*** SEPTIEMBRE 2025 ***

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Me enseñaron a matar

Nüremberg1

La magia del teatro consiste en hacernos creer que una ficción es la realidad. Muchas son las veces en que me conmuevo y siento vibrar mi corazón; pocas las que creo estar viviendo en esa realidad real, olvidándome por un momento que lo que sucede es pura actuación.

“Nüremberg” es un golpe duro y preciso no solo al nazismo sino a nuestra especie humana. En primer lugar, porque se parte de una Alemania aduladora de Hitler y, en segunda instancia, porque se pretende abrir los ojos de quienes aún en estos tiempos continúan cerrándolos.

Mateo Chiarino es quien se encarga, a través de su cuerpo, alma, espíritu y voz de ir enlazando estos retazos del pasado y presente que tanto lo agobian, hasta las peores pesadillas.

Estamos muy acostumbrados a juzgar el accionar ajeno, a señalar con el dedo inquisidor, a decir lo que el resto hace mal… pero, ¿cuándo es el momento de la auto-evaluación?

Un espacio escénico increíble, que nos sitúa en el lugar geográfico desde el que se desea narrar la historia. A través de proyecciones, en vivo, Pablo Finamore perpetúa en el tiempo dos hilos conductores fundamentales: la frialdad y la ternura. La primera se muestra a partir de lo que significó el nazismo para los jóvenes alemanes y, la segunda, se manifiesta a través de los sentires de este niño-adulto que desea -con fervor- seguir conservando un rayito de inocencia.

Mucho se ha hablado de los skinheads, del daño que le hicieron a cientos y miles de personas inocentes. Nunca, hasta el momento, he visto una obra de teatro que se atreva a develar qué siente uno de ellos. Qué les corre por las venas, qué piensan al respecto, a qué le temen, qué aman, qué hubieran querido ser y por qué terminaron convirtiéndose en sujetos temibles y (al mismo tiempo) aborrecidos.

Siempre observo que quien suele criticar negativamente algo o a alguien, se convierte en aquello por transferencia. Como si algún mortal tuviera la verdad sobre algo, el poder de evitar el dolor o la varita mágica para salvar a aquellos merecedores.

Nüremberg (escrita por Santiago Sanguinetti) es la mirada más aterradora hacia la raza humana. Y siento que el nazismo es simplemente un punto de partida para hablar de algo mucho más abarcativo y universal: hacia dónde vamos.

Un joven que se entrena como soldado, que suda sin piedad, que se deshidrata hasta que su boca se vislumbra blanca con esa baba espesa propia del último aliento. Este hombre es uno más de ellos, sin embargo, se atreve a narrar su infancia. Él simplemente ahorraba. Como todos lo hacemos. Quizás con monedas o billetes. ¿Quién no lo ha hecho? Pero no se le permite: eso es cosa de judíos le decía una y otra vez tu madre…

Desde niños les enseñan a no parecerse en nada a sus rivales. Esos seres tan parecidos y tan diferentes.

Humanos que necesitan encontrar las diferencias para aniquilarse sin piedad.

¡Hi Hitler! Repite sin cesar, golpeándose en el pecho y llevando el brazo bien derechito hacia adelante. El saludo nazi. Ese saludo que se temió y teme tanto. Que muchos habrán sentido valentía al hacerlo y, otros, miedo de morir en cualquier instante.

Nüremberg es una pieza artística de teatro con formato de cine. Su director Pablo Finamore tiene la perfección para lograr las tomas precisas y conseguir que el público admire su arte en todo momento.

El odio les sirve. No solo a un movimiento o ideología sino a quienes tienen un plan macabro. Quien odia no tiene espacio para el amor. Entonces todo lo que pudo haber sido sueño se convirtió en oscuridad, en témpano para no dar lugar a nada bonito. Las cursilerías no tienen cabida. No interesan, son para los débiles quizás.

Mientras tanto él continúa educándose para matar, sudando lágrimas y reprochando a los adultos del pasado por qué no pudo ser un chico común y corriente.

Nüremberg me partió el alma si es que el alma puede imaginarse como un vidrio. Los pedacitos quedaron como astillas imposibles de unir. A la vez que escribo esta nota recuerdo las escenas de la obra y sigo lagrimeando por la juventud entrenada para odiar. Y es que ya es moneda corriente en Occidente, una moneda bastante imposible de revertir.

¿Cómo decirle a los líderes opresores que el amor es lo más importante en la vida de todo ser vivo y que matar es un acto de cobardía?

Ser hombre pareciera ser el dejar de lado todo sentimiento noble y colocarse una armadura de hierro para que ningún gesto pueda traslucirse. Ser hombre y luchar por causas insensatas. Y seguir repitiendo lo que alguna vez se inició como verdad absoluta basado en la miseria más grande de la humanidad: el ego.

Su rostro se expresa duro, cual fiera. Luego se convierte en niño, después en adulto. Su corazón cambia de color según la época que nos narre. Permanece en movimiento una y otra vez. Quizás teme perder en esta guerra inútil. Se perfuma, se seca el sudor y continúa. Se tira al piso y ejercita. Se para y salta incesantemente. Es momento de frenar, de quitarse los tabúes, de echar a un lado los reproches y mostrarse tal cual es.

Es su vida. La que se le permitió, la única que tiene. Deberá entonces salir a la superficie y compartir sus orígenes. Habrá quienes se compadecerá y quienes no harán más que odiarlo por el odio que tuvo y que, probablemente, seguirá permaneciendo en sus venas por el simple hecho de haber nacido en un lugar determinado.

Funciones: Sábados 20 hs

Teatro El Ópalo

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Bordando historias

Nina

Patricia Suárez tiene el don de escribir dramaturgias reales, de esas que se pueden tocar, oler y sentir. Cada vez que leo o presencio una de sus creaciones, me elevo en el aire como si consiguiera en sus textos nuevos paradigmas y nuevos modos de interpretar cuestiones ya conocidas pero poco exploradas.

En esta oportunidad, Ana Padilla, a quien admiro profundamente; recrea a un personaje encantador de Chéjov. Pero, lo interesante es que podría afirmarse una doble autoría ya que la autora le otorga otra mirada y recorrido.

“Nina” (escrita por Patricia Suárez y dirigida por Jorge Diez) nos invita a bordar historias pasadas y presentes del universo chejoviano. Podemos sentirnos en distintas épocas con solo abrir y cerrar los ojos. Con mirar el rodete perfecto que tiene la protagonista, junto a su vestuario antiguo y gastado (gran acierto el no darle una ropa nueva y brillante). Así, cada paso que Nina da en escena nos traslada a sus mejores momentos o a aquellos en que sufrió desgarradoramente pero así y todo siguió adelante por tal o cual motivo.

La dulzura de sus palabras nos permite viajar a su lado bien agarraditos. Ella es la encargada de un guardarropa pero, a su vez, tenemos el agrado de que interprete sus sentires. Hoy es la noche en que se interpreta Tres hermanas, pero ella decide hacer una versión autobiográfica.

Nosotros seríamos una suerte de público que se deslumbra con cada retazo de tela que cobra vida a cada instante.

El espacio escénico circular le otorga movimiento desde el momento en que ingresamos a la sala y, cada parte del mobiliario esta a disposición de ella para que juegue, mueva o desplace a su antojo.

Ella recuerda a quien pertenece cada saco o tapado. Quién está detrás de una suavidad o aspereza, de un color opaco o brillante.

Bolsillos gastados, telas deshilachadas, perchas que ya no soportan el peso y el relato de una mujer que está feliz y cansada a la vez. Esta es Nina, una mujer que fue madre, que fue compañera y pareja. Que no se animó, quizás, a cumplir su sueño de actriz, que permaneció en un detrás de escena pero que ahora devela sus misterios.

Imposible no lagrimear en determinados momentos del unipersonal. Imposible no aplaudirla cuando sube los peldaños para descolgar un vestuario, imposible no pedir que siga rodando por diferentes salas de teatro transmitiendo su pequeña y gran vida.

Cautivar no es sencillo y Nina lo logra, esta Gaviota lo consigue porque tiene alas que se despliegan por donde quiere, porque parece ya no temerle a nada. Porque cuando se toca fondo se puede morir o renacer y ella consiguió lo segundo.

Ana Padilla es arte, es lo que le hace falta al teatro siempre. No lo digo por cumplido sino por honestidad. Puede interpretar un personaje o varios de diferentes géneros. Tal es así que en esta puesta el espectador puede emocionarse, reír, sonrojarse, angustiarse y sentirse identificado con cada partecita de su monólogo.

Ya que me refiero a esto último, cabe resaltar que no parece una sola voz sino muchas: las de antes, las de ahora y las que, posiblemente, llegarán en el futuro. No es un monólogo, es un diálogo con ella misma, con su vestidor, con el público del teatro que fue a ver a Chéjov y con nosotros. Con la Nina que se enamoró y la que sufre en esos años. La que amó y la que guarda recuerdos como en cajitas de cristal.

Un paso, otro más y sus anécdotas compartidas. Sus más sinceros momentos que comparte con desconocidos, los mismos que aplauden, que aplaudimos. El fracaso de La gaviota de Anton Chéjov no le cae en peso, Nina, nuestra Nina, cae con ventaja. Patricia Suárez y Jorge Diez la hacen triunfar desde un comienzo. Le permiten planear por sobre nuestras cabezas, por sobre nuestros ideales y dejarla ser quien ella quiere, sin ataduras.

Teatro Hasta Trilce

Funciones: Lunes 19:45 hs

Mariela Verónica Gagliardi

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El asado de Platón

elasadodeplatón

Funciones: domingos a las 12hs (mediodía)
Valor de la entrada: $450 (incluye comida)
Teatro: El Camarín de las Musas

Dirección: Mario Bravo 960
Informes y Reservas: 4862-0655

Apta para mayores de 13 años.

Contactos: lafosforera@gmail.com
Facebook: Compañía Nacional de Fósforos.

Trailer: 
https://www.youtube.com/watch?v=j-kwhLZ2lK0&t=1s

Duración: 90 minutos aproximadamente

[50 minutos de espectáculo + 40 minutos de comida]

¿Cómo surgió este original asado en obra?
Somos almas inquietas en constante búsqueda a las que les gusta molestar. En una de las tantas charlas, entre delirantes y posibles que tuvimos en una gira que nos llevó desde San Juan hasta Tierra del Fuego, luego de estar hablando de filosofía, de las contradicciones humanas y de tantas cosas más, conduciendo por la Patagonia sin señal de celular surgió el chiste –los chistes nunca son solo chistes- de El Asado de Platón. Dado que nos gusta comer y que nos gusta el asado, que nos gusta la previa y la sobremesa, que nos gusta ese momento de encuentro donde se habla de todo y de nada se nos ocurrió hacer una obra que transcurra en un asado. O mejor dicho, que la obra sea el asado, que los espectadores participen, coman, opinen si quieren, que se transformen en personajes. Y el banquete nos venía al pelo como intertexto porque de eso trata, a fin de cuentas, el banquete de Platón, del placer de la charla entre amigos. Cuantas veces se olvida que la palabra amigo proviene del verbo amar. Y era además la excusa perfecta para unir esas dos pasiones, la del teatro y la del asado.

Ficha artístico técnica:

Actor y Asador: Juan Manuel Caputo

Autor: Cristian Palacios

Versión libre de El Banquete de Platón

Asistente de dirección y de asador: Mariano Bassi

Colaboración Musical: Pablo Maitía

Diseño de Luces: Juan Manuel Caputo y Cristian Palacios

Puesta en escena: Juan Manuel Caputo y Cristian Palacios.

Producción General: Compañía Nacional de Fósforos

Prensa & Difusión: Simkin & Franco

Dirección: Cristian Palacios

Duración: 90 minutos aproximadamente [50 minutos de espectáculo + 40 minutos de comida]

Esta obra cuenta con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro

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El aire es el mismo

Creo en un solo Dios6

Tradiciones, religiones, guerras desmedidas, tierras en puja, poder, poder y poder.

Hay cosas que se enseñan desde la cuna y otras que se maman, podría decir.

¿Cómo le podríamos decir a un israelí que su país no es suyo del todo o a un palestino que carece de todo?

¿Quién tiene la certeza o el derecho de pronunciar que un territorio es suyo o de su eterno enemigo?

¿Las guerras, probablemente, sean eternas porque la religión es su intermediaria. Entonces, cómo conciliar a dos países que se odian sin saber por qué o para qué?

¿Quién es culpable o inocente?

“Creo en un solo Dios” (con dramaturgia del italiano Stéfano Massini, traducción de Patricia Zángaro y dirección de Edgardo Millán) es una obra de teatro dramática, ¡excelente!

Resulta impecable cada uno de sus detalles, desde la puesta en escena, hasta las interpretaciones, el vestuario característico de cada actriz, la dramaturgia y su dirección. Sucede que cuando se ingresa a la sala, ya notamos una impronta escénica. Una decoración blanca que nos marca un espacio surrealista. Podría tratarse del cielo o de la tierra. No tiene por qué colorearse del  tono más conocido, ¿no?

Tuve la sensación de estar entre algodones, de que cuando cayeran esos cuerpos no se dañarían del todo.

Creo en un solo Dios es una manera de despertar a quienes se encuentran dormidos o pereciendo en el olvido.

Un Dios por religión o uno para todos. Qué difícil resulta.

En cuanto a la dinámica que ocurre a lo largo de la historia, cautiva, emociona y nos hace reflexionar con el paso del tiempo. Porque es un tiempo no lineal sino que toma diversas formas para contar qué sienten: una soldado norteamericana (Estela Garelli), una profesora de historia (Noemí Morelli) y una estudiante palestina (Antonia Bengoechea). Pareciera ser irreconciliable por lo antagónico, pero funciona como anzuelo perfecto para que ningún espectador pueda sentirse descalificado, burlado, ironizado o calumniado.

Estos exquisitos personajes son humanos. Trascienden la cuarta pared, la impregnan de sensibilidad y consiguen salirse de todo tipo de estereotipos que obstruyan su credibilidad.

Por momentos me olvidé que eran actrices. Era tan real lo que ocurría que disfruté y sufrí (al mismo tiempo) cada retazo de la obra.

Si se creyera en un solo Dios, quizás los enfrentamientos y las guerras ya no tendrían sentido de ser. Tal vez quienes comandan cada operativo no podrían seguir llevando sus caretas y no tendrían la oportunidad de hacer inmolar o explotar por los aires a jóvenes que “creen” en que eso es defender a su Patria y hacer justicia.

No existe aquello que corresponde, en una guerra.

No hay peor cosa para el ser humano que combatir y eliminar a un “otro”, matándolo. Quitándole su vida. ¡Su vida!

No concibo este mundo en paz.

Mientras la cronología parte de una fecha específica por el 2003, las vivencias, anécdotas y situaciones no paran dejan de continuarse. Temer por la muerte a cada instante porque una vez se zafó pero, luego, quizás, ya no. Pensar que se sigue viva de milagro porque Dios existe. Pero, entonces, ese superhéroe permite que unos vivan y otros mueran. No, no.

La decisión de la soldado de defender, ¿defender?, de intermediar entre esas dos naciones que no le dan libertad a sus habitantes, será lo que permita hacer un click al público. Es fuerte, muy fuerte lo que presenciamos, no el final, sino todo.

El monólogo de una se entrelaza con el de la otra, y el de la otra con el de la otra. Pero, en un momento se unen como un ovillo. ¿Son las tres una misma? ¿Qué hubiera ocurrido si la norteamericana era palestina o si la palestina era israelí o?

Todo tipo de especulación no hará más que angustiarnos. Sí, el corazón se me salió por la boca, pasé un momento de shock. Soy consciente, soy judía pero no israelí. Pienso como humana y no como guerrera. No creo que la vida de una valga más que la de la otra ni que una deba morir para que la valoren más. No estigmatizo, no juzgo, no creo más que en un Dios. Por eso esta dramaturgia es poesía que se escabulle en el corazón. Por eso es que no puedo más que recomendarle a todo ser humano que, obligatoriamente, asista mínimo a una función en el Teatro Payró.

Quizás podrán pensar qué habrá de nuevo para contar sobre esta guerra incesante. Les puedo asegurar que no es un juego de Teg sino la manera de narrar, de poner en movimiento un texto, de escuchar lo que a veces leemos, de abrazarnos sin importar cuál sea nuestro origen, religión, raza o condición.

Funciones: Jueves 20.30 hs.
Teatro Payró.

Mariela Verónica Gagliardi

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Cerrar los ojos e imaginar

Lo quiero ya1

Rutina:“Costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas

por mera práctica

y de manera más o menos automática” (Real Academia Española).

Canciones que narran el día a día, la manera de sobrellevarlos y los resultados que no tardarán en aparecer. Doparse pareciera ser una manera al alcance de la mano, imaginarse que lo que se vive no es tal sino una mera ilusión óptica.

¿Alguna vez se cuestionaron si sus vidas son las que siempre soñaron?

Es realmente una problemática social el filosofar sobre nuestros deseos más profundos. Porque no se trata de tener antojo de tomar un helado y acudir a comprarlo, sino de transformar -quizás- todo. Por completo. Como si se empezara de cero.

Muchas personas trabajan en una oficina o en un banco o en otra institución desde la adolescencia hasta que se jubilan.

¿Tan interesante es lo que aprenden? ¿De verdad pueden aprehender algo nuevo cada día durante treinta años o más en un mismo lugar?

Lo quiero ya (escrita y dirigida por Marcelo Caballero) es una muestra, real, de que cuando un grupo de personas tiene una rutina durante mucho tiempo, necesita -en alguna oportunidad- romperla. Si esto no ocurre, el cuerpo lo avisa, lo manifiesta y podría ser tarde.

Lo quiero ya es una comedia musical en la que es posible transitar por diversas emociones, desde la risa a carcajadas hasta la desesperación. El drama está presente como planteamiento de conflicto. Viene a proponer destruir y tirar lo que ya no sirve para reciclar seres humanos que necesitan un cambio verdadero.

Andrés Passeri es el encargado de enlazar cada retazo presentado. Lo interesante es la dinámica que se utiliza para que lo veamos como un seudo director en escena. Bien podría serlo. Su rol es fundamental ya que se corre del de un asistente o apuntador para convertirse en actor/director al mando de un director real fuera de la representación.

Cuando éramos chicos se nos solía preguntar: ¿qué querés ser cuando seas grande?

En general uno respondía un oficio o profesión, pero quiénes se animaron a decir: ¡felices!

Una profesión no hace a un humano, solo le da herramientas para trabajar. Nada más.

La vida debería ser descubrimiento constante, ansias de transformar, de querer compartir vivencias, de sonreír y estar contento de haber escogido un empleo (no que éste nos haya escogido).

A veces, como muestra la dramaturgia presente, no se está preparado para dar vuelta la página, por más que se tenga la oportunidad de hacerlo inmediatamente.

El maldito o bendito destino con el que se especula o se reposa esperando.

Debo admitir que la puesta en escena es magnífica, a puro color y con un equipo de artistas increíbles. A su vez, la música en vivo le otorga un plus inigualable. No quisiera ser tajante pero los musicales deberían siempre tener a sus músicos tocando en escena ya que los dota de un vuelo mágico.

¿Qué nos expone esta pieza artística?

La vida de varios jóvenes, muy diferentes entre sí, con un estilo de vida determinado y un sueño a alcanzar. Pero… lo más importante y trascendente es cómo consiguen animarse a perseguirlo.

La rutina, la que los coloca en un mecanismo social en el que son “útiles” para el “correcto” funcionamiento, pero que pueden ser reemplazados sin alterar absolutamente nada del entorno.

Son humanos-robots. Nada más.

Mientras la conciencia no se de cuenta, ¿quizás no convenga avisarle? Algo así se me ocurre plantear para la fórmula perfecta del capitalismo. Aunque estos jóvenes despiertan sabiendo que ya no podrán seguir con el rumbo cotidiano sin cambiarlo. Deberán aprender a darse el gusto de vivir plenamente sin “seguridades”, corriendo “riesgos”. Viviendo, al fin de cuentas.

Competencias insanas, amarguras posibles de modificar, rabietas costumbristas, nervios y nervios y nervios. ¿Cómo ser feliz en pareja con un contexto semejante? ¿Cómo triunfar en el mundo artístico cuando no se tiene en claro quién se es?

Mente y cuerpo no pueden separarse como un pollo trozado a punto de ser horneado. En esto fallaron nuestros ancestros, en tratarnos como partes autónomas. Como si un brazo pudiera moverse sin tener la orden del cerebro.

Lo quiero ya es una bocanada de aire fresco y la oportunidad de abrir sendas coloridas, porque lo absurdo de la realidad está presente, lo irónico de frases dichas y repetidas, también. La fragancia a aire quieto y brumoso, claro que recorre los cuerpos danzantes que representan coreografías muy vistosas con sellos finales a modo selfie.

¿Para todo habrá que sonreír?

Vestuarios que resignifican aún más el significante de la dramaturgia, de sus escenas ágiles y una iluminación que persigue los diálogos y monólogos a describir lo que se siente desde el alma. Breves historias que se unen para conmover al espectador y para pellizcarlo de una vez. Porque la vida es hoy. Ya. Y hay que hacer algo para que no se escape de nuestras manos.

Dramaturgia: Marcelo CaballeroMartín Goldber. Actúan: Sacha BercovichVictoria CaceresVictoria Condomí AlcortaMacarena ForresterCandela García RedínLucien GilabertAndrés PasseriNahuel Quimey VillarealJulieta RapettaCandela RedínSalvador RomanoLala RossiJuan Pablo SchapiraSofia Val. Vestuario: Marcelo CaballeroMarina Paiz. Escenografía: Vanessa GiraldoDiseño de escenografía: Vanessa GiraldoDiseño de luces: Marcelo Caballero. Música, letras de canciones y dirección musical: Juan Pablo Schapira. Coreografía: Marina Paiz. Dirección de actores: Martín Goldber. Dirección general: Marcelo Caballero.

Funciones: Sábados 20 hs

El Galpón de Guevara (Guevara 326 – C.A.B.A.)

Mariela Verónica Gagliardi

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La enfermedad de la pasión

Amo odiarte1

Amo odiarte (escrita por Rodrigo Cárdenas y Verónica Díaz Benavente, dirigida por el primero) es una obra de teatro romántica que no deja de lado, en ningún momento, al humor. Porque, qué sería de la tragedia sin un poco de risa, ¿no?

Quienes aman tienen que saber que, en algún momento, todo se transformará. Y no siempre de la mejor manera. Porque lo opuesto a amar no es querer sino detestar y aborrecer. Quien no lo asuma, está vibrando en una sintonía diferente a la vida real.

Amo odiarte es una de esas comedias que hacen falta -a lo largo de todo el año- en la cartelera porteña, ya que no es superficial como suelen ser las de verano. Tiene esa frescura innata que nos permite, como espectadores, respirar agradablemente. Y es que ahí reside absolutamente todo: en los códigos utilizados desde el comienzo de la historia y en la manera que engancha. Amo odiarte nos da la posibilidad de recorrer la vida de una pareja que transita diferentes situaciones -desde que se conoce-. Cabe resaltar que cada escena es enérgica, precisa, detallada y haciendo foco en lo que realmente importa sin dar vueltas innecesarias. Por ello es que puede ser recomendada como obra para inquietos y para todo amante del teatro.

La presencia de Nancy Anka es más que agradable. Su figura encarnando a Patricia, junto a la de su compañero Gonzalo (Pablo Sórensen), nos otorgan una bocanada de aire fresco en medio de la angustia, y un modo de sentir todo a flor de piel. Porque si hay algo que no le falta a estos personajes es la pasión. Gritan con pasión, aman con pasión, se desesperan con pasión y bailan con pasos de nostalgia y esperanza.

Todo es práctico en la puesta en escena y funciona de manera eficiente. Un mobiliario que es fácil de manipular, junto a una iluminación precisa y que permite enfatizar en el drama propuesto en las tablas, junto a la selección musical exquisita con las voces de Bee Gees. ¿Algo más se le puede pedir a su director? Creo que no. O quizás sí: una segunda parte.

¿Quién no ha discutido? ¿Quién no ha mandado todo a la…? ¿Quién no se ha desesperado, llorado y pataleado alguna vez?

Amar es eso y es lo contrario.

Amar es tanto que no siempre se puede determinar con palabras sino más bien con sensaciones.

Y cuando uno quiere un futuro al norte y, el otro, uno al sur… no queda mucho por decir. Quizás más bien un adiós o un hasta luego o, tal vez, un algo que conforme tanto dolor.

Dos actores que se lucen, que se complementan muy bien y que se nutren en todo momento. La calidez de sus interpretaciones nos permiten sentir junto a ellos, padecer y sonreír. Esa es la magia del teatro.

Un escenario que pareciera ser su casa, aquella que observamos, aquella en la que quisiéramos entrar para aconsejarlos.

Ellos crecieron, enloquecieron juntos y quieren compartirlo con su público. Un público que aguarda cada desenlace. Sí, porque si hay algo que genera esta historia es adrenalina, como en la vida misma. Como quien dice una frase tajante y ya no se sabe qué repercusión tendrá en verdad. Porque hasta lo más conciso puede convertirse en incierto. Porque no existen seguridades ni acá ni allá. Porque la vida es lo más imprevisto que nos pudo haber tocado y Amo odiarte le hace honor. Vivir con proyectos, con metas, con sueños y con equivocaciones, claro está.

Ella con muchos cambios de vestuario que se podrían entender como una justificación a su personalidad, la cual se modifica de un extremo a otro en cuestión de segundos. Él, en cambio, permanece con la misma ropa casi todo el tiempo, lo cual se debate entre su rol en escena y su temperamento lineal.

Almas gemelas o, simplemente, romance. Como más les guste. Como lo elijan y como el destino lo prepare. Forzar de nada sirve. Todo lo que acontecerá lo demostrará una y otra vez. Así, lo natural será su receta perfecta para que el círculo vicioso deje de serlo y le de lugar al latido de corazones.

Funciones: lunes 19 hs

Teatro Buenos Aires

Mariela Verónica Gagliardi

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Deseos de vida

Escribir desde afuera es una experiencia muy grata pero, hacerlo desde adentro, es realmente conmovedora.

La noche de hoy fui parte pero no por serlo del elenco sino porque considero que resulta imposible escribir de aquello que no se conoce. La identificación, entonces, es la única salida, el único arma posible de escritura.

«Como si pasara un tren» (escrita y dirigida por Lorena Romanín) es literalmente una fuerza que arrasa con todo. Es un cúmulo de experiencias concretas y compartidas. Es el sonido al ingresar al andén y permitirse percibir.

Entonces, podría recostarme en cualquier lado e imaginar mis sueños, sabiendo a ciencia cierta que, quizás, jamás los cumpla. ¿Cómo saberlo?

Esta comedia dramática nos traslada a una familia disfuncional que viene con problemas de antaño. El tradicional «lo hice por tu bien» realmente queda marcado, subrayado diría. Porque una madre sobreprotectora (Silvia Villazur) y con mucho miedo a quedarse sola, hará de todo para cuidar a su único hijo (Guido Botto) de lo que ella considera peligroso. Claro que no siempre será cuestión de que éste encienda sus alertas por incertidumbres ajenas. Paso a paso todo cobrará un rumbo inesperado con la llegada de una prima (Luciana Grasso) que irá marcando el compás de lo más sano y disfrutable.

Porque si de vivir se trata es mejor correr riesgos que permanecer quieto. Porque un juguete podrá ser simbólico pero no la realidad misma. Y porque las paredes, de a poquito, asfixiaran, incluso, a quien menos se sospechaba.

Salir solo, caminar, sortear obstáculos… eso es la vida. Peligros que existen y que por diversas circunstancias no son tomados en cuenta. Quizás, el mayor miedo, sea enfrentar lo real para construir hacia adelante y no sobre el lugar.

Una escenografía de los años 80′, una época que es recordada por íconos que marcaron la historia televisiva y que nos esbozarán una sonrisa sin igual; una música más memorable que irá quitando prejuicios y unos pelos al viento que determinarán hacia dónde conviene dirigirse.

Adoré cada detalle de la puesta, el ritmo lento en un comienzo y, luego, mas dinámico. Un compás que se detiene, mira y prosigue sin apuro. Vislumbré cada movimiento corporal de Guido Botto y cada uno de sus desplazamientos y caídas al suelo. Por eso es que resulta imposible no emocionarse de principio a fin, de no conmoverse con el dolor representado, con la angustia contenida y con las risas acotadas.

Como si pasara un tren es de aquellas obras de teatro que estarán por temporadas en cartelera. Lo afirmo, no porque haya comenzado su segundo año, sino porque se vibró en la sala de El camarín de las musas y porque los aplausos no finalizaban. Porque si hablamos de energías, se conjugó una simbiosis entre los actores y el público.

Andá si querés , le dice ella a su hijo, mientras su corazón opina lo contrario. O, prefiero que piense que soy yo la que no quiere que lo vea, esboza a su sobrina mientras oculta la verdadera razón a su hijo.

Así, cada diálogo no es de relleno sino importante y parte de un todo integral en el que conviene prestar atención para materializar los mensajes y sus metáforas.

Como si tal o cual cosa fuera una de las recetas en cuanto a suposición se refiera.

Subir a un tren, viajar, trasladarse de un sitio a otro puede ser algo rutinario para muchos. Un medio de transporte. Pero, para otros, podría configurar un universo desconocido y atrayente.

A veces hay que elegir quedar-se o trasladar-se. Bailar o acostarse mirando la vida pasar detrás de una ventana, imaginando que los sueños son para otros y no dándose cuenta que los sueños son de los que se atreven a hacer, a sacar un boleto sin destino y andar sudando sin desprecio.

Un trabajo actoral formidable, rítmico y muy bien logrado, bajo una dirección muy precisa y objetiva. Esto es lo que se consigue cuando se eligen las palabras con un motivo y fin específicos, sin perder de vista el sentimiento, el amor y la inspiración que cada frase significará en el universo imaginario de cada uno de sus protagonistas.

Dios aprieta pero no asfixia suele decirse y esta obra es su claro ejemplo. Una vez que el conflicto sea resuelto las vidas cobrarán o no sentido y proseguirán sus rumbos más concretos.

Funciones: Viernes 22 hs, Sábados 20 hs y 22 hs.

Teatro: El camarín de las musas.

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Fanático hasta la muerte

La pasión de Toto

La pasión es pasión. Y aquí podría terminar la nota, sin embargo, recién comienza…

Todos los humanos tenemos devoción por algo. Al menos quienes sentimos con el Ficha Totocorazón, quienes, a veces, dejamos de lado la razón y decidimos jugarnos por algo más grande.

Muchos dirán que el fútbol es ver correr a 22 boludos detrás de una pelota. Si fuera sólo eso…

El fútbol, pero el fútbol de verdad es una comunión de sentimientos, de fetiches, de cábalas, de reuniones frente a una pantalla o en el estadio, de una alegría y tristeza inexplicables, de estar -pase lo que pase- alentando a nuestro equipo. De sentir que todo se acaba o todo empieza. De ganar o perder.

En «La pasión de Toto» (escrita por Eduardo Grilli y dirigida por Maximiliano Cesto) puede sentirse, plenamente, la pasión. A través de una historia muy conmovedora, se podrá ir conociendo lo que significa tener raíces en un barrio como La Boca y sentirse identificado.

Porque, antes, se era del equipo de fútbol de su barrio, no del que ganaba o del que tenía los mejores jugadores comprados del extranjero. Se era más coherente, más auténtico.

Hay quienes afirmarán que ser hincha de obnubila y no permite actuar y pensar coherentemente, racionalmente. Y es que para todo no hace falta pensar. Porque cuando un corazón late no lo hace sólo por una camiseta o por un jugador sino por el símbolo, por lo que representa.

Es como cuando una persona sonríe al hablar del lugar en el que vive. Así como existen seres que se mudan de un espacio a otro, hay quienes necesitan pertenecer a un mismo sitio siempre. Dejar huella, impregnarse de los olores, de las fragancias. Ya que esto no tiene que ver con un perfume que se compra. Porque bien podría tratarse del Riachuelo o del Río de La Plata como se narra en la presente historia.

Y podrá pretenderse que un anciano venda su tierra, su casa pero no su pasado. Esto terminaría por matarlo. Por hacerlo desaparecer.

Me gustan mucho las narraciones que no sólo cuentan sino que vivencian al mismo tiempo, aquellas que nos permiten a los espectadores indagar, buscar adentro nuestro, sentirnos parte. Por eso es que La pasión de Toto será para mí como aquella estampilla que se pega en un sobre y se acerca al corazón antes de enviar a su destinatario.

Porque están las raíces que fueron componiendo al Barrio de La Boca, a la ola de inmigrantes que se atrevieron a venir a Argentina en busca de un futuro prometedor, de apostar sus días en la construcción de un mañana. De pintar con lo que fuese los colores que componen este lugar tan fascinante, tan bien representado.

Desde que ingresé a la función me sentí ahí. Me olvidé que existía un escenario y me trasladé al conventillo, al tango, a esos pasos arrabaleros, a la picardía de un niño, a las travesuras de los más grandes y a la nostalgia de pensar que un día podrían irse.

Con respecto a la escenografía, desde ya que el equipo ha indagado en el estilo, ha ensayado en el barrio mismo y eso se nota. Son muchos artistas en escena, podrían existir algunos detalles a corregir a nivel técnico pero eso no importa en este caso. Y digo esto no por pasarlo por alto sino porque hay cosas que se aprenden y otras que se traen desde la cuna. Y este colectivo de actores nació para expresarse, para sacar desde las tripas una lágrima o una sonrisa, para emocionarse y, así, emocionar. Para demostrar que con amor y pasión es posible transformar y brindar un espectáculo -con música y canciones en vivo- de alta calidad.

Al mismo tiempo que los colores nos atrapan, las cánticos boquenses nos invitan a formar parte y a seguir soñando por lo que más nos importa: aquello que no se compra con dinero.

Ganando o perdiendo, la azul y oro representa el amor por un club, por un lugar, por los de afuera y los de adentro, por quien se juega, por quien se pierde y por quien decide pertenecer para siempre. En este sentido, creo que el amor por el fútbol es más grande que por la política.

¿Imaginan a un hincha cambiándose de camiseta?

Mariela Verónica Gagliardi

 

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Todos nos volveremos a ver

La vida y la muerte, dos momentos, dos etapas. Dos algo que bien se desconoce. A veces, podríamos pensar que estamos soñando o en otra dimensión. Que ya vivimos otras vidas o que esta es, simplemente, la primera.

Existen muchas teorías al respecto. Pero, de lo que podemos estar seguros es que para vivir y para morir hace falta valor.

En el musical “El dedo. ¿Podrá un vivo casarse con un muerto?” (con Libro y dirección de Diego Badaracco) se puede ser feliz durante más de una hora, acercarnos a la parca sin miedo, hacernos amiga, disfrutar y ver un universo de colores que no parece ser para nada malo.

Porque, en verdad, uno suele sentir miedo hacia lo desconocido y esto no es ningún descubrimiento de mi parte. A lo conocido lo podemos manipular, conversar, guardar, quitar y hacer lo que nos plazca. Pero, con aquello que tenemos más incertidumbres que certezas, ¿qué hacemos?

¿Cómo nos enfrentamos ante lo temido, lo inaccesible?

Muchas tonalidades e historias nos invitan a compartir una comedia musical llena de esperanza, de talento y de magia en el éter. Con coreografías súper atractivas, canciones e interpretaciones es que podremos sumergirnos en un matrimonio en vida y otro en muerte. Suena raro, ¿cierto?

Porque al dejar de existir de este lado, no implica que dejemos de existir del otro lado. Parece ficción y en este caso lo es. Aunque hay quienes prometen un Paraíso o un Cielo o un algo que puede ser que sea más deseo que justificación racional. Pero, ¿para qué adelantarnos?

Un joven, protagonista de esta historia, es quien andará de un lado a otro sin pedir permiso. Aventurándose a descubrir todo aquello que le intriga. Paseando como en busca de algo que quizás ni siquiera se imagina. Gracias a su deleite es que podremos sonreír y tener la esperanza de que en algún momento veremos a nuestros seres queridos que ya no nos acompañan físicamente.

Es un cúmulo de sensaciones encontradas que nos recorrerán por dentro y por fuera. Acariciándonos y dándonos un suspiro en medio de la angustia.

Pero, El dedo, no es un musical para llorar sino para conmovernos, para vivir a pleno, para bailar en las butacas e imaginar lo intangible como más allegado.

Como cuando éramos niños que inventábamos cuentos incoherentes porque tan solo se nos ocurrían. La imaginación está a flor de piel y vale la pena despojarnos de prejuicios para escuchar a quienes aman, a quienes tienen la oportunidad de cambiar sus vidas, a quienes se descubren solidarios y se corren a un costado, a quienes se disculpan por decidir por otro, a quienes se dan la posibilidad de querer cambiar el mundo impregnándolo de cosas bonitas y de reencuentros maravillosos.

Como si el tiempo se detuviera, un rostro es reconocido, un vestido se convierte en decorado y el capricho más absurdo en realidad.

Porque siempre se dirá que las cosas se valoran cuando se pierden. Y muchas veces es cierta la frase, aunque no siempre.

Por eso es que la ciencia ficción nos hará palpitar una escenografía que acercará el más allá al más acá. Que nos traerá lo más simple para que, de una vez por todas, sintamos que lo que no se hace ya mañana podría no ser igual.

Un vivo y una muerta pero no que imaginamos. Una muerta que enseña, que construye, que da y se retracta ante sus errores. Porque, evidentemente, en el cielo también se paga por ellos.

Ya habrá tiempo para uniones eternas, quizás.

Lo que hoy vale es el caminar por aquellas sendas añoradas y no impuestas. Por esos paraísos en vida y no los prometidos según la Biblia.

Un elenco maravilloso en el que cada artista tiene su momento para lucirse, para desplegar su talento, su caudal de voz, su delicadeza, su humor y picardía. Un boom que explota y se expande por toda la sala del teatro La Mueca. Adrenalina que recorre los pasillos, que nos contagia e impulsa a aplaudir sin parar. El libro y la dirección son óptimas y se trasluce el trabajo en equipo de modo integral.

La oscuridad aquí es arte, es color, es celebración. Y es una manera de aceptar que así como existe la muerte también existe lo negativo adentro de cada uno de nosotros. Aceptarlo es la única posibilidad que tenemos de construir y no destruir. Quien niegue esa parte estará negándose a sí mismo.

Mariela Verónica Gagliardi

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Las desgracias del amor

La zorra ilusa1

El teatro es ficción, pero toda ficción está basada en alguna realidad.

Este es el caso de «La zorra ilusa» (escrita por Inés Garland y dirigida por Magela Zanotta) una agrupación de micro historias que van reavivando aquel fuego supuestamente extinguido. Que permite soñar con los ojos abiertos, perdonar mientras se sonríe, al tiempo que se huela la exquisita fragancia de un jugo de naranja recién exprimido o que se recuerda que todo lo pasado no siempre fue lo mejor pero tampoco lo peor.

Lo que en primera instancia llama la atención es la escenografía: es como si entráramos en un living de casa antigua rodeado por un divino jardín. Mucho verde, mucha frescura. Y eso es lo más bonito. La no exageración de los relatos, que son narrados en primera persona por dos actrices pero que interpretan a una misma mujer. Un trabajo muy interesante en el que los vestuarios, el modo de hablar y la conjunción de las voces conforman un canon sutil y exquisito. Como esa naranjada que vemos a los lejos sobre una jarra cristalina con rodajas recién cortadas.

Esta es una obra de teatro artesanal y disfruto este tipo de puestas que nos acercan, que nos conmueven, que permiten que ingresemos en la intimidad de los personajes sin pedir permiso.

Una primera cita, una apuesta por amor, las mentiras, la no atracción y la idealización. Historias de amor sobre una sociedad estructurada que se sigue erigiendo sobre lo conservador y puro. Aquellas bodas que nunca alcanzarán a celebrarse, las heridas del corazón que no siempre cicatrizan, la victimización y la culpa.

Me gustó la Zorra ilusa porque es pura poesía pero esbozada de forma natural y esto consigue un acercamiento inmediato entre el espacio escénico y los espectadores.

Me encantó la zorra porque no se refiere a un insulto machista sino a un animal precioso e inteligente. Y, en esta oportunidad, la ilusión nunca la pierde. La ilusión se convierte en esperanza, provoca y es provocada como un juego seductor, infantil o pasional. Esta mujer pasea por diferentes momentos de su vida, danza por el suelo, se revuelca y se convierte en novia. Aquella que no pudo casarse pero que, finalmente, consigue imaginar. Porque si algo está demostrado en esta dramaturgia es que se puede revertir una situación o ser otra deseándolo. Y para eso la imaginación, sin la cual posiblemente moriría por no haber conseguido todos sus propósitos.

Y, en un momento, se oye la canción de Lola Flores:

(…) «Apuesta por el amor, amor, amor,

Amor, amor;

porque la vida sin amor,

no es nada.

Apuesta por el amor, amor, amor,

Amor, amor;

no le cortemos, por favor,

las alas» (…)

Sin el amor, sin la ternura y sin la pasión todo «fracaso» se convertiría en un sinsentido, en la desdicha más grande y en el fin de los tiempos.

Con muchísimo humor, las actrices (Graciela Muñiz y Victoria Bertone) continúan cada historia. Por momentos vemos a una, luego la otra se suma y este juego de dupla es el que nos convence de la importancia de intercambio, de la necesidad de ser escuchada, observada, por más que se trate de nosotras mismas.

¿Cuántas veces quisiéramos mirarnos desde afuera?

«Me hubiera gustado ir al campo con él si él no era él», menciona una de las artistas. Y aquí las risas del público arrasan con todo. Como cuando comparan a un hombre con el tronco de un árbol y tantas otras alegrías y tristezas que son evocadas como caricias.

Sonidos nocturnos nos permiten estar allí, esos insectos que se oyen solo cuando las voces humanas se silencian.

La zorra ilusa es un canto a la vida, el amor de una mujer que recuerda desde el presente todo lo vivido y que siente desde cada uno de sus poros. Ella no necesita maquillarse ni ocultar, esta es su vida y la comparte. Es su vida y la narra. La piensa en voz alta… y nosotros, atentamente, la captamos.

Existe una historia para cada tipo de mujer o una mujer con miles de historias.

No puedo decir que está de moda un espectáculo con estas características pero sí que existen más que en otras épocas y eso es realmente grandioso: que haya lugares en que lo íntimo y más preciado se cuenta en voz alta que, luego, llegado el momento de ir a dormir solo cerremos los ojos.

Funciones: miércoles 20.30 hs. El Método Kairós.

Mariela Verónica Gagliardi