*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Besos de amor

Yo no duermo la siesta2

Ese aroma a infancia y a niñez, con aires frescos y conflicto igualmente sin resolver, amores, sensaciones de agobio y placer, tensiones y la vitalidad de hacer remediando, luego, las consecuencias.

Yo no duermo la siesta (escrita y dirigida por Paula Marull) plantea diversos problemas que son ubicados, sin orden de prioridad, unificando criterios, espacios escénicos, momentos recurrentes y situaciones que se van de las manos sin poder arrepentirse.

Una familia es el foco dentro del que irán interactuando cada uno de los personajes principales y secundarios hasta conformar una unidad que se mueve como pieza de engranaje, que se desliza aceitada sin por eso tener que terminar con un tradicional feliz como se quisiera.

Existe un gran contenido simbólico en el que habitan estos hombres, mujeres y niñas. Tal es el caso de Aníbal (Marcelo Pozzi) que, sin lugar a dudas, es el que más llama la atención desde un principio por su dificultad para comunicarse y moverse. Igualmente, él hace hasta lo imposible para lograrlo aunque suele fracasar en el intento por culpa de quienes se burlan de sus problemas como modo de entretenimiento. Así, el bien y el mal toman protagonismo indefectiblemente al igual que lo correcto e incorrecto y varios de los antagonismos que desfilan por la dramaturgia.

El sometimiento es otro de los factores que existen en la historia y a través del que se obtienen determinados resultados, no siempre gratos.

Puede observarse una puesta en escena realmente atractiva, vistosa y que cumple a la perfección con la línea argumental, sin sobrecargar los espacios pero otorgándole a cada ambiente los detalles precisos para que sepamos en qué lugar de la casa se está en qué momento. El vestuario también es el ideal para cada personaje y la música que se apodera del corazón infantil que todos llevamos dentro.

Natalie (Micaela Vilanova) es la que más protagonismo tiene en Yo no duermo la siesta, no solo por su excelencia para interpretar a esta niña perversa e inocente a la vez, sino por el rol que ocupa en la historia. Ella es la encargada de transmitir el deber ser, la moral y, sin embargo, tener acciones opuestas a sus argumentaciones. Uno de los juegos que puede verse es un tratamiento para que su amiga espante a los mosquitos de su cuerpo. Así, cada una de las intervenciones de la pequeña será precisa, eficaz y dando a entender el sufrimiento por el que está viviendo y tuvo que crecer de repente.

El personaje antagónico de Natalie es la talentosa María Marull -quien interpreta a Doris-, una mucama que vive con esta familia y tiene la función de armonizar. Como si se tratara de un hada madrina que sonríe, sufre y llora en privado para después tener la fortaleza de dar lo mejor de sí. Cabe resaltar que Natalie no pertenece a dicha familia sino que es una vecina que, por diversos motivos, está con ésta momentáneamente.

Es verano, los insectos abundan, el clima agobia y las discusiones también. El ventilador no alcanza, los caprichos desbordan y todo explota de un momento a otro.

“Yo no duermo la siesta”, dice Natalie. Porque le hace mal y le da ganas de vomitar al despertarse. Afirma a su amiga Rita (Agustina Cabo) que cuando sea grande va a irse a vivir a una ciudad para evitar dormir de tarde. Esta última sin saber que hacer solo justifica que “Hay que decir las cosas para no enfermarse”.

Mientras Doris se acuesta e intenta no pensar, su mirada se entristece, lagrimea y silencia su padecimiento. Al mismo tiempo, puede verse a las niñas jugar en el living y resulta encantador vivenciar la niñez tan bien narrada. No parece ser una historia sobre la infancia escrita por adultos sino por una mujer observadora que se detuvo a reflexionar en el tiempo y captó la esencia justa de cada momento luego desarrollado por las pequeñas en escena.

Jugarán al videoclip, recorrerán la casa de un extremo a otro y harán cosas de toda niña traviesa. De eso también se trata. Mientras la madre de Rita (Sandra Grandinetti) está fuera del hogar, el descontrol se apodera de la atmósfera in crescendo.

Yo trato, trato, trato pero no te olvido. Yo lucho, lucho, lucho y no lo consigo (Contra la corriente – Karina) se escucha de repente y la cumbia sintetiza una de las líneas argumentales de la obra. Todo parece fusionarse en un punto y los pensamientos de Doris ser, de algún modo, los que transmite en ciertos momentos la pequeña Natalie.

“Hay que darse cuenta de las cosas”, dice Doris; y pretende solucionar como por arte de magia el caos de la casa.

Varios relatos que tienen una profundidad impecable, una sensación de que no todo lo malo es tan malo y que la alegría puede aparecer en determinadas situaciones para digerir los malos estragos.

La adultez recién aparece cuando el personaje interpretado por William Prociuk se hace presente, habiéndose anunciado con anticipación y también existirá un cierre prometedor que emocionará a todo aquel presente.

“No me da miedo ir, me da miedo llegar”, dice Natalie casi al producirse el desenlace de la historia. Una historia que emociona, angustia, que te traslada a un mundo de fantasía y realidad muy bien logrado, que otorga ese don para sentirse bien hasta en el peor momento, recordando quién es cada uno.

ficha Yo no duermo la siesta

Mariela Verónica Gagliardi

 

 

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Corazones que no sienten

Ojos que no ven1

Una abuela ciega, literalmente hablando, es la encargada de unir a su familia en la tradicional cena de Noche Buena. Una noche en que sucederán varios encuentros y desencuentros, varias situaciones conflictivas en que el dolor será el ingrediente principal de la comida.

“Ojos que no ven” (basada en el cortometraje homónimo de Natalia Mateo), es una obra de teatro que pertenece al género dramático exclusivamente. Si bien existen varios momentos graciosos, éstos prevalecen sobre las desgracias que acontecen sobre cada uno de los personajes. No se salva ninguno de ellos, estando unidos -de algún modo- por los pasados y presentes no asumidos.

Toda familia encierra misterios para el afuera, secretos no develados a ciertas personas, aunque -en este caso- pretenden silenciar lo que ocurre para “cuidar” a sus seres queridos; sin darse cuenta que dichos cuidados no siempre terminan siendo saludables. Más bien, todo lo contrario.

Las escenas se suceden unas a otras, y podemos ver un living de los años setenta, decorado muy finamente, teniendo en cuenta todos los detalles como para situarnos en aquella época.

Si bien, este tipo de familias existieron siempre y existirán siempre.

La Abuela (Chela Cardalda) es, entonces, quien une para azotar, quien habla para lastimar, quien teme solo por ella misma al igual que casi todos los miembros.

Carmen (Eugenia Alonso) y Esther (Julia Gárriz), que interpretan a una madre e hija, respectivamente; llevan a cabo dos personajes verdaderamente impecables que las convierten en actrices dúctiles, espontáneas y que alcanzan esa libertad que solo consiguen las talentosas.

El resto del elenco, también, desarrolla sus roles de forma excelente, haciendo que esta dramaturgia reluzca en todo momento y que el público quede atónito en muchos momentos álgidos de la historia.

En cuanto al ritmo, puede notarse cómo en algunos instantes sucede rápidamente y, en otros, se apacigua para darle lugar a lo infantil de la mano de Mumu (Tamara Drumond) -quien interpreta a una niña adoptada, de raza negra y que, de verla su abuela, no la aceptaría.

Este es uno de los misterios más grandes e irrisorios de “Ojos que no ven”. El que une a una abuela con su nieta, desde el cariño inmediato, desde la música, desde una canción inesperada; conectándolas amorosamente. Si esta abuela tuviera vista, claro que no la querría, pero su velo le permite darle una oportunidad en silencio.

Por otro lado, se observa a Raúl (Mariano Mazzei) que no cumple con los parámetros sociales como para ser considerado un hombre responsable, sino un hippie que lucha por sus sueños musicales.

Los demás actores cumplen roles importantes pero los que más se destacan por cuestiones de textos son los mencionados específicamente.

Ausencias justificadas por quienes las practican, un abuelo enfermo desechado como basura y como un tumor difícil de extirpar; se conjugan para estallar en llantos.

Los que se hacen cargo están de un lado del camino y quienes no, del otro. Aquí, otra vez, entra en el segundo grupo la abuela, quien ha dejado que su marido vaya a un geriátrico por no poder soporar la realidad actual.

Son muchas las comparaciones que se pueden realizar y, seguramente, muchas las identificaciones que pueden hacer los espectadores con algunos personajes y/o situaciones reinantes.

Mumu, un perro enfermo, el abuelo padeciente y, otras crisis menores, integran la mesa de Noche Buena. El silencio solo surgirá cuando queden impresionados por alguna noticia inesperada o, también, esperada pero no deseada.

Emiliano Dionisi, quien ha sido premiado como actor y director, vuelve a sorprendernos con esta obra que oscila entre el drama y el melodrama.

Los comentarios del público se hacen notar al finalizar la historia, a la cual subrayan como excelente y no dejan de decir que es sencilla, como una familia cualquiera. Esto último es lo que produce el enaltecimiento de “Ojos que no ven”, el que se trate de algo conocido por todos.

¿Quién no ha tenido un familiar enfermo, quién no ha tenido que atravesar una separación y quién no ha tenido que simular para no hacer sufrir a quien ama?

Todas las respuestas dependerán de cada humano, de cada momento, de cada personalidad y, jamás se podrá negar que tal vez padeciendo ceguera la realidad no sea tan drástica como pudiendo observar con las pupilas cada movimiento.

Es ciega, no tarada – repite, una y otra vez, Esther.

Chela Cardalda interpreta a esta mujer discapacitada visualmente, pero capacitada para provocar dolor en todo lo que toca. No es malvada en su totalidad. Es humana, como todos.

ficha Ojos que no ven

Mariela Verónica Gagliardi

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Las distancias no modifican

Viva Italia1

Mónica y Andrea protagonizan “¡Viva Italia!”, una obra de teatro creada colectivamente, ambientada en los años ochenta y dirigida por el talentoso Walter Jakob. Dentro de esta historia, estas amigas que no se ven hace muchísimo tiempo, comenzarán a viajar a partir de folletos de turismo del país de la bota.

Una ya estuvo en Italia, hace años, y, la otra, sueña con conocerla. De esta forma, podrán verse a lo largo de la historia, cómo Mónica y Andrea -aún siendo totalmente opuestas- intentan encontrar la felicidad, aunque sin resolver conflictos personales que le permitan salir más airosas de las situaciones, tomando decisiones más atinadas.

Los dos hombres que aparecerán en escena, no serán realmente trascendentes para la dramaturgia -a nivel profundo-, pero sí servirán sus interpretaciones para producir confusiones en los espectadores.

Al comenzar la historia, simplemente, se ve cómo un matrimonio vive su rutina diaria, hasta la llegada de una tercera persona. Así, lo que parecía ser normal y dentro de todo estable, termina haciendo chispas.

Lo mismo ocurre cuando aparece la cuarta persona para crear nuevamente un giro en la historia y hacernos creer que el hilo conductor es otro.

«¡Viva Italia!», conmueve con su simpleza, demostrando que no es necesario crear una obra de teatro compleja para impresionar. Italia, como tierra que aloja a enamorados, a una historia tradicionalmente bella, añorada por casi todas las personas que nunca la han visitado. Italia como sueño, como esperanza como reconstrucción de donde se desearía estar, de quien se desearía ser y, depositando, en el más allá las frustraciones que en el aquí y ahora no se logran desentrañar ni resolver.

Walter Jakob consigue delinear dos caminos posibles entonces: el presente y el futuro. En el primero se ubican las cosas no dichas, los silencios, las elucubraciones y los deseos. Mientras que en el segundo se sitúan los pretextos para no hacerse cargo de dicho hoy.

Así como existen estas dos argumentaciones, también varios géneros presentes como: el melodrama y la comedia. No existe demasiada tensión en el relato sino que éste se apoya, fundamentalmente, en lo más filosófico y espiritual. De esta manera, las constelaciones se vuelven importantísimas para comprender el modo de pensar de Andrea -quien puede ser vista como trastornada, de no tener en cuenta esto-.

En las clases de constelación ella logra descubrir quién es y qué quiere, aunque todas esas cuestiones se desvanecen como humo, dejando en evidencia que las decisiones apresuradas no siempre son las más atinadas.

Como único escenario posible y visible, el living de una casa, mezclado con cepillos, tijeras y demás accesorios de peluquería que vendrían a simbolizar que todas las modificaciones externas si no son acompañadas por cambios internos; no sirven para nada.

La bipolaridad se apodera de los cuatro personajes, dejando en evidencia que están perdidos y enredados con sus propias palabras, con sus propias rejas y sus propios mundos.

Esconderse en un baúl, desaparecer de la estratósfera, resurgir como ladrón y manipular todo lo necesario para que las cosas salgan como se quieren son algunas de las acciones que se vislumbran en esta pieza artística que dura una hora. Una hora en la que se resumen y representan características cotidianas, humanas y con las que, seguramente, muchos, podrán sentirse identificados.

ficha Viva Italia

Mariela Verónica Gagliardi