*** Enero 2018 ***

Entradas etiquetadas como ‘Camarín de las musas’

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Deseos de vida

Escribir desde afuera es una experiencia muy grata pero, hacerlo desde adentro, es realmente conmovedora.

La noche de hoy fui parte pero no por serlo del elenco sino porque considero que resulta imposible escribir de aquello que no se conoce. La identificación, entonces, es la única salida, el único arma posible de escritura.

“Como si pasara un tren” (escrita y dirigida por Lorena Romanín) es literalmente una fuerza que arrasa con todo. Es un cúmulo de experiencias concretas y compartidas. Es el sonido al ingresar al andén y permitirse percibir.

Entonces, podría recostarme en cualquier lado e imaginar mis sueños, sabiendo a ciencia cierta que, quizás, jamás los cumpla. ¿Cómo saberlo?

Esta comedia dramática nos traslada a una familia disfuncional que viene con problemas de antaño. El tradicional “lo hice por tu bien” realmente queda marcado, subrayado diría. Porque una madre sobreprotectora (Silvia Villazur) y con mucho miedo a quedarse sola, hará de todo para cuidar a su único hijo (Guido Botto) de lo que ella considera peligroso. Claro que no siempre será cuestión de que éste encienda sus alertas por incertidumbres ajenas. Paso a paso todo cobrará un rumbo inesperado con la llegada de una prima (Luciana Grasso) que irá marcando el compás de lo más sano y disfrutable.

Porque si de vivir se trata es mejor correr riesgos que permanecer quieto. Porque un juguete podrá ser simbólico pero no la realidad misma. Y porque las paredes, de a poquito, asfixiaran, incluso, a quien menos se sospechaba.

Salir solo, caminar, sortear obstáculos… eso es la vida. Peligros que existen y que por diversas circunstancias no son tomados en cuenta. Quizás, el mayor miedo, sea enfrentar lo real para construir hacia adelante y no sobre el lugar.

Una escenografía de los años 80′, una época que es recordada por íconos que marcaron la historia televisiva y que nos esbozarán una sonrisa sin igual; una música más memorable que irá quitando prejuicios y unos pelos al viento que determinarán hacia dónde conviene dirigirse.

Adoré cada detalle de la puesta, el ritmo lento en un comienzo y, luego, mas dinámico. Un compás que se detiene, mira y prosigue sin apuro. Vislumbré cada movimiento corporal de Guido Botto y cada uno de sus desplazamientos y caídas al suelo. Por eso es que resulta imposible no emocionarse de principio a fin, de no conmoverse con el dolor representado, con la angustia contenida y con las risas acotadas.

Como si pasara un tren es de aquellas obras de teatro que estarán por temporadas en cartelera. Lo afirmo, no porque haya comenzado su segundo año, sino porque se vibró en la sala de El camarín de las musas y porque los aplausos no finalizaban. Porque si hablamos de energías, se conjugó una simbiosis entre los actores y el público.

Andá si querés , le dice ella a su hijo, mientras su corazón opina lo contrario. O, prefiero que piense que soy yo la que no quiere que lo vea, esboza a su sobrina mientras oculta la verdadera razón a su hijo.

Así, cada diálogo no es de relleno sino importante y parte de un todo integral en el que conviene prestar atención para materializar los mensajes y sus metáforas.

Como si tal o cual cosa fuera una de las recetas en cuanto a suposición se refiera.

Subir a un tren, viajar, trasladarse de un sitio a otro puede ser algo rutinario para muchos. Un medio de transporte. Pero, para otros, podría configurar un universo desconocido y atrayente.

A veces hay que elegir quedar-se o trasladar-se. Bailar o acostarse mirando la vida pasar detrás de una ventana, imaginando que los sueños son para otros y no dándose cuenta que los sueños son de los que se atreven a hacer, a sacar un boleto sin destino y andar sudando sin desprecio.

Un trabajo actoral formidable, rítmico y muy bien logrado, bajo una dirección muy precisa y objetiva. Esto es lo que se consigue cuando se eligen las palabras con un motivo y fin específicos, sin perder de vista el sentimiento, el amor y la inspiración que cada frase significará en el universo imaginario de cada uno de sus protagonistas.

Dios aprieta pero no asfixia suele decirse y esta obra es su claro ejemplo. Una vez que el conflicto sea resuelto las vidas cobrarán o no sentido y proseguirán sus rumbos más concretos.

Funciones: Viernes 22 hs, Sábados 20 hs y 22 hs.

Teatro: El camarín de las musas.

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Te aplasto como insecto

El invernadero9

El escritor Harold Printer escribió hacia fines de los años cincuenta, El Invernadero, época en que se desató la Revolución Húngara (1956), un movimiento revolucionario que tuvo lugar contra el gobierno del país y de las políticas impuestas desde la URSS. Lo que estaba en juego era la retirada de las fuerzas soviéticas del territorio de Hungría y el gran poder que ejercía el Politburó contra la revolución.

Recién treinta años después se crea la Tercera República Húngara y cada 23 de octubre se conmemora por lo ocurrido en 1956.

Dentro de este contexto es que Pinter idea su dramaturgia The Hothouse (El Invernadero), una comedia policial con tintes de farsa y absurdo.

Resulta imposible no dejarse seducir por la propuesta dirigida por Agustín Alezzo e integrada por un elenco de actores maravillosos que mantienen, fielmente, la estética inglesa de aquél entonces.

El director de un centro de salud mental, protagonizado por Edgardo Moreira, es quien irá hilvanando su parecer intrincado e implantando la duda sobre cada certeza supuesta de los demás empleados del lugar. Es así como la historia se convertirá en un juego detectivesco en que los espectadores serán los encargados de encontrar el motivo de existencia de esta institución, por qué los internos llevan número en vez de nombre, a qué se debe tanta intriga y por qué los discursos se vuelven más importantes que las acciones.

Sin lugar a dudas que existen dos conflictos a partir de los cuales girarán las dudas: la muerte del paciente 6457 y el nacimiento de un bebé. Estos hechos estarán en boca de los que habitan este sitio tan frío y cobarde a la vez. Y, por qué utilizo esta última palabra. Justamente porque si no existiera dicha institución física, le sería imposible al hombre (y con hombre abarco a aquel que le toque tomar el poder en el momento indicado) imponerse ante los demás.

Si bien el organismo parece ser de salud mental por las charlas que se definen durante la obra, lo cierto es que no se dice de modo explícito (creo que no hace falta hacerlo tampoco ya que diversos mecanismos de tortura dan cuenta de ello).

El Invernadero podría bien ser el escenario revolucionario sito en Hungría y los directivos, aquellos rusos que reprimían física y psicológicamente a quienes luchaban por sus derechos y un país libre de toda invasión externa. Los sin nombre, serían los desprovistos de derechos que pretendían aunque sea permanecer vivos y salvos. Pero, cómo salir ilesos de un mecanismo represivo tan eficaz que dominaba con la acción más que con la palabra, aunque en la mano de Pinter, es la palabra, la encargada de desvalidar la acción -haciendo énfasis en lo absurdo que resulta aniquilar al otro sin tener argumentos racionales para hacerlo-.

Y cuando no se encuentra la manera de luchar de igual a igual, se mata o reprime de la peor manera, dejando a la víctima desprovista de defensa. Este abuso de autoridad se ve plasmado, íntegramente, a lo largo de toda la historia y resulta agobiante cómo la lingüística puede anular el pensamiento ajeno, así como también -si se lo desea- el acudir a la tortura física.

En cuanto la luz blanca se esfuma, la roja alumbra a un pobre interno a quien se lo intenta vaciar hasta matándole su propia alma. Convertido en un mero robot que dice y responde como los “otros” quieren, es que su corazón se duerme para siempre. Así transcurre esta puesta en escena al igual que la vida de cualquier mortal.

Si el poder pudiera distribuirse -como la riqueza que jamás se reparte-, en partes iguales, esta obra no tendría su motivo de existencia ni tendría la obligación de educar a través del diálogo y del humor.

Porque todo lo que duele no fortalece, a veces extermina como si los humanos fuesen insectos devenidos en plaga. Y como la plaga se denomina con tal nombre, deja de interesar.

El Invernadero jamás pasará desapercibido porque se ubica en un lugar intrincado, en que se puede debatir y a partir del cual ganará no el mejor sino el que se atreva a tener más sangre en sus manos, dejando de lado la culpa. Qué replanteo podría tener una persona que solo siente con la cabeza y con el interés insoslayable de poseer lo que otro tiene, sin importar las consecuencias.

El Invernadero no es una moda y por ello podría seguir en cartelera de por vida. Porque no tiene imperfecciones, porque todos los artistas tienen su momento de protagonismo y porque quien podría ser el culpable es solo para distraer la atención de aquellos dormidos por el sistema.

La corrupción, la seducción y el poder coercitivo; desfilan incesantemente hasta que ocurre la desgracia.

Elenco: Edgardo Moreira, Nicolás Dominici, Georgina Rey, Sebastián Baracco, Federico Tombetti, Bernardo Forteza y Jorge Noya. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Sonido y música original: Mirko Mescia. Asistencia de dirección: Martin Ventimiglia. Dirección: Agustin Alezzo. El Camarín de las musas. Funciones: viernes 21 hs, sábado 19 hs.

Mariela Verónica Gagliardi

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La soledad es una convención social

Un día es un montón de cosas

Hay quien vive dejando para mañana lo que puede hacer en el momento y hay quien vive su vida en un solo momento.

Está aquél que da consejos y no toma ninguno para sí; y el otro que es recomendado y jamás piensa.

De la comodidad rutinaria un hombre ortodoxo judío, Elías (Alejandro Pérez), transita las horas como si la vida le quedara realmente holgada. Él acaba de ser abandonado por su mujer y, deberá cuidar de su hijo adolescente, Natán (Enzo Pedroni).

Así comienza la historia titulada “Un día es un montón de cosas” (escrita y dirigida por Jimena Aguilar), la cual pertenece al género de comedia dramática, y ocurrirán varias situaciones tanto intringantes, como humorísticas, que pretenderán romper con la estructura conservadora de los personajes.

Con una escenografía que cuida hasta el mínimo detalle, se puede visualizar una casa sin tener que recurrir a la imaginación. Dicha imaginación queda para cuestiones que así la ameritan.

Los cinco personajes, como en una película de Woody Allen, irán convergiendo de tal modo que se entrelazarán a medida que transcurra la dramaturgia. Y este es uno de los aspectos más interesantes de la obra: que no se conozcan de casualidad, sino que sus vidas estén relacionadas de antemano.

Entonces, un psicólogo, Adrián (Christian G. García), será sacado de sus casillas cuando pierda los hilos de su propio rumbo -el cual suponía certero-; a la vez que su esposa Ana (Marinha Villalobos) querrá innovar su matrimonio saliendo a la libertad y ayudando a otras personas que nota más débiles. Pero, como si fuera poco, su hija adolescente, Lea (Mora Arenillas), será la típica rebelde que no es tenida en cuenta y que molesta por sus pensamientos, actitudes y todo en lo que incurra. Ella, no estará tan sola cuando descubra a Natán, su alma gemela (notoriamente opuesta), con quien congenierá desde un primer momento.

Si bien el romanticismo surge de varios modos, los puntos más tensionantes y relevantes de la obra se refieren a: la pérdida y la soledad.

La pérdida como algo inevitable, en ciertos casos. Como ese vacío, por lo general, inexplicable, inentendible. Y es así como Elías pretenderá decodificar la última carta que le dejó su mujer y este proceso se convertirá en una especie de investigación. Es que todos los mortales solemos buscar respuestas para todo, como para quedar conformes o al menos en paz. Pero, como bien razona Lea, hay cosas que son porque sí. Y, si se presta atención a la actitud de quien menos es tenida como referente, puede entenderse lo inentendible.

Con respecto a la soledad, se la muestra como popularmente se la conoce y, además, como la falta de convicciones por forjar una propia vida sin necesidad de depender de otros. La falta de apoyo que uno suele buscar en los demás para emprender algo, es notoria en esta historia y en algunos de sus personajes como Elías.

La unión de dos familias totalmente diferentes pero con deseos similares como el de ser felices. Ese aroma a un guiso casero que llena el alma con sus condimentos, ese plato calentito que desean quienes se sienten desamparados y que un delivery no logra conformar.

Sucede algo sorprendente con esta puesta en escena y es la cercanía que consigue desde un primer momento. Con tal solo escuchar los primeros diálogos, estamos inmersos en esa casa, en ese living con el televisor encendido, con Natán frente a él observando, intentando distraerse del conflicto reinante. Pareciera no existir división entre el escenario y las butacas, sino una unión que nos incluye a todos. Como si la directora pretendiera hacernos formar parte -como público activo- de las vicisitudes de estos personajes tan bien interpretados por los actores. La naturalidad que tienen les permite mantener modismos, cadencias, estereotipos y expresiones sin necesidad de exagerar para provocar la risa del espectador -la cual surge durante muchísimos momentos de la obra- o las lágrimas nostálgicas cuando el clima es propicio para ellas.

“Un día es un montón de cosas”, indaga en el corazón de los que se sienten perdedores por no encabezar sus propias metas, sus propios deseos y sus propias búsquedas.

ficha Un día es un montón de cosas

Mariela Verónica Gagliardi

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Smash hit al centro del corazón

La tercera posición3

Una cancha de tenis es el escenario en que se desarrollará una interesante obra de teatro, dentro de la que surgirán temas tan diferentes como suspicaces y tortuosos.

Lejos de ser un golpe o efecto de este encantador deporte, “La tercera posición” (escrita por Pablo García, Carla Maliandi) pretende ser para eruditos y amantes del arte, teniendo como principal público a adultos mayores por tratarse de los años cincuenta.

Puedo referirme a tercera posición política no por tratarse de funcionarios políticos necesariamente como es este caso. El arte acapara la dramaturgia y brota de cada poro de los protagonistas, quienes intentan reprimir sus sentimientos y callar ciertos secretos bien ocultos. Como todo lo que se tapa, en algún momento surge de la peor forma.

Pero, ingresando de lleno en el argumento de la obra, o en el argumento de la obra, un empresario (Eduardo Iácono) y su asistente (Anahí Pankonín), filosofan sobre el arte, artistas, argumentaciones idealistas y traumas pasados de sus vidas.

El ritmo lento de la historia permite que nos familiaricemos con ambos personajes que están muy bien interpretados y caracterizados estéticamente. A su vez, el polvo de ladrillo les sirve para relajarse en determinadas situaciones que sus nervios suelen explotar. No se trata de personas sencillas y complacientes sino todo lo contrario.

Ignacio, ama más al tenis que a su carrera. Irene, hace relucir sus saberes intelectuales para demostrarle a su jefe quién tiene realmente el poder.

Un hábil juego en que los rivales muestran cuán solo están y lo mucho que se necesitan para continuar viviendo. Dos fracasados por demostrar en vez de vivir como se les antoja, desfilan por un sinfín de palabras y textos interminables.

Ignacio tardó años en escribir su discurso, aquel que le permitiría triunfar en el ambiente elitista. Aunque, su secretaria le hará notar la fragilidad de sus argumentaciones y lo poco convincentes que resultan.

Palabras difíciles de pronunciar que solo sirven para rodearse de personas semejantes en vez de propagar mensajes puros y eficaces.

Es lo que el público quiere oír, de lo que se nutre. Esa cáscara que enmascara cada uno de los rostros presentes, aquellos que no vemos en vivo pero sí a través de proyecciones visuales, en blanco y negro. Mientras el piano se escucha, los nombres de músicos surgen y desaparecen, los favoritismos también, los gustos personales desde luego.

Irene es una joven mujer que sufre y se desgarra por dentro, a la vez que Ignacio disfruta de verla llorar y perder el aliento. Una simbiosis en que los dos demuestran el enfermizo círculo vicioso que crearon a lo largo del tiempo, el mismo que los mantiene a flote, embebidos en alcohol y con ropa aparentemente costosa.

Las artes plásticas son nombradas y llevadas a su máxima expresión en que, casualmente, no aparece ninguna figura. Solo un metalenguaje diabólico en que el tira y afloje es lo que predomina.

No se quieren ni estiman en lo más mínimo, solamente puede seguir siendo lo que son gracias a la existencia del otro. Ese otro, insospechado hasta que la dramaturgia demuestra lo contrario. Un conflicto nuevo aparece y, a partir de éste, lo que parecía tomar un rumbo se cambia por completo.

Los trajes, los vestidos de gala, la frente en alto y la falta de propósitos por decir -desde el corazón- monólogos sentidos con objetivos concretos. Telas suaves, una valija prolija, telas sin arrugas que pretenden significar un estilo de vida para pocos. Como si los pobres no tuvieran lugar en ese ambiente. Lamentablemente era así en esos años, los cuales no fueron hace tanto. Ahora podrá decirse en el siglo pasado.

Tomar para olvidar, jugar para entretenerse y hablar para eludir verdaderas responsabilidades. Esto es La tercera posición: la habilidad de argumentar sinsentido, solo para figurar. La tercera posición es la manera de salir fortalecido hasta del papelón más grande, incluso el de estar vivo sin saber para qué.

La tercera posición ficha

 

Mariela Verónica Gagliardi

 

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