*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Que dure lo que tenga que durar

Los últimos cinco años1

Existe una afirmación que gira en torno a que el amor dura para siempre, pero dicha frase es una de las utopías más grandes del universo. Así se trate de semanas, meses o años; nadie podría asegurar cuándo dos corazones dejarán de latir al unísono.

James Robert Brown utilizó su propio divorcio para crear un musical romántico, y dramático a la vez, llamado «The last new years». Esta puesta en escena muy sencilla, tiene su gran apoyo en una orquesta en vivo (dirigida por Hernán Matorra), mientras dos cantantes se lucen en la historia. Tanto en teatros como próximamente en el cine, el desenlace amoroso es uno de los temas más recurrentes a la hora de escribir dramaturgias.

Como si se tratara de una sola gran canción, «Los últimos cinco años» (dirigida por Juan Álvarez Prado) integra anécdotas, momentos lindos, otros tristes y todo aquello por lo que atraviesa un matrimonio a lo largo de una relación.

El Teatro Metropolitan oficia de loft para que Jamie Wellerstein (Germán Tripel), un novelista en ascenso, y Cathy Hiatt (Luna Pérez Lenning), se deshaoguen como mejor les parezca.

Formamos parte de una cultura que consume muchísimos productos norteamericanos y, si bien, tiene varios puntos a favor; las traducciones, el estilo y la fidelidad en cuanto a todo el argumento no les permite a los actores relajarse del todo para componer a estos personajes con un tinte más argentino. Y al referirme a esto no estoy haciendo hincapié en que sea un error respetar fielmente un guión, sino de utilizar ciertas palabras que lograrían un mayor acercamiento entre elenco y público.

Habiendo leído o no sobre el musical, se puede observar a Cathy y Jamie en extremos opuestos del escenario. Dicho espacio es su propia casa y, por otros momentos, se convierte en lugar de trabajo, living, oficina, carretera, entre algunos de los originados.

Si dejáramos de lado, por un instante, la trama del musical, estaríamos en presencia de dos historias paralelas que no se cruzan sino hasta avanzada la dramaturgia. Se puede comprender este romance gracias a determinada información, bien específica, sin la cual no se entendería.

Pero, más adentrado el relato puede justificarse por qué tal desconexión es así: ella narra momentos de su carrera como actriz, las frustraciones que no le permitían triunfar y, puede vislumbrarse, que dicha mala suerte por llamarla de algún modo fue uno los motivos por los cuales su relación no prosperó.

Por el lado de él, la sonrisa y felicidad lo impulsaron a la fama y a encontrar el amor en otras cosas y personas.

No es de sorprender que ante desequilibrios o problemas personales, se afecte a la persona que está a nuestro lado. Esta es mi teoría y lo que mis sentidos pudieron observar.

Las canciones van y vienen, mezclando pasado y presente constantemente. Juntos o separados, ellos resumen sus momentos más importantes (positivos y negativos), intentando continuar de la mejor manera posible.

No quieren relegar su deseo de sentir esa sensación en el organismo que solo puede producirla el hecho de que alguien les guste. Estar enamorado se vuelve el tema más trascendente de «Los últimos cinco años» y las consecuencias de no estarlo produce lo que algunos podrían interpretar como lo más relevante: la ruptura.

Reminiscencias de algo que duró lo que tuvo que durar y una mirada profunda sobre lo que significa ser feliz sin sentirse fracasado.

Los últimos cinco años ficha

Mariela Verónica Gagliardi

Los últimos cinco años
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El amor encerrado en un potrero

Una zambita cruel8

Un caballo humanizado (Patricio Witis), el cual vive encerrado en un potrero, sin relacionarse demasiado con sus amos.

En medio de los típicos roces familiares -entre una hija (Celeste Sanazi) y su padre (Mariano Muente)-, surge una historia de amor que no llega a desarrollarse.

Los artistas tienen la convicción de cantar y trasladan la trama a las voces campestres y autóctonas.

Las guitarras suenan -marcando el ritmo, compás y sensaciones- desde la escena y desde fuera de ella.

No existen demasiados contratiempos, prevaleciendo el amor que no pudo ser y Una zambita cruel3el encierro emocional de los
personajes como barrera al despertar de sus emociones.

En cuanto al título de la obra, considero que no es necesario justificar, constantemente, el mismo a través de la palabra. Sus cuerpos expresan y la música confirma a éstas.

Tal vez, sea una cuestión estética el modo de narrar y el recurso poético utilizado.

La sala del Teatro Garganta estaba colmada, todas las mesas de madera tenían un aroma especial rural. Ese perfume a antaño que suele ser difícil recrear y transmitir.

De repente, uno de los actores llamado Lucas (Julián Rubino), esboza en su canción: «Voy sin saber a dónde voy, voy despidiendo lo que soy» y, luego, se incorpora a la obra para seguir sorprendiendo con su estilo moderno y popular, al son de la zamba.

Al principio no se sabe quién es quién, pero el relato principal no apunta a descubrirlo, sino a convencerse de cuáles son las cuestiones trascendentes en la vida de un ser vivo y a luchar por los valores que considere importantes.

Una zambita cruel16

La música ambienta, entretiene… los diálogos conforman cada escena pero, si imaginaramos, una zamba bailada de principio a fin; sería el resumen de esta obra.

Por otro lado, el personaje de Soledad (Celeste Sanazi), la prima de Lucas, pretende ser el hilo conductor de las tragedias que se van sucediendo, pero podemos -de algún modo- tomar al caballo como personaje principal o, inclusive, al propio guión.

Eso es lo más interesante en «Desde mis ojos»: la posibilidad de elegir el camino a seguir y el sentirse libre, sin tener que esforzarse por entender. El entendimiento es visible, con diálogos no rebuscados, gracias a lo cual el espectador puede Una zambita cruel15disfrutar y dejarse llevar por los estímulos de la pieza teatral.

Una estancia, un caballo, una familia y una serie de letras musicales que conforman esta propuesta.

Otro punto a resaltar es que cada intérprete puede lucirse, siendo todos protagonistas. También, la manera en que van alternándose los pensamientos del caballo con las escenas familiares, para lograr un par impacto distinto en una historia de amor.

«En la quietud del monte una brisa cambia todo» – dice el animal en cierto momento. El tenia sus pesares y dolor muy ocultos, tan ocultos que cuando quiso expresarlos no supo medir la fuerza. No era un animal salvaje pero sí en cautiverio, totalmente abandonado y despreciado.

La poesía está presente en todo momento, intentando desmarañar los problemas. A su vez, un guitarrista fuera de las tablas, ameniza a lo largo de la narración, otorgándole mayor vida al relato campestre.

Al finalizar la obra, me puse a pensar sobre el maltrato animal. Sobre la eutanasia, sacrificios, veganismo. Y es que, como les decía anteriormente, cada persona establecerá un lazo con aquel aspecto que le signifique más.

Si un caballo pudiese hablar con palabras, ¿qué esbozaría?

Una zambita cruel6

La violencia es violencia. Hacia una persona o animal. Entonces, por qué justificar uno más que el otro? Hasta donde llega el ego del hombre como para considerarse superior a otro ser vivo?

«La muerte es puramente animal», afirma el caballo. Quizás ese sea su argumento para no sentir culpable.

La historia avanza y cada conflicto se resuelve. Mientras tanto la música cobra protagonismo:

«Nunca supe cómo cantar esta zambita cruel».

¿Puede considerarse cruel un animal? Este actúa por instinto. Pero su instinto no siempre le marca lo correcto, solo lo que sus sentidos irracionales le confirman que debe hacer.

ficha artístico-técnica Desde mis ojos

 Mariela Verónica Gagliardi

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