*** Noviembre 2019 ***

Entradas etiquetadas como ‘Iride Mockert’

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Turba, de Laura Sbdar

Turba

Topadora de corazones soy, sí, y en el decir, le voy robando terreno al desierto en el largar y largar para afuera las voces de todas las mujeres de mis pieles, me acerco al hacer vivir y entierro al dejar morir.

Todo empieza como en el comienzo de siempre que todo principia. Desnuda. Yo desnuda como el pescuezo de una gallina. Yo con la piel puesta en el desierto y el principio de lo peor: un apretón de manos y una puñalada de carne en mi boca. Mi Plomito saliendo con las manos enganchadas al útero y el 128 que se la lleva volando. Pero no. Se equivocó el varón. No voy a permitir. Soy bruta que turba desde los yuyos secos hasta la nieve negra para encontrar a mi nena. Soy bruta que turba corazones, soy la reina del terreno.

Autoría: Laura Sbdar

Idea: Iride Mockert

Intérpretes: Iride Mockert

Vestuario: Magda Banach

Escenografía: Laura Copertino

Pelucas: Mónica Gutiérrez

Maquillaje: Daniela Deglise

Diseño de luces: David Seldes

Diseño sonoro: Obo Mendez

Realización de escenografia: Guillermo Manente, Víctor Salvatore

Realización Set-electric: Paul Damian Pregliasco

Música original: Javier Estrin, Iride Mockert

Fotografía: Nacho Miyashiro

Diseño gráfico: Fermín Vissio

Asistencia de escenografía: Melanie Waingarten

Asistencia de iluminación: Facundo David

Asistencia de vestuario: Luciana Hernández

Asistencia de dirección: Victoria Beherán

Prensa: Marcos Mutuverría

Producción ejecutiva: Valeria Casielles

Colaboración artística: Celia Argüello Rena

Diseño de movimientos: Celia Argüello Rena

Dirección: Alejandra Flechner

Clasificaciones: Teatro, Adultos

EL PORTÓN DE SÁNCHEZ

Sánchez de Bustamante 1034 – CABA

Teléfonos: 4863-2848

Web: http://www.elportondesanchez.com.ar/

Entrada: $ 350 / $ 300 – Lunes – 21:30 hs – Desde el 23/09/2019

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Madre coraje, de Bertolt Brecht

madre coraje.Anna Fierling ‒la Madre Coraje del título‒ es una astuta vendedora ambulante quien, para sobrevivir, sortea hábilmente las diferencias entre católicos y protestantes para sacar partido de la guerra y del dolor humano. Y aunque obtiene beneficios, el precio que debe pagar es la vida de sus tres hijos.

Basada en la crónica de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) entre católicos y protestantes, Bertolt Brecht escribió Madre Coraje en 1939 para denunciar el advenimiento del nazismo, que estaba en el aire. Ya hacía tiempo que el autor había emprendido el largo camino del exilio, por lo que la estrenó dos años después en Suiza. Terminada la Segunda Guerra, Brecht volvió a montarla con el Berliner Ensemble, la compañía que había fundado con su esposa, la actriz Helene Weigel, quien se consagrara justamente por su interpretación de Madre Coraje.

El resultado fue una obra monumental, más allá de la coyuntura en que fue escrita. Con frecuencia, se le ha reprochado a Brecht que el personaje de Madre Coraje, quien lo ha perdido todo por la guerra, no aprenda la lección y al final continúe en la guerra. Sin embargo, Madre Coraje no debe aprender nada, precisamente para que el espectador sí pueda aprender. Es su incapacidad para aprender la lección llevada al extremo lo que provoca la incomprensión del espectador. El propio Brecht lo dejó sentado: “Lo que debe mostrar una representación de Madre Coraje es que, en la guerra, no es la gente pequeña la que hace los grandes negocios. Y que no hay sacrificio excesivo para combatir la guerra”.

UN MANIFIESTO POÉTICO

Madre Coraje hoy.
Porque Brecht siempre es hoy.
Porque Brecht es existencial.
Porque me intriga buscar cómo, desde el ayer, el autor nos dice cosas de nuestro cotidiano.
Creo que Madre Coraje es el símbolo de la alianza entre la guerra y el comercio, donde la codicia lleva a pérdidas irreparables.
Todo me resuena.
La guerra, la alianza y el comercio.
Grandes temas de candente actualidad.
Madre Coraje:
es drama con potencia.
Es manifiesto con poética.
Madre Coraje es mítica y necesaria.
Madre Coraje es una gran obra para este preciso momento.
Para hablar y respirar teatro de ideas, para gritar con vehemencia verdades universales que nos movilicen la vida que hoy nos toca.

José María Muscari

 

Ficha artístico-técnica

Autoría: Bertolt Brecht

Traducción: Miguel Sáenz Sagaseta

Actúan: Moro Anguileri, Emilio Bardi, Silvina Bosco, Héctor Díaz, Claudia Lapacó, Iride Mockert, Esteban Perez, Osvaldo Santoro, Martín Slipak

Cuerpo de baile: Braian Bre, Nicolás Iturbide, Lucas Mariño, León Ruiz, Julián Ignacio Toledo, Miguel Valdivieso

Coros: Braian Bre, Nicolas Iturbide, Lucas Mariño, León Ruiz, Julián Ignacio Toledo, Miguel Valdivieso

Vestuario: Magda Banach

Escenografía: René Diviú

Iluminación: Marcelo Cuervo

Diseño De Sonido: Ivan Grigoriev

Asistencia artística: Paola Luttini

Coordinación de producción: Julieta Sirvén

Selección Musical: Guillermo Salvador

Coreografía: Luis Biasotto

Dirección: José María Muscari

Duración: 100 minutos

Clasificaciones: Teatro, Adultos

TEATRO REGINA

Av. Santa Fe 1235 (mapa)

C.A.B.A. – Argentina

Teléfonos: 4811-7678

Web: http://www.casadelteatro.org.ar

Entradas desde: $ 300,00 – Domingo, Viernes y Sábado – 20:00 hs – Hasta el 24/02/2019

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La existencia es agobiante

Un gesto común8

No existe persona en este mundo que sea totalmente diferente a las demás ni que pueda distinguirse en algo por sobre el resto, de manera objetiva. Salvo que tenga la oportunidad de expresar su conocimiento o sabiduría para dotar a los demás de algo único. Inclusive, quien habla con tanta tenacidad de algo es porque, indefectiblemente, se siente parte del tema.

“Un gesto común” (escrita por Santiago Loza y dirigida por Maruja Bustamante), se sitúa en un lugar desde el cual provoca incomodidad. ¿Quién podría estar tranquilo al tener enfrente a un criminal (Diego Martín Benedetto) que ni siquiera muestra arrepentimiento?

Si la noticia saliera por los medios de comunicación cada uno podría sentirse libre de juzgar, de señalar, de decir lo que hubiera hecho en el lugar de este joven desesperanzado y solitario…

Pero, Loza, sabe cómo implantar una temática de esta estirpe para conseguir un efecto en los espectadores. De hecho, durante la función, hice unos imperceptibles paneos con mi mirada y me sorprendí al notar las expresiones de cada uno. Estaban paralizados, sin llorar, sin sonreír. Inclusive, sentí una cierta pesadez por parte del público como si quisiera que terminara de una vez la historia.

Y es que no es sencillo escucharlo decir cómo llegó a asesinar, a sangre fría, a una señora que lo acosaba. Aunque, muy probablemente, este dato haya sido pasado por alto por la mayoría.

Estamos acostumbrados a oír casos sobre mujeres golpeadas, maltratadas y víctimas de todo tipo de violencia como para que un hombre pretenda llamar la atención. Este hombre me produjo escalofríos y no por haber matado sino por la desprotección que demostró haber tenido durante toda su vida. Incluso hasta su cuerpo parece ser peso para él. No sabe amar, abrazar, besar y lo que le pudiese dar algo de felicidad lo desprecia por no saber cómo manejarse.

Esta sensación no me abandonó hasta que la luz se apagó en la sala -del Abasto Social Club-, una sala recreada como lugar húmedo, desesperanzador, un sótano abandonado con lo necesario para subsistir. Una cama similar a la que vemos en una cárcel, una canilla y un caballete pequeño. En esos escasos metros, él respira sin poder sentir libertad y come aunque sus tripas no se lo permitan del todo.

La iluminación, también, es importante en esta pieza teatral en que los tubos de luces fluorescentes titilan, el foquito intenta encenderse y la penumbra está sujeta al hilo conductor de la historia.

Por otro lado se encuentran: su amigo (José Escobar) y su amiga (Iride Mockert). Ambos tienen en común a él. Ambos están enamorados de él y parece hasta ridículo que puedan sentir lo que sienten por alguien que tiene estar características tan frías y rígidas. Podría hasta afirmar que la distancia que pone, causa todo el rechazo posible.

Tres relatos que se van enfrentando, entrelazando y provocando algo en la otra persona. Como si se tratara de monólogos, éstos son dichos libremente hasta que se escuchan a sí mismos como voz reveladora. Podría decirse que es Dios, intentando iluminarlos o, simplemente, el interior de cada personaje que los sacude un poco para hacerlos reaccionar y vivir.

Durante un invierno, la palabra sangre los recorrerá en reiteradas ocasiones pero ninguno de los tres sentirá miedo o sorpresa. Ellos están en el lugar que están, son diferentes pero similares y no tienen intención de cambiar o abrirse.

Los cantos con acompañamiento de guitarra -por parte de Iride- representan la ironía y lo burdo que todo, inclusive hasta lo más escalofriante, puede resultar.

Un gesto común puede ser la debilidad que tienen por enfrentar aquello que los marcó tanto, en su pasado, como para convertirlos en seres desposeídos de bondad -que solo actúan de acuerdo al motor del egoísmo y de aquello que les hace bien- dejando de lado quién es la otra persona.

Los diálogos son cortados, fragmentados y solo se fusionan casi en el desenlace de la dramaturgia; uniéndolos artificialmente sin espontaneidad y desprovistos de alma.

Nuevamente Santiago Loza esboza en su guión lo reveladora que puede resultar la religión y cómo suele apoderarse de las personas que no tienen un camino por seguir, una meta por alcanzar y un deseo por el cual luchar.

Un gesto común fichaMariela Verónica Gagliardi

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