*** Noviembre 2019 ***

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Maquillando al patriarcado

Cuentos de hades

En estos tiempos es necesario (mejor dicho, imprescindible) que existan obras de teatro como Cuentos de hades (basada en relatos de Luisa Valenzuela, dramaturgia, dirección e interpretación de María Emilia Franchignoni, junto a la composición y dirección musical de Jorge Chikiar).

Resulta entonces muy simple escribir sobre temáticas tan interesantes.

Estamos cansadas (sobre todo las mujeres) de las narraciones de princesas, de los finales felices y del comieron perdices. ¿Quién lo hace, acaso?

Cuentos de hades es una invocación a las épocas pasadas en que se contaban historias de boca en boca, en que la libertad se poseía con el solo hecho de respirar. Pero, dichos cuentos sufrieron transformaciones por parte del patriarcado. Sí, hace mucho tiempo al igual que ahora. El famoso miedo fue oscureciendo aquellas historias realmente encantadoras. O al menos, más encantadoras que su resultado final.

Algunos de los cuentos interpretados en escena son: Caperucita roja, La bella durmiente y Cenicienta. Se trata de una puesta completamente original, en la que se recrea un bosque encantado, con proyecciones audiovisuales, sonidos y efectos en vivo. Todas estas cuestiones artísticas, sumadas a la dramaturgia y actuación; nos ofrecen un realismo real y palpable con los cinco sentidos.

Es posible respirar un aire nuevo, sonreír con los interrogantes planteados por la actriz, darnos cuenta que siempre la mentira estuvo del lado de enfrente y que por más que se nos pretendió someter… ya es imposible sostener dichos patrones ancestrales.

Son tiempos difíciles y abruptos.

No olvidaré más un momento de la historia en que Caperucita es advertida (como ya es conocido públicamente, por su madre). ¿Cuántas veces hemos oído y leído este cuento?

Alguna vez, acaso, se han preguntado por qué es enviada una niña de corta edad, al medio del bosque para llevarle a su abuelita unos mandados? ¿Nunca pensaron por qué su madre no la acompañó o por qué no fue ella en lugar de su hija?

Tal como sabemos, estos principios de adoctrinamiento se utilizaban mucho en tiempos pasados y, quiérase o no, se siguen usando en la actualidad. ¿Para qué? Nada más ni nada menos que como se menciona: para hacer una bajada de línea sobre el adoctrinamiento. En vez de buscar una teoría lógica se recurre a lo perverso, a engendrar miedo en lo más débiles de manera inconsciente.

Por suerte, y no es casual, Cuentos de hades tiene este hilo conductor que nos permite atravesar en formato atractivo y lúdico, los árboles altos y toda la vegetación abundante de dichas escenas. Estas heroínas no son pasivas. Hablan, despiertan, interrogan, plasman sus dudas al cielo, al éter. No hay respuestas pero no se desaniman. Continúan. Atraviesan lo obscuro, preguntan -y sus voces se superponen con las de otros personajes-. Siguen, siempre para adelante. Sin temor. Estos personajes femeninos están latentes, vibran en la sala del Centro Cultural de la Cooperación. Nos acarician y trascienden la cuarta pared. Se aventuran a ser más fuertes que cualquier discurso apolillado y obtuso.

Luisa Valenzuela, en su libro Simetrías (1993) se explaya, se y nos nutre. Persigue ideas, no personas. Deconstruye los mitos y los deja a nuestro alcance para que también interpretemos, para que cuestionemos el brebaje que nos dan sin preguntar siquiera si es de nuestro agrado o para qué.

Somos mujeres, no presas. No le tenemos miedo a ningún lobo por más feroz que sea. ¿Por qué lobo y no loba Charles Perrault?

Con el énfasis en un lindo atuendo color rojo, dejamos pasar los puntos más importantes (léase, la psicología de estos personajes).

En el libro de Valenzuela, puede leerse la siguiente cita:“El mundo no le ha pasado por encima porque el mundo, con todo su horror y destemplanza, no concierne a las damas”; en referencia a la Bella Durmiente. Ese universo no incluye mujeres, podría decir de manera genérica. El mundo es de los hombres, quienes solamente deciden con qué mujer contraer matrimonio, qué vestimenta cambiarle y qué ideas conservadoras aplicarles por siempre.

Hay cosas que vencen, medicamentos, comida y pensamientos. Así como ya no se acepta una vacuna sin averiguar su contenido químico, las ideologías y pensamientos, también, están en crisis. En constante movimiento. Por suerte. Causalmente, nos empoderamos, salimos a la calle (no bosque) y pedimos por nosotras. No necesitamos historias represivas sino nuevos cantares. Para el hoy y para el futuro prometedor.

Basada en cuentos de Luisa Valenzuela
Dramaturgia, dirección e interpretación: Emilia Franchignoni
Composición y dirección musical: Jorge Chikiar
Funciones: Viernes, 20 hs
Centro Cultural de la Cooperación

 

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Degustar la vida

Yo me lo guiso, yo me lo como3

Mi pelo ya no sólo es rojizo sino que tiene un aroma a ajillo. Pasaron minutos y sigue impregnado. No es como la sensación de un perfume o shampú artificial sino que te traslada, obligatoriamente, a un lugar.

Generalmente, durante la infancia nos empapamos de aromas y sonidos que, más tarde, nos retrotraerán al pasado, a un momento preciado en que fuimos muy felices, a esos años en que conocimos la libertad, a épocas donde sólo importaba ser sin siquiera simular.

La obra de teatro “Yo me lo guiso, yo me lo como” (ideada y protagonizada por Carmen Mesa, con dramaturgia de Erika Halvorsen y dirigida por Gina Piccirilli) es por su excelencia una de las mejores piezas artísticas de la actualidad. Dentro de la misma se confluyen varios géneros y estilos que logran mostrar la simpleza de una bailarina española que se atrevió a soñar despierta.

No existe una historia a contar sino fragmentos de su vida que enaltecen a la dramaturgia y la dotan de una sensibilidad que eriza la piel hasta lagrimear.

Las niñas bonitas no pagan dinero, canta sonriendo a la vez; sumergiéndose a lo largo de la función en su niñez e indispensablemente teniendo al público como partícipe de cada uno de sus logros y frustraciones.

Para completar la puesta en escena, dos músicos acompañan a la bailaora y los detalles de cada mueble, artefacto y accesorio, nos llevan de viaje a la cocina de Carmen, esa habitación tan temida por algunos y tan adorada por otros. Así es como la sala dos del Teatro La Comedia se convierte en anfitriona para recibir a cada uno de sus invitados. Eso somos todos: invitados.

Ella dora los ajos, combina fragancias y condimentos para que la receta de su madre sea conocida por nosotros. Claro que la idea de la obra no es que aprendamos a cocinar sino que entendamos lo esencial que resulta tener raíces y un pasado que nos habite.

Y en un momento de la obra se refiere a esta temática, explicando qué significa el flamenco, esta danza tan terrestre, lo cual no es mera casualidad. Los pies en contacto con la tierra, al ras de ésta, enredándose hasta sentir lo maravilloso que es bailar alrededor de una cacerola en que se cuecen alimentos. Los que serán nuestra comida, esa que nos deleitará de principio a fin.

Nutrirnos de lo que elegimos, dejando de lado aquello que no nos interesa en lo más mínimo. Amar la vida y depositar cada gramo de energía en buscar el tesoro de la felicidad, sin la cual una oruga puede ser concebida como la criatura más espantosa o, creer que puede convertirse en la mariposa que recorrerá los cielos más esperanzadores.

Carmen Mesa elige sus anécdotas como si fueran recetas perfectas y las combina con su especialidad que, metafóricamente, es su modo de narrar. La facilidad de transmitir hechos con una suspicacia tan real como encantadora, utilizando palabras sencillas y otras específicas españolas.

Una vez más, la autora se luce utilizando el recurso biográfico, aquel que permite que el público se identifique con la historia, con la protagonista, con los sabores, con una tierra tan lejana pero cercana a la vez. Los pasos de flamenco recorren la cocina mientras las papilas gustativas y todos los sentidos pretenden atravesar el escenario. Una vez que el relato produce un quiebre, el rumbo del mismo cambia y es allí cuando tenemos que reconocer los puntos más nostálgicos en nuestro ser, los que otorgarán el placer máximo de degustar nuestro propio plato principal, nuestra propia experiencia y nuestro propio camino.

Yo me lo guiso, yo me lo como ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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Una puntada, un cuento

El ojo detrás de la aguja2

Desde pequeños nos van y vamos acostumbrando a escuchar y leer historias. Cuentos clásicos, fábulas, poemas, poesías y, de esa manera, de grandes extrañamos esos momentos mágicos.

Cada tarde o noche necesitábamos adormecernos con esas narraciones que, como buenos oyentes, memorizaríamos hasta el más mínimo detalle.

Ana Padovani, recrea esa intimidad entre el orador y, en este caso, su público, para transportarnos a diferentes épocas y estilos de historias. Nos lleva por un recorrido único, pintándonos sonrisas de infantes y, permitiéndonos, sentir cada diálogo.

Con una voz cautivadora y el acento e idioma requerido por cada historia, nos empapamos de amor y ternura, al igual que de risas virtuosas, durante la función.

En ocasiones, decidí cerrar los ojos y la concentración fue más profunda. Logré sentir esa fragancia a niñez, ese abrigo de una cálida caricia y la brisa al apenas estar corrida una ventana.

Intenté no prestar atención a la desconcentración de quienes no estaban respirando mi mismo aire y el placer fue aumentando. De repente, no me sentía en una sala de teatro sino en un espacio más chico en el que, solo yo era la que vivenciaba cada cuento.

“Detrás del ojo de la aguja” dirigida por (Christian Fortezza), nos dio la posibilidad de escuchar historias tradicionales entre una madre y su hija, los consejos que ella intentaba darle de alguna manera -pero sin decírselos-; breves relatos; cuentos con una lengua inventada, introducciones muy bien logradas que permitieron interpretar mejor las historias; Hansel y Gretel con dos finales El ojo detrás de la aguja1distintos y una creatividad que transmitió Ana muy cautivadoramente.

Ella es psicóloga y cuentista. Puede utilizar su profesión para saber cómo llegarle a cada público, qué cosas modificar y cuáles conservar.

La oratoria no consiste en pararse y hablar. Ni en hacer mil movimientos para demostrar algo. La oratoria se basa en ganar la confianza del público, un grupo de personas que puede ser muy similar o diverso entre sí en muchos sentidos.

En cuanto al material utilizado durante el unipersonal, la artista incluyó textos de: Horacio Quiroga, Laura Devetach, Luis Pescetti, Ana María Shua y propios.

Un aspecto que me llamó la atención fue el modo en que transcurrían los cuentos, intercalando los de mayor con los de menor duración y, también, el hecho de que no existió un hilo conductor entre cada uno. Solamente se concluyó la obra con el final de la primera dramaturgia.

Esta decisión nos permitió tener la libertad de prestar atención a la narración que nos interesaba sin tener que recorrer, obligatoriamente, un camino con una única dirección.

Ana Padovani nos explica que las historias son contadas a partir de una mujer que cose, que observa a través de ese diminuto agujerito y que, a su vez, aprovecha el tiempo para armar diálogos entretenidos.

En esta ocasión, la palabra se vuelve fundamental y determinante. Hay que cuidar el valor de la palabra, dice la actriz al terminar los relatos.

Será cuestión de pensar y repensar el lenguaje, lo que queremos transmitir, el cómo lograrlo y, sobre todo, cuando no sepamos qué decir citar al silencio. El mismo que acompañó a esta puesta en escena para servir de separador entre uno y otro relato.

Ficha artístico-técnica Detrás del ojo de la aguja

Mariela Verónica Gagliardi

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