*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Frustradas sí, pero con humor negro

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En una Francia de pos guerra, totalmente triste y abolida, Jean Anouilh escribe la obra de teatro Orquesta de señoritas, una historia que verdaderamente ilustra cómo eran sociedad de aquel entonces y el estereotipo de mujeres que existían -ocultadas tras el machismo dominante-.

Con un elenco formidable, súper talentoso y reconocido en el ambiente artístico-teatral; esta versión viene a resonar nuevamente los cumplidos de estas femeninas que pretenden tener un espacio no solo en el escenario sino en la vida. Al estilo de un café concert, no sabemos a ciencia cierta qué piensa el público ni qué opina, aunque sí podremos ponernos en su lugar (aunque sea por una noche) y transmitir nuestras sensaciones durante la función.

Osmar Nuñez es quien representa a la directora de orquesta, con una Hortensia muy mandona, que se lleva al mundo por delante y que no tiene escrúpulos para hacer lo que le plazca. Pareciera ser que los sentimientos se los ha olvidado en algún antiguo baúl y ya no encuentra buenos modos de transmitir las cosas.

Mientras este pintoresco personaje se luzca por encima de los demás (por cuestiones de la dramaturgia), las otras damas intentarán relajarse y aprovechar los intervalos para darse consejos de recetas de cocina, de tejidos y del amor en general. Como un grupo de amigas querrán prestarle el hombro a la que más sufra y secarle las lágrimas a la que no encuentre cómo sanar su corazón.

El único personaje masculino será el interpretado por un pianista que no se cansará de repartir su amor por doquier. Vale aclarar que todos tienen rasgos bastante ciclotímicos, algunos más neuróticos que otros y con una hiper sensibilidad por todo aquello que se diga opuesto a lo que se pretenga oír.

Si bien Orquesta de señoritas es una obra del género comedia, tiene algunos aspectos dramáticos que darán mucho para análisis. Las carcajadas ocultan el dolor de quienes más sufren, la sobreexageración tapa la sensibilidad propia del ser humano y el mundo artístico demostrará su frivolidad -aquella frialdad que permite que unos sean y otros mueran en el intento-.

Todos los personajes que componen esta magnífica puesta en escena se lucen y cautivan notoriamente, así como el género absurdo se apodera incluso de los instrumentos que no suenan más que en nuestra imaginación.

Una comedia picante que utiliza la burla e ironía para enseñar a no frustarse, a seguir adelante y a luchar por los propios sueños.

Hortensia demuestra que es menos hipócrita (en verdad la más auténtica) que el resto de las concertistas, diciendo que: Durante la guerra, en plena ocupación, me negué a tocar para los alemanes. Conozco a otras, que no tuvieron tantos escrúpulos.

Tirarse de la lengua -una a otra- pareciera ser uno de los recursos que más se utilizan en la historia, al igual que un negro en el vestuario para lucir el luto por la miseria que estaba atravesando el país así como por la tristeza irremediable. Sin embargo, estas señoritas pretenden ser músicas y entretener a los más «afortunados», dando un espectáculo realmente ridículo, con canciones de diversos ritmos y en las que ocurrirán distintas desgracias, así como una notoria desafinación.

Almas desesperadas, conflictuadas, unas más puras que otras, unas más nobles que otras, otras más despiadadas que el resto. Personajes atados a una moral muy fuerte, imposibilitados de vivir pasionalmente y sin importarles el qué dirán. Si, al menos, pudieran observar a Hortensia, copiar su desenfreno y pisar sin titubear, podrían aniquilar esa patética adulación hacia otros, que les hace sentir una autoestima más baja de la que deberían tener.

Autor: Jean Anouilh
Actúan: Norberto Gonzalo, Edgardo Nieva, Jorge Paccini, Carlos March, Miguel Jordán, Ernesto Larresse y Osmar Nuñez
Dirección Jorge Paccini
Funciones: lunes y martes 21 hs
Teatro La Comedia

Mariela Verónica Gagliardi

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Vivito de antes y de ahora

Vivitos y coleando

Hace varios meses me acerqué a ver la obra Vidé, la muerte móvil en que actuaba Carlos March. Una puesta realmente fuerte, conmovedora, llena de humor e ironías por doquier. Pero, no es motivo de esta nota volver a mencionar dicha dramaturgia sobre la que ya escribí en su momento, sino el citar a este artista que hace un tiempo volvió a las andanzas con Vivitos y coleando, el musical que allá por 1986 estrenaba Hugo Midón junto a Carlos Gianni, con un elenco que es mitad nuevo y mitad el mismo de siempre.

De pequeña no tuvo la oportunidad de ir a una función de este clásico infantil así que unos cuantos años después me emocioné al poder hacerlo. Ser periodista no es una profesión fácil ni siempre placentera, así como tampoco es recurrente el ver espectáculos que motiven mi escritura.

Vivitos y coleando me puso la piel de gallina, en primera instancia por la cantidad enorme de adultos que sacaron su entrada sin venir con niños, sino para recordar aquellos tiempos en que las canciones se componían de una manera única y especial, en que las melodías eran pegadizas y en que los más chiquitos tenían la posibilidad de crecer rodeados de amor, ternura y enseñanzas de la mano de estos autores.

La obra transita todas las canciones del disco, los actores cantan en vivo y los espacios se van recreando de un modo especial como para dar pie al tema siguiente.

No son solo frases evocadas sino escenas conformados excelentemente, con intérpretes -idóneos a nivel artístico-, y la calidez de todo aquel que se para en el escenario para transmitir un conjunto de emociones a sus espectadores. Ese momento es y fue lo que permite y permitió que la función vuele más alto que un ave y recorra los corazones de bebés, infantes y adultos.

En cuanto a la escenografía, está conformado de tal manera que nada sobra, sino que es lo necesario para permitir una narración ubicada en tiempo y espacio. A su vez, la iluminación va invadiendo de colores los diferentes espacios y estos siete payasos nos invitan a viajar por una época importantísima, pos dictadura en que era preciso respirar de alegría y serenidad.

«Esto de pelearnos todo el día por llenar nuestra alcancía, no va más. Esto de agarrarnos de los pelos, por los celos, no va más. Habrá que hacer lo necesario para que estemos bien, sin hacernos daño» (No va más).

¿Qué diferencias artísticas existen entre esos años ochenta y la actualidad?

En principio hay que analizar el social-histórico que nos tocó a nosotros, a nuestra generación. En los 80´ había todo un desborde de deseo, de entusiasmo, de ganas y de toda una descarga de una época de oscuridad, de represión, de dolor, de muerte, de todo lo que ya sabemos que pasó… inevitablemente, fue como una explosión artística donde lo técnico y demás cosas que tienen que ver con lo profesional, con la búsqueda de estética y de perfecciones no era lo más importante. Ahí lo importante era la libertad de hacer lo que uno quería y descargar, como una efusividad (propia de cuando se destapa una olla a presión), entonces salió todo a borbotones.

Y cuando las aguas se fueron calmando (no sé si es bueno o malo), aparecieron otros objetivos, otras consecuencias y en el caso mío me pude dedicar más a eso, a la estética, a la búsqueda de lenguaje, a encontrar maneras de expresar que sean más representativas, seleccionar un poco más el material, con quién trabajar -lo que te da un poco la calma de todo eso, ¿no?-; poder separar la paja del trigo, disfrutar de lo que uno va haciendo y tratar de evolucionar, de mejorar.

Despues de casi tres décadas, ¿qué cosas cambiaron en Vivitos y Coleando?

De eso se encargó Manuel González Gil que, justamente, para eso y otras cosas, lo convocamos a él. 

Ser dirigido por Hugo Midón, durante tantos años, trabajando material de él, formando parte de un equipo que con los años se fue consolidando y fue generando un lenguaje que hoy todavía sigue vigente… era complicado quién nos iba a dirigir. Nosotros conocíamos el material, con Roberto (Catarineu) nos encargábamos un poco de lo estético y, de transmitir esa estética a los compañeros más jóvenes que estaban convocados. Pero decidimos desligarnos de eso y confiar en un director que supiera interpretar eso. Creíamos que Manuel era el más indicado, por una cuestión de generación también, por una cuestión de afinidad de él hacia el material -porque nos conocimos cuando ellos hicieron Los Mosqueteros-. Y, además, Manuel se entusiasmó muchísimo cuando le preguntamos. Más allá de que nosotros confiábamos en la mirada de él; a mí me sorprendió mucho su aporte y en cuanto a aggiornar el material, de la manera que lo hizo -con las luces y el sonido-.

Queda como un music hall para niños.

Queda una cosa raramente atractiva.

Por más que hizo adaptaciones a cuestiones contemporáneas, uno se siente en los 80´.

Ahí aparece el espíritu hoy.

No es como un túnel con telarañas.

Se sacudió el polvo y apareció hoy lo mejor: un aggiornamento y una mirada moderna, humanizada. Y, también, aportó muchísimo Jorge Ferrari y su escenografía que es muy puntual, muy chiquitita, muy sencilla -no hay trazos gruesos-. Además, es un amigo de muchos años, nos conocemos. Entonces, conociendo con quién trabajás, salen estas cosas. Bueno, Mónica Toschi (vestuarista) que siempre trabajó y lo de ella siempre es muy apropiado y atinado y de muy buen gusto; siempre dentro de lo austero (del espíritu de lo que es la obra de Midón).

Hay espectáculos que quedan marcados en una sociedad entera. Este es uno de ellos. ¿A qué creés que se deba el éxito?

Con los años de ir haciendo teatro he comprobado que el éxito es algo inexplicable…pero en el caso de Vivitos y Coleando, podría decir que no lo es. Haciendo un poco de historia, y partiendo de la dupla Midón-Gianni y de la continuidad de trabajo con ellos y con mis compañeros, Catarineu y Tenuta,se fue conformando una estética que se transformó en un movimiento teatral yo diría que de culto. Lo de ahora no es más que el resultado del ejercicio de la memoria de lo hecho mas la sumatoria de nuevas generaciones que crecieron como espectadores de aquél fenómeno y un público memorioso que respondió con nostalgia y entusiasmo a la propuesta de volver a encontrarnos.

¿Cómo manejaste esa gran dicotomía entre ser parte de Vidé, la muerte móvil y Vivitos?

Uno para eso se entró, estudió, se preparó y tiene una predisposición natural a abordar lo que uno elige para hacer. No fue fácil. Para nada fácil. Porque para eso se ensaya, se trabaja, se preparan las cosas. Pero una vez que estrenás, que el material sale a la luz, el público lo empieza a ver, lo empezás a compartir, a desarrollar y a transitar; después se transforma en una tarea -que no es cualquier cosa-.

Más fácil de digerir.

Y, porque es de alguna manera sanador. El teatro es sanador en general. Yo disfruto muchísimo de todo: de hacer Vivitos y de hacer Vidé, que es lo que me representa en toda su dimensión (desde los niños y hasta los adultos), y lo hago con la misma entrega.

Siempre con tap.

Me lo piden (risas de alegría y satisfacción). Estamos hablando de mis referentes en cuanto a teatro: uno, mi maestro Antonio Mónaco que es el que me inmaculó el virus del teatro cuando era joven y estudiaba (y que, justamente, era el que tenía El Picadero en la época que le prendieron fuego durante la dictadura con Teatro Abierto); Hugo Midón y Norman Briski. Norman fue el que me dijo: te vas a poner los zapatos de tap.

Es que le da un condimento, una sutileza.

Ese ruidito para caminar, para diferenciarlo del otro que son botas. Esa sutileza del tiqui tiqui tiqui que es la complicidad civil, que es una especie de Bufón del Rey -que lo acompaña, que lo adula, lo chucea-, convive con él, lo va preparando para la muerte.

Esas vueltas en bicicleta…

Y ese caminar, permanente, en círculo de los dos. Videla transitándolo rectamente, con el color rojo, y el amarillo sinuoso de Biondi.

Hay muchísimas escenas muy fuertes: la del ataúd…

Donde aparecen, además, Pepe Arias, Marrone, Sandrini…

La cruz, esa cruz imponente con la bandera.

Y muchos simbolismos.

Y el Falcon…

El Falcon, ni que hablar…

Y, al mismo tiempo, el lenguaje del grotesco. Como puso Norman en el programa: tenemos derecho a burlarnos. Porque este tema si ya no lo tratás de esa manera, mejor que ya no lo trates, porque ya está.

La propuesta de Vicente Muleiro venía siendo grotesca y patética pero que teatralmente…

Además, al ser el escenario a lo largo permite observar todo en todo momento.

El espacio que tiene Norman es muy seductor.

Con esa escalerita.

Y propone, teatralmente, jugar y utilizar todo lo que hay.

¿Qué opinás de lo que cree un sector de la población acerca de que actualmente no hay democracia?

Eso no merece ya ningún tipo de comentario.

¿La democracia de los 80 era más democrática que la vigente?

Lo de la democracia es así: hay bemoles, hay idas y vueltas, cosas buenas y cosas para mejorar; pero siempre es lo mejor que hay. No hay ningún sistema mejor hasta ahora. Si se hubiera inventado, estaría apoyándolo. Lo importante es cómo nos manejamos dentro de la democracia.

Si yo vivo en democracia pero soy un intolerante -si soy todo eso que se dice desde el odio, desde el resentimiento, de la crítica y nada más- … además somos una democracia joven (comparada con otras democracias a las que siempre nos queremos parecer), pero no nos estamos fijando nosotros lo que estamos haciendo mal para ver qué son. Entonces estamos navegando siempre entre esos recovecos complicados.

¿Si Hugo Midón estuviera presente qué diría?

No sé, tengo miedo (con tono contento). Porque era una persona tan exigente, tan cuidadosa de su material… no me animo a decir…

Yo creo que aplaudiría.

Sí, yo creo que sí. Creo que estaría contento. No sé cómo reaccionaría porque era muy hermético en su manera de expresar sus sentimientos. Me imagino que mal no estaría porque el espíritu existe, sigue estando. Al verlo a Gianni, cuando viene, está contento… ahí me doy cuenta que lo estaría (Midón).

Iría como en efecto dominó.

Hay mucha afinidad entre ellos y coincidían mucho estéticamente en sus gustos y demás.

¿Pensás que la gran cantidad de espectáculos que hay para ver en la Ciudad de Buenos Aires es para satisfacer los diferentes gustos del público o necesidad de los propios actores por hacer lo que les interesa?

Y, debe haber. Yo no he visto todo. Como todo, hay de todo. Yo supongo que lo más difícil es juntar esas dos cosas. Yo lo que hago lo hago para mí y en la medida que lo que yo haga para mí sea coherente, sea honesto, idóneo en cuanto a cómo comunicar y cómo contar y mostrar un trabajo; supongo que, del otro lado, tiene que suceder algo parecido. Creo que está bien que uno trabaje para uno. Ahora, lo que vos decís, si lo vemos con la mirada del ego (el ego es un arma de doble filo), si vos trabajás nada más que para vos… eso no quiere decir que hagas las cosas que la gente quiere escuchar.

Lo interesante del teatro es que cuando uno se mete en algo y quiere transmitir algo, se mete en un sin red que no sabe después qué va a pasar, y ahí está el riesgo. Sin riesgo tampoco hay satisfacción de buenos resultados.

El teatro es mágicamente inexplicable. Hay espectáculos que son muy buenos y el público no responde como debería y como uno cree que debería. Pero como todo es tan subjetivo, no tiene explicación.

¿Qué sensaciones vas teniendo a lo largo de la obra?

Estoy a 50 centímetros del piso siempre. Si querés una imagen: no me doy cuenta dónde está el piso. Es ese estado medio de levitación donde no aparece el pensamiento… es una eternidad que, en algún momento, me dice que paró, que terminó. Por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos.

Mariela Verónica Gagliardi

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Fortaleciéndose para morir

Vidé19Los textos de Vicente Muleiro van ventilando todo tipo de intimidad de este dictador -no para convertirlo en un héroe sino para demostrar que, a pesar de todo, era una persona, un ser humano-. Al decir esto no me estoy refiriendo a tomar una posición política determinada aunque jamás podría pronunciarme a favor de un líder-títere que destruyó masivamente a tantos inocentes que pretendían hacer valer sus propios discursos.

«Vidé, la muerte móvil» esboza lo que siente el dictador a momentos de morirse. Es tal el punto de inflexibilidad en su carácter que hasta decide cómo terminar en este mundo, qué le hace falta, qué decir, que callar. A simple vista se lo ve como un hombre con convicciones fuertes pero con una limitación para el amor.

Él (Marcelo D´Andrea) entrena a un soldado (Carlos March) que se aburre con tantos ejercicios y termina haciendo tap. A su vez, consiguen entablar un lazo en el que uno le enseña al otro diferentes cuestiones de la vida.

Cómo morir, eligiendo hacerlo cuando el cuerpo aún responde. Decidiendo fallecer con las mismas convicciones, sin arrepentimientos ni perdones.

Este es uno de los mensajes que más resaltan a lo largo de la dramaturgia que tiene el placer de ser dirigida por Norman Briski (y desplegada en su teatro Caliban), quien le otorga su don artístico junto a las palabras de Muleiro. El dúo convierte a Videla en otro soldado, a sus expresiones en verdades que quisieran implantarse en lo más profundo de la sociedad argentina pero que jamás lo conseguirá.

«Vidé, la muerte móvil» tiene el oportunismo de hacer reír, provocando diferentes reacciones en el público. Por un momento me detuvo a observar frente a mi lugar a una chica que fruncía el ceño, al lado a una pareja que reía a carcajadas y, así, tener la certeza de que la polémica será uno de los frutos más poderosos de la obra: durante y después de la función.

El código grotesco y de clown están presentes en cada diálogo y, la ironía, se encarga de impartir la enseñanza de poder, ahora, ser nosotros quienes tengamos el honor de sonreír frente al sufrimiento del gran represor del siglo pasado.

Si bien se entiende perfectamente esto, es un tema que sigue siendo sensible y lo seguirá siendo por siempre. Quien logre comprender que no es la intención de esta dramaturgia el enjuiciar una época o tipo de gobierno o política; ingresará en un universo en que se mezcla el canto, el baile y la actuación de tal manera que resulta imposible no disfrutar del espectáculo.

Una muerte móvil que lo espera para cuando esté preparado, que continúa impartiendo órdenes, delirando con sus discursos y ocurrencias, presentando un Falcon que marcó las desapariciones y fusilamientos de aquel entonces.

La escenografía no es estática y este factor permite que todo sea más ágil y artesanal, utilizando un placard no solo como tal sino como espacio, una cruz como lugar para confesar las peores miserias, para que su discípulo emita sus pensamientos, para que juntos delineen un esquema tan inverosímil con rebuscado.que

Ritmos musicales, bigotes estáticos, uniformes que marcan tendencias y estereotipan sin dar lugar a interpretaciones diferentes y el uso de la palabra como expresión principal de esta obra. Una palabra que se esboza y repite cada vez más fuerte hasta que ingrese, sin pedir permiso, en las mentes que deambulan por allí.

Cómo ahorrar, qué recursos utilizar, que ideología hacer predominar y no titubear jamás. Ese fue el plan de Videla, un hombre que no era respetado por su familia y que tomó revancha con quienes no lo merecían. Quien abusó de su poder para demostrar una hombría innecesaria.

Muchos personajes (necesarios por el argumento), interpretados por Carlos March, desfilan en esta estupenda historia que refleja un pensamiento, un modo de ver la vida y de cuestionar el pasado, enjuiciando en público a este hombre camuflado y dándole la única lección que se le puede dar en vida o muerte: que la unión hace la fuerza y no la fuerza física sino ideológica, sin resentimiento sino con sabiduría, conservando la memoria intacta y la sonrisa ante cualquier adversidad.

Vidé la muerte móvil ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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