*** Noviembre 2019 ***

Entradas etiquetadas como ‘Marcela Ferradás’

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Fedra

FedraFedra es casi un nombre prohibido. Lleva consigo el adulterio y la culpa. ¿No será que en este mundo de hombres, donde la mujer también es una pertenencia -sobre todo si de pasión amorosa se trata- toda rebeldía y sublevación deberá ser cruelmente castigada? La tragedia, el mito y el rito a Tánatos son las rutas que conducen al corazón del drama de Fedra, heroína que se enfrentará a un mundo de hombres para intentar salir del laberinto del destino.

Autoría: Juan Mayorga

Actúan: Gastón Biagioni, Marcelo D`Andrea, Marcela Ferradás, Horacio Peña, Francisco Prim, Emilio Spaventa

Músicos: Juan Denari, Arauco Yepes

Vestuario: Luciana Gutman

Escenografía: Marcelo Valiente

Iluminación: Leandra Rodríguez

Diseño De Sonido: Carlos Ledrag

Música original: Carlos Ledrag

Entrenamiento en esgrima: Andrés D’Adamo

Asistencia de escenografía: Mae Bermúdez

Asistencia de iluminación: Susana Zilbervarg

Dirección: Adrián Blanco

Duración: 105 minutos

Clasificaciones: Teatro, Adultos

TEATRO SAN MARTÍN

Av. Corrientes 1530 – CABA

Teléfonos: 0800-333-5254

Web: http://complejoteatral.gob.ar/

Entrada: $ 210,00 – Domingo, Viernes y Sábado – 20:30 hs – Hasta el 25/08/2019

Entrada: $ 105,00 – Miércoles y Jueves – 20:30 hs – Hasta el 25/08/2019

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Hijas del silencio

La trastornada

Sí. Soy yo, sos vos, somos todas. Todas las que amamos sin fronteras, sin escrúpulos, sin dimensión, sin pensar. Porque, ¿qué es el amor? ¿Qué está bien o mal? Lo naif es bien visto y aceptado, pero lo otro siempre parece estar al borde del abismo.

La trastornada (escrita y dirigida por Ariel Gurevich) es un claro ejemplo de esto. Dentro de esta gran puesta escénica, dramatúrgica y musical podemos notar cómo una mujer atraviesa la peor crisis eterna de su vida. Pero no es la única. Y esto es lo más interesante de propuesta.

Para analizar esta obra tuve que guardar mi sentimentalismo y amor profundo por la vida de Ada Falcón y pensar de modo objetivo. Entonces vislumbro una atmósfera que genera nostalgia, humor y una mirada en tono de melodrama. Aquí es donde me centro.

La trastornada plantea un universo femenino exageradamente brutal, con personajes antagónicos pero idénticos entre sí. Se puede ver a Laura Esses (protagonista de la historia) deambular por el lugar en que está internada hace tiempo. Una mujer que no habla con palabras sino con silencios, que está muerta en vida, que camina y cae a la vez, que recupera fuerzas en cuanto aparece el incentivo más grande -a nivel artístico- que es la música.

En cuanto ella vuelve a entonar las estrofas de los tangos que más siente, sus ojos se agrandan, sus pestañas toman forma de danza y su cuerpo se convierte en puro talento.

La pasión ha vuelto a su vida y lo genial de la trama es cómo va contagiándola a ambas empleadas del lugar -quienes también parecen estar en un estado de no vida, cumpliendo tareas por inercia-.

Esta pieza artística está narrada como novela, entonces los capítulos van ordenando cada escena a lo largo de la función. La decisión de organizar la obra de esta manera le otorga dinamismo pero no aceleramiento, motivo por el cual se puede disfrutar cada momento representado por las actrices, quienes son acompañadas por el propio Ariel Gurevich -en piano e interviniendo en algunas de las situaciones-.

Existen muchos matices de parodia que, junto al melodrama. se conjugan para volar hacia otras dimensiones.

Dejando a un lado a la protagonista, nos encontramos con las empleadas que son nada más ni nada menos que hermanas (Marcela Ferradás y María Inés Aldaburu). Y, las clásicas, las que pelean, se reprochan, traen el pasado para continuar discutiendo y ventilando todas sus intimidades de antaño.

Las tres actrices hacen un trabajo excelente, se fusionan creativamente y lo tienen ahí a su “salvador”. No por hombre solamente, sino por lo que representa.

Resulta increíble cómo el silencio se corrompe con la palabra verbal y nuestra Ada de la obra cobra vida a partir de cantar La desgracia. Luego continúa “Miseria, que es odio y es llanto porque sé quién eres”.

La música les permite reencontrarse con ellas mismas, descubrirse nuevamente (o por primera vez), soltar sus sentires, dejar los miedos por ahí y danzar la vida. ¡La vida! Que no es solo romance sino valentía y perseverancia.

Intentan interpretar todo, uniendo fragmentos de poemas y canciones de distintos ritmos. Así se suceden aquellas auto adjetivaciones que parecen interminables y que, sin embargo, tienen un desenlace.

(…) “Envidia que grita y llora (…). La exageración magníficamente expresada, retratrada, mezclada con frases de, incluso, San Agustín: “El rencor es como tomar veneno y esperar que el otro se muera”.

En lo que respecta a la escenografía, realmente es acogedora, con paredes empapeladas, la foto de Canaro en un lateral, y algunos pocos adornos para no cargar por demás.

Se puede observar cómo las luces tintinean en ciertas ocasiones para darle mayor tensión a la trama.

Mientras el clan femenino va de aquí para allá en busca de diversas cosas, el pianista evoca su sentimiento, su invisibilidad. Pero, su función es más que notoria (no solamente por su destreza con este instrumento de percusión) porque acompaña el “dolor ajeno”. Acompañar sin dar consejos, sin juzgar… Acompañar. Hasta ir transformando la realidad que parecía tan quieta y que fue y es posible modificar.

¿Para qué?

Para poder tener esa adrenalina en el cuerpo que nos hace sentir que tenemos la misión más importante del mundo: ser feliz.

¿Y la locura?

¿Quién dice que amar desmedidamente es perder la razón?

Mariela Verónica Gagliardi

Dramaturgia y dirección: Ariel Gurevich.
Actúan: Marcela Ferradás, María Inés Aldaburu, Laura Esses y Ariel Gurevich.
Dirección musical: Diego Vila.
Funciones: Domingos, 16 hs.
Centro Cultural 25 de Mayo (Av. Triunvirato 4444 - Villa Urquiza).
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Patriarcado versus Matriarcado. ¿Dos caras de una misma moneda?

El padre1

Ficha El padreNadie nace de un repollo pero hay quienes tienen la posibilidad de tener un padre presente y quienes se quedan con las ganas de poder disfrutarlo por diferentes circunstancias de la vida.

Hay quienes discuten, pelean y no le dan crédito en su familia por considerar que las decisiones las deben tomar otras personas. Por más irrisorio que suene esto, antes y ahora la figura de un padre ha sido y es boicoteada. El padre antes era el encargado de trabajar hasta el cansancio, hacer dinero y cumplir con todas las obligaciones. Sin embargo, la mujer, se dedicaba a tareas de la casa, a cuidar de los hijos y, tantas veces, a administrar el dinero ganado por su marido. ¿Que si la mujer estaba de acuerdo? Algunas quizás no, otras quizás sí y algunas tal vez ni siquiera se lo planteaban.

Sin caer en una dramaturgia sexista ni machista, El padre, la casa está que arde (es una adaptación de Fraden, del escritor sueco August Strindberg, dirigida por Marcelo Velázquez) es una delicia que se va digiriendo de a poco. Y digo, de a poco, porque a simple vista el texto podría ser atacado, por eso es ideal ingresar a la función en modo neutral para escuchar, mirar y observar (por sobre todas las cosas) de dónde viene este hombre, qué pretende conseguir y hacia dónde lo van llevando sus decisiones.

Haciendo un pequeño análisis sobre la vida de Strindberg, podemos decir que en el plano sentimental, tuvo una vida bastante sufrida, tuvo algunos intentos de suicidio, tenía un gran miedo a la soledad y la dificultad de adaptarse a la realidad real. Estos conflictos personales y tantos otros más le permiten soslayarse en la literatura y convertir sus desgracias en interesantísimas dramaturgias.

Lo que primero llama la atención es la escenografía, la cual está ubicada a lo largo del espacio y que le permite a los actores utilizarla como necesiten en todo momento. Ellos podrán caminar cual pasarela, usarla como mobiliario, escritorio y con diversas funciones, sin tener que cambiarla durante la dramaturgia.

Corría el año 1887 cuando el autor escribió este interesante e intrincado texto. Y, cabe cuestionar-se si algo ha cambiado en nuestros tiempos vigentes. Si la mirada de una mujer sobre su marido es otra, si la mirada de una sociedad completa acepta los cambios y qué lugar ocupa cada esposa en su hogar en la toma de decisiones. Porque es muy fácil y simplista colocar una figura con un rol determinado y pasar a otra cosa. Pero esa decisión tendrá consecuencias y la toma de una ideología que no podrá esfumarse.

Este padre es un ex Capitán del Ejército y pareciera, por momentos, no abandonar su uniforme ni su autoritarismo. Sin embargo, Laura (su mujer) no consigue ponerse de acuerdo con él sobre cómo educar a Bertha (hija de ambos) y, a partir de ese conflicto, todo lo que vendrá será catastrófico. Una manipulación tras otra recaerán en este hombre que terminará abatido, sin energía ni ganas de vivir. Y no es que haya que tenerle lástima o rendirle pleitesía pero su carácter lo ha metido en problemas difíciles de resolver con un chasquido de dedos. Él no será consciente de la ola de vicisitudes que se avecinarán y, cuando eso ocurra, ya nada podrá hacer para revertirlo.

Edgardo Moreira se sumerge desde el comienzo de la historia dramática en la piel de este ser, consigue interpretarlo de una manera formidable y en cuanto brotan lágrimas de sus ojos, el público se conmueve. No existe posibilidad de no emocionarse, de no sentir algo de pena por el lugar en que está ahora. Tanta lucha no le sirvió para ser escuchado. Y es que, tal vez, él no tenga ganas de equilibrar su matrimonio y solo quiera ganar: como en la guerra. La dupla que consigue con su nana (Ana María Castel) es tan tierna y sutil que dibuja una sonrisa en nuestros rostros. Sin embargo, este personaje irá mutando a lo largo de la historia y dará qué hablar su completa transformación.

En el siglo XIX se pretendía derribar al patriarcado, como ahora. Quizás como siempre.

Pero, aniquilar un sistema de antaño no significa derribar a quien tuvo el mando de determinadas decisiones. Debería ser poder compartir y, juntos enfrentar las adversidades. Pero esto hace temblequear al protagonista de Strindberg y que se sienta solo. A partir de esa soledad él pierde un poco la razón y todos sus miedos se apoderan de su cuerpo. Y cuando digo de su cuerpo no me refiero solo a la parte externa sino a su esencia, aquella que le permitió estar en pie y ser quien es hasta entonces.

Por eso, ¿es posible extinguir al patriarcado sin desmerecer la figura de papá?

¿Es posible vivir sin un padre? ¿Es posible que una madre haga lo que sea para convertirse en la sucesora de esa figura que tanto aborrece?

Habría que tener el cuidado suficiente como para no convertirse en espejo de lo que más se detesta. No sea que un día ese fantasma se apropie de las criaturas que parecían más celestiales y bondadosas.

Un elenco súper talentoso que se completa con Marcela Ferradás, Enrique Dumont, Luis Gasloli, Denise Gómez Rivero y Santiago Molina Cueli. Cada uno se complementa con el otro y por eso es que esta pieza artística agota localidades en cada una de sus funciones. Porque los actores desde ya tienen su trayectoria y porque conocer lo que un hombre piensa en su rol de padre es algo que no abunda en estos tiempos. Porque cada época tendrá sus hitos, complejidades y problemas a resolver; pero si más de un siglo después se sigue considerando que en una familia tiene que haber alguien que dirija esto sería lo más complicado de modificar, no al patriarcado en sí. Porque ningún ser humano merece ser desvalorizado para tomar su lugar o posición. Por eso, este Padre es la muestra intacta de lo que hombres y mujeres tenemos que destruir sin acabar con nosotros mismos. ¿Humanos contra humanos?

Mariela Verónica Gagliardi

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