*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Un grito a toda marcha

La mala fe4

Año 1951, un año en que uno de los líderes más carismáticos del ámbito político, era derrocado por fuerzas militares. Un año en que Perón era desplazado por intereses de otros sectores empresarios que pretendían llevar al país hacia otro destino.

La Iglesia que tanto apoyo le había otorgado a Juan Domingo, se hacía a un lado. Ahí, en ese momento, un cura muy bonito (Walter Bruno), sube a un tren con destino a Rosario y sus palabras y acciones se convierten en enseñanzas para un pueblo que, predominantemente, era católico, que se confesaba ante una persona vestida de embajador de Dios, y que pretendía limpiar sus culpas con tan solo expresarlas en voz alta.

Una madre (Lorena Vega) y su hija (Tamara Garzón Zanca), viajando, tensionadas, desesperadas por un futuro incierto y lleno de oscuridad. Un tren que es detenido, también por la fuerza, por una huelga de trabajadores cansados de pedir lo que les corresponde. Una formación que no continúa su recorrido para hacer pensar al espectador, para inducir al diálogo interior y para replantearse tanto la historia argentina como la vida.

La iluminación tenue que va creando climas de suspenso e íntimos, hasta focalizar en la acción y el drama.

Durante el viaje surgirán temas controversiales entre los tres personajes de “La mala fe” (escrita por Leonel Giacometto y dirigida por Alejandró Ullúa) y, de ahí en más, los años cincuenta nos invadirán, hasta sentir -de algún modo- que el presente y pasado se mezclan en varios aspectos.

Cada quien sacará sus propias conclusiones de acuerdo a su ideología e inclinación política. Pero, lo más
importante es que los protagonistas dan su visión, la cual difiere de por sí bastante entre ellos; La mala fe2permitiendo que el final sea abierto. Por un lado, está clarísima la última acción llevada a cabo por el cura, aunque la moraleja y análisis no.

Como un texto que invita a la reflexión, el peronismo siempre tuvo aliados y fieles como la Iglesia y, otros, que lo repudiaron tanto a su movimiento como a sus ídolos.

El Santo envuelto en un rollo de papel, supuestamente muy valioso a nivel económico y espiritual, será el verdadero protagonista de la dramaturgia -frente al que se tramarán diferentes teorías y planes-. Mientras tanto, el sonido del ferrocarril dará cuenta del transcurso del tiempo, un tiempo que se frenará cuando el paro se despliegue sobre las vías.

Genialmente, la madre dirá que no hay de qué preocuparse ya que Evita pegará unos gritos y, como siempre, resolverá los conflictos.

Un grito o varios gritos serían necesarios para asustar, de algún modo, a quienes intentan obstruir el paso de estos viajeros.

Y, este es uno de los puntos que más resaltan durante la obra. El egoísmo de unos que prima sobre los derechos de otros. Siempre es y será lo mismo porque, la historia, como se dice: es cíclima. No existe nada nuevo, solo otros rostros que repiten versos como aprendices de sus maestros, aquellos que ya no están para atemorizar a quienes solo se esfuerzan por avanzar, por seguir, por continuar y sacar a la luz esos secretos tan bien guardados por quienes con diferentes uniformes esconden de alguna manera.

¿Matar al culpable?, puede llegar a ser una solución aunque no del todo eficaz porque, como recién mencionaba: la historia es cíclica. Podríamos buscar qué es lo que sigue a la desaparición de un líder.

¿Puede haber peronismo sin Perón? ¿Y Evita?

Los sindicatos apoyaron a éste aunque por intereses. Como siempre y como todo.¿O acaso se puede rezar una oración que no convenza?

Tentarse con lo prohibido, tenderle una trampa al más débil y continuar con un negocio fraudulento; son algunas temáticas que surgen en “La mala fe”.

Una mala fe que no solo se relaciona con el catolicismo, sino con el accionar humano. Hacer algo de mala fe, orientado a no tener principios o lealtad. Una lealtad que no siempre se puede sostener, o sí.

Eso es lo que verdaderamente, cada hombre en esta tierra, debería resolver: si continuar un mandato o rebelarse ante el sistema.

La mala fe

Mariela Verónica Gagliardi

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Creando al que quisiera ser

Daliniana1

Cuatro musas (Luz Despósito, Eleonora De Souza, Laura Montini y Georgina Reynaldi) inspiran al artista Salvador Dalí (Diego Bros), quien aparece en escena para contar momentos conmovedores de su vida. La quinta musa es Gala (Flavia De Luca), aquella que fue durante muchísimos años su gran amor. Estas cinco mujeres, mencionadas como «Dalinianas» (escrita y dirigida por Mariano Taccagni) van paseándose por el escenario, interpretando cuadros surrealistas del autor.

Llama la atención de todos los presentes, el gran acierto de narrar la vida de un pintor a partir del género de comedia musical. Y es que las tres artes se desempeñan a la perfección, por parte de todo el elenco. Hay una figura principal, desde ya, que es Dalí, sin embargo, el grupo deja toda su pasión a lo largo de la historia que va ilando una escena con otra sin titubear, erigiéndose como verdadero protagonista.

Una vida llena de tormentos, de desolación, de injurias, de falsas hipótesis y de fama; solo puede ser transitada con amor y con verdadero amor. Ese es el lugar que ocupa y soporta Gala, quien hace homenaje a su modo de vestir y de desfilar. Claro que no merece otro galardón ya que oculta un pasado realmente triste y perverso.

Daliniana es toda mujer que giró en torno al artista, a su mundo surrealista y cubista, quien además inventó su propio movimiento pictórico. Él fue lo que pudo, cuando supo que jamás podría haber asumido quien era. Intentó sobrevivir de la manera que encontró, descubriendo cada día un motivo diferente, una idea que propulsara una composición determinada, ocurrente, significativa y con la oportunidad de ser descubierta por quien la mire.

Otra de las mujeres importantísimas en su vida fue su hermana, su cable a tierra en medio de tanto vuelo despegado de la tierra.

Un Dalí que captura la esencia del artista, sus tradicionales bigotes, sus pinceladas, sus atuendos glamorosos, su simpleza para transmitir y su complejidad para conformar un universo inteligente y distinguido.

Relojes derretidos, reemplazados en esta puesta en escena por mujeres que expresan quietud sobre la mesa, queriendo significar la esencia del tiempo. Del paso del tiempo y de su precisión en cada uno de estos objetos femeninos.

Los cuerpos con la posibilidad de componer animales, cosas y simbolismos que permiten transitar la intimidad de Salvador, un español que vivió gran parte de su vida en Francia, adquiriendo de ambas culturas lo necesario para conformar una propia.

Todo lo que pintaba lo hacía para reinventarse y no para llamar la atención de sus aduladores. Él era su principal adulador, quien tenía ese narcisismo tan elevado como para atravesar el espacio y el tiempo con destrezas físicas y mentales.

Mariposas posadas en un lugar determinados, mostradas en la unidad de una simple mosca que vuela con pasos de danza, que se convierte luego en Mickey Mouse, demostrando cómo la bandera estadounidense no significó absolutamente nada para él ni para su movimiento. Sino, en todo caso, cómo lo capitalista intentaba destruir lo artesanal, independiente y conmovedor. Lo masivo frente a lo particular, el producto frente al concepto.

Un mundo que incluso en crisis fue saboteado por sus principales detractores-oportunistas y salvado por este artista, entre otros, que causalmente tiene un nombre relacionado. Su larga vida le permitió ser y respirar fragancias de rosas -posadas en bellas mujeres-, manjares en una mesa distinguida y subirse a unos rollers que le daban más impulsos que su caminar.

A su vez, vale aclarar que participó en cine junto a Alfred Hitchcock, Walt Disney y Luis Buñuel, y de ello cuenta su universo superficial montado en ciertos fragmentos de la obra, los cuales no se relacionan con la pureza de su trayectoria.

Manzanas, mariposas, sabores unidos a modos de pensar, de ver, de recrear con colores lo belicoso del mundo, un mundo que era inoportunado por tiroteos y desvanecimientos. Frente a esos años, muchos años de dolor, el arte como herramienta sanadora lo mantuvo cerca y lejos del dolor, para sufrir cuando no le quedara otra posibilidad, cuando perecer sea la muerte.

Daliniana ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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