actor Nelson Rueda. Observo una foto de cada uno y sigo encontrando similitudes. Parecen, inclusive, la misma persona, fotografiada en distintos momentos.

Con respecto a la banda sonora, realizada por Rony Keselman, deleita profundamente. Le otorga un peso fundamental a la historia, impidiendo que caiga en alguna ocasión. Cada momento de tensión se escucha, se ve y se siente. Las tres disciplinas (danza, canto y actuación) se fusionan tan bien que deseamos que “La bestia rubia” no finalice nunca.

Todos los actores y bailarines-actores tienen un compromiso enorme con lo que hacen, además de su profesionalismo plasmado en cada movimiento. Laura Figueiras se muestra, al igual que en otras obras, como un ave que levanta vuelo sin pesar. Su cuerpo adopta la postura que ella desea y desde las acrobacias aéreas hasta en el piso transmiten mucho más que una performance. Es ese don innato que no se estudia ni adquiere, es aquello con la conforma como una artista completa, íntegra y distinguida.

Nelson Rueda nos lleva a congregar y plantea la religión de tal forma que no se siente un fanatismo. Él representa al Padre, lo interpreta, habla como hubiese hablado y dice lo que hubiese dicho. El espacio escénico no tiene más que una pared con la V y la P, ya conocida la combinación por todos los argentinos. Todas las representaciones nos permiten situarnos en tiempo y espacio gracias a las coreografías y a la música. Debo decir que los movimientos se entrelazan con los diálogos y con cada uno de los silencios, espontáneamente sin sentir que se fuerzan situaciones con tal de exponer una comedia musical.

Creo que Mugica desde el cielo, sigue iluminado como soñaba y está agradecido porque se siga hablando de él tan maravillosamente -expresando su mandato artísticamente-. El arte, como la fe, perduran con el tiempo y son las únicas cosas que nadie, jamás, podrá matar.

La bestia rubia

Mariela Verónica Gagliardi

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