*** SEPTIEMBRE 2025 ***

Entradas etiquetadas como ‘la familia’

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Un monstruo que devora al más débil

Emilia1

En medio de una familia totalmente destrozada y agotada de tanto intento frustrado, resurge una de las mujeres más déspota e hiriente metiendo el dedo en la llaga donde más duele. Su nombre es “Emilia” (de y dirigida por Claudio Tolcachir).

Ella (Elena Boggan), una anciana mujer pero con garras de joven violenta, narra su pasado donde dice haber disfrutado de vuestra compañía. Entrometida al máximo, con un estilo de suegra -sin serlo-, de madre, de amante y de mucama; se va encargando de recuperar un lugar que tuvo antaño.

Walter (Carlos Portalupi), su hijo adoptado de la vida, la encuentra en la calle e invita a conocer su nueva casa. Claro que jamás imaginó que de esa simple charla se dirían las atrocidades más grandes y cada miembro de la familia mostraría su verdadero rostro.

Esta obra dramática no es una historia inventada sino una narración que nos recorre de principio a fin. Quizás, alguno Emilia3pueda identificarse con la situación reinante o, tal vez, conozca a alguien que pasa o pasó por algo similar. Estremece, da escalofríos -claro está- ya que el elenco de actores es excelente y logra hacernos sentir cada sensación relatada por Tolcachir. Pero, la angustia es inevitable. No hay nada por hacer y nosotros seremos meros espectadores de un desenlace terrible, el cual no puede imaginarse al comenzar “Emilia”.

Me parece interesantísima la manera de colocar un paralelismo entre el pasado y presente, donde el foco está puesto en esta humilde viejita, desorientándonos por completo y logrando que atravesemos -junto a ella- su visión de la historia. Su relato pasa a ser el predominante, olvidándonos que existe un argumento más amplio que apunta a un lado que aún no conocemos. Más tarde, sabremos por parte de los demás personajes, otras verdades que nos permitirán conformar una historia completa de la cual podremos: juzgar, acusar con el dedo o simplemente callar para reflexionar.

“Emilia” no queda abierta, sino cerrada, como muestra estar entre las rejas. Dicho encierro le otorga la culpa, una culpa tenaz que la va humillando en silencio, de a poco, sin que logre tener el valor de asumirlo. Esa es ella. Esa mujer que luchó por educar a un hombre que no había salido de su vientre pero que, sin embargo, sintió como tal. Se puede Foto prensa 1odiarla aunque ella con esa mirada y ojos cansados logrará conmover a cualquier puritano de su maldad. Como dicen muchos: a veces no importa lo que se diga sino cómo se diga. Este es el caso de la situación: Emilia vocifera lo peor, pero dicho con un tono realmente convincente. Ella, manipula, todo. Va sorteando obstáculos, dando lástima. Todos logran amarla y detestarla a la vez. Es que son almas perdidas en busca de un sentido y ella es esa brújula “con experiencia” que consideran logre orientarlos. Pero la vejez no siempre es sinónimo de sabiduría.

El pobre chico (Francisco Lumerman) es la única víctima que oscila entre la idiotez y la inmadurez para no caer al precipicio que tanto teme. Es el único inteligente de la familia -compuesta por su madre (Adriana Ferrer) y su pareja, si se quiere decir Walter, que intenta convencer de lo conveniente. Pero nadie lo escucha. Lo relegan y tratan de la peor manera como si fuera una lacra. El pobre hace lo imposible por salir de la realidad que lo invade -en plena adolescencia-, mientras toca su xilofón sin saber siquiera las notas. Cada sonido será un paso más que avance Emilia y cada silencio un suspenso de lo terrorífico que esté por ocurrir.

La casa nueva, conformada por un cuadrado -repleto de mantas cuadras y de diversos colores- incluirán a estos seres desposeídos de bondades. En un costado estará sentado durante casi toda la obra, un hombre (Gabo Correa), tildado de querer destruir lo que no existe. En algún momento ingresará para compartir con ellos su panorama y será echado a la fuerza. Él es diferente, como su hijo. Ambos son indefensos.

Emilia educó a un monstruo, el mismo que destruirá sin piedad.

Emilia2

 

ficha artístico-técnica Emilia

Mariela Verónica Gagliardi

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«El loco y la camisa», en Escenarios de Verano – Mar del Sud

El loco y la camisa2

Dentro de una humilde casa, las paredes serán testigos de gritos, explicaciones y golpes. Mientras un matrimonio sigue su rutina -por inercia-, dos hermanos intentan darse a entender.

Desde la óptica de un “insano”, se pueden proyectar las peores miserias y fracasos, que intentarán desequilibrarlo, hasta desaparecerlo en su propia casa.

Una persona es tomada como responsable del qué dirán, de lo que no debe ser y de lo terrible que es ser él.

¿Por qué el ser humano tiende a desvalorizar al “diferente”?

¿Es más valioso ser igual que distinguirse de algún modo?

“El loco y la camisa” (escrita y dirigida por Nelson Valente) se posiciona en la mente de un joven con inconvenientes psiquiátricos y, a partir de allí, es que podemos inmiscuirnos en su manera de sentir y ver la vida.

Beto (Julián Paz Figueira) es la oveja negra, el que no debería integrar a esta familia tan disfuncional. Sin embargo, simbólicamente, es el único que logra desenmascarar la violencia e hipocresía llevada a cabo por sus padres y hermana.

En un mundo invadido por agresiones físicas y mentales es una obra necesaria, como para demostrarle al espectador dónde están los límites verbales y corporales como para no matar lo que -aún- vive.

Otro aspecto a tener en cuenta es el de la razón. El loco y la camisa1¿Por qué está explícita la necesidad de hacer válida una visión propia?

Los personajes, muy bien caracterizados, logran transmitir su forma de ser y arraigarse -en todo momento- a los parámetros sociales. Bajo esta estructura, un hijo y hermano loco debe ser encerrado literal y emocionalmente hablando.

Un joven que sufre de obsesión y delirio no es apto para interactuar en grupo… Y su entorno, acaso, ¿sí lo es?

¿Desde que lugar se forja una verdad absoluta sino desde la insistencia de un pensamiento?

Si Beto decide revelar la realidad real, ¿por qué habría que silenciarlo? ¿Por qué “arruinarle” la vida a su familia cuando, callándose, todo sigue igual?

Este joven será la pieza fundamental para mantener unido a su clan, el cual no le pertenece en absoluto y, ni siquiera, mantiene los mismos valores. Pero, cuando decide -en el peor momento- dar a conocer todos los secretos de cada integrante, todo se disgrega, todo termina y en vez de convertirse en un calvario, su madre lo acaricia dándole la razón.

También existe otro asunto delicado que es el de la discriminación y de la auto-discriminación.

María Pía (Soledad Bautista), es cómplice de maltratos, hasta el punto tal de sentir que el propio hermano no merece de su compañía mientras esté su novio. Estas relaciones de dependencia, conseguidas gracias al temor de perder a la otra persona, no permiten ver correctamente. El único que logra descifrar, la personalidad y misterios ocultos, es el tildado de loco.

El loco y la camisa3

Este loco que tiene como padres a dos personas tradicionales y conservadoras (Lide Uranga y Ricardo Larrama). Entre ellos existirá la violencia y desvalorización al punto de enceguecerse -creyendo justificaciones que, ni siquiera Beto, podrá considerar como ciertas-.

¿A qué lugar interior conduce una mentira o el mismo silencio? ¿Tan perversa puede ser la incertidumbre como para no arriesgar y, tal vez, lograr una mejor calidad de vida?

Por suerte, el delirio es el juicio más sano y toda conducta considerada normal es rebajada a los sinsabores más hirientes.

Pero Mariano -el novio de María Pía (José Pablo Suárez)- nos demuestra cómo, un extraño, es capaz de romper el statu-quo de un hogar, al cual esta palabra le queda demasiado grande. Cómo intenta desarraigar a quien tendría que amar noblemente y cómo, ante el primer obstáculo, pide huir.

Zona norte y zona sur son representadas por las dos partes: la familia versus Mariano. Las diferencias entre ambas zonas son mostradas, estereotipadamente, y los diálogos irán recorriendo diversos temas delicados durante esta pieza teatral dramática, con un tinte de humor.

En cuanto a cuestiones de guión, me parece muy coherente con el tema central a tratar que es la locura. Desde allí se nutre y retroalimenta cada personaje-eslabón con un “otro” y, también, con el conflicto que vendrá.

Las lágrimas en el rostro de Beto no tardarán en llegar e irán apareciendo al igual que su furia y sus ganas de gritar, a vivas voces, lo equivocados que todos están. Él es como un niño sin tabúes ni tapujos, que solo desea ser feliz.

¿Tanto pide? ¿Tan poco merece?

Ficha artístico-técnica El loco y la camisa

Mariela Verónica Gagliardi

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La nostalgia nos convierte en prisioneros

El jardín de los cerezos2

Es invierno. Hace mucho frío y un conflicto se avecina…

“El jardín de los cerezos” (adaptada y dirigida por Nicolás Pérez Costa) es una puerta para conocer a la familia protagonista de una historia, llena de melancolía, tristeza, valores y diferencias sociales. Durante el año 1904, Anton Chejov escribe esta pieza teatral, la cual está basada en el declive de la aristocracia rusa y el ascenso de la clase más baja.

Durante las dos horas que dura la obra se puede ver reflejada la política -en la voz de cada uno de sus actores, quienes logran contarla de un modo ameno, prolijo y llevadero-.

La casa en que viven sus miembros, está por ser rematada y ese será el puntapié inicial del relato. Cómo lograrán mantenerla, como harán para que su pasado continúe vivo, recordado?

Un hombre, Ermolái Alexéievich Lopajin (Damián Iglesias), los asesora para que realicen un complejo vacacional, ignorando y pasando por alto el valor afectivo que tiene la propiedad. Él les intenta justificar lo poco que interesan los cerezos, ya que cada dos años dan su fruta y el resto del tiempo, nada.

Este espacio no vale como objeto sino como cuna por la cual han pasado varias generaciones. El jardín no es cualquier jardín. Es lo que fue, lo que paralizó a esta familia, lo que hizo que jamás continuaran sus vidas con un propósito o fin motivador. Las personas que habitaron esta casa, pudieron mudarse, regresar y deshacerse de su vivienda -por más lágrimas que corrieran por sus rostros-; ya que sus días son semejantes, rutinarios y estáticos.Héctor Giovine y Rita Terranova en El jardin de los cerezos

Dentro de las mismas paredes conviven los ricos junto a sus sirvientes. Tal como suele suceder entre las clases acomodadas, sus siervos son los mismos a lo largo de la vida, quienes conocen los secretos de la familia, sus pormenores y cada una de sus frustraciones.

Liubov Andréievna Ranévskaya (Rita Terranova), tiene dos hijas: Ania (Renata Marrone) y, la otra adoptiva, Varia (Iara Martina). La señora, quien regresa de París para estar al tanto del futuro de la residencia y sus espacios verdes, comienza a tomar conciencia de varios aspectos y, éstos, transforman pequeñas partes de su temperamento. Por otro lado, su único hermano: Leonid Andréievich Gáyev (Héctor Giovine), intentará -pero no muy convincentemente- evitar el remate de la casa.

Ania, es una muchacha joven que está terminando sus estudios y la inocencia la caracteriza. Ella es una de las figuras más evocadas a lo largo de la narración ya que a partir de su juventud se puede notar cómo es posible lograr un cambio en la familia o en su vida, de a poco; rompiendo con el statu quo reinante. Por otro lado, Duniasha (Cecilia Barlesi) demuestra sus dotes para interpretar su personaje a la perfección. Ella es delicada, cuidadosa, sabe transmitir lo que siente y piensa, sin temor alguno.

También, se puede hacer énfasis en Firs (Leonardo Odierna), realiza una interpretación excepcional como sirviente de esta familia. Todos saben que existe pero no lo tienen en cuenta mucho que digamos. Es que como muchas veces ocurre, la vejez produce el alejamiento de las personas de menos edad. Él dice que no está viejo, que “hace mucho tiempo que vivo”.

Son varios los personajes que se van sucediendo durante la obra pero merecen -sin menospreciar a los demás- un destaque, algunos de ellos.

Semión Panteléievich Epijódov (Agustín Pérez Costa) es otro de los que resaltan por su actuación y composición. Este personaje es muy interesante y es el enamorado de Duanisha. A su vez, Agustín interpreta a un borracho que nos hace reír durante toda la función. Éste es torpe, se cae, desafina al cantar, toca la guitarra y en medio de tanto “talento” intenta seducir.

En cuanto a la institutriz de la familia, Charlotte Ivánovna (Valeria Ruggiero), esboza “tener tantas ganas de hablar y no tener con quién”. Esta mujer esbelta y distinguida, habla lo justo y necesario. Solo decide emitir palabra en el momento preciso. Pero cuando su voz se escucha, se nota su disconformismo para con la familia.

Las muertes son contempladas, los recuerdos, encendidos; pero no hay un factor que los entusiasme como para cambiar y realizar un giro interesante.

El blanco otorgado a los vestuarios y escenografía, demuestra que la riqueza está presente pero a punto de ser abandonada. Ellos no hacen nada para conservar su casa y jardín. Lo dejan ir, como a sus propias vidas. Así es como notamos que la resignación es otro de los puntos a destacar en cada uno de estos personajes.

Liubov acepta la perdida de la casa porque asume haber pecado. Dice haber derrochado mucho dinero. Además, las tragedias seguidas de muertes, aparecen una y otra vez. Como la de su hijo, quien se ahogo y ella, sin poder aguantar tanto dolor, se fue a vivir a Europa. Como si la distancia lograra cicatrizar tremenda herida. Pero así es como se maneja esta familia: haciendo valer su condición de aristocracia.El jardin de los cerezos3

El único que, posiblemente, salve las tierras familiares, es Leonid. Un préstamo sería la única posibilidad y, en torno a este, girará gran parte de la obra.

También está presente el simbolismo de progreso junto a Piotr Serguéievich Trofímov (Juan Guilera). Él es un estudiante de menos de treinta años, muy inteligente. Este personaje, también, es interesante ya que sus diálogos estarán relacionados a la actualidad del país y sus condiciones. Piotr menciona a la clase obrera y a la correspondiente servidumbre, en contraposición a la alta sociedad. “En la vida real solo hay vulgaridad”. No causalmente es Piotr quien se acerca más a Anita e intenta hacerle ver la realidad por la que está pasando el país en su totalidad. Él, se anima a decirle que su propia familia tiene esclavos en la casa. Ella no se enoja, pero su personalidad no se toma muy en serio las cosas; aunque sí esto hace que comience a decidir por sí misma.

Las luces cambian sus colores, según el estado de la situación que se esté representando. La música clásica -a cargo de Nazarena Mastronardi-, acompañan cada cambio de acto en el escenario. También, los artistas cuentan con sonidos y música a lo largo de la historia, que los ayudan a sumergirse, mejor aún, en la época narrada.

“El jardín de los cerezos” es un clásico que en esta versión logra lucirse y demostrar que con buenos actores es posible narrar una pieza teatral lenta, con un ritmo un poco más ágil.

Mariela Verónica Gagliardi