*** Octubre 2017 ***

Timbalaye1

Un martes por la noche me proponen ir a ver una banda de rumba, pero antes tomar una clase de baile. Suena atractivo aunque hace tiempo que no danzo con un partenaire ni en ronda. Tomo la decisión de ir a la Sala Siranush para hacer la experiencia. Timbalaye es el espectáculo que se hará esperar hasta las 23 horas.

Cuando comenzó la clase opté por escabullirme como una alumna más y vivenciar los tips, códigos y movimientos. Lo que iba a ser una práctica para principiantes, terminó siendo un intensivo de alrededor de dos horas, motivo por el cual mi cuerpo dijo basta. A lo largo de una hora pude rescatar varias cosas: ninguno de ellos era principiante, el grupo ya se conocía de otros lugares y había quienes llegaban para lucirse al ritmo del son cubano.

La rumba y la salsa como fieles amigas y compañeras se disputaban pasos con tal de sobresalir. A su vez, los nombres de pasos y secuencias coreográficas -que según el profesor pueden variar- continuaban una y otra vez. Pretendían que novatos se empapen de ron hasta descubrir figuras ocultas, llenas de gracia y conexión con los demás.

Cada estilo de baile tiene una vestimenta determinada, motivo por el cual se pudo ver a hombres y mujeres inmersos en la isla, con ropa de verano e inclusive gorras para el sol. El escenario, de repente, pareció fusionarse con la arena y los zapatos de plataforma femeninos lucirse a lo largo del espacio sin caída alguna.

Pudo ser una clase más, un profesor más… sin embargo, la perfección de una bailarina rompió, de cierta forma, con la tradicional lección de baile.

Con una sonrisa de punta a punta, sentía la rumba y salsa en su cuerpo. Cada una de sus partes respondían a las Timbalaye2canciones caribeñas. No parecía ser una más. Su determinación, femineidad, gracia y soltura no eran propias de una aprendiz. Y, efectivamente, no lo era.

Cuando finalizó una de las canciones, la aplaudí y felicité. Casi a modo de orden, le dije que tenía que ir ya mismo a algún casting para comedia musical. Ella también comento que cantaba, motivo por el cual era una candidata a estar en un musical. Su único defecto fue no tomar conciencia de su don y de esa magia que la paseó de un extremo al otro, tocándola con una varita. Lamenté no haber sido directora o dramaturga. Solo le prometí poner mi granito de arena para que alguien la descubra y le de esa oportunidad de brillar en las tablas.

Este fue el momento más lindo de toda la noche. La banda, claro que también, pero esa alegría de una joven llamada Magalí González, con una personalidad humilde y un corazón abierto me brindaron todo lo que se precisa para que la pluma no se agote.

Me están llamando”, “Padrino”, “Timba cubana”, “Ayer”, “Agua pa yemayá”, “Quimbara”, “Ven morena”, “Rebelión”, “Vivir lo nuestro”, “Señor sereno”, “¿Y qué tu quieres?”, “Chera mía”, “La Luna”; fueron las canciones que sonaron a lo largo de la noche, una noche en que los seguidores del grupo bailaron frente al escenario y, quienes aún no lo conocíamos, tuvimos la posibilidad de hacerlo.

Instrumentos de viento, de percusión y de cuerdas supieron conformar una atmósfera para los amantes de estos estilos de música y fanáticos de sus hits.

Pasos para un lado y otro, Timbalaye y una manera de acercar a almas solitarias que quieran conocer gente o vincularse a través del baile.

¿Podría un salsero o rumbero escuchar y cantar sin que sus pies dibujen figuras?

Timbalaye ficha

Mariela Verónica Gagliardi

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